In Season
De Madrid al cielo… al galope
Caballos corriendo en la finca Cortiñal, a las afueras de Madrid. Aquí se crían los futuros campeones.
En la primavera, el turf –aquel deporte que se dirime entre el caballo y la suerte– regresa al hipódromo madrileño de La Zarzuela. Histórico y artístico, el escenario concentra emoción, espectáculo y cultura ante una de las competencias más estéticas y veloces que se pueden ver: las carreras de caballos purasangre inglés, un delicado animal de laboratorio nacido para correr. Texto: Galo Martín Aparicio. Foto: Daniel Martorell.
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1. Cerveza en mano, un grupo de aficionados galeces asiste a La Zarzuela. 2. El jinete Borja Fayos se concentra en el paddock antes de la carrera. 3. A toda velocidad en la recta final.
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n la Alameda de Osuna, a las afueras de Madrid, el duque de Osuna organizó, en 1835, la primera carrera de caballos capitalina. Apenas ocho años más tarde, una finca llamada Casa Blanca se convirtió en el primer hipódromo madrileño. No tenía tribunas, el reducido público era aristócrata y acudía montado en su propio equino. Con paciencia, las instalaciones se fueron mejorando y se abrieron las pistas de La Castellana y de Aranjuez. Sin embargo, hubo que esperar hasta 1934 para que se aprobase el proyecto del hipódromo de La Zarzuela, inspirado en el circuito de San Siro en Milán. Tras la guerra civil española, la nueva estructura quedó en ruinas. Finalmente, el 4 de mayo de 1941, Madrid anunciaba la inauguración de un nuevo centro para su vida social en tiempos oscuros. Desde entonces el recinto no ha hecho más que enriquecer la experiencia de probar qué caballo es más rápido. La historia del hipódromo de La Zarzuela no relincharía, ni iría al galope, si no fuera por yeguadas como Cortiñal, a las afueras de de Madrid. Juan Manuel, el mandamás de la finca, confía en seguir haciendo campeones, “a pesar de que el clima pida criar cerdos”, apuntala con mirada desafiante. En el centro de entrenamiento de La Zarzuela los doman, montan y presentan en la pista –escoltados por “madrinas” (caballos veteranos)–, por primera vez. Poco a poco, los equinos se integran con sus nuevos compañeros y se familiarizan con el box, un habitáculo de unos 12 metros cuadrados diseñado para soportar la acelerada voluntad de los gigantescos animales. Las veloces y ajustadísimas llegadas a meta hicieron que, a finales de los años 60, fuera necesario importar de Francia el photo-finish para esclarecer al ganador de las carreras. Al encarar la recta final, el jinete debe arrear y agarrar con fuerza las riendas del caballo que monta. En el
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1. Ejercicios de preparación antes de la carrera. 2. Vueltas de reconocimiento en el paddock. 3. Siguiendo la competencia desde la tribuna.
3 máximo galope, cuando alcanza 60 kilómetros por hora, las crines se ponen de punta y el sonido de los cascos inyecta adrenalina en una tribuna copada de público que ha apostado por un ganador. El buen aficionado, como Julio, puro en boca y ataviado igual que si fuera a una montería, sabe que nunca se debe apostar a un caballo sin verle trotar primero en el paddock, junto a su propietario, entrenador y jinete. Las botas, la chaqueta de colores chillones, el pantalón ajustado, el casco, las gafas, la estatura (160 centímetros aproximadamente) y el peso que se intuye (algo más de 50 kilos) delatan quién va a montar esa máquina de ganar o perder fortunas. Mientras tanto, los velocistas de cuatro patas (mentira: las extremidades delanteras de un caballo son, en realidad, las manos y, las traseras, los pies), dan una vuelta al anillo para que los apostadores les echen un último vistazo. Los hay que llevan vendas, carrilleras, tapones, anteojeras, visores, protectores en manos y pies y máscaras en la cabeza. Todos ostentan ya manta y montura, cabezada, filete y bocado. En esa rueda de reconocimiento exhiben temperamen-
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to, musculatura, elegancia y nobleza. Son todo expresividad. La electricidad y la velocidad están reservadas para la pista. Del paddock, nos dirigimos a las casetas de apuestas con la esperanza de acertar el vencedor de la carrera. Unos apuestan con base en las estadísticas; algunos más se decantan simplemente por el nombre del caballo. La Zarzuela guarda el recuerdo de los legendarios Young Tiger, Bannaby, Entre Copas, Equiano, Karluv Most, Noozhoh Canarias, Arkaitz, Chacal, El País, Wildsun y Maspalomas. Otros espectadores prefieren ir tomando asiento en alguna de las tres míticas tribunas del hipódromo: la norte, en donde se ubica el Museo Eduardo Torroja, dedicado al ingeniero responsible de construir el recinto; la central, en la que
In Season encuentra el Club Carudel, nombrado en honor al mejor jinete en la historia de las carreras en España; y la sur, muy cerca de la enfermería. El turf es un espectáculo acompañado con dosis de peligrosidad. Una ambulancia sigue el paso a los jinetes, quiene han aprendido a no pensar en ello por miedo a condicionarse. Las carreras son la pimienta del hipódromo. Una vez el juez da la salida y se abren los cajones, comienza una cuenta atrás de menos de dos minutos consagrados a mantenerse en pie y evitar que los caballos se rompan una mano. La pelouse, la pradera verde entre las tribunas y la pista, es el lugar indicado para sentir el galope de los caballos a sólo unos metros de distancia. Una vez los binomios jinete-caballo encaran la recta final, se desata una lucha cerrada por alcanzar uno de los cuatros puestos honorables. En ese momento, el jockey le pide al animal que lo dé todo. El caballo no sabe dónde se encuentra la meta. Él solo corre. Ahí, a pie de pista, el galope suena y su sonido engancha. En ese instante, la pasión y la adrenalina se manifiestan. El purasangre está acelerado, el jinete sediento y el público hace lo posible para que sus tocados y sombreros no pierdan la compostura, ni se derrame la bebida que toman sobre sus pantalones planchadísimos. Ahora todos entienden la confesión de Borja Fayos, uno de los jinetes españoles más laureados, “trabajar en el hipódromo es una forma de vida. Es un veneno que se mete en la sangre”.
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1. Las casetas de apuestas bajo la tribuna. 2. Juan Manuel con sus caballos en la finca Cortiñal. 3. Jinete esperando a que arranque la justa.
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