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“Me llamo Desi. He sido un buen niño este año. Mis notas en la escuela son las mejores. No digo mentiras. Rezo todas las noches. Soy bueno con mis padres. Y soy muy obediente” Desi revisó lo que acababa de escribir. Le pareció que había algunas…imprecisiones. Tomó otra hoja y escribió de nuevo.

“Me llamo Desi. Bueno, mi nombre verdadero es Desiderio Cruz, pero prefiero Desi. He sido un buen niño este año. Mis notas en la escuela son las mejores. Bueno, no son las mejores, pero he aprobado todo. No digo mentiras. Tal vez solo algunas veces, a mi abuela, pero han sido pocas. Rezo todas las noches, o casi todas. Soy bueno con mis padres, aunque a veces los hago quedar mal. Soy obediente muchas veces, la mayoría de las veces” El niño leyó con lentitud y le pareció mejor.

“Te pido algunas cosas que quiero. Me gustan mucho” Antes de firmar Desi decidió añadir algunas palabras mágicas:

“Por favor. Gracias. Desi” Abrió el sobre y metió en su interior la carta y la lista. Una lista llena de cosas con las que soñaba. Cosas que estaba seguro recibiría para Navidad. Bajó corriendo y buscó a su padre. Antes de entregarle la carta le preguntó: – ¿Estás seguro que debo enviar una carta?, ¿No podría simplemente llamarlo a su celular? –Debe ser una carta Desi -contestó su padre. –Pero, ¿Por qué? -insistió el niño. –Ven acá -dijo su padre y lo sentó en sus piernas. –Se llama tradición. Desiderio lo miró con atención y aún sin comprender. – ¿Tradición? –Si -contestó su padre –Las tradiciones son las cosas que se hacen siempre, sin que importe cuantos años pasen. Por ejemplo, es una tradición celebrar el cumpleaños de las personas.


– ¿Recuerdas el tuyo?

El niño asintió. Pensó entonces que la tradición de lavarse los dientes tres veces al día no le gustaba tanto. –También es una tradición que toda la familia se reúna para almorzar cada domingo -continúo su padre. –Tradiciones son las cosas que se hacen siempre, desde antes, ahora y después. Por lo mismo no puedes llamar a Santa a su celular, debes enviarle una carta. Es la tradición. Desi entregó la carta a su padre y él la metió en un bolsillo de su chaqueta.

–Voy al correo -dijo en voz alta. –Pero… ¡Es Domingo! -gritó su madre desde la cocina.

Desiderio miró a su padre con nervios. ¿Era necesario esperar hasta el lunes?

–Voy a enviar la carta que Desi escribió para Santa Claus.

Su madre salió de la cocina sonriente. Se acercó al niño y le acarició la cara. Besó a su papá en la mejilla y le dijo:

–Ve, no te tardes.

Desi respiró tranquilo. La carta se iría ese mismo día, rumbo al Polo Norte. Ahora sólo quedaba esperar. La espera sería larga. Dos meses. Muchos días. Un año atrás no sabía escribir y por lo mismo no había enviado ninguna carta. Sin embargo, todo lo que quería había llegado envuelto en papeles brillantes y de colores. Este año sería mejor. Enviar una lista era la mejor idea. No había posibilidad de que Santa se confundiera.


Esa noche, ya metido en la cama, cuando sus padres salieron de la habitación y apagaron la luz, Desiderio seguía despierto. Sólo podía pensar en la carta. Había tomado la precaución de escribir, en varias hojas que mantenía escondidas bajo la almohada, una copia de la lista que había enviado a Santa. Cuando creyó que sus padres ya dormían, abrió el cajón de su mesa de noche y sacó su pequeña linterna. Se cubrió todo con las cobijas y encontró la lista. Aunque ya no había posibilidad de cambiarla, si quería revisarla. Había sido un niño bueno todo el año. Aunque era cierto que le daba pereza hacer tareas y que para bañarse todos los días y lavarse los dientes era necesario que sus padres se lo repitieran varias veces. Veía mucha televisión, pero no era egoísta con sus compañeros y hasta un día había devuelto una moneda que vio caer del bolsillo de un señor, en la calle. Así pues que estaba seguro de recibir todos lo regalos que había pedido a Santa. La lista le gustaba mucho. Estaba escrita con colores diferentes porque muchas veces había añadido cosas que veía en los almacenes o en la televisión. También había tachado unas pocas que sus padres le comprarían sin necesidad de pedirlas para Navidad.

lista de regalos para navidad de Desi Dinosaurios articulados. Hacen ruido con un botón. Juego de la planicie africana. El grande. Con árboles, animales, tigres, girafas, jirafas, elefantes, burros, rinocer… rrinoceroin… y todos los otros. Tiene también un carro para safari. Un telescopio Un microscopio Unos planetas. El sistema solar y una luna. Una cámara fotográfica Una nave espacial de la batalla galáctica. Un robot transformable - se convierte en animal, en persona o en máquina. Un perro de peluche Un avión de guerra para armar Un barco de juguete Un submarino de pilas. El que tiene dos motores. Lápices y colores la caja grande


Un balón de fútbol Un muñeco Perseo Un muñeco Pascal Las películas de Perseo y Pascal Un televisor para mi cuarto Un muñeco superhéroe volador Una bolsa llena de insectos de plástico para asustar a Lucía. Un equipo de juegos electrónicos - idéntico al de Ramón. Una espada luminosa Un disfraz de piloto Un juego de dominó Desi Desiderio terminó de revisar su lista. Efectivamente no había olvidado nada. La guardó nuevamente bajo la almohada, apagó la linterna y se durmió. Cuando abrió los ojos vio la cara de su madre. – ¡Es tarde, es tarde! -repetía ella mientras abría las cortinas. Desi seguía en la cama. Tenía sueño, mucho sueño. Su madre no entendía por qué si lo había metido en la cama temprano la noche anterior, pero el niño sí que lo sabía. Revisar la lista de los regalos le había tomado mucho tiempo, se había dormido muy tarde. Ahora debía levantarse y peor aún, bañarse, de lo contrario llegaría tarde a la escuela.


Desi llegó a la escuela justo a tiempo, con un poco de jabón todavía en las orejas. El niño entró al salón de clases, se sentó en su lugar y ¡Se durmió! La maestra lo despertó.

– ¿Te sientes bien Desi? -le dijo ella con cariño. –No. Contestó Desi -Tengo sueño, añadió.

La profesora lo miró con extrañeza, luego dijo: –Para despertarte serás el primero en leer esta mañana. El niño abrió tanto los ojos que la maestra se sorprendió. No hice mi tarea de lectura, pensó Desiderio. Había olvidado por completo hacer su tarea. Debía leer varias veces un fragmento de un libro, hasta ser capaz de leerlo de corrido, pero había pasado todo el fin de semana viendo televisión y revisando su lista de regalos, Y había olvidado hacer su tarea. Desi se levantó y caminó hacia el frente. Lucía, su mejor amiga, lo miró y le sonrió. El movió las cejas hacia arriba, pidiéndole ayuda. La maestra lo esperaba con el libro abierto, en la página indicada. –Maestra, no hice mi tarea -dijo el niño arrepentido. –Pero…Desiderio… -contestó ella. –Lo olvidé por completo -aceptó el niño, bajando la cabeza. –Lo siento, no volverá a suceder -dijo Desi. –Ya me has dicho lo mismo antes Desiderio. –Es que no dormí bien -dijo el niño, pero… la maestra ya estaba diciéndole: “Vuelve a tu lugar Desi, hablaremos más tarde”. De regreso a su puesto, Desiderio pudo oír algunas risas de sus compañeros. Alguien dijo “Se le trabó la lengua” y otro completó “No, se la comieron los ratones”. Todos rieron a carcajadas, menos Lucía, quien miraba a Desiderio sin entender lo que había ocurrido. Al finalizar la clase Desiderio tuvo que quedarse en el salón. La profesora no descansó hasta que el niño le confesó que por culpa de la televisión y de su carta para Santa, había olvidado sus deberes. –Mañana leerás lo que debiste leer hoy frente a todos, Desi. –Si maestra -respondió el niño, resignado. –Ah, -añadió la profesora –y no te preocupes, no diré nada a tus padres.


Desiderio salió del salón aliviado. Había tenido suerte. Cuando sonó el timbre, al final del día, Desiderio fue hacia el parqueadero y se sentó en el muro en donde siempre esperaba a la abuela. De repente los vio venir. Los tres niños que siempre lo molestaban se acercaban. Desi sintió que el corazón le latía con prisa. –Desiderio, misterio, sahumerio -dijo uno señalándolo y riendo a carcajadas. –Desiderio, misterio, sahumerio -dijo otro. – ¿Hoy se te olvidó leer? -se burlaba también con gana. –Desiderio, misterio, sahumerio -se unió el otro niño. – ¿Se te durmió la lengua? Los tres muchachitos estaban disfrutando mucho molestar a Desi., Y él no sabía como responderles, así que se quedaba callado, aguantándose las ganas de llorar. Finalmente llegó su abuela.

– ¿Cómo te fue hoy Desi? – Bien -mintió el niño. – ¿Y esos niños son tus amigos? – Si -mintió nuevamente.

Esos niños no paraban de molestarlo. Desiderio, misterio, sahumerio, le decían siempre. Definitivamente no le gustaba su nombre. Desiderio era un nombre feo. Desi llegó a casa, sabía que tenía pendiente hacer su tarea de lectura, pero se sentó a ver televisión. Justo a esa hora pasaban su programa favorito: Perseo y Pascal. Eran dos muñecos que pasaban por emocionantes aventuras y eran verdaderamente divertidos. Perseo tenía cara de perro, voz chillona y era un debilucho. Pascal, por el contrario, era un oso grande y peludo y a decir verdad un poco torpe. Más tarde, el niño subió a su habitación, como estaba cansado y con sueño, se durmió. Cuando sus padres llegaron fueron a saludarlo y le preguntaron: – ¿Hiciste tus tareas Desi? Él dudó un poco antes de contestar, solo podía pensar en dormir. –Sí, contestó -y se durmió de nuevo.


Al día siguiente, en el colegio, la maestra lo llamó al frente. –Desi, es tu turno. El niño la miró suplicando con la mirada. La maestra entendió sin siquiera preguntarle.

–Siéntate -le dijo, enojada.

Al finalizar la clase, nuevamente Desiderio Cruz se había quedado solo en el salón con la profesora.

–No entiendo qué pasa contigo Desiderio -dijo ella.

Al niño no se ocurría qué decir. –Te dí una oportunidad Desi. No has sido un niño bueno. Desi, solamente asentía con su cabeza. –Tendrás tu última oportunidad jovencito. Debes leer este librole entregó un libro con un niño dibujado en la carátula. –Completo. En unos días pasarás a leerlo delante de todos tus compañeros. Si no lo haces, hablaré con tus padres, tus abuelos y con los demás profesores. Desiderio llegó a casa, quiso ver televisión, Perseo y Pascal, pero pensó en lo que su profesora le había dicho, así que subió a su habitación, abrió el libro que le había entregado la maestra y comenzó a leer. No había leído más que unas cuantas líneas cuando se dio cuenta que no entendía nada de lo que leía... Leyó ahora en voz alta: “Me a con se ja ron que de ja ra de di bu jar ser pien tes boas” ¿Serpientes boas?, ¿qué podrían ser serpientes boas?” Pensó Desi. Pero siguió de largo. ¡Debía leer el libro completo! De repente su abuela entró a la habitación:

– ¿Estas bien Desi? No viste televisión hoy. –Tengo tareas abuela -dijo el niño.

Ella lo miró un poco extrañada y salió. Desi tomó el libro y leyó en la portada: –An toi ne de… y no pudo descifrar el resto. Luego pudo leer sin dificultad: “El Principito”. ¡Ah! El Principito. Desiderio había visto una película que se llamaba el principito. Se trataba de un niño extraterrestre. Era una película extraña y no recordaba bien el final. En ese momento entraron sus padres a la habitación.


– ¡Te tenemos una sorpresa Desi! -dijo su padre. – ¿Qué es? ¿Qué es? -dijo el niño, saltando en su cama. –Una sorpresa -dijo su madre. – ¿Qué es? -repitió el niño.

Su padre sacó del bolsillo de la camisa unos papeles. –Son boletos para el espectáculo de Perseo y Pascal -dijo él con gran felicidad. Desi abrió los ojos. Estaba dichoso. Perseo y Pascal, qué maravilla. !Qué sorpresa tan extraordinaria! Por fin podría conocerlos. –Así que alístate. ¡Debemos salir ya! -dijo su madre, interrumpiendo los pensamientos del niño. – ¿Ya? Preguntó Desiderio. – ¿Es hoy? –Sí -contestó su padre, emocionado. Desi se sentó en la cama y bajó la cabeza. – ¿Qué pasa hijo? -preguntó su madre. –No puedo ir hoy -dijo el niño con tristeza. –Debo hacer tareas -añadió. Desiderio contó todo a sus padres. El olvido de sus tareas, la reprimenda de la maestra, todo.

–No merezco ir -finalizo el niño.

Su madre lo abrazó y le dijo que no importaba. Cualquier otro día podría ver a Perseo y Pascal. Desi se sentía desdichado, había decepcionado a muchas personas ese día y además, se había perdido de Perseo y Pascal. Se dio cuenta que debía continuar. Así pues que volvió a su libro, buscó la página indicada y comenzó de nuevo a leer. “Mi vi da es mo no to na”. ¿Mo no to na? Pensó Desiderio. Esa palabra se parecía a la palabra motocicleta, pero claro, la vida no podía ser motocicleta, algo debía estar entendiendo mal. De cualquier forma continuó: “ca zo ga lli nas y los hom bres me ca zan a mí”. Sólo un animal podía estar diciendo estas terribles palabras. Al final del párrafo entendió que quien hablaba era un zorro. Recordó la escena de la película cuando el zorro y el principito se encontraron. Trató de leer un poco más pero tenía mucho sueño, así que nuevamente te durmió.


Cuando su madre entró a la habitación, la mañana siguiente, Desiderio ya se había bañado y vestido y estaba leyendo lo que faltaba del libro. Se sentía listo para leer frente a la clase. Y así lo hizo. Cuando llegó al salón, no esperó a que lo llamaran al frente sino que él mismo se levantó y dijo a la profesora que estaba listo. Y sí que lo estaba. Desi leyó de corrido, sin miedo. Los demás niños lo miraban sorprendidos y Lucía le sonreía con aprobación. –Muy bien Desi -dijo la maestra –Te felicito. Te doy una A. – ¡Una A! -Desiderio volvió a su lugar, feliz. Ese fue un buen día para el niño. Bien parecía que Desiderio Cruz había aprendido una lección. Se sintió contento, tanto que ni siquiera los niños que lo molestaron a la salida –Desiderio, misterio, sahumerio – le quitaron la sonrisa de la cara. El fin de semana llegó y parecía que sería divertido. Lucía se quedaría a dormir en la casa de Desiderio la noche del sábado. Llovía, así que no fueron al parque y tampoco a la feria. Lucía y Desi no encontraban qué hacer. Vieron televisión, por supuesto, y no se perdieron de Perseo y Pascal. Las horas pasaban y se dieron cuenta que no saldrían de casa. Los niños subieron a la habitación de Desiderio. Se sentaron en el piso sin nada qué hacer. De repente el niño dijo a Lucía.– ¡Por qué no dibujamos! A Lucía le pareció perfecto. Notó que Desi tenía un marcador en la mano, pero no encontraba el papel. De repente lo vio ¡Dibujando en la pared! – ¿Qué haces? -le dijo alarmada. –Dibujo un robot transformable -contestó el niño. – ¡Estás dibujando en la pared! -gritó Lucía. –No te preocupes -contestó Desi. –Es un dibujo pequeño, nadie lo notará. El niño ya había dibujado la cabeza del robot y siguió dibujando el cuerpo. Lucía trazó una línea bajo los pies del robot.

– ¿Qué es eso? -preguntó Desiderio. –Es la superficie del planeta en el que vive el robot.

A Desiderio no le pareció que esa línea fuera un planeta así que dibujó el planeta completo. Lucía entonces, dibujo la luna de ese planeta. Desi añadió el sol. Lucía pensó que hacían falta algunos edificios y los dibujó. Luego, el niño coloreó más planetas. Y así pasaron la tarde dibujando sin parar. Sólo cuando terminaron se dieron cuenta de lo que habían hecho.


¡Habían pintado toda la pared! Ahora sí que no se salvarían. Estaban seguros que serían reprendidos con severidad.

–Agua y jabón -dijo Desi –Y una esponja -añadió Lucía

Debían ahora bajar a la cocina, subir un balde lleno de agua y la esponja, sin que nadie se diera cuenta. Desiderio iba a abrir la puerta, pero ésta se abrió antes. Los dos niños saltaron. Era el abuelo.

–Han estado muy callados niños. ¿En qué andan?

Lucía y Desi no alcanzaron a responder. El abuelo miró a la pared y vio el dibujo. –mmm... -fue lo único que dijo. Y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Los niños se sentaron en la cama, asustados. No tardarían en llegar los padres de Desi, enojados. De repente la puerta se abrió otra vez. El abuelo traía bajo un brazo unos rollos de papel y en las manos cinta y tijeras. Los rollos eran tres afiches. Mostraban a tres personas viejas y serias.

– ¿Les gustan? -preguntó el abuelo

Los niños pensaron que no, pero dijeron que si. No querían contrariarlo. –Vamos a cubrir ese dibujo de la pared con estos afiches. Ustedes me ayudarán. Y así lo hicieron. Cuando terminaron, no se veían los dibujos del robot ni de los planetas y solamente estaban los afiches. – ¿Quienes son? -preguntó Lucía, refiriéndose a las personas de los afiches. El abuelo no contestó. Desi los miró con detenimiento. El primero mostraba a un señor muy flaco, de anteojos redondos y vestido de blanco. El otro era una señora que parecía una monja, una monja vieja. El último tenía a un señor de piel oscura, arrugado pero sonriente, aunque su mirada se veía triste. El abuelo se fue dejando a los niños confundidos. Los afiches eran feos y Desi no quería tenerlos adornando su cuarto, pero parecía que nadie los reprendería por haber dañado la pared. Así pues que los afiches se quedaron allí, aunque fueran de personas viejas y feas.


Pasaron los meses y se acercaba el fin de año. Se acercaba la Navidad. Desiderio no había olvidado su lista de regalos y la revisaba con frecuencia. Una noche de viernes, mientras Desi veía televisión y su madre y la abuela conversaban en la sala; el abuelo y el padre del niño habían decidido encargarse de la cena. Después de un buen rato se oyeron gritos que venían de la sala. ¡Su mamá y la abuela no paraban de gritar! ¿Qué podría estar pasando? Pensó Desi mientras corría hacia la sala. Llegó al tiempo con su padre y el abuelo quienes también corrieron desde la cocina. La abuela estaba parada sobre el sofá y su madre, sobre el sillón. Ambas gritaban y señalaban a un rincón. – ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? -preguntó el padre. – ¡Un ratón! -contestaron las dos mujeres. –Un ratón inmenso, gris, feo, y de cola muy larga. -dijo la abuela. –Entonces debe ser una rata -dijo el abuelo, ahora sonriendo. Desiderio se asustó y se subió al sofá junto a la abuela. No quería encontrarse con ese monstruo que acababa de invadir la sala. –No es una rata, es un ratón muy grande -insistió su madre. De repente el ratón salió de su escondite, corrió hacia la cocina y allí desapareció. Efectivamente se trataba de un ratón. A Desi no le pareció tan feo, de hecho le pareció un ratón lindo y se le ocurrió que podría ser una buena mascota. Las mujeres bajaron de las sillas y ahora todo el mundo reía a carcajadas. Más tarde en la cena, el abuelo dijo que era necesario comprar trampas para ratones. – ¿Trampas para ratones? -preguntó Desiderio. – ¿Cómo son esas trampas abuelo? –Mañana te mostraré una. Pero recuerda que no debes tocarlas porque puedes lastimarte. Son peligrosas. El niño asintió. Quería atrapar al ratón. Pronto tendría una mascota.

–Es mejor comprar veneno para ratones -dijo la abuela.

¿Veneno? Pensó Desi. ¡No, no quiero que maten al ratón! Siguió pensando. –El veneno es mala idea -dijo su madre. –Desi podría intoxicarse,


o algo peor. ¿Qué podría ser peor que intoxicarse? Pensó el niño. – ¡Un gato! -dijo su padre. –Eso es lo que necesitamos. Los gatos se comen a los ratones, pensó Desiderio. – ¡Un gato no! -gritó Desi. –¡Soy alérgico! Todos lo miraron y rieron con gana. El niño no entendía de qué se reían. –Es verdad, no podemos traer un gato. Desi es alérgico a los pelos de animales -dijo su madre. Desi entendió que tampoco podría tener un ratón como mascota. Los ratones tienen pelo. Solo la cola no tiene pelo y la cola, sola, sin ratón, no sería una mascota linda. Una semana más tarde llegó el último día de clases. En el recreo Desi le dio a Lucía una caja con doce galletas de arequipe, que a la niña le encantaban. Lucía también llevaba un regalo para Desi. Una linterna nueva, de luz blanca y muy brillante. A Desi le fascinó. Con ella podría revisar mejor la lista de regalos, de noche, bajo las sábanas. Los niños se despidieron. No se verían sino hasta el siguiente año, cuando Desi esperaba mostrarle a Lucia todos los regalos de Navidad. Al llegar a casa Desi preguntó a su padre: – ¿Cuánto falta para la Navidad? –Cinco días. – ¡¿Cinco días?! -Desiderio no podía creerlo. Eran pocos días pero parecían muchos. El niño ya sentía que no podía esperar más, pero no había más remedio. La Navidad nunca se adelantaría.


Desi se despertó tarde. Cuando abrió los ojos recordó que esa noche sería Navidad. Bajó corriendo y encontró a toda la familia reunida en la sala. Conversaban. No era día de trabajo, era día de fiesta. Como todos los años prepararían la cena entre todos. Se trata de una tradición, pensó el niño. Desiderio tenía las siguientes tareas: -Revolver la crema de los pasteles. -Probar los pasteles para certificar que estaban deliciosos. -Verificar que la chimenea estuviera limpia (para que Santa se llevara una buena impresión). -Dejar leche y galletas cerca de la chimenea para Santa. Cuando se hizo de noche, Desi se emocionó. Unas horas, solo unas horas y tendría todos sus regalos. Imaginaba su habitación repleta de juguetes, muñecos, robots y todas las demás cosas. La cena estaba servida y pasaron a la mesa. Los abuelos estaban muy elegantes, parecían actores de televisión. Sus padres también lo estaban. Esta vez, antes de comer, su padre dijo unas palabras. Al niño le pareció que estaba rezando. Su padre dijo algo como gracias por la comida y por no estar enfermos. Cuando su padre dijo amén, Desiderio ya tenía un pastel en la boca. Desi preguntó muchas veces ¿Cuánto falta para Navidad? Hasta que solo faltaba una hora. –Son las once de la noche Desi -dijo la abuela. Pero el niño se había dormido.


Desiderio despertó. Tardó unos segundos en darse cuenta que se encontraba en su habitación. ¡Ya era de día! De un saltó se sentó en su cama y ¡de inmediato la vio! No podía creer lo que veía. Una caja inmensa, con un empaque rojo brillante, envuelta con cinta verde y con un moño en la parte de arriba. La caja estaba sobre su propia cama. Sus padres y los abuelos estaban parados al lado, sonriendo. Él no podía escuchar muy bien lo que decían, pues la emoción se lo impedía.

–Ábrela -decía el padre –Es tu regalo -decía la abuela –Feliz Navidad -gritaba el abuelo – ¿Estás feliz? -decía su mamá.

El niño no entendía muy bien. Su padre se dio cuenta y le explicó: –Desi, Santa me contó que en esa caja están todos los regalos que pediste. En esa caja está todo con lo que has soñado, está llena de fantasía, de juegos, de aventuras y de muchas otras cosas que descubrirás cuando la abras. El niño se paró en la cama. ¡La caja era más alta que él! La rodeó para poder leer la tarjeta que decía: “para Desiderio Cruz, de: Santa Claus. ¡Feliz Navidad! Desi estaba tan emocionado que resbaló de la cama y cayó al suelo. No le importó, se levantó de inmediato y volvió a trepar a la cama. Su madre lo alzó para que pudiera deshacer el moño y el niño rompió el papel de regalo con afán. Venía el momento más esperado, el instante que había aguardado con ansias durante tantos meses. Desi abrió la caja y lo que vio lo dejó sin habla. No podía decir ni una palabra, simplemente no entendía nada. Miró a sus padres y volvió a mirar al interior de la caja. Como seguía sin entender, miró esta vez a los abuelos, quienes estaban sonriendo. Volvió a la caja y sacó el primer objeto: ¡Era un libro! Lo soltó sobre su cama y sacó otra cosa. ¡Otro libro! Muy parecido al primero. Pero ¿Qué pasaba? Desiderio estaba confundido, él sabía que no había pedido esos libros. Tal vez Santa le había traído algunos regalos extra. Sacó más cosas de la caja que resultaron ser más libros, todos iguales. Desi esperaba encontrar debajo de los libros sus regalos, pero lo que descubrió lo dejó con la boca abierta: bajo la primera fila de libros, ¡Había otra hilera idéntica de más libros! Y bajo esa, una más y luego, otra más. Cuando levantó la sexta fila de libros, todos iguales, se encontró con


el fondo de la caja. Eso era todo, no había nada más, no había juguetes ni nada de lo que él había pedido. El niño se volvió nuevamente hacia los demás y ellos seguían sonriendo. Y fue cuando el abuelo le dijo: –Es una enciclopedia Desi. ¡Una enciclopedia para ti solo! ¿Una enciclopedia? Hasta la misma palabra es fea, pensó Desiderio. Yo no pedí una enciclopedia, siguió pensando. –Ahí encontrarás todo lo que has pedido y mucho más -dijo su padre. –Disfrútala -dijo la madre. –Tardarás mucho leyéndola -remató la abuela El niño comprendió que no habría más regalos para él ese día. Se sentó en la cama y no dijo nada. Sonrió a medias, por educación. Los demás salieron de la habitación y Desi se quedó solo. Apenas cerraron la puerta el niño buscó rápidamente bajo su almohada. La lista estaba allí y quería revisar para estar seguro de no haber pedido una enciclopedia. Efectivamente la palabra enciclopedia no estaba en ninguna parte, él lo sabía. Se trataba entonces de un error, pensó. Algún niño, en alguna parte del mundo, había pedido una enciclopedia y ahora ese niño debía tener todos sus juguetes. Era necesario corregir el error. Así ese niño tendría su enciclopedia y él recuperaría sus juguetes. Desi volvió a mirar la tarjeta. “Desiderio Cruz” decía. Así pues que no había error. ¿Era entonces un castigo? Tal vez. No había sido un niño muy juicioso. Desi estaba decepcionado. ¿Qué podría hacer él con una enciclopedia? Eran muchos libros y con ellos no podría jugar ni divertirse. ¡Una enciclopedia! No podía creerlo. Se armó de valentía y bajó a la sala para hablar con su padre. –Papá. Algo pasa. Tú dijiste que en la caja estaba todo lo que yo había soñado, que estaba llena de fantasía y de diversión, ¡pero sólo tiene libros! Su padre miró a los demás y luego al niño. –Desi, en esa caja encontrarás un tesoro. En esa caja encontrarás magia. Ahí está todo lo que pediste y más. Ese es tu regalo de Navidad. Desiderio no comprendió. Quiso decir algo pero estaba tan triste que se fue hacia el televisor, lo encendió y pasó allí el resto del día.


Los siguientes días Desi estuvo triste. No podía entender cómo su padre le decía que en esa caja, en esa enciclopedia, estaba todo lo que había pedido. Él no había pedido enciclopedias, había pedido juegos y juguetes, y ese arrume de libros parecía cualquier cosa menos juegos y juguetes. La caja, con los libros, estaba ahora en el piso, en un rincón de la habitación del niño. Pasaron las fiestas de año nuevo y se terminaron las vacaciones y la caja siguió allí, en el mismo rincón, sin que Desi la hubiera tocado. En la escuela Lucía no paraba de comentar sobre sus propios regalos de navidad, juegos, muñecas y juguetes, mientras que Desi evitaba hablar del tema. No quería que Lucía descubriera que su regalo había sido una enciclopedia. De regreso a casa el niño, como siempre veía televisión y hacía sus tareas. Una tarde, Desiderio estaba en el jardín, con su abuelo, cuando el cielo se oscureció con nubes negras. Luego, comenzó a llover, y llovía a cántaros. El cielo se iluminaba con rayos y los truenos eran terribles. El niño y el abuelo corrieron hacia la casa. Mientras la abuela secaba a Desi con una toalla, un corte de energía oscureció la casa. Parecía de noche. La abuela buscó unas velas y el abuelo una linterna. La luz tenue de las velas tranquilizó al niño. De repente Desiderio se percató de que si no había energía, no sería posible ver televisión. Se perdería de Perseo y Pascal. La tormenta se prolongó durante el resto de la noche, Desi durmió con sus padres porque le daban miedo la oscuridad y los rayos y los truenos. Al día siguiente seguía lloviendo, la tormenta no paraba. El niño no fue al colegio. Esto parecía grave. Desi miraba por la ventana y en la calle el agua formaba un río. Estaba encerrado en su casa, sin televisión y sin poder salir al jardín. Desi se sentía aburrido. Subió a su habitación y se durmió. Cuando despertó ya era de noche. Una vela iluminaba su cuarto y al intentar prender la lámpara se dio cuenta que la energía no había regresado. Todavía llovía. Buscó en su cajón su nueva linterna, la que Lucía le había regalado para Navidad y la encendió. De repente un destello llamó su atención. Volteó a mirar y el destello había desaparecido. Parecía venir del rincón en el que estaba la caja con la enciclopedia. Desi descubrió que el destello se producía cuando el empaque brillante de la caja reflejaba la luz de su linterna. Como no tenía nada más que hacer, decidió jugar a que la caja, con el destello de luz, era un tesoro. Abrió la caja pero encontró lo mismo que había encontrado antes. Una hilera de libros. Como ya podía leer mejor le llamó la atención el título de uno de los libros: “Dinosaurios y Animales Prehistóricos”. –¿Qué? -dijo el niño. Y sacó el


libro de la caja. Se acostó bocabajo en su cama y abrió el libro por la mitad. Con su linterna pudo ver una ilustración fantástica. Había un dinosaurio gigantesco con dientes grandes que perseguía a otro más pequeño. Pudo ver más dinosaurios, unos nadando y otros volando. Desiderio nunca se había imaginado que en esos libros existieran figuras tan emocionantes. Comenzó a leer los nombres de los dinosaurios: Tiranosaurio Rex, Plesiosauro, Ictiosauro, Braquiosaurio, P te ro dác ti lo, el que volaba; y siguió leyendo muchos más. Hizo el esfuerzo de memorizar esos nombres hasta que se los aprendió. Pasó la página y encontró un título que le gustó: “¿Por qué sabemos tanto de los animales prehistóricos?”, y siguió leyendo. Descubrió que los dinosaurios y demás seres antiguos vivieron en la tierra incluso antes de que los humanos aparecieran. Es decir que nunca fueron en realidad vistos por los seres humanos. Entonces, ¿Cómo era posible saber tanto sobre estos animales? La respuesta la encontró unas páginas más adelante: los fósiles.¿Fósiles? Exclamó el niño y continuó con su lectura. Aprendió entonces que los fósiles son las huellas de los esqueletos y de otras partes de animales y plantas que vivieron en el planeta hace millones de años. Entendió que de esta forma los científicos habían comprendido sobre la vida prehistórica y descubrió con mucha emoción, que aún había muchos sitios en donde se podían encontrar fósiles. Quiero encontrar un fósil, pensó y salió corriendo de su habitación para preguntar a su padre si conocía uno de esos sitios para buscar fósiles. Cuando llegó al pasillo se percató que era muy tarde. La casa estaba en silencio, solo se escuchaba la lluvia y cuando revisó la hora, ¡Eran las tres de la mañana! Como todos dormían, volvió a su cama y siguió leyendo. Era muy tarde, pero no tenía sueño, había dormido todo el día y la lectura lo estaba atrayendo demasiado como para seguir durmiendo. Cuando cerró los ojos, agotado y a la vez emocionado, ya estaba amaneciendo. Finalmente el sueño lo había dominado. La tormenta continuó ese día también, al igual que el apagón y de nuevo la escuela estuvo cerrada. Cuando su madre entró en la habitación y puso el termómetro en su boca, Desiderio se despertó. No se sentía enfermo, ni creía tener fiebre, por el contrario estaba emocionado y quería seguir leyendo su libro de dinosaurios. Su madre le tocó la frente y comprobó que no tenía fiebre. – Ya es medio día Desi, le dijo, estábamos preocupados porque no habías despertado. Tal vez el día que te mojaste en el jardín te ha hecho enfermar. – Estoy bien mamá, respondió el niño sonriéndole. ¿Está papá en casa? Preguntó. – Si hijo, está en la sala, hoy tampoco pudo ir a trabajar, la ciudad sigue inundada. Desiderio se levantó y corrió hasta encontrar a su padre.


–¿Tú sabes dónde hay fósiles, Pa? –¿Fósiles? -preguntó su padre –Si, fósiles, esqueletos petrificados de animales prehistóricos -contestó el niño. Su padre y el abuelo se miraron. Petrificado era una palabra difícil y era la primera vez que la oían salir de la boca del niño. –Si, hijo -dijo su padre. –Yo mismo he encontrado fósiles en el río, arriba en la montaña. –¡Si! Desiderio saltaba de emoción y nadie parecía comprenderlo. –¡Quiero ir! ¡Quiero ir! -repetía del niño. –¡Quiero ir ya! -dijo finalmente. –No podemos ir ya, jovencito, la tormenta continúa, pero cuando la lluvia pare, te prometo que te llevaré. Desiderio se paró frente a la ventana y miró al cielo. Las nubes negras seguían allí y parecía que llovería durante meses. Se cansó de esperar y subió de nuevo a su habitación, retomó su libro y leyó hasta el anochecer. Cuando dejó de llover, volvió la energía y toda la casa y la calle se iluminaron. Desi escuchó música proveniente del radio del abuelo y el televisor encendido, abajo en la sala, pero lo único que hizo fue cerrar la puerta, el ruido no le dejaba concentrarse en la lectura sobre la extinción de los dinosaurios y sobre meteoritos cayendo a la Tierra. Cuando lo llamaron a cenar, su padre estaba hablando por teléfono y al colgar le dijo a Desi: “Acabo de hablar con la madre de Lucía, mañana el abuelo y yo te llevaremos junto con Lucía a la montaña, al río de los fósiles”. Desiderio abrazó a su padre, estaba feliz y no podía esperar para vivir esa aventura. La mañana fue muy diferente de los días anteriores, el sol brillaba intensamente y no hacía mucho frío. Los niños llevaban botas, impermeable y gorra. En el auto Lucía y Desiderio, sentados atrás, revisaban el libro leyendo sobre los fósiles y la vida prehistórica, mientras el abuelo y el padre del niño conversaban en la parte de adelante. El viaje duró dos horas. Cuando por fin llegaron los niños bajaron apresuradamente. –¿Dónde?! ¿Dónde? -preguntaban los dos con afán. –Por acá -dijo el padre. –Bajaremos al río, hay una parte panda en donde podremos caminar y allí encontraremos unas piedras muy especiales, redondas. Esas piedras contienen los fósiles. El abuelo no había llegado a la orilla cuando los dos niños ya estaban en el agua helada. Aunque las botas los protegían, al meter las manos y los brazos al agua para buscar las piedras, el frío los hacía temblar.


Aún así no importaba, los niños fueron capaces de recolectar varias docenas de piedras, todas redondeadas y las llevaron a la orilla. Allí su padre, utilizando un martillo, comenzó a golpear cada piedra. Algunas se desmoronaban y quedaban convertidas en polvo y otras eran imposibles de romper. De pronto, una piedra se abrió de par en par con el primer golpe y “¡Sorpresa!” gritó su padre. La piedra contenía un fósil. ¡Un fósil verdadero! Gritó esta vez Desiderio. Lucía y el abuelo se acercaron para verlo. Era una especie de caracol, con su concha en espiral. – “¡Es una amonita!” -dijo Desi. Lucía lo miró pidiendo una explicación. –Un ser marino que ya no existe -complementó el niño. Su padre siguió martillando piedras y una de ellas mostró algo todavía más increíble, un par de pececillos que parecían tallados sobre la roca. Desi y Lucía no podían creerlo. Este fósil era su favorito. Los peces se veían como si estuvieran allí, pero Desi sabía que tenían millones de años de antigüedad. Hacia el medio día ya habían recolectado varios fósiles y todos estaban satisfechos, así que decidieron emprender el camino de regreso. Lucía se durmió rápidamente. Desi siguió leyendo el libro, comparando las ilustraciones con sus propios fósiles. Definitivamente prefería tener unos fósiles en vez de unos dinosaurios articulados de plástico. Desiderio finalmente también se durmió. Llegaron a casa y cenaron. Lucía se quedaría esa noche en casa de Desi, él quería mostrarle su enciclopedia.


Desiderio escarbó en la caja y sacó un nuevo tomo de la enciclopedia. Nuevamente lo abrió hacia la mitad y encontró una ilustración que le fascinó. Parecía tratarse de un superhéroe. El hombre podía volar porque tenía unas sandalias aladas y un sombrero, también alado. Hermes, leyó Desi, mensajero de los dioses. Lucía miró el libro y luego a Desiderio. ¿Dioses? Se preguntaron los dos al tiempo. Los dos niños corrieron hacia la madre de Desi, con el libro abierto. No comprendían como podía haber dioses si siempre les habían enseñado que Dios era uno solo. La madre del niño les explicó que se trataba de los dioses que veneraban en la antigüedad los griegos y luego los romanos, pero que hoy en día nadie lo hacía. La duda parecía resuelta, pero antes de dejarlos regresar al cuarto, les dijo: “De todos modos niños hoy en día, aquí mismo en nuestra ciudad, hay personas que no tienen nuestra misma religión, hay algunos que rezan a otros dioses y creen en cosas diferentes de nosotros. Nunca deben pensar que esas personas están equivocadas, si alaban a su dios y ese dios les enseña sobre la bondad, la honestidad y los buenos valores, eso es lo que debe importar. Sus creencias deberán ser siempre respetadas. Nosotros creemos en nuestro Dios y otras personas creen en los suyos. Para ellos nosotros también pensamos diferente, pero igual nos respetan y nos aprecian. Recuérdenlo siempre”. Los niños entendieron, aunque en verdad un poco a medias, era algo complicado el asunto de que cada quien creyera en un dios distinto. Subieron corriendo de regreso a la habitación. Hermes, mensajero de los dioses, volvió a leer Desi. El más veloz de todos los dioses. ¡El más veloz! pensó. Hermes era el más veloz, Desi quería ser Hermes, soñaba con ser el más veloz y con poder volar con sus zapatos tenis y su gorra con alas. Continuaron la lectura y vieron un nombre muy curioso: quimera. ¿Qué era una quimera? Se preguntaron los dos. Desi de apresuró en leer: “la quimera tenía tres cabezas, una era de león, otra de cabra y la otra de serpiente” Los niños estaban asombrados. ¡Qué ser tan extraño! El texto continuaba hablando ahora del cuerpo de la quimera: “la parte del frente era de león, la mitad de cabra y tenía por cola una serpiente” Definitivamente no querían encontrarse con una quimera, pero en la ilustración se veía increíble, hasta lanzaba fuego por la boca, ¡Como los dragones! Desi pensó que era más interesante y emocionante dibujar quimeras que soñar con robots transformables. Siguieron leyendo y se encontraron con una sorpresa que los dejó pasmados. Junto a la figura de un hombre fuerte y musculoso, estaba el nombre Perseo. ¡Perseo! Gritaron los dos niños al tiempo. ¿Cómo puede estar Perseo aquí? El Perseo que ellos conocían era el del programa de televisión, tenía cara de perro, voz chillona y no era musculoso, sino al revés, era un debilucho. Emocionados decidieron leer quién era Perseo. Aprendieron que Perseo era otro dios griego que había sido


capaz de vencer a la aterradora Medusa. La figura de Medusa les causó temor a Desi y Lucía. Era una mujer quien en vez de pelo sobre su cabeza tenía innumerables serpientes. Los niños leyeron cómo Perseo había logrado matar a la Medusa. Perseo era un hombre valiente y fuerte y este Perseo les gustó mucho más que el de la televisión. Pero, entonces, se dijeron Lucía y Desiderio, si Perseo era en realidad un dios griego, ¿Quién era Pascal? En el programa de televisión Pascal era un oso, grande y peludo, de voz gruesa y que reía todo el tiempo. Tal vez el verdadero Pascal no era así. Pero, ¿Cómo encontrarlo en medio de tantos libros? Corrieron nuevamente en busca de la madre de Desi. Ella los oyó bajar las escaleras y los esperó en el primer piso. –¿Qué quieren niños? -preguntó. –Necesitamos ayuda -dijo Desiderio. –Queremos encontrar un nombre en la enciclopedia y no sabemos cómo buscar. Subieron todos a la habitación y buscaron entre la caja. –¿Cómo debe decir el libro que buscamos? -dijo Lucía. –Índice -contestó la madre del niño. –Índice, índice, índice -repetía Desiderio. –¡Aquí está! -dijo cuando lo encontró. Su madre les enseñó a buscar en el índice. Esto requería saber el alfabeto, así que aprovecharon y lo repasaron. En el índice están todas las cosas que hay en la enciclopedia y te indica, por eso se llama índice, el tomo y la página en la que se encuentran. Entre los tres buscaron Pascal. Lucía encontró el tomo señalado y Desi la página. Allí estaba, el Pascal verdadero no parecía un oso, más bien era un señor de aspecto inteligente, envuelto en una especie de capa y sonriendo a medias. Blaise Pascal decía bajo la figura. Había vivido hace casi cuatrocientos años, por lo que no podía haber un fósil de Pascal, los fósiles tienen millones de años y Pascal solo unos cientos, pensó Desi. Era en realidad un científico quien había hecho cosas muy importantes para la humanidad, entre las cuales se encontraba una calculadora mecánica, un aparato increíblemente complicado según se veía en la gráfica. Lo verdaderamente emocionante era que esa calculadora había sido fabricada cuando ni siquiera se había inventado la luz eléctrica. “Es el precursor de las computadoras modernas” decía el texto. Desiderio no podía creer que Pascal hubiera diseñado un aparato tan complejo cuando ni siquiera existían automóviles, ni refrigeradores, ni teléfonos, ¡ni aviones! Pascal era un genio. Él quería ahora ser como Pascal, no como el oso de la televisión sino como el verdadero, como Blaise Pascal.


El lunes siguiente, al salir de la escuela, Desi se encontró con los niños que lo molestaban. Pretendió ignorarlos pero ellos se acercaron: –Desiderio, misterio, sahumerio, ¿Tu mamá no llega por ti? -dijo uno. Desi permaneció en silencio. –Desiderio, misterio, sahumerio, ¿Tu amiga Lucía de dejó solo? -dijo el otro. Y así, siguieron molestándolo durante unos minutos hasta que al fin llegó la abuela. Al llegar a casa Desiderio no vio televisión, ni siquiera se percató que estaban pasando Perseo y Pascal. Subió a su habitación. Tenía una misión muy importante qué cumplir. Agarró el tomo del índice de su enciclopedia y comenzó a buscar: a, b, c, ¡d! ¡La letra D!, ahora Da, ¡De! Y siguió buscando hasta que lo encontró: “Desiderio”. Afanosamente ubicó el tomo y la página. “Desiderio, duque de la Toscana – Último rey de Lombardía” ¡Desiderio había sido un rey! Gritó muy emocionado Desi. La ilustración era magnífica, mostraba a Desiderio el rey, un guerrero montado sobre su caballo, vistiendo una armadura, con un escudo grueso y llamativo y empuñando su espada. Desiderio, guerrero y rey, pensó Desi. Me gusta mi nombre, me gusta mucho mi nombre, se repitió a sí mismo. Después de memorizar los datos que acababa de leer, el niño buscó nuevamente en el índice. “Sahumerio: humo para aromatizar” El sahumerio, aprendió Desi, se utilizaba para perfumar los lugares. Se quemaba un trozo de un material que al desprender humo, producía un olor agradable. No es tan malo que me digan sahumerio, pensó entonces.


Desi escogió otro tomo de la enciclopedia, pero ya no lo hizo por el aspecto de las ilustraciones, sino que leyó el lomo del libro que decía “el sistema solar, los planetas, la luna y el espacio sideral” Este tema le sonaba muy interesante; le pareció increíble que durante todo este tiempo hubiera tendido su enciclopedia guardada en la caja, se había perdido de mucha diversión y entretenimiento. Abrió el libro y comenzó a leer. El sistema solar era muy grande, muy, muy grande. Para ir a la luna una nave espacial se tomaba tres días y para ir a Marte, el planeta rojo, varios meses. Ni qué decir de ir a Júpiter o Neptuno. Estos nombres los conocía muy bien porque en el tomo de mitología todos ellos eran dioses griegos y romanos, y claro, los astrónomos habían decidido bautizar los planetas con nombres extraordinarios como esos. Las fotos que podía ver sobre el sistema solar eran de fantasía. Sus preferidas eran las de la luna y las de los anillos de Saturno. Claro, no era el único planeta que tenía anillos, Júpiter, Urano y Neptuno también tienen un sistema de anillos, aunque mucho más delgados que los de Saturno. Las fotos de la luna eran fantásticas, mostraban cráteres, montañas y personas. ¡¿Personas?!, Si, astronautas, viajeros humanos que habían llegado a la luna hace muchos años y habían caminado sobre su superficie; incluso, habían llevado un auto lunar. Este tomo era hermoso, las ilustraciones eran en verdad fotografías, no dibujos, sino fotos reales de planetas, de la luna y del sol. El libro terminaba con una explicación sobre las galaxias, grupos inmensos de estrellas con sus planetas, si, ¡planetas fuera de nuestro sistema solar! Desiderio miró por su ventana al cielo, ya era de noche y la luna estaba casi redonda. Mañana será luna llena, dijo en voz baja, acababa de aprender esto también. En ese instante recordó algo, se emocionó y salió a buscar al abuelo. –¡Abuelo, abuelo! -gritaba Desi. –Qué pasa -contestó el abuelo, alarmado por los gritos del niño. –¿Hay un ratón? -preguntó. –No abuelo, solo quiero preguntarte algo. ¿Dónde están tus binoculares? Cuando salían de paseo por el campo, el abuelo siempre llevaba sus binoculares, con ellos podían ver a lo lejos y Desi se divertía mucho con ellos. –¿Para qué los necesitas? -dijo el abuelo. –Quisiera ver la luna con ellos -contestó el niño. –Debo buscarlos en el desván -dijo el abuelo. –Mañana te los puedo dar. De inmediato Desiderio corrió a donde su abuela y su madre. –¿Puedo invitar mañana en la noche a Lucía y a Ramón, para


ver la luna? Ellas parecieron no entender y lo miraron extrañadas. –Mañana será luna llena -dijo el niño –¡Mañana es posible ver la cara expuesta de la luna! –¿Cómo así que la cara expuesta? -dijo la abuela. –Abuela -contesto el niño con paciencia –La luna tiene una cara oculta que nunca podemos ver. Solo las naves espaciales que van a la luna y la rodean han visto el lado oculto, pero nosotros desde la Tierra solo podemos ver la misma cara siempre. La abuela se sorprendió con esta respuesta, no solo porque le parecía increíble que su nieto supiera esas cosas, sino también porque ella no sabía que la luna tuviera una cara oculta. Acordaron que la siguiente noche Lucía y Ramón podrían dormir en casa. Al día siguiente los niños cenaron temprano. En el cielo se podía ver una luna llena brillante y muy grande. Salieron al jardín y allí se instalaron. Apagaron las luces de la casa para evitar que la luz externa perturbara su observación lunar y llevaron el libro con el mapa de la luna. –¡Un mapa de la luna! -exclamó Ramón. –Sí -dijo Lucía –Desi me contó que la luna tiene montañas y valles y que a los valles se les dice mares, aunque claro, allí no hay agua. En el Mar de la Tranquilidad, aterrizó la primera nave que llevó humanos a la luna –El Apolo 11 -interrumpió Desi. –Pero, no perdamos más tiempo –dijo – Veamos la luna. La abuela se unió al grupo, ella también quería ver la cara expuesta de la luna. Y así permanecieron por horas. Cada niño y los abuelos, se turnaban para ver la luna. Podían ver los cráteres, las montañas, los mares y todo aquello que estaba consignado en el mapa. Identificaron el Mar de la Tranquilidad e imaginaron allí las primeras huellas del hombre en la luna. Esto era mejor que cualquier modelo de juguete de una nave espacial o del sistema solar, pensó Desí. Al final de la noche estaban cansados pero muy felices y se fueron a dormir.


Desiderio dedicó los siguientes días a estudiar el mismo libro, le parecía apasionante. En un capítulo aprendió sobre las constelaciones. Las figuras que se podían trazar, desde la antigüedad, sobre el cielo, uniendo estrellas con líneas imaginarias. Así se podían identificar el Escorpión, Pegaso – el caballo con alas -, Orión, entre otros. Era divertido encontrar las constelaciones, aunque a veces era muy difícil. El libro tenía un mapa de las constelaciones, así que Desi, planeó una nueva sesión en el observatorio improvisado en que se había convertido su jardín. Esta vez invitó a otros niños que habían oído de Lucía y de Ramón sobre la maravillosa observación de la luna y que habían preguntado a Desi si podía invitarlos en la siguiente ocasión. Todos los niños llegaron temprano y cenaron, como la vez anterior. Los abuelos y los padres de Desi también querían participar. Apagaron las luces del jardín y salieron. La noche estaba muy oscura, esa era la idea. De hecho la luna no se veía por ningún lado – luna nueva – pensó Desi, y así era mejor porque con la luna llena, la luz reflejada dificultaría mucho la observación astronómica. Desiderio tomó su mapa y su linterna y lo extendió sobre una mesa. Allí analizó la posición de las constelaciones y la hora de la noche. Con ello pudo de inmediato, ¡Ubicar al Escorpión! Señaló al cielo y trazó con su dedo una línea que todos siguieron. Lucía fue la siguiente en verlo. –¡Ahí está! -gritó con felicidad. –Tiene la cabeza y la cola, una cola muy larga -dijo. Los demás fueron descubriendo poco a poco la figura del Escorpión trazada en el cielo, ¡desde mucho antes de que se formaran los fósiles! Luego, Desiderio les mostró la constelación de Orión, el cazador. Con su cinturón, su espada y su presa, el cazador era la constelación más conocida. Y la noche transcurrió de descubrimiento en descubrimiento. Hasta vieron una estrella fugaz cruzar el cielo veloz, tan veloz como Hermes, el mensajero de los dioses. Al verla, la madre de Desi dijo: “Deben pedir un deseo, eso es lo que se hace cuando pasa una estrella fugaz”. Aunque Desiderio pidió un deseo, de inmediato dijo: “En realidad no es una estrella, ¡es un meteorito!” Todos los niños lo miraron asombrados. ¡¿Un meteorito?! Si, respondió Desi. Son partículas del espacio que entran en la atmósfera terrestre, es decir al aire de la tierra y se queman. Por eso se ven a gran velocidad, brillando y como si tuvieran cola.

–Serás un científico, un astrónomo -dijo su padre. –Estoy orgullosa de ti -dijo su madre.


–Tenemos un futuro Galileo -dijo el abuelo.

Los niños fueron a dormir felices y cansados, pero Desi, siguió despierto un rato más y no descansó hasta no saber quién era Galileo.


En la escuela Desiderio comenzó a rendir mejor que nunca. Siempre sabía las respuestas correctas y su maestra vivía sorprendida con cada cosa que el niño decía. Sus compañeros querían estar cerca de él porque en cualquier parte Desi encontraba algo interesante que contar o qué decir. Aunque no tenía un barco ni un submarino de juguete, era capaz de explicar, usando elementos muy sencillos como un lápiz o una pelota, el funcionamiento de esas naves acuáticas. Los recreos junto a Desi eran una aventura, podía, utilizando la lupa de su abuelo, encontrar pequeñas criaturas en el prado, en las plantas, en todas partes. Cuando una pelota caía hacia ellos, o cuando un niño resbalaba y terminaba sentado en el piso, Desi era capaz de explicar la fuerza de la gravedad universal y de allí saltaba a explicar que las naves espaciales debían ir tan rápido porque tenían que luchar contra la fuerza de gravedad que atrae todos los objetos, personas y cosas hacia la Tierra. Un día, nuevamente a la salida de la escuela, se encontró con aquellos niños que solían molestarlo. Pero esta vez Desi no se amilanó, de hecho, los esperó con la mirada bien fija en ellos y antes de que pudieran decirle algo, se adelantó: –Si me vas a decir Desiderio, pronúncialo muy bien, y luego dime quien fue Desiderio -le dijo Desi al primer niño. Éste no supo qué contestar, así que continuó: –Desiderio, duque de la Toscana, último rey de Lombardía. No lo sabías ¿Verdad? –Si me vas a decir misterio -siguió Desi dirigiéndose ahora al otro niño –Esa palabra es muy fácil, qué tal si me dices un sinónimo. Ese niño abrió los ojos sorprendido, era evidente que no tenía ni idea qué quería decir la palabra sinónimo, así que Desi le dijo: –Un sinónimo, para tu información, es una palabra diferente pero con el mismo significado. Si no sabes un sinónimo de misterio, pues yo te lo diré: enigma. Aquellos niños que solían hablar hasta por los codos y que molestaban a Desi sin cesar, estaban callados y no sabían cómo reaccionar. Hasta que Desiderio le dijo al último: –Y si me vas a decir sahumerio, ¿Sabes tú que es un sahumerio? Y nadie respondió, solo se oyó la voz de Desi explicando lo que era un sahumerio. Los tres niños miraron a Desiderio, se miraron entre ellos y salieron corriendo ¡como si los persiguiera un perro furioso! Desiderio se volteó lleno de satisfacción y felicidad y detrás de él se encontró con sus amigos, Lucía delante y todos los demás. Ellos habían sido testigos de este acto de valentía de Desi y comenzaron a aplaudirlo.


Desi sintió que ya nada podía preocuparle, estaba radiante de felicidad. Ese día iba a ser además muy importante porque Desi y todos sus amigos se reunirían en su jardín para hacer un experimento. Se trataba de explicar por qué volaban los aviones. Llegaron temprano a casa y todos los niños salieron al jardín. Desi y Lucía subieron a la habitación para bajar el tomo de la enciclopedia que trataba sobre la aviación y unas hojas de papel que la abuela había alistado para el experimento. Bajaron corriendo y Desiderio comenzó a explicar cómo los hermanos Wright habían inventado el primer avión, aclarando que siglos antes, un señor llamado Leonardo había dibujado unas máquinas voladoras que nunca llegó a construir. Leonardo se reía así, dijo Lucía y acomodó su sonrisa de tal manera que su boca parecía recta pero a la vez parecía riéndose. Tal vez Lucía estaba confundida, podría no ser Leonardo el que reía así, sino una amiga suya, pensó Desi, aunque no lo recordaba muy bien. El hecho es que el inicio del experimento se retrasó porque todos los niños comenzaron a tratar de imitar aquella risa enigmática que Lucía les había mostrado. El primer avión lo construyó Desiderio. No utilizó ningún tipo de pegante y solo plegó el papel hasta formar lo más parecido a un avión. Lo lanzó al aire y éste voló durante unos segundos. Desi lo recogió del piso y mostró a sus compañeros la razón por la que volaba. Primero que todo la fuerza que lo impulsaba, en este caso su brazo, pero en la realidad, las potentes máquinas que eran los motores de avión y segundo, la forma y tamaño de las alas, que permitían que el aire elevara al avión sin dificultad. El resto de la tarde se la pasaron haciendo aviones y lanzándolos, jugando a construir el avión que más tiempo volara o que más lejos llegara, y así los sorprendió la noche. De repente Ramón señaló un rincón del jardín. –¡Miren! -exclamó a todo pulmón. Todos miraron hacia el lugar y allí, vigilantes, observaron un par de ojos que desde la oscuridad ¡parecían destellar fuego! –¡Una quimera! -gritó Desiderio –¡Una quimera! -repitió. Aunque solo él y Lucía entendían lo que era una quimera, todos comenzaron a correr y a gritar. Muy pronto el par de ojos se convirtieron en un ratón, que asustado ante tanto escándalo huyó hacia la calle. Los niños rieron hasta casi reventarse de la risa. Reían tanto que se revolcaban en el prado. Los adultos salieron para ver qué sucedía. No entendieron qué pasaba hasta que finalmente la risa dejó hablar a Lucía y les contó sobre el ratón.


Un domingo en la mañana, cuando todos parecían dormir, Desi se levantó, preocupado. Había estado leyendo sobre los animales en peligro de extinción. Si, animales que casi siempre por culpa de los hombres, iban a desaparecer del planeta, tal como lo hicieron los dinosaurios. A Desi le gustaba ir al zoológico y allí podía ver muchos animales, pero siempre sentía pena por verlos encerrados en sus jaulas. Los animales del zoológico siempre parecían tristes. Le gustaba más bien soñar con animales libres, por la planicie, pero muchos animales se estaban acabando. El capítulo hablaba del tigre de Bengala, un animal espectacular, con sus rayas bien dibujadas y su habilidad sin igual. Leyó que tal vez no pasarían diez años antes de que el último tigre se muriera. A Desi esto le preocupó. Luego, siguió leyendo y descubrió que el lince ibérico, un animal parecido a un gato y a un tigre a la vez, de orejas puntiagudas, también podría desaparecer. Y luego, para rematar, supo que los osos polares también estaban en riesgo de extinción. Los osos polares le gustaban, eran lindos y muy blancos. Eran además buenos cazadores y excelentes nadadores. ¿Cómo podría el ser humano dejarlos desaparecer? Desi estaba preocupado y se prometió contarle a sus compañeros esto para cuidar mejor a los animales que los rodeaban. Tal vez prefería leer estas cosas en vez de andar jugando con los muñecos de mentiras del juego de la planicie africana. Pensando estas cosas estaba Desiderio cuando apareció su abuelo. Lo abrazó y le dijo: “Desi, te has vuelto un niño muy inteligente. Sabes muchas cosas, estudias mucho y lo mejor es que todo sigue siendo un juego”. Era cierto, para el niño la lectura no era un castigo y mucho menos una obligación. Leer su enciclopedia se había convertido en su pasatiempo favorito. Hacía tiempo no veía televisión y no le hacía falta. La enciclopedia le contaba cosas asombrosas, le mostraba figuras y fotografías increíbles y le enseñaba experimentos y demostraciones que le encantaban. Con estas palabras Desi se animó un poco y se olvidó de momento de los animales en vía de extinción. Regresó a su habitación y eligió uno de los pocos tomos que no había leído. Aún los tenía en la caja en que se los habían regalado. Lo abrió y comenzó a ojearlo. Había pasado unas cuantas páginas cuando se percató que en las páginas anteriores algo le había llamado la atención. Devolvió las páginas ya pasadas y allí lo vio. La fotografía era idéntica al afiche que tenía en su pared. ¡Si! ¡Era el hombre de anteojos redondos! ¡Mahatma Gandhi! Desiderio devoró las palabras que contaban quién era ese hombre. Había sido un señor muy especial, comprendió Desi. Había luchado sin armas y sin armadura, solo con palabras, pero sus palabras tampoco eran las de un luchador, sino que eran palabras de paz, de armonía y de tolerancia. ¿Tolerancia? ¡Qué palabra! Pensó el niño. Bajó al jardín y


preguntó al abuelo por su significado. “Aprender a respetar y aceptar a los demás como son”. Desi entendió. Era como respetar y aceptar que a Lucía le gustaban las galletas de arequipe, aunque a él no le gustaran. Volvió a su habitación y decidió buscar las fotos de las otras dos personas que tenía aplicadas en su pared. La tarea no era fácil, pero solo quedaban cuatro libros que no había estudiado y en dos de ellos se leía en el lomo la palabra “biografías”. Desi sabía lo que ello significaba, él ya había abierto esos libros porque allí estaban Desiderio, el rey, y Galileo, el astrónomo. Durante varias horas pasó muchas páginas hasta que encontró la monja. La Madre Teresa de Calcuta. ¡¿Esta monja tenía hijos?! Pensó Desiderio al leer la palabra “madre”. Sabía que las monjas no tenían hijos, pero esta parecía ser especial. Corrió, ahora hacia donde su abuela y entendió que por ser mayor y mandar en el convento, le decían madre, aunque no tuviera hijos. El niño siguió leyendo, esta mujer había dedicado muchos años a cuidar a personas muy pobres y enfermas y había muerto ella misma muy pobre. Un día le dieron un premio por ser tan buena: “recibió el premio Nóbel de la paz en 1979” leyó Desiderio y se alegró por la monja. Continuó buscando, ahora al señor de mirada triste y en verdad no tardó en encontrarlo. Era increíble. Los afiches llevaban meses allí y hasta ahora él podía saber quienes eran esas personas. La foto era un poco diferente, pero definitivamente era el mismo señor, la mirada triste era la misma, aunque en el afiche se veía un poco más joven. Nelson Mandela pudo leer el niño. Venía de un país en donde casi todos tenían la piel oscura. Es decir, eran de la misma raza, pensó Desi. Así como yo soy blanco y los japoneses amarillos, concluyó el niño. Pero en ese país mandaban los blancos y no querían a los negros, además los maltrataban todo el tiempo y no les dejaban estudiar ni ir al hospital cuando enfermaban. Desi sintió pesar. En su clase había dos niños negros y a él le caían muy bien. De hecho hacían parte de su grupo de experimentos y expediciones y no entendía cómo, sí en ese país casi todos eran negros, mandaban los blancos y peor aún, no comprendía como se atrevían a maltratar a los demás. Mandela arregló todo y ellos pudieron mandar en su país, pudieron ir a la escuela y al médico y ahora son felices. Estaba a punto de preguntarse entonces por qué el señor tenía la mirada triste cuando descubrió que había pasado muchos años en la cárcel solo por pensar diferente y tener la piel oscura. Desi sintió pena por este hombre. Era evidente que no habían tenido tolerancia con él. Pero luego, se alegró cuando supo que también por ser bueno, le habían dado un premio. ¡El mismo premio que a la monja! Leyó Desi, el premio Nobel de la paz. Desi cerró el libro y miró a su pared. Esas tres personas eran más importantes que los actores y héroes


de las películas, incluso más importantes que Perseo y Pascal, los verdaderos. Tenían algo en común, habían hecho cosas buenas por los demás, sin esperar nada a cambio. Le gustaban esas personas y ya no quería descolgar los afiches.


Desiderio revisó el fondo de la caja y vio que solo quedaban dos libros. Los tomó y descubrió que únicamente las primeras páginas estaban completas. El resto de las hojas estaban rotas y vueltas pedazos. Desiderio no podía creerlo, ¿Qué podía haber pasado? Corrió otra vez fuera de su habitación y encontró a sus padres. Llorando les mostró sus libros y prometió que él no los había dañado. Ellos lo acompañaron a la habitación y de inmediato su padre vio el orificio en una esquina de la caja, era un agujero irregular que su padre no tardó en identificar como hecho por un ratón. –Desi, un ratón se ha comido tus libros, parece que las trampas no han funcionado. Además los libros permanecieron mucho tiempo allí, en la caja, hubiera sido mejor haberlos sacado a una repisa, lejos del piso y de la humedad. Desi no podía creerlo, nunca había visto ratón alguno en su habitación. La portada de uno de los libros decía: experimentos científicos, trucos de magia, lecciones de dibujo y nociones de música, y en las primeras páginas se podía leer que los experimentos y los trucos se podían hacer, todos, con elementos comunes de una casa. El otro le pareció muy interesante. Se titulaba “cuida tu cuerpo”. Definitivamente también quería leerlo. Desi, quería sus libros, estaba triste y lloró toda la tarde. Al día siguiente su padre le dijo: “Desiderio Cruz, debes escribir tu carta para la Navidad, faltan solo dos meses”. Desi no podía creerlo, ya había pasado un año desde cuando había escrito esa carta con su larga lista de regalos. Ahora, no quería ninguno de ellos, él tenía un tesoro, tenía su enciclopedia. El niño se sentó y comenzó a escribir, esta vez una carta breve: A Santa y a todos los seres que traen regalos a los niños del mundo: Quisiera para Navidad los dos últimos tomos de mi enciclopedia, pueden ser usados pero que se puedan leer. Un ratón se comió los míos. Este año me he portado bien, aunque claro, tal vez no merezco premio por ello, ya que todo el mundo debería portarse bien siempre. Igual, me encantaría tener esos libros, creo que con ellos podré aprender mucho y divertirme con mis amigos también. Si no es posible conseguirlos, no importa, todavía tengo mucho por leer de mi enciclopedia. Desi. PD: Muchas gracias por la enciclopedia que me trajeron el año pasado. Es el mejor regalo de Navidad que he recibido. Desi.



Desiderio