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DÍA N la buena y antigua imagen de Santa Cruz de Tenerife —que es de cuando la ciudad tenía y muy bien mantenía paz casera y dormida y estampa de casas terreras— al fondo las torres de las iglesias de la Concepción y San Francisco y, casi entre ellas, la alta chimenea de rojos ladrillos que remataba la factoría de la Compañía Eléctrica. Siempre como nueva luz de llama nueva, Santa Cruz —nuestra vieja y entrañable ciudad— renace a la viva alegría del sol. En esta vida de fatigas y afanes, ahora nos toca recordar —siempre bien recordar— a todos los que quisieron y fueron profetas del futuro de la ciudad. Larga, muy larga, la lista de nombres de los hombres que dejaron constancia de su hacer y quehacer. Unos fueron alcaldes, otros periodistas y políticos y, hoy, olvidando por razón de espacio a muchos, volvemos a nombres y más nombres —Bernabé Rodríguez, Emilio Calzadilla, Leoncio Rodríguez, Imeldo Serís, Ireneo González, José Murphy, Juan Padrón, Nicolás Estévanez, Sabino Berthelot, Suárez Guerra, Villalba Hervás, Martínez Viera, etc.— que a todos tocan con su sonoridad y luz profunda en el corazón de los corazones. Así era la ciudad que, a la vera de la mar, casi joven en años pero vieja en espíritu, se sentía orgullosa de su pasado y, al propio tiempo, del porvenir que bien presentía. En el corazón de Santa Cruz de Tenerife, todos los días nacía —bien nace— el sol de la esperanza. Y es que, en la cima de los montes —entre torres de piedra y nubes— siempre ha sabido dar generosidad de esplendor y calor a todo linaje, a toda alma. A la vista de la ciudad, tenemos que acuñar en la realidad los sueños elevados de la mente de quienes supieron que las suyas —todas las suyas— eran palabras de esperanza, de promesa, de fe enardecida en el amplio futuro de Santa Cruz. Así era la ciudad con todo nuestro sentir y nuestro querer, la que tenía plazas y rincones que bien invitaban al diálogo inútil con un buen amigo sin prisa a la sombra húmeda de las mansiones de antaño e historiados aleros. Eran las nobles casas de fachadas mondas, gárgolas como gatos petrificados y anchas y guarnecidas portaladas. Así era la ciudad con la tranquilidad de las aguas en siesta, la ciudad tendida y desplegada y tendida como un vuelo de gaviotas. En las mañanas claras, siempre vuelo blando y negro de mirlos, cantos —casi metálicos— de pájaros en los laureles de Indias y, siempre al fondo, toda la gracia y elegancia de la mar. Así era la ciudad a la que de todas partes afluía paz de vida. El espíritu respiraba la paz de aquella soledad, el aire lavado que le llegaba de las alturas que son su fondo. La antigua imagen nos llega con nieblas de historia, con recuerdos de cosas que pasaron antes de que nosotros fuésemos. Abierta a todos los vientos y todas las brisas —a todos los soles— la antigua y siempre nueva ciudad que a muchos, muchos, saca la niñez, pequenez y juventud a flor de alma. A la vista de la antigua ciudad de Santa Cruz, muchos damos gracias £i Dios, que bien supo guardarnos el tesoro grande y sencillo de la niñez en el arca del alma. Para siempre —esto es, para después de después— refleja la imagen toda la paz antigua, casera y dormida, de la ciudad que nos toca con su luz profunda en el corazón del corazón con su blanca y blanda ternura. Los años nos han traído a flor de memoria unos años idos y siempre recordados. Nos hace volver la estampa antigua de la

del domingo

E

Antigua y buena estampa de Santa Cruz de Tenerife vista desde el hotel Quisisana. Muy en primer término, la Rambla XI de Febrero y, a la izquierda, las huertas donde luego se construyó el Parque de García Sanabria .,

La fuente grata y cantora de los recuerdos ciudad a cuando la soledad de la mar era pura, a cuando en la delirante batalla del azul, gris, verde y blanco, el océano luchaba en todo el litoral. Frente a los dos azules hermanados en el horizonte, presentimos una línea de rocas, solas, chorreantes, manchadas por la nieve blanca de la sal, casi frente a la desembocadura del barranco de Santos. Así era la ciudad —nuestra antigua y siempre nueva ciudad— con naves y costa, con tierra y veleros hacia el olvido. Sobre estas olas, baoj esta luz gastada, Santa Cruz nació a la vera de la mar, al filo de la ola y la pureza rizada de las olas de frescura, al áspero roción salado de los temporales. Arriba, paisaje desnudo y violeta —región áspera y montañosa— y, abajo, la alegre claridad de la mar alta. Cuando sólo turbaban la paz de Santa Cruz el canto de bronce de las campanas —y mar afuera los bramidos de las sirenas de los vapores— en las montañas que la cercan la primavera, tímida, apuntaba verdes y flores leves, de moderados tonos sobre el ocre que, por allí, siempre nos lleva al poderío de la luz. EL PASO DE LOS AÑOS En las antiguas calles —todas bendecidas por la sonrisa del sol— la belleza, serenidad y realeza de Santa Cruz de Tenerife en años ya idos para siempre. Los que amamos a Santa Cruz inmensamente y sinceramente, a la vista de la antigua estampa nos parece volver a la tibieza del sol de la infancia, a la niñez de gozo tranquilo, de despreocupación. Volvemos, sin duda, a las dilatadas serenidades de la inocencia, a las sorpresas del cotidiano descubrir el mundo todo. En la imagen, Santa Cruz de Tenerife nos llega con la dulzura de la melancolía infinita e indefinida. Nos vuelve como cuando, en años niños, la lluvia caía mansa y, ante la ciudad que fue, es y será, bien comprendemos que lo mejor de nuestra vida está en nosotros, pues hay recuerdos que bien se graban profundamente en el corazón de los corazones. En primer término, la Rambla XI de Febrero —antiguo Paseo

de los Coches— en la que luce y bien reluce la estatua que recuerda el nombre del capitán de Infantería don Diego Fernández Ortega que, nacido en esta capital, durante la guerra de Marruecos se distinguió en varias acciones —Gurugú, Samma Zamorra y Wad Ras— hasta que en la de Biut Anyera fue mortalmente herido el 5 de enero de 1915. Sus compañeros del Arma de Infantería fueron los que tuvieron a su cargo el busto que, desde hace años y años, recuerda al tinerfeño que murió en las tierras calientes de Marruecos. A la izquierda de la estatua — el busto dedicado a la memoria del capitán Fernández Ortega— el hotel Batenberg, del cual nos ocupamos recientemente en esta misma sección. La misma reja metálica que entonces daba protección al amplio jardín luce ante el nuevo edificio que, alto, bien destaca a la sombra de la montaña que protegió al antiguo, a todo el entonces Camino de los Coches. Un poco a la izquierda, en la esquina de la calle de Jesús y María, casas que aún se alzan con toda su gracia y elegancia y, también a la izquierda de la calle de Numancia, las huertas donde luego se alzó el Parque de García Sanabria, la apenas iniciada calle de Méndez Núñez, el antiguo Instituto de Segunda Enseñanza, la pequeña plaza de Ireneo González y la iglesia del Pilar. Siempre a la izquierda, y tras el verde intenso y extenso de la plaza del Príncipe, la torre de la iglesia de San Francisco y, entre ella y la de la Concepción, la alta chimenea de la Compañía Eléctrica que, muy cercana a la plaza de la Iglesia, luego se adornó con otra que —metálica, que no de rojos ladrillos— fue uno de los símbolos de la ciudad. Torre de la iglesia de la Concepción y, más a la derecha, la mole blanca del antiguo Hospital que, felizmente, continúa en la ciudad con su estampa antigua y dedicado a una amplia misión cultural. Lo mismo soñamos unos pocos para el antiguo Lazareto que, con mucha historia, sin pena se fue para siempre y, como triste herencia —muy triste herencia— allí quedaron, allí están sobre los escombros, lápidas de recuerdo y de testimonio a los que murie-

ron y a los que, con devoción y las calles de marineros que deprofesionalizad, por ellos y sus jan una promesa y o vuelven nunca más. vidas lucharon. Todas las ciudades que aspiran Pero volvamos a la parte alta de la Santa Cruz. A la derecha, a hacer buen papel en el mundo <el amplio edificio que don Imel- cuentan con algún blasón, de nado Serís, marqués de Villa Segu- turaleza o de artificio, que la ra, dejó a Santa Cruz y que, pri- imaginación toma de asidero mero, fue sede de la entonces Es- para evocarlos y, por ende, llega cuela Oficial de Náutica y, más —llegan— a adquirir todo un vatarde, de la de Comercio, centro lor emblemático. Tal valor simque, como el anteriormente ci- bólico —un tanto perdido por las tado, tan buena y larga estela de nuevas edificaciones— lo tenían buen y bien hacer ha dejado en y bien mantenían las torres de las la ciudad, en toda la Isla, en todo iglesias de la Concepción y San Francisco y, también, la chimeel Archipiélago. Por la plaza de los Patos —nos nea de la Unión Eléctrica de Caresistimos a lo de la ya olvidada narias. de «la piedra del Rey»— todo el En la imagen, laureles de Inverde húmedo de los laureles de dias que echaban —como siemIndias frente a la iglesia de San pre lo han hecho— el claro choJorge y los edificios de la fami- rro verde y fresco de su sombra lia Martí Dehesa. en un día vertical como lanza A la vista de la antigua estam- azul. Así era Santa Cruz cuando pa de Santa Cruz de Tenerife, nuestra vida era buena y teníapienso —como muchos y mos todo el sol en nuestros ojos. muchos— que al pasado hay que A la vista de la antigua estamamarlo como tal pasado y no deseando que fuese todavía presen- pa de Santa Cruz, bien comprente. Pero uno no puede menos que demos que todo adquiere cierto exceptuar de tal criterio el pasa- tinte agradable a través de la niedo personal, el propio tiempo bla del tiempo. Y es que hasta la tristeza nos parece dulce una vez niño. Ahora, cuando ya lejos retum- pasada. Alegres en extremo bien ba la queja azul de la mar, vol- nos imaginamos los días cálidos vemos —evocamos— a las calles de nuestra infancia, como si toda con dolor de corazones rotos, a ella no fuera más que un amplio

y continuo jugar. No recordamos las penas de la niñez y juventud, penas que nos destrozaron el corazón, ni cuando mordimos todo el dolor, verdadero pan del hombre. Ahora bien comprendemos que el sol que nos ilumina produce sombras. Pero es la parte luminosa, y no la oscura, la que vemos al mirar hacia el pasado. Sonrientes imaginamos, allá a la espalda, el camino que ya anduvimos. No vemos, no recordamos felizmente, las agudas piedras de que estaba sembrado. Gracias debemos darle a Dios de que así fuese: de que en la cadena de la noria —larga, muy larga cadena— sólo sean visibles los eslabones de grato aspecto; de que las penas de hoy nos hagan sonreír mañana. Desde la ladera, Santa Cruz de Tenerife se extendía —se extiende— como un vuelo blanco y sencillo de palomas. Abajo, en lo que antes eran solares se alzan edificios que, en vertical, parece se lanzan a la conquista utópica del azul y, al propio tiempo, se proyectan sobre la no menos azul e inquieta lámina de la mar bien pintada de barcos. Antes, como ahora, en las amplias cristaleras el sol ponía sus pobres ecos de luz mientras la tarde moría tras las montañas y, en la línea lejana del horizonte —allí donde se runden dos azules en estrecho y eterno abrazolentamente comenzaba toda la siembra de estrellas. En la imagen, de nuevo subimos —muchos años más tardecí sendero que, bajo sombra fresca de árboles, nos llevó al colegio de nuestros años niños. Volvemos a la infantil alegría de los años que ya no son y que, plenos de evocaciones y recuerdos, nos tocan el corazón con su luz profunda. Ahora, cuando la frente se dobla y la mirada casi llora, nos sentimos tan cansados y pequeños que reflejamos la tarde sin meditar en ella. Santa Cruz —su amplia y buena historia— es todo un libro de recuerdo y nostalgias. Los recuerdos corresponden a las vidas que hemos ido viviendo y muriendo. Son tan irresistibles los impulsos de la conciencia que, al rememorar, logramos no ya volver a ser, pero sí prefigurarnos lo que fuimos y lo que con nosotros fue. La evocación es un espejo en el que se reflejan imágenes, episodios y paisajes. Es una resurrección de todo lo muerto y de todos los muertos que llevamos dentro. Pero gracias a ese milagro no hay anciano que lo sea de modo absoluto —y es que añorando se rejuvenece— ni soledad que por dilatada no se acompañe con la fuente cantora de los recuerdos.

Juan A. Padrón Albornoz

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LA FUENTE GRATA Y CANTORA DE LOS RECUERDOS  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Santa Cruz de ayer y hoy", 1989/06/11

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