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Cuéntate algo 5 años del concurso de cuentos de Biblioteca Viva


Cuéntate Algo Concurso de Cuentos de Biblioteca Viva www.bibliotecaviva.cl Organiza: Biblioteca Viva Gestiona: Fundación La Fuente Financian: Ley de Donaciones Culturales Mall Plaza Auspician: Random House Mondadori Minera Escondida El Mercurio Escuela de Literatura, Universidad Finis Terrae Maqueta portada: Angello García Bassi (Cubotoy) / www.cubotoy.co.nr Fotografía portada: Bárbara Urrutia Diseño: Vero Rodríguez Edición: Claudia Olavarría, Carolina Ojeda y Carolina Cepeda Santiago de Chile, enero 2012. Edición gratuita. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación.


Ganadores 2011 Antecesor ..... 13 Rodrigo Guillermo Torres Quezada ¥Hay que ser muy bestia‌! ..... 18 Carlos Humberto Olivares Robertson El hombre que volaba ..... 21 Nathalie Moreno Arqueros


Índice Introducción ..... 09

Ganadores 2010

Ganadores 2009

Trabajo de hermanos ..... 29 Víctor Hugo Bascur

El juego de cartas ..... 45 Juan Muñoz Veillón

Eolo ..... 34 Pedro Mora Sánchez

La abuela detective ..... 50 Paula Nievas Silva

Puesta en escena ..... 39 Alicia Fontecilla Aravena

Escalada electoral ..... 56 Hugo Mahias Finger

Ganadores 2008

Ganadores 2007

Ventana ..... 65 Juan Ignacio Colil Abricot

Virgilio ..... 85 Leonardo Perucci Molvin

Carne que ata ..... 70 René Araya Alarcón

Las tantas muertes ..... 91 Pablo Tenekedjan Payer

El nido ..... 78 Tammy Garea Prades

Cárcel de madera ..... 99 Flavio Angelini M. La bienvenida ....103 Nathalie Moreno Arqueros La corbata .....110 Juan Guillermo Araya Jaramillo Epílogo .....115


Introducción

Desde que Fundación La Fuente invitó a participar a Random House Mondadori en la que entonces era la iniciativa del concurso Cuéntate Algo, aceptamos gustosos, sobre todo entendiendo que contribuiríamos con la admirable labor que desarrolla la Fundación, en lo relativo a la difusión de la lectura en Chile. Que el concurso sea abierto y se promocione en las distintas sedes de Biblioteca Viva a lo largo del país, le otorga un sentido de inclusión propio de los postulados de la Fundación: promocionar la lectura y la creación literaria a lo largo de Chile, sin discriminar en ningún aspecto. Biblioteca Viva aporta al universo de bibliotecas en Chile la frescura del “desprejuicio”. Me interesa destacar dos puntos, que luego redundan en el Cuéntate Algo. El primero se refiere a la ubicación de las bibliotecas. Se encuentran en lo que podría parecer un entorno hostil para el desarrollo de la cultura, como son los malls de Chile; sin embargo, este riesgo (más bien apuesta) configura un oasis que sí ha conseguido conquistar a un público que, por lo general, ni siquiera se entera 9


de los lanzamientos y novedades editoriales. El segundo punto dice relación con la selección de los títulos que ofrecen en préstamo: un abanico amplio, que incluye best sellers, libros de bolsillo, juveniles, etc. Éstas dos acciones resultan relevantes y apuntan directamente al aumento de la lectoría en Chile. Es decir, la Fundación ha sido capaz de captar un público que ha ido maravillándose con la lectura sin apellidos. Y es lo mismo lo que sucede con el concurso que patrocinamos. Cuéntate Algo invita a cualquier chileno, sin discriminar, a escribir un cuento libremente y atreverse a mostrarlo. Los resultados han sido sorprendentes para cada uno de los jurados que hemos participado en estos cinco años. Nos hemos encontrado con cuentos de facturas impecables, de temáticas diversas, que no siempre fueron escritos por personas relacionadas con la literatura. Todos los cuentos que han sido premiados han tenido un valor potente, que les ha hecho merecedores de los premios otorgados. En ocasiones nos ha costado dirimir, pues varios han sido de alta calidad; en otras, la decisión ha sido unánime. Da igual, a nosotros nos regocija el hecho de saber que hay muchos chilenos y chilenas, de distintas ideas y edades, interesados en escribir. Felicitamos a los ganadores de estos cinco años y a Fundación La Fuente por las iniciativas que desarrolla en distintas áreas de la cultura y, específicamente, por mantener en el tiempo un proyecto tan valioso como Cuéntate Algo y por materializarlo en un libro.

Pola Núñez Riveros, equipo de Random House Mondadori y Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae

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GANADORES *2011*


2011

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lugar

* Rodrigo Guillermo Torres Quezada *

ANTECESOR Día cinco. Cajón del Maipo. Formación Río Damas, en el perímetro en donde se encuentran las conocidas huellas de dinosaurio. La excavación está dando frutos. He encontrado un fémur. El hueso indica algún tipo de mordedura profunda pues en su ángulo inferior, cerca de la rótula, las marcas de dos hendiduras cruzan el fémur en posición de 45º hacia la izquierda. Estoy solo. Quebrantar la ley chilena 17.288 del Estado con relación a la extracción de fósiles, me supone un placer que me retrae a mis años de adolescencia. Ahora tengo cincuenta años y recién a estas alturas de mi vida me he atrevido a venir aquí. Espero que éste sea el acto que sepulte a papá de mis recuerdos. Tomo el serrucho de cantero y procedo a cortar la roca que no quiere dejar libre el otro extremo del fémur. Aún no estoy seguro de qué tipo de animal pueda ser. Incluso estoy pensando en la posibilidad de haber encontrado un homínido. Un antecesor humano en una formación netamente jurásica, o sea, de hace millones de años antes que apareciese el primer australopithecus y ¿más encima en Sudamérica? Desisto de la idea. 13


Me paso la mano por la frente. Estoy sudando. Una gota cae sobre el hueso. Y vuelvo a pensar en él. Una vez, entró con el rostro herido. Alguien lo había golpeado. Papá eructó y avanzó hacia la pieza sin siquiera saludar a mi mamá y a nosotros, sus hijos. Era navidad. Joaquín, el menor, le había pedido una pequeña autopista en donde los autos atravesaban túneles con forma de grotescas cabezas de dinosaurios. Solo recibió una bofetada por quién sabe qué cosa. Sara, la del medio, le había pedido un set de belleza, pero a cambio papá la encerró en su pieza castigándola por haberse quedado tan tarde despierta. “Pero si es navidad, los chicos están en las calles estrenando sus regalos. ¿Por qué la castigas por esto?”, le dijo mamá. Él contestó escupiendo un pedazo de arroz duro que se le había atascado en la muela. ¿Y qué pedí yo? Nada. Pruebo con el puntero. Lo golpeo con la maceta para destripar terrones. Algo sucede. ¿Me tiemblan las manos o es que esta herramienta que compre allá en Argentina, como recuerdo de una convención de paleontólogos, ha perdido su fino relieve? Pruebo ahora con el buril. Su punta no es tan roma como la del puntero, lo que me ha permitido extraer más pedazos de piedra adheridos. Cada vez el hueso está más expuesto. Casi limpio. Perfecto. Un momento. Éste no es un fósil. No hay ningún proceso de permutación de minerales. ¿Qué sucede? Ya no es solo un fémur. Ahora hay costillas repartidas y un húmero. Aún no tengo claro qué criatura es. ¿Algún marsupial gigante pariente del “monito del bosque” del cerro Ñielol allá en Temuco? No, las formaciones son distintas y lejanas. La disposición de las costillas no es propia de un marsupial. Más parece ser la de un placentario. Un mamífero placentario. No sé por qué, tengo miedo. Aún siendo solo un niño, siempre me interesó la paleontología, saber cómo eran los seres vivos extintos que alguna vez poblaron el planeta. Con la ayuda de mamá, confeccionaba maquetas que a veces, escrupulosamente, decoraba por semanas fijándome en cada pequeño detalle. Las maquetas sobre la era mesozoica eran mis favoritas: los triceratops pastando al lado de un árbol, mientras cerca de unas rocas hechas a base de papel enrollado, unos terópodos carnívoros observaban vigilantes. ¿Y para qué hacía todo eso? Para llamar su atención. Me obsesioné con sacarle alguna vez un: “Muy bien, hijo. Felicitaciones. Eres el mejor, sigue así”. Me colocaba con mi maqueta frente suyo, mientras él veía televisión o conversaba de fútbol y mujeres con esos amigos borrachos que invitaba a casa. De un empujón, me sacaba a un lado. Pero eso parecía darme más ánimos. A la otra sí que captaré su atención, pensaba. Y así cada vez perfeccionaba más mis maquetas y estudiaba de todo para ser un gran tipo. Quería demostrarle que yo podía ser mejor persona que él. 14


2011 Estoy muy cerca de la cordillera. Pequeños cristales que aún no son tan densos como para llamarles nieve, caen sobre mi cuerpo. Hace frío, mucho frío. Aun así, sudo. No es el cortavientos grueso que llevo el que me da calor. Es otra cosa. A lo lejos, pareciera que detrás de las rocas de tono verde grisáceo, alguna sombra se escabulle en medio. Dicen que los zorros andan por estos lugares. Sea como sea, lo que estoy desenterrando no es un zorro, ni por si acaso. Tampoco es un reptil prehistórico. Me saco los guantes de cabritilla y paso mi mano suavemente por el fémur y las costillas. ¿Qué es esa rugosidad tan molesta que parece herirme más allá de la piel? ¿Qué es lo que papá quería que desenterrase? “Animal asqueroso”, gritaba mamá. Cuando decía eso, nosotros encerrados en las piezas, ya sabíamos lo que seguiría. Al otro día, mamá nos servía el desayuno con algunas marcas moradas alrededor del cuello. Eran tenues, casi imperceptibles, ni por asomo parecían haber sido provocadas por algo mayor como insinuaban los gritos angustiantes de mamá. El caso es que las marcas estaban ahí. Sin embargo, los días del rey de la casa estaban contados. Día tras día comenzamos a recibir llamadas amenazantes. Nunca tuve claro cuál era exactamente el embrollo en el que papá se había metido, pero sabíamos que no era solo un asunto. Eran varios. A veces unos hombres vestidos de terno y corbata nos visitaban en la casa y hablaban con mamá. No pocas veces la vi dejando caer algunas lágrimas, mientras los tipos insistían en averiguar a qué hora podrían encontrar al dueño de casa. En una oportunidad un grupo de muchachos desarrapados fueron a nuestro hogar y, aunque no lograron entrar, sí rompieron la ventana y dejaron mensajes amenazadores escritos en papel smoking. Fue luego de esta situación que mamá discutió con él como nunca antes. Por primera vez, ella se atrevió a darle una cachetada. Todo lo demás que siguió fue lo mismo de siempre: gritos, llantos y al otro día un desayuno con unas marcas moradas. Esta vez, mucho más notorias. Día ocho. Con pinceles de acuarelista he procedido a limpiar las zonas en donde la tierra se niega a desaparecer de los huesos. También he colocado pegamento especial en unas costillas para fijar los fragmentos sueltos. Ahora he encontrado el esternón y piezas del radio más algunas falanges de la mano derecha. Me detengo. Me levanto del suelo. Estoy confundido. Doy un grito. Suspiro. El frío se hace más denso ayudado por ráfagas que producen un sonido monocorde en mi cortavientos. Así y todo, siento un calor insidioso. En mi piel gotas de sudor se empantanan y me crean escalofríos. Más allá, tras unas rocas conglomeradas, una sombra se escabulle entre el herbazal. Me pregunto una vez más, ¿por qué papá me dijo que desenterrara a este “animal”? Tengo temor. En cualquier momento la policía, en su ronda cerca de la frontera, podría asomarse. Pero a veces pasan semanas y no aparecen por aquí. Aun así, estoy nervioso. 15


Papá, ¿acaso no te bastó arruinar mi infancia y ahora quieres arruinar mi vida entera? Papá, éste no es un “animal”, ¿no cierto? ¿A quién mataste? ¿Quieres que yo purgue tus errores, desenterrando un esqueleto para que su alma por fin pueda ser libre? Las falanges nunca mienten. Los huesecillos lo dicen: éste es un humano. Pero… ¿qué veo ahí? Es un lóbulo temporal. Es el cráneo. Debo desenterrarlo. Ahora, ya. El último día que vi a papá, yo estaba jugando en el jardín con aquel juguete que tanto quería. Me tocó un hombro y sonrió torciendo la boca, como si el gesto hubiese rebajado su orgullo a la nada. -¿Cuántos años tienes, hijo? -me preguntó. -Diez -le dije sin hacerle mucho caso. -Vaya… eres todo un chico rudo… Te gustan los dinosaurios, por lo que veo. -Sí. -Oye, tu mamá dice que la profesora del colegio cuenta que te iría bien en lo de desenterrador de huesos para cuando seas grande. -Paleontólogo. -Eso. Sí… así se llama esa cosa… Estás muy chico para enrollarte la perdiz con qué quieres ser cuando grande… pero toma esta hoja. Sacó un papel teñido con manchas de vino y me lo entregó. -Cuando seas grande, quiero que vayas al sitio que sale ahí. Tiene escritas las coordenadas y todo el chisme. Quiero que desentierres a un “animal asqueroso”… Te vas a sentir bien cuando lo veas. Recuerda: solo tú debes saber esto, nadie más. No lo olvides. Entonces calló por largo rato. Me restregó la cabeza y dijo: -Perdona. En serio. Luego de eso ya no lo vi nunca más. Parezco un maniático. La ansiedad me posee. Una y otra vez golpeo la roca con la picota. Éstos no parecen depósitos sedimentarios, sino conjuntos de rocas ígneas intrusivas. Sí, una broma académica sin sentido en estos momentos. ¿Cuánto tiempo habrá pasado, en realidad, como para que estas rocas se hayan endurecido tanto sobre los huesos? No entiendo. Ya está. Lo veo. Puedo percibir su hemimandíbula izquierda desencajada del resto del cráneo. Sí, la roca está cediendo. Está cediendo. Caen los fragmentos. El viento me azota los oídos. Mis manos me duelen; he tirado los guantes de cabritilla. La roca cede aún más. Lo veo. Está listo. Es un cráneo humano con una parte de la mandíbula inferior desencajada. Recuerdo cuánto odié la presencia de papá cuando niño, recuerdo cómo odié su ausencia durante mi adolescencia y los años en que estudié paleontología en Argentina. Recuerdo el alcohol, las drogas y todo lo que consumí para olvidar que fui hijo de una 16


2011 bestia… Pero, ¿qué es eso? Dentro de la boca del cráneo hay un pequeño dinosaurio verde de plástico. El dinosaurio verde. Me tiro al suelo. Suspiro. Grito. Lloro. Abrazo los huesos y aprieto con una mano al dinosaurio. La noche empieza a caer. Cientos de sombras se pliegan sobre mí y el descubrimiento. Al día siguiente de aquella última vez que vi a papá, busqué con desesperación mi juguete más querido. Era pequeño y por ello lo usaba para calcular la escala con la que hacía mis figuras de maquetas. Le pregunté a mamá por él. Ella contestó: -Esta mañana antes de irse, vi que tu papá se echó ese dinosaurio verde al bolsillo… ¿Para qué se habrá llevado eso?

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2

lugar

* Carlos Humberto Olivares Robertson *

¡HAY QUE SER MUY BESTIA…! Un hombre vestido de gris y corbata negra pidió autorización para visitar los departamentos del piso número veinte, pues –según dijo- estaba interesado en la compra de uno de ellos. La señorita encargada de la venta del inmueble, muy coqueta ella, lo invitó a tomar todo este asunto sin mayor prisa, con toda la prudencia y la serenidad que requiere una inversión de tanta trascendencia para cualquier familia, y le recomendó dar una vuelta previamente por el departamento piloto, ya que, al estar éste debidamente amoblado, el enfoque de la distribución del mismo le sería más ilustrativo, en lo que a visión de conjunto se refiere. Con ello, sin lugar a dudas, lograría una mejor perspectiva del bien por adquirir. “De todas maneras”, le dijo la vendedora con sonrisa de apoyo comercial, “más adelante podrá usted visitar el piso veinte, una vez que hayamos concluido las terminaciones”. El hombre de gris, decano, vocero y representante de los porfiados, discutió, machacó y se obstinó en la necesidad de hacer un reconocimiento ocular inmediato al piso 18


2011 indicado. En caso contrario, dijo, no compraba ninguna mugre de departamento y, de pasada, con el perdón de la dama presente, se podrían ir todos al mismísimo carajo. A pesar de la prepotencia del bruto y, además, con la certidumbre de algún dinerillo vinculado a honorarios por comisión de venta, la atractiva agente encargada, ya con menos dulzura y aparentando buena cara, permitió al virtual interesado una inspección al piso exigido. “Tendrá que subir por la escala, señor, porque los ascensores aún no están en funcionamiento”, dijo la ejecutiva de la inmobiliaria, mientras murmuraba algunas groserías en contra del potencial cliente. Porque una cosa es que el cliente tenga siempre la razón y otra muy distinta es tener que aguantar vulgaridades a cualquier patán hincha pelotas. Está a la vista que la modernidad no se fija en refinamientos comerciales. Compradores y vendedores, cada uno de ellos a su manera, concursan en ordinariez. Normalmente, por razones inexplicables, los hombres de gris con corbata negra tienen mal genio, pero éste –de acuerdo a las modestas estadísticas que hay al respecto- superó todos los esquemas imaginables. El agriado hombrecillo subió hasta el piso número veinte con extraordinaria agilidad, pero maldiciendo a su paso a cuanto trabajador de la construcción se le cruzó en el camino. Muchos de ellos pensaron que se trataba de algún ingeniero de esos que andan encontrando todo mal hecho y revisan las obras puteando a medio mundo. Pero no era éste el caso; el asunto correspondía a algo mucho más espeluznante. El hombre de gris, que en adelante designaremos como “el suicida”, porque las cosas hay que llamarlas por su nombre, llegó al piso superior del edificio, miró en todas direcciones, vomitó blasfemias surtidas, se acercó al vacío y se inclinó para lanzarse. Y, cuento corto, se lanzó. Hasta ahí, todo bien. O todo mal, según el cristal con que se mire. En cuanto empezó el vuelo macabro, el protagonista del brinco recordó haber escuchado en más de alguna oportunidad, que en estos instantes melodramáticos la vida pasa por nuestra mente en forma íntegra y en fracciones de segundos, como si se tratara de una película de acción en cámara acelerada. Así fue, dicho y hecho, nadie lo había engañado. Los primeros cinco pisos de caída libre correspondieron a su infancia. Nada digno de considerar en este trayecto. Un niño tranquilo, querido por sus padres y hermanos. Estudiante de regular hacia abajo, porque tampoco se trataba de destruir neuronas aprendiendo trivialidades. Una vez llegado a la edad del pavo, se hizo entusiasta de las revistas cochinas y fanático del Colo Colo. Luego, adolescente canchero con las minas, pero inestable en sus relaciones. Resumiendo, un latoso del montón. Un pasar sin sobresaltos, intrascendente, ordinario y aplastadito. 19


Entre los pisos decimoquinto y octavo, además de aumentar la velocidad de la caída, los acontecimientos se sucedieron claros y demoledores: apareció su mujer, la Filomena, una deschavetada que le hizo la vida imposible, asomaron los negocios disparatados que lo llevaron a la ruina, otra vez emergía la mujer deschavetada, surgían bancos aprovechadores que le embargaron hasta los ratones del entretecho y otra vez se manifestaba la Filomena con su sabiduría para hacer todo lo que no se debía hacer. Incansables en sus demandas, también se exhibieron los hijos que resultaron más voraces que los bancos y así, sumaban y seguían las desventuras. Entre todos estos infortunios y entre tanto personaje calamitoso, la que más irrumpía en estas fracciones de recuerdos era la Filo que, como aguinaldo del demonio, alborotaba el descenso. Próximo al séptimo piso, un leve rictus de sonrisa asomó al semblante del suicida. ¿Qué cara pondría la loca cuando supiera la infausta noticia? Sería algo digno de verse. “¡Se ha matado, se ha matado!”, gritaría tirándose los pelos. “¡Y todo por mi culpa!”, se recriminaría deshecha en lágrimas. Claro, qué más se podría esperar si la hipocresía limita al norte con la Filomena. Bueno, también puede ser que las cosas no se den así y la muy bellaca celebre hasta con una buena diversión (baile, comida y trago) el porrazo ad portas, pensó vertiginosamente el hombre de gris cuando ya llegaba al quinto piso. Por razones más que comprensibles, nadie supo ni sabrá si fue en el instante en que pasaba por el tercer piso, o bien deambulando por el segundo, que el suicida se enfureció consigo mismo al no poder acordarse de si le había dejado comida al Boby, su perro, y –obviamente- no era el momento ni estaban dadas las condiciones para intentar una recapitulación de los últimos quehaceres domésticos. De todas maneras, pensó, nunca faltará un alma caritativa que se apiade del pobre y sufrido animalito, que fue el único que estuvo a mi lado en los momentos más… La ejecutiva de ventas se sobresaltó con el golpe y se asomó a la ventana. Vio el bulto en el pavimento y, a manera de una plegaria fúnebre, se limitó a comentar: “¡Hay que ser muy bestia...! De todas maneras, que descanse en paz el pobre”. Y mientras seguía empolvándose la nariz la muy pretenciosa, especuló como filosofando: “Dios me perdone, pero de una buena nos hemos librado; a simple vista, daba la impresión de que era un cliente conflictivo. Lo caché de entradita que el loco venía en mala onda y peor frecuencia y, una vez más, la intuición no me ha engañado”.

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lugar

* Nathalie Moreno Arqueros *

EL HOMBRE QUE VOLABA Mauro andaba por la ciudad a toda velocidad en su bicicleta gris, vestido –era que no- todo de gris. Antes su madre y ahora su novia, no se cansaban de criticarle por el desdichado color de sus atuendos. A él lo traía sin cuidado la intolerancia a la tristeza de aquellas mujeres (de una de las cuales estaba pensando deshacerse seriamente. De la otra, aunque quisiera, no había cómo). Mauro cursaba el último año de su carrera, la que habría abandonado desde el primer día. Pero estaba la pensión de su padre en juego, las amenazas de la madre, los sermones del cura del colegio, el ejemplo de su hermano mayor, en fin, un tropel de gente que debía mantener a raya. Comparado con ellos, cualquier cosa era más fácil de soportar. Afortunadamente, quedaba menos de la tortura de memorizar contenidos para regurgitarlos frente al pelícano de turno. Apenas un semestre de seminario de título y la esperada práctica como diseñador que le permitiría llevarle a su madre el famoso “cartón”; aquel título profesional que, con el correr de los años, se había convertido en el salvoconducto de su libertad.

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Era martes y Mauro estaba particularmente feliz. Le aceptaron sin problemas el proyecto de título y su profesor guía lo había recibido con café y un abrazo. Por si fuera poco, asistió a una reunión en una prestigiosa empresa para coordinar la implementación de un proyecto donde él podría hacer la práctica. La reunión había sido distendida y obtuvo la confirmación para participar en la ejecución de varias tareas. Cuando salió del edificio, se cruzó con Raier, el cubano de dos metros que fue novio de su hermana, quien apenas lo miró. A Mauro le dio risa acordarse del primer y único intercambio con ese personaje por el que su hermana se derretía y que él, tratando de ser amistoso y quebrar el hielo instalado en el rostro de sus padres cuando fue presentado a la familia, lo había recibido con un “¡Ah, ¿te llamas así por el gran Rainer María Rilke?”. El mentado había mirado a Mauro como quien observa un pescado con orejas, luego de lo cual –y antes de darse la vuelta, ofendido- solo abrió la boca para decir: “Yo no me llamo María”. Todavía riéndose, Mauro fue hasta donde había amarrado su bicicleta y se sentó a fumar un cigarrillo. No fumaba mucho, pero había momentos como éstos en que le venía de maravilla. Sabía que el cigarrillo no ayudaba a pensar, pero a él sí. Miró la hora y se percató de que aún era temprano, por lo que alcanzaba a ir al terminal de buses a dejar la encomienda para su abuela (“como todo un Caperucito”, se rió). El paquete –que había armado con paciencia de monje tibetano- contenía un frasco de nutella, esa crema de chocolate que su querida viejita disfrutaba como niña, pero que no encontraba en el escuálido almacén del pueblo donde vivía. Tres Esquinas, en rigor, no era un pueblo sino apenas y literalmente, tres esquinas. Dos caminos de tierra que se cruzan deberían formar cuatro esquinas, pero no me pregunten por qué, aquí había tres y Mauro en su adolescencia, había pasado tardes enteras intrigado por aquel misterio. Su incomprensible conducta de estarse parado mirando al infinito por horas, había desconcertado a cuanto campesino se le cruzaba (después de todo, ellos estaban habituados a convivir con lo absurdo). En el paquete que Mauro preparó, también había cuatro pares de calcetines de pura lana que sabía que la harían feliz y que ella, aunque pudiera pagarlos, se negaba a comprar por considerarlos un lujo. Y lo mejor de todo, el mejor abrigo y alimento: un original libro comprado de segunda mano en el barrio de San Diego con el que Mauro había sentido escalofríos, se había enternecido hasta la médula y se había reído a morir, curiosa combinación que sabía sería el deleite de su abuela. La felicidad de los ogros, esa rara novela que tenía todo lo que una buena historia necesita para ser irresistible: ternura, humor y espanto. Mauro entregó la encomienda y, satisfecha su alma, decidió que podría permitirse disfrutar de un almuerzo de verdad en alguno de los boliches del sector. Normalmente 22


2011 comía emparedados comprados en cualquier parte (prefería los de una peruana que se instalaba a un costado de su universidad), pero hoy tenía tiempo y sobre todo ganas de darse un gusto. Pidió una cazuela, que llegó hirviendo en paila de greda y rociada de cilantro fresco picado. El garzón le acercó un pocillo con pebre acompañado de tres pancitos amasados. Untó un trozo de pan en el pebre mientras los vapores de la cazuela y la fragancia del cilantro le bañaban el rostro. Qué poco se necesita para ser feliz, pensó. Acababa de terminar de comer, cuando vio a lo lejos la silueta de Martina, una amiga de la que estaba enamorado de toda la vida. Sonrió. “Ojalá se pudiera detener el tiempo”, dijo en un murmullo para sí mismo y se levantó para hacerle señas. El amor de su vida abrió los ojos inmensos así y apuró (estaba seguro) los pasos hacia él. Le sonrió (de eso no cabía duda y cualquier transeúnte podía corroborarlo) con ojos, boca y mejillas, incendiándosele la cara como si hasta antes de que él la llamara hubiera sido un globo desinflado que, al oír su nombre (dicho por él quería creer, aunque no había forma de asegurarlo), se hubiera hinchado de alegría y se hubiera vuelto toda ella, pura alegría. Mauro quedó pasmado. No supo qué decir y, para cuando se le ocurrió, le preguntó cuatro veces cómo estaba. Le sudaron las manos, se le disparó el corazón. Al inclinarse para saludarla (Martina apenas le llegaba al pecho), volcó un vaso y las servilletas. Se sintió torpe, inadecuado, feo e indigno de ella. O sea –habría sentenciado su abuela de saberlo-, todo lo que siente cualquier cristiano verdaderamente enamorado. Martina, que cinco minutos antes escudriñaba el asfalto con el ceño fruncido como si buscara una joya perdida –cosa que de algún modo era cierta-, ahora se reía hipando. Quince minutos transcurrieron así, brevísimos para ellos y eternos para el malhumorado garzón que barría los pedazos de vidrios entre los pies de la pareja, que se reía estruendosamente vaya uno a saber de qué. Es lo más lindo que he visto, pensó Mauro, cepillando con la mirada el pelo de Martina. Lo llevaba suelto –así lo había preferido siempre Mauro-, desordenado y tan largo, que en su delirante revoloteo, alcanzaba a hacerle cosquillas a él. Ella trataba de atrapar los mechones que bailaban excitados, pero sus manos eran tan pequeñas que resultaba inútil el intento. Sin pensarlo, Mauro alzó una de sus manos, enorme, casi del tamaño de la cabeza de ella y las serpientes rebeldes de la delicada medusa se doblegaron obedientes, dejándose atrapar. Martina aprovechó el gesto y en un rápido movimiento las sujetó con un elástico. Mauro se puso triste. Si fuera por él, habría impedido tan cruel atadura. Por un segundo se permitió soñar que llegaba el día en que liberaba ese cabello de todas sus amarras y gobernaba para siempre en esa magnífica cabellera.

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Martina se quejó de su pelo. “Me encantaría tenerlo como las mujeres orientales”, dijo, “liso y pesado como una cortina”. “Tu pelo es lo más lindo que he visto”, se le escapó a Mauro. Y quedaron los dos como detenidos, como si no hubiera sido Mauro quien hablara, sino un tercero que les gritaba “¡momia!”, igual que cuando jugaban en el colegio y a más de la mitad de los compañeros les faltaba un diente. ¿Tenía algodón en los oídos? Claro que no. Pero entonces, ¿por qué Mauro no escuchaba nada? ¿Por qué el mundo, de un momento a otro, había decidido quedarse en silencio? Soñaba, claro que soñaba. Esto no es cierto, pensó Mauro. Esto no puede estar ocurriendo. La vida está allá, puedo verla fluyendo en el riel de al lado, de donde me corrí al tropezar con Martina. No cabe duda, ella me saca de mí. Siempre lo ha hecho. Me tengo que ir, mintió Martina sin saber por qué. Habló su boca, no ella, traicionándola como tantas veces. Las palabras de Martina rompieron el hechizo de las momias. Si siguieran en el colegio, habrían sido salvados por ese comentario, pero ahora a los dos les dolió salvarse. Hubieran querido perder, seguir perdiendo, con tal de estar así, tan cerca, que compartían el aliento y los ojos no se cansaban de beberse, los unos en los otros. Pero despertaron –¿o volvían a dormirse?- y se despidieron sin cruzar palabras, rozándose apenas las mejillas. Mauro salió descompuesto del callejón donde habían quedado el restaurante y los vestigios de alegría que la aparición de Martina había coronado y, al mismo tiempo, hecho desaparecer. Montó su bicicleta y comenzó a pedalear con furia como si huyera; como si fuera posible huir de los fantasmas; como si bastara encender una lamparita a mitad de la noche para hacer desaparecer los pesados pasos que escuchaba prístinos subiendo por la escalera de su alma. Siguió pedaleando con energía. Luego se enderezó y quitó las manos del volante. Le encantaba esa sensación. Sus piernas obedientes y aplicadas ejecutando una danza sincronizada y su cuerpo erguido oteando el horizonte. Sí, parecía un centauro. En su loca carrera trataba de aferrarse al mítico animal. Persiguiendo su imagen, pretendía apoderarse de su fuerza; de la fuerza que él tanto necesitaba en esta hora para deshacerse de los espectros y del sudor frío en la espalda, que le pesaba como una mochila dónde los cargara. Casi no había vehículos en la calle y la noche se dejó caer con caprichoso apuro. Mauro decidió tomar la ruta más larga hasta su casa. Cruzó por delante de la antigua cárcel y cuando casi estaba frente al bar La Piojera, lo vio. Mauro no supo por qué aquel viejo le inspiró ternura. Era un hombre pequeño, medio encorvado. Iba hablando solo y se reía cada cierto tiempo. Cada paso que daba lo hacía con cautela, como si buscara las piedras sobresalientes para cruzar el riachuelo que ha24


2011 bía en el campo de su padre, allá en Tres Esquinas. Elevaba un pie y lo dejaba detenido en el aire, tratando de encontrar el mejor apoyo, pero tanta meditación lo desestabilizaba y terminaba cayendo bruscamente. El borracho miraba desconcertado, como un niño que aprende a caminar y no entiende por qué se viene abajo. Con gran esfuerzo logró sentarse. Se palpó los pantalones húmedos de su propia orina. Su mamá lo iba a regañar por andar de nuevo jugando en el río. Para ahorrarse el castigo que le seguiría, Fulgencio decidió quitarse los pantalones para ponerlos a secar a la orilla, encimita de esa roca de forma tan rara, parecida a un grifo. Mauro se rió del hombre que tambaleando, trataba de bajarse los pantalones. Disminuyó el ritmo de sus pedaleos para mirarlo mejor. Después de todo, resultaba una buena distracción. Repentinamente, como si lo hubieran llamado por su nombre, Fulgencio se enderezó y se quedó contemplando a Mauro que, del otro lado de la calle y de brazos cruzados, se desplazaba como flotando. La nube que habitaba en las pupilas del anciano no le permitió ver la bicicleta sobre la que iba Mauro. Solo veía a un hombre que era todo lo que él había deseado en la vida: un hombre que volaba. El borracho empezó a aplaudir y a reírse apuntando a Mauro. “¡Está volando, está volando!”, gritaba como si quisiera que el mundo despertara y viera lo que sus cenicientos ojos celebraban: un hombre cruzando la avenida moviendo las piernas en el aire. “¡Yo también sé volar!, ¡yo también sé volar!”, decía, mientras daba tumbos y aleteaba torpemente. A Mauro el terror le erizó la piel. Aguantó la respiración, sobrecogido frente a ese anciano con los pantalones abajo que dejaba las consumidas piernas a la vista. Piernas macilentas, violáceas, de huesos chuecos que revelaban ser los precarios sobrevivientes de una cruel enfermedad (Mauro no se equivocaba: Fulgencio había padecido la temprana dentellada de la poliomielitis; hiena cruel que Fulgencio, aun a sus avanzados años, todavía escuchaba reírse cada cierto tiempo). Sin pretenderlo, ese viejo que agitaba sus brazos de arriba abajo, cayéndose y volviéndose a parar, fracturaba a Mauro en lo más profundo de su ser. El doloroso destello le pareció una mano que con violencia volvía de revés a la realidad y dejaba en carne viva las heridas de ese tejido; las huellas donde los puntos perdidos habían sido enmascarados con una costura. Ese anciano era una costura. Ese anciano borracho intentando volar era la encarnación de un grosero zurcido; la burda sutura de una vida que no había sido. A Fulgencio se le desgarraba la garganta a cada grito y no cejaba en el absurdo afán de remontar vuelo. Para cuando logró pararse de la enésima caída, se iluminó. “No se me puede ir, no se me puede ir”, empezó a decir una y otra vez para animar su cuerpo que comenzaba a flaquear y emprender una carrera para abrazar a Mauro, que no creyó lo que veía: un borracho descontrolado que, de brazos abiertos, se abalanzaba sobre él.

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El choque sonó como el de un huevo contra el piso. Mauro, salvo una leve magulladura, salió ileso. El anciano, cascarita frágil, sangraba profusamente. Temblando de pies a cabeza, Mauro se acercó. “Imbécil, imbécil”, le gritaba al borracho agarrándolo de la solapa. El anciano abrió los ojos con las sacudidas y sonrío. “Yo lo vi volar”, murmuraba incansable la lengua torpe que trataba de abrirse camino entre borbotones de sangre. Mauro, intentó levantarlo, mientras Fulgencio luchaba con ese río que amenazaba con llevárselo. Pero fue inútil. Más que hombre, Fulgencio parecía una gaviota herida que hubiera perdido su mar y agonizaba empantanada. “Después de la Carmencita, usté es lo más lindo que he visto”, fue lo último que alcanzó a entender Mauro antes de que la voz se ahogara, arrastrada por la corriente. Dos días más tarde, la abuela de Mauro recibió el aviso de que le había llegado una encomienda. Se arregló como si fuera su cumpleaños y canturreando, salió de su casa. Caminó un buen trecho a paso vigoroso, ansiosa de alcanzar cuanto antes la vía principal por donde pasaba la micro que la llevaría hasta Chillán. Al llegar a la ciudad aún no se apagaban sus jadeos, pero no le importó. Pasó al terminal de buses y retiró el paquete que le había enviado su nieto. Con el regalo bajo el brazo, fue al mercado. Compró aceite, harina de avellanas, La Discusión, periódico local, y El Mercurio de Santiago, el que en realidad no leía: solo paseaba los ojos por las fotografías como frente a un álbum de laminitas pues, mirando lo que su nieto miraría, sentía que lo tenía más cerca. Entonces vio la noticia. Ése que le tiraba las trenzas si se descuidaba, ése que le dejaba en su banco de la escuela medio pan con chicharrones, ése que se peleaba por ella hasta que invariablemente terminaban rompiéndole la cara, ése que nunca se atrevió a hablarle, ése que en los recreos jugaba solo, emprendiendo carreras bizarras mientras agitaba los brazos queriendo volar (¿por qué Dios no lo había hecho pájaro?), ése que día por medio llegaba con los pantalones mojados y se burlaban de él diciéndole que se había orinado, ése a quién el frío había vuelto viejo a los nueve años, dejándole costras en las mejillas y manos ajadas que a veces sangraban, ése que después de la muerte del padre nunca más volvió a la escuela y lo veía a lo lejos acarrear ovejas, ése al que sólo una vez había visto llorar cuando la profesora le puso un siete en su cuaderno y les dijo a todos que deberían ser como él, y él se desplomó como chincolito herido por aquella caricia intolerable en su cuerpo acostumbrado a los golpes. Ése, Fulgencio Rivas Rivas, había muerto tirado en la calle.

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GANADORES *2010*


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* Víctor Hugo Bascur *

TRABAJO DE HERMANOS

Historias de azar y coincidencias suceden todo el tiempo. Magnolia Génesis 4-11

18 de diciembre, 18:28 hrs. Trataré de repasar por última vez los hechos, antes de perder toda conciencia. Estoy tirado en medio de mi habitación, a pocos segundos de conocer lo que siempre me había intrigado: la muerte. En este estado, mis recuerdos son muy claros y precisos, como una cámara de video, sin embargo, sigo sin entender un par de cosas. La habitación está en completo silencio, pero se produce un quiebre. Es mi hermano, Jorge, que ha entrado. Si tan solo hubiese entrado un par de minutos antes, todo habría sido diferente, pero ya es demasiado tarde. 29


18 de diciembre, 15:07 hrs. Ingresé a mi casa con un solo propósito: sacar el dinero que escondía en mi habitación. Entré en ella e inmediatamente busqué los zapatos de colegio que aún conservaba. Tomé el zapato izquierdo y saqué los billetes de su interior. Estaba nervioso, la imagen de Cristo en la pared me desesperaba, parecía enjuiciarme en secreto. Tenía miedo. En unos instantes ocuparía todos mis ahorros y no precisamente en donaciones cristianas. Volví a mirar la foto y juro que la escuché amenazarme. Esto me aterró y me hizo pensar en la infantil idea de taparla con una calcomanía. Ahora me parece ridículo, pero en ese momento fue una gran idea porque me tranquilizó. Así que salí de la habitación con el problema resuelto. Cerré la puerta y le puse pestillo. 18 de diciembre, 16:36 hrs. Llegué al estacionamiento con seis minutos de retraso e inmediatamente busqué el Hyundai Accent que Diego, el cuidador, me había señalado. Estaba en el lugar 53-C y parecía llevar bastante tiempo estacionado. Entré en él y estaba Alejandro, el contacto que me habían presentado un par de semanas atrás. Me preguntó por el dinero y al entregárselo abrió la guantera del auto y me pasó una bolsa Ziploc. Tomé la bolsa y la examiné por un momento. Nada me había parecido raro, hasta que la abrí y descubrí el engaño. Sin perder la calma, le tendí mi mano derecha como despidiéndome, mientras con mi mano izquierda sacaba mi cortaplumas suiza. Alejandro, sin darse cuenta, me correspondió el saludo y yo aproveché para jalarle el brazo y apuñalarlo en el estómago. No sabría explicar de dónde vino el cuchillo que me cortó en el brazo izquierdo, pero sentí el dolor más grande de toda mi vida. Devolví ese dolor enterrándole el cortaplumas con todas mis fuerzas, más y más adentro, hasta que Alejandro dejó de dar pelea. Tomé el dinero y salí rápidamente del auto corriendo en una sola dirección: mi casa. 18 de diciembre, 15:16 hrs. Sales de tu habitación y caminas hacia la cocina. Una vez ahí, abres el estante que está bajo el lavaplatos y tomas un frasco azul. Giras en 180 grados y sales por la puerta de la cocina, ingresando inmediatamente al living. Miras la mesa del teléfono y te sorprendes al no encontrar tu llavero. Revisas la libreta azul y tiene muchos mensajes anotados, pero no los lees, porque ya has decidido lo que harás durante el resto del día. Sigues buscando tus llaves, pero no las encuentras, así que decides ir a la habitación de tu hermano a buscarlas. Al llegar a la puerta, te das cuenta de que está cerrada con pestillo, así que lo giras, cómo lo hacías cuando eras un niño y entras. Ves las llaves 30


18 de diciembre, 18:23 hrs. Ingresé a mi habitación, sacándole el pestillo a la puerta, justo como la había dejado. Empujé la puerta hacia atrás de una patada y ésta se cerró. Estaba asustado y mi corazón todavía latía con desesperación, lo que me impedía coordinarme. Rápidamente, busqué uno de mis zapatos e introduje el dinero en él. En ese momento, sentí una violenta punzada en mi brazo izquierdo, lo que me hizo recordar mi profunda herida. El miedo se hacía cada vez más dueño de mis acciones y fue así como decidí curarme solo. Para ello, saqué una toalla de mi clóset y la usé para envolver fuertemente mi brazo cubierto de sangre. El resultado no fue muy eficaz ni esperanzador, lo que, sumado al enervante silencio que me rodeaba, desencadenó en mí un ataque de pánico. Recordé entonces cómo mi madre me cantaba para tratar de tranquilizarme en las noches de miedo. Encendí mi equipo de música y comencé a escuchar el CD de Faith No More, que mi hermano generosamente me había regalado. Reconozco que la voz de Mike Patton no se parecía nada a la de mi madre, sin embargo, causaba el mismo efecto anestésico. Entonces fue cuando subí el volumen hasta el máximo, hasta lo inconcebible y me aseguré de prender correctamente uno de mis nuevos inciensos para tranquilizarme un poco. Pero esa tranquilidad nunca llegó, al contrario, se desvaneció junto al resto de mis fuerzas. Mi vista comenzó a nublarse mientras la habitación giraba a mi alrededor, como si estuviera bailando con Midlife Crisis. Poco a poco, la voz de Mike Patton comenzó a desvanecerse junto a mi escaso equilibrio, como si ambos agonizáramos de la misma forma. Fue justo en ese momento cuando comprendí que todo era demasiado tarde, justo cuando miré la imagen de Cristo, totalmente diferente a como la había visto en la mañana. Esta vez sus ojos eran… eran inexplicables y su mirada se sentía como mil puñaladas. Traté de evitarla y concentrarme en algo tan inofensivo como el pestillo abierto de la puerta, pero éste comenzó a girar solo, así que corrí y traté de sujetar la manilla con toda la escasa fuerza que me quedaba. Las imágenes explotaron dentro de mi cabeza: pude ver el cuerpo de Alejandro mojándose en la lluvia. Pude ver la imagen de Cristo apuntándome con su mano. Sentí ruidos, golpes en las paredes y gritos lejanos. Hasta que de un momento a otro, todo estuvo callado y oscuro. Entonces, prendí uno de mis fósforos para mirar nuevamente la imagen de Cristo. Me acerqué lentamente para que no se apagara, sin saber la sorpresa que me llevaría al mirar esa 31

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que están sobre el escritorio junto a una caja de inciensos y las tomas. Cuando estás saliendo de la habitación, te das cuenta de que la imagen de Cristo ha sido tapada con una calcomanía. La sacas. Piensas en este acto, pero lo olvidas rápidamente, mientras cierras la puerta. Caminas un par de pasos y recuerdas que la puerta estaba cerrada con pestillo cuando entraste. Vuelves y reparas tu error.


maldita foto, que me asustaría hasta el punto de hacerme retroceder y golpearme la cabeza contra el borde de mi cama. 18 de diciembre, 16:04 hrs. Llegas al estacionamiento subterráneo de la Plaza de Armas. Buscas el Hyundai Accent color verde de Alejandro y luego de un par de segundos, lo encuentras. Está estacionado en el lugar 53-C, a solo unos metros de distancia. Te acercas a la puerta del piloto y la golpeas tres veces. Caminas frente al auto y llegas a la puerta del copiloto. La abres y entras. Se produce un silencio que te parece durar una eternidad. Estás ahí con una persona de total confianza, pero no puedes relajarte. Estás inseguro, así lo demuestra el frío sudor que baja por tu frente. Tiemblas, como si fuera la primera vez que te encuentras en esta situación, mientras tu paranoia hace que recorras constantemente el lugar con la vista. Piensas en lo ridículo de tu desconfianza y decides empezar con el rutinario plan. Sacas el frasco de tu bolsillo derecho y lo abres. Viertes su contenido en la bolsa Ziploc de Alejandro y se la entregas. Sacas el dinero de tu bolsillo izquierdo y lo guardas en la guantera del Hyundai. Tomas tu frasco vacío, te despides de Alejandro y abandonas el automóvil. Caminas hacia Diego, el cuidador de turno y le das el acostumbrado “impuesto al silencio”. Él asiente y tú te tranquilizas. Sales del estacionamiento, mientras piensas en que deberías dejar de pagarle a Diego por su silencio, después de todo, no es un delito pasarle bicarbonato a alguien. Al contrario, deberían darte un premio por toda la cocaína falsa que les has vendido a esos estúpidos universitarios de primer año, que se consideran expertos consumidores. Luego, piensas que es mejor estar tranquilo en ese estacionamiento, así que le quitas la importancia a tu problema. Sales y botas tu frasco de bicarbonato. 18 de diciembre, 18:26 hrs. Entras a tu casa. Está fría e impregnada de un olor ajeno a las antiguas paredes de hormigón. Cierras la puerta y comienzas a subir las escaleras con tu pie derecho. No lo haces por superstición, sino porque lo has hecho así durante doce años. Todos los meses, cuatro veces por día. Llegas a la puerta y la abres, mientras tu rodilla empuja hacia arriba la pesada madera de roble. Increpas a los que hicieron tu casa, o mejor dicho, la casa de tus padres. Cada falla, cada grieta en las murallas, crees, es producto de la escasa supervisión hacia los maestros constructores. Sonríes sarcásticamente al pasar por tu cabeza la palabra “maestros”. Entonces, el olor extraño se hace insoportable y se te ocurre justificarlo como una emanación de los inciensos que tu hermano, Javier, encargó hace quince días a Jamaica, por medio de la revista Flow. Dejas tu pesado llavero 32


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sobre la mesa del teléfono, mientras revisas los mensajes que tu hermano ha anotado amablemente en la libreta azul que está sobre la guía telefónica. Sientes una distorsionada melodía semejante a la de Midlife Crisis, canción de Faith No More, grupo del que fuiste un incondicional seguidor y que más de algún escupo tuyo recibió en el Monsters of Rock. No hay duda alguna, la melodía armónica llevada al extremo por Mike Patton viene de la habitación de tu hermano, quien ha recibido tu preciado Angel Dust y lo ha convertido en su adicción. Caminas por el pasillo y llegas a la puerta de su habitación. Tomas la manilla y giras el pestillo, que tu hermano mantiene siempre cerrado, pero no puedes abrirla. Entonces golpeas y gritas, pero nada. Tu hermano no da muestras de su evidente presencia. Sigues golpeando, ahora con más fuerza y te encoleriza saber que tu hermano no quiere abrir la puerta. Él está adentro, eso lo sabes, por los inciensos prendidos. Golpeas, pateas, gritas. Pero nada. No hay respuesta alguna. Existen dos posibilidades, piensas, y tratas de razonar mientras inspiras hondo para tratar de tranquilizarte: tu hermano puede estar muy enojado contigo por no querer acompañarlo a comprar su polera de Fantômas, donde tu ex compañero de curso y ahora único dueño de la tienda “La casta negra”. O la segunda opción, aunque demasiado absurda, la música de Faith No More, escuchada a un volumen inconcebible, aleja a Javier de cualquier manifestación del mundo real. De cualquier manera, la solución es una sola, aunque un poco exagerada. Giras en 180 grados y caminas hacia el panel de la electricidad, ubicado a un par de pasos de la puerta de entrada. Llegas y abres su tapa protectora. Bajas el switch de la corriente e instantáneamente la voz de Mike Patton desaparece. Giras nuevamente en 180 grados y caminas hacia la habitación de tu hermano. Te detienes frente a su puerta y la empujas de una patada.


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* Pedro Mora Sánchez *

EOLO El Jota vivía en el primer piso del block y yo en el cuarto. Los edificios quedaban a un costado de la carretera en la periferia de la ciudad y por ese entonces yo tenía doce. Como no había mucho que hacer, lo mejor era estar todo el día en la calle a hacerse el mundo. Íbamos a tirarle piedras a los buses que pasaban raudos y luego de las pichangas competíamos sobre quién meaba más lejos. A lo lejos, en las noches se veían pasar luces en el horizonte. Eran los autos que se dirigían a la costa o entraban a Santiago. También camioneros a los que les sacábamos el dedo y respondían con una sacada de madre para después alejarse y no volverlos a ver. Para hacer el cuadro más claro, estábamos rodeados de sitios eriazos, pastizales secos con basura acumulada a los pies de las pasarelas. Una vez encontramos un murciélago muerto y el Jota, que no hablaba mucho (la verdad nunca decía nada), dijo que vivían de chuparle la sangre a los perros y a las ratas, que quizá éste murió de hambre. Encontré un palo con punta filuda y lo atravesé con él, un anticucho de murciélago. Corría34


Llegaba agosto y era buen tiempo para empezar a elevar volantines. El Jota y yo encumbrábamos a veces, pero pasábamos más tiempo a la pesca de volantines. O a la pescá. Nos conseguíamos cañas de más de dos metros con el viejo de la ferretería y salíamos a cazar volantines que se habían ido cortados en las comisiones. Como el sitio eriazo era grande, otros niños de las villas cercanas venían a encumbrar al lugar que considerábamos nuestro patio. Esto comprendía toda la llanura detrás de los blocks hasta llegar a la autopista. Todo eso era nuestro y lo justo era que lo que cae en nuestro patio se queda en nuestro patio. -Y si no te gusta, te vai pa otro lao poh weón. Uno de ellos (el grande) nos quitó los volantines de las manos y se fue a paso seguro dándonos la espalda. La próxima vez que volvió lo esperamos con una escopeta hechiza de cañerías de fierro que era del papá del Jota. Fue su última vez. Éramos temerarios para todo este asunto de cobrarse volantines. O muy valientes o muy estúpidos, pero lo éramos a nuestra manera. Los rescatábamos de los cables, nos subíamos a las torres de alta tensión, esquivábamos los autos cuando caían en medio de la carretera, debajo de la pasarela, en los árboles, en fin. Chilenitos. Pavos. Ñeclas. Chupetes. Pandorgas. Jotes. Nuestra pequeña colección comenzó a crecer de a poco. Las cañas nos estaban dando una pequeña fortuna en reventa de volantines y los anteriores dueños a veces volvían a comprar sus volantines perdidos. Nos miraban feo, pero así era el negocio. Esos días tenía los bolsillos llenos de monedas de cien pesos. En ocasiones el Jota se esmeraba incluso en rescatar los volantines rotos y destripados, despegaba el papel de los tirantes y los guardaba por separado. Con el tiempo me em35

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mos con el animal en el aire tratando de hacerlo volar otra vez. Se lo acerqué a la cara al Jota y me respondió con una patada. Cuando peleábamos a puños, de vez en cuando, imaginaba que vistos desde la pasarela deberíamos ser dos siluetas que se revuelcan en el pasto y la tierra, como animales de la selva peleando por el territorio o un trozo de carne. Al terminar, era como si nada hubiera pasado, el silencio o el calor de la tarde nos hacían ver que no tenía mucha importancia. Terminaba cuando nos cansábamos o cuando los golpes ya empezaban a doler de verdad. El Jota, como siempre, permanecía callado. Con él hacía todas las cosas, todos los días.


pecé a dar cuenta de que no le importaba la plata tanto como a mí. Mientras yo quería un walkman que había visto en una tienda del centro, él tenía un interés oculto en su cuidadosa forma de tratar los volantines rotos y hacerles la autopsia. Cuando lo iba a buscar a su casa, desde su ventana se alcanzaban a ver restos de papel y tirantes amontonados. Se querrá dedicar a eso, imaginé. Seguimos con la micro mafia de los volantines hasta que el Jota comenzó a llevarse toda su parte de los rescatados como un tesoro y yo vendía mi parte como siempre. Con el tiempo me empecé a aburrir porque ya se estaba acabando la temporada y el calor se hacía cada vez más inclemente. Un día me pidió que le regalara mi caña de rescatar volantines y como ya todo importaba poco, se la cedí. Volvimos a lo de antes, a no hacer nada. Ese verano el Jota se consiguió una llave de cruz para abrir el grifo de la esquina y con el agua llegaron familias enteras a mojarse. Nosotros estábamos sentados frente al grifo viendo a los demás que, dentro de todo su jolgorio, eran ajenos a los autos y a las viejas de los blocks, las que desde sus ventanas se quejaban del agua que quedaba por toda la cuadra. El cielo tenía ese día un particular azul intenso sin nubes. El agua llegó hasta un montón de basura apilada en bolsas plásticas, rotas días antes por los perros y desde allí, flotando por la orilla de la calle, llegó cerca de nosotros un pájaro muerto. El Jota se quedó por largo rato mirando el cadáver flotante del ave con sus plumas mojadas y su único ojo visible, abierto, mirando al infinito. Algo había descubierto en él o lo estaba descifrando. Estaba lejos de los ladridos y los gritos de los niños. El pájaro (o su muerte) se lo llevó a otro lugar. Lo tomó con la mano, dio media vuelta y se fue, dejando su llave de cruz por ahí. Al día siguiente fui a buscarlo a su departamento. Nadie contestó. Volví al otro día. Tampoco. Me puse a esperarlo sentado frente a su puerta hasta que tuve que irme al colegio. Por la tarde, ignorando la clase, me preguntaba que había pasado con él y con el pájaro. Qué mosca le había picado. La verdad era que no había mosca alguna, por la sencilla razón de que el Jota solía ser así: de pocas palabras y de pocos amigos. El callarse era su forma de hacerle frente al mundo; no molestaba a nadie y nadie se metía con él. Nunca hablaba de los suyos. Solo sabía por terceros que vivía con su papá y su hermano mayor, que ambos habían pasado un tiempo a la sombra por robarse unos camiones con materiales de construcción en Estación Central y los hicieron desaparecer. Puf. Ahora están, ahora ya no están. Quizá fue algo más complicado que eso, entre los muros de los blocks se decían tantas cosas que todo era mentira o nada lo era, sin medias tintas. Pero esos cuentos, como otras cosas, se olvidan con facilidad. Lo seguro es que el papá era peoneta de un local de muebles y el hermano mayor, rara vez llamaba 36


De eso fue como un mes. Un día, volviendo de comprar pan, se me ocurrió ir a buscarlo. Estaba en su patio. Se abrió la puerta hecha de planchas de zinc y apareció él del otro lado, sin polera, lleno de plumas y manchas que parecían ser cola fría. -¿En qué estai? -pregunté. Se encogió de hombros y me franqueó la entrada. A su paso dejaba ver restos de papel, mucha cola fría por el suelo y palomas muertas colgadas de ganchos en los muros. Sin plumas; las había faenado. Las moscas se estaban dando un banquete. Había muchos restos de papel volantín de varios colores, algunas varas de mimbre y un balde de plástico lleno de plumas. Y en el centro del patio de tierra, un armazón de cañas y varas que tenían la forma de un pájaro o un pterodáctilo. O un avión improvisado. Un amasijo de palos, papel, grumos y plumas unidos con pitilla. Bajo las alas reconocí mi vieja caña de pescar volantines. Apestaba a pegamento y a descomposición. -¿Qué es eso? -murmuré con la mano en la nariz. -Quiero hacer que vuele, pero no la he probado -contestó sin mirarme, mientras caminaba alrededor de él. Se detuvo a raspar con la uña unas marcas que parecían ser sangre seca pegadas en un costado. Dentro de lo peor, ojalá que sea sangre de paloma, rogué. Al parecer, se había esmerado todo este tiempo en hacer al plumífero empapelado ése, por eso las ausencias y los volantines rotos cuidadosamente rescatados. O lo que viene al caso, reciclados, reencarnados. -¿Y vuela? -dije en tono de broma pero me arrepentí de inmediato. -Mañana vamos a ver en el peladero -dijo por toda respuesta y fue adentro a buscar más pitilla. Yo entendí con esto dos cosas: que debía ayudarlo a llevar esa cosa al sitio eriazo al día siguiente (porque tal era su forma de pedir favores) y que estaba ocupado y había que retirarse. El pan se me estaba llenando de moscas. A la tarde siguiente, llevamos su armatoste al sitio eriazo. A pesar de que fuesen solo palos y papel, pesaba un poco más de lo que creía. ¿No se supone que debería estar algo más liviano para volar? Las plumas se me pegaban en la ropa y en la piel, combinado con el pegamento que en cada momento parecía aumentar su hedor. Las alas estaban rígidas a lo largo de su diámetro, así que supuse que con algo de fe podría planear y que la idea no era tan descabellada. Lo llevamos a la base de una de las torres de alta tensión y dijo que 37

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o llegaba a la casa. El Jota podía pasar días en la calle y nadie parecía notar su ausencia. Yo, por mi parte, me empecé a distraer, a conocer y desconocer mujeres en el colegio y dejé de salir a la calle durante un tiempo.


se subiría con el pájaro a cuestas, hasta la tercera separación, esquivando el cercado de alambres de púas. Dicho y hecho. De nuevo ese día el cielo era de azul intenso, sin nubes. Subiendo por la torre, el Jota parecía un ángel, un ángel de alas negras y papel que le costaba trabajo pasar sobre el alambrado. Comenzó a correr algo de viento. Se sentó en una de las vigas de la torre y con las manos en alto sujetaba al pájaro. El viento comenzó a aumentar. No supe para dónde mirar. O al pájaro que parecía dar tumbos en el aire o al Jota que estaba mal apoyado y resbaló cayendo sobre el alambrado horizontal, para luego rebotar y volar por los aires. De cabeza, como los clavadistas, en una caída libre de quizá más de diez metros. El pájaro se mantenía en el aire como si la cosa no fuera con él, atravesando el océano de pastizales y su sombra se proyectaba diminuta, metros más allá, planeando hacia la carretera. El Jota llegó al suelo levantando una humareda de polvo y paja. El pájaro comenzó a dar vueltas en el aire y en picada cayó cerca del bandejón central de la autopista. El Jota estaba de espaldas a mí, con la pierna izquierda flectada y uno de sus antebrazos en la espalda. Seguía corriendo viento. Las plumas del pájaro se movían temblorosas y de a poco comenzaron a despegarse. El Jota seguía inmóvil. Pasó una camioneta a toda velocidad por su costado y una explosión de plumas y papel volaron a lo largo. La camioneta se frenó de golpe, estuvo por unos instantes detenida y luego prosiguió. Acordarme es presumir que todo fue en cámara lenta. El Jota se quedó hasta el día de hoy en ese sitio. Pero como uno se hace viejo a veces se acuerda de cosas que la distancia del tiempo nos hace querer creer como pasaron. Que el Jota se levantó sacudiéndose, quizá con uno de los hombros dislocados o una pierna rota. Con heridas producto de su rebote con los alambres que le cobraron el costado y parte baja de la espalda. Que una mancha quedó en el lugar donde había aterrizado. Que transpira mucho y en su cara cubierta de pasto, creo ver ojos pequeños con lágrimas, quizá por la tierra en los ojos. Eso es. Que alguna vez lo hubiera visto llorar. Pero nunca vi lágrimas en él. Y estamos los dos solos, en silencio a los pies de la torre por un rato y deja de correr viento. El Jota mirando a lo lejos, a lo que queda de su pájaro y yo mirándolo a él. Y recién ahí me empieza a dar miedo, cuando está por caer la noche.

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* Alicia Fontecilla Aravena *

PUESTA EN ESCENA I Trató de concentrarse mientras inspiraba profundamente. Algo se le escapaba, no lograba introducirse en el espíritu del personaje. Volvió a repasar el guión. No era su primera vez, ya había tenido que representar a un asesino anteriormente, con excelentes resultados; solo tenía que dejar salir tantas sombras que le bullían por dentro. La pasión y la ira cobraban vida de manera intensa en su rostro anguloso de rasgos tallados a cuchillo, en los ojos negros de mirada incisiva, oscurecidos por siniestras ojeras, resaltadas diestramente con el maquillaje. Poco a poco lo invadió el desaliento que estos últimos meses se había vuelto habitual. Suspiró mientras los pensamientos que trataba de evitar a toda costa lo sumían en una espiral de angustia. No pudo dejar de recordar los sacrificios que había hecho por de-

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dicarse a su profesión. Cuando tuvo que decidir, siempre había optado por su carrera, dejando de lado el amor y la familia. Cuando la depresión parecía alargar sus garras, destrozando la última partícula de voluntad que le quedaba, una idea salvadora acudió a su rescate ¿Cómo no se le había ocurrido antes? La manera más óptima de introducirse en el alma de un personaje era conociéndolo en persona. Tendría que investigar de qué forma podría entrevistarse con algún recluso que estuviera purgando condena por asesinato en la cárcel. Con el tesón y la maña que lo caracterizaban, consultó canales regulares y no tan regulares hasta conseguir su objetivo. Al término de tres semanas se las había amañado para concertar la tan anhelada cita. Al enfrentar al presidiario, le llamó fuertemente la atención el gélido azul grisáceo de los ojos que proyectaban una mirada de penetrante frialdad. Cuando le expuso el motivo de la entrevista, el asesino esbozó una mueca que podría haber parecido una sonrisilla irónica, pero su respuesta fue amable. El tiempo transcurrió lentamente. Su idea original de que iba a enfrentarse con un hombre rudo, un sangriento homicida, se diluyó ante la inteligencia y educación de la que hacía gala el recluso, el que parecía más bien un intelectual universitario que estuviera pagando las culpas de otro en ese lugar. A medida que los días pasaban, se producía un fluido intercambio de información entre los dos. Averiguó muchas cosas de la vida pasada del hombre, su familia, su infancia, el delito que había perpetrado y que le había valido el castigo de cadena perpetua. Se enteró de que, para aligerar el aburrimiento crónico de las horas vacías en la cárcel, se dedicaba a diversos estudios. Entre otros, había leído varios textos sobre ocultismo y magia negra que había encontrado muy interesantes. Sutilmente, el asesino le sonsacó, casi sin que se diera cuenta, muchos detalles sobre su vida, su carrera como actor, su familia que, después de la muerte de su padre, era casi inexistente: se había divorciado y la relación con su hija era tirante. En ocasiones, cuando el ciclo depresivo lo hundía en la negrura más espesa, pensaba que nadie lo echaría de menos si muriera. Cuando llegó el último día de visita, al levantarse de su asiento para despedirse, el asesino le ofreció amistosamente la mano derecha, que permanecía encadenada a la 40


Cuando sus dedos hicieron contacto, el homicida le sujetó fuertemente la mano. En ese instante el actor sintió como si una descarga eléctrica lo recorriera de extremo a extremo, distorsionando la realidad al tiempo que la respiración se le angostaba en un silbido de urgencias. Su cerebro comenzó a ser invadido por una densa neblina, mientras su cuerpo convulsionaba. Se horrorizó al ver que el asesino se inclinaba sobre él, succionándole vorazmente la mente a través de los fríos ojos azules que le perforaban el alma. Todavía le quedaba un hálito de conciencia cuando el guardia carcelario le propinó un brutal golpe en el cráneo. Alcanzó a levantar las manos, unidas entre sí por una gruesa cadena, en un instintivo e inútil gesto de autoprotección antes de caer sin sentido al suelo. II Una semana después, el día transcurría con lentitud en las salas de enfermería de la cárcel. Al lado de una ventana protegida por gruesos barrotes, un hombre encadenado a su cama gemía y se retorcía de manera alternada. Tenía un grueso vendaje en la cabeza que le cubría parcialmente el rostro. Sin mostrar mayor interés, la enfermera a cargo lo vigilaba displicentemente, mientras seguía al detalle la noticia que entregaba a esa hora la televisión: se había producido un extraño incidente durante una función de teatro. Al parecer, un actor que debía encarnar a un asesino había utilizado un arma verdadera, en vez de la pistola de utilería que le habían entregado, provocando la muerte del protagonista de la obra. Posteriormente, se había dado a la fuga y toda la policía lo estaba buscando. Un gemido que fue casi un grito llamó la atención de la enfermera, se acercó con cautela al prisionero que abrió los ojos desmesuradamente fijándolos en la pantalla de la televisión. La mujer se asustó ante la expresión de absoluto terror que detectó en su mirada. Súbitamente, el monitor cardíaco comenzó a emitir un agudo y angustioso chirrido que tomó por asalto el antiséptico silencio del recinto asistencial. Apartándose con rapidez, la enfermera apretó el botón rojo de emergencias.

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izquierda y, aunque sabía que no debía hacerlo –le habían advertido sobre la prohibición del contacto físico-, no quiso parecer reticente ante este hombre que le había prestado una ayuda tan valiosa. Alargó la suya emulando ese gesto fraternal con que el ser humano ha manifestado camaradería desde el principio de los tiempos.


Pero ya era demasiado tarde para el hombre encadenado. Cuando el equipo médico se hizo cargo, el cerebro tableteaba sus últimas pulsiones eléctricas, boqueando como pez fuera del agua por falta de oxígeno, mientras el alma se le deslizaba a borbotones fuera del cuerpo. Finalmente, desconectaron las máquinas y el silencio volvió a imponerse bruscamente en la escena. Tarde en la noche, cuando el cuerpo del presidiario se enfriaba en la morgue de la prisión la enfermera, al ordenar las fichas, se topó con la del fallecido. Al revisarla se sintió confundida: estaba muy segura de que el hombre que acababa de morir tenía una mirada profunda y oscura como noche sin luna, sombreada aún más por las violáceas ojeras que le endurecían el rostro. Pero en los antecedentes que acababa de leer se indicaba que el recluso tenía los ojos azules. La mujer reflexionó unos instantes ante esta paradoja, pero sin ahondar demasiado, se encogió de hombros y devolvió los papeles a su lugar, lo más probable es que hubiera habido un error en el ingreso de los datos. Encendió nuevamente la televisión, no podía perderse su telenovela favorita que comenzaba a esa hora.

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GANADORES *2009*


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* Juan Muñoz Veillón *

EL JUEGO DE CARTAS A oscuras, apenas alcancé a abrir la ventana del dormitorio antes de doblarme a vomitar con incontenibles accesos. Respirando trabajosamente, me senté al borde de la cama, el pijama empapado en sudor y un vago presentimiento de haber abusado de mi suerte. El impasible rostro de la luna guiaba la noche de junio y agradecí la bocanada de frío que me fue devolviendo la conciencia. A mi lado, la Dorita dormía a sobresaltos y no quise despertarla. Me dolía mucho el brazo izquierdo, el corazón quería escapárseme y la cabeza me giraba de adentro hacia afuera. Me dije que esto iba en serio, que debía ir al baño a ponerme la pastillita salvadora bajo la lengua. Apoyándome en el velador, me levanté. Mis piernas temblaron y ese simple ejercicio agotó mi respiración. Estaba mal, peor que otras veces.

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A tientas, arrastrando los pies, tratando de respirar profundo y de no caerme, empecé a rodear la cama pensando en el baño que, gracias a Dios, estaba unos metros más allá por el pasillo. Mientras avanzaba penosamente, las contracciones del estómago me devolvían el refrito de los tragos (demasiados tragos). Por el torbellino de mi cabeza cruzaron las sinopsis de los abrazos (demasiados abrazos) y, ¡oh Dios!, la patriada del tango que mi hermana interrumpió indignada por lo que consideró un exceso de mi parte, “uno más de tus desatinos”, gritaba histérica y, apagando la música, desarmó la fiesta y desató el avispero de los malos entendidos familiares, que no deberían ocurrir, pero que ocurren... Y al final, ¿de qué sirven todas esas discusiones, si no es para ofenderse mutuamente? ¡Y tomárselo todo tan a pecho, digo yo!, si solo se trataba de amenizar la fiesta, de darle un aire, no sé, más juguetón. Pero nadie lo entiende a uno, aunque sí haya que entenderlos a ellos, porque antes a la hora de los brindis y los discursos, por muy primogénito que uno sea, no te escuchan, conversan y se ríen, aunque sea el único momento solemne de la celebración. Entonces pareciera que a nadie le importa que cumplas cincuenta años de vida y veinticinco de matrimonio a la vez. Y como ya no están los papás –y muy especialmente la mamá, que siempre exigía un mínimo de respeto para su regalón- asoma esa falta de humor increíble, esa especie de envidia encubierta, solapada, que comienza con recriminaciones del tipo de mídete un poquito en el trago, oye, y no exageres con esa niña, mira que es colega de tu hermana, lo que definitivamente, no es más que el resentimiento por verte feliz... Y unos se van indignados, otros se disculpan por la hora y nadie goza plenamente, salvo la Dorita y yo que, para variar, terminamos brindando solos... ¡Ay, madre!, si al menos agradecieran el sacrificio que se hace por reunirlos... Al llegar al baño, encendí la luz y no encontré nada. La antigua sala, con sus altos muros orlados por cerámicas francesas y las baldosas en blanco y negro a mis pies, estaba completamente vacía. El botiquín con los remedios había desaparecido y no había allí ningún artefacto, ni siquiera se advertían las huellas de las cañerías del lavamanos de mármol o de la gran tina de loza rosada. Pensé que alucinaba, que mi estado crítico podría estarme jugando una mala pasada, porque todo mi cuerpo era una náusea, una desazón que me forzaba a buscar alivio. Ya no sentía mi brazo izquierdo y sabía que eso era muy delicado, que debía estabilizarme a como diera lugar. Aturdido, un pálpito de ansiedad puso la imagen del jardín en mi cerebro. Ese paraíso de árboles y flores en que mi madre transformó el enorme patio de la casa. Fue como una orden interior, como un presagio de que allí encontraría alivio: debía ir a tenderme en el pasto mojado de junio y de cara a las estrellas, en la misma noche en que había nacido cincuenta años atrás, nacer de nuevo. 46


Cuando llegué al final del pasillo, al dintel que da al gran comedor y tuve frente a mí los ventanales que se abrían a mi esperanza, todo mi afán perdió sentido, todo mi ser se paralogizó ante una visión inesperada e increíble. Al fondo de la larga mesa familiar, en el extremo opuesto al que me encontraba, había tres personas sentadas. Notoriamente visibles porque se encontraban dentro de un halo dorado que los separaba de la oscuridad, como si una campana de luz les circundara. Asombrado, tratando de entender, me afirmé en la misma silla desde la que había provocado brindis a diestra y siniestra. Aquello era real no era una visión afiebrada o un espejismo producto de mi delicada situación, como creí lo del baño. No, yo los estaba viendo, a pesar de los quejidos de la Dorita, que se hacían cada vez más urgentes desde el dormitorio. Ellos estaban allí y gesticulaban como si jugaran a las cartas, sin que nada más les importara, sin que un solo ruido escapara de su nimbo de luz. Sentí miedo. Se me vino a la cabeza la idea de que todo esto era una estrategia de mi propio organismo, que mi mente me traicionaba, me hacía alucinar preparándome para la clavada final en el costado izquierdo, que me dolía hasta el cuello. Superando mis temores y apoyándome en las sillas, me acerqué lentamente hasta que pude identificar a la persona que ocupaba la cabecera de la mesa: su noble frente, la barba enrubiecida por el tabaco y la gruesa cadena de oro que espejeaba en su chaleco, lo hacían inconfundible: no podía ser otro que mi abuelo. ¡Era él! ¡Era mi abuelo sentado a la cabecera del gran comedor, en el lugar y la silla que siempre le pertenecieron! Entonces, deduje consternado, la niña que me daba la espalda con su cabellera rojiza alborotada sobre los hombros pecosos, que el camisón rosado descubría cada vez que ella se encaramaba sobre la silla como reclamando algo, ¡era mi madre! ¡Mi adorada madre, que no tendría allí más de diez años! Y que, oh, bendita imagen, ajena a todo lo que no fuera su juego, provocaba con sus reclamos las carcajadas de mi abuelo y la sonrisa benevolente de la dama al otro lado, la inconfundible tía Blanca, bella, delicada y elegante, con sus ojos azules y los guantes calados que usaba en el bridge. Un anhelo mayor a toda sorpresa, un imperativo superior a la crisis de mi organismo que ya no me importaba, se apoderó de mí. Siempre creí que en algún momento de mi 47

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“Aunque sea lo último que hagas”, me dije, “irás allí para recuperarte y luego auxiliar a la Dorita”, que se quejaba mucho. Como un ciego tanteando los muros del pasillo, avancé con la idea de llegar al comedor y abrir los ventanales que dan al jardín. Solo era cuestión de no rendirse y salir a yacer bajo la luna, que estaría temblando entre las hojas.


vida –aunque no sabía cómo- volvería a ver a mi madre, más si la casa guardaba tantas cosas que evocaban su presencia, ¡y ahora había aparecido ante mis ojos en la misma madrugada en que, cincuenta años atrás, me trajo a la vida! Mi emoción era tal, que me desentendí de lo inaudito de la situación ante el regocijo de poder contemplar su presencia, ese momento mágico que escapaba a cualquier raciocinio, pero que quería imprimir para siempre en lo que restara de mi vida. Aquello era, tal vez, una última concesión, un obsequio cuyo significado quizá no podría entender nunca, pero nada de eso importaba. Solo quería ser partícipe de ese instante maravilloso. ¿No habría atesorado mi madre ese momento como el más feliz de su vida? Y si así fuere, ¿por qué se me ofrecía ahora? ¿Era un regalo de cumpleaños o una especie de reencuentro final? Tenía demasiadas preguntas, demasiada ansiedad. La campana de luz me ofrecía algo que no se repetiría jamás, esa era mi única certeza y abandoné cualquier idea que no fuese la de acercarme todo lo posible, temiendo la fugacidad del milagro. Y en la medida que lo conseguía, una alegría salvífica pareció destapar cada vena de mi cuerpo, haciendo desaparecer el dolor amenazante en mi costado, diluyendo la pesadez en mi cerebro. Llegué a estar a menos de un paso de mi madre, mientras la veía tratando de arrebatarle a mi abuelo una ficha que parecía haber perdido en el juego. Él se reía y echaba la cabeza hacia atrás, exhalando complacido el humo de su habano, mientras la tía lo reprendía amablemente como diciéndole que no le hiciera trampas a la niña. Mi madre quería recuperar una de sus fichas y, observando con más atención, empecé a comprender parte de lo que me sucedía. La ficha que mi madre reclamaba era una figurita de porcelana rosa no mayor que la falange de un dedo, con sus detalles metálicos preciosamente definidos: ¡era la tina del baño! Fascinado, miré los montoncitos de fichas que cada uno tenía enfrente suyo y comprobé que eran miniaturas perfectas de cada objeto de la casa. Por eso, el gran Monvoisin que debía colgar detrás de mi abuelo ya no estaba, como tampoco estaban los demás cuadros del salón, los sillones, las grandes lámparas y las sillas, que habían desaparecido detrás mío. Estaban allí, sobre la mesa de juego en que se había convertido el gran comedor y ellos no hacían más que jugar con sus cosas. Y mientras más lejanamente propio se me hacía el motivo de aquella reunión, más aceptable parecía la contradicción de ver a mi madre tan niña, tan consentida y hermosa, en mi propia adultez. Y cuando pensé en estirar la mano para tocarla, la tía Blanca y mi abuelo me miraron sonrientes y me saludaron con una leve inclinación 48


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de cabeza. Mi madre ordenó su cabellera en un moño y sin volverse, como si siempre hubiese sabido que yo estaba allí, hizo un gesto para que me sentara entre ella y la tía. Mi abuelo se incorporó despidiéndose con una venia y entré en la cúpula dorada justo cuando él salía. Me acomodé para dar cartas, pero la tía Blanca me detuvo con un gesto que me hizo mirar a mi madre y de vuelta a ella, sin entender, hasta que la sonrisa cómplice de ambas les endulzó el rostro cuando se oyó desde la cocina la voz de la Dorita ofreciendo un tecito con galletas, lo que me hizo comprender que seríamos cuatro a la mesa: un número ideal para el juego de cartas.


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* Paula Nievas Silva *

LA ABUELA DETECTIVE L’art du vieillissement est l’art de conserver l’espoir. André Maurois La abuela Magda fumaba en exceso, al igual que Sherlock Holmes. Si alguien le llamaba la atención, la abuela aclaraba que no fumaba por gusto, sino porque todos los detectives del mundo fumaban pipa. Cuando papá la reconvenía por aquellas argucias, la abuela levantaba la voz. -Estoy sana, soy fuerte como un roble, viviré un siglo y resolveré cientos de casos. -Luego se encerraba en su estudio (o dormitorio), encendía su pipa y miraba por la ventana pensando en todos los casos no resueltos, en todos los misterios que allá afuera, en las sombras del barrio, reclamaban su atención. Las discusiones de papá y mamá no siempre eran por culpa de la abuela. Estaba también el tema del dinero: lo caro que salía seguir comprándole historias de detectives a 50


Pensándolo bien, en realidad todas las discusiones de papá y mamá eran por culpa de la abuela. La abuela no rompió la ventana del vecino porque estuviese gagá, como decía mamá, sino porque la abuela estaba convencida de que el vecino, el señor Clemens, estaba secuestrando a los gatos del barrio. -Cada vez que me asomo a la ventana, veo menos gatos -me dijo la abuela-. Me temo que el señor Clemens esté haciendo algo con ellos. -¿Qué hace con ellos, abuela? -le pregunté. -Ya te he dicho que no me digas abuela en horas de oficina -me reprochó la abuela. -Detective Magda -reformulé-, ¿qué está haciendo el señor Clemens con los gatos? -Me temo que nada bueno -respondió-. Quizá los tenga secuestrados y les pida dinero a sus dueños por rescatarlos. Quizás sean cosas aun más oscuras -agregó-. Sea como sea, debemos investigarlo. Yo era el ayudante de la abuela Magda, perdón, de la detective Magda. Mi abuela me dijo que todos los detectives tenían un ayudante, alguien con quien conversar de los misterios policiales que tenían en frente. Sherlock tenía al doctor Watson, Poirot, al capitán Hastings y Dupin, a su amigo inseparable, al que Poe nunca quiso darle un nombre. A la abuela le encantaban las novelas de detectives, pero ella llamaba a aquellos textos archivos de investigaciones. Se quedaba hasta altas horas de la noche estudiando dichos archivos. Fue cuando papá se los quitó, diciéndole que leer tanto le haría mal, que la abuela realmente se decidió a ser detective. -Ya no puedo leer -me dijo muy seria una vez-. Deberé conformarme con vivir -agregó, mientras hurgueteaba en el viejo baúl de su pieza en busca de una lupa, que juraba haber dejado ahí diez años atrás. El departamento del señor Clemens olía a hierbas y a inciensos. Tuvimos que romper la ventana para quitar el pestillo y poder entrar, media hora después que Clemens se hubiese ido a su trabajo. Habíamos esperado expectantes, mirando por la ventana de nuestra sala, a que el señor Clemens se fuera, pero según la abuela no bastaba con eso. -A veces la gente olvida alguna cosa y se devuelve, debemos esperar un poco más -me explicó. -¿Cuánto más, abuela? 51

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la abuela o la cantidad que deberían pagarle al vecino después de que la abuela rompiera su ventana, o que no había suficiente dinero para pagar un asilo donde internarla ahora que la abuela estaba gagá.


-Tres o cuatro horas quizá -meditó. Repliqué que para entonces el señor Clemens podría volver a almorzar y nos atraparía. La abuela se lo pensó un momento-. Tienes razón -dijo y sonrió mostrándome su brillante dentadura postiza-. Que sea media hora entonces. -La abuela me acarició los cabellos y yo me sentí feliz. Me encantaba ayudar a la abuela. El interior del departamento de Clemens era sospechoso en muchos sentidos. Las persianas estaban siempre cerradas, el aire era pesado, nuboso y había fotos de cantantes jamaiquinos en las paredes de la sala de estar, lo que no calzaba con la avanzada edad del señor Clemens. No había gatos o rastros de gatos en el departamento, pero nuestra sospecha apenas se vio disminuida, pues el señor Clemens tenía una habitación con las ventanas tapiadas, iluminada por unos focos muy brillantes y que estaba atiborrada de altísimas plantas que llegaban casi hasta el techo. -Qué habitación más extraña, abuela -dije- parece un invernadero. -La abuela se mordió los labios, trémula ante el hallazgo. -Debemos tomar muestras, suficientes muestras para continuar con esta investigación. Es un giro inesperado -acotó, y empezó a llenar su bolso con la punta de las hojas que iba recolectando de aquellas extrañas plantas. Cuando el bolso estuvo lleno, casi a reventar, la abuela consideró que ya era un buen momento para irnos. Alguien le dio el soplo al señor Clemens que habíamos sido nosotros quienes rompimos su ventana. Posiblemente fue la señora Sáez, enemiga jurada de la abuela Magda. Es mi Moriarty, farfullaba la abuela Magda entre dientes y, escondida entremedio de las cortinas, la miraba regar el pasto de la casa de enfrente. Pero ya me encargaré de ella, a su debido tiempo, juraba y apretaba el puño. En tanto, papá aguardaba explicaciones. -Ese señor está muy enfadado -dijo desde el otro lado de la puerta- quiere hablar contigo, madre. -Nos miramos con la abuela. ¿Qué vamos a hacer? La abuela pidió quedarse a solas con Clemens. Pegué mi oído a la pared del dormitorio que colindaba con la sala por si podía oír algo, pero el señor Clemens hablaba muy bajo, su garganta siempre estaba irritada y la abuela, por su lado, cuchicheaba muy despacio, para que mis padres no se enteraran más de la cuenta de sus actividades detectivescas. Conversaron por casi media hora. Cuando Clemens se marchó, vi a la abuela entrar al estudio con una amplia sonrisa en los labios. -¿No estaba molesto por lo del vidrio? -pregunté azorado. -Para nada -dijo la abuela- él tiene mucho más que perder. Y además -agregó mientras se sentaba a la cama- me ha pedido una cita. El señor Clemens era unos diez años menor que la abuela Magda, por lo que su invitación causó un gran escozor en la familia. La abuela, indiferente, se dedicaba a hurgue52


lugar La noche en que la abuela Magda salió con Clemens, papá estaba molesto con mamá, porque le había prestado un elegante vestido a la abuela para su cita. Yo sospechaba que mamá veía en aquel vecino una oportunidad caída del cielo para librarse de la abuela. Papá se sentía celoso y discutió largamente con mamá esa noche, casi hasta el momento en que la abuela regresó, un poco pasadas las doce. Yo también me sentía frustrado. Quería tanto a la abuela que se me hacía un nudo en el estómago ante la sola idea de perderla. -Cuéntame todo lo que pasó -le dije cuando llegó. No sé si percibió mi tono de amante celoso. -No fue nada -se excusó ella-. Estoy cansada -me dijo. -Quiero el reporte completo -insistí, obviando sus indirectas. La abuela se lo pensó un poco y luego sacó la libreta de notas. Se ajustó las gafas y leyó en voz alta: “el sospechoso me conduce a un restaurante bastante bonito, cuenta anécdotas graciosas mientras revisamos la carta y alaba mi apariencia en reiteradas ocasiones durante la velada. Lo interrogo solapadamente y me entero de que se ha separado hace un tiempo y trabaja en el rubro inmobiliario. Es esquivo respecto del contacto de las semillas, pero parece que es un productor independiente. Habla de que sufre de la espalda y que usa las plantas para el dolor. Me pregunta con esos ojos tan agradables si ello me parece mal. ¿Y cómo podría yo decirle que sí a aquello?”.

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tear en su baúl en busca de un sombrero adecuado para la cita. Yo estaba confundido, no sabía si alegrarme o no por la abuela, que ya estaba a punto de cumplir sus bodas de plata con la viudez. Temí que en un par de meses la abuela se fuera a vivir con el señor Clemens y, con todas esas plantas que habría que cuidar, ya no habría tiempo para que prosiguiéramos nuestras aventuras. Decidí ser franco con ella y abordarla directamente. -¿Te gusta el señor Clemens? -le pregunté mientras se pintaba los labios, ya casi lista. La abuela me miró y detuvo su labor. -Los buenos detectives siempre han estado casados con su trabajo -contestó. -¿Y por qué sales con él? -Es parte de la investigación -dijo con tono muy serio, concentrado-. Debo indagar hasta el final el asunto de sus plantas. Debo infiltrarme en ese submundo del vicio, ganarme la confianza de esos truhanes y así llegar hasta el cabecilla de la organización -dijo con severidad. -¿Me prometes que no te enamorarás de él? -la abuela mi dio un abrazo muy fuerte. -Tontuelo -me dijo.


Lloré esa noche en mi cama. No fue la única noche que tuve que llorar. La abuela empezó a salir todas las semanas con Clemens y ya no volvió a proponer nuevas investigaciones. Salían dos veces por semana y los otros días se quedaba hasta tarde charlando junto a la entrada de la casa. Era un idilio rejuvenecedor, adolescente, que tuvo un amargo final cuando el señor Clemens fue arrestado por la policía. La abuela miró, oculta tras las cortinas, cómo subían al señor Clemens al radio patrulla. Iba esposado y se veía pesaroso. Con su mirada buscó a la abuela, pero ella en ningún momento se dejó ver. Los carabineros también se llevaron las plantas en un camión. Pasó mucho tiempo, las patrullas de carabineros partieron, el camión, los vecinos curiosos se dispersaron, los niños volvieron a sus casas a hundirse en sus juegos de consola, mientras que la abuela Magda seguía clavada en la ventana mirando el infinito vacío de la calle desierta. La sentí hurguetear esa noche en su baúl. Yo esperaba detrás de la puerta. Un rato la oí sollozar, maldecir amargamente. Me fui a dormir muy preocupado. De madrugada, sentí que alguien se sentaba al borde de mi cama. Sobresaltado, me incorporé. Era la abuela. Apenas pude distinguirla, pero su voz se oía clara en la oscuridad. -Necesito que me ayudes, debo cobrar venganza. -¿Venganza de qué? ¿De quién? -le pregunté. -Moriarty -contestó- no volverá a jugármela. -¿La señora Sáez? -Ella, pues. ¿Quién más habría podido traicionarme? -Nadie -dije sin querer. La abuela se incorporó. -Mañana comenzaremos la investigación. -Está bien -dije. La abuela salió de la habitación y me dejó a solas con mis remordimientos. Por la mañana, debimos esperar a que mamá se fuera a la feria a comprar las verduras, antes de empezar a actuar. -Mira lo que encontré en el baúl -me dijo la abuela y me mostró el revólver. Me quedé pasmado-. Era de tu abuelo -explicó- de sus años en la ultra. -Abuela -dije lentamente-, ¿qué quieres hacer con eso? -La abuela me dio la espalda y su silueta se recortó contra la ventana. Silencio. -Algo tengo que hacer, no puedo quedarme así. -Abuela -dije, y le cogí la mano. A la abuela le costaba hablar, atragantada por la pena. -¿Sabes lo que es pensar que tienes una nueva oportunidad? ¿Una nueva chance de salir, cuando el resto de tu destino te ha cerrado hace mucho todas sus puertas? 54


Echó a andar con brusquedad. Me adelanté, me planté delante de la puerta de entrada, obstruyéndola, no quería dejar salir a la abuela. -¡Apártate! -exclamó. Nunca la había visto tan enojada. Llevaba el revólver en la mano. -Prométeme que solo quieres asustarla -le rogué. -No te puedo prometer eso. Me apartó con brusquedad y abrió la puerta. Tropecé, desde el piso vi a la abuela avanzar, la vi inmensa, marmórea, como un ídolo pagano. Iba directo a la casa de la señora Sáez. -Yo fui -grité-. Yo di aviso a los carabineros. -La abuela estaba de espaldas pero pude notar cómo se le aflojaban los hombros. Se giró y su rostro tenía algo que se parecía a la tristeza. Volvió sobre sus pasos, el revólver suelto entre los dedos. -¿Por qué? -preguntó consternada. -No quería perderte -dije y la abracé. Me quedé largo rato pegado a la abuela, el rostro hundido en su regazo, sintiéndome bien por primera vez desde que denuncié a Clemens. Le dije a la abuela cuánto la quería. -Yo también -dijo y me revolvió los cabellos. -¿Volveremos a ser detectives? -Claro que sí -me contestó, pero vi de reojo su rostro y supe que sus pensamientos volaban lejos, perdidos, rumbo a un horizonte distante. -Estaremos siempre juntos, abuela -le dije, intentando traerla de vuelta. Ella me dijo que sí y luego se levantó. -Voy a guardar esta vieja reliquia -dijo refiriéndose al revólver y fue a su habitación. Esperé que volviera, para que saliéramos a jugar, pero la abuela se quedó en su habitación el resto del día, con la puerta cerrada, en completo silencio y mamá debió insistirle tres veces aquella noche antes de que se decidiera a bajar a cenar.

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-Era solo un novio -le dije a la abuela. -Era el amor -me contestó.


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* Hugo Mahias Finger *

ESCALADA ELECTORAL Ya son casi las diez de la mañana, el día está despejado y el estrado de madera, armado y dispuesto de la noche anterior, deja escapar lentas ondulaciones de vapor a medida que el sol va calentando de a poco las tablas empapadas por el rocío del amanecer sureño. Ya han empezado a llegar los primeros curiosos y los del comando deberían aparecer en cualquier momento para organizar a la gente, repartir las banderas, los carteles, las chapitas y los cintillos. Los medios están citados para después de las doce y media. Siempre llegan al menos veinte minutos antes para hacer los enlaces, revisar la locación y preparar los equipos y sería bueno que la gente ya esté reunida, para armar multitud, que se note masa. El único que tiene que aparecer a última hora es el candidato. El asesor comunicacional viste un chaleco de lana con cuello alto, se frota las manos todo el tiempo y a ratos lanza gritos correctores a los que cuelgan tiras de banderitas o instalan los cables de sonido. Ve llegar por la esquina de la plaza al director de campaña, caminando rápido con las manos en los bolsillos de un abrigo gris. Cruza la calle y se acerca al asesor sin saludar, mirando los preparativos con una seriedad amenazante. 56


Caminan juntos hacia un costado del escenario, donde encuentran cuatro escalones para subir. El asesor busca con la mirada y grita: -¿Dónde está el Carlos? ¡Carlitos! ¡Ven! Aparece corriendo un joven sonriente con jeans y cortavientos oficial de la campaña. El asesor le da un golpe amistoso en el hombro que lo sacude un poco. -Carlitos, muéstrale al director cómo funciona nuestro sistemita. Carlitos se agacha y se mete por detrás del escenario hacia los escalones, donde queda completamente oculto. Con un golpe seco, el último escalón de madera cruje y se eleva unos treinta centímetros. Luego vuelve a su posición, despacio y silencioso, durante un par de segundos. -Tiene un pistón que lo dispara con una palanca, todo mecánico para que no pueda fallar, ¿qué tal? -Se va a matar con eso, me parece demasiado peligroso. -No pasa nada, nadie se mata de un tropezón. Esto funciona, en serio, está más que estudiado. -No entiendo cómo puedes hacer que esto resulte. Dejar al candidato en ridículo frente a toda la prensa y lograr que sea positivo. No me cabe en la cabeza. -Es que no tienes que entender nada, para eso el que se encarga de las comunicaciones soy yo. Tú ahora eres director de campaña y respeto mucho eso, pero yo llevo ya cuatro períodos con este huevón. Y no creas, la primera vez fue una sorpresa para todos, cuando iba saludando a todo el mundo sentado en la baranda de una carreta cerca de Temuco y se fue de espaldas en las zarzamoras, le quedaron las puras patitas afuera y mostraron la imagen en todos lados. Pensamos que nos íbamos a la mierda, pero no, repuntó en todas las encuestas y terminó ganando. Por esa estupidez. Empezamos a investigar y no es casualidad, si la gente se ríe con el candidato o se ríe del candidato, da lo mismo. Para que veas, no hay publicidad mala, dicen. Hay casos de sobra, es cosa de ver la tele. -Está bien, pero eso fue un accidente, esto es muy distinto...

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-¿Cómo vamos? ¿Todo bien? -Todo impecable, no hay de qué preocuparse, relájate. -Seguro que me voy a relajar, después de lo que me dijiste anoche. Supongo que no hablabas en serio. -Claro que era en serio. Es en serio. ¿Quieres ver cómo funciona? -Estás loco, va a quedar la mansa cagada -se pasa los dedos por la frente y suspira, resignado-. A ver, muéstrame.


-No, no es muy distinto. Es un poco distinto no más. Sigue siendo un accidente porque él no sabe que se va a tropezar. -¿Qué? -el director deja que la cara de enojo se le caiga durante unos segundos-. ¿Cómo que no sabe? -No tiene idea, eso es lo mejor de todo. En algún momento, al principio de la campaña se plantea siempre esta estrategia y, bueno, él nunca está de acuerdo al principio, pero al final termina diciendo que está dispuesto a lo que sea, siempre y cuando asegure los votos que necesita y no se vuelve a tocar el tema. Tampoco es tonto, tiene un montón de pifias pero tonto no es. Una de sus pifias es que es muy mal actor, por eso la caída no puede estar pauteada. Si le sale mal, caga todo. Tiene que ser creíble y la única manera de asegurarnos de que se vea real es que sea real. -Parece que lo disfrutas demasiado. A mí igual me preocupa. -¡Hey! No me juzgues. A todo el mundo, en el fondo, le gusta una buena sacada de cresta. Mañana vamos a estar en el top veinte del Youtube, espérate no más. Y como se ve la cosa, te apuesto a que subimos por lo menos diez puntos. Pero igual necesito tu visto bueno, la formalidad, tú sabes. El director lo mira, piensa, mira el escenario, el escalón, de nuevo al asesor, mira a Carlitos que le sonríe de lejos desenrollando un cable, a la gente que ya se ha juntado en la plaza y, finalmente, pierde la vista hacia el final de la calle. -¿Diez puntos? -Por lo menos. -¿Y si queda alguna cagada? -Cobarde, asumo oficialmente toda la responsabilidad, por supuesto. Pero eso no significa que no caigamos los dos. -¿Cuántas veces lo han hecho antes? -Cinco y siempre ha funcionado. ¡Ya! No lo tramites más. -Bueno, dale. Si hay algo que yo respeto es la antigüedad, supongo que sabes lo que haces. El asesor sonríe mientras le golpea la espalda y parte lleno de energía a ayudar con los preparativos, al tiempo que comienza a sonar por los parlantes recién instalados, la música ideada para prender el ambiente. De a poco se va llenando de gente, la mayoría, curiosos que obedecen al llamado de un par de monitores con megáfonos que se pasean por el sector. Al rato comienzan a llegar los medios, periodistas, fotógrafos, furgones enormes de los canales de televisión.

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Y finalmente, cuando ya la preparación se empieza a poner tediosa, avisan por celular que el candidato viene llegando en auto por el final de la calle. Rápidamente hacen un fade-out al reggaetón ambiental para dar inicio a la música oficial de la campaña. Anuncian la llegada por el megáfono, la gente se pone a gritar, a aplaudir y a tirar papel picado, mientras un sedán oscuro se estaciona cerca de la plaza. Baja el candidato vestido con un traje negro, corbata azul y sonrisa ganadora, saludando a la gente que sigue con el griterío. Todo acorde a la planificación. El asesor y el director se miran mientras el candidato se acerca a los escalones. Todo está listo. Carlitos escondido en su posición estratégica. Todos saben qué hacer y cómo reaccionar cuando llegue el momento. El candidato mira los escalones, luego vuelve a mirar sonriente al público, mientras sube de lado el primero, el segundo, vuelve a mirar hacia abajo para verificar que va bien, gira y endereza un poco su cuerpo, de nuevo saludando a la gente, tercer escalón y al paso siguiente golpea de lleno con el empeine del zapato en el borde del cuarto escalón elevado, su sonrisa se transforma en una mueca mal dibujada, como una especie extraña de roedor amenazante, iluminado por incontables destellos de fotos y gritos, su otro pie intenta corregir la caída pero ya es tarde, alcanza a poner un poco el codo pero de todas formas cae de lleno con su nariz en las tablas, seguido de un breve rebote que acentúa la discordancia de la posición de su cuerpo, con la mano que todavía saluda con torpeza al público. La música baja de volumen. Todos corren entre el griterío, algunas risas, algunas órdenes por allá y el brillo en los ojos del asesor cuando ve al candidato levantarse, despeinado, aturdido y ayudado por tres personas y nota un hilo de sangre que sale de su nariz. Intenta mantener una expresión preocupada, pero cualquiera que se diese el tiempo de observarlo podría notar que disfruta del momento. El director se acerca a su lado, sin mirarlo. -Parece que se rompió la nariz... -Nada, no se rompió nada, pero se ve muy bien. ¡Sangre! Es poca, pero nunca habíamos logrado nada más que un moretón, que tiene un impacto muy limitado porque demora

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Se van instalando con eficiencia mecánica, cada uno sabe de sobra qué le corresponde hacer. Un par de señoras se pasean con bolsos llenos de material promocional, regalando chapitas, petos, banderitas y afiches. Saben que regalando cualquier porquería, la gente se queda. Eso sí, los jockeys bordados y las poleras de piqué estampadas son para la gente del comando, nadie más.


un buen rato en notarse. Esto es bueno, no se me ocurriría ninguna otra forma de obtener sangre con menos daño real. La gente sabe eso, se impacta pero sabe que todo está bien y con eso aseguramos el efecto empático. Suena el teléfono celular del director, quien hace un gesto con la mano al asesor para que lo espere un momento y se aleja unos metros para contestar con un poco de privacidad. El asesor mira con ojos enormes el escenario, donde el candidato se limpia con un pañuelo blanco la sangre de su cara, hace un chiste inaudible a quienes lo ayudan, maneja bastante bien la situación, se sacude un poco el traje, mira al público y saluda sonriente, logrando una ovación unánime, mucho más franca y potente que todos los aplausos y gritos anteriores. Se acerca al micrófono y comienza su discurso bromeando sobre el episodio. La broma es mala, pero igual logra que la gente se conecte. No podía haber resultado mejor. En eso se acerca el director, apagando su teléfono y mirando al asesor con una cara de enojo real, mucho más atemorizante que su seriedad de siempre. -Malas noticias, todo mal. -¿Qué pasó? No me vengas a echar a perder el momento... -Me llamaron de Santiago... tengo gente metida en la competencia que me informa cuando pasa algo. El otro candidato, tú sabes, estaba dando un discurso en una construcción, lleno de obreros, subido en un andamio como a tres metros de altura... -Al asesor se le rigidiza la cara y los ojos se le opacan de golpe-... se vino todo abajo, se sacaron la cresta, terminó con unos puntos en la frente. Al rato salió a dar su discurso con todos los medios justo afuera de la clínica, así, con la cara parchada y todo. -Mierda. -Sí, mierda... a ver cómo haces ahora para que esto valga la pena. Supongo que tienes más recursos para sacar esto adelante. El asesor no contesta. Mira perdido hacia el escenario donde el candidato sigue con su discurso, sacando algunos aplausos a media máquina. Lo que hace poco parecía una movida impecable, ahora solo le deja decepción. Bastaron algunas palmadas en el traje, unos manotazos por el pelo y unas pocas pasadas de pañuelo para que se vea de nuevo como siempre. Nada que ver con un parche en la frente, eso es como una condecoración, seguro que sabrán sacarle provecho. Con suerte, esto los dejará igual en las encuestas y eso, por todos lados, es un muy mal balance. Hay que echar mano de la experiencia acumulada. El sistema funciona, sin duda, pero el límite que divide la empatía de la repulsión es muy difuso. Demasiada sangre o huesos expuestos o articulaciones invertidas y el im60


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pacto puede terminar siendo contraproducente. Nadie quiere que esto se descontrole y que se transforme en una escalada, ni arriesgarse demasiado, pero tampoco se puede quedar mirando sin hacer nada. Hay que ir de a poco. En eso el director suspira, le pone una mano en el hombro y le dice en voz baja: -ÂżCĂłmo nos irĂ­a con un brazo enyesado?

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GANADORES *2008*


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* Juan Ignacio Colil Abricot *

VENTANA Escuchamos unos golpes en la puerta. Nos quedamos paralizados, mirándonos en silencio. Ninguno de nosotros se atrevió a pronunciar palabra. Todo se resolvió en un rápido cruce de miradas. No teníamos alternativa. El viejo se desangraba en el baño, pero por lo menos permanecía callado. Dimos un rápido vistazo a nuestro alrededor. Algunos papeles desparramados por el suelo decían más de lo necesario. Los golpes volvieron a sonar en la puerta. Nuestras miradas volvieron a cruzarse, volvieron a estrellarse en el centro de la habitación, formando un pequeño torbellino que se extendió por el suelo. Me acerqué a la puerta y abrí simulando tranquilidad. -Buenas noches. ¿Ésta es la agencia W? -Buenas noches. Sí. Es acá, pero a esta hora ya no atendemos. -Solo vengo a dejar estos documentos. -¿A nombre de quién? -En este recibo está el nombre. ¿Me firma el recibo? -Por supuesto ¿tiene lápiz? 65


-Sí, espere un momento. -¿Firmo sobre la línea? -Por favor. El tipo se retiró rápidamente. Volví a entrar. Arrojé el paquete sobre uno de los escritorios y continuamos buscando. Solo había carpetas, papeles, folletos de distintas agencias ofreciendo viajes a todos los lugares imaginables. Buenos Aires, México, Barcelona, Madrid, Montevideo, Florencia, Atenas, Seychelles. ¿Dónde quedaría Seychelles? Comenzábamos a perder la calma o por lo menos eso creí en ese momento. No había nada de lo que Gino había prometido. “Hay montones de dólares. Fajos ordenados uno al lado del otro. Billetes de cien, verdes, con el rostro de un viejo. Billete sobre billete, fajo sobre fajo, montones de fajos, uno al lado del otro, formando una muralla, una fortaleza. Ver tanto dinero junto provoca que uno se sienta pequeño, frágil. Es cosa de arriesgarse un momento, un instante, y todos esos verdes billetes pasarán a nuestros bolsillos”. Gino me había mostrado uno de aquellos billetes durante el recreo de un día cualquiera en el liceo. Compartíamos una marraqueta con palta en uno de los tantos pasillos. Los gritos del recreo llegaban a nosotros como una lluvia violenta, inesperada, inevitable. Gino abrió su mano y estaba el billete, cuidadosamente doblado, luciendo el verde más puro que había visto hasta ese momento. Me dio la impresión de estar observando un pequeño escarabajo. La visión de ese papel provocó que mi tiempo se detuviera y comenzara a dar vueltas como un perro tras su cola. Al principio pensé que se trataba de una broma, pero él no era un tipo de bromas, más bien era un tipo aburrido, sin ningún atractivo, quizá por eso no nos hicimos amigos. Aunque, para ser preciso, la palabra no es amistad, sino simplemente compañía. Ese mismo día fuimos al centro a cambiar el billete de cien dólares por pesos. Con aquella cantidad de dinero en nuestras manos nos sentimos otros. No sé si mejores o peores, creo que un poco más seguros, un poco más decididos, un poco más confiados en nuestras fuerzas que comenzaban a asomarse. Creo que nos sentimos un poco más hombres. A partir de ese momento fuimos otros. Comenzamos a mirar el mundo a través de un nuevo cristal. Nuevos pantalones, nuevas zapatillas, nuevas camisas. Semana tras semana concurrimos al centro a cambiar uno o dos billetes. Incluso por momentos llegué a sentirme más alto, más delgado, incluso más astuto. Pero ahora, por más que buscábamos entre cajones y revolvíamos las estanterías no aparecía nada. Nos sentíamos burlados, insultados, disminuidos. Por instantes fugaces pensaba en el viejo que se desangraba en el baño. No había sido nuestra culpa. Hubiese bastado con que simplemente se hiciese el desentendido, pero no, le tenía que aflorar la valentía. ¿Será así realmente la valentía?, ¿brotará inesperadamente? “¿Qué quieren mocosos de mierda?”, nos dijo 66


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mientras nos enfrentaba con su mirada e intentó asustarnos lanzándonos unos golpes con un escobillón tan viejo como él. Juanito desenfundó su automática y le apuntó directamente al rostro. El tiempo se congeló y quedó colgando como una estalactita desde el techo. Una estalactita que se balanceaba amenazadoramente sobre nosotros. Juanito lo observó y en su rostro se hizo una mueca de burla y desprecio. Disparó dos veces sobre sus ojos. El último estampido me hizo olvidar aquella estalactita que pendía sobre nuestras cabezas. Se hizo trizas en el aire y cayó como una lluvia fina. Si la pistola no hubiese sido de fogueo la muerte habría sido el seguro destino del viejo. Me lo imaginé cayendo lentamente sobre los escritorios y manchando todos los papeles y folletos con su sangre, cayendo en cámara lenta, derramando su sangre, cayendo con una horrible mueca de espanto, viniéndose abajo como un árbol añoso, pero en vez de eso, el viejo se abalanzó sobre mí y en un instante me agarró del cuello. Podía sentir sus dedos fibrosos que se aferraban a mí como si yo fuese su tabla de salvación. Y me vi hundiéndome en un pozo angosto, estrecho. Me sentí como un pollo a punto de convertirse en cazuela. El aire me abandonaba. Traté de resistirme, de golpear al viejo que descargaba su ira sobre mí. Noté que en cuestión de segundos todo se acabaría. Pensé en mi vieja, “tenga cuidado con quién se junta, tenga cuidado en lo que se mete, tenga cuidado con lo que hace”. Demasiados cuidados. Ya era tarde para hacerle caso. Ya era tarde para volver atrás. El viejo continuaba estrangulándome, pero Juanito no le dio tregua y, antes de que el viejo se diera cuenta, sacó un cuchillo de hoja ancha y sin vacilar se lo enterró dos veces en la guata. Sentí que el viejo aflojaba sus manos de mi cuello y resbalaba hacia el suelo como una escultura de cera derritiéndose y formando una mancha viscosa sobre la alfombra. Gino corrió hacia nosotros. Tomamos entre los tres al viejo y medio lo arrastramos hacia el baño. Una mancha oscura se había formado en su delantal. El viejo trataba de decir algo, pero ninguno de nosotros estaba para intentar escucharlo. Un ruido brotaba de su boca. Solo sentíamos una vocecita dentro de nosotros que nos pedía, que nos exigía que siguiéramos buscando, que continuáramos hurgando entre los muebles, entre los cajones, que diéramos vuelta la casa, que no descansáramos hasta encontrar eso por lo que habíamos venido. Miré a Gino y creo que en su mirada vi lo mismo que ese día cuando después del liceo me contó que los billetes se habían acabado. Algo debe haber visto en mis ojos: decepción, ambición, rabia, quizá todo eso junto. “Sé donde hay un montón de esos billetes. Es cosa de arriesgarse. Solo necesitamos un plan”. Creo que ahí comenzó todo. “Solo necesitamos un plan”, repitió Gino, esperando que a mí se me ocurriera. Esa tarde caminamos cuadras y cuadras conversando, dándole vueltas al tema. Hasta que decidimos la forma de actuar. Teníamos que hacerlo de manera limpia. Lograr introducirnos en la casa, burlar al vigilante y abrir la caja fuerte. Ése era el punto central: la caja fuerte. Por más que buscábamos entre las paredes no aparecía la famosa caja. Solo papeles y más


papeles. Una casa inmensa para nosotros, pero de la que no podíamos aprovecharnos. Estábamos atrapados en una jaula construida por nuestras propias torpezas. El cuello aún me dolía, pero el dolor lo sentía lejos, como si fuera un recuerdo o un sueño, como si fuera un dolor ajeno. Lo único que sentía como una puñalada en mis tripas era no encontrar la caja. “Necesitamos un especialista”, había dicho Gino. No sé por qué pensé en Juanito. Viéndolo revisar la casa, dar vuelta los cajones, tirar los papeles, enterrar su cuchillo en el viejo, me parecía cualquier cosa menos un especialista. Pero había aceptado. “Dime lo que quieres abrir y yo lo hago”, dijo con soberbia. Después se rascó una oreja y continuó jugando en uno de aquellos viejos juegos electrónicos que atendía en el negocio de su mamá. Así es Juanito, a veces a uno lo toma por sorpresa. Viéndolo correr hacia el segundo piso parecía más un desesperado que un especialista. Cuando nos llamó a gritos, supimos con Gino que por fin nuestra suerte cambiaba. Subimos saltando los escalones, me sentí liviano, ágil. “Aquí está la caja”, dijo mientras nos indicaba un rincón en una habitación. Sus ojos brillaban. Solo se demoró unos minutos en abrirla. Para mí fue una ventana que se abría en el tiempo. Una ventana amplia, extensa, elástica. Juanito no descansó hasta que pudo vencer todas las resistencias. Una vez que lo hizo nos miró y se sonrió con una sonrisa de niño, entonces comprendí por qué a pesar de su cara de malo y sus gestos de hombre duro, todos le decían Juanito. Pusimos los fajos sobre la mesa y los repartimos como buenos hermanos. Nos miramos y creo que todos pensamos en celebrar. Más adelante tendríamos tiempo, quizá pudiéramos ir a la playa y disfrutar de un buen fin de semana, pensé que incluso podía invitar a Katherine. Con esa cantidad de billetes era imposible pensar que me siguiera ignorando. Se daría cuenta de que yo estaba a su lado, como había estado desde hace tanto tiempo. Como había estado junto a ella incluso en los momentos en que ella estaba con otros. Gino y Juanito sonreían, pensé en el viejo que se desangraba en el baño. Pronto todo pasaría, porque siempre todas las cosas terminan por desvanecerse. Me quedarían algunas imágenes, un recuerdo que se iría borrando. “Apurémonos”, les dije. Bajamos corriendo, saltando los escalones. Arriba quedaba la caja abierta. Un especialista. Había sido una buena idea. Me hice con las llaves de un auto que permanecía estacionado en el jardín. La caja abierta, los papeles repartidos por el suelo, el viejo desangrándose en el baño, quedaban como las huellas de nuestra estadía. La noche era nuestra, así como los billetes y el enorme auto. Las calles estaban vacías. Me pareció que las calles y la misma oscuridad también eran nuestras. El ruido del vehículo rompía el silencio de aquella noche especial. Creo que en ese momento entendí que la ventana se había cerrado, mejor dicho había desaparecido. Volvió a aparecer minutos después. “Nos vemos”, dijo Juanito al bajarse, “nos vemos”, le respondimos con Gino. Después continuamos devorando cuadras y cuadras en esas calles vacías. En la radio, Grace 68


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Jones movía el aire con sus canciones, su ritmo. Parecía otra noche, otro día, otra vida. Jones cantando, moviéndose como una sombra, como una llama, como el oleaje, empujándonos un poco más, siempre un poco más. Podía sentir los billetes palpitando en mi bolsillo. Finalmente, Gino bajó cerca de su casa. “Deshazte del auto” me dijo, “no te entusiasmes con él”. Me quedé solo en medio de ese auto de hombre de negocios. Pensé que estaba hecho para mí. Las calles continuaban vacías y pasaban rápido por mis ventanas. Pensé que podía ir más allá, pensé que la noche se podía extender como una carretera en línea recta. Pensé que no existía nada ni nadie que pudiese detenerme. El tiempo entró a dar vueltas en el momento en que un auto me alcanzó en un semáforo. Con el rabillo del ojo distinguí varias sombras al interior del auto. Podía sentir que me observaban. Pensé que lo hacían atraídos por el porte y estampa de mi automóvil. Al otro lado de la calle, me detuvieron. Uno de ellos mostró un arma por la ventana. Recordé la falsa pistola automática de Juanito. Entre dos tipos me sacaron del auto, los otros me apuntaban. Entonces nuevamente sentí los dedos sobre mi cuello y una fuerza que me tiraba hacia abajo, hacia el suelo y quizá más abajo. Una fuerte presión en mi cabeza me empujaba, me hundía en una atmósfera densa. Pensé en Gino y Juanito y también pensé en mi madre y en los dólares que palpitaban en mi bolsillo como un pequeño animal dormido. Dijeron algo que no entendí, vi sus caras, pero solo me parecieron muecas, máscaras vacías. En ese momento se abrió un círculo bajo mis pies, al principio creí que solo era una mancha difusa, pero el círculo comenzó a girar, comenzó a envolverme. Entonces comprendí que la ventana aparecía solo para mí en medio de la noche, solo para mí en medio de la calle.


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* René Araya Alarcón *

CARNE QUE ATA Supongo que varios fanáticos lo desearon alguna vez –o varias-, sobre todo después de algún cobro discutible que los privó a último minuto de algún triunfo relevante o de algún jugador prematuramente expulsado. Pero imagino que, incluso los que se quedaban en el estadio, luego de que el partido terminaba para insultarlo, se consternaron con la noticia de que el árbitro de fútbol de Primera División, Abel Villavicencio, se había arrojado desde la terraza de su departamento al estacionamiento de asfalto de su edificio. Por la mañana, cuando recién se supo la noticia, nadie se atrevió a confirmar lo del suicidio. Nunca se sabe: siempre hay tipos lo suficientemente fanáticos para arrojar dardos sobre la fotografía de un árbitro y luego entrar a su departamento a cobrarse venganza por alguna liga perdida, pero hacia mediodía era evidente que no era el caso y que el árbitro había decidido arrojarse voluntariamente. Una de las cuestiones que más llamó la atención fue que antes de lanzarse, Villavicencio se vistió con su atuendo de árbitro. Completo. Hasta los zapatos perfectamente anudados, el pelo pegajoso de gel, el silbato colgando de su cuello y las tarjetas roja y amarilla ocultas en el bolsillo del 70


En mi condición de periodista de una revista deportiva (de relativo éxito y respetable tiraje), se me solicitó que realizara un reportaje gráfico acerca de la carrera de Villavicencio, juez FIFA, reconocido por su rigurosidad e intransigencia. Estaba en eso cuando sonó el teléfono de mi oficina y alguien, desde el otro lado del auricular, me preguntó si quería saber la verdadera historia detrás del suicido del árbitro. -Desde luego -contesté, medio divertido. Y una voz de mujer, que no intentaba disimular que estaba llorando, ordenó: -Tome nota -y luego me dictó de corrido, sin pausas ni tiempo para corroboraciones, una dirección y colgó después demasiado a prisa para darme tiempo a intentar alguna verificación. La cuestión me puso un poco de mal humor. Suelo recibir llamadas de noticias falsas que me hacen levantar de mi oficina por nada y luego regresar frustrado a rellenar con alguna nota insulsa. Pero esta vez decidí correr el riesgo e ir hasta la dirección que me habían dictado por teléfono, aunque lo mío era un reportaje acerca de cuestiones deportivas y me parecía que el suicidio era más bien tema de otro tipo de revistas. Conocía el lugar. Eran unas cabañas no muy frecuentadas y escasamente habitadas, de la periferia de la ciudad. Camino al sitio señalado sintonicé la radio y escuché los pormenores sobre el suicidio: se confirmó que Villavicencio, visiblemente afectado por su próximo retiro (éste debía realizarse dentro de las próximas semanas), padecía de un trastorno depresivo que trataba con fármacos. Cuando llegué, busqué la dirección desde la cabina del auto y al notar que existía, sentí un ligero entusiasmo. Bajé del auto, golpeé la puerta, que curiosamente estaba entreabierta, y como nadie vino a ver y yo esperaba encontrar a la mujer que me había llamado a la oficina, entré. Estaba oscureciendo y el lugar tenía las luces apagadas. Caminé por un pasillo hasta llegar al cuarto donde se desparramaba la luz de un televisor. La habitación estaba llena de fotografías y recortes de periódicos que, debido a la escasa luz, no lograba ver con claridad. En al71

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pantalón corto. Otro detalle curioso era que había dejado descolgado el auricular de su teléfono. “Como Marilyn Monroe”, acotó una periodista del suplemento de espectáculos. De cualquier modo, resultaba conmovedor imaginar al árbitro vistiéndose rigurosamente, como si se preparara a dirigir un partido, antes de caminar por la terraza de su departamento para arrojarse al vacío. Luego se rumoreó, además, que antes de suicidarse, Villavicencio se había tomado la molestia de combinar fluoxetina con whisky y que desde hacía algún tiempo padecía de depresión. Parecía ser que la proximidad de su retiro del referato profesional lo había afectado severamente y que prefería cualquier cosa antes que tener que vivir sin impartir justicia en una cancha de fútbol.


gunos sitios había espacios vacíos, como si alguien se hubiera ocupado ya de quitar algunos recortes. El televisor estaba conectado a un equipo de DVD y se veían imágenes de Jaime Acosta (centrodelantero de reputada trayectoria, pero efímera experiencia en equipos extranjeros, cuya carrera se había visto algo mermada debido a su carácter y falta de disciplina; aún así, Acosta era todo un referente en la liga local) anotando goles una y otra vez, desde todos los ángulos imaginables. Me acerqué a las paredes y noté que los recortes resumían, con imágenes y reportajes, la carrera de Acosta (quien quiera que viviera ahí era realmente fanático). Miré hacia un rincón y vi, junto a un cenicero y un encendedor como si alguien se preparara a quemarlas, varias sorprendentes e inesperadas fotografías del árbitro Villavicencio: con traje de baño acostado en una balsa de goma en una piscina, vestido de árbitro sobre un sofá y otras en que aparecía abrazando a Acosta, que miraba desganado hacia el lente de la cámara. Más allá del desgano de Acosta en la fotografía, reconocido además por su mal humor, sobre todo cuando los defensas lo trataban mal, no dejaba de resultar curioso que ambos aparecieran juntos en locaciones y posturas bastante relajadas y cotidianas. Llamaba la atención la alegría retratada del árbitro (siempre tan agrio) en esas tomas íntimas. Tomé, casi sin pensarlo, un puñado de fotos y las guardé en mi bolsillo. Salí al patio y vi a un tipo de espaldas anchas y de muy elevada estatura, a juzgar por la incomodidad con que estaba flectado al borde de la piscina, revolviendo el agua con una malla filtradora, como si buscara algo que hubiera dejado flotando. Tropecé con una linterna y el tipo volteó. Era Jaime Acosta (el celebérrimo centrodelantero) completamente erguido sobre su metro noventa. Tenía un revolver y me apuntaba. -¿Qué hace aquí? -Oiga, cuidado, baje eso. Estaba nervioso, lo reconocí de inmediato y pareció notarlo, pero tampoco se esforzaba por disimularlo. -Yo lo conozco. Usted eres Jaime Acosta… soy un admirador suyo -dije y me acerqué a darle la mano, pero el tipo hizo un gesto para detenerme y volvió a apuntarme con el revólver. -¿Qué hace aquí? -volvió a repetir. Yo eché un rápido vistazo y vi que había muchos DVD y cintas VHS destruidas y regadas por el suelo. Algunas incluso habían caído en la piscina. He oído de tipos a los que no les gusta firmar autógrafos, pero lo del revólver me parecía una exageración. Para entonces, de cualquier modo, mi intriga y mi ánimo de conseguir un reportaje que echara luces del suicidio de Villavicencio había llegado demasiado lejos y, aunque iba a tomar precauciones, no iba a detenerme porque un goleador de estirpe me apuntara con el revólver. -¿Usted es… un fanático? ¿Cómo supo que me encontraría aquí? -No, nada de eso. Esto ha sido casualidad. Verá, yo sólo quería alquilar una de estas cabañas… quería echar un vistazo… 72


Aunque lo único que quería era ganar un margen de tiempo y permanecer ahí todavía un rato más, no quería enfurecer a un tipo de metro noventa: -Me indica la salida. -Búsquela usted mismo -gruñó malhumorado. Salí de la piscina y busqué alguna puerta de salida. Encendí una luz. El tipo era de veras un Narciso. Tenía las paredes llenas de recortes de revistas y periódicos, antiguos y recientes, con fotografías de él. Volteé y lo vi despreocupado, de rodillas al borde de la piscina, estirando los brazos para alcanzar lo que buscaba, cuando decidí correr el riesgo y volver a interrumpirlo: -¿Ya se enteró de lo del árbitro? Se quedó inmóvil. El brazo tieso sobre el agua clorada. Se levantó despacio y buscó una toalla. Se secó las manos, entró a la casa y encendió un cigarrillo. Quise hacer un comentario torpe sobre los futbolistas que fuman y beben, pero él me interrumpió. -Escuche. Dígame, ¿sabe algo de eso? -preguntó y se acercó a las fotografías del cenicero y las ordenó, como si quisiera ocultarlas. No pareció notar que faltaban algunas que yo ya tenía a resguardo. -Nada. O sea, lo que saben todos. Tragó antidepresivos, tomó alcohol y se arrojó del balcón de su departamento. -¿Antidepresivos? -Como un adicto a la fluoxetina. El centrodelantero Acosta miró con nostalgia las paredes del lugar mientras daba unas bocanadas al cigarrillo. De pronto y mágicamente, parecía que ya no quería echarme a patadas del lugar. Miró la imagen del televisor en el momento en que aparecía él marcando un gol de cabeza por la selección nacional y dijo de pronto, sin darme tiempo a nada: -Aquí nos veíamos… -¿Cómo? -maldije por no llevar una grabadora conmigo. -Lo conocí en una fiesta. Bueno, antes lo conocía como todos. Me había arbitrado en algunos partidos. Fue en una de esas fiestas de premiación que organizan revistas de73

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-Pues ya está. Ya las vio. Ahora váyase, quiere -dijo y arrojó el revólver sobre una silla plegable junto a la piscina. -¿Me haría antes un favor? ¿Firmaría un autógrafo para mí? -dije y saqué de mi chaqueta una pequeña libreta de anotaciones, que el tipo enfurecido me arrebató de un manotazo. -Váyase, quiere.


portivas. Ya sabe, esas votaciones que se hacen para elegir a los mejores del año -dijo y comenzó a quitar las fotografías de las paredes sin prisa, a pesar de que después las arrugaba descuidadamente y las colocaba en bolsas de basura-. Yo fui elegido el mejor delantero del año y él, el mejor árbitro. Nos tocó sentarnos en la misma mesa durante la cena. Hablamos largo rato. Esa noche fue normal, bueno casi… cuando la ceremonia terminó me acompañó al bar del hotel. Entonces dijo cosas que debieron ponerme en guardia. El tipo sabía detalles sorprendentes de mi carrera. Cosas que, le aseguro, ni mi madre sabía. La fecha de mi debut como profesional, todos los equipos en los que había jugado, los goles importantes que había marcado… mis lesiones… es divertido que alguien sepa todo de ti… Como sea, después de esa noche no volví a verlo en mucho tiempo. Bueno, sólo en algunos partidos importantes. La segunda vez lo encontré en un sauna. Yo no sabía que él podía estar ahí, desde luego. Me reconoció y nos saludamos. Hablamos de un partido difícil que teníamos ese fin de semana y cuando salimos lo llevé a su casa, porque dijo que había venido sin auto. Luego me confesó que su auto estaba ahí, a pocos metros del mío, que lo hizo para que yo lo llevara. Lo dejé en la entrada del edificio y después de bajarse se acercó y dijo: si mañana te cobro un penal, ¿me darías un beso? Claro, le dije, si quisieras te daría un auto. -Se detuvo apenas un momento porque le costó trabajo despegar de la pared un póster (editado por mi revista; de ésos que dan de regalo cuando compras un ejemplar) en que aparecía celebrando una anotación en el borde de la cancha-. Ese domingo fue un partido difícil. Íbamos empatados y quedaban cinco minutos. Lo hice sin pensar, lo juro. Entré al área, un tipo me rozó y me dejé hacer. Lo hice porque era necesario. Todos lo hacen. Pensé que él había bromeado, lo juro. Ganamos. Yo convertí el penal. Esa noche fui el último en salir del camarín. Los periodistas me distrajeron. Cuando llegué al estacionamiento, estaba abriendo la puerta de mi auto, cuando apareció. Dijiste que ibas a darme el auto, dijo y se acercó como si fuera a darme un beso. Sonreí, nervioso, pero el tipo se abalanzó sobre mí y quiso besarme. Le dije que estaba loco, que era un maricón, me subí al auto y me fui. Pasó el tiempo y nos arbitró algunos partidos. Nos perjudicó. Incluso me expulsó. Cuando terminó el partido fui al camarín a insultarlo, pero él se vengó: hizo un mal informe y me suspendieron por cuatro partidos. Hay veces que uno tiene que hacer cosas que no quiere, ¿sabe? Teníamos un partido difícil y habíamos perdido terreno. Era un partido que no íbamos a ganar sin ayuda y una derrota podía costarnos la liga. -Se detuvo de pronto y salió de nuevo a la piscina. Acosta hablaba como si fuera una confesión o una entrevista y no había necesidad de que yo preguntara nada, era como un dictado sin interrupciones, que además me mantenía perplejo e incrédulo. Volvió a tenderse junto a la piscina y continuó-: Le pedí que nos ayudara. Fui a su departamento. Le dije que olvidáramos lo de antes. Le dije que si nos ayudaba al día siguiente, le daría después lo que me pidiera. Dijo que no confiaba en mí. Tuve que darle un ade74


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lanto ahí, entiende a lo que me refiero, ¿verdad? Al día siguiente ganamos. Nos cobró un penal a favor y expulsó a dos de los jugadores del otro equipo. Hay cosas que uno no quiere hacer, pero a veces es preferible no correr riesgos. Uno se acostumbra. Bastaba un gesto para que entendiera que estábamos en problemas y nos daba una mano. Comencé a llamarlo con frecuencia y siempre nos veíamos antes de que nos arbitrara un partido. Desde luego, teníamos que vernos a escondidas en sitios muy privados y confidenciales. Una noche me llevó a su departamento. Entonces me mostró un cuadro que estaba lleno de fotografías mías, de recortes, me mostró además, cintas de video y DVD. Me explicó que seguía mi carrera desde siempre. Yo tuve miedo y dejé de verlo un tiempo. Perdimos un par de partidos que nos arbitró. Él quiso buscarme. Yo le dije que se olvidara del asunto y él me amenazó. Dijo que lo diría todo y encima yo había tenido la maldita idea de dejarme fotografiar y filmar vestido sólo con una camiseta de fútbol sobre su cama deshecha. ¿Se imagina si una sola de esas fotografías aparecía en los periódicos? Tuve que hacerlo. No podía correr ese riesgo, además, ya no podía dejar de pensar en todo eso de contar con la ayuda de un árbitro en partidos difíciles. Pensé que eran precisamente ésos, los partidos difíciles, los que por su experiencia, encomendaban dirigir a Villavicencio. Le propuse que sacara los videos y las fotografías de su departamento. Era peligroso tenerlos ahí. Entonces tuve la idea de comprar esta cabaña. Nadie sabe que es mía. Un día llegué y lo encontré arreglándola y colocando los recortes en las paredes, como si fuera la casa de una pareja de recién casados. Me mostraba catálogos de cortinas y cerámicas, pintura de piscina… se esmeraba, como podrá notar, en decorarla. A veces se vestía de árbitro y se arrojaba a la piscina. Tuve que enseñarle a ser discreto. -Era curioso que lo dijera él, un tipo reconocido por su indiscreción y mal gusto-. Varias veces intenté que esto terminara. Pero se ponía furioso, amenazaba con matarse. Tomaba sedantes, me llamaba de madrugada, gritaba que iba a cortarse las venas y colgaba el teléfono. Eso era lo peor: me obligaba a venir aquí de madrugada a ver qué estaba pasando, pero lo encontraba durmiendo plácidamente. Una vez se arrojó a la piscina y dijo que metería dentro un secador de pelo enchufado. ¿Se imagina si lo encontraban electrocutado en la piscina? Había dejado de ser divertido. Amenazaba a mis novias ocasionales por teléfono. Una vez llamó a mi departamento a medianoche, contestó una mujer y en castigo me golpeó en la rodilla con un bate de béisbol. Me lastimó. Nada tan grave, pero estuve un par de semanas sin jugar. Luego comenzó a aceptar que saliera con mujeres. A veces, con la condición de que no fuera nada serio. Ya sabe usted, las mujeres que uno conoce en fiestas y luego lleva a algún sitio a pasar la noche. Pero apareció una mujer con la que quise algo más. Se enfureció. Solía aparecer en los lugares donde íbamos. Nos seguía. Nos espiaba… entonces, de nuevo amenazó con decirlo a la prensa, pero esa vez parecía menos convencido. Lloró. Me suplicó que la dejara. Hasta que una noche el desgraciado se lo contó. Cuando llegué, ella estaba


llorando. Rechazó mis besos, le dije que era una mentira. Pero entonces me mostró una de las fotografías en que salíamos juntos. Esta casa está llena de esas fotos por las que cualquier revista o periódico pagaría mucho. -Desde luego que sí, pensé, y yo tenía un buen número de esas fotos en el bolsillo de mi chaqueta-. Por eso tengo que sacar todos estos videos y recortes de aquí. Sería arriesgado… además ya no quiero acordarme de él. -¿Y ella? -Ella lo entendió. Dije que nunca más volvería a verlo… él entonces amenazó de nuevo con contarlo todo. Un día ella lo vio en el supermercado. La había seguido, disimulando con anteojos oscuros y una chaqueta con el cuello levantado. Era una forma de amenazarla. Estaba desesperado, sabía que faltaba poco para su retiro y que entonces habría perdido lo único que me mantenía ligado a él. Para entonces, de vez en cuando, nos arbitraba y yo no iba a desperdiciar algo de ayuda interesada. Nos encontrábamos ocasionalmente y eso lograba consolarlo. Una vez mi novia se embarazó, pero perdió el bebé. Entonces él me invitó a la cabaña: estaba esperándome con champaña para celebrar. El tipo estaba loco. Después de todo tal vez haya sido mejor lo que pasó… -¿Entonces… usted? -Mire, no me juzgue. No necesito que me juzgue. Sé lo que hice. El consiguió lo que quería y yo también. Esto es así, es como una ruleta rusa: todos quieren el revólver, pero ninguno quiere desparramarse los sesos. Nadie quiere ensuciarse las manos. -Fue divertido que lo dijera porque tenía las manos dentro de la piscina-. Yo no quería que terminara reventándose en el asfalto del estacionamiento de su edificio. Imagino que a veces pasa, hay carnes así, carnes que atan y te obligan a ir detrás de ellas como si te pusieran un collar al cuello. Vine aquí apenas me enteré. Debo desvalijar todo esto. No puede quedar ninguna huella. Después de todo, esto será bueno para mí… de veras, ya no había forma de sacárselo de encima… claro que no… además… se suponía que era yo y no ella, quien debía decírselo… Mi novia me había dado un ultimátum… aún faltaba para el plazo, pero de todas formas se me adelantó. -¿Se adelantó? ¿A qué se refiere? -Aún no se cumplía el plazo. Yo tenía que avisarle. Ella debió encontrar su número de teléfono en mi teléfono celular. Yo no quería que las cosas fueran así. Ella llamó. Yo no… ella llamó para decírselo. -¿Decirle qué? -Vamos a casarnos. El mes entrante. De nuevo está embarazada -dijo cuando al fin logró recoger lo que buscaba dentro de la piscina: un par de zapatos negros, demasiado pequeños y sobrios para él, que acostumbraba a usar zapatos dorados o rojos. De árbitro, pensé. Entonces entendí el gesto del teléfono descolgado en el departamento del árbitro antes de que decidiera arrojarse de su balcón y entendí de quién era la voz de 76


mujer que me había llamado a la oficina del periódico y supuse que, aunque el delantero aún no lo supiera, iba a tener que suspender su boda. -¿Usted no es periodista, verdad? -preguntó divertido y sonriente por haber conseguido al fin lo que buscaba en la piscina. Miró los zapatos un momento y miró mis pies de reojo, como si midiera si me servían y fuera a ofrecérmelos. -No -respondí secamente, como si respondiera de antemano al ofrecimiento del calzado. Dejé al tipo sin despedirme y antes de salir arrojé las fotografías que tenía en los bolsillos. No quería ser yo el que se ensuciara las manos.

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* Tammy Garea Prades *

EL NIDO Era la tercera tarde que Amelia, esperando a su padre, observaba lo mismo. Ya casi el sol se terminaba de poner cuando la pequeña de nueve años volvió a ver a lo lejos al pequeño pájaro que abría su pico, lo más grande que podía, para que sus padres lo alimentaran. Es extraño, pensó. La pequeña cría, que piaba gritando por su alimento, era más grande que ambos pájaros. Recordó entonces que en la clase de Ciencias Naturales había escuchado que muchas veces las aves encuentran el nido de otro, botan los huevos y ponen los suyos ahí. Y que son otros pájaros los que terminan criándolos y alimentándolos. ¿Qué clase de madre o padre deja a su cría para que otro lo alimente?, seguía pensando Amelia. El piar del zorzal se hacía cada vez más intenso, exigiendo ser alimentado por los dos pequeños chincoles, abriendo su pico lo más grande que podía. Y cada vez que se acercaban los pequeños padrastros, el zorzal aleteaba con mucha rapidez y abría su gran 78


pequeño pico para ser besado por aquel que no era su padre ni su madre. El piar suplicante de la pequeña cría comenzó a afectar a Amelia y, sentada esperando que su padre llegara, se sacó los audífonos que la conectaban a este mundo.

Así, desde el silencio total, pudo conectarse con los dos proveedores, con los dos pequeños pájaros que revoloteaban escarbando el césped, buscando con qué alimentar a aquél que no debían. No saben que no es su cría. Y ese pensamiento se amplificó en el silencio de su mente, haciéndola recordar que era prácticamente sorda. Estaba absorta en sus pensamientos cuando, a lo lejos, vio a su padre que le hacía señas y tocaba la bocina. Amelia le hizo otra seña y, poniéndose los audífonos, corrió rápidamente donde estaba el pequeño zorzal. Lo tomó entre sus manos y lo metió en su lonchera. -Yo te alimentaré mejor -le dijo susurrando y corrió al auto. Miró hacia atrás y observó a los dos pequeños chincoles que piaban buscando a su cría. Amelia pensó que les aliviaría su quehacer. Aquellos padres pronto olvidarían a aquella cría que no era suya. Su padre, como siempre, llegaba tarde a buscarla impregnado de olor a cerveza que se quedaba en su mejilla derecha, cada vez que la besaba. Y luego repetía, cada tarde, sin variación alguna, lo mismo. -¡Qué mierda de ciudad, tanta congestión! Amelia generalmente estaba cansada después de su clase de básquetbol y el olor a cerveza que sentía al entrar al automóvil, hacía que la niña se sintiera mareada. Si no pasaras al bar de la esquina, llegarías a tiempo, pensaba en silencio. Y acto seguido, ya sentada, se sacaba nuevamente los audífonos sin que su padre se percatara de aquello.

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Todo se silenció para Amelia. Aquella puesta en escena se había convertido en una película muda.


Tal vez no es mi padre y en el momento de mi nacimiento, las enfermeras se confundieron y me cambiaron de cuna sin que nadie se diera cuenta. Amelia bajó la ventana para que el aire le pegara en su rostro y se llevara aquellos pensamientos. A ratos volvía a ponerse los audífonos para escuchar al que tal vez era su padre y así distraerse. La ciudad era un monstruo. Llena de ruidos, bocinazos y gritos ahogados que se veían a través de los distintos parabrisas. Estaban metidos en un gran taco. La fila de autos era eterna. Su padre no dejaba de alegar en contra del país, las leyes del gobierno y las personas. -Ves Amelia, ni siquiera en tiempos de crisis mundial las personas dejan de comprar autos. Las quejas de su padre más los bocinazos de aquella pequeña gran ciudad invitaban a que Amelia se sacara nuevamente los audífonos, para quedar otra vez absorta en sus pensamientos, en total silencio. ¿Y si la mujer que murió mientras daba a luz no era mi madre, sino la de otra niña? Mientras estos pensamientos inundaban a Amelia, unas lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Su padre, que estaba absorto en sus quejas, miró por primera vez a Amelia, reparando en que no tenía sus audífonos puestos y que además estaba llorando silenciosamente. Dándole un manotazo brusco, típico de aquel hombre que tal vez no era su padre, le dijo: -¡Ya estás llorando otra vez! ¿Cuántas veces te tengo que decir que no te saques esas cosas de las orejas? ¡Amelia! La niña, que no lo había oído pero sí le había leído los labios, se puso rápidamente los audífonos. La ciudad se hacía más grande bajo los ruidos, bajo aquellos pequeños audífonos que la conectaban con su realidad. -¡Llorona, cuándo vas a crecer! Las niñas de tu edad no lloran. Recordó entonces el piar del zorzal y cómo aquel pájaro, que no era su padre ni su madre, ahogaba el hambre con un beso que lo alimentaba y silenciaba. Y su llanto comenzó a apagarse también. Sabía que se había robado a la cría y aunque esos pájaros no fuesen sus padres, cuidaban y alimentaban de ella. 80


Comenzó a pensar si sería capaz de protegerla y se llenó de horror cuando descubrió que no podría enseñarle a volar. -Lo siento papá, recordé algo triste.

Pero aquella interrogante no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Observaba cuidadosamente las facciones de su padre y buscaba alguna similitud en sus rasgos. Ambos tenían grandes ojos oscuros, pero eso no la convencía en lo absoluto. Porque ella se encontraba muy parecida a su profesora. Aquella mujer tenía los mismos ojos, el mismo pelo y la cicatriz que ella tenía en su mentón. Claro que la cicatriz se la había hecho mientras aprendía a andar en bicicleta a los cinco años. Eso era lo que le había dicho su padre. Pero no lo recordaba. La verdad, no tenía memoria de nada de su infancia, no tenía ninguna imagen de antes de los seis años. Los recuerdos de Amelia comenzaban, creía ella, cuando a esa edad se habían cambiado de casa y colegio, al centro de la ciudad. Antes, su casa era muy pequeña, de madera, un poco calurosa. Aquella casa se las había regalado el gobierno, después de que el terremoto destruyera la suya de adobe, que se había venido totalmente abajo. Cerraba y apretaba los ojos tratando de recordar cómo había aprendido a andar en bicicleta, cada celebración de su cumpleaños, sus juegos. Pero nada. No recordaba absolutamente nada. Una noche, mientras Amelia dormía, su padre fue al bar de la esquina a tomar cerveza, como lo hacía tantas noches para sentirse mejor. Acababa de comenzar a tomar la segunda caña cuando el suelo comenzó a moverse con una furia nunca antes sentida. Por más que corrió a su casa, ya era demasiado tarde. Amelia yacía bajo los escombros de su habitación.

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Mintiendo, como si nada hubiera pasado, como si aquellos gritos de hombre de ciudad no hubiesen ocurrido, le pregunta a Amelia cómo estuvo su clase de básquetbol. Amelia, tratando de olvidar todos aquellos pensamientos que habían comenzado a inundar su pequeña cabeza, contestó que estuvo bien, muy bien. -Fui la que más encestó, el profesor me felicitó.


Los médicos no pudieron explicar mucho el hecho, lo claro –eso sí-, es que la pared de la habitación casi la había cubierto totalmente en el momento del sismo. Amelia solo tenía cuatro años. Su padre era un buen hombre, solo que la muerte de su esposa en el momento del parto, significaba un duelo del cual no había podido reponerse. Se había convertido en un hombre hosco y quejumbroso. Y después, la sordera de su hija. -¿Escuchaste Amelia? Escuché a un pájaro. Amelia, al sentirse descubierta, sintió un gran alivio. En el fondo necesitaba que su padre le dijera qué hacer con ese pequeño zorzal. Necesitaba que le dijera por qué estaba sola la noche del terremoto, necesitaba saber por qué su madre no regresaría, por qué la había abandonado en el momento de su nacimiento, como a aquella otra cría indefensa. Y comenzó a llorar. A llorar tan desconsoladamente que su padre se paralizó y, absorto, esperó. Respiró. Y el pájaro volvió a piar. Su padre abrió la lonchera y encontró al pequeño zorzal indefenso y casi asfixiado. -¿Qué es esto, Amelia? ¿Por qué tienes un pájaro? -preguntó su padre. -Lo traje porque sus padres no eran sus padres y estaba triste -hablaba sollozando. -Pero hija… ¿Cómo crees que tú vas a cuidar mejor a un pajarito que sus propios padres? Amelia lloró amargamente, desahogando su pena de años, aquella pena que arrastraba desde que nació. Y cerró fuertemente la lonchera, dejando el cuello del pequeño zorzal afuera. El silencio los sorprendió a ambos. Era como si todos esos escombros volvieran a caer sobre Amelia. Pero esta vez estaba su padre para sostenerla, para contenerla en medio de la catástrofe, en medio de la pena que por años había guardado. Amelia se abrazó fuertemente de su padre. Él, por primera vez, comprendió, la miró compasivamente y lloró mientras la abrazaba.

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GANADORES *2007*


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* Leonardo Perucci Molvin *

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VIRGILIO Cuando salió del Estadio Santa Laura no le quedó ninguna duda de que su equipo irremediablemente bajaría a la segunda división. Sintió un espasmo angustioso al pensar en cómo llenaría las largas horas de los sábados si eso ocurría. Virgilio era nieto de italianos y su nombre motivo de burlas en el colegio. Se le antojaba perfecto para su escuálida figura, su más que aguileña nariz y una más que incipiente calvicie. Más de una muchacha le había soltado en su cara un “increíble, tu cara, tu cuerpo y hasta tu personalidad no podrían ser de una persona que no se llamara Virgilio”. Su autoestima bordeaba los mínimos aceptables y el maldito espejo insistía en reafirmar esa figura esperpéntica, coronada por un par de anteojos anticuados y sustentada por unos encorvados zapatos. “Soy el único huérfano de 38 años”, se había permitido decir en un arranque de supremo buen humor en la cena organizada por el albacea del testamento de sus padres, después de la lectura del mismo. 85


Su madre había muerto durante el sueño, víctima de un infarto masivo, según el parte médico, y su padre, al no poder despertarla, sintió que su vida llegaba al final. Cogió el viejo Smith y Wesson e intentó volarse el cerebro. El percutor, oxidado por la falta de uso, no se movió ni un milímetro desde su posición y la autoeliminación no se consumó. Intentó con el cordón de la bata. Se encaramó en una silla. Se lanzó al vacío. El cordón se rompió. Terminó en una silla de ruedas con veinticuatro fracturas entre la rótula y la cabeza del fémur. Don Dante entró en una profunda depresión y, al decir de muchos, murió de pena siete exactos días después que su mujer. Virgilio había heredado tres propiedades que le proveían de una mediana renta lo suficientemente alta para llevar una vida sin sobresaltos. Austero, casi avaro, excepto por dos de sus pasiones: las novelas policiales y el fútbol. La pared del lado derecho de su cama lucía en el centro el escudo del club de sus amores: el Audax Club Sportivo Italiano. A la derecha, una foto del glorioso equipo en que figuraban las estrellas más grandes que habían brillado en el club: Ramiro Cortés, Daniel Chirinos, Adelmo Yori, Ataglich, Giorgi, Óscar Carrasco y varios más. Muchos de ellos jamás jugaron juntos. Él había armado el equipo ideal, recortando las cabezas de los mejores y pegándolas en una antigua fotografía del Audax de los años 40. En la pared frente a su cama se levantaba una descomunal biblioteca, tributo a la novela policial. Había mandado a hacer en una de las paredes de su dormitorio un armatoste de 7 metros de alto por 8 de ancho. Allí, en maniático orden, se alineaban en los estantes: Agatha Christie, George Simenon, Ian Fleming, Conan Doyle, Edgar Allan Poe, Chesterton, Hammett, Chandler, Henning Mankell y un largo etcétera en el que no faltaban Borges, Capote, Stephen King, Marqués de Sade y Conrad. Virgilio había llegado a la exageración de aprenderse de memoria algunas de ellas y podía reproducir hasta los diálogos que le parecían fundamentales para el desarrollo de la trama. Su avidez por el género lo había convertido en una prolongación de los personajes más celebres de sus autores. A veces se sentía Poirot y entablaba conversaciones con desconocidos con la intención de averiguar quiénes eran, con quién se relacionaban y a qué se dedicaban. Otras veces, elegantísimo, entraba a los casinos e imitaba los gestos y gustos de James Bond, llegando, en una oportunidad al extremo de maltratar de palabra a un mozo por no conocer que existía un champaña llamada Dom Pérignon. Curiosamente, cuando encarnaba a estos personajes, su autoestima subía en forma incontrolable rayando en la pedantería. Su favorito era Sam Spade, el entrañable protagonista de El Halcón Maltés de Dashiell Hammett, encarnado en la pantalla grande 86


Virgilio estaba malhumorado. Su equipo cada día jugaba peor y no tenía visos de mejorar. Llegó a su casa y ese tufillo a humedad de las residencias antiguas, mezclado con el aroma a jazmín que se colaba por las ventanas que daban al patio, lo tranquilizaron un poco. Se sentía seguro en la semipenumbra de los pasillos y habitaciones vacías que lo rodeaban. Se fue hasta el fondo de la casa y contempló el patio casi en ruinas. La fuente de los pececitos casi desaparecía bajo una tozuda enredadera. La soledad abrumaba. Sus pasos eran como tonos bajos de un desafinado piano mientras volvía a su dormitorio. Se sentó en su cama. Frente a él, Ramiro Cortés sonreía blancamente desde sus morenas facciones, con la pelota entre las manos. Iba a decirle “como te va, campeón”, cuando sintió el golpe de la pequeña manita de bronce de la puerta de calle que llamaba insistentemente. -Perdón… es aquí dónde necesitan una enfermera. -La verdad…. no… bueno eh, mi padre estuvo… no… lo que pasa es que el falleció y… -Cuánto lo siento… qué lástima… -Muy amable. Virgilio levantó sus ojos y se encontró con el rostro más bello que hubiera visto jamás: Velda, pensó, la secretaria fiel de Mike Hammer, la creación más brillante de Mickey Spillane, denominado con justicia el inventor del hard boiled, el escalón más bajo de la novela negra. Lo que le fascinaba del detective Mike Hammer era su capacidad de juicio: “disparo primero y después pregunto”. -Velda... -Perdón… me llamo Isabel. -Ah, sí…perdón, no quiere pasar… le ofrezco un café… no sé, unas galletas… -Se lo agradezco… es que he caminado todo el día… -Adelante… pase… Y así se inició una pequeña amistad que se fue complicando con saliditas al cine, chocolates, unas hermosas flores, por aquello de parecerse a Arsenio Lupin, el personaje creado por Maurice Leblanc. 87

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por el carismático Humphrey Bogart. Había algo de cruel y sádico en la sonrisa torcida de Sam. Además, bordeaba el delito constantemente, olvidando su profesión de detective privado. Esto le producía un grado de excitación notable. Su obsesión por Spade llegó al extremo de tener diez impermeables de color beige y un sombrero especial para cada uno de ellos.


Isabel era graciosa y con un especial sentido del humor, lo hacía reír con ingenuidades. Como cuando le preguntó, “Virgilio, ¿tú sabes lo que es un sillón?”, “por supuesto, un mueble para sentarse”. “No”, le dijo Isabel mientras se moría de la risa, “es una respuesta afirmativa de Yoko Ono a su esposo John Lennon”. Virgilio comenzó a vivir lo que consideraba la mejor etapa de su tristísima vida. Remodeló la casa, los peces volvieron a nadar en la fuente y el Audax Italiano fue reemplazado por cientos de fotos de Isabel, todas tomadas en la calle por fotógrafos de viejas cámaras de cajón o bien en multitiendas a las que acudían como escolares en cimarra. Una tarde quedaron de verse en la puerta del cine Variedades. Iban a ver juntos por segunda vez Testigo de cargo. Virgilio esperó y esperó. Esto se hizo eterno, ella nunca llegó. Ni al cine ni a ninguna parte. Pasaron dos meses en que la ausencia se hizo espantosa para Virgilio, sus noches eran insomnes y largas… hasta que tomó la decisión de buscarla. Sacó del closet una de las gabardinas y, obsesivamente como Sam Spade, inició una búsqueda frenética por los lugares menos imaginados. Pasaba horas enteras preguntando. Hacía guardias interminables en las puertas de los hospitales, pues recordaba que ella era enfermera o algo así. Entraba en cuanto lugar vendían helados de canela, porque a ella le gustaban. Llegó al extremo de pararse en una esquina blandiendo una pequeña foto de pasaporte y preguntando a quien pasaba si la habían visto. Hasta que un día, famélico, ojeroso, debilitado por las interminables caminatas, a dos cuadras de su casa la encontró. Estaba al borde de la acera, se acercó y la vio más bella que nunca. Con su abrigo celeste, boina igual y la bufanda azul que le había regalado. Cuando la tuvo a escasos diez metros ensayó su mejor sonrisa. En eso un automóvil se acercó, se detuvo enfrente de Isabel, un muchacho se bajo y se acercó a ella. Con un dolor casi de parto, contempló cómo se besaban con pasión irrefrenable, desesperadamente. Abrazados subieron al automóvil y se perdieron en un aceleramiento súbito. Virgilio se sintió suspendido en la nada. Desencajado llegó a su casa y se tiró en la cama. Los sollozos fueron rebotando de pared en pared y se fueron perdiendo por el fondo del patio, mientras se hundía en un magma de algodón y ceniza. Le pareció que había una radio encendida, abrió sus ojos húmedos aún y, a través de la luz que se filtraba desde la calle, lo vio. Era él, hablando con ese tono inconfundible que había escuchado tantas veces, solo que en español no en inglés. Pero el gesto era el mismo, la boca torcida, la mirada ausente y el ala del sombrero cayendo sobre la frente. En su mano empuñaba un Smith y Wesson, calibre 38 y estaba vestido, cómo no, con su impermeable beige. 88


-Sam Spade, ¿será posible? -No hay tiempo para presentaciones muchacho, estás detenido, acompáñame al patio. Virgilio sintió la decisión y la fuerza de esas palabras. Trastabillando se calzó las pantuflas, medio se colocó la bata y caminó hacia el patio seguido por Spade. Podía percibir la colonia barata inconfundible del admirado detective, los pasos firmes y decididos y, por un instante, creyó sentir el punzante cañón del arma sobre sus costillas cuando se detuvo a amarrarse la bata. -Recoge esa pala y cava. Allí, junto a lo que queda de la enredadera, ordenó Spade.

Una bufanda azul asomaba sus flecos. Enloquecido, Virgilio tiró del extremo y la hermosa cara de Isabel quedó a pocos centímetros de la suya. Retrocedió despavorido y un verdadero bramido fue el que salió de sus mismísimas entrañas. Ése fue su último recuerdo antes de caer y ver desvanecerse el cuarto menguante de la luna. Los golpes eran violentos y despertaron a todo el vecindario. Virgilio solo se dio por aludido cuando un tropel de policías ingresó a su dormitorio. -Levántese y acompáñenos. -Mmmm… ¿qué? -Vamos al patio. -Una vecina lo escuchó gritar como un loco anoche, se asomó y lo vio con una pala. ¿Se puede saber a quién tiene usted enterrado en este patio? -¿Yo? No sé quién lo habrá hecho… Sam Spade me obligó a cavar y apareció Isabel. Pregúntenle a él… él fue quien hizo la investigación. -¿Quién es Isabel y quién diablos es ese tipo? ¿Su cómplice? -No, él es Humphrey Bogart… usted verá…. él fue novio de Ingrid Bergman… usted sabe… “play again Sam” en Casablanca con Peter Lorre… también fue novio de Audrey Hepburn en Sabrina, con William Holden… aunque claro, en ese entonces estaba casado con Lauren Bacall… aquí claro, el que llegó fue Sam Spade… ¿usted vio El Halcón Maltés?, fue hecha en San Francisco… dirigida por John Houston… el mismo de El Tesoro de la Sierra Madre… papá de Angélica Houston… 89

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Virgilio pensó que estaba alucinando, se restregó los ojos, pero no, ahí estaba la fuente con sus aguas en movimiento, la luna en el cuarto menguante igual que la noche anterior. Cogió la pala y comenzó a cavar. El terreno estaba blando, casi a los 60 centímetros la pala encontró destino.


Cuando se llevaron a Virgilio en la ambulancia, el vecindario se tranquilizó. Se trataba, según dijeron las viejas, de un asesino en serie y debería estar en el manicomio y con guarda las 24 horas del día. El inspector de Policía, empeñado en encontrar cadáveres en ese patio, ordenó una exhaustiva excavación en todo el perímetro. A las dos horas apareció el primero. Era un hombre alto, atlético y vestía un smoking negro, usaba un peluquín que con los golpes de pala se le había corrido un poco. Llevaba un gran reloj de oro en la muñeca derecha. Cuando se lo quisieron sacar, hubo una explosión de gas que dejó a dos guardias inconscientes. El segundo cuerpo apareció junto a la fuente de agua, era el de un señor bajito, más bien gordito, calvo y con una cabeza en forma de huevo, destacando un descomunal bigote. Pero fue el tercer cadáver el que más los sorprendió. Vestía una gorrita con dos viseras y un abrigo con una pequeña capa sobre los hombros. En sus bolsillos se encontró una pipa y un estuche de plata con dos gramos de cocaína. Virgilio fue encerrado de por vida. Solicitó que su biblioteca fuera trasladada a la prisión para solaz de los reclusos. Cuando esto se hizo, curiosamente faltaban las obras de Ian Fleming, Agatha Christie y Arthur Conan Doyle.

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* Pablo Tenekedjan Payer *

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LAS TANTAS MUERTES I Aquél fue el último verano en que mi madre se levantó. Sorprendía verla en la mañana parada junto a la piscina o sentada en la terraza con un vaso de leche que nunca terminaba de tomar. Yo me levantaba temprano en ese tiempo y la miraba desde la cocina mientras me preparaba el desayuno. Me gustaba eso de cocinarme tranquila y raspar un poco las tostadas, que a veces dejaba quemar de puro gusto para tener ese pequeño momento de placer al arrancar la ceniza y dejar el pan comestible nuevamente. -¿No ha llegado la Marta? -preguntábamos. -No -decía la que no había alcanzado a preguntar primero. Y es que en verdad la Marta –como la llamaba mi madre- no llegaba nunca temprano. A veces incluso se atrasaba demasiado y terminábamos por saltarnos el almuerzo. En 91


ese entonces, Marta llegaba siempre con unas bolsas en las que traía ropa para cambiarse y un cosmetiquero que varias veces dejó olvidado en algún rincón de la casa. Años atrás, en casa habían trabajado hasta cuatro personas, tres que casi siempre se iban rotando y la señora Matilde que fue la que me crió a mí. Pero eran otros tiempos. A veces hasta contrataban mozos para las comidas que daba mi madre o para las visitas del fin de semana. Pero con la enfermedad de mamá todo fue cambiando demasiado rápido. Luego se sumaría además el alejamiento de papá. Y lo cierto es que para aquel verano, aparte de algunas visitas esporádicas de algún jardinero o alguien que viniera a hacer algún arreglo, éramos solo mi madre y yo las que andábamos por la casa. O más exactamente: mi madre, yo y la Marta. Fue en una de esas mañanas cuando me percaté del muchacho tendido en la terraza. Mamá debía de estar acostada en su pieza y por la hora era muy poco probable que Marta hubiese llegado. Yo estaba con una tostada apoyada en mi brazo y un cuchillo en mi mano para sacarle un poco de ceniza. -¡Eh, chico! -le grité-. ¡Niño! Pero el niño no se movió. Entonces pensé que no tenía nada que decirle y que lo que en verdad quería era desayunar en paz. Así que dejé de llamarlo. Di por hecho que había venido con el jardinero y no le tomé mayor importancia. -Señorita Alicia, buenos días -dijo entonces Marta, mientras dejaba una de sus bolsas en un rincón de la cocina-. ¿Le preparo algo más? -No se preocupe, me llevaba esto a la pieza -dije yo- pero pregúntele a mi madre, creo que no ha venido por su leche todavía. Ella asintió con la cabeza y comenzó a ponerse el delantal. Yo me disponía a volver al cuarto cuando recordé al muchacho. -Oiga Marta, hay un chico durmiendo en la terraza… ¿sabe usted si vino con el jardinero? -No señorita, el jardinero no viene hasta el lunes. Marta esperaba que yo preguntase algo más, pero no cedí ante ella. Por fin me permitió un pequeño triunfo. -Es Martín -dijo- y no le haga caso, le aseguro que no está durmiendo. Entonces, mientras se volteaba para ordenar sus bolsas, aproveché para ir a mi cuarto. Había olvidado en la cocina una de las tostadas sin raspar, pero en verdad, pienso

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ahora, fueron muchas cosas –que hasta entonces habían estado siempre fijas- las que comenzaron a olvidarse, desde ese entonces, por completo. II

Cuando empezó a venir Martín, sin embargo, algunas de estas costumbres cambiaron y era común verlo tendido sobre el césped, siempre en una postura demasiado estática y rígida, sin siquiera preocuparse del sol o del frío o de cualquier cosa que pudiera interrumpir su conducta. Recuerdo incluso que una vez lo vi permanecer tendido y sin movimiento alguno bajo una lluvia que cada vez se hacía más fuerte. Esa vez no logré pillar a Marta por ningún sitio, así que tuve que ir yo misma hasta él, pues si le gritabas de lejos nunca hacía caso. -¡Martín! -le decía mientras me acercaba- ¡despierta y anda a descansar en la terraza…! ¿No ves que puedes enfermarte…? Ésa fue la primera vez que me di cuenta del verdadero estado en que permanecía el niño. Martín estaba rígido… no me refiero a su cuerpo, sino a su cara… a sus ojos, que permanecían abiertos y con la mirada perdida. El niño estaba de espaldas y le caían –puedo jurarlo- gotas incluso al interior de ellos, sin producirle reacción alguna. Recuerdo que me asusté y lo moví con violencia. Sólo entonces él reaccionó. -¿Qué pasa, señora Alicia? -me dijo de lo más tranquilo, mientras se ponía de pie. -Pasa que está lloviendo y tú estás en medio del patio -le dije mientras lo empujaba hacia la casa- y por si no lo sabes -le aclaré- la señora Alicia es mi madre, yo soy Alicia… la señorita Alicia. Cuando llegamos dentro, tuve que buscarle ropa pues estaba entero empapado. Al final encontré un chaleco en una de las bolsas de la Marta, que seguía sin aparecer por ningún lado.

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En nuestra casa, en los veranos, el patio recibe sol prácticamente toda la tarde. No hay árboles ni nada construido que dé sombra sobre el césped, por lo que en ocasiones hay pequeños sectores de pasto que terminan quemándose un poco y que acostumbrábamos cambiar casi inmediatamente para mantener el patio de un solo tono. Y como la piscina está casi pegada a la casa, cuando la ocupábamos nos quedábamos siempre en la terraza sin siquiera tendernos sobre el pasto.


-Toma -le dije mientras le pasaba el secador de pelo- termina de secarte que si no te vas a resfriar grave. Mientras le guardaba la ropa mojada en una de las bolsas, Martín me preguntó por mi brazo. Yo me molesté un poco, pues siempre me preocupaba de taparlo, pero con el asunto de la lluvia y de secarlo me había descuidado por completo. -Nada -le dije-. Me falta una mano. -¿Y esos son deditos? -Más o menos no más… termina de secarte mejor, que después llega la Marta y te va a retar… -¿Lamarta? -preguntó, como si fuese una sola palabra. -Sí. Marta Lamarta. Y se va a enojar si te ve así todo mojado. -¿No le duele? -El niño se había quedado intrigado por mi mano. -No. No duele… ¿No hallas chistoso el nombre? Marta Lamarta… si hasta parece nombre de personaje de cuento… -No -dijo Martín-. No es chistoso y en los cuentos nadie se llama así… -Pues eso quiere decir que no conoces muchos cuentos. Yo me sé uno de Marta Lamarta y no te lo voy a contar, por pesado. -No importa, la señora Alicia me lo va a contar en la noche… siempre me cuenta historias y yo le voy a pedir que me cuente esa. -No seas mentiroso, mi madre nunca ha hablado contigo, si ya casi ni se levanta… -¡Sí! ¡Ella me cuenta historias y tomamos leche juntos…! -¡Martín! -era Marta. Había llegado de pronto y se acercó rápidamente al muchacho, mientras le metía la mano debajo del chaleco-. Si estás todo helado… ¿qué es eso de gritarle a la señorita Alicia?... Disculpe -dijo dirigiéndose a mí- no le haga caso. Yo me encargo de todo. Y le aviso de la cena en un momento. III Esa noche me levanté y caminé hasta la pieza de mi madre. No había podido dormirme y, fuera ridículo o no lo que Martín había dicho sobre las historias que ella le contaba, algo de eso me daba vueltas todavía. Había escuchado partir a Marta y toda la casa estaba a oscuras, sin embargo, la puerta del cuarto estaba entreabierta y había algo de luz en su interior. Yo me acerqué en silencio. -Me acercas el peine que está allá -decía mi madre mientras le indicaba a Martín.

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-¿Ése como de vidrio? -Ése mismo… ¿te gusta?, es de cristal. Luego mamá le dice a Martín que observe a través del peine la luz de la lámpara y al parecer le cuenta algo que les hace mucha gracia pues ambos terminan riendo, como si se conocieran de siempre. El niño está sentado en el borde de la cama y mi madre ya está dentro, con un camisón que se le ve de la cintura hacia arriba pues está sentada, apoyada en algunos cojines.

-¿Y tú dices que ese niño… es de Marta? -pregunta papá al otro lado del teléfono. -Al menos eso parece. La verdad, nunca le pregunté, pero el punto no es ése. -Estoy aburriendo a papá y me lo hace notar con su falta de interés. -¿No tienes tiempo para hablar ahora? -le pregunto. -La verdad poco, quedé de buscar a Susana donde su madre. Hoy he estado con los niños todo el día y ya estoy un poco agotado… Susana era la nueva esposa de mi padre. Con el tiempo ellos y los hijos de ella terminarían cortando con nosotros toda comunicación. Empecé a encerrarme más en mi cuarto. Por las noches seguía saliendo a observar la pieza de mi madre y casi siempre se repetía la escena. Y las risas. Martín se acostaba luego en un sofá antiguo que había en la pieza, se tapaba con unas mantas y se quedaba dormido. Por ese entonces, además, mi madre comenzó a no salir del cuarto, por lo que nuestra relación era cada vez más distante. Yo la visitaba algunos días, pero nunca encontrábamos de qué hablar. -¿Quiere que le traiga algo, señorita Alicia? Es Marta. Yo estoy en la terraza mirando a Martín que está tendido sobre el pasto. -¿Sabes a qué juega ese niño? -pregunto. Marta se demora en responder. -Creo que le gusta hacerse el muerto, señorita. Si hasta abre los ojos y se pone tieso. ¿No le da algo de miedo? -No. De hecho me da risa. O pena quizá, pero no es algo para asustarse, supongo. 95

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Después, como si ese niño fuese… no sé, como si ese niño no fuese lo que es, ella se saca la peluca y se la pasa a Martín para que la sostenga, comenzando a alisarla con el peine, mientras ambos siguen hablando.


Marta me mira como si estuviese molesta por algo. Luego, mientras ordena algunas cosas en la terraza, me vuelve a preguntar si necesito algo. -Quizás sea bueno que vuelva a su cuarto a descansar. No es bueno desvelarse hasta tan tarde y no recuperar el sueño -concluye. IV -¿Te cantaban canciones cuando niña? -Martín hace la pregunta mientras comienza a moverse nuevamente. -No recuerdo mucho -le digo-. Una tía que me cuidaba en ese entonces, a veces me contaba historias y me cantaba un poco, pero no recuerdo bien. -Te apuesto que te cantaban la de Alicia va en el coche… yo la escuché el otro día. -¿Te la cantó mi madre? -No. A ella le da miedo el final. -¿Qué final? -pregunto. -El de la canción. En la última parte dicen que Alicia ya está muerta y que la llevan a enterrar… -No es cierto. -Martín me canta la canción mientras da vueltas sobre el césped. -¿No te la cantaba esa tía tuya mientras te peinaba? -insiste-. La señora Alicia todavía guarda el peine de cristal. El niño se sienta y para incomodarme quizá, me mira el brazo que llevo descubierto. -Veo que te gustan las muertes -le digo- ¿no es eso a lo que juegas todo el tiempo? -No. Yo en verdad juego a estar despierto… ¿sabías que a tu madre ya no le crece el pelo? -Y cuando te quedas tieso entonces, ¿qué haces? -Esto -me dice. Luego se vuelve a tender en el césped y a quedarse tieso. Yo lo sigo mirando, con una sensación fría y extraña que desconozco por completo. -No te creo, Martín. No te creo nada. Y no me molesta que veas a mi madre ni que duermas ahí. No me importa. Puedes jugar todo el rato que quieras, pero no puedes quedarte así para siempre, de ninguna de las dos formas. Sé que me estás escuchando y sabes que no me dan miedo tus jueguitos. -¿Te gustaría que estuviera muerto de verdad? -dice de pronto. -No. Me gustaría que confiaras en mí. Que me contaras la verdad. -Me acerco a Martín y veo que uno de sus ojos comienza a humedecerse mientras su rostro toma un cariz extraño. -Lamarta. Marta Lamarta -me dice-. Nunca me contaste esa historia.

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Entonces, como si la hubiese invocado, la voz de Marta suena tras de mí. -Puede volver a su habitación señorita Alicia, yo me encargo del niño. Tanto sol puede hacerle mal a su piel -dice mientras señala mi brazo nuevamente descubierto. Esa noche, al acostarme, descubro bajo la almohada una nota escrita con letras grandes y mal hechas: “Lamarta está también con nosotros. Quiero que me cuente esa historia, pero que sea verdad”. V

Poco a poco encontrábamos con Martín momentos para conversar en el patio, él se fingía muerto y yo le hablaba, siempre con un tono que reflejaba malestar, pero lo cierto es que entre ambos ya existía algo así como un vínculo, un pacto. -¿Sabes si Marta tuvo que ver con que papá desapareciera? -Lamarta -Martín no expresaba nada en su rostro-. ¿No jugabas un juego de pequeña, de decir unas frases con la misma vocal? -¿Por qué no contestas a lo que pregunto? -Astaba la calavara santada an la bataca… -Martín. -… llaga Lamarta a la dasa, ¿parcá astá tan flaca? -Martín hace una pausa- no se enoje, señorita Alicia. Además, yo sí le respondo. -Pero yo no entiendo, Martín. -No hay nada que entender, son juegos, solamente. Ahí viene Lamarta… -Luego volvía a quedarse quieto, en otra de sus muertes. VI Como dije, ése fue el último verano en que mamá se levantó. Con el tiempo, hasta yo misma dejé de levantarme. Y de hablar. Las piernas no me obedecían y terminaba tendida en el piso. A veces Marta me subía en una silla, en la que iba hacia atrás, como en un coche. Y me peinaba. Martín se tendía cerca para hacerme compañía.

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Aquel verano comprendí también que Marta no se iba nunca de casa. Que era una más de las que estaba en la pieza de mi madre, por las noches. Y supe también que era ella quien preparaba las representaciones que yo presenciaba. Intenté, por tanto, no revelar lo que había descubierto, y seguir con mi rutina.


-Su madre le manda decir que está bien y que le está volviendo a salir pelo. Suavecito y de un color claro, como pelusitas. Que hasta se siente más joven. Dice que la vaya a ver o que salga, que se le puede pasar la vida ahí en su pieza, señorita Alicia. Yo busco entonces la mirada de Martín e intento decirle de esta forma algunas cosas. No preguntas, en todo caso, pues ya no hay respuestas que me interesen, pero existen ciertas cosas que me gustaría contarle. Cosas que quizá se me olvidan si no termino por decírselas. Cosas tontas que uno aprende, Martín, le diría. Cosas como sacarle la ceniza al pan, por ejemplo, o como peinarse cada noche y cada mañana cuidadosamente. Cosas que te ayudan a mantener una vida en orden, pareja y sin sobresaltos, como el patio de nuestra casa. Cosas útiles, Martín. Aunque no lo parezcan. Pero Martín no hace caso de mis miradas, hace como que no las comprende. O peor aún, parece mostrarme con su actitud que estoy equivocada. Repitiendo una a una cada una de sus muertes, ahí tendido, o hasta hacerme sentir a mí misma parte de ese juego. En esas ocasiones siento que sus miradas son también invitaciones. Que todo esto podría terminar de mil maneras distintas. Entonces, desde el césped, ambos nos ponemos a mirar la casa como si ésta se estuviese quemando, como si fuese una más de todas aquellas muertes de las que ella misma ha sido testigo. Así se nos pasa el tiempo. Y la vida. A veces me pregunto cuál era la necesidad de tantas muertes. Y trato de buscar, entre todas, la mejor respuesta.

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Mención honrosa

* Flavio Angelini M. *

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CÁRCEL DE MADERA Desde donde se encontraba, en el fondo de esa miserable cárcel de madera, se podían observar las ordenadas filas de cuerpos que yacían dispuestos como fruta en un cajón, apretujados uno contra el otro, con las espaldas deformadas por el esfuerzo de acomodarse en el poco espacio del que disponían. No se podía efectuar movimiento alguno. Ni siquiera levantar la cabeza para boquear el escaso aire. Su cara lucía horrorosa, deformada por el que se encontraba más arriba. Sus facciones bizarras no le permitían respirar. De reojo, lograba apenas ver su cuerpo que, como los otros, lucía extremadamente famélico y pálido. No había camarotes, el cuerpo de cada uno se convertía en la cama del de más arriba. Aquellas rígidas siluetas aplastaban, con su ahora insignificante peso, a su compañero de cuarto que dormía debajo de él y junto a él, por todos lados. Se habían soldado en una cadena infinita, que tenía sus extremos presos en el fondo de la celda y en el techo, 99


repitiendo así el continuo sofocamiento. Eran cómplices del hacinamiento. Sin duda, los más complicados –desde el punto de vista de la comodidad- eran los que se encontraban en el piso, ya que debían soportar el peso de los de más arriba, pero (y esto aún no lo sabía) serían estos últimos los que vivirían más tiempo entre sus compañeros. Subiendo por las bajas paredes, mimetizadas con el color de sus figuras, se podía llegar al techo, el cual tenía una inusitada longitud, muy superior a los muros que lo sustentaban. Era una cárcel de arquitectura singular, un largo y bajo ataúd. Era tal la presión sobre las redondas cabezas que éstas habían adquirido una coloración rojiza. Los que estaban encerrados sumaban alrededor de unos cincuenta. Él se encontraba en una seca y oscura esquina. A su derecha lo comprimía una muralla. Podía dificultosamente ver cuerpos desnudos que se parapetaban junto a ésta. Su espalda tocaba el piso y su frente chocaba continuamente contra otro más arriba. A su izquierda se encontraban muchos de aspecto similar, casi idénticos. Algunos tenían una pequeña malformación en la nuca, una minúscula protuberancia que a veces se repetía en los cuerpos de otros que alcanzaba a divisar vagamente, ya que el lugar se encontraba a oscuras. Intentar escapar era prácticamente imposible, no había espacio para moverse. A pesar de estar tan juntos, nadie hablaba. Hubiese sido fácil susurrar un plan de fuga al oído del que estaba pegado a él. Pero nadie emitía una palabra. Hasta le parecía que no respiraban. Extenuados y sudorosos por el calor que a momentos se dejaba sentir, solo se quedaban quietos, en el lugar al que por azar se les había confinado. Solo se percibían murmullos entrecortados que provenían desde el exterior y que hacían aumentar la angustia de la cual todos, sin duda, eran presa dentro. Perdía la noción del tiempo. Por algunas rendijas se colaban rayos de luz –que por momentos eran dolorosos- para quedar luego en una oscuridad implacable. La luz obligaba a sus ojos a contraer sus pupilas nuevamente, preparándolo como un murciélago para la noche. Calor, frío, todo se sucedía en un ciclo monótono. Los de afuera sabían lo que hacían: primero hacerlos perder el sentido del tiempo, después la cordura. De pronto sentía que ya no estaba boca arriba en el fondo, sino que la fuerza de gravedad lo empujaba hacia abajo. Dentro de esta celda tan oscura no tenía puntos de referencia. Ahora suponía que estaba en la cúspide de la cárcel, presionando con su frente la nuca del que lo precedía, como si la cárcel sorpresivamente se hubiese volcado. Pensaba en los que estarían abajo en ese momento y hubiese querido sentir lástima, pero

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aquel sentimiento no venía a su mente. Sentía una agradable y poco solidaria sensación de bienestar. En ese instante no era el más oprimido, sometía a los demás. ¿Horas? ¿Días? La situación volvía a cambiar y nuevamente regresaba a su lugar, desaparecía su bienestar momentáneo. Arriba o abajo. Fueron tantos los cambios que ya casi no lograba distinguir cuál de las dos posiciones le daba bienestar o dolor.

En uno de aquellos momentos en que se encontraba boca abajo mirando el techo, éste se abrió repentinamente, estrellándose los rojos rostros, los cuerpos acalorados de los que estaban en primera fila, contra el exterior. Estaban tan apretados en esta estrecha cárcel que se produjo una avalancha de cuerpos. Se abalanzaban sobre los caídos. No alcanzó a salir. El espacio entre su cabeza y el piso a sus espaldas se agrandó. Apenas pudo atisbar la luz que entraba veloz por aquella abertura. No alcanzó a acomodarse a la nueva situación, cuando aquellos que pudieron salir fueron devueltos, lo que lo obligó a volver al hacinamiento inicial. Los espacios volvieron a disminuir. Cuánto envidiaba a los que habían podido observar el exterior, aunque solo por poco tiempo. Notaba ahora que la distancia con los otros se había hecho levemente mayor. ¿Algunos habían alcanzado a escapar? Sus ojos ya acostumbrados a la oscuridad percibían cualquier diferencia, por insignificante que fuese. Esos extraños cambios de ubicación del techo y suelo continuaron, ¿por horas?, ¿por días? En cada movimiento, más espacio. Menos peso sobre su cuerpo. Varias veces la cárcel se abrió. Sacaban a algunos que no volvieron. Más espacio, menos peso sobre su cuerpo. Oscuridad. El techo se abría nuevamente. Rápido se cierra. Alcanza a percibir un pequeño destello, precedido por un extraño grito. Después, muchas veces, escucharía el grito. Cada grito, menos población dentro de la mísera cárcel de madera. No podía imaginar a dónde llevarían a los que sacaban de la pieza. Despertó de una larga jornada de sopor. El techo se abrió nuevamente y lanzaron al interior algunos cuerpos, que rebotaron contra los otros. Caían a su costado los restos calcinados de su vecino. Miró a su alrededor y en varios lugares yacían cadáveres semi cremados. Los rostros carbonizados. A veces quemados hasta el torso. Luego aparecie101

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Los astillados cuerpos parecían gemir a momentos, un quejido como el crujir de dientes, como esos crujidos de casas viejas producto de los cambios de temperatura en la noche.


ron los que venían quemados por completo. Algunos sin cabeza. Otros despedían un fuerte olor a combustión y se desintegraban frágiles en el suelo. Ahora sabía la verdad. Conocía el destino de los que habían escapado o eran sacados de improviso de esta cárcel: todos eran quemados y devueltos a la estrecha pieza para aterrorizar a los que aún permanecían dentro. Los del exterior pretendían minar su mente, quebrar su resistencia. Nada importa, no es verdad, se repitió hasta el cansancio. Quería bloquear las imágenes de cadáveres. Sus compañeros consumidos por el fuego ya no le importaban. Había logrado burlar a los que maquinaban esta tortura. Llegó el día en que se quedó solo. Rodeado de restos de carboncillo que se adhería a sus extremidades. La cárcel se abrió por el techo, escarbaban entre los calcinados, hasta el fondo, hasta dar con él. No ofreció resistencia cuando lo sacaron afuera. La luz exterior lo cegó. Subió muy alto, abajo quedaba ese terrible lugar. Volvió a bajar como en una montaña rusa. Lo acercaron a un costado de la cárcel. Lo colocaron contra ese muro, con la frente incrustada en la pared. Una fuerza descomunal arrastró su cabeza a lo largo de este interminable paredón. Perdía parte de su cabeza. Lo friccionaban contra la cárcel. Sintió mucho calor en las sienes. Mientras se quemaba, leyó detenidamente en el exterior del techo: “Cía. Chilena de Fósforos, cincuenta y cinco palitos m/m”.

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Mención honrosa

* Nathalie Moreno Arqueros *

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LA BIENVENIDA “Bella”, dijo. “Bella Ortiz Cornejo”, agregó para terminar rápido con el trámite de presentarse y para que su interlocutora se hiciera a la idea de que ella, sí ella, se llamaba Bella. Traía un perro en los brazos que respiraba agitado, con la lengua afuera. Era de raza indefinida, peludo, de cola larga y cuerpo macizo con patas cortísimas. Bastaba un vistazo para adivinar la herencia de algún malhumorado pariente pekinés. En el perro, me refiero. Ninon, parada en el umbral, aún no se recuperaba de la impresión; de esta prueba zen de mantenerse impertérrita frente a la inesperada aparición de un gorila en su puerta. “Vengo a presentarme (le guste o no, pensó el simio para sus adentros) y a darle la bienvenida a nuestro edificio habitación”. Acarició a su perro y continuó, “soy la conserje y entre las muchas responsabilidades que tengo, está la de velar por la convivencia de-cen-te (cada sílaba la marcó como latigazo) en nuestro inmueble, entregar el correo, regar el antejardín y cobrar los gastos comunes”. A medida que iba hablando, se 103


le hinchaba cada vez más una vena que atravesaba en diagonal su frente y que, si uno pudiera acercarse, vería que palpitaba rabiosa. Repentinamente, el perro empezó a ladrar, o algo así, pues más bien se trataba de chillidos frente a la aparición de una gata. Ésta se paseaba entre las piernas de Ninon, indiferente al ataque de histeria perruno. Su dueña, agradeciendo secretamente su presencia, tomó en brazos a la pequeña felina. Ambas mujeres procedieron a pesarse, mientras acariciaban a sus respectivos animales y, manteniendo cada una la mirada fija en la otra, dieron por iniciada una guerra que, Ninon supo, sería a muerte. Entonces decidió sorprender al enemigo con el inesperado movimiento de invitarla a tomar un café. Invitación que la aludida declinó con un afectado “es que tengo muchísimo que hacer”. Solo unos días le tomaría a Ninon confirmar que la conserje no mentía, teniendo en cuenta el tiempo y trabajo que se tomaba en leer a contraluz el correo de los vecinos. Antes de que se cierre la puerta, doña Bella Ortiz intenta un zarpazo: -¿Le puedo hacer una pregunta? -Sí, dígame -responde natural y sonriente Ninon, haciendo gala de reflejos gatunos. -¿Siempre anda sin zapatos? -dice mientras le mira los pies de belleza romana, con uñas cuidadosamente pintadas de rojo, que hacen que sus propios pies se retuerzan envidiosos. -Sí, siempre -responde con soltura, esquivando ágilmente la ponzoña. -Ah, yo decía no más; no es por meterme, es para que no vaya a resfriarse. -La última aclaración resultó tan falsa, incluso para ella misma, que giró de inmediato sobre sus callosos talones y se dirigió a la escalera, despidiéndose con un “hasta luego” cargado de la amenaza de un ni te sueñes que no va a ser cierto. Ninon cerró la puerta a su espalda y levantó a la gata a la altura de su cara. Acarició con su nariz, la rosada naricita de Clementina y agregó, “de ahora en adelante, tendremos que aprender a cuidarnos de ese par”. Aseveración que fue confirmada por un maullido que no dejaba lugar a dudas respecto de la delicada situación en que se encontraban. Luego se lavó las manos y retomó el trabajo de picar un diente de ajo, cuya compañía esperaban impacientes los morrones que nadaban en el aceite de oliva. Llenando el frasco hasta el borde y luciendo sus colores, había trozos amarillos, rojos y verdes; y podían distinguirse a contraluz, las bolitas de pimienta negra y las hojas de laurel sumergidas en el dorado líquido. Es raro como pasa el tiempo, pensó Ninon, mientras contemplaba como caían los pedacitos de ajo hasta alcanzar el fondo. A veces parece que no pasara, pero sí. El tiempo, con la discreción de la humedad, penetra las circunstancias y las paredes. Y algunas se vienen abajo. 104


El que sabía lo que podía encontrar en las preparaciones de Ninon, venía con humildad. Aunque era común que eso le faltara a la mayoría de la gente. Claro que se puede vivir, por ejemplo, sin su pasta de ají. Sobre todo las personas que opinan que comer es un trámite o las mujeres que piensan que un goce intenso no vale la pena si se les corre la máscara de pestañas. No, las preparaciones de Ninon tampoco eran para quienes les parece indecoroso reírse más de la cuenta o que le lagrimeen los ojos y la nariz por unas audaces cosquillas. No, definitivamente, lo que ella cocinaba era valorado por seres especiales. Por esos que consideran una cazuela casi un milagro y solo la comen con ceremonia y tiempo. Ese tipo de persona es la que sabe que el enjundioso caldo está huérfano sin el acompañamiento de su ají. Los que saben, dicen que basta una cucharadita para querer que la vida te dure un poco más. Para ellos se dignaba a cocinar Ninon. Y en ciertos casos particulares (y aquí particulares comprende un abanico insospechado de posibilidades, que van desde la caricia hasta la venganza) agregaba una nota de su puño y letra, como la que estaba pegando ahora en el frasco de pimentones. Te advierto: estos morrones son unos descarados. Si los pones en tu mesa, romperán el protocolo. No trepidarán en invitar a bailar a un parco pescado que, en un santiamén, dejará de ser un aburrido para ponerse pícaro y sabrosón. Sin dudar, les harán bromas de doble sentido a unas papas solitarias, que se mirarán horrorizadas, pero que íntimamente estarán esperando que estos traviesos galanes les levanten la falda. La tostada caliente las mirará, envidiosa. Los tomates querrán sumarse a la juerga. Y los fetuchinis celebrarán que por fin llega a la mesa un acompañante divertido. Para entonces, tus comensales tendrán un saludable rubor y relajarán la lengua y las buenas costumbres. Y, para tu desgracia, finalizada la cena te preguntarán como si nada ¿dónde seguimos la fiesta? En fin, no puedes decir que no te avisé. Sonó el timbre mientras terminaba de sacar el exceso de pegamento del borde de la etiqueta. ¡Cómo le desagradaba que interrumpieran su trabajo! Volvió a sonar el timbre. Con algo de fastidio, Ninon se acercó a la puerta y abrió. Esperaba a la conserje, pero se encontró con dos pequeños, absolutamente idénticos, de grandes y azules ojos. 105

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De hecho, hasta no hace mucho debía callarse y obedecer. Y ahora que había trascendido su fama de cocinera, podía darse el lujo de elegir a sus clientes y no al revés. Las personas quedaban desconcertadas frente a su respuesta, “voy a considerar lo que me pide”. Si eran mujeres, generalmente daban la media vuelta. Señal inequívoca de que habían venido por moda y no por conocimiento. Porque el que sabía, sabía. Y Ninon podía verlo en los ojos.


No tendrían más de cinco años. Al mismo tiempo dijeron “¡hola!”, como si todavía saludar fuera lo más natural del mundo. Ninon se agachó y les preguntó el nombre. Ellos no lo dijeron porque su mamá les había enseñado que no debían dar su nombre ni el de ella, porque el desconocido que les preguntaba podía ser de esos que se la pueden llevar, cosa que, aunque no comprendían, era lo suficientemente aterradora como para que obedecieran. Así es que dejaron que la pregunta de Ninon cayera al suelo como si ya fuera otoño y agregaron, casi sin respirar y atropelladamente: -Doña Fea estuvo registrando las cajas que te trajeron de la mudanza. -Dice que tu gata es asquerosa. -Dice que basta mirarte para saber que eres una cualquiera. -¿Qué es una cualquiera? Yo encuentro que tú eres muy linda. -Yo también. -Yo lo dije primero. -No le hagas caso, ¿tienes algo rico para comer? Ninon sonrió, hizo una reverencia y los hizo pasar. De inmediato fue hasta la despensa, seguida de su original par de invitados. Abrió la puerta del mueble y aparecieron cientos de frascos de todos los tamaños y colores imaginables y un “¡ah!” de sorpresa infantil, regocijó los oídos de Ninon. Su mano derecha se abrió como desperezando los dedos dormilones y dos de ellos –el índice y el mayor- se convirtieron en las piernas de un solemne señor que empezó a caminar despacio, por el borde del segundo nivel de la repisa, auscultando los frascos. Los niños estaban hipnotizados siguiendo los pequeños pasos. De pronto, las piernas-dedos se detuvieron. “¡Éste!”, exclamó Ninon, haciendo saltar a los gemelos. Luego, fue hasta el mesón para servir la exquisitez que competía con la divina ambrosía: higos rellenos de nuez y pistacho, sumergidos en un oscuro y espeso almíbar. Estaba repartiendo la segunda porción de postre cuando sonó el timbre. Se miraron los tres intrigados. En realidad los cuatro, pues la gata Clementina también levantó las orejas. Ninon caminó con cierta sensación de irrealidad y lo que vio al abrir la puerta confirmó su presentimiento. Rígida como un juicio, la miraba una delgada mujer. Sin resultar desafiante, su postura tenía cierta cualidad de rotunda afirmación. Los pómulos estaban profundamente marcados. Poseía un mentón fuerte que había sido el soporte de unas mejillas que alguna vez tuvieron graciosos hoyuelos. Traía puesta una blusa dos tallas más grande y una falda desgastada por el roce. Sin embargo, su ropa y ella estaban muy limpias, como a veces ocurre con quien ha perdido todo, menos la dignidad. El pelo abundaba en canas 106


lo que contrastaba con un rostro sin grandes surcos, haciendo difícil determinar su edad. Podía tenerlas todas.

Las mujeres se miraron sin hablar. No sé qué se habrán dicho sus ojos, pero es claro que se entendieron. Algo hubo en el brillo de los respectivos espejos, que hacía evidente que se reconocieron como miembros de la misma especie. Entonces Ninon, con su sonrisa, abrió definitivamente la puerta. Los niños desde la cocina y al unísono gritaron, “¡mamá!”, y corrieron a colgarse de su cuello. Ninon sacó un pocillo más. Comieron –en rigor, devoraron- el delicioso postre y cuando el concierto de cucharitas raspando el fondo de los platos anunciaba que ya se había acabado, los niños y la madre levantaron sus cabezas como si vinieran despertando. Con la boca todavía llena y los labios pegajosos, los niños sonrieron. Y su mamá con dificultad, como si ya no se acordara, también. Entonces sonó el timbre y al instante, la madre de los niños se convirtió en piedra. Ninon caminó hasta la entrada y atendiendo al cosquilleo de la palma de su mano, que se había encendido como alarma, silenciosamente puso la cadena de seguridad a la puerta y solo entonces, abrió. La conserje del edificio estuvo a punto de golpearse la cara al tratar de entrar. Peor suerte corrió su perro al ser aplastado por ella misma contra la puerta. -Perdone Doña Bella, pero temo que se escape mi gata. Por eso abro apenas la puerta -mintió Ninon con una naturalidad exquisita. El peludo animal se quejaba amargamente. El otro miró con furia a Ninon y le abría saltado al cuello si no fuera que hoy buscaba otra presa. -Venía a preguntarle si ha visto a Los Repetidos. Ninon puso cara de escuchar hablar un dialecto burundi. -Son unos demonios que me tienen enferma de los nervios, un día de estos me van a matar del corazón. Seguramente cuando sean grandes van a ser unos drogadictos porque basta ver a la madre. En realidad, es a ésa a la que no encuentro. -Ninon no alcanzó a pestañear cuando la ametralladora, continuó-: aunque, qué la va a conocer 107

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Poseía largos brazos. Uno se apoyaba sobre su vientre y desde el codo a la muñeca alcanzaba a cubrir la cintura. El otro brazo se posaba un poco más abajo y estaba pegado al otro como los ladrillos de un muro. No había tensión en ellos, pero sí traslucían vocación de centinelas. Ninon al mirar los brazos de la mujer, supo que no podían moverse de ahí pues estaban conteniendo el escape de las vísceras de su dueña.


usted, si apenas lleva cinco días viviendo aquí. Además, la señora ni siquiera sale de su departamento, quizá qué hará mientras sus hijos juegan en la escalera. -Sobó el cuello de su perro y agregó- a ella la buscan. Pronunció la última frase con un dejo de oscuro placer que a Ninon le puso la carne de gallina. Sin embargo, mantuvo la expresión de una virgen de Botticelli que convenció a la conserje de que perdía su tiempo. “Hasta luego”, logró traducir Ninon del gruñido que se escuchó. Ninon cerró la puerta y fue directo hasta la ventana. Entre los árboles, pudo distinguir claramente el auto azul con una baliza en el techo y dos hombres dentro, ocupados en escarbarse los dientes, uno, y los testículos, el otro. Un escalofrío recorrió su espalda y trató de dominarlo bajando la cortina de paja y acomodándola para que quedara derecha. Había logrado vencer el miedo, aunque quedaban huellas de su desagradable presencia en sus muslos, por lo que empezó a frotárselos como si hiciera mucho frío. Sus invitados la miraban desde la puerta de la cocina. Los niños estaban uno junto al otro y la madre detrás, abrazándolos. La escena le recordó esas fotos antiguas de los inmigrantes parados en la proa de un barco, aferrando el bulto de sus pertenencias hasta acalambrarse los dedos y mirando hacia delante como a un abismo. -¿Qué les parece si hacemos yoga? -La pregunta de Ninon rompió el hielo y bastantes cosas más. Los niños saltaron felices. Y aunque no sabían qué era el yoga, seguramente sería mejor que estar ahí con su mamá cuando se ponía rara y ellos le hablaban y ella no contestaba. La mujer abrió la boca como queriendo decir algo, pero no fue necesario: Ninon le guiñó un ojo y todo quedó dicho. Esa tarde, la pobre mujer había sido feliz como no lo era en mucho tiempo. Ella, que pasaba la mayor parte del tiempo postrada por esa enfermedad que la corroía poco a poco; que vivía agobiada por la soledad y la falta de dinero; que, desesperada, buscaba fuerzas para ser mamá cuando llegaban sus hijos de la escuela; la misma a la que el llanto frecuente hinchaba los ojos y que los niños insistían en embadurnar de pomadas para la conjuntivitis; esta mujer digo, sería la primera en agradecer la llegada de Ninon al antiguo edificio de cuatro pisos. De ahora en adelante sabría frecuentemente de ella por la risa de sus niños y por esos postres que le mandaba y que la hacían reír. “¡¿Viste mami que ella sabe hacer comida chistosa?!” -Mi mamá dice… -habla el mayor de los niños desde el pedestal al que se subió cuando supo que había nacido cinco minutos antes que su hermano. -No, mi mamá -interrumpe el otro. -Ya cállate que si no me voy a olvidar. Mi mamá dice que gracias por las papayas al jugo, 108


que estaban muy ricas y le hicieron muy bien y que el cuento que le escribió también le hizo bien y que se dio cuenta que nosotros somos como esos solcitos y que gracias por eso y por todo. Y que usted va a entender cuando ella le dice que especialmente por todo.

Al final del día, ella le reprocha –más en broma que en serio- que la deja toda despeinada. Él se derrite con sus quejas y quiere amarla aún más. No se aguanta esperar toda la noche para volver a deshacer con dedos urgentes su peinado o comerse el lápiz de labios que, coqueta ella, se pone cada mañana. Nadie diría que llevan tanto tiempo juntos. Y cada temporada, tanto amor, da sus frutos. La papaya, grávida de sol, da a luz pequeños soles, tan dulces y amarillos como el padre. Eso sí, hay que reconocer que la silueta y la risa la heredaron de la madre. Y ya creciditos, estos padres incentivan a sus hijos para que recorran los caminos y lleven a los hombres la certeza de que aún quedan motivos para celebrar.

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La papaya vive enamorada del sol. Cada mañana cuenta los minutos para que llegue a visitarla. Para él, la espera de la madrugada se hace eterna y más de una vez se pelea con la luna cuando ella se demora en recoger sus cosas del cielo e irse (de hecho, con el apuro, a veces la pálida señora deja olvidada alguna estrella). Llegada la hora e indiferente a los malos ratos, el sol corre a abrazar a su amada. Ella, adormecida por los arrumacos, se cuelga de su cuello y se deja acunar por sus cálidos brazos. Y se están así todo el día, muy acaramelados, él susurrándole poemas e historias del otro lado del mundo; ella poniéndolo al día de las novedades y tristezas terrenas. Así, compartiendo palabras y silencios, van tendiendo puentes entre sus almas.


Mención honrosa

* Juan Guillermo Araya Jaramillo *

LA CORBATA Llamé al diablo y vino al punto. ¡Qué rapidez y diligencia!, tanta que llegué a creerme importante. Pero lo que vi no era el diablo, ¿o sí? Todos decían que el diablo era flaco y alto, con un diente de oro, colorado, de bigotito y nariz aguileña, como un quijote de las tinieblas, burlesco y ladino, hediondo a azufre. Otros me aseguraron que era peludo y cornudo, con patas de cabra, castizo y duro de cabeza, pero de fácil labia, mañoso, caliente y engrupidor. Otros que era cojo, feo y rechoncho, con un ojo caído, servil y cobarde, bueno para conducir carruajes. Bueno, al final, para salir de dudas y de paso arreglar algunas cuentas impagas, me decidí a llamarlo y ver por mis propios ojos, que mientras yo no diga sí, no hay nada que temer. Pero el que tan prontamente acudió a mi llamado no era nada de lo que me habían contado, al contrario, éste era un caballero simpático, elegante, joven y buen mozo, un

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tipo con flema. Un verdadero James Bond. Muy cortés y tan consumado en el verbo, que me hizo recordar a algunos políticos chilenos, esos que ofrecen con tanta galanura para después, cuando ya están en su sillón, olvidarse de las promesas. Por tal, debería irme con cuidado.

A todas vistas, si este era el diablo era un moderno hombre de mundo, vestido a la moda con ropa de marca y la corbata, esa sí que era corbata, no como la que me prestó otro compadre que tengo para ir al casamiento del presidente del club de rayuela, cuya fiesta se realizó en el club mismo, entre tejos y montones de greda acumulados para preparar las canchas para el enfrentamiento del domingo, contra los buenos muchachos de la población del bajo. Bueno, ese encuentro no se realizó porque la curadera duró toda la semana. Siendo el mismo novio quien presidía los brindis. Con esa entrada al equipo de los casados bien poco le duró la novia, tres meses, claro, ella que odiaba a los borrachos que le recordaban a su padre cuando curado se las daba a su madre, una señora bien gritona que al final se fue no sé a dónde, era obvio, que después de probarlo lo largaría. El hecho es que cuando llegaron los buenos muchachos, no les quedó otra que acompañarnos en la celebración del casamiento y de muy buenas ganas, porque esos sí que eran bravos para la chupeta. Y la corbata, bueno, era solo un recordatorio. Este señor que se me apareció como el diablo, solo lo vi como diablo cuando dijo que además era un consumado político y que mucho de sus triunfos se los debía a las tan antiguas y repetitivas artes políticas, donde el hombre cae embaucado una y otra vez, sin memoria de que ya lo habían pasado por el aro. Antes de que yo hablara sobre mis motivos para conversar con él, se me adelantó, como buen diablo, figurón digo yo, a contarme que estaba preparando un gran discurso que iba a pronunciar en el próximo tedeum. Allí iba a disertar sobre el Estado y la Iglesia, porque él creía que había que modificar algunos cánones que no le favorecían. “Bueno”, le dije, “usted es dueño de buscar su acomodo como hacen todos, a fin de cuentas de los movíos de cuero duro es el éxito y usted se me hace que es movío, ¿o no?”. “Por supuesto”, respondió, y allí le descubrí otra faceta de diablo, porque lo caché vanidoso. Con una más y ya sabría cómo abordarlo para sacarle algo por lo menos.

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Se veía complaciente y obsequioso, como un compadre que yo tengo que no se fija en gastos con tal de tenerme contento y eso significa terminar curados como taguas, afirmándonos el uno al otro y dispuestos a interceder ante las respectivas brujas.


“Bueno”, insistí, “verá señor diablo que yo lo llamé para ver la posibilidad de un préstamo y...”. “Espera”, dijo, “no interrumpas, habrás de saber que además estoy estudiando idiomas, ya sabes, para globalizarme más, con esto del libre mercado el mundo se agranda y se achica, hay que saber estar al día para no quedar obsoleto, de ahí mi pinta y el discurso, además para préstamos y esas cosas, actualmente los intereses se cobran de otra manera, hay que ver las tasas, los patrimonios, las tendencias y las proyecciones, ya ves que el alma no lo es todo, me llegan muchas por esta vía del libre mercado, solitas, perdidas en el verde color del dólar americano. Hacen tanto por tenerlos. Pero dime, ¿cuál es tu urgencia? Te ves un tipo distinto, no como los que últimamente me reclaman, me caes simpático, me recuerdas a los rotitos que según mi taita eran re vivarachos, ¿no serás uno de sus descendientes?”. “No mi señor diablo (creo que ya lo tenía), yo solo quería conocerlo y de paso ver la posibilidad de un préstamo sin compromiso. A un caballero como usted, con esa pinta y esa educación no le harán falta unos pesitos que a mí me lloran, además con sus estudios de idiomas...”. “Bueno, la verdad no, así como lo planteas, veo que me respetas y sabes apreciar mis cualidades, por lo que dime, ¿de cuánto es tu dolor y a qué viene eso de los idiomas?”. “Todos estos miles solamente, mi señor diablo, y respecto de los idiomas es que yo puedo ayudarlo en sus estudios, pues tengo en mi casa un grueso y antiguo diccionario, de esos con palabras antiguas que ya no se publican y que se lo regalaría a cambio de su donación, ¿qué me dice?”. “Pues veamos la causa”, responde interesado. “Podría estarme haciendo falta un buen diccionario para avanzar en los idiomas, pero creo que por tantos miles es poca prenda. Dime, ¿no tendrías uno de versos?, ojalá de Neruda o de Pablo de Rokha, del Nicanor Parra, no, ese es muy re diablo y en sus versos ya me mandó de vuelta al infierno, justo cuando yo andaba de vacaciones, por último uno del último premio nacional, qué me dices, y tu alma, naturalmente, que solo explotando yo podrías salvarla”. “Bien pues, déme ya los miles y al atardecer pasa por mi casa y yo le entrego el diccionario y si me consigo, capaz que le tenga su libro de versos”. Por fin, no sin pensarlo bien, el señor diablo me entregó más de los miles que yo necesitaba. Ahora yo tendría que pensar en su encargo y, respecto de mi alma, eso sí que era serio. En la tarde pasó el diablo, elegantemente vestido por mi humilde rancho, saludando en francés y luego en inglés para demostrar, el agrandado, que era trilingüe. Luego le pasé el volumen de versos del último premio nacional, el tercero en sus preferencias y mientras el diablo lo ojeaba le pasé el otro volumen. El diablo descuidadamente lo

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recibió y procedió a ojearlo también, cuando ya, demasiado tarde, se percató de que no era un diccionario, sino la Biblia. Descubrir esto y explotar fue una sola cosa, pero así fue. Solo quedó la corbata, enterita. Ver esa corbata que me gustó de un principio y recogerla fue un acto instintivo, pero ya la tenía en mis manos y era mía. Es cierto que con el dinero ganado al diablo, luego de pagar todas mis deudas, podría comprarme muchas corbatas; mas como ésta, ninguna. Ya me imagino al señor diablo en otra dimensión, vestido elegantemente, tan caballero y cortés, derrochando simpatía y juventud, político trilingüe él, tan flemático y… sin corbata.

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Epílogo

Ya son 5 años de concurso. Cuéntate Algo se ha transformado en una instancia de creación para todos y todas quienes tienen ansias de contar algo. Para el equipo de Biblioteca Viva y Fundación La Fuente esto es motivo de un enorme orgullo. Orgullo porque en nuestro afán de fomentar la lectura, fomentamos también la creación literaria. Orgullo porque cada año recibimos más y más cuentos de chilenos y extranjeros que necesitan ser leídos. Orgullo porque hoy podemos publicar un libro en formato electrónico que estará disponible en nuestra biblioteca virtual, para que sea leído por todos nuestros socios. Los 5 años del Cuéntate Algo no serían posibles sin el apoyo de Random House Mondadori –y aquí un enorme agradecimiento a Pola Núñez-, Minera Escondida, El Mercurio y la Escuela de Literatura de la Finis Terrae. Todos ellos han creído en nuestro concurso, aportando con premios y jurados.

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Los equipos de Biblioteca Viva y Fundación La Fuente integramos el selecto comité de selección (valga la cacofonía). Por cinco años hemos leído cerca de 2.000 cuentos, en jornadas exhaustivas, pero llenas de disfrute. Gracias a todos los que alguna vez recibieron un sobre con las copias de un cuento para revisarlo y lo leyeron a conciencia y con gusto. Me gustaría finalmente felicitar a los ganadores de todos los años, entre 2007 y 2011, y agradecer a todos los participantes del concurso. Siempre habrá una oportunidad para los buenos cuentos. Esperamos seguir creciendo y mantener un Cuéntate Algo de calidad literaria que fomente la creación y proliferación de autores nacionales extranjeros avecindados en nuestro país. ¡Larga vida al Cuéntate Algo!

Claudia Olavarría Gerente Biblioteca Viva Fundación La Fuente Enero de 2012

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