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Virginia Caramés/ Las cuerdas de Jacobo

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ÁRBOLES de Judith Filc fue impreso en la nobilísima ciudad de Buenos Aires, año veinticuatro del siglo. TOLLE, LEGE.


Caramés, Virginia Las cuerdas de Jacobo/ Virginia Caramés - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Barnacle, 2023. 104 p.; 21 x 15 cm. ISBN 978-987-8952-49-9 1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título. CDD A863

Editor General: Alberto Cisnero Diseño de tapa: Azúcar Ramón y Merlina H. Cisnero Fotografía de tapa: Virginia Caramés Ilustración del colofón: Jacobo Fijman

Primera edición: Diciembre de 2023 (c) 2023, Virginia Caramés Buenos Aires- Argentina ISBN 978-987-8952-49-9

BARNACLE

Libros homogéneos y comerciales barnacle.cia @gmail.com www.barnacle.com.ar

Impreso en la Argentina Printed in Argentina Queda hecho el depósito que previene la ley 11723


1963 Barracas, Buenos Aires

1-La plegaria

—Marta, la plegaria, ¿se acuerda, Marta? —Jacobo, venga, vamos para la escalinata. Marta se alisó la falda del uniforme, una túnica blanca almidonada. Al aplastar la tela sobre las rodillas escrutó la punta de los zapatos, blancos, impecables, que había acondicionado la tarde del domingo con la pomada en crema Servus y envuelto en papel para traerlos en la cartera. Tenía veintisiete años y este era su primer trabajo. Lo consiguió gracias a la carta de recomendación de Víctor, el amigo de su padre. Había puesto: “es una muchacha muy resolutiva y dispuesta”, palabras que le provocaban orgullo y con las que acordaba en todo. Caminaron despacio hacia la escalinata lateral del patio, lugar que no resultaba visible desde el interior del hospicio. Marta se aseguró de que nadie anduviese por ahí e indicó con la palma de la mano el escalón. Sacó un pañuelo y lo extendió en el sitio donde inmediatamente se sentó. Jacobo permaneció de pie, enfundado en el abrigo raído de siempre, siempre abotonado, con las manos en los bolsillos. Estaba absorto mirando el cielo, o mirando los cables sobre el techo del edificio. Arrancaron el sol de la ente celeste, La clave de las palmas Y las niñas ardientes Que duermen en los cuerpos más negros de la tierra, Y aquí el siguiente mar Trae las islas mudas o… LAS CUERDAS DE JACOBO

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—¿Se acuerda la plegaria? Habían entrado dócilmente en una suerte de amistad. Ella le tenía afecto y admiración. Él le hablaba de cosas que ella no hubiera escuchado de ninguno de sus conocidos. Tampoco se habría animado a contar a nadie estas conversaciones, qué va, quién iba a creer que se entendiera con uno de esos locos. Lo escuchaba con atención, vislumbraba sus sufrimientos y se condolía de su condición. Esto no le pasaba con ninguno de los otros internados. Sacó de la cartera un cigarrillo, los fósforos, lo prendió, dio una larga pitada con los ojos entornados y se lo pasó —Yo ya estoy muerto en Cristo —dijo él—. No quiero que me toquen. Lo agarró entre dos dedos artríticos —Quiero estar hermoso y digno ante Dios. Marta lo miraba. —Le traje unos papeles, tiene que hacer más dibujos. Él fumaba mirando los cables. O el cielo. —Hay muchos dibujos en el altillo. Otra pitada —En el de la Avenida de Mayo. —Se llevaron todo, Jacobo. Giró la cabeza de los cables a los ojos de Marta y con entusiasmo imprevisto dijo: —No creo, no creo que los hayan encontrado. El eco de las conversaciones que tenían la acompañaba en los viajes cuando volvía a su casa. Y bueno, se consolaba, hay lo que hay.

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VIRGINIA CARAMÉS


2013 Lanús, Buenos Aires

2- Lidia

—Hola, Oscar —le dijo Lidia a Horacio. —Ah, hola, qué hacés. ¿Ya llenaste los papeles? —Fui hoy. Ya está todo. —Bueno, regio. ¿Te dijeron algo? —No. Nada más los llevé… —siete grados de térmica, dijo Lidia después de que Horacio encogiera los hombros y metiendo las manos en los bolsillos diera saltitos—. Bueno, Oscarcito, me voy a casa que lo tengo a Homero en cama engripado —Uh, decile que se cuide. Chau nena. Lidia caminó unas cuadras. Ella frío no tenía: ¡qué iba a tener!, andaba con el camperón de lana forrado en corderito que se había comprado en Mar del Plata; era muy práctico, pensó, aunque lo que más le había gustado, fue cuando la vendedora le dijo: “Y sino está ese otro de vidriera, en tonos pastel”. En tonos pastel, pensó. Qué podía ser más adorable, forrado en corderito y ¡en tonos pastel! —¡Lidia! Menos mal que encuentro a un conocido, me va a dar algo, estoy tan nerviosa. —Marta, ¿qué le pasó? —Debo tener la presión en treinta. Tendría que ir a la farmacia, acompañame, querida. Vengo de la Municipalidad, ¡caraduras! —Dele, vamos, igual yo voy para ese lado. Durante las dos cuadras y media que las separaban de la farmacia, Marta despotricó contra las computadoras: que se les cae el sistema; contra los empleados: que cuando se les levanta el sistema le dicen que el trámite es en otra oficina y que LAS CUERDAS DE JACOBO

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no hay manera de evitar una nueva cola; contra Cacho: que ella siempre fue una madre abnegada y el desgraciado no es capaz de ir hasta la Municipalidad. En fin, que para algo una paga sus impuestos, y dijo que no se privó de decirle al empleado que su padre (enfatizó el “su”), había sido el íntimo amigo y compadre del primo hermano del mismísimo Quindimil: “Ud. es un empleado municipal y yo soy la hija del compadre y mejor amigo de Víctor D’Ápice, ¿sabe quién era? (seguramente sin esperar respuesta, como solía hacer): el primo hermano de Quindimil”. —Marta, Manolo ya murió hace unos años. —Eso me dijo el maleducado: “Quindimil ya se murió, señora” —imitó con mueca bobalicona—. Maleducado, repitió casi hacia adentro retomando el gesto ceñudo. Y siguió susurrando: —Malotrus, gougnafiers… Luego le informó a Lidia que ya tiene setenta y siete (bien llevados, pero setenta y siete), que menos mal que usa zapatos cómodos, y terminó maldiciendo casi a los gritos a los que no arreglan las veredas; que una tropieza y se rompe la cadera y ¡te quiero ver! Para alivio de Lidia llegaron a la farmacia. —Marta, acá la dejo porque tengo a Homero en cama. Y asomándose en la entrada de la farmacia: “Hola, Beatriz, acá Marta necesita que le tomes la presión, te la dejo que tengo a Homero en cama. Besito”. Le hizo seña de “besito” y salió. Mientras Lidia abría la puerta de su casa empezó a sonar el teléfono. Se apuró. —Hola, ¿qué hacés, adónde fuiste? … —Siete grados hace. … —De térmica … —Bué… en media hora estoy. ¿Te llevo una bufanda? ... 10

VIRGINIA CARAMÉS


Índice 1-La plegaria/ 7 2-Lidia/ 9 3-Cacho/ 13 4-L´angoisse/ 14 5-Marta/ 15 6-El café/ 17 7-El coleccionista/ 19 8-La fábrica/ 21 9-Viaje/ 23 10- El sereno/ 25 11- Corderos/ 28 12- Homero/ 30 13- La ruta/ 32 14- Oscar/ 35 15- Martín Pescador/ 38 16- Gri ete/ 41 17- La carta/ 43 18 – El agua/ 44 19- De acá para a á/ 47 20- Anabel/ 49 21- Tarde o temprano/ 52 22- Escampe/ 53 23- Mensajes/ 55 24- La gota/ 56 25- Estuvo/ 58 26- Por las víboras/ 59 27- Procedimiento/ 60 28- Sueño/ 62

29- Los papeles/ 63 30- Los negocios/ 64 31- Barro/ 67 32- Antiácido/ 68 33- El afuera/ 69 34- Metamorfosis/ 70 35- Sin pronóstico/ 72 36- Cuerdas/ 73 37- Té/ 74 38- Edmundo/ 75 39- Cielo gris/ 76 40- Islas/ 77 41- Los dibujos/ 79 42- Marcial Herrera/ 82 43- Ventanas blancas/ 83 44- Boliche/ 84 45- Euforia/ 85 46- El alemán/ 86 47- La visita/ 88 48- La enfermera/ 89 49- Donde empezaba el.../ 91 50- El encuentro/ 92 51- El cuerpo/ 95 52- Parque Rodó/ 96 53- Alegría, alegría/ 98 54- El bote/ 101 Notas/ 102


LAS CUERDAS DE JACOBO de Virginia Caramés fue impreso en la nobilísima ciudad de Buenos Aires, año veintitrés del siglo. TOLLE, LEGE.


ÁRBOLES de Judith Filc fue impreso en la nobilísima ciudad de Buenos Aires, año veinticuatro del siglo. TOLLE, LEGE.


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