Índice
Prólogo .............................................................................................. 11
Capítulo 1. Mas vale una madre que ninguna .............................. 15
Capítulo 2. Apostar por la bondad ................................................ 40
Capítulo 3. Hilando catástrofes ...................................................... 54
Capítulo 4. Arriesgar o desaparecer .............................................. 69
Capítulo 5. La satisfacción anticipada ........................................... 81
Capítulo 6. Cada uno tiene la madre que recuerda ..................... 103
Capítulo 7. ¿Me prestarías una familia?......................................... 121
Capítulo 8. La hija de las decisiones equivocadas ....................... 135
Capítulo 9. Te quiero, pero mejor de lejos ................................... 152
Capítulo 10. Haciendo tránsito en la estación vacío ................... 171
Capítulo 11. Imperfecto como debe ser ....................................... 186
Capítulo 12. Lo mejor está por venir ........................................... 214
Capítulo 13. La guerra sin fusiles ................................................... 238
Capítulo 15. La alegría de los dolores ........................................... 253
Capítulo 16. Miedos bobos y corajes absurdos ........................... 271
Capítulo 17. El odio ciclópeo ...................................................... 288
Prólogo
Mi madre tuvo el privilegio de contar este, su testimonio, en un sinfín de oportunidades, en diferentes ambientes y frente a todo tipo de público: en la escuela de sus nietos, durante varios años consecutivos, frente a numerosos niños sentados en sus pupitres, alborotados a su llegada, luego curiosos y posteriormente anonadados.
Una vez al año, entre los meses de marzo y abril, se transportaba, haciendo caso omiso a su edad avanzada, desde Tel Aviv a Jerusalén, al Museo del Holocausto (Yad Vashem), y en grandes salas repletas de ciudadanos locales y turistas de diferentes nacionalidades, religiones y razas, trataba de describir su vida frente a esa maquinaria de destrucción y su impresión frente a la pérdida de la dignidad. Con su historia reclamaba que el mundo no olvidara, y en caso de que esto ocurriese, que alguien se sublevara contra la amnesia histórica.
Era invitada a un proyecto llamado «memoria en el salón», para exponer sus vivencias de la guerra, frente a un público desconocido pero a la vez ávido por comprender, las palabras, los recuerdos, y las sospechas. La sala se familiarizaba con el relato, haciéndolo propio, creando en el ambiente una identidad colectiva, sin poner en duda la historicidad del horror. Mi madre se
obligaba a ofrecer una cuota de humor para bajar la tensión, intentando procurar luz en las tinieblas más sombrías. De todos los relatos hubo uno que, por unanimidad, fue siempre requerido por la audiencia, por aquellas personas que, por el placer de oírla nuevamente, volvían a presentarse. Cuando a veces ella no incluía, u olvidaba en la narración ese episodio, siempre había alguien con buena memoria que desde algún lugar de la sala gritaba: «¡Se le han olvidado los higos!», obligándola a recorrer caminos ya transitados. Pero nadie comparaba la presente versión con la pasada, pues nadie se animaba a zanjar el flujo de la narrativa. La historia de los higos tenía un lugar reservado y especial, era como un eslabón clave de la historia sin verdaderamente serlo. Mi madre lo contaba con socarronería y le ponía una dosis de suspenso. Tal vez fuera el final feliz que cada uno siempre desea oír, el mundo imaginario donde todos queremos vivir, el anhelo o la utopía de la victoria del bando de los buenos. Después de tantos años, no puedo decir si mi madre fue una buena narradora de su propia historia, pero a juzgar por la devoción absorta con la que seguían sus palabras, sus gestos y sus pausas, debió de serlo. Ella adoptaba un tono casi íntimo, cercano, y empezaba a contar no sin antes anteponer una cálida sonrisa conciliadora. Al final, después de muchos años, le había costado mantener el hilo de la historia, olvidaba palabras y los hechos se le confundían, creo que fue entonces que decidí escribir este libro, no solo para contar un relato más de los tantos que se han contado sobre esta etapa de la historia, sino para hacer hincapié en las consecuencias que produjo en las vidas de los que se salvaron, tan
Qué mal escribiría si ella no existiera
horrendo acontecimiento, y, sobre todo, en qué tipo de relación madre-hija logramos ella y yo tener, o no, después de tanto querer eslabonar, hasta con cuidado obsesivo, el hilo tan entreverado de nuestro amor.
«En los remotos e inexplorables confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la Galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento, cerca del cual hay un pequeño planeta, la mayoría de cuyos habitantes son infelices durante casi todo el tiempo».
Douglas Adams
Capítulo 1
Mas vale una madre que ninguna
Me la encuentro sentada en su habitual rincón de la cocina, afrontando el intuido naufragio. Eterna y entera, rodeada de cacerolas viejas, juegos de platos desiguales y alimentos con fecha de caducidad vencida. Es su lugar favorito, su oficina, como suele llamarla, la que se reduce a un cuaderno de tapa dura donde anota sus gastos y un carcomido lápiz ya casi sin punta. Apenas entro, huelo un sutil aroma a whisky que no armoniza con ese espacio y al que niego prestarle atención a esas horas de la mañana. Desde su trono imaginario, sentada sobre la única silla que no se menea de las cuatro que hay alrededor de la pequeña mesa, le da la espalda a la vejez, empecinándose en dirigir un mundo irreal donde ella se ha coronado como dueña y señora, imitando esos libros de Jane Austen a los que se aferra, como ella alega dramática, para alejarse de su cruda realidad. Nadie podrá convencerla de dejar el mando de la que, ya hace tiempo, se ha convertido en una diminuta vida, sin placeres materiales, una vida escasa que se mantiene con lo que ya hay, con lo que nunca hubo, y, seguramente, con lo que ya no habrá tiempo de conseguir. Se niega a usar el celular, aferrada a un teléfono de base que el servicio social le ha instalado, un aparato
con inmensos números y un timbre exagerado que atraviesa su incipiente sordera. Está hablando con una de las dos amigas que le quedan vivas, la que, como ella, se ha despertado esta mañana sorprendida de haber sorteado una noche más, y heroicamente haber esquivado el fin. La oigo hablar de dolores, de médicos, y de fármacos, no es su único tema, pues según su humor también podría hablar de su apetito, y de la dificultad que ha tenido en defecar su cena por la mañana, o de su falta de continencia.
En medio de su disertación acerca de lo eficaces que son las ciruelas secas para ir de cuerpo, se ha percatado de que estoy parada a su lado.
—Betty, te dejo, hablamos luego, es que vino a visitarme mi mamá.
—Menea la cabeza y cierra sus ojos color verde peligro, dándome una silenciosa excusa por el error en el parentesco que nos une.
No recuerdo cómo ocurrió, ni el preciso instante en que me convertí en la madre de mi madre.
Se traslada al salón con dificultad, porque las visitas merecen ser recibidas ahí. Su casa es pequeña, los muebles son una colección de momentos de su vida y de los diferentes lugares donde ha vivido. Le gustan los colores vivos, mantener las ventanas abiertas y los arreglos florales de los que ella misma se encarga a diario. Se balancea con lentos movimientos, pareciera que ese dificultoso caminar junto con la luminosidad y energía del ambiente, avisara al cosmos de que todavía no ha llegado la hora, mostrando su inmensa fuerza de voluntad escondida detrás del temor a ser engullida por equivocación.
Se apoya en su andador para arrastrarse de un lugar a otro como si franqueara dunas. Se niega a convertirse en una herida deambulante,
Qué mal escribiría si ella no existiera
en un cúmulo de nostalgias coaguladas. Trato de ayudarla, pero se empecina en que no me necesita, tiene la supervivencia bajo la piel y la voluntad de los que no han sido nunca derrotados.
—¿Comiste?
No importa mi edad o la hora del día o cualquier otra fortuita circunstancia, esa pregunta es la que reemplazará el amor físico, el abrazo y el beso en la frente. He buscado desde siempre su caricia, vanamente, como queriendo encontrar el amor en un prostíbulo.
Siempre quise ser el foco exclusivo de su atención, pero esta se desparramaba, y yo me contentaba con saber que era mejor tener una madre que ninguna.
Aunque he tratado infinidad de veces de prepararme para el instante de la despedida eterna, y aunque la vea convertida en una anciana canosa con gafas y dentadura postiza, con el cuerpo arqueado de enfermedades, no logro imaginar sus huesos pulverizados y sus vértebras mezcladas con tierra y barro. Quisiera conservarla inmortal, pero ella se empecina en volar. A veces, como para hacerme a la idea, la imagino alejándose, morir en un segundo, derritiéndose entre las telarañas de mi inconsciente distracción.
He saldado mis cuentas con ella, hace un par de años, cuando me atreví a recriminarle una serie de hechos relacionados con mi crianza. Su abandono, su falta de cariño, la carencia del instinto maternal. Lo hice porque ya la había perdonado, ya la había liberado de la cadena perpetua que suelen dar los hijos a sus padres, por creerlos no solo culpables, sino también responsables de haberlos traído a su infierno. Algunas veces los excarcelan con la ayuda de algún psicólogo, pero yo lo he logrado, creciendo y oyendo su historia.
—¿Tomaste los remedios, mamá?
Sin dar una respuesta en concreto comienza a desacreditar a los médicos. Para qué mierda tantas pastillas que nos mantienen vivos a la fuerza y sin sentido. Al final la ciencia te regala veinte años más, pero no te dice qué hacer con ellos. Hace un tiempo ya, me había contado que había decidido coleccionar somníferos y que, llegada la hora de la vejez, sin titubear, se tomaría todas las pastillas para poder quitarse la vida. Cuando hace poco le pregunté qué había sido de su programado suicidio, me dijo que una amiga le contó que una vez tomada la decisión existía el peligro de dormirse en medio del proceso y, en vez de morir, terminaría en el hospital con un lavado de estómago. Siempre supe que mi madre jamás se quitaría la vida, pues en un tiempo no tan lejano la había recibido de regalo.
La he oído tararear miles de veces el estribillo de esta canción griega, Kane stasi nakatevo, (Deténgase en la estación, que quiero bajarme), pero sé que hay algo de la vida que aún le resulta fascinante, y sus neuronas siguen intactas para considerar todavía su existencia, tan sagrada como sublime.
Su medicación la guarda en una inadecuada caja de metal dorado con la inscripción: «Coñac Martell». Le alcanzo un vaso de agua y como si ya estuviese entonada, me dice que el agua es solo para bañarse.
—No me mires con esa cara, como si tuvieras una madre alcohólica. Sabes que no podría ser una viciosa, soy demasiado avara para gastar tanto dinero en mis placeres.
Odia su pelo opaco de tanto desgaste y tintura, con las puntas quemadas que piden dejar entrever la blancura de la edad. Su cara
Qué mal escribiría si ella no existiera con un gesto único, asombrado y atento, no pierde detalle, pálida, con arrugas añejas, salpicada de manchas inevitables. Sus dientes no tan suyos, le permiten reír, a veces con una risa estridente que termina en una tos espesa. He decidido llevarla a la costa. Aunque le fastidia mucho tener que vestirse y desprenderse de su arcaica y desteñida bata, la he convencido diciéndole que han comenzado los días de calor y queda exenta de ponerse medias. Conozco sus argumentos de memoria: «Si tengo que ponerme las medias no salgo». Trato de evitar decirle que es reiterativa en sus frases para no ofenderla con el «ya me lo has dicho». Esas frecuentes quejas son su «mantra» de desgano y hastío, un enfado por ya no poder agacharse y valerse por sí misma, por la cantidad de años que le ha tocado vivir, calcando un día al otro sin un ápice de asombro, sin una cuota de pasión. La ayudo a calzarse esas zapatillas desprovistas de cordones a propósito. Le prendo el sujetador y miro su cuerpo deforme, sin brillo, ajado como un papel estrujado con furia. Miro de frente a la decrepitud y me aterra. Balanceándose con un premeditado compás, corto y ancho, toma fuerzas en cada paso para no reconocer su vejez, a la que odia.
Ama tanto sentarse frente al mar que todo el trastorno que le significa pasar del atuendo de entrecasa al de calle queda olvidado. Al llegar a la playa, la poca vida que le queda pareciera acudirle ahora a raudales a los ojos, subyugados frente a ese Mediterráneo que la vio nacer. Pide una cerveza y unos pescaditos fritos. Para beber hubiese preferido un ouzo, pero sentencia que el entorno no la acompaña. Esto no es Grecia, dice. Como suele ocurrir con
la gente mayor, su pasado adolescente en su Salónica natal se presenta mucho más claro en su mente que la conversación telefónica con Betty una hora atrás. Los recuerdos más antiguos aparecen con mucha nitidez. Piensa en algunas muertes, no solo de personas, sino de años, se llena de recuerdos, de refranes en ladino, de destinos cercanos y ajenos, cercos de alambre, gritos… Le otorgo el escenario que antes ella tomaba sin permiso, le doy un público unipersonal, le presto la atención que ya nadie le dedica , le hago notar que la veo para borrarle la sensación de haberse tornado transparente. Aborrezco la vejez —su vejez—,y la mía, que se va convirtiendo en una visión progresivamente incómoda, obligándome a esquivar espejos y acrecentando mi inclinación al suspiro. Me adentro en la enigmática burbuja de aire de su recuerdo. Apelo a su memoria, imagino el mundo sin ella, sin la historia de mi madre, sin legado, y me queda claro que el tiempo quizás borre los detalles, pero nunca el horror.
El siglo había comenzado hacía cuarenta años.
Durante los veranos, la casa de la calle Koromilá se sumergía en un profundo vaho de insectos. El albor atravesaba la amplia galería rodeada de columnas dóricas que coronaban las habitaciones de diferentes tamaños y llegaba a un florero colocado sobre la pequeña tela bordada a mano con hilos multicolores, lleno de flores frescas recién arrancadas. La violencia de la luz solar triunfaba sobre las discretas sombras, anunciando un espléndido día.
La buena vida amanecía, sencilla y clara, vestida de pijama con aroma a jabón de lavanda, remoloneándose frente a lunares de sol, en tonos verdes, amarillos y anaranjados. Era Shabat.
A pesar de tener muy claros los preceptos del judaísmo, mi abuelo había madrugado y se dirigía ahora, a la misma hora en que lo hacía todos los días de la semana, a su mueblería, Galerie Moderne. El acceso a la calle Aristotelous era fácil, pues se trataba de la calle más céntrica y distinguida de Salónica. Lo tenían sin cuidado las habladurías de sus amigos judíos que lo tildaban de ateo por ser seguidor de ideas revolucionarias alejadas de la tradición y por oponerse con desparpajo a las corrientes ortodoxas de la religión. Le criticaban a bocajarro el descaro de mantener la mueblería abierta los sábados. Ya a los trece años el pequeño Víctor se había sublevado negándose a festejar su Bar Mitzva, y decía estar circuncidado solo porque a los ocho días de vida no había podido negarse a semejante barbarie. Para él, ser griego era compatible con ser judío; nacionalidad y religión podían convivir sin conflictos como un flamante matrimonio. Siempre se negó a encerrarse en un submundo inducido conviviendo solo con judíos. Él quiso mezclarse como lo hacían en sus platos la leche y la carne, formar parte de la sociedad griega, lo que no significaba asimilarse como otros suponían. Amaba al país donde había nacido. «La Grecha es hermosa», solía decir, en ese idioma tan identificado con la casa de mis abuelos, el ladino.
—Nunca quise mucho a mi padre —confiesa descaradamente mi mamá con un segundo vaso de cerveza—. Ahora puedo decirlo porque nadie me juzga. Era un egoísta como la mayoría de los hombres, pero no puedo negar que nos salvó la vida.
Víctor, el del mal carácter y corazón avinagrado, el erudito y emprendedor, había heredado hacía ya muchos años aquella mueblería cuando ya entonces ocupaba un edificio de tres pisos. Oficiaba de
tienda de muebles, colchonería y fabricación de camas para hospitales. Después de haber obtenido varias transacciones afortunadas a nivel nacional con sanatorios, ministerios y afamadas mueblerías, Víctor viajó a los Estados Unidos cuando los vuelos transatlánticos todavía eran una rareza y cerró un contrato millonario para representar en Grecia a la empresa de colchones Simmons. Había amasado una pequeña fortuna, pensando siempre en las tres futuras dotes para sus hijas casaderas. Ninguna de las tres era particularmente bella, sino larguiruchas, de delgada línea y sin hechizo; tenían la tez plagada de acné desde muy temprana edad, un áspero cabello les caía hasta los hombros en ondas, rizos y mechones desordenados sin gracia. Ese conjunto tan poco atrayente había llevado a pensar al padre de familia que, ya descartado el poder de la belleza, sus hijas no serían capaces de seducir a un hombre solo por provenir de una buena familia, sino por el capital que cada una de ellas aportara a la canasta conyugal.
—Recuerdo el día cuando los alemanes vaciaron los tres pisos de la mueblería de papú (abuelo en griego). Les llevó días enteros hacerlo —dice mi madre sacudiendo la cabeza de manera exagerada—. Mi padre volvió a casa y dijo: «Fiyas (hijas en ladino), no hay más dote». Pero de eso no vinimos aquí a hablar tú y yo, mejor te cuento del mar.
Mi madre y sus dos hermanas menores habían interrumpido la lectura. Los sábados por la mañana, cuando no había casi apuro de nada, esperaban que su madre las llamara para ir a Halkidiki. Ya prontas, habían acomodado en un gran bolso de lona las extensas toallas para el mar, las de sin bordado ni «dantelas». Sobre el bañador llevaban ligeras blusas de algodón blanco y unos pantalones mucho más grandes que sus insignificantes tallas. Calzaban
Qué mal escribiría si ella no existiera sandalias de cuero marrón y lucían sus anchas capelinas a pesar de encontrarse todavía dentro del cuarto.
—A las tres nos gustaba la lectura —decía mi madre mirando a un muchachito que no dejaba de jugar con su celular mientras la mujer sentada al frente reclamaba su atención—. Pero para mí fue siempre mi entretenimiento favorito. Si contara los días de genuina felicidad podría decir que fueron las horas en que me he topado con un buen libro. Quién podría entenderlo hoy, con este trepidar de la tecnología que me ha transformado, de una asidua lectora políglota, a una verdadera analfabeta. Que me tilden de fósil si quieren, pero me niego a dejar mi mente en manos de una máquina estadística y glotona de cientos de terabytes.
Las tres jóvenes aparecieron en la cocina como tres soldaditos respondiendo a la llamada de un caudillo. Un delicioso aroma cítrico escapaba de una gran olla negra de tres patas llena de burbujas anaranjadas que la madre meneaba en círculo con un cucharón de madera, sin apartar, hipnotizada, la vista del humeante líquido. Sus hijas eran extremadamente delgadas y en verano esa fragilidad era aún más notoria. Adina, mi abuela, levantó la vista: «Bravo! mucho jenozas» (pulcras en ladino), la oyeron decir, regodeándose con su aprobación. Los idiomas se mezclaban en la casa según los interlocutores: entre los padres y sus hijas se hablaba en ladino, mis abuelos hablaban entre ellos en francés y las tres hermanas cuchicheaban en griego. Mediaban también los suaves silencios esparciéndose imperceptibles por la casa, dando a los recintos una armonía inconmensurable. Las tres miraban