COMPILACIÓN DE
CUENTOS GANADORES
Histeria de un viejo fusil1 Autor: Alejandro Hernández Celis Galardón: Mención de honor en la Categoría infantil Detuvieron la marcha ante el asomo indeciso de un viejo fusil. —¡¡¡Cuidado!!! —Rugieron varios al tiempo. Unos, cayeron de bruces. Otros, huyeron colina abajo en busca de la ofensiva. Varios se replegaron a los costados, casi rodeando el supuesto enemigo. Y, por último, la retaguardia, desde lo alto, protegía al grupo de cualquier emboscada. —¡Rápido! ¡posiciones! —indicó Bedoya; hombre alto, robusto, con barba abundante. Conservaba autoridad en la voz gruesa y metódica. El valle quedó en silencio, a excepción del bello cantar de los toches. Los árboles, estatuas majestuosas y llenas de vida, brillaban dorados, hermosos, cálidos ante la ventisca de hojas que suspiraba el atardecer. Ramírez, recostado boca abajo, con el pasto escuchando el palpitar de su pecho, esperaba inquieto. Escuchó a López pronunciarse frente a Bedoya, el Sargento: —Señor, ¿por qué no atacamos? ¡¿No ve que es uno solo?!
Al texto únicamente se le modificó el formato y se le reemplazaron los guiones cortos (-) por guiones largos (—). Lo demás permanece igual a como fue enviado por el autor para participar en el concurso. 1
—¡Insolente! —Bramó—. Tu no cambias. ¡Piensa! ¿Será que una persona, en su completo y total juicio, le haría frente a todo un pelotón? ¡Deben ser como mínimo veinte guerrilleros, rodeándonos! Mientras tanto, Ramírez pensaba en cómo un lugar tan bello en la tierra, de hermosos paisajes, untaba su amanecer de sangre. Ahora, concentrado, clavaba la vista en el desconcierto de hojas y ramas, veinte metros delante. Saboreaba amargo el ambiente de histeria. Sus brazos sujetaban el metal como un niño aferrado a sus padres. Los músculos encalambrados eran como una extraña pesadez de inmovilidad, un extraño dolor de atadura. Sus manos se tornaban blancas, y el flujo sanguíneo disminuía en ellas. El sudor bajaba en finas gotas heladas, alrededor del rostro. El calor en las axilas se mezclaba con las ganas repentinas de ir al baño, y los rezos agitados en derredor no hacían más que indisponerlo en combate. Ramírez sintió cada segundo como un martillazo en el acero; sonido estridente, desgarrador de cordura. Estos últimos meses, había sido testigo de atrocidades que mostraban el infierno de la guerra. La asfixia del dolor, del eterno sudor que consumía el cuerpo del guerrero, el penetrante olor a pólvora, las llamaradas que expulsaba cada bala, cada cañón, cada bomba, el humo hirviente de la carne frita con los nervios destrozados, y la sangre coagulada en la boca, la nariz, y los oídos, torturaban al más valiente de los soldados. Dichas imágenes de terror bombardeaban su mente, y el recuerdo de sus hijas, de su esposa, se desvanecía en un mar de gritos. Dentro suyo, como un virus, estallaba el odio. La ira ascendía. Ese huracán de emociones revolvía y revolvía el interior, los órganos. Callaba la tormenta dentro suyo, por el deber, por la responsabilidad que debía al país. Y no era el único: a su lado, Díaz, Gonzáles, Parra, Rojas, y muchos otros, temblaban de terror,
sacudiendo los labios involuntariamente, estrellando la dentadura con golpecitos secos. —Sargento, no puedo esperar más —rogó López—. No hay opción, tendremos que atacar dentro de poco. ¡Estamos alargando el suplicio! Bedoya dio un largo suspiro. Estaban aprisionados por una serie de colinas. Y si en ellas el enemigo se escondía, observándolos en la mira telescópica, la escapatoria era cuento de hadas. —Lo vamos a hacer a mi manera —sentenció. Configuró los dedos en distintos símbolos. Ramírez, al captar el lenguaje encriptado, como serpiente, se arrastró, acercándose más y más a la punta de fusil viejo que asomaba entre los arbustos, veinte metros delante. Cada soldado del pelotón sabía lo que venía. Algunos cargaban sus armas, otros se movían en patrones hasta posicionarse para el combate. Cuando Ramírez estuvo en el lugar adecuado, soltó el seguro, y apuntó. El brillo de sus ojos titiritaba como una estrella perdida que busca venganza. El dedo en el gatillo vacilaba. Los toches apagaron su canto… En un rincón de la escena, sobresalía el humo que despedía una casita rústica. La chimenea, las paredes de madera, el techo de zinc, el patio de barro y las gallinas en él, configuraban la esencia de la vida en el campo. La oscuridad empezaba a apoderarse de todo, las sombras consumían los objetos, las formas, los colores. La luz que escupía las ventanas era interrumpida por un señor de bigote, camisa blanca de rayas, cubierto con ruana, y sombrero de paja. Escupió el café en su boca. Corrió el cerrojo de la puerta y la abrió a empujones. Salió en sumo estrépito, alzando las manos, volviéndose visible.
—¡¡No disparen!! ¡¡Alto!! ¡¡No hagan nada, por favor!! ¡Es mi hijo! ¡No disparen! —intervino. La punta del viejo fusil que asomaba entre los arbustos era la punta de una escoba sucia. El que la sostenía era un joven de veinte años con problemas mentales, que salía a jugar de vez en cuando, y que, por casualidad del destino, decidió tomar la escoba y jugar en el instante en el que el pelotón avanzaba por el valle. Los más de veinte guerrilleros escondidos en las montañas, eran producto de la histeria del soldado. Al saber la verdad muchos de ellos soltaron una enorme carcajada que tranquilizó a los toches, y el canto de estos inundó de nuevo el lugar. Ramírez, de camino al batallón, cabizbajo, se horrorizaba por el hecho de que estuvo a punto de acribillar a un muchacho inocente. Cargaba con la culpa a sus espaldas. “Esta guerra —pensó— nos arrebató el brillo, la luz hermosa de la felicidad. Esa luz resplandeciente como el dulce y tierno cielo azul de mi hogar. Esa luz resplandeciente como las llamas del fogón de leña que calientan el café por las mañanas de rocío, o como los abrazos cálidos de mi familia. No… No nos arrebató la luz. La cambió por los destellos de las detonaciones en el campo de batalla. Porque el mal no solo es oscuridad, también puede ser luz cegadora que nos condena a las tinieblas blanquecinas. Porque el infierno está lleno de llamas también. Tal vez la luz del atardecer, de las estrellas, de las sonrisas, puedan conservar en sus rayos la esperanza, la pasión por vivir… Lo peor de esta guerra fue darnos un falso horizonte, una falsa certeza que, con descaro, trataba de imitar la luz en su misión de señalar el camino”. Las hojas consumían la figura melancólica de Ramírez, a lo lejos. Mientras tanto, el padre abrazaba a su hijo, llorando; no creía lo sucedido mientras se preparaba una taza de café.
La electricidad es como la magia2
Autora: Manuela Hernández Arboleda Galardón: Ganadora en la Categoría infantil
I Nací en una remota aldea de la cordillera occidental, una aldea a la que no llegaba el servicio eléctrico, sólo conocí la electricidad cuando cumplí 10 años. Mi vida cambió a partir de ese momento. Hoy puedo decir que era una Valeria antes de conocer la electricidad y otra muy diferente después de conocerla. A pesar de que teníamos muchos artefactos en casa: radio, televisor, bombillos y fogón eléctrico, todos estos objetos permanecían en el olvido, en la pieza que mi padre había destinado para guardarlas. De nada valían porque no podíamos usarlos, ya que la energía no llegaba a la casa. El polvo se había convertido en su único compañero durante los largos años de encierro. Mi único contacto con el mundo exterior era el viejo radio de baterías de mi padre. Una radio que sólo lograba sintonizar una emisora y que solo podía escuchar en la noche cuando mi padre regresaba de su trabajo de agricultor.
Cuando papá regresaba nos encontraba desafiando las tinieblas con lámparas de petróleo que colocábamos por toda la casa a pesar de las precariedades era una vida feliz, no puedo negarlo.
Al texto únicamente se le modificó el formato y se le corrigieron algunos errores de digitación. Lo demás permanece igual a como fue enviado por la autora para participar en el concurso. 2
II Fue gracias a la única emisora que sintonizaba el radio que me enamoré de las canciones y de la voz de Belinda, una cantante mexicana. Me aprendí cada una de sus canciones de memoria y las cantaba mientras alimentaba a los patos, mientras le daba de comer a los cerdos o mientras recogía los tomates de la huerta familiar. Terminé idolatrando a aquella artista e intenté hacerme una imagen mental de su rostro tomando como punto de partida el color de su voz. La imaginé de cabello largo castaño, de la misma estatura de mi madre y de ojos color miel. La imaginé montada sobre el escenario cantando para una multitud todas aquellas canciones que me gustaban. Una noche, el locutor de la emisora anunció que el 30 de octubre pasarían por la televisión el multitudinario concierto que Belinda había ofrecido en la ciudad de Bogotá. Yo le conté a mi mamá atragantada por la emoción y mi madre intentó calmarme diciéndome que el televisor más cercano estaba a unos 100 km de distancia en un pueblo llamado Francisco Pizarro y que para desplazarse hasta allá, tocaría invertir un dinero que mi padre tenía reservado para prioridades domésticas. Entendí que mi sueño de ver a Belinda se había esfumado y tardé varios días con un rostro adusto que robó la atención de mi padre. Me llamó y me sentó en sus piernas y entonces le conté lo de mi sueño frustrado y me vio tan triste que se disculpó conmigo por vivir en una aldea tan lejana sin servicio eléctrico y me prometió que trabajaría duro para que pronto nos pudiéramos mudar a un pueblo con servicio de electricidad. Lo abracé y me fui a dormir pensando en su promesa. III El 15 de octubre sucedió lo insospechado. Un escuadrón de trabajadores de la compañía de electricidad llegó a la aldea. Venían de una ciudad cercana y dijeron que se dirigían a la montaña del esplendor donde quedaba la torre de
energía que había sido volada por la guerrilla hacía ya una década. Sus intenciones eran repararla y restituir el servicio de fluido eléctrico a la aldea. Yo me enteré de la noticia cuando mi padre se la contó a mi madre mientras yo alimentaba los patos. Sentí mi corazón palpitando más a prisa, significaba que si la reparación era exitosa, yo podía conectar el televisor y ver a mi adorada Belinda. A la mañana siguiente, el escuadrón de trabajadores pasó por mi finca en dirección a la montaña del esplendor. Llevaban sus herramientas en la mano y yo salí corriendo hacia ellos para preguntarles cuánto se demorarían en hacer el trabajo. Me contaron que todo dependía de la magnitud del daño. Así como podían demorarse un par de días, también podían demorarse un par de meses. Si los repuestos que necesitaba la torre era los que ellos llevaban, tardarían 48 horas, pero si el repuesto debían mandarlo a traer de Canadá, demorarían entre dos y tres meses. Yo corrí hacía mi cuarto y recé para que su trabajo no demorara tanto y al parecer el milagro se me dio porque 48 horas después, la electricidad entró como una ráfaga de magia a mi casa, la polvorienta bombilla de mi habitación se iluminó después de estar muerta durante años y por primera vez pudimos archivar las viejas lámparas de petróleo para siempre. IV No sé quién estaba más emocionada si mi madre o yo, cuando mi padre se dispuso a buscar el viejo televisor que era mi única esperanza de ver a Belinda. Lo puso sobre una mesa y comenzamos a desempolvarlo con brochas como si se tratara de una reliquia arqueológica. Mi padre hizo un comentario que casi me hace desmayar del miedo: “ahora lo que falta es que este tiesto esté quemado”. Lo conectó al tomacorriente y cuando lo vi encenderse se me fue el habla y me senté frente a él mientras mi padre manipulaba la entena para sintonizar mejor los canales nacionales. Después de minutos de búsqueda, mi padre logró sintonizar los canales con éxito. Me sorprendí al ver la nitidez de
las imágenes y mi madre repitió varias veces que la electricidad era como la magia. Mi padre, al vernos tan ensimismadas en la contemplación del televisor, nos recordó que ambas teníamos labores domésticas para hacer y que el televisor no podía ser un pretexto para olvidarse de ellas. Era 22 de octubre y el 30 de octubre cuando mi padre llegó a casa después de su trabajo, nos encontró a mamá y a mí bañadas en lágrimas. A mí por haber cumplido el sueño de ver el concierto de Belinda y a mi madre por verme feliz frente aquel aparato animado por una extraña magia llamada electricidad.
El origen del Cetro3
Autores: Valeria Elejalde Gutiérrez y Santiago Sánchez Velásquez Galardón: Mención de honor en la Categoría Juvenil
I Al despertarme esta mañana me percaté de que el ácido caía bruscamente y resbalaba por las ventanas de las casas resistentes al potente calor, se oía como el mar ácido llorando, y al contemplar la situación me di cuenta de que eso era; pero confiando en nuestra evolución dejé de observar a profundidad este fenómeno. A 50 kilómetros de profundidad bajo la superficie nos encontrábamos aislados del dióxido pesado que llenaba los pulmones de las naves cada mañana o cada noche antes de que partieran hacia otro lugar. Nuestra estrella brillaba sin importar la hora, el día o el siglo, cubría todo con su cálida luz, pero tan lejana como la amargura para quien descubre sus primeros éxitos. Acostumbrados al calor, nuestra piel se tornó de un gris rocoso, áspero, moldeando cada curva de nuestra antigua belleza en una masa de piedra, dejando libre sólo nuestro pecho, donde habita un ópalo resplandeciente; como la luna del que fuera nuestro planeta gemelo. Blando de decisión o bipolar, y tan denso para las manos como el metal más fino, el ópalo de cada uno brillaba con luz propia, y a quienes no les brillaba se les otorgaba un poco de luz de los demás, porque más que tener esa luz, lo importante era la uniformidad.
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Me levanté con un dolor en los hombros que, asumí, tenía debido al trabajo de ayer. Me hice un pequeño masaje con las pocas fuerzas que me quedaban, sintiendo el contacto de mis pies con el suelo ardiente. Entre la oscuridad de mi kaloah, busqué con la vista el productor de energía que con cuidado y algo de sueño había dejado en alguna parte. Con mis ojos adormecidos, pupilas expandidas al máximo, oídos hábilmente afinados, rodillas flexionadas y manos extendidas, busqué bajo mi hamaca, con la esperanza de encontrarlo antes de perder la movilidad, y esperar en agonía a alguien observador que notara mi ausencia en la ruta del helicóptero. Al borde del desespero, lo hallé bajo mis libros y lo devolví a su lugar en mi pecho, y seguidamente me alisté con la mayor rapidez posible para una descendiente lejana de la Diosa de la belleza y el amor. Con quince minutos de retraso, corrí al edificio verde con ventanas blancas y visualicé su nombre resplandeciente arriba: “Helitrans”. Subí en el ascensor con veinte hermanos más, que menospreciaron mi ópalo por encontrarse luces por debajo de los suyos. —¡Shukra!—, gritó Tereshkova al verme salir con paso tranquilo del ascensor, pues ya se me había olvidado la preocupación de la puntualidad que minutos antes me afligía. —¡Muévete! Hice que Terang nos esperase, pero me tiene licuada—. Corrimos hasta el helicóptero que nos llevaría al centro de nuestro hogar. Era espacioso y brillante, tanto que me transmitía seguridad cuando me encontraba en el aire. Al llegar al centro, miles de Kumaras nos organizaron a los principiantes en hieleras, quienes revoloteábamos igual que las mariposas de antaño. A los extravenusios, los venusianos y a los posibles luminosos o futuros Kumaras, los
sistematizaban desde días previos, así que ellos hacían las filas sin la necesidad de un guía. Yo estaba tan distraída mirando los ópalos, que el calor parecía inexistente, y por un momento me sentí tan grande como Hikari-Akira, lo cual es bastante irreal, ya que es la más sabia Luminosa de nuestro hogar. Pero el suceso, es que yo estaba esperando para entregar mi primera luz, y los nervios me consumían de saber que Hakira la tendría consigo, junto a otro centenar de ellas, de seguro mejores, pero igual de luminosas a la mía. Shukra - Venus. 308 d.C. II No tengo mucho para contar, es la primera vez que llevaré una luz al Luminoso de mi planeta, y soy de los más jóvenes en hacerlo. No tengo recuerdos de infancia o experiencias que merezcan ser contadas en mi primera vez escribiendo. Sé que debo aportar con algo, pero de verdad es difícil hacerlo cuando la vida en mi hogar es tan aburrida. Habitamos el planeta más grande del Cinturón de Luz del Cetro, pero somos pocos en comparación con la extensión territorial que tenemos, así que vivimos separados por kilómetros de distancia. Las luces que he leído dicen que cuando llegamos no éramos aptos para soportar las condiciones de este nuevo mundo, pero que poco a poco nos fuimos moldeando según las necesidades de adaptación que se nos presentaban. Ahora nuestros pies parecen raíces que se aferran al suelo para no ser arrastrados por los vientos huracanados que nos azotan, somos de color rojizo, como si ardiéramos en llamas constantemente; nuestras manos son largas y gruesas, no tenemos cabello y podemos alcanzar los tres metros de altura. En la muñeca izquierda tenemos un enorme óvalo brillante, que indica
cuánto crecemos según la cantidad de energía que adquirimos al leer cada luz. Hay una sola ciudad llamada Rød Vind, situada en el centro de un remolino gigante de vientos que parece una gran mancha roja, por lo que sólo cuando alcanzamos el nivel adecuado de energía podemos ir allí para comenzar a aportar nuestras propias luces. Allí sólo se encuentran los almacenes de luces y el edificio donde se reúnen los aspirantes a Luminosos y Draugr Lyse, el más sabio de todos. Mi óvalo es más grande que el de los otros jupiterianos que he conocido, que son pocos, de hecho. A ese óvalo brillante lo llamamos ópalo, ya que descubrimos que a pesar de variar en cuanto a formas y colores, todos los seres del Cinturón de Luz lo tenemos, y por eso lo nombraron así en el primer Consejo de Luminosos. Soy alguien simple, sin mucho qué decir, pero quiero aportar mi luz igual que todos, ya que han sido justamente las increíbles luces de los demás las que me han permitido tener suficiente energía para crecer. Quiero que alguien más crezca gracias a mí, y el próximo año llevaré una luz mejor, una donde cuente cómo será mi experiencia hoy llevando a Rød Vind este primer y pequeño brillo. No sé qué es lo que sucede con cada una de las luces que llevamos cada año, pero Draugr Lyse dice que no sólo nos ayudan a mantener nuestra energía, sino a conservar la de todo el Cinturón de Luz, y sé que él se encargará de que así sea. Klar Asvargr - Júpiter. 308 d.C. III Lo que conocíamos como hogar ya no existe. Se perdió por completo tras la intensa batalla que libraba contra el más grande de sus males: nosotros.
A causa de los humanos, en el año 2.127 el planeta se enfrentó a una crisis ambiental que terminó por destrozar su estructura completa, el núcleo colapsó y la corteza terrestre se vino abajo. Los sobrevivientes nos refugiamos en las estaciones espaciales que orvitaban como satélites en la atmósfera, pero una gran explosión final nos obligó a desplazarnos hasta los demás planetas del Sistema Solar. Durante mucho tiempo perdimos la comunicación y llegamos a creer que cada planeta al que llegábamos era el que albergaba a los últimos sobrevivientes de la raza humana. Transcurrieron al menos treinta años de colonización y adaptación, que se aceleró gracias a las condiciones extremas y a los mutágenos especiales que desarrollamos. Luego comenzamos a buscar más sobrevivientes en los planetas cercanos, hasta que hallamos vestigios de vida humana en los doce planetas del sector. Fue así como hace un año, en el 2.159 del calendario terrestre, tras treinta y dos años de exilio en planetas ajenos, nos reunimos y conformamos el Primer Consejo de Luminosos, ya que comprendimos la importancia de la luz y la energía para la supervivencia de nuestra especie en los diferentes ambientes, y descubrimos que los cambios evolutivos que nos había hecho tan diferentes, ahora son motivo de unidad interplanetaria. De la vida en La Tierra no queda mucho registro, lo que sabe el Consejo de Luminosos es que fueron las acciones del hombre las que acabaron con el planeta, consumiendo y arrasando a su paso todo lo que en él habitaba, buscando siempre saciar su enorme ambición; justificada con el crecimiento económico, el avance tecnológico y la expansión territorial. Mientras cada estación espacial colonizaba su propio planeta, todos los sobrevivientes estaban desamparados y llenos de miedo, sin saber a lo que se enfrentaban en un territorio inhóspito y desconocido. El proceso de adaptación no fue sólo morfológico, sino también cultural. Al observar las
similitudes antropomórficas que conservábamos y las condiciones diversas de cada planeta, decidimos plasmar todo en una nueva realidad que permitiera conocer y registrar toda evolución social que se presentara en nuestra reciente organización interplanetaria. Recogimos los datos de cada habitante de cada planeta, y confirmamos que muchos guardaban saberes ancestrales heredados gracias a la diversidad existente en La Tierra, una diversidad que no solía ser respetada ni fomentada, pero que nos ofreció a todos una nueva esperanza de reconciliación y convivencia. Decidimos entonces que todo esto debía ser contado, que debíamos reconstruir nuestras memorias para así avanzar en nuestro objetivo; y para nuestra sorpresa, salió mejor de lo que esperábamos. Resultó que al reunirnos para compartir las memorias que los Luminosos recolectamos, vimos reflejada cada una de ellas en una luz que llenó de energía a todos los habitantes. La fría y oscura estrella que había en medio de nosotros se encendió cuando una gigantesca onda luminosa desprendida por las luces de nuestras memorias la alcanzó, y todos nosotros desarrollamos una manera de reflejar nuestras luces y de absorber la energía de la estrella, a la que debíamos seguir alimentando. La llamamos el Cetro, que es donde enviamos las luces que crea cada persona cuando escribe sus experiencias, y a nuestra alianza planetaria la nombramos Cinturón de Luz del Cetro. Hoy, tras un año del primer concilio del Cetro, se reúne de nuevo el Consejo de Luminosos para realizar la segunda entrega de luces de cada habitante del Cinturón de Luz del Cetro. Cada Luminoso traerá las que aporte su planeta para el Cetro, y así seguiremos llenando de luz y energía las vidas de todos. Consejo de Luminosos - Año 1 después de Cetro.
Lo Inexplorado4 Autor: Boris Santiago Álvarez Alzate Galardón: Ganador en la Categoría Juvenil
I Desde la primera vez que Jorge tocó las llagas de Cristo repudió su cuerpo, porque tenía que cargar con el mundo y el mundo se le antojaba ajeno e insoportable, lleno de imágenes que no podía descifrar. Prefería quedarse a solas en su habitación, un territorio que ha recorrido y que conoce bien. Allí los pájaros le avisaban fielmente el día que comienza y los sueños lo transportaban al día que termina, pero Clemencia existía. Clemencia se despertaba antes que los pájaros y su voz era más dulce. Ella soñaba, aunque el día no hubiera terminado. De todos los niños del orfanato era la única que quería andar con Jorge y solo a ella Jorge le sonreía. Por eso las monjas no se enojaban, a pesar de que siempre volvieran cortados y sucios de sus caminatas matutinas. A Clemencia le gustaba andar despacio, explorando siempre caminos nuevos. Soñaba que Jorge descubriera el mundo y se esmeraba por describirle cada hoja que caía. Todos somos como esas hojas —solía leerle— hay una energía que nos mueve a abandonar los sitios comunes, a sembrar nuevos árboles en nuevas tierras. Pero Jorge temía ser tocado por lo desconocido. Incluso Clemencia lo asustaba, sabía que ella también cargaba con un universo imposible para sus ojos, ella también tenía un cuerpo. Al texto únicamente se le modificó el formato y se le reemplazaron los guiones cortos (-) por guiones largos (—). Lo demás permanece igual a como fue enviado por el autor para participar en el concurso. 4
Alguna vez un contacto impertinente lo hizo sentir profundamente desdichado. Mientras como de costumbre buscaba una mano amiga, sus dedos desorientados palparon los pechos recién maduros de Clemencia. Ella se alarmó, aunque no quiso demostrarlo mucho por esa especie de compasión que Jorge le producía. Sin embargo, él había aprendido a ver a través de la lástima y se repudió muchos días su casi nula orientación. No supo que para ella aquel contacto fue extraño por placentero. Fue la primera vez que descubrió, entre todos los cambios de su cuerpo, un placer especial que necesitaba de otra persona para completarse. Jorge siempre le pareció el niño más especial del orfanato, pero en aquel momento vio tras la compasión un sentimiento que se escondía. Jorge solo confiaba en dos objetos del mundo exterior, el primero: sus gafas. Sus gafas eran un escudo, una manera de enfrentarse al mundo, sabía que nadie podía ver a través de ellas. Si alguien intentaba, aunque fuera por accidente, meterse con su alma, las gafas lo protegerían. Jorge creía que así debía sentirse tener un padre. El segundo: la vela de su mesa de noche. Antes de darle la bendición para dormir, las monjas siempre prenden a Dios la llama de una vela que dejan en una mesa cerca de su cama. El fuego lo apaciguaba, ahuyentaba los fantasmas nocturnos, el calor arrullaba sus sueños. Jorge creía que así debía sentirse tener una madre. La vergüenza lo había llevado a ocultarse de Clemencia por varios días, pero no pudo faltar a la celebración de su cumpleaños. De regalo, Jorge le dio su vela para que la acompañara en las noches. Al igual que la vela contenía la chispa de todos los fuegos del mundo, para Jorge, Clemencia era todas las mujeres y la única mujer.
Al anochecer, Clemencia encendió la vela y sentía que Jorge la miraba a través del fuego. Se desnudó, temerosa, presintiendo que la llama seguía mirándola. El alma era una cárcel para su cuerpo. Soñaba que la vieran desnuda, que la liberaran del yugo de su intimidad. Le habían enseñado que ciertas partes de su cuerpo estaban prohibidas para los ojos de otros, sonriendo agradeció que Jorge fuera ciego. II Dentro de la oscuridad amanecía una vela. Y entre sueños, su llama constante exploraba la intimidad de dos cuerpos inocentes y curiosos. La intuición del fuego les sugirió el deseo por el otro. Las tinieblas los vestían de un luto nupcial, se casarían de negro. Clemencia creció lo suficiente para que no le pareciera ridículo tener a la vela como padrino y a los juguetes del orfanato como únicos testigos de su matrimonio. La curiosidad del fuego calentaba el curso del tiempo, lo hacía a la vez más inestable y más intenso. El pasado y el futuro se fundieron en la vela. Los hechos dejaron de existir, en el tiempo que ardía solo había espacio para la imaginación. Abandonados en el regazo del fuego, con los ojos cerrados, abrieron sus cuerpos. Los apetitos que escondían emergieron, sus espíritus encendidos ardieron. La vela era su testigo silencioso, como la antorcha que acompaña al aventurero, les confería a la vez curiosidad y protección. Para Jorge la vela era un abrazo, para Clemencia era una lupa, pero para los dos la vela era una llave con lo
que fundieron los grilletes de sus celdas. Sometiéndose al imperio del fuego sus cuerpos fueron libres. Poseído por la energía, Jorge le propuso a Clemencia, no sin vacilar, que, así como lo había ayudado a conocer el mundo exterior, lo llevara también a conocer el mundo imposible que ella guardaba en la piel. —Tu piel es el tejido de un cosmos extraño, sueño palpar los hilos que delatan tus constelaciones. —Tú nunca has visto una estrella. —Por lo que dice la gente, me imagino que son como tú. III Guiados por la temeridad de una vela, se adentraron en el laberinto del otro. El fuego era un cazador sigiloso, y ante su asedio se alebrestaban como criaturas salvajes. Lo primero que ella descubrió fue una mancha rojiza que iba desde su humilde tetilla hasta donde empiezan las costillas. Convencida de que el corazón debía estar en el lugar exacto donde se hospedaba la mancha, Clemencia formuló hipótesis. Quizá, su corazón quería huir tras amotinarse contra un cuerpo que le era indigno. O, quizá, era tan grande que inevitablemente empezaba a desbordarse por el pecho, la espalda, el cuello y el estómago de Jorge. —Ya no duelen, pero de vez en cuando arden bastante —le susurró él. Clemencia Palpó una de esas cicatrices, la más notoria, como quien busca herirse con dolores que otro cuerpo ya olvidó. Entonces, tomó unos vinilos
destinados para la reparación de los juguetes y quiso consolar esa angustia perdida dibujando sobre las manchas de él, cicatrices que le pertenecían a ella. —¿Qué haces? —le preguntó Jorge. —Estoy dibujando sobre tu piel los tatuajes de mi alma, los seres que me usan de hogar, las pequeñas magias que me habitan. Jorge no preguntó cómo se veían los dibujos, porque ya su piel se sentía curada. Para terminar la obra, Clemencia dejó que el fuego lamiera las yemas de sus dedos y los puso sobre el pecho de Jorge, buscando que la ternura tranquilizara su corazón prófugo. Las manchas rojas dejaron de arder. Con el tacto libertario de ella, él se independizó de sus cicatrices. Ahora su piel era un lugar habitado por los símbolos que Clemencia había dibujado. Por primera vez Jorge sintió cariño por su cuerpo, porque era un reposo para las llagas de ella. Recordó a Cristo y creyó comprender el placer que tuvo Dios cuando se hizo hombre, porque él también se había convertido en el ser que más amaba. “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” fue lo que dijo en la cruz. Pero si Él era Dios —pensó Jorge— Él mismo se abandonó. Ese grito no podía ser un lamento, tuvo que ser una declaración de gozo, porque al fin, en la cúspide del dolor, se sintió completamente humano. Pero entre tanta sangre nadie pudo descifrar que ese aparente quejido, en el fondo era un canto a la dignidad del hombre. IV Le ofreció las pinturas pidiéndole que tatuara en ella su universo invisible y oscuro, que dibujara con colores del mundo, los colores imposibles que solo
un ciego puede ver. Jorge, un pintor a oscuras, intentó dibujar sobre ella las cosas que él había visto con los dedos, como creía que debían verse con los ojos. Con no poca inocencia preguntó: ¿cómo se ven los olores? ¿Cómo se ven los sonidos? Y ella, conmovida, le rogó acariciarla hasta que los placeres del tacto se hicieran objetos visibles. Entonces, Jorge puso sus dedos pintados sobre el ombligo de Clemencia y el fuego de la vela dio a luz sombras derretidas de árboles, estrellas y noches que se posaron sobre su vientre para habitarlo por siempre. Habían reemplazado la ropa por vinilos. Casi desnudos ya, de tanto ceder al incendio de la curiosidad que todo quiere abarcarlo y consumirlo, con la bendición del fuego, estaban listos para empezar a dibujar símbolos que les pertenecieran a los dos. Clemencia tomó la mano de Jorge, como cuando solía guiarlo en las caminatas matutinas, y la deslizó de a poco por su cuello. La mano fue sumergida entre dos jardines vecinos, circulares, de tulipanes salvajes que se erizaban con el tacto, de botones que sin consumirse florecían en el fuego. Esos senos y sus sueños ostentaban una curiosa similitud. Clemencia alcanzó la desnudez total cuando se despojó de la vergüenza, cuando encontró en su cuerpo un motivo de orgullo, un referente de deseo y admiración. Y estuvo más cerca de Dios, al mostrarse como Dios la trajo al mundo. V
Cual malvaviscos derretidos que compartían con besos, tomaron los recuerdos más dulces de sus vidas y los iluminaron en la diminuta fogata que los acompañaba. Sin embargo, había una parte especial en el cuerpo de Jorge que el pudor de Clemencia impedía desnudar. Pero él, que había aprendido a mirar a través del pudor, se quitó las gafas. Fue entonces cuando Clemencia, poniéndole la vela en el rostro, dio a luz a sus ojos. La esperma ardiente de la vela se deslizó dentro de ella. Tras el deseo fue necesario que la llama concluyera, pero la luz no muere, se transforma. Mientras la vela se apagaba, sus pieles se iluminaban. El cuerpo no sería más un muro ni un escudo porque, en forma de fuego o en forma de pasión, la energía siempre conecta. La llama de afuera se esfumó, porque se había encendido dentro de ellos. En la oscuridad absoluta, Clemencia al fin exploró el mundo de Jorge. Dos ciegos viendo por los mismos ojos, descubrieron una forma del fuego cuya virtud no es iluminar, sino crear.
Discusiones alrededor de una hoguera5
Autor: José Aristóbulo Ramírez Barrero Galardón: Mención de honor en la Categoría Adultos
Dice así… “La primera gran discusión de Ela fue con su abuelo Gabo. Mientras este aseveraba que la imaginación de la nieta, su fantasía, su magia y su afán de andar divagando a toda hora en mundos paralelos que sólo ella era capaz de avizorar eran producto de una luz interior poderosísima que emanaba incesantemente de una linterna maravillosa ubicada en algún recodo de su cabeza, Rafaela sostenía que luz, sí, y poderosísima también, pero esta no se originaba en ninguna lámpara mágica, sino en una hoguera formidable a cuya alrededor solían sentarse todos los seres que la poblaban, la componían y la acompañaban en su tránsito terrenal, los dos chigüiros de color verde, Ilona y Joaco, que no la dejaban ni a sol ni a sombra, las niñas abandonadas a la vera del camino que alguna vez fueron las fantasías y esperanzas de su mamá, los ñeques, faras, armadillos y otros personajes variopintos y rocambolescos que cantaban, echaban leña al fuego, contaban cuentos traídos de los cabellos y nunca dejaban de armar alboroto, sus anhelos, sus deseos, sus pálpitos, sus corazonadas y en fin todas y cada una de sus emociones… «¡Una linterna!», «¡Una fogata!», «Si fuera fogata, tú no resplandecerías como una luciérnaga y en cambio echarías lumbre por boca y nariz a la manera de los dragones», «Si fuera linterna, Ilona, Joaco y los demás no estarían tiznados
Al texto únicamente se le modificó el formato, se le agregaron algunas letras faltantes por errores de digitación y se le reemplazaron los guiones cortos (-) por guiones largos (—). Lo demás permanece igual a como fue enviado por el autor para participar en el concurso. 5
y chamuscados a toda hora», «¡Linterna!», «¡Fogata!», «Está bien, Ela de mi alma, tú ganas. Pero, por favor, quítame de encima a esos chigüiros», «Te los quitaré con una condición», «¿Cuál condición?», «Que me prometas que nunca te separarás de nosotros», «Prometido, hija mía». Su segunda gran discusión fue con el mismo rival y no precisamente por la bendita luz, sino porque el abuelo incumplió la palabra empeñada. El no hizo maletas, ni emigró a Canadá con el resto de la familia, ni salió en defensa de la nieta poniendo el grito en el cielo… «Rafaela no puede marcharse. ¿Qué va a ser de su perro, de sus árboles, de la tienda donde compra sus dulces y de todos los que en este vecindario dependemos de su energía y de su sonrisa?». El muy gallina se dejó vencer sin oponer resistencia… «¡Caracoles!, abuelo. Si de cualquier manera nos ibas a abandonar, ¿para qué tenías que abrir tu bocaza?», «Ay, Ela. Emigrar no es tan fácil como crees. Es un camino plagado de obstáculos particularmente difíciles de sortear para un viejo pobre y cansado como yo», «Tú no eres pobre ni estás cansado. Y suponiendo que así fuera, si permanecieras a mi lado no tendrías nada de qué preocuparte. ¿No que mi luz y todo lo que gracias a ella florece, imaginación, gracia, fantasía, son arsenal suficiente para salvar al mundo del caos?», «Lo son, hija, ni que decir tiene. Sólo que están diseñados para alumbrar el presente y el porvenir, y yo soy pasado», «Pasado de bromas y pájaro que no cumple lo que promete», «Júrame, Ela, que nunca dejarás que tu luz se extinga», «Lo juro, abuelo. Y yo, a diferencia de ti, cumpliré mi promesa. Aquí, en Canadá o dónde quiera que tenga que encender mi fogata». Y de este juramento derivó su tercera gran discusión no ya con Gabo, quien se había quedado atascado en Bogotá —sumido en la penumbra y desmigajándose a ojos vista—, sino con Raimundo y todo el mundo; porque sí; porque no y porque tal vez; porque Ela es una niña terca y porfiada que quiere salirse siempre con la suya; porque no asimila ni acata los principios de
autoridad, respeto y orden; porque nunca hace caso; porque no se deja formalizar y estandarizar; porque le importa un bledo que la llamen a capítulo… «Ela, apaga esa luz, que es grosería encandilar a los demás, chifladura e imbecilidad seguir manteniendo vivo el cuento chino del abuelo según el cual tú eres mitad cocuyo, mitad ejército de criaturas díscolas y extravagantes, y comportamiento asaz peligroso ya que, si no te corriges, si no te abstienes de engullir tales disparates que te ocasionan esas chispas luminosas, todos se burlarán de ti, te dirán bicho raro, te aislarán, te violentarán y te harán la vida imposible. Vamos, sé niña buena, compórtate como los demás y verás que todos tus inconvenientes desaparecerán como por ensalmo», «Ela, apaga esa fogata, que vas a causar un incendio y saca de la casa a esos indios y a esos animalejos. Si los vecinos se enteraran de tus rarezas nos echarían encima a las autoridades de migración que nos deportarían y ahí sí, apague y vámonos, adiós privilegios y a morirnos de hambre»; porque no colabora en su proceso deformativo… «Doña Marta, su hija pinta el pasto de color rojo, el cielo de verde y los árboles de blanco, y les pone barba a las mujeres y senos a los hombres. La corrijo y no me hace caso, la regaño y me contesta con dos piedras en la mano», «Doña Marta, Rafaelita se la pasa platicando con sus amigos imaginarios y les hace más caso a ellos que a sus profesores. No quiero pecar de alarmista, pero yo de usted la pondría en manos de un psiquiatra»; porque discute, cuestiona, se rebela y responde violentamente a cualquier intento por domesticarla… «Pues no apago mi luz, papá, porque ella es mi esencia. De allí nacen mi imaginación, mi fantasía y mi magia», «Entonces te la apagaré a las malas, aunque tenga que provocarte un corto circuito»… «Pues no apago mi fogata, mamá, porque a su alrededor toman asiento las mejores versiones de ti y todos los personajes que conforman lo que yo soy», «Entonces te la apagaré a las malas, aunque tenga que inundarte hasta el alma»… «Pues seguiré pintando a mi modo,
maestros, porque yo soy artista y no copista, y en materia de educación, seguiré los consejos de mis amigos imaginarios. Ellos me conocen mejor que ustedes y no pretenden despojarme de mi esencia», «Si esa es tu actitud, si no entiendes a las buenas qué es lo mejor para ti, no queda otro camino que hacértelo entender a las malas». Y hete aquí que, como no hubo acuerdo entre los contendientes, esta tercera discusión pronto mutó en trifulca y la trifulca en batalla campal. Y hete aquí que, a despecho de que Rafaela es una oponente de muchos recursos, un as para esquivar trampas y encerronas, el hecho de tener que enfrentar simultáneamente a madre, padre, compañeros, profesores, gobierno, sistema, sociedad, tradiciones, mitos e imposiciones de la aldea global fue minándole paulatinamente el ímpetu hasta el punto en que, a pesar de que chigüiros, niñas abandonadas a la vera del camino, ñeques, faras, armadillos y otros personajes variopintos y rocambolescos le ayudaban a animar durante la noche la fogata que el resto de la humanidad se encargaba de desanimar durante el día, a la postre su luz interior quedó reducida a pavesas, a un hilo dorado más delgado que pata de zancudo. Y si en el planeta Ela llovía, en el asteroide Gabo no escampaba. Desprovistos del fulgor de la hoguera de marras, las corvas del abuelo, sus articulaciones, sus músculos, sus tendones, sus arrestos, sus neuronas fueron agarrotándose y necrosándose hasta rozar la frontera del colapso definitivo. Algo había que hacer y como nieta y abuelo estaban bajos de forma, Ilona y Joaco tomaron cartas en el asunto... «Buenas tardes, don Gabo. No, no está soñando ni alucinando. Tampoco está muerto. Claro que soy Ilona, ¿o es que conoce a otra chigüira de color verde que hable castellano y haya leído a Verne? Estoy aquí porque su nieta está de capa caída y si usted no espabila, va a rescatarla, defiende sus derechos y pide su custodia… No se preocupe por
visa y por avión. Viajaremos a Canadá en globo. Así que, póngase su sombrero, trepe por la escalera, suba a bordo y póngase cómodo. Ajá, el fuego del globo es de Ela. Ya verá cómo su influjo le devuelve la savia en un periquete». «Buenas tardes, Ela. Sí, somos nosotros, Joaco y pandilla. Como por culpa del tratamiento curativo a que te tienen sometida tu luz está agonizando, no nos quedó más remedio que evadirnos del mundo ideal y venir a este mundo cruel a echarte una mano. Te tenemos malas noticias. Gabo está alicaído y a punto de estirar la pata. Y si tú no espabilas, vas a rescatarlo y lo iluminas con tu resplandor… No te preocupes por visa y por avión. Viajaremos a Bogotá en globo. Así que, chántate la gorra, trepa por la escalera, sube a bordo y ponte cómoda. Llegaremos a Bogotá en un santiamén». Que el cielo mexicano es lindo, Ela, Gabo y compañía lo pudieron constatar cuando en su azul inmenso globo y globo se encontraron. Que el amor cura todos los males, pasajeros y tripulantes lo ratificaron cuando descubrieron que ya no había agarrotamientos en los miembros del abuelo y que la luz de la nieta había recuperado todo su esplendor. Que la vida no da treguas, nuestros héroes lo comprendieron cuando al instante debieron decidir si virar hacia Canadá o enrumbar hacia Colombia. Sobre el particular, como en ambos destinos los aguardaban los soplos de los apaga fogatas, decidieron quedarse allí, al menos hasta cuando Ela cumpliera la mayoría de edad y pudiera administrar su magia por cuenta propia. Dicha decisión dio origen a una nueva discusión a varias voces… «México no tolerará una invasión a su espacio aéreo», «Nos haremos invisibles para que no nos pillen». «Contamos con enjundia, agua, aire y fuego, pero carecemos de tierra y sin ella nuestro asentamiento es inviable», «Ya vendrán más abuelos y nietos fugados con puñados de dicho elemento en sus globos».
¡Y vaya que llegaron!, una real avalancha. Con tierra y, sobre todo, con nuevas luces tan o más fulgurantes que la de Ela. Luces que dieron origen a un país más indulgente, justo y excitante que cualquiera de los existentes allá abajo, luces que provienen de la imaginación y está visto que la imaginación es la energía que mueve al mundo”. «¿Te gustó el cuento?», pregunta la pequeña aguardando el veredicto, tan deseado como temido. «Ay, hija, ¡me fascinó!», responde su mamá. Y felices y convencidas del poder mágico de la imaginación, ambas se yerguen, se desperezan y marchan a la charca a departir con el resto de chigüiros de la manada.
El ladrón de luz6
Autor: Jaime Hernán Cortés Torres Galardón: Ganador en la Categoría Adultos
1
El gigante se levantó de la cama y se tambaleó como si fuera un niño que aprendía a caminar. Aunque le dolían las piernas papá aceptaba la inutilidad de quejarse. Nadie nos escucha en ningún lado, decía. Dio un par de pasos estirando los brazos hacia los lados para equilibrarse. Tragó su propia saliva espesa antes de hablar. Mijo, ¿qué hora es?, preguntó. Las dos, respondí mientras contemplaba a papá levantarse de entre los muertos. ¿De la mañana o de la tarde?, preguntó desorientado. De la mañana, respondí. Levántate. Vamos a poner el contrabando. Ya no aguanto más esta puta oscuridad, agregó.
2
Al texto únicamente se le modificó el formato y se le agregaron algunas tildes diacríticas. Lo demás permanece igual a como fue enviado por el autor para participar en el concurso. 6
Mamá murió a oscuras. No lo digo porque estuviera ciega, la oscuridad era tan profunda que hasta ella pudo percibirla. La pieza en la que vivíamos era pequeña, el espacio suficiente para dos camas sencillas, una nevera vieja, un televisor que nunca pudimos reparar y un tocador en el que apilábamos los periódicos viejos que me había cansado de releer en voz alta. La única ventana de la casa la había sellado papá de mala gana con dos ladrillos porque por ahí nos habían robado la radio en la que mamá acostumbraba escuchar las noticias. Ahora además de la oscuridad la va a enloquecer el silencio, decía papá contrariado cuando salía todos los días a rebuscarse unos pesos. El hecho de que nos hubieran cortado la energía, hacía que la pérdida de la ventana fuera definitiva para que la casa estuviera dominada por la oscuridad a cualquier hora del día. Sin embargo, perder algo te permite ganar otras cosas. Tal vez fue esa penumbra la que nos permitió percibir las cosas que la claridad de una bombilla incandescente nos hubiera ocultado. Aunque no lo crean, es menos siniestro ver una muerte que escucharla. Papá y yo, oímos morir a mamá como si se tratara de un espectro que intentaba regresar para decir algo que había olvidado.
3
Papá intentó levantar la caja de herramientas. Suspiró. Lo intentó de nuevo sin fortuna y se arrodilló luego frente a la caja como si se le implorara algo de complicidad. Mientras lo observaba, sentí la calidez de la madera a través de un agujero en los zapatos. Vamos a tener que arrastrarla, dijo como si el realidad dijera vas a tener que arrastrarla vos solo. Avanzó hasta la puerta y se tapó los ojos como si la luz de la luna lo incomodara. Afuera estaba el barrio. No había cambiado nada. La pobreza siempre es la misma.
4
Mamá estuvo postrada dos años, tiempo durante el que papá no la dejaba morir bajo la amenaza de que se moriría con ella. Mamá, se aferraba a la vida como esperando a que creciera lo suficiente para que pudiera defenderme solo. Durante ese tiempo, las noticias terribles del mundo la habían convencido de que aún no era el momento para dejarme en medio de tanta hostilidad. Uno no se muere cuando le toca si no cuando puede, decía, y mi padre asentía porque entendía de lo que hablaba. Yo le leía noticias de periódicos viejos para mantenerla atada a las cosas del mundo. A ella le daba igual si las noticias eran de una semana o un año antes, y tenía razón por que todo es siempre igual. Cambian los nombres pero no los hechos. Siempre la misma oscuridad aunque el sol nos ilusione cada día con un nuevo amanecer. Cuando nos cortaron la energía, aprovechaba la luz del día para leerle desde la puerta de la casa. A pesar de casi gritar para que me escuchara, los vecinos nunca se quejaron porque ellos tampoco tenían energía y mi voz les hacía creer que era la radio que aún permanecía encendida.
5
Arrastré la caja como pude. Hasta un niño sabe cuándo es el momento de ser un hombre. Papá caminó unos diez metros por el camino de tierra agarrándose de cualquier cosa que tuviera a la mano. El poste improvisado seguía allí esperando para ver a mi padre hacerse hombre otra vez. Dejé la caja de herramientas junto a la base del poste que mi padre había enterrado
con sus propias manos cuando invadieron el lugar. Mijo, ahora ve por la escalera. Si pudiste con la caja la escalera es lo de menos, sentenció. Afuera estaba oscuro como si la oscuridad de la casa se hubiera ido derramando por el mundo sin darnos cuenta.
6
“40 años de las naves que van hacia el infinito”, fue el último artículo de prensa que le leí a mamá. Lo recuperé de la basura al volver de la escuela. Las Voyager, las representantes de la humanidad frente a la inmensidad del espacio, se sumergían en la oscuridad después de abandonar el sistema solar. Continuarían luchando sin tregua aunque su existencia fuera injustificada. Lo harían hasta agotar la energía de su corazón de plutonio. Hasta las máquinas mueren a oscuras, dijo papá. Ahora esos pedazos de chatarra sabrán que la luz es todo un privilegio, agregó desde la cama como si justificara su cuerpo impedido por la descarga eléctrica. Lo decía como si el precio que había pagado fuera justo. Eso de hágase la luz no salió muy bien que digamos, dijo como si se burlara de Dios. La oscuridad está ganando, agregó. Mientras leía, mamá estuvo tan callada que tuve que preguntarle algo para saber si aún seguía viva. Si mijo, sigo aquí. Todavía no me he muerto, respondió como si la muerte no fuera gran cosa.
7
Cuando llegué con la escalera supe que con tiempo y paciencia un hombre puede mover una montaña. Papá me observaba como si lo sorprendiera, ignoraba que él era el milagro. Intentó tragar su saliva otra vez pero tenía la boca seca. Ahora solo tengo que subir, dijo mientras levantaba la vista buscando un escalón para agarrarse. Vamos hombre, son solo unos peldaños, se dijo a sí mismo para darse ánimo. Sin embargo, la escalera no se conmovió de sus piernas ablandadas por la inmovilidad. El mundo nunca nos facilita el ascenso a ningún lado.
8
La descarga eléctrica lo condenó temporalmente a la misma cama donde murió mi madre. La corriente lo atravesó dejándole las piernas como dos ramas secas e inútiles para sostenerse. Duelen como si un perro me mordiera, decía. Pero la descarga no solo le había jodido las piernas, también le reventó el espíritu. Agradecía su condición porque sabía que mi madre no duraría mucho y pensaba cumplir su palabra de morirse con ella. La última semana estuvieron tirados en la cama en medio de la oscuridad. Casi no hablaron pero el silencio lo decía todo. Las palabras resultan inútiles para decir las cosas más simples, igual que la luz para ver las cosas más elementales. Los vecinos preguntaban todos los días por su salud. Los preocupaba, pero más los atormentaba la posibilidad de que muriera y los dejara a oscuras. Esos días vivimos de la caridad de la gente que escondía comida en mi maleta al volver de la escuela. Lo hacían como si supieran que el orgullo de mi padre no la hubiera aceptado. Llévale comida al viejo. Si el enfermo come se pondrá bien, decían. Creo que en realidad no hubiera sido necesario tanto cuidado, a un muerto poco le importan esas cosas.
9
Subió tres peldaños con esfuerzo. Su cuerpo enorme le permitió alcanzar la caja eléctrica con facilidad. Los cables todavía colgaban como las entrañas de un ser vivo que agoniza. No siempre debes seguir el ejemplo de tu padre. A veces para educar a un hijo haces todo al revés. El diablo esconde las cartas más importantes, dijo. Hacía calor y el olor de la humedad de la tierra se mezclaba con el olor rancio de papá. A pesar de su apariencia antigua, el reflejo de la luna creaba la impresión de que se trataba de un hombre que apenas abría los ojos después de dejar el vientre de su madre.
10
La noche que murió mamá no pude dormir. Nos acostamos los tres en la misma cama como si eso pudiera ahuyentar a la muerte. Mamá en el centro y papá y yo a los lados. La sensación de caerme de la cama no me dejó dormir. No sé qué horas eran cuando mamá empezó a hablar. Fue corto pero sus palabras eran un abismo. ¿Habrá luz al otro lado?, preguntó con dificultad como si hablara consigo misma. No preguntó como si tuviera miedo si no como si la cosa de verdad la intrigara. Seguro mija, el otro lado está lleno de claridad. Estamos del lado oscuro, respondió mi padre con optimismo y pesimismo como si quisiera tranquilizarla pero en realidad no creyera lo que decía. ¿Por qué estás tan seguro?, preguntó de nuevo mamá. Mi padre no respondió la pregunta, la oscuridad del cuarto lo hizo con delicadeza como si sobraran las palabras.
11
La energía avanzaba por los cables aunque no podíamos verla. Corría letal como un rio de hormigas venenosas que no sabe a dónde se dirige. Tanto poder contenido en lo invisible me hacía creer en la existencia de un ser superior. Cuando las piernas incapaces de sostenerlo se doblaban, papá se agarraba de los cables como si haber sobrevivido a la descarga le diera cierta inmortalidad. Pero yo sabía que no temer a la muerte no lo hacía inmortal, sabía que la electricidad lo reventaría otra vez a la menor equivocación. Cuando realizó el último empalme y el barrio se iluminó, sentí que la luz era una de las formas en que Dios nos enseñaba que seguía presente pero que nunca podríamos verlo.
12
La luz despertó a los vecinos. Algunos incluso salieron para agradecer el milagro. Un acto de magia al día basta para recuperar la fe. Somos una máquina que se alimenta de esas cosas. La luz nos hace un poco más reales, dijo papá. Al menos un poco, ¿no crees?, preguntó como si lo dudara. Arriba estaba el cielo oscuro agujereado por algunos pequeños puntos de luz. La negrura nos envolvía como un manto que Dios había dispuesto sobre nosotros para que no pudiéramos ver nada. Papá esperaba una respuesta. El gigante me observaba desde arriba de la escalera como una suerte de Prometeo de barrio marginal que sabe que su robo tiene sin cuidado a Dios. Ni tú crees las estupideces que digo, respondió con frustración. Papá miró de nuevo la
infinitud del espacio y se estremeciĂł tan fuerte que hizo temblar la escalera. No dijo nada mĂĄs, sabĂa que agregar otra palabra al gran silencio era una blasfemia tan grande como encender una luz en la profundidad de la noche que se extiende sobre todas las cosas.