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TODO A LA PARRILLA

1. Turdera entró a la redacción con el pucho en la boca y cara de preocupación. Los redactores alzaron la vista por sobre las lentes con expresión indiferente y eso terminó de inquietarlo aún más. –Oigan, hay que afinar la puntería. Esto va en picada. Si no, vamos a tener que reducir la tirada, y achicarse nunca es bueno. Si no fuera por el titulero no nos leería nadie. Es el único que entiende el negocio. ¡A ver, un aplauso para el Rata! –un individuo insignificante amagó con incorporarse, sonaron algunos aplausos de compromiso, salvo el de Turdera, que pretendía infundir algo de entusiasmo–. Escuchen: “Extraño caso de personalidad múltiple: se violó a sí mismo”. ¡Eso no está nada mal! Cualquiera se interesa con semejante gancho. Pero el Rata no puede estar inventando todo el tiempo noticias de la nada. Además, después la gente lee el cuerpo de la nota y se da cuenta de que la noticia no existe. Se interrumpió para medir el efecto de sus palabras. Era escaso.

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–Necesitamos más morbo –continuó con redoblado énfasis–. Lo del Rata está bien para los fanáticos de las perversiones, pero no tenemos nada de crímenes y nos perdemos una franja importante de lectores. –¿Qué hacemos? ¿Salimos a matar gente? –preguntó uno de los redactores, mordisqueando un palito. –No estaría mal. Tendríamos una primicia y yo me sacaría de encima a idiotas como usted, que irían presos –contestó amablemente Turdera–. Tienen que entender que esto es una revista de la tarde, editada a cuatro colores para que se vean bien la sangre, los moretones, las melenas rubias con raíces negras. ¡Vamos, muchachos, saquen lo peor de ustedes! Llamen al Gallego Fontoira, es el mejor carroñero que hay. –Al momento, jefe –reaccionó, súbitamente inflamado de pasión periodística uno de los apáticos, tomando el auricular. –¡Así me gusta! –se encendió Turdera–. Que el secretario de redacción controle a la competencia, ese Cortínez no es de fiar. ¡Y los demás, manos a la obra fecunda!

2. –¿Llegaron las planillas de rating? ¿Cuánto medimos? –preguntó ansioso Espíndola. –Seis y medio –fue la escueta respuesta. –Estamos cocinados –silbó con angustia–. Hay que hacer algo urgente o nos levantan. ¿Cómo andamos en el share? –Doce por ciento –volvieron a contestar.

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–¡Hundidos, recontrahundidos! –gritó Espíndola, saliendo como una exhalación hacia su despacho. Entró apuntando a su asistente con el índice. –Comunicame ya mismo con el Gallego Fontoira. Nos caemos. La chica lo miró con expresión de asco. –¿Fontoira? Me parece que vamos a perder nivel. –A mí me parece que lo que vamos a perder es el aire, y vos el trabajo –siguió Espíndola, encendiendo un cigarrillo con una larga chupada–. Necesitamos algo fuerte y escandaloso, porque somos un fiambre. ¡A ver si te queda claro!

3. –Aló, aquí Fontoira y Asoc., Informes Oficiosos para Prensa. –Hola, ¿usted es Fontoira? –No. Yo vendría a ser Asoc. –Muy chistoso. ¿Hay alguien serio con quien pueda hablar? –No. Sólo estamos Fontoira y yo. –No me haga perder tiempo, viejo. Páseme con Fontoira. Peretti se incorporó pesadamente y se acercó a la puerta del baño. Todo tipo de sonidos provenía del interior: chirridos de roscas oxidadas, contracciones epigástricas, remedos de letanías evangélicas, silbidos de señal de fax, crujidos indeterminados, resuellos, ventosidades. Peretti acercó la cabeza casi hasta rozar la puerta para hablar. –Señor Fontoira, tiene una llamada. –Pásamela –se oyó una voz áspera.

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Peretti conmutó y se puso a hojear el diario. Al rato vio entrar a Giúdice. –Qué tal –lo saludó. –¿Ya llegó el gilipollas de Giúdice? –se escuchó una voz que provenía del baño, entre un estruendo de cacharros caídos y el eco ahogado de una descarga cloacal. –Hasta recién, perfecto –respondió el saludo Giúdice.

4. Giúdice hablaba mientras revolvía el café. –Vas a venir como asistente, Larva. Ya sabés: no hablás, no opinás, no decidís por tu cuenta. ¿Está claro? –Solutamente. –La dirección es ésta –continuó Giúdice desplegando un papelito arrugado–. El tipo es un presunto suicida, en este presunto pueblito. –Presunto. –La cosa es presuntamente segura, así que la noticia ya está vendida. No sé qué pasa pero los medios aúllan, y el Gallego aprovechó para vendérsela en simultáneo a todos. Odio trabajar bajo presión. –Tranquilo, papá. ¿Alguna vez tuviste algún problema conmigo, eh?

5. –Señor Fontoira –susurró Peretti junto a la puerta del baño–. Llamada para usted.

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–Estoy en llamas, Fontoira. La tarde está muerta, no nos escuchan ni los ciegos y el principal anunciante amenaza con retirar la pauta. Si es así, la radio se va a los caños. –Vamos, Baldanián, hombre, un ejecutivo de tus recursos... Alguna mentiriña, alguna triquiñuela para ganar audiencia, eh, como tú sabes... Que tu raza es de las que sobreviven. –No jodas con la raza ahora, Gallego. Los turcos te cortaban la cabeza una sola vez, acá se pasan el día mostrándote cómo afilan el hacha. Morís con la cabeza puesta y el corazón hecho un trapo. Necesito una mano, Gallego... –Bueno, como quien dice una mano... –Después arreglamos la tarifa, no va a haber problemas. –Te tengo algo para el informativo de la tarde, quédate tranquilo.

6. Parados en la estación, esperaban la llegada del tren calculando que en veinte minutos estarían en destino. Cuando se le acercó un viejito de paso lerdo y pelo completamente blanco, Giúdice se sobresaltó. –Joven –dijo el viejo con voz quebradiza–, necesito su ayuda. Necesito que me empuje. –Oiga, ¿por quién me toma? –respondió Giúdice, indignado–. No necesita ayuda. Déjese caer. –Es sólo por compañía –se defendió el viejo, confuso–. La gente ya no sabe lo que es la solidaridad.

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–Linda idea de la solidaridad –rezongó Giúdice–. Usted muere y abandona este valle de lágrimas, yo me quedo y voy preso. Además de los traumas y problemas sociales. ¿Sabe qué? Usted no tiene huevos para esto. Vaya a darle maíz a las palomas como cualquier viejo y déjeme en paz. El tipo simuló una rabieta senil y se alejó arrastrando los pies. El Larva lo siguió mientras Giúdice todavía despotricaba. Alcanzó al viejo cuando estaba llegando a los molinetes. –Oiga, ¿qué urgencia tiene en morir? –No tanta –dijo el abuelo con indiferencia–. Un tipo me acaba de pagar un café con leche, por un par de horas no voy a tener hambre. –¿Qué va a hacer? ¿Tiene adónde ir? –preguntó el Larva febrilmente, espiando por el rabillo al tren que se acercaba a la estación–. Mejor se queda acá, así va viendo los trenes y les va tomando la mano. –¿Quién es usted? ¿Cómo voy a confiar en un extraño? Quiero que me ayuden a morir, no que me maten. –Bueno, viejo melindroso, ¿cuál es la diferencia? ¿Se cree que un tren por encima no le va a doler? –¡Socorro, policía, me quieren matar! Giúdice se acercó corriendo y se llevó a la rastra al Larva. –¿Qué hacés? ¿Sos loco? Subieron al tren. –Era por su bien –se excusó el Larva–. Y de paso, por ahí hacíamos doblete.

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7. Era un pueblo insignificante. Las calles de asfalto cuarteado parecían apestadas de indolencia. Todo parecía desarrollarse en cámara lenta, tanto que apurando un poco el paso Giúdice y el Larva alcanzaron y dejaron atrás a un chico que pedaleaba en bicicleta. La puerta de madera era propia de un establo. La numeración de la casa estaba escrita con tiza sobre la pared. Golpearon. –¿Quién es? –inquirió una voz grave y distinguida. Giúdice se había trazado una estrategia bastante rudimentaria. –Soy un enviado. Sé lo que es mejor para usted y para todos. –¿Y yo quién soy? Contestó lo primero que le vino a la mente. –Usted es el candidato. La respuesta pareció interesar a su interlocutor. –Es asombroso lo imprevisible que puede resultar la vida –resonó, profunda y engolada, la voz. –¿Vio? En cambio, la muerte es absolutamente previsible. Más tarde o más temprano, no hay otro remedio que morirse. –Lindo remedio –se escuchó. El timbre engolado había perdido compostura. –Suerte para usted, que ya lo tiene casi resuelto. Hubo un breve silencio. –Fontoira dijo que iba a mandar a alguien con tacto. Giúdice miró al Larva con desconcierto. –¿Qué pretende? ¿Un proctólogo?

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–¿Un qué? Volvió a dirigirse a la puerta cerrada. –Disculpe, señor... Malthus, ¿no? –Malthus, Emérito. Sí. –Dígame, señor Malthus: ¿usted habló con Fontoira? –Claro. Por intermedio de Adolfito, mi sobrino. Está preocupado porque dice que me ve mal. Giúdice hizo un silencio comprensivo. –Y la verdad, estoy desesperado. La vida no tiene sentido, pero me asusta morir. El Larva se retiró un poco de la pared para soltar una ventosidad. Súbitamente, el aire se hizo irrespirable para Giúdice. La voz siguió del otro lado. –Para morir, uno tiene que tener motivos. ¿A usted no le interesan los móviles? –Considerando el tema, prefiero los inmóviles. Usted comprenderá –respondió Giúdice, impaciente–. ¿Por qué no me abre la puerta? Otra pausa desconfiada. –Porque aún no estoy preparado. Vuelva en un rato –se escuchó finalmente.

8. –Qué tal, Cortínez, te habla Turdera, de “El Bocinón”. –¿”El Bocinón”? Me suena... –No te hagas el idiota, Cortínez. Tengo una primicia de policiales en exclusiva para la edición de esta tarde, pero me falta algo de farándula. –Ajá. ¿Y?

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–Bueno –a Turdera le costaba horrores mantener el tono amable–, pensé que podíamos llegar a un acuerdo de caballeros y compartir información. –¿Y desde cuándo hay un trato de caballeros entre tu revista y la mía? Esto me huele a que estás fusilado, Turdera. –Te estás mandando la parte por dos titulares felices y ni siquiera levantaste la tirada de tu pasquín. “Sin Censura” está saliendo con lo de siempre, igual que “El Bocinón”. No te agrandés, que una golondrina no hace verano. –Esperá a ver cuánto tiramos hoy. En fin, ¿en qué otra cosa puedo serte útil? –Te estoy hablando de un notición, Cortínez. –Sos un talento comprando carne podrida. No me interesa. Turdera cortó con los ojos inyectados en sangre y echando espuma por la boca. –Este hijo de puta arregló con el Gallego –masticó. Después de destrozar el intercomunicador con el dedo índice, se asomó a la puerta de su oficina. –¿Dónde está el inútil del secretario? Necesitamos espionaje.

9. Giúdice miró alrededor. La calle estaba muerta. Todo estaba muerto, salvo el tipo de adentro, que era lo que contaba. Señaló hacia la esquina y le dijo al Larva: –Averiguá en la carnicería dónde hay un teléfono. El Larva salió disparado, seguido por uno o dos perros. Por la misma acera, en sentido contrario, se acercaba a paso nervioso un tipo de unos veinte años. Cada tanto se daba vuelta y miraba a sus espaldas. Giúdice tuvo una corazonada.

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–A que usted es Adolfito. El muchacho pareció sorprenderse, pero reaccionó enseguida. –Adolfito Bedoya, servidor. ¿Cómo lo sabe? Turdera apreció el cabello peinado con prolijidad y un cardigan de hilo elegante pero discreto. –Su tío, el señor Malthus, me habló de usted. Y tuve un pálpito. Adolfito estiró una sonrisa de adolescente. –Claro. Y usted, ¿quién es? –Digamos que soy algo así como un gestor –fue la respuesta incómoda–. Mi nombre es Giúdice. –¿Gestor? ¿Lo mandan de la escribanía? Escuche, estoy muy preocupado... –Ya me dijo su tío. Pero... –Estoy muy preocupado porque esto no tiene una definición. Al pobre la duda lo está comiendo vivo. Quiero que termine con este sufrimiento de una vez. –Mire, yo... –El caso es que, casualmente, yo tengo ciertas urgencias... ¿Cómo explicarle? Yo aprecio mucho y muy bien la vida, nunca tuve ese tipo de dudas. Ahora, resulta que hay gente que no me quiere bien. Envidian mi don de gentes. Usted no sabe lo que es un pueblo como éste. Y han buscado cualquier excusa, ponga por caso algunas deudas miserables, cuya cancelación mi sentido del honor debería garantizar sobradamente, para amenazarme. Giúdice empezó a considerarlo con atención. –Adoro a mi tío. Se lo aclaro porque la gente enseguida piensa lo peor. Fue el tío solterón que siempre me dio todos los gustos. Nada hubiera preferido tanto como evitar esta situación odiosa, pero... concretamente, el tiempo apremia. No quiero verlo sufrir;

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quiero ayudarlo. Las cosas se combinan de una manera curiosa, aquí abajo nuestras acciones nos parecen un mamarracho pero indudablemente hay un orden superior que les da sentido... –Está bien, Adolfito, pare. Usted quiere ayudar a su tío, yo quiero ayudarlo a usted, todos nos ayudamos a todos. ¿Entiende cómo es el negocio? –Por fin algo de comprensión entre tantos chacales. –No soy de la escribanía, no sé nada del testamento ni de trámites sucesorios. Pero los detalles me interesan: me manda Fontoira. –Ah, buenísimo –siguió Adolfito, sin transición–. ¿Le parece que la historia es vendible? La mía, no la de mi tío. Eso ya lo arreglé. –Bueno, habría que ver... –Necesito dinero, urgente –lo interrumpió espiando por sobre su hombro–. No sé si me entiende, hay gente que me anda buscando. –Déjelo en mis manos y me ocupo. –Llámeme –concluyó Adolfito alargándole una tarjeta impresa con refinados caracteres–. Yo voy y vengo, porque tengo otros asuntos que atender, ¿vio? –Claro. Giúdice lo vio cruzar la calle y parapetarse en un umbral al paso de un auto que dobló la esquina muy despacio.

10. –¿Teléfono público? Hay dos –dijo el carnicero, atacando una media res recién descolgada con una cuchilla enorme–. Uno, tres cuadras adelante, siguiendo derecho

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por esta misma calle; el otro, tres cuadras atrás, retrocediendo. Si uno de los dos no funciona, tenés la oportunidad de conocer todo el pueblo. ¿Venís de la capital? –Sí. Trabajo para el periodismo –respondió el Larva, dándose importancia–. Parece que tienen un suicida acá enfrente. Un tal Malthus. –¿Que qué? –vociferó con ojos desorbitados el tipo, clavando de punta la cuchilla sobre la mesada de madera y cortando de paso los garrones del animal, que chasquearon como un látigo. –Yo también lo lamento –susurró intimidado el Larva, viendo al carnicero saltar por sobre el mostrador como un orangután. –Decime que no se mató todavía –aulló sacudiéndolo por las solapas como si fuera un trapo–, porque ese cretino y el calavera de Adolfito tienen como dos vacas a cuenta. Si no me paga, me fundo, ¡decime que no se mató! –No se mató –resopló el Larva, aterrizando a continuación en el piso–. Todavía. –Primero, que me pague –siguió como en un monólogo enfebrecido el carnicero, mientras se sacaba el delantal–. Que aunque vive como un miserable y llora miseria, yo sé que está bien forrado en oro. Vamos. –¡Pará un poquito, pará! –intentó el Larva mientras era sacado a empujones a la vereda–. ¡Que no está en la casa! Justamente, tenemos una guardia en la puerta, por si vuelve, ¿ves? –explicó señalando a Giúdice, que se paseaba distraídamente. El tipo bajó la persiana del local. –Me voy a buscarlo adonde sea. Me debe un capital. Tiene que devolvérmelo; después, si quiere, lo mato yo.

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11. –La televisión tiene influencias, Peretti –se jactó Espíndola, mientras conducía con una mano en el volante y otra apoyada en el borde de la ventanilla–. No vas a comparar con esas revistitas amarillas que mendigan para publicar, esos rascatripas amigos tuyos. Acá se mueve mucha plata. –Ajá –asintió Peretti. Se preguntaba qué era lo que pretendía Espíndola. –Con todo el material que tengo disponible, puedo armar varios ciclos. Por eso el Gallego quiere mantenerse cerca y me pasa info de primera mano. Guiame, porque no me acuerdo bien dónde me dijo que era. –Sí, como no. Frená acá en la esquina. –¿Acá mismo? –Sí –respondió Peretti cerrando la puerta–. Gracias. Nos vemos. –Escuchame –insistió Espíndola–, ya arreglé con el Gallego. No me jodas. –La próxima vez, anotá la dirección. Porque yo no puedo dártela, y vos lo sabés. Chau.

12. –Hay que apurar el trámite –dijo el Larva controlando la silueta del carnicero, que se alejaba por el medio de la calle–. Si no, no vamos a llegar al cierre. –Te dije que no opinabas ni tomabas decisiones por tu cuenta –contestó Giúdice. Pasó un coche lentamente. Sus ocupantes, dos muchachos rapados y de expresión criminal, los escrutaron con detenimiento. –No me quiero perder la plata, Giúdice. A ver si el tipo se arrepiente.

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–Quedate acá mientras voy a telefonear. Si el miserable de Fontoira pagara un celular, no tendríamos estos problemas. No hables con nadie, no metas la pata como siempre, la boca es para comer y nada más.

13. –¿Señor Turdera? Soy yo, el cadete. Estoy vigilando pero no veo ningún movimiento raro, y Cortínez sigue en su oficina. Todo parece normal, pero de cualquier manera vuelvo a llamarlo cada media hora, como me indicó.

14. –¿Cómo van las cosas? –preguntó jovialmente Peretti. –Un asco –respondió Giúdice–. ¿De dónde sacaron a este tipo? –¿Cuál es el problema? –Tenemos un filósofo. Hay un planteo teórico. –Correlo por el costado metafísico –simplificó Peretti–. El fatalismo, lo irreversible. Se te mata solo. –Como si fuera tan fácil. El tipo duda, y eso es cuerda para rato. A Descartes le alcanzó para un método. Yo creí que nos ocupábamos de venderles noticias a los medios, no que teníamos que fabricarlas. –El trabajo está cada día más difícil, qué vas a hacerle. La flexibilización laboral es una realidad. Te paso con el Jefe.

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En el auricular se oyeron los pasos de Peretti alejándose. Un segundo después, la comunicación conmutó a un infierno de interferencias, mugidos, cornos ingleses y voces descompuestas que servían de fondo al destemplado cacareo del señor Fontoira. –¿A ti que te interesa de dónde salió el hombre? Te ha tocao, y a embromarse. ¡Joder! Ya nadie se toma el trabajo en serio. Siguió una barahúnda disonante interrumpida por la voz de Peretti. –Metele que no llegás al cierre. Además, en cualquier momento te cae la jauría. Hace un rato, Espíndola pretendía que lo llevara al lugar. Por suerte está desorientado, cree que es por aquí. Pero también vi a la gente de las revistas dando vueltas. Están husmeando. Tené todo listo, porque en cuanto pesquen algo no va a haber forma de pararlos.

15. –Escuche, padre –se escuchó del otro lado del esterillado–, Malthus se quiere matar. Me debe un montón de plata de todos los asados que hizo en el fondo de su casa, ¿se acuerda? Usted también estaba invitado. Me parece que no es de buen cristiano dejarlo morir en esas condiciones, se va a ir al infierno si no paga sus deudas. Así que largue todo esto y ayúdeme a buscarlo. Se escucharon crujidos de madera, ruidos de articulaciones y un hedor rancio se esparció por el lugar. Se abrió la puerta del confesionario y asomó un rostro imbecilizado, con unas chuzas blancas mal dispuestas a la manera de cabello, que más parecían retazos de estopa. El carnicero lo miró con aprensión. –Padre, ¿está seguro de que no se está apolillando?

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–Ego te absolvo. ¿Malthus organiza un asado? ¿Malthus, el hijo de Malthus? –Eso, eso, padre. Vamos a buscar a Malthus para organizar un asado.

16. –Te habla Baldanián, de la radio. ¿Qué pudiste averiguar? –No demasiado. –¿Cómo que no demasiado? Necesito con urgencia saber de dónde vienen esas llamadas o me come el león. ¿Para qué te pago? –Bueno, tranquilizate. La gente mira todas esas series y películas yanquis y después se cree que es tan fácil. Estamos en el último mundo, a ver si se enteran. Nuestro atraso tecnológico no da para más. Sólo sabemos que provienen de una cooperativa telefónica que cubre un área rural. Hay dos o tres pueblos en ese radio. –¿Nada más? –No por ahora. –Bueno, detallame la zona lo máximo posible, que yo mando gente.

17. Giúdice encontró al Larva sentado en el umbral de la puerta. –Espichó. Lo que siguió fue una suerte de danzas, celebraciones y ditirambos por parte de Giúdice.

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–¡Nos vamos de este pueblo de mala muerte, nos vamos de este pueblo de mala muerte! –repetía como un enajenado–. Avisamos a los medios, esperamos que lleguen y a cobrar. Repentinamente interrumpió los festejos. –¿Cómo sabés? –porfió. –Fácil. Abrí la puerta y entré. Giúdice se precipitó sobre el picaporte. Allí, en medio de una habitación austera donde sin embargo lucían maderas nobles y metales por todos lados, se desparramaba un tipo pequeño, insignificante, de piel amarillenta y rostro desagradable. No había rastros de nada. –¿Se suicidó? –No. Sí. No sé, qué sé yo –contestó con imprecisión el Larva. Giúdice se abalanzó sobre su cuello. –¿Qué hiciste, animal? –¡Nada, no hice nada! –¡Este tipo está muerto, muerto! Se puso a revisarlo por todos lados. No había golpes ni moretones. La cabeza estaba intacta. –¿Seguro que vos no fuiste, Larva? –preguntó angustiado. El otro se dio por agraviado y no contestó–. Mirá que esto es muy grave, vamos presos, ¿entendés? –Llamamos a los medios y volamos –se encogió de hombros el Larva. –¿Ah, sí? ¿Y dónde están el veneno, los somníferos, la pistola o lo que sea? ¿Quién se va a tragar que es un suicidio? Esto no vale nada. Se escucharon unos golpes en la puerta. Giúdice y el Larva quedaron congelados.

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18. –Déle, padre, háblele –lo empujaba con suavidad el carnicero. –¿Y qué le digo? –preguntó el cura, con cara de extraviado. –Que nos abra, que venimos por lo del asado –respondió el carnicero, desviando la mirada para evitar el aliento de su interlocutor. El cura carraspeó para entonarse, aunque el resultado fue de cualquier manera un cloqueo desafinado e inconexo. –¡Emérito, hijo, Dei gratia, ábrenos! ¡Venimos por el asado que nos tienes prometido como está escrito, que a todo el que tiene se le dará; y a todo el que no tiene, aún lo que piensa tener se le quitará! San Lucas, 8, 18. ¡Que el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne! Gálatas, 5, 17. Resopló, se secó la frente con un pañuelo arrugado y mugriento de mocos, y miró al carnicero. –¿Así está bien? –preguntó. –Déle un poco más –apuró el otro. El cura tomó aire y arremetió de nuevo. –¡Vamos, Emérito! ¡Que el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil! San Marcos, 14, 38. Esperaron algún efecto de las estrambóticas invocaciones, pero no pasó nada. En cambio, atraído por el batifondo apareció un policía. –¿Qué son esos gritos? ¡Padre Mario! ¿Qué es lo que está pasando acá? –Pero si es el agente Funes –se sorprendió gratamente el cura–. Beati pauperes spiritu.

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–Largue el latín, padre, que no se entiende nada –se impacientó el carnicero–. Funes, ¿no te acordás de mí? De la carnicería. Ricardo. –¡Ricardito, no te había reconocido sin el delantal! –se regocijó el policía–. ¿Qué hacés acá? ¿Y el negocio? –Atendé, Funes, esto es grave. Hay periodistas de la capital porque parece que Malthus se quiere suicidar. Me debe un montón de plata, y no aparece por ningún lado. –A ver, permiso –dijo el uniformado. Se plantó ante la puerta y golpeó con energía. Esperaron en un silencio inmune a cualquier estímulo. Funes miraba el piso tomándose la barbilla y Ricardito lo miraba con ansiedad. El cura parecía en Babia. Al final el policía miró con elocuencia a los otros dos. –No hay nadie –concluyó. –Bien, Funes. Sos un genio –recriminó el carnicero. –No contesta. Silencio total –insistió Funes. –Res, non verba –graznó el espantajo de negro. –Y claro que no, una res no es ninguna huevada –razonó el matarife, apoyando sus dichos–. Es una montaña de plata. El cura se encogió de hombros y emprendió el regreso a su casa. –¿Adónde va, padre? –le gritaron. –Yo tengo una comida que comer que vosotros no sabéis. San Juan, 4, 32 –recitó alejándose. –¿Y qué hacemos con esto? –Fiat voluntas tua –fue la enigmática respuesta. Los otros dos lo miraron doblar la esquina. Funes se encaró con Ricardito. –¿Qué modelo de Fiat dijo? El carnicero no perdió tiempo en distracciones.

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–¿No podemos entrar? Mirá si el tipo en este momento se está suicidando –se afligió. –Negativo. La propiedad privada es inviolable. –Vamos, Funes, no jodas. El policía lo miró ofendido. –Malthus es un señor, Ricardo, no un negro cualquiera que ni siquiera tiene escritura de su rancho. Eso no es propiedad ni es una mierda. –Entramos, miramos y listo –intentó convencerlo el carnicero–. Si no hay nadie, nos vamos; si se está suicidando le pongo la chequera debajo de la mano y con cualquier garabato que haga me alcanza. Vos sos testigo y no hay problemas. Pero Funes era inflexible. –No se puede hacer nada hasta consultar a la superioridad. –Funes –dijo en tono de súplica el otro–, yo te acompaño. Tengo que cobrar lo que Malthus me debe como sea, ¿entendés? Como sea.

19. Al borde del infarto a causa del pánico, Giúdice y el Larva escucharon cómo se alejaban el policía y el carnicero. –Rápido –urgió Giúdice–. Este tipo se tiene que suicidar ahora mismo. Vamos a colgarlo. El Larva salió disparado en busca de una cuerda. La casa era pequeña y en todos los ambientes se notaba una ostensible preocupación por la dignidad y el decoro. Rebuscó en los cajones de la cocina hasta encontrar una soga que le pareció apropiada.

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Volvió y se encaramó a una silla, pero estaba lejos de alcanzar el techo. Así que tuvo que agregar una banqueta, que encajaba mal en la silla y era un apoyo inestable. Haciendo equilibrio se las arregló para atar la soga a una de las gruesas vigas de madera del techo en bovedilla. –¿Y ahora? –preguntó satisfecho. –Hay que hacer un nudo corredizo –balbuceó Giúdice, con los nervios tan deshechos que le castañeteaban los dientes. Ninguno de los dos tenía idea de cómo hacer un nudo corredizo. Giúdice, al borde de un ataque, tuvo que cargar al muerto sobre los hombros mientras el Larva intentaba anudarle la cuerda alrededor del cuello. El intento debió repetirse, ya que la primera vez el endeble andamio se desbarrancó, Giúdice perdió la vertical y el Larva aterrizó con todo su peso encima del cadáver. Hubo un ruido desagradable de huesos quebrados y el señor Malthus largó algo gelatinoso por la boca. –¿Qué es eso? –preguntó el Larva. –Nada, nada –respondió Giúdice, que en su desesperación recogió las achuras del muerto sin saber qué hacer con ellas. Dio vueltas por la habitación como un león enjaulado, hasta encontrar una ventana que daba a una calleja trasera y ciega. La abrió de par en par y tiró los desechos afuera. La segunda vez, con infinitas dificultades, tuvieron éxito. El Larva tardaba una eternidad, según el criterio y la resistencia física y emocional de Giúdice, para anudar la atadura. Por eso, cuando escuchó que la operación estaba completa, se revolcó a un costado, desfalleciente. El cuerpo, sin sustento, quedó colgando con un golpe seco y otra vez se escuchó el crujido insufrible, esta vez de los huesos del cuello.

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Giúdice quedó tirado, sin reacción, intentando recobrarse penosamente. El Larva descendió con parsimonia y se acercó a la ventana, atraído por el súbito escándalo de ladridos. En la calleja, tres perros se disputaban los despojos viscerales del honorable señor Malthus. Después, mientras Giúdice aún resollaba, se acercó a contemplar la obra. No estaba mal, podía decirse que se trataba de un ahorcado hecho y derecho, digno y respetable. Notó en su mano izquierda un grueso anillo de oro. Intentó sacárselo con disimulo, pero no pudo. Giúdice ya se incorporaba, tan descolorido como el señor Malthus pero con la presencia de ánimo necesaria para decir, entre hipos y toses: –Vamos a salir por acá atrás –señalando la ventana–, tratando de que no nos vea nadie. Vos te vas a un teléfono y avisás a las revistas, yo me voy al otro y llamo a los demás. Que vengan lo antes posible y nos tomamos el buque.

20. –¿Cómo que no hay manera, comisario? –dijo al borde del llanto el carnicero. –Escuchame, Ricardo: son las tres de la tarde. Hasta las cinco, el juez no se levanta de la siesta. Y yo antes no muevo un dedo porque después dicen que me extralimité. ¿O no, Funes? –Afirmativo, señor. Además, me olvidaba: el señor cura dijo algo de un Fiat. Puede ser que el sujeto haya viajado y por eso no esté en su domicilio. Habría que investigarlo. –Haceme caso, Ricardito –aconsejó en tono paternal el comisario–. ¿Por qué no te vas a dormir vos también un rato? Vas a ver que no es tan grave. ¡Qué se va a matar, ese Malthus!

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Superior y subordinado se rieron socarronamente. El carnicero se marchó con la expresión desencajada, murmurando: –Ustedes no entienden. Tengo que reponer la mercadería o me fundo.

21. El Larva rebuscó febrilmente en una agenda deshilachada hasta que ubicó lo que buscaba. Marcó el número vigilando que nadie lo viera. –Hola, ¿Tordo? Cómo te va, soy yo. Tengo algo para el centro de ablaciones. Tienen que venir urgente porque esto se enfría. Asegurate de cobrar antes; ahora te explico cómo llegar a este pueblo choto.

22. –Turdera, me parece que el Rata se está pasando de vivo –se quejó el redactor. –¿Por qué? El titular es espectacular –se entusiasmó Turdera, leyendo con voz impostada–. “Testimonio increíble y conmovedor: ‘Soy abuela de mi propia madre’”. –Sí, espectacular, pero ¿qué puedo escribir sobre eso? Ni siquiera tengo una foto. –La foto es lo de menos, saque cualquiera del archivo. ¿Quién recuerda una cara de hace seis meses? Que la retoquen, le cambien el color del pelo, qué sé yo. Y después, invente algo, ¿para qué le pago? El tipo se fue protestando y entró el cadete resoplando.

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–¡Señor Turdera, hay movimientos en “Sin Censura”! ¡Están preparándose dos coches para salir! Turdera estuvo en dos saltos en medio de la redacción. –Vamos, ¿qué esperan? Busquen un auto y no les pierdan pisada. ¡A volar!

23. Después de mil prevenciones inútiles, ya que el pueblo estaba desierto bajo el sol calcinante de la tarde, Giúdice desembocó nuevamente en la última esquina antes de la calleja trasera de la casa de Malthus. Tuvo un sobresalto que se disipó al instante, al reconocer en la otra silueta que se aproximaba al Larva. –¿Te vio alguien? –preguntó ansioso, mientras se metían en el pasadizo. –Nadie –respondió el Larva, esquivando a un perro que remoloneaba–. Sólo me crucé con otro coche como el de antes, con tipos de cabeza rapada, pero no me prestaron atención. Llegaron junto a la ventana y Giúdice esperó a que entrara su compañero. El Larva se metió y al momento se asomó perplejo. –Carajo –dijo mientras se rascaba la cabeza–. Se llevaron un jamón. Giúdice se metió como un resorte a la casa. Al cadáver le faltaba una pierna, prolijamente cortada desde su nacimiento: aunque goteaba algo de sangre, la operación había sido indudablemente limpia. El Larva creyó que a su compañero le había dado un ataque de epilepsia o algo por el estilo. Le llevó un rato interpretar que, en su parloteo inconexo intentaba decirle que había que bajar el cuerpo. Volvió a encaramarse sobre la silla y la banqueta

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temblequeantes, y examinó el nudo de la soga. Se dio cuenta de que no había más recurso que cortarlo. Algo repuesto, Giúdice pudo explicarse. –Lo bajamos y lo arreglamos de alguna forma. Vamos a tener que buscar una pierna ortopédica. El Larva volvió a buscar lo necesario, y encontró una hachuela de cocina que podía servir. El primer intento fue nuevamente fallido pero sin consecuencias: el golpe, sin convicción por el temor del Larva a perder la estabilidad, rebotó contra la soga. En la nueva instancia, Giúdice sostuvo el cadáver para que la cuerda quedara tensa y dio la orden de golpear con más energía. Decidido a cumplir su parte, el Larva puso más brío del aconsejable y la enclenque plataforma volvió a ceder. Desequilibrado, ya no pudo dirigir bien el golpe, que en lugar de cortar la soga seccionó parte del cuello del occiso. La maniobra también desmoronó a Giúdice, que resbaló con la sangre del piso y cayó aferrado al extinto. Cuerpo y cabeza de Malthus mantuvieron por un momento una unidad imposible, antes de que la última saliera como un chicotazo volando por la ventana y el primero aterrizara sobre el infausto piso de cerámica de la habitación, todavía ceñido por el abrazo de Giúdice. Chapoteando como en el barro, los dos informantes oficiosos se incorporaron como pudieron y se asomaron a la ventana. La cabeza de Malthus aún no había mordido el polvo de la calleja que ya un perro flacucho se la llevaba cual preciado botín. –Larva, tenés que recuperar esa cabeza –dijo Giúdice, aparentemente templado para el empeoramiento exponencial de la situación. –Al momento –contestó el Larva, y saltó por la ventana.

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24. La mujer de Ricardo sabía que los lunes normalmente preparaban empanadas con la carne que había sobrado del fin de semana y que ya no lucía del todo bien para exhibir en el mostrador. Habían inventado la triquiñuela de “los lunes folklóricos de Ricardito”. Pero ese día era miércoles. –Vieja, prepará masa para tapas –le había dicho su marido en un tono neutro y rutinario–. Calculá que esta noche vendemos unas diez docenas de empanadas. Acto seguido, se escuchó el ronroneo de la picadora de carne.

25. –¿Cómo es que el lelo de Giúdice no se ha comunicado aún, y de los medios me llaman pidiéndome confirmación de sus anuncios? –bramó por el intercomunicador Fontoira, entre el acostumbrado maremágnum de sonidos inarticulados, ulular de sirenas, estrépito de ronquidos e inquietantes jadeos perentorios–. ¿Que no sabe que tiene que reportar aquí antes de armar jaleo? Este tío me ha puesto a parir, coño, ¡me cago en la leche!

26. Giúdice comprendió que tenía que comunicarse urgentemente con la agencia. No sólo había metido la pata cuando, en su desesperación por liquidar el asunto lo antes

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posible, había llamado a los medios sin reportar la novedad. Ahora, para colmo de males, necesitaba que frenaran a los cronistas. Tenía los nervios a la miseria. Estaba en eso, mirando el esperpento de Malthus, cuando subrepticiamente se abrió la puerta de la casa. A Giúdice la sangre se le congeló en las venas. El que entró, con el aire frívolo de costumbre, fue Adolfito. –Pero... ¡Tío! ¿Tío...? –preguntó desconcertado, mirando el guiñapo que se despatarraba en el suelo. Dio un respingo cuando Giúdice se incorporó en el fondo, pero lo reconoció enseguida. –¿Qué es esto? –insistió. –Adolfito, usted no sabe... Un desastre, una verdadera tragedia... Su tío... –Ya lo veo. Lo reconozco por el chaleco. Menos mal que usaba chaleco. –Vea lo que ha pasado. Esto es un infierno. –Pero sí, qué barbaridad. Y por lo visto, un infierno donde castigan duro. ¿Fue un suicidio? –Sí, sí... –No me imagino cómo habrá hecho. Lo que puede la angustia. Pobre tío. En fin, Giúdice, no se culpe, él era un tipo de decisiones tajantes. Cortaba por lo sano. –Vea, Adolfito, necesito comunicarme urgente con Fontoira. ¿Podría quedarse aquí hasta que vuelva? Es un momento... –Pero sí, hombre, vaya, por favor... Déjeme, que yo necesito también estar un poco a solas con el tío. Aunque se fue, todavía necesito que me dé una mano. –Claro, Adolfito. Es un momento. Ya vuelvo –se despidió Giúdice, mientras salía por la ventana.

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27. Después de perseguirlo a lo largo de varias cuadras, el Larva consiguió acorralar al perro que se había llevado la cabeza de Malthus contra la pared de los fondos de la iglesia. Le estaba dando de ladrillazos en la cucuzza para que largara su presa, cuando apareció el padre Mario, con el paso y la mirada perdidos. El Larva se detuvo, expectante, sin soltar el cuello del animal, que atontado y todo no quería largar la rapiña. –Ecce homo –dijo el cura. –Amén –respondió el Larva, al tiempo que le sacudía una trompada en la comisura, con lo cual el pichicho quedó con los ojos cerrados, la lengua afuera y liberado de toda apetencia terrenal. El Larva se inclinó respetuosamente, recogió la cabeza mordisqueada de Malthus y trató de sacudirle un poco la mugre del camino. –Vea, padre, usted disculpe, pero es que este perro se me había llevado la cabeza de mi muñeco. El cura devolvió una sonrisa enajenada. –Homo sum: humani nihil a me alienum puto –recitó. –Oiga, padre, pare la moto, que yo a usted lo respeto –gruñó el Larva. –El que no es contra nosotros, por nosotros es. San Marcos, 9, 40. Caramba, hijo, como se parece a Malthus tu muñeco. Justamente están aquí los niños pobres de la parroquia, ¿podrías hacerles una función? Abrió una puerta lateral que daba a la sacristía y el Larva se enfrentó a una docena de caritas desnutridas que lo miraban.

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–Por caridad, Padre. Pero esto se cobra, así que le voy a hacer una función muy cortita. Consígame una tela y alfileres. El cura trajo lo requerido por el Larva, quien confeccionó una especie de babero que sujetó alrededor del cuello seccionado. Luego metió la mano entre la tela y de un solo golpe la introdujo en la maltrecha cabeza. Algo frío, húmedo y blando escurría entre sus dedos cuando presentó la pintoresca marioneta en el retablo improvisado con un altar en desuso. Hubo una expresión de asombro general, aunque luego los chicos quedaron desencantados, porque el muñeco era sorprendente pero tanto el titiritero como el cuento resultaron demasiado torpes.

28. –Usted, Giúdice, es un infeliz, un majadero, un necio, un infradotado, bueno para nada y subnormal –atronaba Fontoira entre un alboroto de matracas, silbidos de pito de cotillón, explosiones difusas y compases destemplados de can-can–. ¿Sabe qué? A usted ni siquiera podría encargarle que se diera de patadas en el culo si tuviera el culo por delante, tan inútil es. –Tiene razón, Fontoira, pero ahora necesito que me saque a los medios de encima porque las cosas se complicaron. –Oye, cabrón: tenemos vendido un suicidio, así que todo lo que necesitas es un suicida, y si no lo encuentras te suicidas tú, y sanseacabó. Giúdice apartó el auricular de la oreja cuando su jefe cortó.

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29. –Seguimos la pista del señor cura y ya tenemos identificados a todos los Fiat de la zona, señor: cinco en total. –Correcto, Funes. ¿Qué novedades? –Poco, señor. Dos no tenían chapas de patente ni papeles en regla, pero son de los chicos menores de los Unzué y los Del Campo, que se les ha metido en la cabeza eso de raparse el pelo y calzar borceguíes. También les encontramos estos panfletos de propaganda, fíjese. Neo...neozis... no, neonazismo. –Bah, olvídese de eso, Funes, pavadas de juventud. Qué dolor de cabeza para familias tan principales; en cambio, fíjese qué señoritos han salido los hijos de los Bedoya. –Justamente, estaban buscando a Adolfito. –Ojalá lo encuentren, sería una buena influencia. ¿Qué más? –Bueno, otros dos Fiat sin novedad. Lo que nos preocupa es el restante, porque es un modelo antiguo, está cargado hasta el tope de huevos y resulta que el dueño, que no es de por aquí, no tiene empadronamiento en los registros comerciales, ni constancia de inscripción en los impuestos, ni nada. –Bueno, ¿ve, Funes? Eso es interesante. –Y como Ricardito dijo que había visto periodistas de la capital, yo pensé... –¿Eso dijo? ¿Cómo no me reportó la novedad antes, Funes? –Disculpe, señor, es que acabo de recordarlo. –El problema con usted es que no distingue lo importante de las insignificancias, Funes. Con la campaña que ha lanzado el gobierno de restricción del gasto público y ajuste fiscal, y a nosotros se nos pasa por las narices un caso flagrante de evasión

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impositiva. Ese tipo es un criminal que va y revende esos huevos por ahí, y le roba a toda la comunidad. ¿Usted no comprende por dónde pasa el patriotismo, hoy en día? Haga el favor, vaya y encuentre a esos periodistas, y no le pierda pisada a ese coche. Este puede ser un golpe publicitario que beneficie al país. Imagínese, nada menos que en nuestros pagos...

30. Haciéndose el distraído, el Larva embolsó la cabeza en la misma tela que el cura le había facilitado para hacer su número de caridad y se despidió. –Bueno, Padre, nos vemos. El cura reparó en los enormes lamparones rojos que ensuciaban cada vez más el lienzo. –Eso está sangrando. El Larva fingió indiferencia. –Ah, sí. Es que preparo morcillas caseras –respondió casi sin pensar lo que decía. Observó que el cura fruncía el entrecejo. –¡La vida de toda carne es su sangre; cualquiera que la comiere será cortado! –sentenció con gesto extraviado y ademanes teatrales. Y luego, sin la menor emoción–. Levítico, 17, 14. El Larva quedó completamente desconcertado, intentando descifrar el acertijo. Para colmo el cura, que se había estacionado en una expresión ausente, de pronto pareció recuperar toda su vitalidad para exclamar con regocijo infantil: –¡Ah, claro, las morcillas! Para el asado de Malthus, lo había olvidado.

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Y se introdujo velozmente en sus habitaciones. El Larva, extrañadísimo, se marchó muy pensativo.

31. –Hola, ¿Baldanián? Habla Vichnik. Acabo de llegar con el móvil de la radio, pero, ¿no tiene alguna otra referencia? Este pueblo parece muerto. –Dígame, Vichnik, ¿dónde estudió periodismo? ¿No le dice nada la palabra investigación? Pareciera que me persiguen los incompetentes. –Descarte esos argumentos, Baldanián, que yo también soy de un pueblo perseguido. Acá no hay nadie. Creo que todos los suicidios posibles ya se dieron hace tiempo; llegamos tarde. –Busque, Vichnik, busque. Corre con ventaja porque usted ya está allí, gracias a que lo tengo puesto en la zona hace rato. Muy pronto va a llegar el pelotón completo, porque de Fontoira acaban de largar el dato y ya salieron todos los medios disparando. Tiene unos quince minutos de paño, ¡apúrese!

32. Nuevamente Giúdice desembocó en el callejón casi al mismo tiempo que el Larva, quien alzó su paquete en señal de triunfo. Giúdice suspiró aliviado pero sin poder controlar un tic que le hacía guiñar todo el tiempo. Se encaminaron juntos a la ventana trasera.

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–Lo dejé a Adolfito de guardia. Dijo que quería estar a solas con el finado –explicó. El Larva recibió la noticia como quien oye llover. Se asomaron, pero no había nadie. Giúdice llamó dos o tres veces a Adolfito, y nada. Finalmente decidieron entrar. Lo primero fue percatarse de que ahora al cadáver le faltaba una mano y parte del antebrazo. El Larva, por su parte, confirmó que se trataba de la mano del anillo. Giúdice consideró con angustia su menguado capital noticioso y cayó en la contemplación, con el juicio suspendido. Concluyó que lo más agraviante para el decoro era tan palmaria acefalía. El Larva, sin decir ni mu, desapareció otra vez en la cocina. Volvió con una gruesa cuchara de madera que introdujo hasta la mitad por el espléndido agujero que coronaba el tronco. La mitad libre la enterró sin lástima ni reparo en la maltratada cabeza. La brusquedad de la maniobra hizo que se desprendiera un ojo, que el Larva guardó diligentemente en uno de sus bolsillos. Luego observó con satisfacción su obra: cuerpo y cabeza volvían a estar juntos. Giúdice lo miraba hacer. –La unidad psicofísica –fue lo único que escapó de sus labios. El Larva decidió asumir la iniciativa. –Me parece que podemos arreglarlo, ¿no, Giúdice? Conseguimos la pierna ortopédica, y la mano... Bueno, entre la ropa de Malthus debe haber un guante. Lo rellenamos con papel de diario y listo, ¿qué te parece? Giúdice asintió con expresión abúlica. Su asistente consideró la situación. –Giúdice... Eh, Giúdice... Ninguna respuesta, señal o reacción. El Larva se rascó la cabeza unos minutos. Después consultó su reloj y dispuso resueltamente:

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–Bueno, Giúdice, nos vamos. Por la ventana. Levantá primero una piernita... Eso es... Tomados del brazo, salieron por el callejón. Caminaron hasta la esquina, donde tres tipos parecían estar esperándolos. –Tu turno, Tordo –dijo a modo de saludo el Larva–. Espero que sirva algo. –Traje mi equipo especial –indicó el Tordo, señalando a su compañía, dos sujetos mal entrazados que cargaban sendas conservadoras de tergopol. Y después, mirando con desconfianza a Giúdice, que permanecía ausente–. Y este coso, ¿quién es? –De confianza, no hay problemas –concluyó el Larva. Luego se dedicó a explicarles cómo acceder a la casa por la calleja trasera.

33. –Yo creo que esos periodistas no tienen nada de patriotas, señor. Se rehúsan a informar. –¿Qué es lo que pasa ahora, Funes? –Actuamos según lo establecido, señor, a saber: primero, marcamos un círculo de tiza alrededor del Fiat sospechoso. Segundo, metimos en chirona al dueño del vehículo, que no paraba de gritar. Tuvimos que sedarlo. –¿Con fármacos o como de costumbre? –Como de costumbre, señor. Tercero, decomisamos la mercadería y la tenemos en custodia en uno de los calabozos. O sea, un procedimiento impecable. Pero los periodistas desacatan y no quieren constituirse en el lugar de los hechos.

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–Deje de hablar así, hombre, parece un enfermo mental. ¿Les recordó la campaña del gobierno? ¿Recalcó que actuamos en sintonía con las directivas del ministerio? –Negativo, señor. –¿Y por qué? –No lo tenía presente, señor. O sea, no me acordé. Pero creo que esos periodistas son agentes de la sinarquía internacional. Sugiero que los arrestemos bajo el cargo de traición a la patria. –No, mire, olvídese, Funes. De lo poco que recuerda, por favor, olvídese.

34. –¿Y, Vichnik? ¿Qué pasa? –Pasa que ya cayeron todos los cuervos, Baldanián, pero el contacto de Fontoira no aparece por ningún lado. –El enlace de microonda, ¿funciona bien? –Perfectamente. –¿El resto del equipo? ¿Los moduladores? –Sin ningún problema. –Entonces el que no funciona es usted, Vichnik. Por eso no sale la nota. Haga el favor, muévase. –Espérese un poquito. ¿El contacto de Fontoira es Giúdice? –Giúdice, sí. ¿Por qué? –Porque veo que viene caminando tan campante por el medio de la calle. Lo dejo, Baldanián.

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–¡Vuele, querido, vuele!

35. –¿Larva? –se sobresaltó Peretti al contestar la llamada–. ¿Qué hacés? ¿Y Giúdice? –Giúdice está hecho un trapo, no sirve para nada, te lo mando –respondió el Larva. –Pero Larva, ¿estás loco? ¿Y el suicida? ¿Está muerto? –Eso sí, seguro. –¿Y entonces? –Es que no está presentable. –¡Fantástico! Salió mejor de lo esperado. –No, salió peor. Es largo. Después te explico. –No entiendo nada, pero, ¿quién te dio permiso, Larva? Acá van a rodar cabezas. –Andate un poquito a la puta que te parió. –¡Larva! ¿Qué pasa? –Nada, estoy sensible. Escuchame: Giúdice va para allá y va a arrastrar a todos los periodistas. Podemos salvar la ropa, todavía. No me quiero perder la plata... –¿Qué hay que hacer? –Andá a esperarlo a la estación y llevate unos pesos para que uno de los vaguitos que duermen en el andén te dé una mano. Mirá, yo hoy dejé sentado ahí a un viejito con pinta de abuelo bueno, pelo blanco, cara de hambre...

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36. –El anillo está muy lindo, pero no alcanza. Adolfito no podía distinguir nada. Las luces lo encandilaban y con las manos atadas al respaldo de la silla no se podía mover. –Vamos, muchachos, si somos amigos de toda la vida, ¿cómo me van a hacer esto? Se escucharon risitas detrás de las luces. –Eso mismo decíamos nosotros antes de darnos cuenta de que te querías hacer humo sin devolver los fondos del Partido. Y vos sabés que los fondos son para retomar ciertos experimentos discontinuados, ¿no? –Claro, muchachos, pero ya les expliqué que por aquí no hay judíos. –Por eso son tan roñosos en este pueblo. Nadie se lava. Las risas sonaron más divertidas tras las luces. –Bueno, ya recuperamos algo con el anillo. ¿Qué más tenés para entregar? En el silencio, sólo se escuchó un entrechocar de dientes. –Jabón, Adolfito. Te vamos a tener que hacer jabón a vos si no te ponés al día.

37. El Larva volvía con el terreno despejado. Después de tanto trajinar, al menos el problema más inmediato estaba resuelto. Pero todavía faltaba mucho. Sin necesidad de tantas prevenciones, acortó el camino pasando cerca de la carnicería. Un aroma agridulce le recordó que desesperaba de hambre, pero se cuidó de las empanadas que muchos parroquianos consumían en las mesas de la vereda. Al mismo tiempo, recordó las palabras del cura y todo se aclaró en su mente.

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Entró por el callejón y se cruzó con los dos asistentes con cara de facinerosos del Tordo, que cerraba la fila. –El equipo de ablación se retira –dijo alegremente. –¿Todo bien? –preguntó el Larva. –Tuvimos que apurarnos, porque había un tipo que rompía las pelotas golpeando la puerta. Decía que era periodista. Le debe haber llamado la atención el ruido de la sierra. El Larva se inquietó. –¿Cómo, la sierra? ¿Qué hicieron? El Tordo ni mosqueó. –Bueno, Larva, ya le habían metido mano. ¿Para qué ibamos a andarnos con delicadezas? Hay que hacer rápido, vos sabés. Chau. El Larva se precipitó por la ventana. Faltó poco para que se desnucara al pisar la cabeza de Malthus, que otra vez andaba por ahí. El cuerpo estaba partido en dos, serruchado al medio, a la altura de la cadera. El torso estaba abierto al medio como con un abrelatas. Adentro no había nada. El Larva se restregó las manos y fue a la cocina, que ya conocía como si fuera la de su casa. Regresó con un carrete de hilo de envolver. El artificio de la cuchara de madera ya no se sostenía en el vacío, así que metió la cabeza dentro del tórax y pasó el hilo por debajo de las axilas. Le dio tres o cuatro vueltas hasta que quedó como un arrollado, y lo ató con fuerza. En eso, alguien manipuló el picaporte. El Larva se abalanzó antes de que la puerta se abriera por completo y la contuvo. Por la hendija intentaba introducirse una mano, mientras una voz juvenil explicaba:

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–Todos se fueron con Giúdice, pero a mí me sonaba raro –las argumentaciones eran apoyadas por la mímica frenética de la mano–. Recién empiezo pero mi olfato de periodista no me engaña. –¿Qué, qué? –preguntó el Larva mientras husmeaba el aire, que ya estaba un poco enrarecido–. ¿A qué huele? –Soy de la revista “La Última”, y ya sé que somos la última en cerrar, la última en tirada, la última en todo. Pero con esto pasamos al frente. ¿Y vos quién sos? –El Gran Bonete –respondió el Larva, aliviado–. ¿Qué querés? –Recién empiezo pero sé dónde tengo que morder –insistió la mano, enérgica–. ¿Tenés algo para mí? –Tomá –dijo el Larva, sacando el ojo del bolsillo y depositándolo en la palma abierta, que empezó a convulsionarse hasta que la bolita cayó y rodó por el suelo–. Ahora andate y no jodas más.

38. –Éxito total –dijo la esposa de Ricardo entrando al local con la bandeja vacía–. Las empanadas te salieron como nunca, viejo. Recién empezamos y ya vendí cuatro docenas. Todo el pueblo está ahí afuera. Nos vamos a quedar cortos. –Pensar que podría haber hecho el doble, o el triple –reflexionó Ricardo, mirando las mesas atestadas. –Te faltó mercadería –observó la esposa, comprensiva–. Qué vas a hacerle. –No, no me faltó mercadería –concluyó el carnicero, sin más explicaciones–. Pasa que soy un boludo.

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39. –Bueno, vea, traje las cosas para el asado de Malthus –dijo el Larva, apoyando pesadamente el bulto sobre la mesa de la sacristía. Dudaba en desenvolverlo porque sospechó cierto hedor que podía resultar inconveniente. Pero luego comprendió que no venía del cadáver, sino del cura, que se había aproximado demasiado, así que abrió el paquete sin preocuparse por nada. El cura examinó el costillar y comentó escuetamente: –Consummatum est. Después se apartó desinteresado y se puso a jugar con unas bolitas de vidrio en el suelo desparejo. –Escuche, padre, también le traje la cabeza –insistió el Larva. –Ah, el muñeco. –No, no es un muñeco. Es la cabeza de Malthus. Para el asado. El cura examinó de nuevo el tronco, y luego la cabeza. –Pero –objetó, meneando la suya–, están separados. –Se asa más rápido –explicó el Larva. –Quod Deus conjunxit, homo non separet. –Padre, hace un rato me dijo puto, ahora homo, ¿por qué no la termina con eso? –¡Quod Deus conjunxit, homo non separet! –tronó la voz del padre Mario, con grandes ademanes trágicos– ¡Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre! ¡San Mateo, 19, 6! –Pare un poco con los gritos, Padre, que lo va a escuchar todo el mundo –trataba de tranquilizarlo el Larva–. Mire, yo no tengo idea de por qué a ustedes se les antoja comerse a Malthus. Si usted no lo quiere, se lo llevo al carnicero.

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–¡Abyssus abyssum invocat! –gritaba el cura ahora, al tiempo que se colgaba de un tapiz y lo arrancaba de la pared, cayendo al piso envuelto en él–. ¡Ora pro nobis! El Larva recogió como pudo los despojos de Malthus y salió a escape de la sacristía. Se chocó con Adolfito, que llegaba corriendo. Cabeza, tronco y pedazos sueltos volaron por el aire y se desparramaron. Apenas recobrados, los dos se abalanzaron sobre los restos. Tironearon del tronco hasta partirlo en dos e hicieron una tregua. –Vos no sos Giúdice –dijo Adolfito. –No, soy su asistente. –Esto era parte de mi tío. Lo necesito urgentemente. –¿Te lo llevás? –preguntó asombrado el Larva. –Sí, esto ya tiene destino. El tío va a lavar todos sus pecados –dijo Adolfito, con un rictus de amargura, mientras el Larva lo ayudaba a recoger los cachos–. Y capaz que yo también. –Hay un pedazo más en su casa. Te lo traigo. Es un culo con una pierna. –No, está bien, no hay tiempo. –¿Y qué hago? –Qué sé yo. Buscate un necrofílico. –¿Qué es eso? –Esos tipos que se cogen a los muertos. El Larva quedó pensativo un momento. –Me lo voy a quedar yo –dijo finalmente–. Creo que alguien en mi familia lo puede aprovechar.

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–Oíme bien, un solo favor te pido –dijo Adolfito recalcando las palabras–. ¿Ves este número? Necesito que llames urgentemente. Deciles que manden al Mossad, al Centro Wiesenthal, a quien sea. Deciles que es un mensaje de Adolfito, ellos van a entender.

40. –¿Vio, Funes? Ya es el tercero que pasa diciendo que Ricardito preparó unas empanadas que no se volverán a repetir. ¿Por qué no cerramos y nos vamos? –¿Y el preso, señor? –No veo forma de despertarlo, Funes. –¿Y los huevos? –Por el suelo, Funes. Con usted, por el suelo. ¿Viene o no viene? –La verdad es que no tengo un peso. Funes parecía cohibido. El comisario se compadeció. –Escuche: ¿por qué no agarra el Fiat secuestrado y lo usa como remís, esta noche? Después de las empanadas y el vino, más de uno no va a poder volver a su casa por sus propios medios. Agarre las llaves de mi escritorio, así se hace unos pesos.

41. Los cronistas bajaron de los vagones y se abalanzaron hacia el principio del andén. Abriéndose paso entre el gentío y los gritos, Peretti tomó del brazo a un Giúdice obnubilado que se dejó conducir como un autómata.

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Lo llevó hasta el auto, lo sentó en el asiento del acompañante y volvió al teléfono público. Mientras esperaba la comunicación veía los flashes de los periodistas iluminando las vías. –¿Qué se sabe del incompetente de Giúdice? –mugió Fontoira en el auricular, sobre un aquelarre de eructos, pedorreos, sopranos estranguladas y sopapas funcionando a pleno. –Ya estamos de vuelta y el tema está definitivamente encarrilado –respondió Peretti, mientras los bomberos bajaban del andén en busca de los pedacitos sueltos del anciano. –Menos mal –se tranquilizó el gallego–. Parece mentira, hay gente que da trabajo hasta la hora de morirse. –Espero que usted haga lo mismo con nosotros, Fontoira, porque como no cumple con los aportes previsionales y nos paga en negro, no veo cómo vamos a jubilarnos. –Ya estás ahí con tus sarcasmos –la voz de Fontoira sonaba cantarina sobre un fondo de delfines, máquinas industriales y bocinas de bicicleta–. Hala, hombre, a qué amargarse pensando en mañana. ¡Hay que vivir ahora, que la vida es bella!

42. Después de empaquetar lo que quedaba, el Larva salió por la puerta del frente de la casa de Malthus. Ya había oscurecido pero la esquina de la carnicería parecía una kermese. Se acercó a una mesa, en donde reconoció al cura demasiado tarde para dar marcha atrás.

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–¡Caramba, pero si es el titiritero! –dijo alegremente el religioso–. ¡Venid y congregaos a la gran cena de Dios, para que comáis carne de reyes y de capitanes, y carnes de fuertes, carnes de caballos y de sus jinetes, y carnes de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes! –después de un recatado eructo, concluyó–. Apocalipsis, 19, 17. El carnicero observaba el espectáculo recostado en un ventanal del local, con una alegría fingida o un fastidio mal disimulado. El acompañante del cura le gritó: –Eh, Ricardo, a mí no me engañás. A esto le pusiste patita de cerdo. ¿O no le pusiste patita de cerdo? –De alguna manera, sí –dijo un Ricardo dubitativo–. Era un cerdo. Pensaba en eso masticando un escarbadientes cuando reparó en el recién llegado. El Larva se abalanzó sobre el ventanal antes de darle tiempo a reaccionar. En cuatro saltos cubrió la distancia. –Por favor, no me botonees –le suplicó confidencialmente apoyando el paquete en un mostradorcito cercano. El carnicero lo miró con desconfianza. Con imprevista energía, el Larva le atenazó la muñeca y le ordenó, cambiando de tono: –No digas nada, haceme la gamba. Ricardo estaba a punto de reaccionar indignado, cuando un destello de pavor le iluminó la cara. El Larva lo miraba directamente a los ojos. –Sí, entendiste bien: la gamba. Dame algo para llevarles y distraer un poco la atención. En un brote de pánico, el carnicero salió disparado hacia adentro. El Larva escuchaba su voz desesperada: –No tengo nada... Ya vendí todo... Ya vendí todo... Sin perder tiempo, el Larva rebuscó en el paquete confiando una vez más en la improvisación. Encontró algo, manoteó un par de platitos de copetín que se apilaban a

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un lado y una cuchilla de carnicero. Después de algunos cortes desmañados le presentó al cura la nueva delicia. –Un par de aceitunas, para acompañar, padre –agasajó con solicitud–. Y una butifarra de novela. En prolijas rodajas, la pretendida butifarra estiraba su longitud en uno de los platos. En el otro cabeceaban dos formas ovoides. El cura engulló con su gesto desquiciado de costumbre y la mandíbula inferior barriendo hacia el costado cada vez que masticaba. El otro tipo sentado a la mesa, entusiasmado, atacó el embutido: –Yo también quiero probar –y después de morder, con un gesto de arrobamiento– Mmm... jamón del medio. –Sí, del medio –confirmó el Larva, satisfecho de la situación. Pero el cura hizo un gesto de contrariedad. –¿Son aceitunas? El Larva puso cara de inocencia. –Con esta luz de mala muerte no se distingue. ¿No son aceitunas? ¿Serán lupines? –Homo homini lupus –sentenció el cura. –¿Qué dice, padre? –se carcajeó el tipo que lo acompañaba. –Que los lupines son para los putos –se encogió de hombros el Larva. Todos se rieron y brindaron. El Larva aprovechó el momento de distensión para interrogar: –Padre, ¿no sabe dónde puedo conseguir un coche de alquiler? El acompañante del cura se atoró por apurarse a responder. Después de toser un poco, se aclaró la garganta y explicó. –Derecho, cuadra y media, está lo comisaría. Ahí está Funes todavía, lo acabo de dejar. Dígale que va de parte del comisario.

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43. Turdera entró como una tromba en la redacción. –¿Qué es esto? “Que te vaya bien, que te pise un tren”, ¿a quién se le ocurrió esta mierda? Del fondo, cohibida, surgió la figura del Rata. –Rata, te dormiste, ¿qué pasó? –se escuchó decir a un Turdera desconsolado–. ¿Tanto trabajar todo el día atrás de una noticia para esta cagada? Mirá el titular con el que sale “Sin Censura”: “¡Qué padre! Violó a sus ocho hijas”. ¡Esto sí es un gancho! Lo nuestro no sirve para nada. ¡Hoy era el día en que remontábamos! Pero no hay caso. Rata, mañana volvés a armar originales. Y los demás, ¡a remar, que si no el barco se hunde!

44. –No te molestes, no es pesado, yo puedo solo –dijo el Larva tratando de introducir el paquete en la parte trasera del auto. –Si no es molestia, entre los dos es más fácil –se ofreció amablemente Funes. –Por favor, no hace falta –porfió el Larva, doblando violentamente en dos el bulto. Se escuchó un ruido seco. Funes se impresionó. –Pareció un hueso roto –aventuró. –No es más que una bisagra vieja, ¿ves? –restó importancia el Larva, acomodando la carga a puñetazos.

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Se sentaron y Funes puso en marcha el auto, rumbo a la estación. A las tres cuadras, al pasar frente al teléfono público, el Larva se golpeó la frente. –Frená un segundo, por favor. Se bajó, corrió hacia el aparato y marcó el número. –Hola, tengo una información importante para ustedes... Lo que quisiera saber es si hay alguna recompensa. –Bueno, no sé ni siquiera de qué estamos hablando –respondió una voz del otro lado–. Puede ser, depende de la información. Usted dígame y yo lo consulto. –Claro, y después me hacen pito catalán, y si te he visto no me acuerdo. –Mire, nosotros no nos manejamos de esa forma... –Bueno, nadie regala nada en este mundo. Yo les doy la información si ustedes me dan la plata. Del otro lado hubo una pausa de duda. –Bueno, en fin, venga mañana y conversamos. –Chau. Se subió de nuevo al auto. –Casi te olvidás, ¿eh? –bromeó Funes. –Por un pelo –respondió el Larva. –A mí me pasa todo el tiempo –reflexionó Funes–. Me olvido de las cosas. No sé por qué. –Para lo que hay que recordar –contestó el Larva–. Eso lo aprendí del periodismo, ¿ves? Todas las noticias duran un día. –Claro, si no, ¿qué venden al día siguiente? –¡Peor! Si no, ¿qué lee uno al día siguiente? Se rieron un rato.

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–¿Qué te llevás de acá? –preguntó Funes, señalando el paquete. –Chatarra. Voy a los pueblos, compro cosas viejas, las llevo a la capital, las pongo en condiciones y se venden otra vez. Como todo. Habían llegado a la estación. –Pero son lindos nuestros pueblos, ¿no? –preguntó Funes. –Claro. Uno se quedaría para siempre. Yo acá me llevo un pedazo de ustedes –respondió el Larva, golpeando el paquete. –Bueno, chau –se despidió Funes. –Chau –dijo el Larva. Esperó a que pusiera el auto en marcha y agregó: –Andá a la puta que te parió. Después, como el tren tardaba en venir, se estiró en el banco, se puso el paquete de almohada y se durmió como un bebé.

45. Ante la mirada impávida de Giúdice, Peretti puso en un vaso un huevo crudo y una medida generosa de grapa. Luego trajo una botella de alcohol fino y agregó un poco. Mezcló apenas, sujetó a Giúdice por la nariz y lo obligó a tragar el cóctel. El paciente retuvo apenas un segundo la emulsión. Luego explotó en una regadera de estornudos, toses y arcadas. Peretti, con el vaso en la mano, esperó tranquilamente a que se recompusiera. –¡Cristo! ¿Qué me diste? –dijo cuando pudo hablar.

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–Tendrías que hacerte ver. Es la segunda vez que te quedás en blanco. ¿Hacés gimnasia? –No. –¿Comés verduras, fibras, lácteos descremados...? –Qué sé yo. A veces. –Claro. Vida sedentaria, mala alimentación. Y después se quejan del colesterol. Debe ser eso lo que te está matando. Tenés que cuidarte más, Giúdice, ya no sos un mocoso. –Está bien. No recuerdo lo que pasó. –¿Ves? Lo que te digo. Somos lo que comemos. –Sólo tengo la sensación de que todas las cosas se disuelven. La polifonía desafinada que irrumpió a través del intercomunicador lo hizo saltar de la silla. –¡Albricias, Giúdice! –se escuchó a un jubiloso Fontoira imponiéndose a un coro de angelitos, una escala cromática de botellas descorchadas, risas de bataclanas y fragor de lomos sobados con permanganato–. Es usted todo un crédito. –Siempre me dice lo contrario –acotó Giúdice. –Hombre, ¿es que no quiere mejorar? No sea quisquilloso. A festejar, que todo va viento en popa. El ruido de la explosión de un globo puso fin a la conversación. Giúdice se quedó meditabundo. Peretti lo sacudió. –Dale, despabilate, que después quedás como una marioneta. Súbitamente, Giúdice se dobló por una sensación de náusea. –Me dio ganas de vomitar. –¿Qué?

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–La marioneta. –Estás raro, Giúdice. –Decime, Peretti, ¿te parece que dios existe? Peretti lo miró extrañado. –En una palabra: no es mi problema. Será el de él, yo estoy bastante ocupado en seguir existiendo. Ya es hora de cenar, vamos a la parrilla de la esquina. Náuseas descontroladas de Giúdice. Peretti lo ayudó a incorporarse. –No me acuerdo de nada –dijo resoplando. –Nadie se acuerda de nada. Ahora se usan agendas. Giúdice parecía pensar con esfuerzo. –¿Viste la ceremonia cristiana de la misa, Peretti? ¿Todo eso de comerse el cuerpo de Cristo...? No pudo terminar la frase. Salió corriendo al baño y apenas pudo contener el vómito en el último momento. –No seas cargoso –se impacientó Peretti–, ¿desde cuándo ese alter ego? –¡Ajjj, el latín! –chilló Giúdice, despachándose finalmente en una arcada violenta y prolongada sobre el inodoro. Estuvo un rato aliviándose. Luego se incorporó con dificultad, tomando nota del fastidio que Peretti trataba de disimular. –Ya está, ya pasó. Voy a estar bien –dijo ensayando una sonrisa. –Dale, metele –apuró Peretti. Y accionando el intercomunicador:– Nos vamos, Fontoira. –¡Adiós, tortolillos! –se escuchó la despedida festiva secundada por sonidos de festicholas y chupindangas. –Lo último que recuerdo es que íbamos en el tren... –insistió Giúdice.

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–Ufa, bueno, lo pasado, pisado –no pudo contenerse Peretti–. ¿A quién le importa lo que pasó? –Tenés razón –se avergonzó Giúdice–. Mejor vamos a comer. Livianito, eso sí. –Arrancamos con una picadita de fiambres, ¿qué te parece? –No, yo prefiero un purecito de hospital. ¿No te ofendés, no? Y después un tecito con limón. Tengo que cuidarme, que mañana hay que seguir trabajando.

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Todo a la parrilla  

Parodia sobre los medios y las noticias

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