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Antes, como ahora, el barrio de San Andrés tiene y

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N la imagen, el barrio pescador y agricultor de San Andrés —antes valle de Salazar o de las Higueras— que, con canto de la mar en sus costas, tierra adentro tiene surcos de tierra luciente. El cielo de muchos siglos se apoya sobre la tierra bien labrada —sobre la mar bien surcada por proas audaces— mientras, tierra adentro y tierra arriba, destaca el mundo vertical del bosque de pinos. En su «Historia de Santa Cruz», don Alejandro Cioranescu dice que «San Andrés, antes llamado valle de Ibaute, de los Sauces, de las Higueras o de Salazar, fue una zona intensamente poblada y cultivada. El Adelantado estaba muy interesado en el aumento de la rentabilidad de su conquista, estimulando en lo posible el cultivo de la caña de azúcar y, por tratarse en este caso de tierras bastante extensas y apropiadas para tal cultivo, había hecho varios intentos para asegurar su prosperidad. Ya queda dicho que el primer propietario fue Mateo Viña; pero éste reservó sus esfuerzos para la hacienda ^de Garachico y en San Andrés

bien mantiene de tradición de pesca y agricultura

Santa Cruz de ayer y de hoy

San Andrés, un azul pintado de barcos no puso cañaverales. Con acuerdo de Viña y con la condición de poner ingenio de bestias, volvió a dar el Adelantado en el valle de San Andrés, «toda la tierra e agua que pudiereis aprovechar von el agua del valle», a Francisco de Oñate, criado del comendador mayor de León don Gutierre de Cárdenas. También fracasó con Oñate, quien prefirió quedarse en Gran Canaria. Hizo el tercer intento, con igual resultado, con Blasino de Inglasco o Blasino Ormano». Vemos en las lejanas sombras del tiempo aquel valle que llegaba —que llega— a toda la mar alta y libre. Allí cantaba y canta la mar, el sol y la sal y, desovillando los recuerdos, vol-

vemos al barrio tranquilo, a la playa de callaos con alguna roca escarpada y vestida de musgos. Volvemos al barrio tranquilo —el de la paz casera y dormida— que, siempre, tiene frente todo un ancho y tranquilo relámpago de espuma. En San Andrés, el desgranado viento de la mar, mar que se levanta en beso alto y, frente, la bruma de las banderas de todo el mundo. En el barrio pescador y agricultor, buena sombra y siembra de laureles de Indias, todo el resonar de la mar, mordiscos de sal, sol y espuma. Junto a la costa donde se bebe todo el azul del cielo y el azul de toda la mar, el buen y bien hacer de los agricultores que, con plena constancia, han

arrancado a la tierra de la bruma de los olvidos. Allí, hombres de corazón sencillo y derecho —de los que han llevado y llevan la verdad como arma por la vida— bajo el crepúsculo que entinta de oros rojos el cielo de la tarde; en la mar —en la buena mar— estampas sencillas y elegantes de botes de dos proas y esos atuneros que, con rapidez, se han impuesto en las aguas del Atlántico isleño. San Andrés —el barrio lindo y pesquero de la copla de Los Huaracheros— tiene y bien conserva patios que son verdaderos corazones de sol. Arriba, el cielo azul impenetrable y, en las laderas que bien se aprecian en la imagen, un silencio de altura, de cumbres solitarias.

ALIMENTACIÓN EL COLESTEROL, UN FACTOR DE RIESGO GRAVE +• LAS GRASAS ANIMALES PUEDEN SER MENOS PERJUDICIALES PARA EL CORAZÓN QUE CIERTAS GRASAS VEGETALES Se ha experimentado que ciertas grasas vegetales y grasas endurecidas pueden ser más perjudiciales para las arterias, que la mantequilla, o grasa natural de la leche. Existen otros peligros para el músculo del corazón ocasionados por los aceites vegetales. Las dietas de bajo conte-

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nido de grasa y aceite de soja, que puedan reducir la concentración de colesterina en la sangre, han sido completamente ineficaces para reducir el progreso de la enfermedad hacia recaí rnientos o muerte. La dieta de grasas polinosaturadas no evita la enfermedad coronaria, sino que hasta puede sospecharse que contribuye a su desarrollo. El Grupo de Wissler de Chica-

go, señaló que ciertos aceites vegetales (por ejemplo aceite de cacahuete y aceite de coco), que fueron dados como alimentación de un 25% de la dieta a monos macacos, causaron alarma y considerable proliferación de células en las paredes de las arterias. Grasas de mantequilla en cantidades similares produjeron una reacción fibroso muy pequeña, considerada inofensiva.

CONCLUSIÓN: En los aceites hidrogenizados se forman más ácidos grasos artificiales «trans» y pueden ser más dañinos que grasas animales naturales o grasas lácteas, que aún tomadas en exceso solamente producen lesiones inocuas en los vasos sanguíneos. Datos oficiales de BRITISH MEDICAL JOURNAL Enero 1979.

Barrio quieto, casi adormecido en el cerco de montañas, San Andrés tiene población de criaturas llanas y a la buena de Dios; era —es y será— barrio de gente contenta, amable y cordial. Es barrio de corazón abierto e inquieto, de generosa y noble bondad. En la imagen, el barrio en años idos para siempre, el mismo San Andrés que, a su buena actividad pescadora y agrícola, hoy une la del turismo. Frente, siempre la estampa de los barcos que lucen la obra viva de su lastrada, barcos que, con la proa hacia Punta Anaga, son como símbolo de lejanas singladuras. San Andrés —nuestro entrañable barrio de San Andrés— tiene equilibrio de buena trayectoria humana, proyección de buen y bien hacer pues, como zona de hombres sencillos —de los que marchan con los brazos abiertos y la frente alta y desnuda— tiene ante sí gracia y donaire, todos los frescos rumores del día. En las tardes rotas, bien mantienen su canción las Olas de sar abrasadora. Allí, frente al centenario castillo roto por mares de barranco, la mar palpita, muere y continúa. San Andrés —el barrio lindo y querido— tiene la bondad del buen pan en la mesa y, como en la imagen de un ayer ido, conserva la alegre rojez de las tejas canarias, la sencilla arquitectura de las casas terreras que bien nos recuerdan a los barrios de El Toscal, El Cabo y Los Llanos, barrios que nacieron y crecieron junto a las ardientes voces del litoral. En San Andrés, calles de marineros —calles con dolor de corazones rotos por la angustia del alto navegar— y, también, un espíritu lleno de sonrisas y piedades. Alli, el barrio tendido como un vuelo de gaviotas y, con la tranquilidad de las aguas en siesta, todo el ritmo del mundo amplio de la mar. Hoy, la autovía pone al buen barrio de San Andrés a muy po-

cos minutos de Santa Cruz. En su «Historia de Santa Cruz», don Alejandro Cioranescu recoge la historia larga del camino al valle de Salazar —o de las Higueras si se prefiere— pues, dice, «como sendero de cabras debió haber existido aunque con trazado diferente, desde la época anterior a la Conquista. Luego se ha compuesto mejor el tramo que de Santa Cruz conducía al castillo de Paso Alto, por razones estratégicas evidentes; más allá había camino hasta San Andrés, que valía para herraduras, pero en muy malas condiciones y con harto riesgo para los transeúntes. En 1856, la Junta de Obras Públicas habia mandado arreglarlos, por medio de seis días de prestación personal de cada vecino, pero la recomposición debió de s,er bastante superficial». Sobre la nueva autovía, la antigua carretera y, más arriba, muy claros indicios del antiguo camino que, peligroso, iba hacia San Andrés, el buen barrio santacrucero en el que, enfermo del largo viaje, el barranco —que mató al castillo— termina en la mar. Pequeña ante el horizonte y el océano, la estampa del barrio que, muy cerca, tiene el espacio que se hizo Dársena Pesquera. En las calles con sombra húmeda y callada, todo ríe de luz e ilusión frente a la fiesta azul de la mar, frente a las estampas gallardas y marineras que, con proas de bulbo y traseras chimeneas, en nada recuerdan a ios viejos carboneros de chimeneas de mucha guinda y palos en candela. Desde los montes, a San Andrés llega siempre la lluvia silenciosa, la lluvia mansa y serena de las tardes de gris cansado. En la antigua imagen, el viejo y buen barrio de Santa Cruz bien nos hace comprender que, cada día, uno se va gastando en la vida, pero también nos lleva a los tiempos en que se vivía con lealtad, con facilidad, con felicidad. Hoy buscamos dentro del corazón nuestro recuerdo, escuchamos nuestro silencio y, ante los cerros de piedra y el agua quieta, evocamos los veleros que tuvieron por sueño una victoria sobre el océano que era y es un haz de espumas. Amarrado a la mar como una clara nave, el barrio de San Andrés tiene y mantiene todo un regalo de color azul, un azul pintado de barcos.— Juan A. Padrón Albornoz.

SAN ANDRES UN AZUL PINTADO DE BARCOS  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Santa Cruz de ayer y hoy", 1984/02/05

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