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viajero

EL PARAISO EN LA TIERRA La Polinesia francesa es una postal que cumple con todos los cliches del eden: mar turquesa, clima unico, flora exuberante y un pueblo amable y sonriente. Gran gastronomia de mar, bebidas de colores brillantes y tiburones de unos dos metros esperan a quienes tienen el dinero para llegar a las islas de la fantasia texto y fotos Eduardo Diana (Especial para Bacanal)

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s medianoche en la Polinesia y en el aeropuerto de Papeete hay un gran revuelo. Nadie grita “el avión, el avión” como hacía Tattoo en la serie La isla de la fantasía, pero apenas se pone un pie en tierra se suceden, uno tras otro, los rituales de bienvenida. “La orana e maeva" (hola y bienvenido), dice una mujer vestida de blanco y con un gesto dulce coloca un collar de exóticas flores en el cuello. “La orana e maeva”, repite y vuelve a sonreír. A los pocos metros, un trío de ukeleles y tambores se despacha con suaves melodías. Enseguida aparece otra mujer, también sonriente, con una canasta repleta de flores blancas y perfumadas -tiare, la flor nacional de la Polinesia, parecida al jazmín-, que según la tradición hay que colocarse sobre la oreja. Tras 16 horas de viaje -con escalas en Santiago de Chile y la Isla de Pascua-, llega-

mos al otro lado del mundo. El mito dice que estas islas de los Mares del Sur son el territorio más parecido al paraíso que existe sobre la tierra. Pero los primeros instantes en la Polinesia francesa nos encuentran con un collar en el cuello, una flor detrás de la oreja y un trago rojo en la mano derecha. No es el mejor plan llegar de noche a la Polinesia. Habrá que seguir esperando todavía unas horas para descubrir las luces que deslumbraron a Paul Gauguin y Marlon Brando. “La Polinesia se disfruta de día”, confirma el conductor de la combi que nos acerca hasta un resort a orillas del mar. lejos de todo Las islas de la Polinesia son las más aisladas del planeta. En 1870 fueron colonizadas por los franceses, que navegaron casi 20 mil kilómetros para llegar a este rincón del mundo. Hoy

el archipiélago es semiautónomo y ostenta el políticamente correcto rótulo de Comunidad Francesa de Ultramar. En el medio hubo tres décadas de ensayos nucleares, cientos de polinesios que fueron enviados a la Segunda Guerra Mundial y repetidos intentos por erradicar costumbres y tradiciones. Todo en nombre de La France. Sin embargo, los hombres siguen usando pareos, tatuándose y enterrando a los muertos en el jardín de su casa. Y las mujeres parecen entrar en trance cuando bailan. Se habla francés, pero también tahitiano. En el mapa, estas idílicas islas apenas se pueden divisar. Son unos puntitos en medio del azul profundo del Pacífico Sur, bastante alejadas de Australia, el continente más cercano. Su esplendorosa geografía -sobre la que nada dicen los mapas- está formada por cinco archipiélagos donde vibran como flores exóticas 118 islas, islitas y atolones. En total, 4.200 kilómetros cuadrados que se esparcen en un área marina de cuatro millones de kilómetros cuadrados. Traducido: más del 90 por ciento de la Polinesia está ocupada por el mar. Tal vez por eso no sorprende mucho que sus habitantes -alrededor de 300 mil- naden con la misma facilidad con la que caminan. Y siempre sonrían. En el aeropuerto o a orillas del mar. camisas hawaianas y jopos rebeldes Las primeras luces de la mañana en Tahití develan, por fin, los contornos de un paisaje avasallante. Todas las alabanzas escuchadas sobre este mar, ahora, a metros de donde rompen las olas, parecen poco. Con los días, las paradisíacas promesas de las islas de Tahití, Moorea, Bora-Bora, Ranatea o Huahine se van confirmando una a una. Breve listado: playas de arena blanca y mar cálido; deslumbrantes paisajes; vegetación exube-

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arena blanca, mar cAlido, deslumbrantes paisajes, vegetacion exuberante, exquisita gastronomia. Esto es la polinesia francesa. rante; exquisita gastronomía; sorprendentes excursiones náuticas; sensuales mujeres y una gran belleza submarina. En las pocas horas que estaremos en Tahití -la más grande de las islas y con 220 mil habitantes-, recorremos algunos puntos de esta ciudad de construcciones bajas. Visitamos la casona donde vivió el escritor James Norman -autor de la novela Motín del Bountry, protagonizada en cine por Clark Gable, Marlon Brando y Mel Gibson- y el Museo de la Perla, del magnate Robert Wan, donde se exhiben joyas de hasta medio millón de dólares. Luego seguimos hasta el lugar más pintoresco de la ciudad: el mercado. En el trayecto, entra en escena Albert, de la Secretaría de Turismo local, un gigantón de jopo rebelde que dice haber conocido a algunos ex presidentes argentinos. Asegura que integró la comitiva que guió a “Carlos Méndez” por Tahití -“Carlos Méndez”, repite despacio cuando se le pregunta qué dijo-, a quien describe como un hombre elegante. También dice que estuvo con Néstor Kirchner, de quien recuerda que se escapaba de sus custodios. El hombre sigue desgranando sus impresiones sobre los ex mandatarios durante varios minutos. Todo parece creíble, aunque incomprobable. Al llegar al mercado notamos que hay mucho movimiento. “Hoy se celebra el congreso anual del aceite de coco”, apunta Albert.

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Los hombres que asisten al concurrido evento se visten todos con amplias y floridas camisas hawaianas. Parece un simposio de fabricantes de camisas. Pero no, el tema es el aceite de coco. El mercado es un galpón de dos pisos que ocupa una manzana. En medio de un frenesí de voces, aromas y colores, los apiñados puestos ofrecen todos los productos imaginables. Desde perfumes, perlas y remeras con el nombre de las islas hasta conservas, frutos de mar y enormes pescados frescos. En el primer piso hay peluquerías y una larga hilera de locales de tatuadores, todos llenos de gente que espera su turno para estamparse algún deseo en la piel. cara a cara con los tiburones Un diminuto avión de Air Tahití nos deposita luego de media hora en Huahine, una de las islas más autóctonas de la Polinesia. En el pueblito de Farre abordamos una lancha que nos llevará hasta el resort de playa Te Tiare. En el breve trayecto, atravesamos un mar de transparencia obscena. Al llegar al hotel, dispuesto alrededor de una bahía de arenas blancas y exuberante vegetación, nos recibe un hombre que hace sonar un caracol gigante. Otra vez nos colocan un collar de exóticas flores y nos ofrecen un trago de color rojo. A la mañana siguiente nadamos en las cálidas aguas de la playa del hotel, entre peces violetas y otros amarillos con rayas negras.

Un hombre con un pareo naranja brillante y una corona de flores y helechos aplaude para llamar la atención, como si hiciese falta. Es Armando, quien nos guiará en una excursión náutica. Armando es petiso y retacón y tiene tres guardas tatuadas en los antebrazos. “Antes los tatuajes relataban la historia de una familia, ahora se elige el que más te gusta y listo. Igual son lindos, ¿no?”, pregunta. La travesía comienza con una sesión de snorkel entre corales, sigue con una visita a una granja de cultivo de perlas -la segunda fuente de ingresos de la Polinesia, detrás del turismo- y luego almorzamos en una pequeña isla desierta. El menú que prepara Armando es exquisito: pescado mahi-mahi, lomo de atún,


cerdo y pollo fritos, acompañados por una ensalada de pez espada en dados, pepino y tomate, condimentada con limón y jugo de coco. En la sobremesa, Armando anuncia la próxima actividad y nos corta la digestión: “A nadar con los tiburones”, exige. La lancha va surcando las aguas del Pacífico Sur hasta que llegamos a un barco anclado cerca de la costa de Farre. Nos espera Claude, un francés desgarbado que hace más de 20 años dejó su trabajo con enfermos terminales en un hospital de París para mostrarles de cerca a los turistas las mandíbulas amorales de los tiburones. Sin muchas explicaciones, empieza a repartir visores. Alguien se anima y pregunta si esos tiburones con los que nos encontraremos en segundos son realmente inofensivos. “Si no ven sangre, no atacan”, corta Claude. “No comen turistas”, nos carga Armando. Las dudas le ganan por goleada a las certezas, pero igual nos preparamos para entrar al mar. Las reglas son claras: no se puede pasar del otro lado de una soga colocada a unos diez metros del barco y no hay que hacer movimientos bruscos. Claude golpea el mar con enormes trozos de atún y enseguida varias aletas empiezan a acercarse. Con el agua hasta el cuello, ya es tarde para arrepentirse. Del otro lado del snorkel hay más de una decena de tiburones grises de dos metros de largo. O más. Claude los acaricia ligeramente en el lomo. Están muy cerca -a uno o dos metros- y sus movimientos son hipnóticos. Pero cuando empezamos a disfrutar de esas escenas submarinas, alguien grita que los tiburones están por todos lados y que nadan en círculo alrededor de nosotros. Contra las reglas, volvemos al barco dando violentas brazadas. Los tiburones también optan por huir rápidamente del lugar. A la noche cenamos sashimi de atún rojo, frutos de mar y mahi-mahi frito. En la sobremesa ya hay quienes -tal vez envalentonados por un frutado vino blanco francés- calculan en cuatro metros de largo el tamaño de los tiburones que tuvimos frente a frente. mas emociones en moorea La aventura sigue en Moorea, la segunda isla en importancia turística después de Bora Bora. Moorea tiene todos los atributos de la Polinesia soñada que aparecen en las postales. Paradisíacas playas de aguas turquesas, palmeras y arenas doradas por el sol junto a hoteles con largas filas de cabañas con techo de paja montadas en pilotes que permiten dormir sobre el mar y zambullirse cuando el cuerpo lo pida. Esas habitaciones tienen cuadrados de vidrio en el piso para espiar el increíble mundo submarino a cualquier

hora. Basta arrojar un poco de alimento para tener bajo los pies peces de todos los colores. A media mañana nos preparamos para otra excursión que promete nuevos contactos con la fauna marina. Partimos en un ferri y a los 20 minutos llegamos a una bahía donde más de cien delfines dormidos nadan en círculo. El oleaje que provoca un crucero despierta a algunos, que saltan y hacen piruetas en el aire. En la próxima parada, la lancha se detiene en una zona donde el mar apenas supera el metro de profundidad. A los pocos segundos, se empiezan a acercar enormes mantarrayas. Oscar, el guía, se tira al gua y les da de comer en la boca. Lo imitamos pero desistimos rápido, ya que apenas entramos al mar las mantarrayas se vienen encima. Tienen el lomo áspero y la panza gelatinosa. Son amistosas pero hay que cuidarse de no pisarlas, ya que si se sienten en peligro, atacan con el aguijón de su

larga cola. Y la estocada puede ser mortal. El recuerdo del cazador de cocodrilos Steve Irwin muerto por una mantarraya látigo acelera la salida del agua. Antes de volver a Papeete para volar hacia el otro lado del mundo, nos espera una travesía en cuatriciclos por las montañas de Moorea. Más de tres horas atravesando subidas, pendientes, vados, campos de ananás y más subidas, arroyos y nuevos vados. Hay que llegar al mirador de la montaña. La panorámica desde allí es imponente, violenta, conmovedora: otra vez las deslumbrantes gamas de verde, turquesa y azul del mar más bello de todos los mares del mundo. El que ha llegado a esa cima sabe inmediatamente que ese horizonte borrará para siempre las huellas de todos los caminos que le ha tocado recorrer. Como también supo apenas vio ese exótico y lejano mar, que jamás lo podría olvidar.

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El paraíso en la Tierra