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RMAS DEL SÉPTIMO DÍA

Temas isleños

El verdadero milagro de la evocación A evocación es un espejo en el que se reflejan imágenes, episodios, paisajes lejanos, hechos de nuestra niñez y pequenez. Es una resurrección de todo lo muerto, de todos los muertos que llevamos en el corazón de nuestro corazón. Gracias al verdadero milagro de la evocación, no hay anciano que lo sea de modo absoluto —porque año-

L

p a domingo

o económico ciudadano de La Esperanza o de El Ortigal que saber que «fish and chips» es pescado con patatas fritas y que «kartofen» es una papa corriente y moliente? Por lo dicho, se deduce que los austríacos son más civilizados que los ingleses, porque entienden que hay por ahí gente que no habla su idioma. Sin embargo, el alemán, que es el lenguaje oficial, aparece allí primero que ninguno. No como aquí, que el español no está ni el primero ni en ningún sitio. Le joroba a uno ir a la recepción de un hotel o a la ventanilla de una agencia de viajes y encontrarse con un sujeto con el que a duras penas puede entenderse. He llamaao por teléfono alguna vez a cierta urbanización turística, que no digo, para hacer unas reservas, y no fue posible que la telefonista cogiera el recado. Otra vez he tenido que hacer juegos malabares para explicar al recepcionista de la misma urbanización detalles para la elaboración de la factura. A uno le viene a la memoria, en esos casos, que en Tenerife hay un 19 por ciento de parados de la población activa; que aquí mucha gente está preparadísima, que sale de la Escuela de Turismo con todas sus titulaciones, que ha ido a especializarse al extranjero, que sabe bastante más que esos sujePasa a la página 56

Francisco Ayala

rando se rejuvenece—, ni soledad que no se acompañe con el ruido fresco de la fuente de los recuerdos. Hace unos días, recuerdos, evocaciones de tiempos idos para siempre pero, sin dude, alguna, siempre bien recordados. Un grupo de alumnos de las Escuelas Pías —promoción 194047— se reunió para leer el. libro de los recuerdos y nostalgias. En sus páginas, la más antigua edad de nuestras vidas, la era de los corazones abiertos e inquietos. Allí estaban Nicolás Barreda García, Alfredo Belda Alcaraz, Luis Bethencourt Fumero, Manuel Bobet García, Manuel Fresnadillo Villarreal, Jesús González del Rosario, Cirilo Hernández Arrón, Juan Antonio López de Vergara Batista, José Luis Martí Cartaya y José Rodríguez Baute. Allí se evocó la generosa y noble bondad de quienes nos iniciaron por el camino de la vida —los padres Julián, Rufino, Antonio, Jesús, Turiel, etc.— y, con el recuerdo de aquel patio que era un verdadero corazón de sol, también el de aquellos a quienes Dios llevó a la isla eterna del eterno descanso. Ellos —Alvaro Belda Alcaraz, Juan Tomás Rodríguez Bautista, José Miguel Díaz Llanos Bello, Antonio Miguel Alfonso Izquierdo, José Llombet Erenas, Juan José Hernández González, Pablo Vinuesa Vivane o y Vicente González— fueron ilusiones que la muerte nos arrebató, más muertos para el cementerio de nuestros corazones, pues en él son ya más los muertos que los vivos. La reunión de compañeros de niñez y juventud —el reencuentro añorado— fue un fantástico portento, el verdadero milagro inesperado. Fue volver a la bondad activa e infatigable de aquellos escolapios cuyos nombres estarán en nuestros corazones mientras nuestros cuerpos proyecten sombra sobre la tierra; fue volver al viejo colegio que, con su suave sombra, protegió nuestra casi niñez y juventud; fue volver a la multitud infantilmente curiosa, al

alma blanca y fresca de la infancia. De estas sencillas harinas se hace el buen pan de la poesía —prueba de ello nos la dio López de Vergara, delegado de curso en aquellos tiempos benditos— y, durante la reunión, todos buscamos en nuestros corazones la eternidad del dulce pasado. Evocamos la ciudad vista desde arriba, la que desde los altos ventanales se nos aparecía quieta, casi adormecida en el cerco de montañas. Arriba, en el colegio se oía un silencio de altura —casi de cumbre solitaria— mientras la tierra era sonora, envuelta en sombra y aroma. Hoy, claros atardeceres de lejana infancia, dolor de corazones rotos y, al propio tiempo, por paradoja todo ríe de luz e ilusión. Ha sido la vuelta a los viejos amigos —a los verdaderos amigos, aquellos que compartieron niñez y juventud— justo cuando hemos alcanzado el punto donde comienzan las nostalgias. Sentimos, hondo, el río de los años y una dulzura, también honda, en el corazón. Evocamos cuando, a la sombra del viejo colegio, fabricamos sueños, tocamos Santa Cruz con toda el alma y, con aquellos escolapios de corazón derecho, nos formamos e hicimos. El ayer es un árbol de largas ramas a cuya sombra nos tendemos para recordar. Aquel nuestro tiempo joven tenía la bondad del buen pan en la mesa y, hoy, en la lluvia del sueño sentimos cómo nos creció el alma a la sombra del viejo colegio que, hace sólo unos días, volvió a la vida en los recuerdos y evocaciones de quienes en sus aulas se formaron. Nombres muy recordados —los padres Desiderio, Leopoldo, Marcos, etc.— con los que antes citamos, con los que siempre estarán con nosotros, con nuestra infinita gratitud para quienes nos educaron y formaron. Allí, en el viejo colegio, nos vivimos, somos y seguimos.

Juan A. Padrón Albornoz

EL VERDADERO MILAGRO DE LA EVOCACION  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Temas isleños",

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