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antologĂ­a lĂ­rica amorosa

Breve

comentada de la

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Selecci贸n de Paco Garc铆a Departamento de Lengua Castellana y Literatura IES La Orden

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La tradición clásica y bíblica En la literatura occidental ninguna influencia es comparable a la ejercida por la llamada tradición clásica, es decir, el conjunto de obras pertenecientes a las literaturas griega y romana.

Dentro de la poesía lírica amorosa, destaca en Grecia la poetisa Safo (siglo VI a. C.). Nostalgias y deseos, delicadas notas sensoriales, y ruegos a la diosa del amor se combinan en unos poemas de enorme musicalidad y de inimitable tono personal: ... yo te buscaba y llegaste y has refrescado mi alma que ardía de ausencia. * * * Dulce madre mía, no puedo ya tejer mi tela, consumida de amor por un joven, vencida por la suave Afrodita.

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En Roma, Catulo (siglo I a. C.), en sus poemas amatorios, analiza sus sentimientos respecto a su amada Lesbia. Todos ellos rebosan sinceridad, espontaneidad y gracia. Odio y amo. ¿Por qué es así, me preguntas? No lo sé, pero siento que es así y me atormento. * * * ¡Llorad vosotros, Venus y Cupidos y todos los hombres sensibles! Ha muerto el pajarito de mi amada, el pajarito, delicia de mi amada, a quien quería más que a sus propios ojos: era dulce como la miel, conocía a su dueña como una hija a su madre y no se separaba de su regazo, sino que, saltando de aquí para allá, solamente a su dueña piaba. Ahora va por un camino tenebroso hacia un lugar de donde nadie regresa. ¡Enhoramala vosotras, malditas tinieblas del Orco, que devoráis todas las cosas bellas: me habéis robado a mi bello pajarito! ¡Qué desgracia, que ahora por tu culpa, pobre pajarito, los ojos de mi amada están rojos e hinchados de llorar! Otros poetas latinos del amor serán Tibulo, Propercio y Ovidio. Éste último, conocido sobre todo por sus Metamorfosis (compendio de mitos grecolatinos), es también el autor del Arte de amar, un tratado didáctico, lleno de recetas prácticas, sobre el arte de buscar a la persona adecuada, enamorarla y conservar su amor.

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En cuanto a ti, que te preocupas por conservar el amor de tu amada, procura que siempre te crea extasiado por su belleza. Si lleva púrpura de Tiro, ensalza la púrpura de Tiro. Si lleva seda de Cos, opina que le sienta bien la seda de Cos. Resplandece ella en oro: será para ti más preciosa que el oro. Si se viste con tela forrada, la tela forrada aprobarás. Se presenta en túnica nada más: “Por ti me abraso”, exclamarás; pero ruégale con tímida voz que tenga cuidado con el frío. Su peinado es liso y con raya: alaba su raya. Se riza el cabello con tenacillas calientes, el cabello rizado te gustará. Admira sus brazos al bailar, su voz al cantar y manifiesta tu pesar porque haya terminado. Podrás recordar con veneración incluso vuestras uniones de amor, vuestros placeres y todos los gozos que la noche tiene. Aunque fuese ella más fiera que la torva Medusa, se volverá con ello suave y dócil para con su enamorado. Cuídate solamente de no descubrir que simulas con esas expresiones, de no desmentir con la expresión tus palabras. Si queda oculta, la hipocresía es provechosa; descubierta, engendra venganza y destruye con toda razón la confianza para siempre. La Biblia es un conjunto de libros escritos a lo largo de varios siglos (del IX a. C. Al II d. C., aproximadamente). Considerado un texto sagrado por las religiones judía y cristiana, es además un documento histórico y una obra literaria de excepcional importancia. Desde el punto de vista de la lírica amorosa, destaca el Cantar de los cantares, colección de cantos, atribuidos al rey Salomón, que celebran el amor humano y

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consagran la unión de los esposos, todo ello con un estilo exuberante y recargado, rico en metáforas y plasticidad. Levántate, compañera mía, hermosa mía, y ven por acá. Porque mira, ya ha pasado el invierno, y las lluvias y han cesado y se han ido. Han aparecido las flores en la tierra, ha llegado el tiempo de las canciones, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra. Las higueras echan sus brotes y las viñas nuevas exhalan su olor. Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven. La Edad Media (siglos XI - XV) Las primeras canciones europeas conservadas en lengua no latina son de tipo tradicional y fueron copiadas por escritores cultos, árabes o judíos, ya en el siglo XI. Se trata de las jarchas arábigo-andaluzas. Son unas canciones muy breves en lengua mozárabe (romance hablado por los cristianos que permanecen en las zonas ocupadas por los árabes), que aparecen al final de otros poemas largos denominados moaxajas. La mayoría son de tema amoroso y están puestas en boca de una mujer que se queja ante su madre o ante sus hermanas por la ausencia del amado. Garid vos, ay yermaniellas, ¿com’ contener é meu mali? Sin el habib non vivreyu, de volarei demandari.

Decidme, ay, hermanitas, ¿cómo resistiré mi mal? Sin el amado no viviré, y volaré en su busca.

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Entre los siglos XII y XIV se desarrolla en el occidente peninsular una importante corriente de poesía lírica en lengua gallego-portuguesa. En las cantigas de amigo, de influencia popular, de nuevo aparece la confidencia que una muchacha hace a su madre; sin embargo, tiene mayor peso el mundo rural. Ondas do mar de Vigo, se vistes meu amigo? E ai Deus, se verrá cedo!

Ondas del mar de Vigo, ¿visteis acaso a mi amigo? Y, ay, Dios, ¿acaso vendrá pronto?

Ondas do mar levado, se vistes meu amado? E ai Deus, se verrá cedo!

Ondas del mar alzado, ¿visteis acaso a mi amado? Y, ay, Dios, ¿acaso vendrá pronto?

Se vistes meu amigo, o por que eu sospiro? E ai Deus, se verrá cedo!

¿Visteis acaso a mi amigo aquel por quien yo suspiro? Y, ay, Dios, ¿acaso vendrá pronto?

Se vistes meu amado, por que ei gran cuidado? E ai Deus, se verrá cedo!

¿Visteis acaso a mi amado, por quien siento gran cuidado? Y, ay, Dios, ¿acaso vendrá pronto?

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Las primeras muestras de poesía amorosa en lengua castellana, en su vertiente popular, no aparecerán hasta el siglo XV, aunque sin duda debió de cultivarse esta lírica con anterioridad a esa época. La lírica tradicional castellana, que tiene un evidente parentesco con las jarchas y las cantigas de amigo, presentan una gran riqueza temática: entre los villancicos de amor destacan las albas, que cantan la despedida de los enamorados al amanecer, y las mayas, que celebran la llegada de la primavera. Otros temas son: la queja de la muchacha obligada a casarse sin amor o la de la enamorada obligada a meterse a monja; la pena por el abandono o la muerte del amado; la cita en lugar secreto; la insinuación erótica; la inquietud de la espera... La métrica es irregular, aunque predominan los octosílabos y los hexasílabos. El estilo es elemental, ingenuo, dictado por la emoción. El tono, confesional, lleno de patetismo. Llaman a la puerta, y espero al mi amor. ¡Ay, que todas las aldabadas me dan en el corazón! *** En la fuente del rosel lavan la niña y el doncel. En la fuente de agua clara, con sus manos lavan la cara él a ella y ella a él: lavan la niña y el doncel. En la fuente del rosel lavan la niña y el doncel.

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En Ávila, mis ojos, dentro en Ávila. En Ávila del Río mataron a mi amigo, dentro en Ávila. *** Al coger amapolas, madre, me perdí: ¡caras amapolas fueron para mí!

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Van y vienen las olas, las olas, madre, a las orillas del mar; mi pena con las que vienen, mi bien con las que se van. En el siglo XV, como consecuencia del refinamiento de la nobleza, dedicada ahora a las fiestas palaciegas y al cultivo del arte, se desarrolla en Castilla una literatura típicamente cortesana. Los temas de la nueva lírica, conocida como poesía de cancionero, serán el amor cortés (visión del amor heredada de los poetas medievales de Provenza), la muerte, la fama y la fortuna. En la poesía amorosa, el poeta (amador) se convierte en servidor de la amada (su dueño), y, a cambio de ese servicio, espera y solicita un galardón, o correspondencia amorosa, pese a tratarse de un amor imposible. Asimismo, el enamorado pierde la libertad y hasta la razón, sufriendo en su apasionamiento amoroso una total enajenación de los sentidos. La sublimación de la amada llega a menudo a la invocación sacrílega y a la divinización. Pero, como ella se muestra siempre distante, inaccesible y cruelmente ingrata, el poeta canta el dolor y la frustración amorosa, y llega incluso a desear la muerte como única salida a su fracaso. El estilo de esta poesía, compuesta casi siempre en octosílabos, es complejo y retórico. Los poetas

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gustan de las paradojas, contrastes, derivaciones, hipérboles, juegos conceptuales... Es una poesía que pretende atraer la atención del lector no por su belleza ni por su sinceridad, sino por su ingenio. Jorge Manrique, que ocupa un destacado lugar en nuestra historia literaria gracias a una hermosísima elegía (las Coplas a la muerte de su padre), es también el autor de varias poesías cancioneriles amorosas. Yo soy quien libre me vi, Yo, quien pudiera olvidaros; Yo soy el que por amaros Estoy, desque os conocí, Sin Dios y sin vos y mí. Sin Dios, porque en vos adoro; Sin vos, pues no me queréis; Pues sin mí ya está de coro Que vos sois quien me tenéis. Así que triste nací, Pues que pudiera olvidaros; Yo soy el que por amaros Estoy, desque os conocí, Sin Dios y sin vos y mí. Renacimiento (siglo XVI) En el siglo XVI el amor es la fuente de inspiración de dos tendencias poéticas: el petrarquismo (amor humano) y la mística (amor divino).

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Con el petrarquismo culmina el proceso de espiritualización que experimenta, en Europa, el amor cortés. Ese proceso lo inicia el dolce stil nuovo, con Dante a la cabeza, a finales del siglo XIII. A mediados del XIV, Petrarca incorporará elementos innovadores: el análisis minucioso de las galerías del alma, la fusión lírica con la Naturaleza y la sinceridad en la expresión del sentimiento. El amor petrarquista configura una expresión poética basada en el intimismo y la subjetividad del poeta, generalmente desde la perspectiva de una serena melancolía o un contenido lamento por el amor perdido. La exaltación de la belleza femenina se plasma en un retrato poético de la amada, generalmente circunscrito al busto y ajustado a unos cánones estéticos preestablecidos.

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Así, queda acuñado un modelo de mujer en los siguientes términos: RASGO CORPORAL

METÁFORA TÉRMINO REAL Cualidad: color, forma, tamaño...

CABELLO FRENTE OJOS

MEJILLAS LABIOS DIENTES CUELLO

RUBIO TERSA Y BLANCA LUMINOSOS, RADIANTES, VERDES SONROSADAS ROJOS BLANCOS BLANCO, ERGUIDO

TÉRMINO IMAGINARIO Elemento de la Naturaleza: metales o piedras preciosas, luz, flores. ORO LIRIO, SOL, DÍA SOL, APOLO, FEBO, ESMERALDA ROSA, AZUCENA, AURORA, PÚRPURA CLAVEL, CORAL, RUBÍ PERLAS CRISTAL

En cuanto a su forma, la poesía petrarquista se caracteriza por preferir, entre los distintos metros, el verso endecasílabo y su combinación con el heptasílabo (sonetos, tercetos encadenados, liras, octavas reales, estancias...), y por la búsqueda de la belleza, el equilibrio y la perfección formal. Consecuencias de ese renacer a la cultura clásica que quiso ser el Renacimiento son la evocación de la mitología erótica, tomada básicamente de las Metamorfosis de Ovidio, la recreación del ambiente bucólico, aprendido en Virgilio, y el recurso al tópico del carpe

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diem, prestado por Horacio. Estos motivos, junto a los ya mencionados como típicamente petrarquistas, configuran la obra de nuestro mejor poeta del amor del XVI: Garcilaso de la Vega. Escrito está en mi alma vuestro gesto y cuanto yo escribir de vos deseo; vos sola lo escribistes, yo lo leo tan solo, que aun de vos me guardo en esto. En esto estoy y estaré siempre puesto; que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo, de tanto bien lo que no entiendo creo, tomando ya la fe por presupuesto. Yo no nací sino para quereros; mi alma os ha cortado a su medida; por hábito del alma misma os quiero; cuanto tengo confieso yo deberos; por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero.

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En tanto que de rosa y de azucena se muestra la color en vuestro gesto, y que vuestro mirar ardiente, honesto, con clara luz la tempestad serena; y en tanto que el cabello, que en la vena del oro se escogió, con vuelo presto por el hermoso cuello blanco, enhiesto, el viento mueve, esparce y desordena: coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre. Marchitará la rosa el viento helado, todo lo mudará la edad ligera por no hacer mudanza en su costumbre.

A Dafne ya los brazos le crecían y en luengos ramos vueltos se mostraban; en verdes hojas vi que se tornaban los cabellos qu’el oro escurecían: de áspera corteza se cubrían los tiernos miembros que aun bullendo ’staban; los blancos pies en tierra se hincaban y en torcidas raíces se volvían. Aquel que fue la causa de tal daño, a fuerza de llorar, crecer hacía este árbol, que con lágrimas regaba. ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, que con llorarla crezca cada día la causa y la razón por que lloraba!

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Corrientes aguas puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas, verde prado de fresca sombra lleno, aves que aquí sembráis vuestras querellas, hiedra que por los árboles caminas, torciendo el paso por su verde seno: yo me vi tan ajeno del grave mal que siento que de puro contento con vuestra soledad me recreaba, donde con dulce sueño reposaba, o con el pensamiento discurría. En la poesía mística la invitación al goce o la entrega amorosa se convierten en símbolos que expresan la inefable experiencia de la unión del alma con Dios. Nuestro gran poeta místico es San Juan de la Cruz. En su obra se detecta la influencia de Garcilaso (es, en el fondo, un petrarquista a lo divino), la del Romancero y la poesía popular, y la del bíblico Cantar de los Cantares.

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En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. A oscuras y segura, por la secreta escala disfrazada, ¡oh dichosa ventura!, a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa, en secreto que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz ni guía, sino la que en mi corazón ardía. Aquesta me guiaba más cierto que la luz del mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía. ¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada! En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba y el ventalle de cedros aire daba. El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena

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en mi cuello hería, y todos mis sentidos suspendía. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado; cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. Barroco (siglo XVII) El Renacimiento supuso una decidida confianza en el hombre y su razón, una optimista apuesta por la renovación de la vida, la espiritualidad, la cultura. Todo este mundo de valores, al entrar en crisis en el siglo XVII, se traduce en un claro sentimiento de desengaño, en un vitalismo frustrado. El Barroco no es sino la crisis del idealismo renacentista. Al equilibrio, la claridad y la serenidad de las formas artísticas del XVI, suceden ahora los contrastes, los claroscuros, la inquietud y el dramatismo.

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La poesía amorosa de este siglo es heredera de la del Renacimiento: se continúan los motivos de la poesía petrarquista, si bien se amplían las posibilidades de expresión. Junto a las formas métricas de origen italiano, se cultivan otras de origen popular (el romance, el villancico...). El poeta desea exprimir al máximo las posibilidades del lenguaje, de ahí que los poemas resulten difíciles, oscuros, profundos.

Luis de Góngora es el máximo representante de la estética culterana, cuyas características son las siguientes: búsqueda de la belleza formal; tema mínimo, desarrollado con estilo suntuoso; frecuentes alusiones mitológicas; uso de metáforas, perífrasis e hipérboles; léxico culto, latinismos; riqueza sensorial y rítmica. Sus poemas amorosos siguen de cerca los tópicos petrarquistas. 19

No revelan ningún sentimiento íntimo. Junto a los que describen la belleza de la amada, destacan sus versiones del carpe diem, y los sonetos que previenen contra el amor (tema muy barroco). Mientras por competir con tu cabello oro bruñido al sol relumbra en vano; mientras con menosprecio en medio el llano mira tu blanca frente el lilio bello; mientras a cada labio, por cogello, siguen más ojos que al clavel temprano, y mientras triunfa con desdén lozano del luciente cristal tu gentil cuello, goza cuello, cabello, labio y frente, antes que lo que fue en tu edad dorada oro, lilio, clavel, cristal luciente, no sólo en plata o víola troncada se vuelva, mas tú y ello juntamente en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

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La dulce boca que a gustar convida un humor entre perlas distilado, y a no invidiar aquel licor sagrado que a Júpiter ministra el garzón de Ida, amantes, no toquéis, si queréis vida; porque entre un labio y otro colorado Amor está, de su veneno armado, cual entre flor y flor sierpe escondida. No os engañen las rosas, que a la Aurora diréis que, aljofaradas y olorosas, se le cayeron del purpúreo seno; manzanas son de Tántalo, y no rosas, que después huyen del que incitan ahora, y sólo del Amor queda el veneno. Francisco de Quevedo es el gran adalid de la estética conceptista. Las características de ésta son: asociación ingeniosa de ideas; densidad expresiva (decir mucho con pocas palabras); gusto por los juegos de palabras, las antítesis, las paradojas y otros juegos conceptuales; numerosos neologismos. La poesía amorosa de Quevedo resulta casi siempre, a diferencia de la de Góngora, auténtica, violenta y desgarradora. El poeta elige para sus poemas los tópicos amorosos más eruptivos y dolientes, como el del amor más allá de la muerte. Otras veces, construye artificiosas definiciones del amor, muy del gusto de los conceptistas.

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Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día y podrá desatar esta alma mía hora a su afán ansioso lisonjera. Mas no de esa otra parte en la ribera dejará la memoria, en donde ardía: nadar sabe mi llama el agua fría, y perder el respeto a ley severa. Alma, a quien todo un dios prisión ha sido, venas, que humor a tanto fuego han dado, medulas, que han gloriosamente ardido, su cuerpo dejará, no su cuidado; serán cenizas, mas tendrán sentido; polvo serán, más polvo enamorado. *** Es hilo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado; es un descuido que nos da cuidado, un cobarde, con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado; es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero parasismo; enfermedad que crece si es curada. Éste es el niño Amor, éste es su abismo. ¡Mirad cuál amistad tendrá con nada el que en todo es contrario de sí mismo!

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Lope de Vega armoniza la brillantez culterana y la sutileza conceptista, al mismo tiempo que cultiva con insuperable maestría las formas sencillas y espontáneas del estilo tradicional popular. En su obra se aprecia una prodigiosa fusión entre vida y poesía, mientras su época tiende a disociar el fenómeno poético de la experiencia vital. Algunos de sus más famosos sonetos amorosos son aquellos en los que poetiza, mediante una ficción pastoril, su ruptura con su amante Elena Osorio. Suelta mi manso, mayoral extraño, pues otro tienes de tu igual decoro, deja la prenda que en el alma adoro, perdida por tu bien y por mi daño. Ponle su esquila de labrado estaño y no le engañen tus collares de oro; toma en albricias este blanco toro que a las primeras yerbas hace un año. Si pide señas, tiene el vellocino pardo, encrespado, y los ojuelos tiene como durmiendo en regalado sueño. Si piensas que no soy su dueño, Alcino, suelta y verásle si a mi choza viene, que aún tienen sal las manos de su dueño. Ilustración (siglo XVIII) El siglo XVIII es conocido como Siglo de las Luces: la razón se exalta como el único medio para guiar a los pueblos hacia el progreso y la felicidad, y se desarrollan las ciencias y la filosofía.

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Los intelectuales otorgan a la literatura la función de “enseñar deleitando”, por lo que se desarrolla el ensayo y la literatura didáctica. Son malos tiempos para la lírica, y más aún para la poesía amorosa. La corriente poética que predomina es la neoclásica, caracterizada por los temas filosóficos y morales, y el estilo prosaico y solemne. Sin embargo, como contrapunto, se desarrolla, paralelamente, otra corriente conocida como poesía rococó. Sus características son las siguientes: versos cortos, estrofas breves, motivos del amor y la belleza femenina, tono menor, ingenuo y sensual, gusto por lo pequeño, por lo frívolo... El gran poeta del siglo es Meléndez Valdés. La noche y el día ¿qué tienen de igual? ¿De dónde, donosa, el lindo lunar que sobre tu seno se vino a posar? ¿Cómo, di, la nieve lleva mancha tal? La noche y el día, ¿qué tienen de igual?

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Romanticismo (primera mitad del siglo XIX) Si la Ilustración exalta la razón, el Romanticismo exalta los sentimientos, las emociones, las fantasías, los ideales... La libertad en arte, pero también en política, será la gran consigna romántica. En las obras, se expresa el alma exaltada del autor, cuyas ansias infinitas chocan con los límites que les impone la realidad. La insatisfacción del poeta se hace más patente en el tema amoroso, pero la desmedida intensidad con que se expresa su efusión sentimental suele pecar un tanto de retórica y declamatoria. Los apóstrofes, imprecaciones y lamentos se acumulan. Otros excesos formales del romanticismo serán: rápida mutación de metros, sonoridades retumbantes, adjetivos lúgubres, efectistas rimas agudas... El mayor poeta romántico español es José de Espronceda. Su Canto a Teresa, incluido en su obra El diablo mundo, es una evocación de su gran amor, de la decepción de la ruptura con su amante, y de la amargura que siguió al fallecimiento de ésta. ¿Quién pensara jamás, Teresa mía, que fuera eterno manatial de llanto tanto inocente amor, tanta alegría, tantas delicias y delirio tanto? ¿Quién pensara jamás llegase un día en que perdido el celestial encanto y caída la venda de los ojos, cuanto diera placer causara enojos?

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Realismo y posromanticismo (segunda mitad del siglo XIX) En la segunda mitad del XIX, la literatura pretende, mediante la observación rigurosa, reproducir fielmente la sociedad de la época. Para ello, el escritor se vale sobre todo de la novela. La mentalidad burguesa y realista no favoreció el desarrollo del lirismo. El poeta más representativo del período es Ramón de Campoamor, un versificador irónico, prosaico y trivial. Sin embargo, durante este período, desarrollan su obra dos poetas excepcionales, considerados tradicionalmente como “románticos rezagados” o posrománticos: Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro. Ambos apuestan por un romanticismo interior, que exprese de forma sencilla, con voz íntima y personal, los propios pensamientos. Las Rimas de Bécquer son poemas breves, sencillos, dirigidos a un tú (amada o lector), en forma de confidencia. Transmiten el estremecimiento del alma, deslumbrada por el amor o desolada por el fracaso. A veces, expresan la emoción gozosa de un encuentro fugaz. En otras ocasiones aflora la amargura, la nostálgica evocación de una amor fracasado. La composición métrica más utilizada es la silva arromanzada. Entre los procedimientos formales más usados se encuentran el paralelismo, la anáfora, el contraste, el símil y la interrogación retórica. XXI ¿Qué es poesía? -dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? Y ¿tú me lo preguntas? Poesía... ¡eres tú!

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XXII ¿Cómo vive esa rosa que has prendido junto a tu corazóon? Nunca hasta ahora contemplé en el mundo junto al volcán la flor. XXIII Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso..., ¡yo no sé qué te diera por un beso! XXXVIII Los suspiros son aire y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar. Dime, mujer: cuando el amor se olvida, ¿sabes tú adónde va? 27

LIII Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala en sus cristales, jugando llamarán; pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha al contemplar; aquellas que aprendieron nuestros nombres, esas... ¡no volverán! Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde, aún más hermosas, sus flores abrirán; pero aquellas cuajadas de rocío, cuyas gotas mirábamos temblar y caer, como lágrimas del día...., esas... ¡no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido... desengáñate, ¡así no te querrán!

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Rosalía de Castro posee una mayor riqueza temática que Bécquer y es más sensible a la naturaleza. Poeta del dolor y el desengaño, su obra en gallego supuso el renacimiento de esta literatura. -Te amo... ¿Por qué me odias? -Te odio... ¿Por qué me amas? Secreto es este el más triste y misterioso del alma. Mas ello es verdad... ¡Verdad dura y atormentadora! -Me odias, porque te amo; te amo, porque me odias. Modernismo (1890 - 1920) Durante los años finales del siglo XIX se inicia una nueva y decisiva corriente poética, que reacciona contra el espíritu pragmático de la burguesía industrial y contra el realismo artístico que aquélla propugnaba. El Modernismo, que así se llamó a este movimiento, busca una renovación temática y formal del arte. Uno de sus temas preferidos es el amor en su vertiente erótica, y generalmente desde una concepción morbosa y amoral, que no excluye las formas patológicas. Los modelos femeninos preferidos serán las mujeres enfermizas e histéricas, las prostitutas, las ninfómanas, las de una pasión arrebatada. El

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Modernismo trae consigo la incorporación de nuevos metros y ritmos, buscando ante todo la musicalidad del poema; también recupera metros antiguos como el alejandrino. La palabra culta, exótica y musical, el sensualismo y la brillantez plástica del vocablo, la proliferación de imágenes..., hacen de la lengua modernista una de las más ricas, brillantes, sonoras y difíciles de toda la literatura. Con el Modernismo comienza la llamada Edad de Plata de la literatura española, que se extiende hasta la guerra civil española; grandes poetas modernistas fueron Rubén Darío, José Martí y Leopoldo Lugones, en Hispanoamérica, y Manuel Machado, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, en España. El gran maestro de los modernistas es el poeta nicaragüense Rubén Darío, uno de los grandes renovadores de la lírica hispana. Su sensibilidad, su sentido del ritmo, su acierto en la elección de un léxico sugerente le permitieron crear un lenguaje nuevo, lleno de luz, color, musicalidad. Uno de sus temas principales es el placer erótico, que se tiñe en sus versos de misticismo: el acto amoroso se vincula a un ideal de armonía, de comunión con lo otro. Mía: así te llamas. ¿Qué más harmonía? Mía: luz del día, Mía: rosas, llamas. ¡Qué aroma derramas en el alma mía si sé que me amas! ¡Oh Mía! ¡Oh Mía!

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Tu sexo fundiste con mi sexo fuerte, fundiendo dos bronces. Yo triste, tú triste... ¿No has de ser entonces mía hasta la muerte?

En el país de las Alegorías Salomé siempre danza, ante el tiarado Herodes, eternamente. Y la cabeza de Juan el Bautista, ante quien tiemblan los leones, cae al hachazo. Sangre llueve. Pues la rosa sexual al entreabrirse conmueve todo lo que existe, con su efluvio carnal y con su enigma espiritual.

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Amar, amar, amar, amar, siempre, con todo el ser y con la tierra y con el cielo, con lo claro del sol y lo oscuro del lodo; Amar por toda ciencia y amar por todo anhelo. Y cuando la montaña de la vida nos sea dura y larga y alta y llena de abismos, amar la inmensidad que es de amor encendida ¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos! Manuel Machado, poeta de extrema versatilidad, es, dentro del grupo de los modernistas, uno de los más populares gracias a sus cantares de raíz popular y andalucista.

EL QUERER En tu boca roja y fresca beso, y mi sed no se apaga, que en cada beso quisiera beber entera tu alma. Me he enamorado de ti, y es enfermedad tan mala, 32

que ni la muerte la cura, según dicen los que aman. Loco me pongo si escucho el ruido de tu falda, y el contacto de tu mano me da la vida y me mata. Yo quisiera ser el aire que toda entera te abraza; yo quisiera ser la sangre que corre por tus entrañas. Son las líneas de tu cuerpo el modelo de mis ansias, el camino de mis besos y el imán de mis miradas. Siento al ceñir tu cintura una duda que me mata que quisiera en un abrazo todo tu cuerpo y tu alma. Estoy enfermo de ti, de curar no hay esperanza, que, en la sed de este amor loco, tú eres mi sed y mi agua. Maldita sea la hora en que penetré en tu casa, en que vi tus ojos negros y besé tus labios granas. Maldita sea la sed y maldita sea el agua... Maldito sea el veneno que envenena y que no mata. Juan Ramón Jiménez dedicó toda su vida a la poesía. En un primer momento, conjugó el intimismo becqueriano con las formas musicales y coloristas del modernismo. Más tarde,

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evolucionará hacia una poesía pura, desnuda, intelectualizada, de extraordinaria belleza. Para Juan Ramón, la poesía es ansia de Eternidad, posesión inacabable de Belleza y Verdad. Con lilas llenas de agua, le golpeé las espaldas. Y toda su carne blanca se enjoyó de gotas claras. ¡Ay, fuga mojada y cándida, sobre la arena perlada! -La carne moría, pálida, entre los rosales granas; como manzana de plata, amanecida de escarcha-. Corría, huyendo del agua, entre los rosales granas. Y se reía, fantástica. La risa se le mojaba. Con lilas llenas de agua, corriendo, la golpeaba...

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¡AMOR! Todas las rosas son la misma rosa, ¡amor!, la única rosa; y todo queda contenido en ella, breve imajen del mundo, ¡amor!, la única rosa. Las vanguardias y el 27 (1920 - 1939) Desde los años previos a la Primera Guerra Mundial empezaron a surgir en Europa diversos movimientos cuyo objetivo era renovar radicalmente la literatura y otras artes mediante la experimentación de nuevos temas, nuevos materiales y nuevas formas de expresión. Estos movimientos reciben el nombre genérico de vanguardias. La literatura hispánica contribuyó a la vanguardia con dos movimientos propios: el creacionismo, impulsado por el chileno Vicente Huidobro, trata de conseguir una poesía regida por leyes propias, liberada de elementos descriptivos y narrativos, ajena a cualquier pretensión referencial (“hacer un poema como la naturaleza hace un árbol”); el ultraísmo pretende ir más allá de la poética tradicional conjugando las propuestas de otros movimientos vanguardistas.

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De todas las vanguardias foráneas, el surrealismo fue la que mayor repercusión tuvo en España. Creado por André Breton a partir de las teorías de Freud sobre el subconsciente, su objetivo era liberar al hombre de las ataduras que le impiden mostrarse tal como es. Para ello utiliza la técnica de la escritura automática, que consiste en escribir dejando que el pensamiento fluya libremente. El sueño, lleno de imágenes y de símbolos, es para los surrealistas una de las principales fuentes de inspiración. Vinculada al ultraísmo, la obra de José Moreno Villa (Jacinta la pelirroja, Carambas) está llena de humor, juegos y audacias vanguardistas.

YO QUIERO MERENDAR CON JACINTA ¡Jacinta muerde tan bien la cereza! Jacinta tiene áspera la melena, pero con ondas largas, como sus piernas. Jacinta se tiende en el césped como en un mar; Jacinta es la mujer perfecta 36

a la hora de merendar. Jacinta se emociona con Lincoln por austero, tenaz y político, muerde una tostada y me da la parte mordisqueada. En la década de los veinte, comienza a publicar en España un grupo de poetas que comparten la voluntad de integración de la mejor tradición literaria española y la vanguardia. Se les conoce como grupo poético del 27. Son Pedro Salinas, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Luis Cernuda, entre otros. Quizá los grandes poetas amorosos sean Salinas, Lorca, Aleixandre y Cernuda. Para Pedro Salinas (La voz a ti debida) el amor es una prodigiosa fuerza que da plenitud a la vida y confiere sentido al mundo; es, también, un proceso de autoconocimiento del yo a partir del tú. Salinas es un poeta antirromántico: para él, el amor no es una pasión que ciega la voluntad, un fuego destructor, sino, más bien, un compromiso total, pleno de conciencia, anhelo casi místico de unión y de armonía.

¡Si me llamaras, sí, si me llamaras! Lo dejaría todo, todo lo tiraría: los precios, los catálogos, el azul océano en los mapas, los días y sus noches, 37

los telegramas viejos y un amor. Tú, que no eres mi amor, ¡si me llamaras! Y aún espero tu voz: telescopios abajo, desde la estrella, por espejos, por túneles, por los años bisiestos puede venir. No sé por dónde. Desde el prodigio, siempre. Porque si tú me llamas -¡si me llamaras, sí, si me llamaras!será desde un milagro, incógnito, sin verlo. Nunca desde los labios que te beso, nunca desde la voz que dice: “No te vayas.” En los Sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca, la gloria y el dolor de amar alcanzan expresiones hondísimas. El poeta expresa su angustia ante la esterilidad del vivir sin pasión.

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SONETO DE LA DULCE QUEJA No me dejes perder la maravilla de tus ojos de estatua, ni el acento que de noche me pone en la mejilla la solitaria rosa de tu aliento. Tengo miedo de ser en esta orilla tronco sin ramas, y lo que más siento es no tener la flor, pulpa o arcilla para el gusano de mi sufrimiento. Si tú eres el tesoro oculto mío, si eres mi cruz y mi dolor mojado, si soy el perro de tu señorío, no me dejes perder lo que ha ganado y decora las aguas de tu río con hojas de mi Otoño enajenado. Vicente Aleixandre, seguidor de la estética surrealista en su primera etapa, concibe el amor como fuerza o sustancia que fusiona a todos los seres, incluso a los inanimados; también, como destrucción, muerte, disolución del individuo en la materia universal. Se querían. Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada, labios saliendo de la noche dura, labios partidos, sangre, ¿sangre dónde? Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, giralunas que brillan recibiendo aquel beso. Se querían de noche, cuando los perros hondos

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laten bajo la tierra y los valles se estiran como lomos arcaicos que se sienten repasados: caricia, seda, mano, luna que llega y toca. Se querían de amor entre la madrugada, entre las duras piedras cerradas de la noche, duras como los cuerpos helados por las horas, duras como los besos de diente a diente solo. Se querían de día, playa que va creciendo, ondas que por los pies acarician los muslos, cuerpos que se levantan de la tierra y flotando... Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo. Mediodía perfecto, se querían tan íntimos, mar altísimo y joven, intimidad extensa, soledad de lo vivo, horizontes remotos ligados como cuerpos en soledad cantando. Amando. Se querían como la luna lúcida, como ese mar redondo que se aplica a ese rostro, dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida, donde los peces rojos van y vienen sin música. Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios, ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas, mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal, metal, música, labio, silencio, vegetal, mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

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Luis Cernuda hereda, al igual que Aleixandre, la visión romántica del amor, como entrega total. En La realidad y el deseo, el poeta afirma con violencia la primacía del erotismo, del deseo, sobre todo valor moral, aunque el amor sólo sea una interrogación sin respuesta, un imposible que aboca a la soledad y al desengaño. Con Cernuda, el amor homosexual ya no oculta sus sentimientos y afanes.

Si el hombre pudiera decir lo que ama, Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo Como una nube en la luz; Si como muros que se derrumban, Para saludar la verdad erguida en medio, Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor, La verdad de sí mismo, Que no se llama gloria, fortuna o ambición, Sino amor o deseo, Yo sería aquel que imaginaba; Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos Proclama ante los hombres la verdad ignorada, La verdad de su amor verdadero.

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Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina, Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu Como leños perdidos que el mar anega o levanta Libremente, con la libertad del amor, La única libertad que me exalta, La única libertad porque muero. Tú justificas mi existencia: Si no te conozco, no he vivido, Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. Miguel Hernández, epígono del 27 para algunos, es el autor de un bellísimo libro de sonetos de amor: El rayo que no cesa. La pasión amorosa que no encuentra justa correspondencia es el motivo central del libro. Los sonetos, con su forma rigurosa, favorecen la síntesis perfecta de desbordamiento emocional y concentración verbal que caracteriza a la poesía de Hernández. Como el toro he nacido para el luto y el dolor, como el toro estoy marcado por un hierro infernal en el costado y por varón en la ingle con un fruto. Como el toro lo encuentra diminuto todo mi corazón desmesurado, y del rostro del beso enamorado, como el toro a tu amor se lo disputo. Como el toro me crezco en el castigo, la lengua en corazón tengo bañada y llevo al cuello un vendaval sonoro. Como el toro te sigo y te persigo, y dejas mi deseo en una espada, como el toro burlado, como el toro. 42

Contemporáneos a los autores citados, son algunos de los más grandes poetas de la América hispana: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro (ya citado), César Vallejo, Pablo Neruda y Octavio Paz.

Pablo Neruda, nacido en Chile, publica, en 1924, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el gran best-seller de la poesía en castellano. Son versos de amor juvenil, apasionado, ora exultante ora triste. Su voz personal, su tono directamente humano, fue una novedad decisiva en la superación del Modernismo. Tras Veinte poemas, Neruda se acerca al Surrealismo con Residencia en la tierra y a la poesía social y comprometida con el Canto general. Sin embargo, de vez en cuando, regresará a la temática neorromántica de su libro más popular, como en Cien sonetos de amor. Desnuda eres tan simple como una de tus manos, lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente, tienes líneas de luna, caminos de manzana, desnuda eres delgada como el trigo desnudo. Desnuda eres azul como la noche en Cuba, 43

tienes enredaderas y estrellas en el pelo, desnuda eres enorme y amarilla como el verano en una iglesia de oro. Desnuda eres pequeña como una de tus uñas, curva, sutil, rosada hasta que nace el día y te metes en el subterráneo del mundo como en un largo túnel de trajes y trabajos: tu claridad se apaga, se viste, se deshoja y otra vez vuelve a ser una mano desnuda. La literatura contemporánea La guerra civil española y la postguerra imponen nuevas variaciones en la lírica. La angustia existencial teñida de preocupación religiosa y la poesía social, son las dos tendencias predominantes en los años cuarenta y cincuenta; ambas afectarán a la expresión del sentimiento amoroso. Blas de Otero conjugará mejor que nadie una actitud vitalista ante el amor y un sincero sentimiento religioso. Besas como si fueras a comerme. Besas besos de mar, a dentelladas. Las manos en mis sienes y abismadas nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme, me declaro vencido, si vencerme es ver en ti mis manos maniatadas. Besas besos de Dios. A bocanadas bebes mi vida. Sorbes. Sin dolerme, tiras de mi raíz, subes mi muerte a flor de labio. Y luego, mimadora, la brizas y la rozas con tu beso.

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Oh Dios, oh Dios, oh Dios, si para verte bastara un beso, un beso que se llora después, porque, ¡oh, por qué!, no basta eso. En los años sesenta, surge una nueva generación de escritores que, deseosos de llevar la poesía hacia cauces más puros, más íntimos, y, sobre todo, de lenguaje más elaborado, nos hablan desde su experiencia personal, íntima y amorosa, sin abandonar por ello la preocupación política y social. Los máximos representantes de esta poesía de la experiencia son Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, Claudio Rodríguez y José Ángel Valente. Ángel González procuró enriquecer los hábitos expresivos de la poesía social, sobre todo a través de la ironía. Sus poemas amorosos cuestionan a veces la moral rígida del franquismo que prohibía cualquier manifestación amorosa en público. Otras le sirven de cauce de expresión de sus propios sentimientos. Si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti; lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el pan, es decir: con la boca) y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreír,

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y de guardar silencio, y de estrechar mi mano estrictamente y de besarnos sin hacernos daño -de eso sí estoy seguro: pongo tanta atención cuando te beso-; entonces, si yo fuese Dios, podría repetirte y repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero aclarar que si yo fuese Dios, haría lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero, para aguardar con calma a que te crees tú misma cada día, a que sorprendas todas las mañanas la luz recién nacida con tu propia luz, y corras la cortina impermeable que separa el sueño de la vida, resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre, yo, mojado todavía de sombras y pereza, sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello que, en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado cuando -luego- callas...

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(Escucho tu silencio. Oigo constelaciones: existes. Creo en ti. Eres. Me basta.)

Francisco Brines, poeta de honda raíz epicureísta, concibe el amor como placer corporal y anónimo. La cama está dispuesta, blancas las sábanas, y un cuerpo se me ofrece para el amor. Abramos la ventana, entre calor y noche, y el ruido del mundo sea sólo el ruido del placer. Que no hay felicidad tan repetida y plena 47

como pasar la noche, romper la madrugada, con un ardiente cuerpo, de quien nada conozco sino su juventud. A finales de los 60 se inicia una tendencia renovadora y culturalista, cuya manifestación más conocida es la representada por los poetas llamados novísimos: Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, Antonio Carvajal, Luis Antonio de Villena... Las características fundamentales de este grupo son: el preciosismo esteticista, el hermetismo expresivo, el desprecio de las formas tradicionales, las referencias exóticas o extremadamente artificiosas y una nueva sensibilidad fuertemente influida por la cultura de los medios de comunicación de masas. Antonio Carvajal entronca con la poesía del XVII por el refinamiento de su estilo y el virtuosismo con que cultiva las más complejas formas métricas. PASIÓN Con estos mismos labios que han de comer la tierra, te beso limpiamente los mínimos cabellos que hacen anillos de ébanos, minúsculos y bellos, en tu cuello, lo mismo que el pinar en la sierra. Te muerdo con los dientes, te hiero en esta guerra de amor en que enloquezco. Sangras. Y pongo sellos a las heridas tibias con besos, besos... Ellos que han de quedar comidos, mordidos por la tierra.

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Tal ímpetu me come las entrañas, que sorbo tu carne palmo a palmo, cerco de llama el sexo, te devoro a caricias, y a besos, y a mordiscos. Ni la muerte, ni el ansia, ni el tiempo son estorbo. El abrazo es lo mismo si cóncavo o convexo, y yo soy un cordero que trisca en tus apriscos. Las últimas tendencias poéticas auguran un futuro prometedor a la poesía amorosa. Abandonada prácticamente la experimentación formal y el frío juego culturalista, las jóvenes voces poéticas parecen encaminarse por la vía de la experiencia, del intimismo, de la emoción humana. Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes son los dos poetas más representativos de esta nueva tendencia. La poesía de García Montero concibe un sujeto poético de nuestro tiempo (que ama y desea, recuerda, viaja, sufre insomnios y llamadas de teléfono intempestivas...), situado en un ámbito urbano, con sensibilidad moderna y un lenguaje en el que se unen lo literario y lo coloquial. RECUERDO DE UNA TARDE DE VERANO Aquel temblor del muslo y el diminuto encaje rozado por la yema de los dedos, son el mejor recuerdo de unos días conocidos sin prisa, sin hacerse notar, igual que amigos tímidos. Fue la tarde anterior a la tormenta,

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con truenos en el cielo. Tú apareciste en el jardín, secreta, vestida de otro tiempo, con una extravagante manera de quererme, jugando a ser el viento de un armario, la luz en seda negra, y medias de cristal, tan abrazadas a tus muslos con fuerza, con esa oscura fuerza que tuvieron sus dueños en la vida. Bajo el color confuso de las flores salvajes, inesperadamente me ofrecías tus memoria de labios entreabiertos, unas ropas difíciles, y el rayo apenas vislumbrado de la carne, como fuego lunático, como llama de almendro donde puse la mano sin dudarlo. Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros, de las primeras gotas en los árboles. Aquel temblor del muslo y el diminuto encaje, de vello traspasado, su resistencia elástica vencida por el paso de los años, vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto, arena humedecida entre las manos, cuando otra vez, aquí, de pensamiento, me abandono en la dura solución de tus ingles y dejo de escribir para llamarte. Las jóvenes poetas que irrumpen en la poesía española de los años ochenta, entre las que destacan Ana Rosetti, aportan una

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visión moderna, desinhibida, cargada de erotismo de la belleza masculina, nunca antes tratada así por las escasas mujeres poetas que encontramos en nuestra poesía. Los movimientos de liberación juveniles y, especialmente, la estética de la música pop y rock (junto al influjo de la publicidad), determinan este cambio de actitudes amorosas.

CHICO WRANGLER Dulce corazón mío de súbito asaltado. Todo por adorar más de lo permisible. Todo porque un cigarro se asienta en una boca y en sus jugosas sedas se humedece. Porque una camiseta incitante señala, de su pecho, el escudo durísimo, y un vigoroso brazo de la mínima manga sobresale. Todo porque unas piernas, unas perfectas piernas, dentro del más ceñido pantalón, frente a mí se separan. Se separan.

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Breve antología comentada de poesía amorosa