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RMAS DEL SÉPTIMO DÍA

Temas isleños

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Santa Cruz, desde la arena a la tabaiba

ACE unos meses, la Corporación municipal presidida por Manuel Hermoso Rojas tuvo a bien publicar la conferencia que, con motivo de las Fiestas de Mayo, en 1981 pronunció en el Teatro Guimerá Juan del Castillo. Ahora sale a la luz pública la que, justo un año más tarde, en el mismo lugar pronunció Ernesto Salcedo Vílchez y, eso esperamos, pronto se editará la que Luis Diego Cuscoy tuvo a su cargo hace sólo unos meses y con el mismo motivo. «Santa Cruz, desde la arena a la tabaiba» es algo denso y, por paradoja, ligero, lleno de gracia y donaire, de cuando las fragatas iban blancas de velas abiertas y a las playas de la ciudad llegaba el pescado fresco, aún con todo el latir de la mar en sus entrañas. Sobre las piedras llenas de siglos y de noches, la buena historia marinera de la ciudad —nuestra dudadnos llega de la buena pluma de Salcedo. En las páginas, como campanas que repican alborozadas de gloria, los hitos de la historia de la navegación a través de Santa Cruz de Tenerife, la ciudad marinera que atesoró grandes verdades, acuñó aquel buen oro y lo hizo saltar del olvido de los libros a la sangre, al alma de la juventud. Ernesto Salcedo —mi maestro, mi amigo— han tenido a su cargo esto que es verdaderamente poético. Pues poético, verdaderamente poético, no es sino aquello que atesora pasado, lo que ha vivido y viviendo venció al dolor, lo que ha sufrido y

sufriendo venció a la vida. En las páginas de Salcedo —Hijo Adoptivo de Santa Cruz de Tenerife— la eternidad del canto en movimiento de toda la mar isleña, toda la emoción honda de la brújula y el mapamundi, toda la llamada de los barcos empenachados y, también, el recuerdo, la evocación para todos los hombres que trabajaron —trabajan— por el puerto de Santa Cruz de Tenerife, por la Isla toda. Aquí, entre viejas piedras quemadas por siglos de sol —aquí, donde en la noche del presente brillan los luceros del pasado— la lámina azul en la que, pintada de barcos, luce el amanecer y la tarde. Salcedo nos saca la niñez y pequenez a flor de alma pues, con maestría, nos muestra la ciudad abierta a todas las emociones marineras, a la policromía de todas las banderas que cantan al aire de la mar alta y libre. Primero Juan del Castillo, ahora Ernesto Salcedo —pronto Luis Diego Cuscoy— pusieron en sus páginas recuerdos y evocaciones que, como resonar de estrellas, llegan hasta el alma. Y es que en cada ruta de que nos alejamos para siempre queda un jirón de nuestra vida, pero una nostalgia, unas líneas de buena prosa —y este

es el caso de Juan del Castillo y Ernesto Salcedo y Cuscoy— vuelven a traerlo a nuestro corazón. La prosa de Salcedo —también la de Juan del Castillo y Cuscoy— nos traen el recuerdo de los gallos que en la ciudad cantaban y, día a día, inventaban un amanecer de arbolados, de sol naciente en las azoteas y patios que estallaban de flores. En sus prosas encontramos cuando los remos destrozaban el agua todavía dormída con cuchilladas de plata. Aquella era la mar de la aurora —mar tranquila— a la que seguían la de la siesta, mar de oro, y la rosa de la tarde. Claros atardeceres de lejana infancia, de aquella que fluyó como un cauce de aguas tranquilas. Ahora, con el desgranado viento de la mar nos llega la prosa que, sencilla, nos trae la historia —buena historia— del puerto de Santa Cruz de Tenerife. Allí, en la marquesina y a la sombra de la vieja farola, bebimos el azul del cielo y el de toda la mar, el mismo azul, las mismas evocaciones que encontramos en estas páginas escritas con toda el alma y desovillando los recuerdos.

Juan A. Padrón Albornoz

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SANTA CRUZ DESDE LA ARENA A LA TABAIBA  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Temas isleños",