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EL DÍA A imagen es de cuando, en la década de los años 30, los veleros, las motonaves y los vapores de todo tipo y bandera atracaban y fondeaban al redoso del Muelle Sur. En la antigua estampa —de un pasado casi reciente— gracia de vapores y «motorships» en el Muelle Sur con, a la izquierda, dos petroleros abarloados. Uno de ellos, el que estaba entonces adosado al muelle citado, parece es el italiano «Olterra» que, semihundido en aguas de Algeciras, durante la Segunda Guerra Mundial cedió su nombre a la historia de los submarinistas de la Regia Marina y, también, a los que en otras —Royal Navy, Armadas de Alemania y Japónmucho y bien operaron con sus «submarinos enanos» y «torpedos tripulados». En fondeo, buena siembra de goletas y balandras dedicadas al «vivero» y el «salpreso» y, justo en el centro —con sus bandas blancas en la chimenea— el «Uad Ras», el guardacostas que el 22 de diciembre de 1930 varó en la costa majorera de Caleta Fuster. Allí acudió el «La Palma» —el buen y antiguo «correíllo» que sestea en Nuvasa— y, pese a sus esfuerzos, el «Uad Ras», se nos fue para siempre de la mar. En agosto de 1935, en esta misma baja tocó fondo el «Ciudad de Manon» —de la misma Trasmediterránea— que, con el «Ciudad de Málaga«, había bajado a Canarias para mantener los servicios interinsulares. Buena fila de «viveros» que, rasos al agua, mantenían la pesca viva y según las necesidades del mercado. Los aljibes flotantes —«T\ilga», «Alicia», «Dorotea», etc.— lanzaban al aire sus chimeneas en candela y que, de poca guinda, se alzaban sobre los casetones que albergaban las calderetas. De los numerosos remolcadores en puerto, sólo dos en la imagen: a la derecha, el «Tenerife», de Hamilton y Compañía —el que terminó su vida convertido en pesquero— y, a la izquierda, el «Salamanca», de la Eider Dempster, que, años más tarde, marchó a la entonces Guinea Española con el nombre de «Ataúlfo» para, sin pena ni gloria, y en el más completo anonimato, desaparecer de las listas de la flota mercante española. Falúas de Camacho con sus chimeneas blancas y tope negro en primer término. Alguna embarcación del antiguo y prestigioso «tren de lancha ^ue, ya por la fecha citada, naoia casi desaparecido ante el aumento de línea de atraque en el Muelle Sur. De derecha a izquierda, uno de los «Pinillos blancos» —posiblemente el «Turia» o el «Sil», que más tarde fueron seguidos los «Darro» y «'Riria» —que, justo por su proa, tiene al «Bañaderos», al «Bajamar» o al «Betancuria». Por la proa del «torise» —así se llamaba entonces a los fruteros de la Thoresen, ya bajo la contraseña de la actual y bien conocida Fred Olsen Line— la silueta elegante, con dos chimeneas de mucha guinda y en candela, de un «ville» de la Maritime Belge, naviera tan ligada al puerto de la capital tinerfeña desde los años de su fundación. En la antigua estampa, con los barcos en fondeo, la silueta del «Albertville» —o «Leopoldville»— que, respectivamente, nacieron a la mar en 1927 y año siguiente en los astilleros de la Ateliers et Chantiers de la Loire y Cockerill, en Hoboken. Unidades gemelas, eran de fina estampa marinera y, entre 1936 y año siguiente, ambos «liners» fueron modernizados y, al ganar eslora, las dos chimeneas fueron sustituidas por una, de corte moderno, que bien conservaron hasta el fin de sus días en la mar. El 11 de junio de 1940, el «Albertville» fue hundido en El Havre por la aviación alemana y,

del domingo

L

Vista parcial del puerto de Santa Cruz de Tenerife en los primeros años de la década de los 30. Con buena siembra de barcos en fondeo, en el Muelle Sur un «Pinillo blanco», un «torise» de la Fred Olsen Line y, con dos chimineas gallardas, un «ville» de la Martime Belga

Los antiguos fondeaderos y tenederos del puerto gemelo —el «Leopoldville— lo fue por el submarino «U-468» cuando, con tropas americanas, se encontraba a cinco millas de Cherburgo.

AL REDOSO DEL MUELLE SUR La antigua imagen nos trae —nos sacan a flor de alma— toda la historia larga de los fondeaderos y tenederos de Santa Cruz, de la Isla toda. Con nueve décadas de historia, un derrotero de las Islas Canarias que, muy cargado de años e historia, hemos vuelto a ver y repasar. Han pasado años y muchas décadas, pero aún nos parece adivinar en las páginas del antiguo volumen el polvo de sal que dejaron los rociones que, por la proa, asaltaban a los veleros isleños que, blancos de velas abiertas, navegaban arrumbados a las aguas calientes del Caribe huracanado. Así era el puerto con tenederos y fondeaderos, el de los veleros y vapores fondeados a la gira y que, en años anteriores a la radiotelegrafía —a las «cuatro torres» santacruceras que dieron nombre a todo un barrio— se comunicaban con tierra merced a un código establecido de antemano. Este no es el puerto de la pitada larga por cada cien toneladas que solicitaba el recién llegado —una corta significaba cincuenta de agua potable— pues, por radiotelegrafía, con mucha antelación se anunciaba la llegada y la necesidad de los suministros de combustible, agua y víveres. Con la implantación de la radio —telegrafía sin hilos, se decía entonces— se nos fue del vestíbulo de Santa Cruz la campana de la atalaya marinera del castillo de San Cristóbal, la campana que con lágrimas de bronce cantaba y encantaba y a todos llenaba de orgullo. Ya los barcos no fondean al redoso del Muelle Sur ni amarran a las boyas situadas frente a las playas de La Peñita, San Antonio y Los Melones. Tampoco lo hacen en los antiguos tenederos y, desde hace años, lucen sus estampas marineras frente a San Andrés, Las Teresitas e Igueste de San Andrés. A la vista de la estampa portuaria —de casi un pasado

ro que, con respecto a la antigua rada, dice que, «situada al NE. de la Isla viene a ser una ensenada profunda de la costa, dirigiéndose desde Antequera al S. 62° W. hasta el cerro de Paso Alto, tuerce en este punto A. S. 18 W. hasta el castillo de San Juan, que defiende la parte S. de la rada». El texto marinero añade que, «abrigada de los vientos del SW. al NNE. por el N. no lo está por los del NE., que generalmente reinan y levantan a veces algunas marejadas, y mucho menos a los del SE., que hacen peligrosa la estancia al ancla en noviembre y diciembre, obligando a dar a la vela». «Debe esto verificarse —añada el derrotero— en dichos meses cuando se presente el cariz (muy pronunciado) de la travesía y la mar del SE., que por lo regular recala antes que el viento; y en caso de que precise volver al fondeadero, es lo más conveniente dirigirse a las llamadas calmas de Canarias, que efectivamente se encuentran entonces en toda la parte NW. de dicha Isla, donde se puede permanecer cómodamente al ancla, hasta que pasado el temporal, puede volverse a Santa Cruz. Algunos buques, sin embargo, montan la Punta de Anaga y van a abrigarse a la costa occidental de Tenerife; pero parece más ventajoso lo primero. De todos modos, nunca debe esperarse para dar la vela a que haya entablado completamente el viento del SE., porque la mar gruesa y arbolada, que ya entonces se experimenta, puede hacer muy difícil la maniobra, aun cuando se trate de arriar los cables». La última vez que vimos a un barco montar la Punta de Anaga para abrigarse en la costa occidental de la Isla fue tras la terminación de la campaña de Las Malvinas. Un buen día, el «Queen Elizabeth 2» pasó ante Santa Cruz de Tenerife con los supervivientes y heridos de los buques hundidos -H.M.S. «Sheffield», H.M.S. «Antelope», H.M.S. «Sir Galahad», etc.— en aquellas lejanas aguas. Más tarde, y muy en el horizonte, el portaviones H.M.S. «Hermes» cruzó rumbo al Norte y bien a la vista de nuestra ciudad y, posteriormente, en día de

land», uno de los varios ferries requisados por la Royal Navy. El «Norland» venía con una avería en el sistema eléctrico y, llorando herrumbre por la superestructura y bandas, fondeó justo en la bocana del Muelle Sur, embarcó técnicos tinerfeños y, tras virar el ancla, arrumbó a la zona encalmada al redoso de Punta de Anaga. Allí reparó durante uno o dos días y, de nuevo en aguas de Santa Cruz, en muy breve escala desembarcó a quienes habían reparado la avería y, de nuevo, se hizo a la mar. La imagen refleja los tiempos de muchos barcos en atraque y fondeo. Eran los tiempos en los que, fondeados a la gira, los vapores llevaban a cabo las operaciones de relleno de carboneras y refresco de la aguada; eran los tiempos de los «liners» siempre apresurados, de los carboneros tiznados y retiznados, de los lentos y viejos «tramps» y algún que otro velero de altura, de los pocos —muy pocos— que daban poesía a la mar. Aquellos eran los tiempos del ir y venir de pasajeros en las falúas de vapor de Camacho y la firma Barrera y Llombet. Con ellas, empenachadas de humo, los botes que a remo, atendían el servicio desde el desembarcadero de «los platillos» que, a partir de 1913, se convirtió en el de «la marquesina». En sus viejas páginas, el derrotero —manchado por los rociones— nos dicen que «el mejor fondeadero durante la buena estación se encuentra entre los paralelos de las baterías de San Pedro y San Antonio, por 24 a 30 m., arena negra, demorando el castillo de Paso Alto (que está al pie de la montaña más al N. de la bahía) al N. y al de San Pedro (que es el primero al N. del muelle, después de la Alameda) un poco al W. para el S.; como regla general nunca deben fondear los buques mayores en sitio en que se marque el citado castillo al E. del N. Desde hace unos años — relativamente pocos años— los grandes petroleros y mineraleros dan fondo y muestran sus estampas macizas entre las playas de Las Teresitas, Igueste de San Andrés y Antequera. En la época del antiguo «Derrotero» que comentamos aquella era una zona donde la mar toda se rizaba de espuma y, dulcemente, moría en

OO

Los buques de guerra fondeaban algo más al No., «entre los fuertes de Paso Alto y Santa Isabel, por 32 a 34 metros, arena fangosa, buen tenedero. En este sitio también se está más libre de los abordajes de los buques del comercio». Otro de los antiguos tenederos se encontraba frente a la antigua batería de la Candelaria, reservado a los vapores en tránsito. «Para los buques de vapor es un buen fondeadero por 16 metros (en bajamar), arena negra, excelente tenedero, a 416 metros del sitio en que se hallaba la antigua batería de la Candelaria, que se ha demolido, demorando éste al N. 60 W., y la medianía del castillo de Paso Alto al N.». Los vapores que llegaban con «patente sucia» y quedaban en régimen de cuarentena, fondeaban al ESE del muelle por 17, 20, 25, 28, 40 y 55 metros de agua.El antiguo derrotero hace mención —destacada mención— del ya casi olvidado «petón de San Telmo». En este fondeadero —dice el derrotero— hay un bajo de piedra denominado Petón de San Telmo, «que aunque tiene 40 metros de agua se debe tener en cuenta para no dejar caer el ancla sobre él. Se halla aproximadamente a unos tres cables al E. 1/4 SE de la torre de San Telmo».

Las luces de señalización y recalada estaban bien —muy bien— señaladas y definidas en el antiguo derrotero que, además detalla las obras entonces en marcha, las que bien se realizaban para lograr las metas que Santa Cruz, sus hijos, se habían propuesto. Con las obras en el Muelle Sur, las del Norte: «el contramuello construido al N. junto al fuerte de San Miguel tiene — añadía el derrotero— longitud de 150 metros y entre ambos muelles encierran una superficie de 400 ha. con fondo en bajamar desde 3 a 24 metros». Para la construcción del Muelle de Ribera, Santa Cruz cedió sus playas de Ruiz, La Peñita, San Antonio y Los Melones. También desaparecieron las de María Jiménez, Bufadero, Cueva Bermeja, Jagua y Los Trabucos. Con la muerte de las primeras desaparecieron los fondeaderos que, con sus respectivas boyas —metálicas, circulares y pintadas de blanco y con fondos rojos— se encontraban situadas a poca distancia de la costa. Eran las boyas destinadas a los carboneros tiznados y retiznados que, por las planchas colocadas a banda y banda, dejaban resbalar hacia las gabarras abarloadas el negro Cardiff que abarrotaba sus bodegas. Por allí, y en años de la Segunda Guerra Mundial, fondeo obligado de mercantes italianos y alemanes —«Taigete», «Arcóla». «Teresa Schiaffino», «Andalusia», «Sangro», «Rudoif Albrectch», etc.— y, sólo durante unas horas, la estampa gris del crucero italiano «Scipkme Africano» —uno de los buques de guerra más veloces del mundo— que traía las tripulaciones necesarias para llevar a aguas patrias a los cargueros de su nacionalidad acogidos a la paz española.

Al crecer el Muelle Sur y el Dique del Este desaparecieron los fondeaderos situados entre ambos. También desapareció el del «petón de San Telmo*, si bien después de la guerra lo utilizó el carguero polaco «Stalowa Waia» —que llegó con averías en la máquina— y, mucho más tarde, el petrolero «Ptecos», de la Marina estadounidense. Hoy, desde el Dique del Este a Igueste de San Andrés —hacia el Sur hasta el campo de boyas de la Cepsa— las aguas de Santa Cruz nos ofrecen el diario regalo de los barcos en fondeo que, siempre tirando del ancla, ya mucho difieren de los que, en años idos para siempre, llegaban empenachados de humo y preparados para, siempre con prisa, rellenar sus exhaustas carboneras.

Juan A. P&drón Albornoz

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LOS ANTIGUOS FONDEADEROS Y TENEDEROS DEL PUERTO