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Cuento del domingo

AmeriGanarias

El enamorado del Sol

Relaciones folklóricas Cañadas-Uruguay

EGÚN otros, en las primeras horas de la mañana, al levantarse, toman un café o un vaso de algo, él corría a la ventana, la abría, y, recibiendo el sol en la cara, lo bebía a bocanadas. Hasta hartarse de sol y de luz. Si el día estaba nublado, se levantaba tarde y de mal humor. El sol, la ración matinal de sol, le hacía falta para iniciar la jornada y poder sentirse fuerte y feliz. Para ir al trabajo, al salir a la calle, buscaba la acera más bañada por el sol, e iba por ella como si fuera tomando un confortador baño, que le limpiaba el cuerpo y el alma de suciedades exteriores e interiores. Físicamente, del cansancio, o la falta de energía. Y moral o espíritu almente, notando cómo la luz y el calor del sol derretían y borraban en su mente y en su pensamiento la influencia y el peso de las preocupaciones y vacilaciones ante lo que la jornada que se iniciaba le pudiera ofrecer.

S

Cuando llegaba al trabajo, una oficina como todas las oficinas, acaso un poco sórdida y de ambiente polvorientos y con olor a humo de tabaco y papeles sucios y manoseados, corría a su mesa, que había hecho colocar junto a la ventana por donde más sol entraba en la estancia, y se acomodaba en la silla, como si faera entre cojines de plumas, entre las bocanadas de sol que entraba, plenamente, en el buen tiempo, o a través de los cristales, en los días fríos de otoño e invierno. Los compañeros le decían con frecuencia: —No sabemos cómo puedes trabajar dándote el sol sobre la

mesa. Y él siempre respondía lo mismo: —Me gusta el sol. Le gustaba sí. Más aún: no podía vivir sin él. Para él, el día terminaba en el mismo momento en que el sol se ponía. A partir de aquel momento, podría hacerse algo, entregarse a la rutina de su existencia, como hombre y padre de familia, con los suyos, pero aquello no era vivir. Solamente vivía al sol. Bajo el sol y bañado por el sol. Cuando empezó anotarlo, en uno de aquellos paseos, sintió verdadero pánico. Primero fue como un extraño deslumbramiento. Luego le pareció como si el se oscureciera un poco. Los primeros días no fue casi nada, pero luego los síntomas se fueron acusando, y fue entonces cuando comprendió lo que le estaba pasando. Se estaba quedando ciego. Cuando se quejó a la familia le dijeron: —No tiene nada de particular. Te pasas horas muertas al sol y te estás quemando los ojos. —¡ Qué sabrían ellos de estas cosas!. El sol no quema. Refresca el alma, y, ¿Cómo va a quemar, los ojos? Pensaba él. Pero la cosa se agravó. Los progresos de la enfermedad hicieron que sus jefes se dieran cuenta de que había que tomar medidas con él, y aprovechando la edad y su creciente y progresiva inutilidad, le aconsejaron pedir la jubilación. La familia se lo aconsejó también, y él no pudo resistirse. La pidió y se acabó para él la obligación cotidiana de la asistencia a la oficina y las horas que tenía que permanecer en ella. Aprovechando el mayor tiempo disponible y el hallarse

altoberudas Los que tienen una fortuna «astronómica», sí que deben haber visto bien el Cometa Halley. * ** Cuando un astrofísico se entera de que un hijo suyo ha cometido una gamberrada, seguramente que debe comentar: —Le pego dos cachetadas dondequiera que lo «halley». * ** -El próximo miércoles te darán cuatro horas no recuperables con motivo del referéndum. -Sí, que aprovecharé para ir a poner «la primitiva». * ** -Lo malo, me decía un socialista, es que han hecho el referéndum en Cuaresma, tiempo en que la Iglesia predica la «absti nencia». -¿Y usted va a votar? -Sí. —Ah, pues yo creía que no. * ** Sé de muchos jubilados que van a votar que sí, que les suban un poco más las pensiones. * ** ¡Si las cosas se habrán modernizado, que ya hasta las vacas se contabilizan por ordeñadores! * ** Cuando un astrofísico quiere hacerse una casa, comienza por comprar una «placa solar». * ** En el barrio de Duggi quieren, por lo visto, para que los chicos beban, una pila; pero no tienen «pelas» para hacerla. * ** Era un erótico tremendo. No se encontraba feliz, sino con la «computadora». * ** Los banqueros que generalmente le dicen a uno que «no», cuando va a pedir un crédito, ahora dicen que están por el «sí». Pues, que aprovechen los que tienen algo solicitado. * ** Y si.uno quiere decir «sí, pero no en estas condiciones», ¿qué tiene que poner en el voto? * ** Este es un referéndum zoológico. Porque no nos permiten sino un «monosílabo».

Altober

sin obligaciones, hizo más frecuentes y largos sus paseos por las calles y sus visitas al parque. ¡Nunca le había parecido tan bonito antes de entonces!. En él, el sol se desplomaba sin obstáculos ni tropiezos. Sólo los árboles, alineados a lo largo de los paseos y dentro del recinto o espacio verde de los jardines. Pero los árboles ya hemos dicho que no le robaban el sol. Se interponían, pero sólo para convertirlo en encajes de oro bordeados por la leve sombra de las ramas y hojas. Todavía, a pesar de su creciente seguera, podía él disfrutar de todo aquello. Después de varios incidentes, algunos bastante graves, el hijo y la mujer se reunieron para cambiar impresiones y estudiar lo más conveniente para la seguridad de él y la tranquilidad de ellos. La mujer propuso que se le internara en un asilo: —Allí estará mejor. Más atendido y vigilado, para evitar que se eche a la calle. Aquí no hay nadie que pueda estar todo el día pendiente de él. Pero el marido, hijo al cabo, se opuso terminantemente: —Yo no puedo mandar a mi padre al asilo. Me duele, como hijo, y, además, ¿qué dirían mis compañeros de trabajo y nuestros amigos? —Entonces, —argüyó ella—, tú dirás lo que podemos hacer. No hay modo de evitar que se eche a la calle, y cualquier día nos vienen a avisar que lo ha matado un coche, o nos lo traen convertido en guiñapos. Excuso decirte la papeleta... —Si hubiera forma de evitar que saliera a la calle... Entonces ella tuvo la idea luminosa: —¿Y si lo encerráramos en el cuarto? Aprovechando un momento en que esté dentro, sin que se dé cuenta... Después nosotros salimos, y él tendrá que estarse encerrado hasta nuestro regreso. Como mal menor, él aprobó la idea. Y así se hizo, al día siguiente. Cuando quiso salir del cuarto se dio cuenta enseguida de que lo habían encerrado. Sintió una desesperación enorme. Como la del sediento al que le quitan de delante el recipiente de que disponía para calmar la sed. El sentía sed de sol. Má aún que antes de perder la vista. Se fue al balcón, en busca del sol. Era donde único podía hallarle. Pero en el balcón no había sol tampoco. Nunca se había fijado si la habitación daba frente a alguna casa alta que impidiera que llegara hasta allí. O quizá, y era cosa que él no podía saber, el día estaba nublado y no había sol. El caso es que no podía advertir su cálida caricia en la frente ni sobre los ojos sin luz. No podía beberlo, a bocanadas, a ciegas, como solía hacer. Había que buscarlo, donde estuviera. Se apoyó en la barandilla del balcón y prolongó el cuerpo hacia fuera. La barandilla era baja. Notó como su cuerpo basculaba sobre ella, y procuró agarrarse a algo. Inútilmente. Las manos tantearon y sólo hallaron la pared lisa. El cuerpo se curvaba ya sobre la barandilla. Y se sintió caer. Cayó a plomo. Sin tropezar en nada. No había nadie en las ventanas vecinas. Ni en la calle, por los alrededores. Era esa hora próxima al mediodía, en que todo el mundo está en sus ocupaciones y las calles permanecen desiertas. Nadie pudo, así, presenciar el hecho. Ni oír el sordo golpe del cuerpo al estrellarse contra el suelo. Antes de ello, él, sí pudo advertir, según caía, que el sol lo rodeaba y lo envolvía como en un abrazo cariñoso. Había salido de la sombra de los muros, hacia la zona bañada por él, y notó como si se sumergiera en un baño de luz y de calor. Fue intensamente feliz por unos segundos. Después... nada. El cuerpo quedó tendido, con las piernas estiradas y los brazos en cruz. En un charco de sangre y de sol. El sol que se ocultaba ya tras los tejados de las casas frenteras . Pero antes de hacerlo un rayo de oro se deslizó y fue a besar la frente sangrienta del enamorado del sol, que ya no lo vería más. •

Antonio Marti

L

OS autores no se ponen de acuerdo cuancfo tratan de ahondar en las raíces del Pericón, ese baile uruguayo y argentino de complicada coreografía, que tanto se parece a nuestra Isa. Para unos, este baile procede de la Contradanza, que entró en Uruguay hacia el siglo XVIII, junto con el cancionero infantil, romances, cantos a la divino de los jesuítas y franciscanos y el denominado baile de las cintas. Con ttída probabilidad, los colonos canarios que fundaron Montevideo, en número aproximado a los 250, introdujeron en el país algunos de estos géneros. La hipótesis de que el Pericón deriva de la Contradanza es la más aceptada y fácil de documentar, no sólo porque autores de la talla de Carlos Vega y Lauro Ayestarán lo creen a pies juntillas, sino también porque la mayoría de las figuras coreográficas de la Contradanza han pervivido en el baile criollo, de la misma forma que hoy siguen gozando de gran predicamento en nuestra incomparable Isa. También el Cielito y la Media Caña parecen desgajados de la Contradanza. Con razón señala Carlos Vega que estos géneros, junto con el Pericón, se confunden en la crónica, «porque al principio fueron un solo baile». También Ayestarán comparte el criterio del maestro argentino, cuando señala que «estas tres danzas tienen características muy similares; desde el punto de vista de su notación, las tres se cifran en compás de tres octavos en sus fórmulas de acompañamiento, y sus coreografías provienen de la antigua Contradanza». Por tanto, no resulta muy aventurado decir que la réplica o respuesta criolla a la Contradanza que introdujeron los españoles fue el Pericón, cuyo nombre parece derivar del Perico o bastonero que daba las órdenes en el baile para realizar los cambios de figuras.

La Casa de las Comedias (dibujo de 1830), donde posiblemente se bailaron los primeros pericones de Montevideo.

También en nuestra Isa, el director del baile desempeña un papel similar, con sus voces de «cadena», «fuera», «una» o «mujeres dentro». Hemos dicho con anterioridad que es posible deducir una relación canarios Contradanza en los primeros tiempos de la fundación de Montevideo. Las primeras noticias que se tienen del Pericón, ya como género criollo, datan de 1876, es decir: treinta años más tarde de la llegada de la segunda expedición de canarios, en 1729. No es disparatado pensar que aquellos pobladores practicaron la Contradanza, dado que era un baile muy en boga en los estratos folklóricos de la España del XVIII, una vez perdió su carácter cortesano. Con la palabra Perico aparece designado el género en un relato de 1794, durante la expedición de Malaspina y Bustamante y Guerra, que llegó al Uruguay en ese año. Juan Espinosa, que se adentró por las tierras de la banda oriental, describe con las siguientes palabras el cantar del hombre del campo: «Si es verano se van detrás del rancho a la sombra y se tumban; si invierno, juegan o cantan unas raras seguidillas desentonadas, que llaman de Cadena o Perico o Mal-Ambo, acompañándolo con una desacordada guitarrilla que siempre" es un tiple». (Pedro de No-

vo y Colson, en su «Viaje político-científico alrededor del mun do por las corbetas Descubierta y Atrevida», Madrid, 1885, pág. 561). Esto viene a demostrar que el Pericón uruguayo fue una danza cantada, al estilo de nuestra Isa, aunque luego, con el paso de los años, recuperó su perdido aire ceremonioso y puramente instrumental en los salones en que era interpretado para la burguesía, formada en buena parte por los descendientes de los pobladores canarios, si es cierto lo que señala Alberto Zum Felde: «La mayor acumulación de bienes se hallaba en manos de los hijos de los fundadores de Montevideo, que constituían la aristocracia del país». («Proceso histórico del Uruguay», pág. 35). Es para creer, entonces, que el Pericón criollo que aún se conserva en Canarias, nos vino de allá, en su forma de pieza puramente instrumental y con sus cadencias de vals-poica. En cuanto a la coreografía del baile uruguayo, es posible que algunas de las figuras de nuestra Isa hayan sido tomadas del modelo criollo, si bien la mayoría de las variaciones y mudanzas de uno y otro género son reflejo directo de las que configuraban la Contradanza, que fue forzosamente de aquí para allá.

Elfídio Alonso

Temas isleños

Santa Cruz de la Palma, tradición y presencia ANTA Cruz de La Palma es, ha sido y siempre será, verdadera Historia —así, con mayúscula— con todos sus recuerdos y sombras de recuerdos, con todo su buen y bien hacer, con toda su ilusión y proyección. Vista desde la carretera que, peña a peña, asciende entre blancura de casas y verdor de cultivos, la ciudad se nos muestra en todo su esplendor y, entre los nuevos edificios, la rojez de las viejas tejas canarias pone toda su gracia de tiempos idos y, por fortuna, aún allí bien conservados. Abajo, a la orilla de la mar donde nació, la ciudad descansa, toma el sol y huele la sal; allí está, como siempre, sedienta de brisas y al arrullo de la canción eterna del Atlántico; el mismo que era camino sin linderos para los buenos veleros de la matrícula —«Bella Palmera», «Ninfa de los Mares», «La Fama«, «La Verdad», «Correo de Tenerife», etc.— que antes de nacer en aquellas playas fueron pinos en aquellos montes. La torre de la iglesia del Salvador desgrana con lentas, sonoras campanadas, el paso del tiempo sobre la Plaza de España. Rincón tranquilo, se abre sobre la calle Real que, orgullosa y digna, se adorna con la fachada de piedra labrada —obra de artesanos que fueron— del Ayuntamiento de la ciudad. Santa Cruz de La Palma es, ha sido y siempre será Historia. Apenas habían pasado setenta años de su fundación, ya era ciudad codiciada por los piratas y corsarios que, a la sombra de blancas velas, cruzaban la mar en barcos que por las portas dejaban asomar la muda amenaza de las negras bocas de los cañones. Para el portugués Gaspar Fructuoso, era ciudad rica, de casas llenas de «cofres encorados, los ricos escritorios, todo lleno de vestidos de seda y bro-

S

cados, de oro y plata, dinero y joyas, vajillas; las tapicerías con historias de que están adornadas; las panoplias llenas de lanzas y alabardas, adargas y rodeles». Santa Cruz de La Palma continúa proclamando estirpe y tradición amplia con su sola presencia', con su sola y sencilla majestuosidad, que bien se asoma a las huertas azules e infinitas del Atlántico isleño. La buena amistad marinera creció y creció con el transcurso de los años, las décadas y los siglos. En sus plazas, los laureles de Indias se alzaron junto a las aguas que cantaban en las fuentes de piedra. Hoy, la sombra verde y fresca se amontona en aquellas antiguas y tranquilas plazas mientras, arriba, en las alargadas copas el sol pone armería de puñales dorados, armería traída y llevada por la brisa loca de la mar cercana. Un ayer cálido revive siempre en estas plazas de Santa Cruz de La Palma, en estos rincones tranquilos de la antigua y moderna ciudad. Sobre el verde radiante y apretado, la vieja piedra de los bancos recoge un gris azulado, reflejo de la ciudad plena de Historia. Son machos los que recuerdan pisar en la madre tierra de la vieja plaza, de aquel cami-

Atención empresa establecida en la isla, necesita urgente alquilar entresuelo o local comercial, aproximadamente 150 m2, para instalar sus nuevas oficinas. Zona Urbanización Anaga, Rambla General Franco. Tfnos. 230533 - 230599 - 225165

nar sobre hojas verdes mientras —ladera arriba— las acequias ponían su buen rumor de rezos. El viento daba un oleaje verde azulado y de sombras oscuras. Claros, metálicos casi, cantos de pájaros lejanos que, valseantes de alegría, saltaban al claro sol mientras sus trinos subían hacia un benigno cielo azul. Aquel pasado es buen presente en toda La Palma, isla que rinde culto a la amistad, isla que guarda con celo todo el silencio perdido en los años que fueron. Toda La Palma es un verdadero oasis de calma, de serenidad, de ese algo indefinible que, perdido en el mundo, allí aflora en toda su pureza, en todo su esplendor. Con los laureles que forman la cofradía del verdor perenne, la vieja y siempre nueva plaza, la de las buenas arboledas que siempre evocamos en la prosa del amigo Domingo Acosta. La última vez que allí estuve —y ya hace unos años— me pareció la plaza un río entre orillas de laureles verdes. Arboles y sombras de árboles. Recuerdos y sombras de recuerdos. •

Juan A. Padrón Albornoz TODOS LOS DÍAS A PRIMERA HORA DE LA MAÑANA, A EXCEPCIÓN DEL LUNES, REPARTIMOS A DOMICILIO

EL DÍA DIARIO INDEPENDIENTE DE LA MAÑANA

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SANTA CRUZ DE LA PALMA TRADICION Y PRESENCIA  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Temas isleños", 1986/03/09

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