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Elipsis - Edición de Navidad

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18.12.20

elipsis

Regalitos de Navidad

Fotomontaje por C. GarcĂ­a


Carta editorial

El aroma de la vela, el olor a las galletas, la música navideña y la magia de las estrellas. Pienso en la Navidad y me vienen a la cabeza recuerdos tan especiales como estos. Recuerdos que consigo llevan una abundancia de amor y felicidad. Desde temprana edad, la Navidad ha sido una época muy fascinante para mí, que me envuelve con la magia navideña y me transporta a un mundo lleno de paz y alegría. Al seguir creciendo y madurando, me percato de la importancia de la Navidad y su verdadero significado. Así como a mí me pasa con esta temporada, que me llena de tantas emociones, espero que lo miso ocurra con todos los que comparto estas líneas. Los invito a explorar su imaginación y a encontrar en cada recuerdo la magia de Navidad.

- Ivanna Vidal

Su escrito fue seleccionado como carta editorial en esta edición especial.


Cuéntame el futuro 1. Alexia Ramos, finalista 2. Lucía Garrido, finalista 3. Ingrid Rodríguez, ganadora Nuestra Academia sobresalió en el concurso Cuéntame el futuro.


La roca anaranjada Alexia Ramos

¡Qué euforia! Siento una felicidad contagiosa, que emana por mis poros. Casi tan contagiosa como el Coronavirus. Hoy es la primera vez que salgo de mi casa sin tener que escuchar a mi madre gritándome lo mismo de siempre: “Nicola, ¡olvidaste tu mascarilla!” La primera vez que salgo y siento el fresco aire navideño acariciándome los labios, moldeándolos para formar una sonrisa. El mismo aire que me levantó la falda. Me monto en el tren y reconozco a Arturo, el nieto del dueño de la estación, que siempre anda de tren en tren. Es la primera vez en un año que le veo la sonrisa. Le quitaron los “braces” y veo un caminito de hormigas sobre sus labios. ¡Qué mucho ha crecido! Al parecer me sumergí demasiado en el mundo distópico de la nueva novela de mi madre porque, de la nada, me llega un olor desconocido. Fuerte pero fresco, como ese de la Madre Tierra. Tan fuerte que me sacó del trance en el que me encontraba. Dirigí la mirada hacia arriba: estaba en una estación desconocida, en un tren desconocido. Decidí bajarme, ya que no tenía otra opción. Tan pronto pisé fuera del tren, vi a un coquí de cinco pies de estatura que me miraba con sus ojos relucientes. Me pareció curioso ver a una criatura así en la ciudad.


No me dejaba quieta, así que me dejé dirigir por él. No es como si tuviera algo mejor que hacer. Justo cuando salimos de la estación, lo que percibí a mi alrededor me dejó tan boquiabierta que me cabía un tren. Un extenso bosque que mostraba rastros veraniegos. A su alrededor, vi flora y fauna que solo pensé capaz de existir en las películas. Árboles de 5,000 pies con lianas que cumplían con la función de elevadores. Había animales hablando, sentados en hongos, tomándose un café. Estaba encantada. Sin embargo, nadie parecía verme, solo el coquí que me había guiado hasta aquí. Caminamos por horas. Me enseño su hogar, su escuela, sus amigos. Era igual que yo, pero con patas. Incluso me dio una roca naranja, que, según él, curaba a todo el mundo que la tocase de cualquier mal. Nos acercamos a una cascada. No quería admitírselo, pero las alturas me aterraban y el sonido del agua moviéndose a 50 millas por hora me provocaba más ansiedad que el SAT. De la nada, veo que el inmenso coquí se quedó quieto, ni tan siquiera parpadeaba. Lo veo acercarse con la rapidez de Bolt y, antes de darme cuenta de lo que ocurría, ya estaba sentada en una hoja inmensa, crujiente y marrón, de camino al borde de la cascada. Justo cuando me sentí cayendo, me desperté agitada en la comodidad de mi cama. Miro mi teléfono y observo la fecha. 31 de diciembre del 2020. Todo había sido un sueño de fin de año y llevábamos nueve largos meses en cuarentena. Decido voltearme y seguir durmiendo, pero siento algo incómodo en mi espalda. La roca naranja.


Durante meses, trabajamos arduamente para proteger a la humanidad del coronavirus. Todos los días íbamos con los contables a sus oficinas, con los niños a la escuela, con los doctores a los hospitales y hasta con los cocineros a sus restaurantes. A cualquier lado que mirabas, allí estábamos. Era un trabajo duro, pero era suficiente saber que salvábamos vidas al hacerlo. Nos convertimos en prendas imprescindibles, tan importantes como los espejuelos o las llaves. Nadie podía vivir sin nosotras. Pero un día, nos dejaron de usar. Nos lanzaron al aire en celebración como si fuéramos birretes, y entonces nos quedamos sin trabajo. Nos guardaron lo más lejos posible, pero desde nuestro exilio podíamos escuchar sus gritos de alegría. Las casas volvieron a quedar vacías durante el día, y cuando se llenaban en las noches, era solo para descansar. Atrás quedaron los días de frustración, de dolor y de incertidumbre. La pandemia había terminado. Las llamadas telefónicas fueron sustituidas por fiestas interminables en las que ellos celebraban nuestra ausencia. Ya no era necesaria la distancia de seis pies que había causado tanto sufrimiento. Se abrazaban por la primera vez en meses y las parejas sonreían al sentir sus manos entrelazadas. Recordaban a los que se robó la enfermedad, encontrando consuelo en llorar juntos. Trataban de vivir lo más posible cada día, porque temían que no durara la inmunidad.

Sin '

mAscara Lucía Garrido


Sin embargo, se aseguraron de nunca olvidar lo sucedido. Todas las noches se escuchaba un “te quiero” más de lo usual y las oraciones antes de dormir surgían del agradecimiento, no del miedo. Las máscaras cubiertas de arena en las playas, la inestabilidad de la economía y las sillas vacías de seres queridos eran recuerdos silenciosos que los perseguían todos los días. Les tomó mucho tiempo parar de retroceder cuando alguien tosía. Nada volvió a la normalidad que ellos conocían antes, aunque no creo que esto haya sido malo. Respetaban a la vida porque habían visto su fragilidad, y a la naturaleza porque habían sentido su fortaleza. Cada día lo vivían como si fuera el último, ya que durante mucho tiempo no sabían si llegarían a ver al sol salir la mañana siguiente. Emergieron de la cuarentena más conscientes del sufrimiento de otros a su alrededor. Continuaron luchando por la igualdad y protestando por la justicia. Los jóvenes se animaron a votar porque querían ver un cambio en el mundo, especialmente después de haber visto como muchos se vieron perjudicados durante la pandemia a causa de los gobernantes incompetentes. El coronavirus dejó atrás un planeta irreconocible. Las ciudades retomaron el ritmo que habían perdido, pero en el aire quedaba el sentimiento unificador de haber compartido una experiencia que les cambió la vida a todos. Nosotras, las máscaras, habíamos vestido a aquellos que querían proteger a los demás. Para esta generación seremos siempre un símbolo de solidaridad que nunca pasará al olvido.


La visión retrospectiva es

20:20

Ingrid Rodríguez Andro lo vio primero. Tan pronto entramos al sótano, dio unos pasos hacia el pequeño cubo metálico que se alzaba desde el centro de la mesa, en trance, hasta que Rosario lo detuvo con una mano temblorosa sobre el hombro. —Aún no, hijo. Andro, aún no convencido de que Rosario, la mujer que nos guio por vigésima vez al sótano de la antigua Biblioteca de Santurce, no se esfumaría si la miraba muy de cerca, bajó la cabeza en silencio. Era una reacción entendible: años de no ver a otro humano, además del uno al otro, había hecho casi imposible distinguir entre concreto y soñado. Sin embargo, el sótano, estudio de nuestra excéntrica anfitriona, retumbaba con vida a nuestro alrededor de manera que sería imposible para un espejismo: desde los estantes contra las paredes rebosando de libros en diversos estados de descomposición, hasta la pizarra opuesta a la entrada, forrada de gráficas y ecuaciones trazadas en blanco; desde la mesa roja con la extraña máquina de centro, hasta el aire, mustio de hongo y humedad, que contenía en su fetidez e inercia más vida que Andro y yo juntos, a pesar de la respiración que forzábamos de nuestros pulmones. Era aquel aire como manguera al olor de muerte y abandono, de pasillos vacíos y calles desiertas, aferrado a mi nariz desde que… bueno. No es necesario nombrar lo obvio.


—¿Estás segura de que esto funcionará? —pregunté en la dirección general de Rosario. —¿Importa? —respondió Andro, aún enfocado en sus zapatos— ¿Qué nos podría pasar? ¿Morirnos? Hasta en el infierno estaríamos más vivos que aquí. Odiaba tener que darle la razón. Pero era verdad que nuestro mundo perdió el pulso hacía mucho tiempo ya. Forrando las calles, quedaban solo monumentos a cuanto alguna vez respiró. La Biblioteca de Santurce, palacio de cristal y mármol donde habíamos llegado los dos, semanas antes, buscando posada, tenía la particularidad de ser monumento dos veces: Primero, conforme a su apertura en el 2078, al arte perdido del libro. Segundo, presentemente, al arte perdido que era el ser humano; recuerdo vacío de un mundo desaparecido. Bueno, casi desaparecido. Andro y yo, aparentemente salvaguardados por los cosmos como los últimos dos especímenes de la raza humana, nos habíamos acomodado entre libros y estantes para pasar la noche, sin imaginarnos nunca que nos toparíamos, entre columnas y anaqueles, con un tercero. —Sí existe riesgo, dado que nunca se ha construido una máquina de tiempo —comenzó Rosario, chasqueando un tacón contra el piso—Pero es mínimo. Confío en mis fórmulas. —Y, ¿estás segura del año?


—Definitivamente. No me cabe duda de que el mundo se lanzó definitivamente al abismo en el 2020, con una catástrofe completamente evitable. Enfocados en microesferas, fracasaron la prueba de campo para la Peste. No valdría nada prevenir nuestra pandemia sola, ya que, mientras no sepa la humanidad enfrentar y vencerla, estaríamos meramente posponiendo lo inevitable. La mención de la Peste envió un escalofrío volando por mi cuerpo. Nombrada por el color del polvo que tosían sus víctimas justo antes del último respiro, la Peste Dorada del 2093, o, como los pocos sobrevivientes relatamos, el fin del mundo, arrasó con todo, ignorando a todos quienes quisieron fingir que sería solo “un virus más”. Los científicos, subfinanciados, nunca lograron encontrar el antídoto. Los trabajadores, viéndose obligados a elegir entre poner comida en la mesa y proteger la salud de sus familias, terminaron por perder ambos. Incluso las familias de dinero, como la de Andro, magnates de sangre azul, quienes fácilmente podrían haberse salvado sacando alguno de sus veinte yates de lujo a mar abierto, no estuvieron dispuestas a abandonar el precioso “mercado”, a riesgo de muerte. Hay que reconocer, sin embargo, que en medio del caos, tardó meses para que el dólar estadounidense comenzara a decaer en valor. ¿El único precio a pagar por semejantemente efímero milagro económico? Un par de millón de vidas, un par de billón de vulnerables, y dos pies eficazmente dentro del ataúd. Solo tardó tres años para que el resto siguiera. Ahora, nos correspondía a una reclusa científica, al heredero de un imperio capitalista caído, y a mí, la individua más desencantada que vivió jamás, dar para atrás, y solucionarlo de raíz.


La diferencia entre utopía y distopía recaía en el año 2020. ¿Cómo podría terminar? ¿De quién dependería? Andro finalmente alzó la mirada. Sonreía. —Bueno, hay que simpatizar. Tú sabes lo que dicen: La visión retrospectiva es 20/20. No estaba segura si las palabras de Andro se trataban de chiste o advertencia. Si era que aún existía distinción entre los dos. A mi lado, Rosario sonrió. —Tienes toda la razón. Pero no hace diferencia la calidad de la vista, si nos rehusamos a abrir los ojos. Con eso, metió la llave dentro del cubo, que emitió un cegador destello anaranjado…


Relatos navideĂąos 1. Sara Terrasa

2. Carolina Aguayo


Nostalgia en los momentos de gozo Soy lo que alumbra el año, Llevo felicidad a todos lados y no hago daño, El nacimiento de un niño especial surge en mi presencia, Y los colores que me acompañan son de tremenda excelencia. Lechón, morcilla y pasteles son mis comidas preferidas, Pero no te olvides que para mí el baile es esencial. ¿Quién soy? Te preguntas La madre de la plena, bomba y todo lo musical. Alegría reparto por toda mi Isla, Al traer decoraciones y luces de revista. Todos se emocionan cuando llego, Y lloran cuando digo ¡hasta luego! De noviembre a enero son mis fiestas, Tantas memorias que forjan estos recuerdos tan profundos. ¿Quién soy? Te preguntas La navidad puertorriqueña, la más larga del mundo.

Sara Terrasa


Cajas de memorias Todo empieza con una invasión—cajas plásticas ocupan la sala de nuestra casa, alterando el orden que durante el resto del año predomina en esa área del hogar, hasta que llegan estas fechas. Desde que hacen su entrada triunfal, por un poco más de un mes, alteran la dinámica completa de ese área. Cajas que contienen adornos, luces, guirnaldas y todo tipo de objetos navideños que se usan para conmemorar estas fiesta. Con cada adorno que vuelve a ver la luz, salen memorias de mi infancia. Memorias de donde fueron comprados; algunos en viajes inolvidables. Adornos hechos por mi hermana y yo, cuando nuestras destrezas motoras no estaban desarrolladas, pero el amor por la Navidad sí. En esta época del año, me hipnotizo por la belleza de mis alrededores y se repiten las historias detrás de cada ornamento colocado en mi casa y de las tradiciones celebradas.

-Carolina Aguayo


La Navidad sensorial 1. Paola Figueroa

2. Cecilia Rovira 3. Camila Figueroa 4. Lauren RodrĂ­guez

Nuestras escritoras de sĂŠptimo y octavo grado


Sensaciones navideñas

Paola Figueroa

¿Qué es la Navidad sin las emociones y las sensaciones? Los colores de los adornos y las luces resplandecientes enloquecen la vista. La música navideña vibra en nuestros oídos. El olor a pino abre memorias escondidas de esta gran época del año. El sabor a toda la comida nos recuerda a las tradiciones navideñas. El toque particular de las botas, los abrigos, las ramas del árbol y los pijamas hacen que la Navidad sea realmente especial. La Navidad se vive a través de los sentidos.

Abrazo de Navidad Cecilia Rovira

Desperté una mañana con el sonido de la lluvia y algo cansada. Decidí quedarme unos minutos envuelta en las sábanas y al rato, abrí las ventanas. Por las rendijas, una brisa fría y acogedora entró a mi habitación. Me abrazó y viajé con ella. Mi cuerpo se alegró y no podía parar de sonreír. Me llené de esperanza y amor ¡En ese momento, supe que la Navidad se acercaba!


Se siente la magia navideña

La navidad llegó,

llegaron las celebraciones y las fiestas escandalosas. Se escuchan canciones navideñas en todos lados y el reír de los niños. Después de un día largo, todos están agotados. Llegan a sus casas, cansados y listos para dormir.

Preparan galletas para hacer a un señor especial venir. Al ponerse sus pijamas, se ponen nerviosos, pero más que nada, sienten sus corazones latiendo como locos. Miran por la ventana y observan decoraciones de todos los colores, la ciudad se ve majestuosa. Cuando deciden irse a la cama, ven algo peculiar un trineo, que de momento comienza a volar. En aquel instante, sintieron la magia navideña ,la magia que habita en los sueños de un niño.

Camila Figueroa


Rodríg n e r

z ue

¡Trin, trin!

Lau

Galletitas de especias ¡Están listas! En este tiempo navideño compartiré una de mis recetas favoritas. Una deliciosa mezcla de harina, canela, clavos de olor, jengibre, mantequilla, azúcar, melaza y bicarbonato de sodio. Número uno, la canela. Una especie con un aroma inconfundible, dulce y leñoso. Le da sabor a todo lo que le eches. Tiene un sabor picante, pero azucarado. Número dos, los clavos de olor. Son unos pequeños ramitos llenos de sabor que son muy versátiles en la cocina. Pero, en este caso, se usa una pequeña pizca para darle ese distintivo paladar que posee, punzante y aromático. Número tres, el jengibre. Es una especie amarga y picante. Cuando se cocina, le sale un lado dulzón que agrada al paladar. Número cuatro, la melaza. Es un tipo de polvo fino de color café, con sabor y aroma típicos de la miel de caña.


Número cinco, la mantequilla. ¡Qué no se puede decir de la mantequilla! Es lo que combina todos los ingredientes en una deliciosa masa, permitiendo que los otros sabores puedan sobresalir y unirse para formar un exquisito postre. Número seis, la harina. Tiene una fragancia que es ligera en sentirse, pero agradable. Te da la sensación de que hueles una masa lista para hornear. Número siete, el azúcar. El color como la arena que el sol acaba de tocar con sus rayos. De un olor a fruta deshidratada, sale un sabor meloso y delicado. Sientes que una caña fresca ha sido puesta sobre tus manos. Número ocho, el bicarbonato de sodio. Es el protagonista de la química de este postre. De seguro los sutiles burbujeos cosquillean a la mezcla. Logra la consistencia perfecta para que todos los ingredientes se cocinen y saquen sus sabores únicos. Individualmente, estos delicados gustos son deleitables; pero, al unirse y vincularse uno con los otros, crean un postre que da vida a la Navidad.


Un cuento

de navidad escrito colaborativo

Determinar si aquel árbol, elevado y frondoso, era parte de la Tierra o del cielo estrellado, resultó ser una tarea complicada (T. Sierra). El olor a pino era intoxicante y las luces brillaban tan fuertes que Lorena se tuvo que tapar los ojos para verlo (A. Arce). El árbol parecía que llevaba más colores que el resto del universo, no se podían contar (C. Figueroa). Al tope se encontraba una estrella resplandeciente (C.Aguayo). Consumida por su luz, Lorena se aferró de una fuerte rama, escalando lentamente entre preciosos adornos (Claudia Figueroa). Cuando pensó que estaba lo suficientemente cerca, estiró su mano para cogerla (E. Berio). Pero, justo cuando comenzaba a sentir el calor de la estrella rozando sus dedos, un soplo de viento estremeció al árbol, e hizo que Lorena perdiera su balance (I. Rodríguez). Debido a la dimensión del árbol, Lorena cayó por kilómetros hasta que llegó a un punto en el que no sentía descenso si no que estaba en ascenso (I. Rosado). Acompañada por un punzante dolor de cabeza, abrió sus ojos a un panorama extrañamente familiar, que quizás había vivido en sus sueños de la noche anterior (R. Lozada).


Se encontraba dentro una cabaña con vista hacia unas montañas cubiertas con un gran manto de nieve rosa (R.Colón). Aquel color despertaba algo peculiar y desconocido en su ser (J. Vélez). Sentía como si acababa de descubrir una memoria que no sabía que tenía, como si finalmente hubiera aterrizado luego de un viaje largo (L. Garrido). De repente, por el hielo, se deslizó Jack Frost (María Perea). Lorena estaba sumamente confundida - no sabía dónde se encontraba, y por esto, procuró ayuda del señor de hielo que se aproximaba a la cabaña (M. Caro). Se conocían desde niños, y el Señor Frost le dijo que no se preocupara, ya que era normal que sus sueños fueran vívidos y trató de calmarla (N. Rodríguez). Este evento le parecía algo peculiar a Lorena, sentía una corriente de nervios corriendo por sus venas y mariposas aleteando en su estómago hasta que un ¡BAM! la dejó inconsciente (S. Terrasa). Cuando vuelve a abrir sus ojos, siente un baño de estrellas cayendo sobre su rostro (L. Rodríguez).


El día que yo nací, Nacieron todas las flores, Y hoy te canto a ti, como te cantan los ruiseñores. ¡Bomba! Palo e' bandera Varilla e' catre conmigo no, Tu tienes la cara larga como la mula del tendal, Tu tienes las patas flacas como playera de la mar. Aprende a tener respeto no vengas a maltrar, no seas enredadera enredadera de la mar. ¡Bomba! Tradicional de Loíza, herencia afroantillana de la religión Yoruba, de nuestros hermanos en Cuba

Bombas Puertorriqueñas


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