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Elipsis - 500 años de San Juan

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500 años de San Juan


Cada momento es historia. Aunque parezca inconcebible, la realidad a la que estamos acostumbrados le perteneció en algún momento a esas personas que ahora admiramos: José Campeche, Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances, Lola Rodríguez de Tió, Julia de Burgos... Todos fueron seres humanos de carne y hueso, al igual que nosotros. Sin embargo, esas fotografías monocromáticas, lo único que tenemos para recordarlos, encarcelan la realidad del pasado, ahora impenetrable. Nuestro pasado permanece petrificado en el tiempo, demostrándose como un enigma misterioso. En esta edición de Elipsis, con la ayuda del Club de Historia, hemos roto el hechizo que congela el pasado. Las fotografías inánimes han despertado momentáneamente de su sueño eterno, recobrando el color de una realidad ya casi olvidada por el tiempo. Pero no vienen solo a entretenernos con sus relatos, sino a recordarnos que ahora, el momento es nuestro. Nos abren el camino, ya que los próximos revolucionarios e innovadores somos nosotros.

Claudia Figueroa - Presidenta del Club de Historia


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El Santa Catalina Ingrid Rodríguez & Lucía Garrido El Palacio de Santa Catalina, comúnmente conocido como 'La Fortaleza', fue construído entre el 1533 y 1540 con el propósito de proteger la ciudad de ataques marítimos desde la Bahía de San Juan.

—¿Cómo se verá el atardecer desde esa torre? —No hay ocaso más hermoso que el de Santa Catalina. El hombre jugueteaba con su arma mientras hablaba, consciente de los ojos avaros de la mujer, que trazaban los contornos del fuerte. —He escuchado que también tiene unos jardines encantadores. —Tal vez algún día me debería acompañar. Podríamos pasear, sentir la brisa... —¿Se permitirá la entrada? —Seguramente, al Capitán General —dijo, revelando la medalla dorada prendida sobre su pecho. —¿Es así? —preguntó la mujer, ocultando la mitad inferior de su rostro tras un abanico de seda roja, manos delicadas ciñendo un agarre forrado de joyas. —Todo esto… ¿Está bajo su encargo? El Capitán sonrió.


—Sí —dijo—, y no es poca cosa. Se trata del fuerte más imperioso de las Antillas. Seis cañones, cincuenta arcabuces, toneladas de pólvora y municiones. Es una maravilla. Un logro. Casi… hasta un milagro. Los gritos de la multitud recibieron a la mujer que seguía al verdugo hacia la plataforma de madera, manchada con charcos de rojo oscuro. No fueron, sin embargo, capaces de resquebrajar la semblanza de paz posada sobre su rostro. La mujer mantenía la cabeza en alto, los ojos fijos sobre la rueda que sellaría su destino, como si se tratara de su compromiso en lugar de su ejecución. Pasos silenciosos subieron las escaleras, se postraron frente al gentío. —Catalina de Alejandría —comenzó el verdugo, leyendo de un papel marcado con la insignia del emperador—. Parada aquí ante nosotros acusada de envenenar las mentes del público en contra del emperador. Sentenciada a la muerte en la rueda. Esta es su última oportunidad para admitir sus mentiras y jurar lealtad a su emperador. Catalina era un ángel, impasible ante las acusaciones y la sentencia. —Así mismo, ¡renuncia a su vida! —declaró el verdugo. Catalina dejó que la acercaran hacia la rueda sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Su mano rozó la madera, húmeda de la llovizna de la noche anterior. Como en un destello de luz, la rueda cayó en pedazos. —¡Capitán!


— El Teniente bajaba la calle con un paso seguro y una sonrisa conocedora plasmada sobre los labios. Pronto llegó al encuentro del Capitán, a quien se dirigió con un saludo militar, y de la mujer, frente a quien se inclinó para besarle la mano. —¿Ya lo han escuchado? —preguntó. —¿Qué ha sucedido? —respondió el Capitán. —¡El Morro!— dijo el Teniente. Ante la falta de reconocimiento que atisbó de parte del Capitán y la mujer, continuó—. Capitán, sabrá usted que los cañones de Santa Catalina no alcanzan ni hasta a la bahía. Son inútiles frente a los barcos enemigos. —¿Qué pretende decir? —Que han reemplazado a Santa Catalina con el Morro, y yo seré nombrado su Capitán. Ante este comentario, la mujer se acercó hacia el Teniente, abanicándose lentamente. —¿Es así?— preguntó, su pretendiente previo ya relegado a los últimos rincones del olvido. El Capitán de Santa Catalina ya escasamente escuchaba. Viró la cabeza hacia la bahía, como si esperara su respuesta. Pero no logró ver más allá de, a la distancia, un destello sobre el Atlántico.


—¿Qué pasó? —¡Es magia! —¡Un milagro! —¡Deténganla! La multitud estalló en gritos, señalando hacia el montón de madera que ahora yacía a los pies de la condenada. Catalina alzó la cabeza al cielo, levantó los brazos y exclamó: —¡Dios me ha salvado! Fue un corte limpio. La muchedumbre aguantó la respiración, viendo el cuerpo desplomarse inerte sobre la plataforma. Y así, la santa y su fuerte, se convirtieron en futilidad resplandeciente en el regazo de San Juan.


Ataque holandés a la Bahía Carlos Méndez

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A Su Majestad, el rey Felipe IV de Austria, En un día tan glorioso como hoy, le escribe directamente desde San Juan, su servidor, el Capitán General de la isla de Puerto Rico, Juan de Haro y Sanvítores. En los pasados días, la ciudad capital fue protagonista de un drama bélico contra los holandeses y de este acontecimiento le escribo a Su Majestad en este momento. Sin duda habrá escuchado la noticia en Madrid, pero yo mismo quería contarle a Su Majestad la historia de este gran triunfo español. En la mañana del 24 de septiembre de este año 1625 después de Cristo, se acercaron diecisiete navíos por la mar azul de San Juan. Esta flota fue dirigida por nada menos que por el holdandés Balduino Enrico mismo. Negué su orden de entregarle la Isla y preparé a mis tropas para defender la ciudad, recordando nuestra humillante derrota contra el Conde de Cumberland a finales del siglo XVI. Para sorpresa mía, Enrico dirigió su flota por la bahía directamente a la vista del Castillo San Felipe del Morro. Atacamos con nuestros cañones, lloviendo fuego a los navíos holandeses. Lo encontré imposible perder de esta manera. Sin embargo, Enrico logró entrar a la bahía con su flota intacta, a pesar de nuestros mejores esfuerzos. Los sanjuaneros entraron en pánico al ver a los holandeses entrando a la Isla y muchos huyeron de


la ciudad. Enrico y los holandeses se apoderaron de las casas vacías y, como los villanos que son, las robaron. Mis tropas y yo nos encerramos dentro de El Morro, esperando refuerzos de la gran Armada Española. ¡Ay, estos nunca llegaron! Enrico me escribía para exigirme que me rindiera, pero mi espíritu español, valiente y determinado, no se lo permitió. Sigilosamente, envié soldados para neutralizar cañones y fuerzas enemigas, saqueando sus alimentos, arsenal y otros recursos. Tras varios días de estancamiento, Enrico vino con su ultimátum: rendir a San Juan a manos holandesas, o dejaría la ciudad en llamas. Esperanzados por nuestras pasadas victorias, le dije que quemase la ciudad, que nosotros, con la voluntad de Dios y guiados por Su Majestad, la reconstruiremos a su antigua gloria. Enrico, arrinconado y temeroso de que llegase el refuerzo español, decidió abandonar la ciudad capital. Sin embargo, se mantuvo fiel a su amenaza, y el 22 de octubre San Juan prendió en fuego. Este fue el sacrificio para nuestra victoria. Y cuando los holandeses salieron de la Bahía, abrimos fuego y los arrasamos con nuestros cañones. Y el 2 de noviembre, Enrico y sus hombres al fin salieron de las costas puertorriqueñas en una victoria que sin duda vivirá en las crónicas de la historia española. Con esto termino mi relato de la Batalla de San Juan, Su Majestad. Que Dios siga dirigiendo a Su Majestad bajo el camino cristiano y que Su espíritu se llene del valor español ante esta gran noticia. Su servidor a su disposición, Capitán General Juan de Haro y Sanvítores


Miguel Henriquez: hombre más rico, muerto en fosa común José Carlos Vélez y Valentina Bermúdez

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Tú, negro de nacimiento que fuiste acusado. Tú, hombre rico, que fuiste aclamado y protegido, te destruyeron. Esos hombres hipócritas de los cuales estabas rodeado diariamente te sonreían y después te condenaron. ¿Te diste cuenta? ¿Qué, aunque eras el hombre más rico de la isla, se burlaron? ¿Qué, aunque eras un corsario dueño de más de 25 naves, te las quitaron? ¿Qué te pedían dinero porque eras el “Capitán de Mar”? Espero que te hayas dado cuenta de quiénes fueron esos que te empujaron a la desgracia. Fuiste zapatero de oficio, pero mediante el contrabando fuiste acumulando dinero. ¿Y qué? Todo el mundo que no viviera en la isleta, fundada por Juan Ponce de León, hacia contrabando para poder vivir. Para poder respirar, se tenía que pecar, y tú lo hiciste mejor que los demás. Creciste y subiste al nivel más alto al que podías llegar siendo criminal, pero no te culpo ya que era eso o nada.


Aumentaste tu poderío gracias a los conflictos entre los ingleses y los españoles, gracias a esas trifulcas entre protestantes y católicos.Aumentaste tu flota, aumentaste tu influencia, a tal nivel que te dieron títulos, y aunque siendo negro como la noche, te convertiste en el que tenía más capital en la Isla. Dicen que eres la figura más sobresaliente entre 1710 a 1730, pero ahí se echó todo a perder. Los envidiosos decidieron maldecirte, acusarte, despreciarte. Te odiaban por que tenías más que ellos, y tú, eras negro y ellos blancos. Tú les prestaste dinero y la recompensa fue despojarte de todo lo que tenías, pero no me sorprende. Esos españoles, esos colonizadores, eran unos hipócritas. La hipocresía se debe al mero hecho de que ellos promulgaban la cristiandad en las iglesias, pero cuando era hora de practicar la fe fuera de ella, se olvidaban de la religión. Se olvidaron de la religión, como lo solían hacer, y decidieron mentir. Decidieron castigarte por hacer lo que tuviste que hacer para llegar a donde llegaste. Fuiste un Ícaro, te elevaste y volaste como si estuvieras libre, hasta que llegaste al sol. Llegaste al momento en donde no eras un mero prestamista, llegaste a ser más que ellos y decidieron cortarte las alas. Pero digo que ya basta, ya es hora de cortarle las alas al que tenía la tijera en mano, así que vamos Miguel Enríquez, levántate y corta sin cesar, es lo menos que puedes hacer. Deja que la gente te conozca, deja que la gente sepa tu historia, para que no dejes que los descendientes de esos hipócritas le corten las alas a tu legado. Así que, te lo pido con todo el corazón, levántate con espada en mano.


Nuestro gran Campeche Rosario Lozada

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Un homenaje a José Campeche y Jordán (1752-1809).

José Campeche y Jordán, el precursor de la pintura puertorriqueña, exponía en su obra retratos de figuras reconocidas y manifestaciones celestiales, ejemplar de la influencia española del momento. Un gran admirador, ¿ven? Enamorado de la vida que sus ojos percibían. Se dedicó a pintar a aquellas figuras dirigentes del país dentro de sus entornos, Miguel Antonio de Ustáriz, Don José Mas Ferrer, las hijas del gobernador Ramón de Castro… Además de los numerosos cuadros religiosos comisionados por la iglesia. Campeche sentía un profundo amor por representar a figuras humanas a través de su obra. Sin embargo, sus tendencias me parecen un poco sesgadas… Apenas retrataba al puertorriqueño ordinario, el cual resultaba ser más próximo a él. Campeche se enfocaba en retratar a aquellas figuras reconocidas del momento, quienes eran las que comisionaban su obra. Sin embargo, en instancias como con la obra de “El gobernador don Miguel Antonio de Ustáriz”, Campeche, de manera sigilosa, incorpora aquella cotidianidad. Detrás del lujo y suntuosa ambientación, se ve la vida.


Aquella vida del puertorriqueño trabajador, muchas veces pasado por alto. Al integrar esa representación obrera en la pintura, Campeche incorpora los orígenes de nuestro Puerto Rico, sin embargo, quizá no como se quería ver. Campeche vivía de las comisiones de los cultos colonos y de la iglesi. Vivía una vida no muy próspera en el contexto económico. Fue formado y retado por su mentor, el desterrado Luis Paret y Alcázar, reconocido artista de la Península. ¿Será que Paret y Alcázar, a pesar de influenciar la obra estética de Campeche, inculcó ese afán por la alta comisión? Quizá Campeche quería que su audiencia viera a su nativo pueblo, trabajador y en ocasiones oprimido, pero su ambición y necesidad no le permitió exponer aquello que deseaba. Claro, esto es solo una hipótesis… Quisiera yo poder hacerle estas preguntas a Campeche. Quisiera yo saber el porqué. Quizá no hay uno, quizá fue un mero pintor atraído por el dinero, o un pintor reprimido por sus circunstancias. Veremos, Campeche, tu historia.


La Rogativa Rocío Colón Una noche de abril de 1797, ante la amenaza de las tropas inglesas que se acercaban a la ciudad de San Juan, el obispo Juan Bautista de Zengotita Bengoa organizó una procesión religiosa que se llegó a conocer como La Rogativa. El esfuerzo de invocación de los fieles no fue ignorado por los ingleses, que lo confundieron por la llegada de refuerzos militares y detuvieron el ataque.

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No veía nada en ese manto negro e implacable. — Es imposible que puedan saber cómo invadir a esta tierra con tan poca visibilidad. — No te confíes, los ingleses tienen ojos hasta en las sienes. — Aún así… Éramos pocos los soldados velando la bahía. Digo, éramos muchos, pero estábamos algo separados y era casi imposible enfrentarse a esa flota sin refuerzos. — Mira. Mi compañero señaló hacia la flota impenetrable del general Abercrombie. Se vislumbraba una única lámpara en el mástil de la primera nave. Más que alumbrar el camino, la luz delineaba las siluetas de la tripulación inglesa. Entre las sombras se podía descifrar las sonrisas casi maquiavélicas de los intrusos. — ¡Cómo lo disfrutan! Estamos fritos. — Quizás. — Tu indiferencia me incomoda.


— Prefiero morir a manos de los ingleses que malgastar mi vida en una vela eterna. Todos los días hago lo mismo. Si dijera que los enemigos atacan cada noche, comprendería, pero esta es la primera vez que sucede algo igual en el tiempo que he trabajado velando mar abierto en la garita. Rodríguez me dirigió una mirada pesada. — Hummm… El ataque era inminente. Ya habían llegado varias naves inglesas a asistir a la nave principal. Era cuestión de muy, muy poco tiempo. Mi compañero se viró hacia mí. — Sánchez, hermano, te deseo la mejor suerEn ese instante, observamos a la distancia una antorcha, dos —no— cinco, diez, ¿o eran veinte? Perdí la cuenta. Poco a poco, descendían las llamas desde el Castillo San Felipe hacia nuestra posición. — ¿Serán más tropas? — Lo dudo, las más cercanas estaban a dos horas de aquí. — Entonces, ¿qué? Las llamas se acercaban gradualmente. Se les unían crucifijos de todos los tamaños, visibles gracias a la iluminación quebrada de cientos de antorchas. Rodríguez comenzó a dar vueltas en su lugar. — Tranquilo, Rodríguez. Me lanzó otra mirada, esta vez temblorosa. — ¿Y si, n-nos emboscaron y son e-ellos los de las an-antorchas? — Mantente alerta, mejor soldado muerto que aturdido. — Pero…¡Sánchez! El fuego llegaba. Parecía una bestia imparable en la penumbra, un monstruo indomable, furioso. Apenas comencé a preocuparme cuando los escuché.


Pater Noster, qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum—” El Padre Nuestro. Iba en crescendo, el volumen incrementando con cada paso de aquella masa de antorchas y gente. Luego de unos minutos, el semblante de Rodríguez mostró algo de tranquilidad. — Es el pueblo Sánchez, reza por nosotros. — De eso último, no estoy tan seguro. Las naves inglesas, aturdidas, se detuvieron abruptamente. Las caras de los invasores, todavía visibles tras la iluminación de aquella única lámpara, se contorsionaban en expresiones de terror. Me pregunté qué estarían pensando aquellos hombres. Si eran como mi tan temeroso compañero Rodríguez, seguramente pensaron que aquellas llamas estaban a manos de nuestros refuerzos. Poco después de haber parado en el centro de su trayectoria, las naves comenzaron a cambiar de dirección. — ¡Sánchez! — Dime, Rodríguez.¿No eres capaz de callarte por un par de segundos? — Pero ¿no los ves? ¡Retroceden! “Panem nostrum quotidianum da nobis hodie, et dimitte nobis debita nostra sicut et nos—” Las voces del pueblo nos arroparon como una madre arropa a un niño antes de acostarlo a dormir. Las llamas se acercaban y el aire ya se sentía caliente. Una a una, cada nave inglesa cambiaba su trayectoria hacia el exterior. La sonrisa que llevaba Rodríguez era capaz de dejar a cualquiera ciego.


— Quítate esa cara de encima. — Cuando averigüe cómo quitarme este hermoso rostro de encima, te dejo saber. — Tú siempre. — Y ¿qué? Tú nunca.


Ataque estadounidense a San Juan Carolina Aguayo y Sara Terrasa El 12 de mayo de 1898, una escuadra de once barcos sorprendió a la ciudad de San Juan con un bombardeo que duró tres horas. El pánico en la capital de la Isla causó que los ciudadanos huyeran, convirtiéndose en víctimas del hambre y de la incertidumbre. Pensando que España los había abandonado, muchos puertorriqueños sentían desesperanza y frustración. Pero luego de sufrir por tantos años, algunos veían en esa bandera americana su salvación...

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Son las cinco de la mañana y nuevamente abro mis ojos porque ya el sol ha venido a levantarme. La posibilidad de haber podido sobrevivir otro día me parece asombrosa, ya que mi médico enfatiza que no duraré mucho más tiempo en mi bello San Juan. Hoy, como todos los días, convalezco, pero me levanto de mi cama diminuta para cocinar el desayuno. Anoche recibí una noticia alarmante y no pude descansar. Cuando el sol caía en la bahía de San Juan llegaron unos mensajeros del sur cabalgando y acompañados por soldados uniformados en verde. No parecían ser violentos, pero anunciaban que hemos de ser un nuevo territorio americano.


Al caer la noche, mi mejor esperanza era que ahora, formando parte de los Estados Unidos de América, en Puerto Rico podríamos vivir en paz. Deseo que los pobres y desamparados logren poder cultivar sus tierras para producir su sustento y que todos seamos libres de la tiranía. Por primera vez en mi vida el ruido de las pezuñas de los caballos en los adoquines de la ciudad trae una melodía de esperanza.


Abuso estadounidense a San Juan Eva Hernández

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Calle de la Resistencia Camila Figueroa, Paola Figueroa y Ceciliana García Lara Sofía está sentada en su escritorio escribiendo la fecha en su libreta digital naranja, decorada con estrellas coloridas. Es el 26 de marzo de 2068. Ella está desesperada porque el día acabe, se quería ir de vacaciones ya. Llevaba todo el día mirando la misma pared, soñando en llegar al avión y sentir esa brisa rica. El día se iba lento, eran las 9:45am y le faltaban cuatro clases. Ya había pasado por su clase más retante: matemáticas. Nunca le habían gustado los números; la agobiaban y hacían que su cabeza diera vueltas. Al empezar un examen le temblaban las manos y lo único que podía pensar mientras lo hacía era la C que le darían. Por el contrario, le encantaba el arte, la historia y el español. Pero si le preguntabas a sus compañeros, todos te dirían que la clase que más le apasiona es la de Historia. Nunca había sacado menos de un 95 en un examen. Ganaba todos los debates que hacía la maestra Rodríguez entre los estudiantes. Hablaba de manera contundente, su voz era firme y lo decía todo con seguridad. Este año le tocaba Historia de Puerto Rico y le interesaba muchísimo. ¡Le encantaba aprender de su país y de sus colores, cultura, pasado, actualidad e, incluso, futuro! Siempre estaba

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atenta a las noticias. En la clase que tanto amaba, ya había cubierto múltiples acontecimientos históricos que poco a poco habían formando el Puerto Rico actual. Al discutir los temas, uno tras otro, ella se envolvía más y quería seguir aprendiendo. Ese martes, 26 de marzo de 2068, la maestra anunció el tema de la clase: Las protestas del 2019. Todos quedaron estáticos, ¿solamente 49 años atrás? No podía ser, la historia es de lo de antes, eso era muy reciente. Lara Sofia se paró de su silla y le preguntó a la maestra: Pero ¿cómo puede ser? En ese momento hasta mis padres estaban vivos, no suena interesante. La maestra Rodríguez explicó que la historia es ahora, todos los momentos son historia, aunque no lo piensen. Para convencerlos les puso un vídeo informativo sobre estas protestas y sus resultados en la pizarra instalada en el techo. Sus sillas de cuero se inclinaron hacia atrás hasta formar una posición de cama, gracias al toque de un botón blanco. Al ponerse las gafas cibernéticas se empezó a proyectar la película. El narrador empezó a hablar en un tono solemne sobre la indignación y furia que todos los puertorriqueños sintieron al ver las palabras de nuestro supuesto “líder”, Ricardo Rosselló y su gabinete vía un chat de “Telegram”. Los intercambios entre él y sus compañeros (desde el diciembre del 2018 hasta enero del 2019) expresaban comentarios homofóbicos, misóginos y extremadamente vulgares sobre cantantes, periodistas y contrincantes políticos. También se encontraron varios mensajes burlándose de los 4,000 muertos tras el Huracán María del 2017. La


pantalla cambió y el narrador enseñó los originales mensajes. Lara Sofía estaba boquiabierta, no lo podía creer, ¿Un líder? ¿Cómo hace tal cosa? Ella se enfadó, sentía que tenía que hacer algo al respecto, esas actuaciones no eran aceptables. El supuesto líder quedó desenmascarado y vimos su carácter inescrupuloso; las personas que se supone que tenían al pueblo como su mayor prioridad, los habían engañado. Pero el pueblo se propuso una misión: batallar la injusticia. Sabían que juntos podían ganar. Entre las fotos se destacaban las marchas en comunidad, mientras coreaban estribillos, las protestas pacíficas que iban cambiando el futuro, el ahora. Desde los Estados Unidos hasta Italia, de Francia a India, todos dijeron presente y se manifestaron. Obligaron al mundo a escuchar sus voces. Al principio resistió renunciar y causó que los puertorriqueños se esforzaran más en lograr la justicia. Las palabras “Ricky Renuncia” aparecían en todos lados, en pegatinas de carros, redes sociales, banderas, en la televisión, querían dejarles saber que ellos nunca se rendirán. Con firmeza derrotaron a los inescrupulosos, uno por uno, y a cacerolazo limpio, les ganaron. Los últimos minutos del vídeo enseñaron las palabras que hicieron al pueblo triunfar: “Hoy les anuncio que estaré renunciando al puesto de gobernador efectivo el viernes, 2 de agosto de 2019, a las cinco de la tarde.” Ahí terminó el vídeo, con la victoria de nuestra familia puertorriqueña. Lara Sofía se encogió dentro de su escritorio, con vergüenza por haber dicho que no le interesaba, sin saber realmente cuán impactante el momento fue


para Puerto Rico. ¡El timbre sonó! Con una cara sonrojada pidió disculpas a la maestra Rodríguez. La maestra no la regañó, al contrario, estaba feliz de que aprendiera de sus errores y que había entendido la importancia de las protestas. En el autobús de camino a su casa donde su maleta anaranjada la esperaba, se puso a pensar. No podía esperar a contarles a sus padres lo que aprendió en su clase favorita. Después de estar 25 minutos en el autobús, llegó a su casa. Antes de entrar por la puerta de madera de su hogar, reflexionó: estas manifestaciones demostraron que no somos solo un país, somos una familia, una Isla que no se compara a las demás. Juntos hicieron lo imposible, hicieron historia, gracias al descubrimiento de periodistas valientes. Su legado es la calle de la Resistencia.


Desde el 1521 hasta el 2021, San Juan ha atravesado horas atormentadas, ha perdurado temperaturas fatigantes, ha sufrido las lesiones de las garras imperiales, ha escuchado incesantes cánticos de protesta... Pesan 500 años de historia sobre su espalda, en su fachada marcadas las cicatrices de su pasado. Pero al mismo tiempo, el espíritu sanjuanero resplandece en jovialidad, pasión y prosperidad. San Juan se alimenta de sabiduría y se fortalece con el ánimo de las generaciones que caminan sobre su suelo. La capital de medio milenio posee la misma energía de los rayos de sol que día a día la despiertan. ¿500 años joven o 500 años vieja? Sanjuanero que me lees, recae en tus manos cómo conmemorar estos cinco siglos de vida.

Tiare Sierra - Editora de Elipsis


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Elipsis - 500 años de San Juan by Carmen M. Trelles - Issuu