Butterfly
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penas nacer, abrió los ojos y se dio cuenta de que había llegado al lugar equivocado. Esperó que solo fuera una confusión, pero no le quedó duda cuando la comadrona exclamó: «¡es una niña!». Ella quería ser mariposa. El limbo, éter o Elíseo es un espacio de tránsito muy parecido a una terminal de autobuses, estación de ferrocarril o aeropuerto, unos van y otros llegan, ahí coinciden las almas de los que acaban de abandonar la vida y las de los que regresan a ella. Es un círculo en el que acá y allá se confunden. Como en todo lugar de tránsito continuo hay mucho movimiento y ruido. Existen dos pasillos o andenes, el primero para los recién llegados es el más caótico, el sonido destemplado de los altavoces dando instrucciones que nadie atiende, 3
Evangelina Aguilar Balderas
todos hablan al mismo tiempo, les urge narrar su pasado inmediato, retenerlo antes de que se esfume. Entre ese vocerío se escuchan experiencias de todo tipo. Las más incómodas son las que tienen que ver con los seres humanos y los perros callejeros. A algunos no les alcanzó la vida para lamentar sus desgracias y contar el motivo que los sacó de ella, los que menos hablan son los que llegaron por accidente, esos andan como despistados. Caso aparte sucede con las historias de los que murieron por amor, esos sí que vale la pena oírlos, ¡cuentan cada cosa! El otro andén que es para los que van de regreso a la vida. Es más tranquilo porque los candidatos se dedican a oír y esperar, si acaso comentan sus planes para el futuro inmediato. Entre ellos y casi al final de la enorme fila se hallaba Butterfly. Todos saben que deben armarse de paciencia porque la fila avanza lento debido a que en el momento de dar el paso de salida tienen que elegir una entre tres opciones que se les ofrece para comenzar una nueva existencia. La mayoría titubea, vacila, no sabe lo que quiere y después de haber oído tanto a los del andén vecino les cuesta decidir. No fue el caso de Butterfly, que se concentró en escuchar únicamente las experiencias de quienes murieron de amor y, de entre esos, todavía escogió algunas voces de mujeres. 4
Solo sueños
Oyó a la sufridora, prudente e ingeniosa Penélope que esperó veinte años al infeliz, y al verlo, «le sonrió con los ojos llenitos de ayer, no era así su cara ni su piel». Demasiado tarde. «¡Ay, no! Veinte años de ausencia son muchos», pensó Butterfly. —Ven, la llamó Fedra, mi muerte sí que sigue haciendo ruido, yo vine por propia decisión, ¡qué iba a saber que a Hipólito no le gustaban las mujeres! Supliqué y tendí los brazos de reina a sus rodillas. Nada, ni un lazo, «ojalá nunca te enamores de quien te pueda despreciar… aunque se dice que odias a las doncellas». A Butterfly le incomodó el tono grave de la voz de Fedra y lo intenso de su pasión, además eran de la familia… adulterio e incesto. No. Es demasiado. Otra voz lejana, entrecortada y lastimera. Era Dido. Contaba cómo el amante la abandonó por ir en busca de su propia historia. «Él me dio el motivo para morir y también el instrumento para hacerlo». —¡Uff! —rezongó Butterfly—, gime como perro apaleado. Entre tantas otras historias que se narraron, nada relevantes, repeticiones burdas de los relatos de las heroínas, Butterfly las dejaba de lado y continuaba su búsqueda para no vacilar al momento de elegir. Unos relámpagos enmarcaron la voz tronante de la hechicera, ¿quién puede detener la furia de una mujer despe5
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chada? Medea que disputa el amor de su amante no a otra, sino a la ambición de poder y gloria que tiene su hombre. Ella toma el camino de la venganza, rompe las leyes de la naturaleza y da muerte a sus hijos. «A ti te reclamo, al que tengo derecho, a ti que te entregaste a mí, con el que, siendo tú padre, he sido yo a la vez madre. Ahora mi ira está preñada de amenazas terribles, iré a donde me lleve la ira». —¡Tres muertes en una! —Butterfly huye despavorida. Con el corazón saliéndosele del pecho apenas distingue una voz que entona una melodía bellísima, es un canto de dolor, ternura y resignación. Lamento por la pérdida del amado y la renuncia al hijo de ambos. Cio Cio San es la mariposa ¡Butterfly! la que halla en la muerte el único camino para su amor. —¡Sííí! —exclamó entusiasmada, esa era su primera, segunda y tercera opción. ¡Listos nombre y personaje para habitar su historia! Pero qué pena. Algo pasó y las cosas salieron de otro modo, y de Butterfly solo sobrevive el nombre. Ella quería ser inmortal. Volverse mito que se repite por generaciones y que la historia la contara como a las demás. Tal vez fue como castigo a la desmesura de su ambición que Butterfly quedó reducida a un relato de dos cuartillas. ¡Ella quería ser mariposa!, discretamente encaminó sus pasos al otro andén. «Al fin», pensó, «entrar y salir es lo mismo en este círculo infinito». 6
Deconstrucción
E
l orden se rompió, el reloj despertador no sonó a la hora debida y se justificó, «siempre se me adelanta, rara vez puedo hacer mi trabajo». Sara despertó cuando la luz del sol iluminaba por completo la habitación, estaba de muy buen humor y con una agradable sensación de descanso y bienestar. Eran casi las nueve de la mañana. Tres horas más de lo acostumbrado. ¿Café? Era tarde, el cuerpo exigía. Hizo a un lado el ceremonial de prepararlo con la cantidad exacta de agua y granos recién molidos, apagar el fuego al momento preciso, pasos indispensables para disfrutar de la bebida única, excelente. «Por esta vez tomaré café instantáneo». Bajo la puerta alcanzó a divisar una esquina del periódico del día, lo levantó, empezó a hojearlo. Hasta ayer el periódico se leyó justo antes de la hora de comer. 7
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Era casi mediodía cuando la estructura de rutinas empezó a inquietarse y la culpa brillando por su ausencia. ¿Qué sucede con Sara? Este día se ha comportado como si fuera otra persona. Peor aún, anda extrañamente contenta, de buenas. La jornada duró lo que duran todas, pero a ella se le hizo corta. Algo la hacía aguardar el nuevo día con entusiasmo, casi con ilusión. No lo sabía, pero había dado el primer paso para deconstruir lo consolidado en sus sesenta y ocho años de vida. Tomar el tiempo, su tiempo y darle libertad. Un tanto inquieta pensó en las consecuencias de ignorar la dogmática «hora de…». Pero no se detuvo. Lentamente, sin parar, continuó rompiendo los nudos con los que voluntariamente ató su vida cotidiana. Cada ruptura le dejó un espacio disponible para escribir nuevas historias. Había tiempo. También comenzó a esfumarse el imperativo «hay que…». Sin habérselo propuesto recuperó buena parte del pliego de su vida, podía reescribirse. La metamorfosis había comenzado. Al principio, titubeante, soltó algunas de las prácticas rutinarias, elementales. Más de una vez regresó a ellas, a la senda trazada. En general, de cada variación obtuvo una experiencia grata. El tiempo y ella se desplazaban con ligereza, como si se hubiera quitado un peso de encima. Pero lo mejor estaba por venir. 8
Solo sueños
¿Cómo renunciar a tener razón?, ¿a las certezas?, ¿a dar la mejor receta?, ¿cómo desprenderse de lo infalible de la experiencia? La ocasión no tardó en presentarse. Sara llegó sin una idea hecha, sin expectativa, porque no imaginaba cómo se desarrollaría el primer encuentro con un prójimo. Fue una reunión familiar a la que acudían los parientes cercanos y los no tanto. Unos muy queridos. Otros solo tolerables. Todos eran familia. La reunión se desarrolló como siempre, recetas de cocina, respuestas contundentes. Opiniones opuestas en torno al acontecer político. Ella escuchaba callada. De pronto no tenía qué decir, increíble pero cierto. Callaba incómoda. No se unió al coro de voces que condenó al primo que llegó acompañado por una persona distinta de su cónyuge, ni censuró a la sobrina que bebió más de la cuenta. Sara tiene ahora en su interior su propio campo de batalla. La lucha es entre sus certezas atrincheradas y la duda, entre la razón personal y la del otro, entre lo que dejó la experiencia de vida y su actualidad. Todavía le queda espacio para reescribirse. El reloj está parado, en los últimos días no se le ha dado cuerda.
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Desde aquí
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esde mi ventana en un segundo piso veo el dintel de la casa de enfrente, no alcanzo a mirar la calle, no puedo ver quién entra o quién sale, pero sí algo de lo que hay en la azotea: el tinaco del agua, el tanque de gas estacionario y la parte superior de algunos objetos que se hallan en la antesala de la muerte, están allí camino de ser desechados, pero todavía no. Allí vive Sonia con su familia. La variedad del espectáculo cotidiano la ofrecen los tendederos, muestran sin recato cada prenda que se les pone encima. Hoy amanecieron llenos de pañales albos, expuestos al sol para que los contagie de calor y luz. Supongo que ha llegado el hijo de un hijo. ¡El primer nieto!, me digo emocionado. Era de esperarse, a nuestra edad uno debe ser abuelo. 11
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Parece que fue ayer cuando los tendederos (entonces eran de mecate), se llenaron de guías de flores de papel color durazno para celebrar los quince años de Sonia, apenas alcancé a verla cuando uno que otro giro del baile la acercaba al frente. Para la ocasión pusieron barandales que convirtieron la azotea en terraza. La fiesta duró hasta las dos de la mañana, del tocadiscos salieron las canciones que estaban de moda. ¡Cuánto me dolió no asistir a la fiesta!, ¡oír el vals me desgarró el corazón!, la imaginé bailando entre los brazos de algún chambelán. Algunos años después los mismos tendederos se engalanaron con guías de flores blancas: Sonia se casaba. Los barandales blancos, enormes macetones con abundantes plantas decorando el espacio redujeron mi campo visual. Para entonces el dolor era menos punzante, se tornó tolerable, resignado, el tiempo ya había hecho lo suyo. Iluso de mí, llegué a pensar que sabiendo a Sonia casada cerraría la historia. No fue así. No pasó mucho tiempo para darme cuenta de que mi amiga no había hecho un buen matrimonio, al menos en lo económico. La escasez de sus ropas pronto fue evidente, vi cómo se gastaba y decoloraba cada blusa, cada falda, los remiendos en las sábanas y las toallas deshilachadas. Tres veces estuvo encinta y usó 12
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los mismos blusones en las tres ocasiones. Solo el primer hijo tuvo ropa nueva, los otros dos la repasaron. En contraste, la ropa del marido siempre fue la mejorcita, la más nueva y variada, al menos cuatro camisas blancas o azul claro, imagino que es oficinista o algo así; se nota que son objeto de lavado especial por la forma en que se tienden. A medida que creció la familia, la ropa sucia se multiplicó con los chicos en la escuela, lavar y tender era cosa de todos los días. Los muchachos crecían muy rápido, las marcas de los dobladillos abajo, los parches en las rodillas de los pantalones, la hilada de calcetines percudidos arrancándole blancura al sol. También esa etapa pasó pronto, al menos a mí me lo pareció, supe que habían volado del nido cuando se redujo la cuota de ropa tendida. Cuando hubo vestidos de luto puestos a secar a la sombra pensé que habría muerto el padre. Su madre murió cuando Sonia era pequeña y pasamos juntos la experiencia aun sin comprenderla. Nadie mejor que yo pudo haberla consolado, porque sé lo que amaba a su padre y él a ella. La complexión física de Sonia no cambió mucho, si acaso una o dos tallas más arriba, pero su gusto sí que se transformó, los tonos se oscurecieron, ¿qué le haría a aquel vestido sin mangas de tela estampada con flores 13
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lila que resaltaba su alegría? De pronto ya no estuvo en el tendedero. ¡Cuánto odié al marido!, su ropa interior secándose me hablaba de la intimidad con Sonia. Para aplacar mi absurdo enojo opté por cerrar la ventana y no verla. Descontaba ese día a mi vida. A él sí que le ha crecido la barriga, debe de ser un burócrata, los calzoncillos son cada vez más grandes. Sonia y yo crecimos juntos, nuestras familias vivían frente a frente y eran amigas. Juntos fuimos al jardín de niños, yo temeroso y ella resplandeciente. Juntos asistimos al catecismo e hicimos la primera comunión. Compartimos nuestras fiestas de cumpleaños, la última fue la de los diez años. Terminamos la primaria y nos inscribieron a la misma escuela secundaria. Ir y volver juntos nos hizo inseparables, descubríamos la vida y había tanto que decirnos. Una tarde que regresábamos ocupados en revelarnos el mundo, distraídos, no vimos acercarse un automóvil a toda velocidad, no lo vimos, ni el chofer a nosotros, que nada pudo hacer por esquivarnos y nos embistió. Sonia solo recibió unos cuantos golpes leves, pero yo ya no pude levantarme y tampoco se me concedió morir, o eso creo. Al principio ella me visitaba casi a diario, me traía noticias de la escuela, de los amigos, «nada cambiará 14
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entre nosotros, te lo prometo, siempre seremos amigos». Venía a pesar de que mi madre la veía con recelo, como culpándola por el accidente. ¡Como si el destino necesitara ayuda para cumplir sus designios! «Siempre seremos amigos», repetía. El siempre de los adolescentes suele ser tan fugaz. «Cuando seamos mayores nos casaremos para que nada nos separe, ¿qué dices?», le pregunté. No respondió. Tampoco volvió. Desde mi ventana me asomo a la vida y le arrebato retazos para hacer historias. Ni siquiera alcanzo a ver a la persona que tiende la ropa, puede ser Sonia o puede que no. Eso es lo de menos. No me inquieta la verdad, puede que Sonia ya no viva en la casa de enfrente, pero la última vez que caminé por la calle allí vivía.
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791388
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ISBN 979-13-88436-13-0
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SITY
INSPI
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