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Plutón y Júpiter

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Plutón y Júpiter


Capítulo 1 UN TROCITO DE LA LUNA

P

odrán pasar años y años, pero mientras las estrellas brillen en el firmamento, nunca olvidaré aquel día. Yo iba a primero de Primaria y mi clase se iba de excursión. Nuestra profesora Cristina había prometido que iríamos a un «lugar muy especial», así que le supliqué a mi amigo Daniel sentarme junto a la ventana para ser el primero en ver nuestro destino. Él se durmió enseguida, y justo cuando pensé que no podría aguantar más sin saber a dónde íbamos, el bus se detuvo. —¡Bienvenidos al Museo Maravillas del Espacio! —nos recibió un hombre sonriente—. Yo soy Marcos y tengo el placer de guiaros por este «lugar muy especial». 9


Estábamos enfrente del edificio más raro que había visto nunca. El edificio en sí era normal, pero detrás tenía una cúpula blanca enorme que nos dejó boquiabiertos. Intentamos sonsacar a Marcos qué había dentro, pero él siempre respondía que ya lo descubriríamos. Al entrar en el edificio principal nos quedamos sin palabras: había cohetes espaciales, planetas colgados del techo, vitrinas con trajes de astronautas y muchísimas fotografías de la luna, estrellas y galaxias. Durante toda la mañana recorrimos las salas del museo y no hubo ni una que no me pareciera alucinante. ¡Era lo más interesante que había visto nunca! Seguramente Marcos acabó cansándose de mí, porque en cuanto me respondía a una pregunta, le hacía otras dos. Para mí todo lo que me contaba era nuevo, la llave a un mundo desconocido del que deseaba saber todos los detalles. Hubo un momento en el que me quedé hipnotizado mirando en una pantallita el vídeo del primer hombre en la luna. ¡Es INCREÍBLE! ¡¿Te imaginas cómo debía sentirse el astronauta Neil Armstrong al saber que nadie antes que él había estado ahí?! ¡¿No debe de ser raro mirar al cielo y, en vez de ver la luna, ver la Tierra?! «Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad…». —Álex… Daniel me estaba dando toques en el hombro para que lo escuchara, pero yo quería ver cómo hincaban la bandera en la luna. —¿Álex? ¡Álex! —insistía mi amigo. 10


—¡¿Qué?! —grité. —¡¡¡Qué se han ido todos!!! Me giré y vi que estábamos solos. —¡¡¡Pero por qué no me has avisado!!! —¡¡¡Eso llevo intentando hacer desde hace un rato, pero no me escuchas!!! Corrimos hacia la puerta de la sala, pero como no había nadie en el pasillo, entramos en otra habitación. —Aquí tampoco están… —resoplé. —¡¿Y esto?! Daniel se acercó a una mesa en el centro de la sala, donde había maquetas del sistema solar. Estaba Júpiter con el tamaño de una pelota de yoga, Neptuno como una de fútbol, y la Tierra como una pelota de ping-pong. Rodeando la mesa había una barandilla, pero nosotros la ignoramos y pasamos por debajo. —¿Crees que me puedo llevar uno sin que nadie se dé cuenta? —preguntó estirando la mano para tocar la maqueta más grande. —No creo que sea buena idea… Demasiado tarde. Nada más rozar el planeta, este rodó encima de la mesa y, como si fuera un dominó, fue tirando una tras otra todas las maquetas. —¡DANI! En cuestión de segundos, todas estaban rodando por el suelo en direcciones opuestas. 11


—¡RÁPIDO, DANI! ¡HAY QUE DEJARLO COMO ESTABA! Angustiados, fuimos recogiendo los planetas y dejándolos en la mesa… ¡Pero rodaban y se volvían a caer! —¡¿Cuántos planetas hay en total?! —preguntó mi amigo. —¡No lo sé! ¡No estuve atento cuando lo dijeron en clase! Creo que ocho… ¿O nueve? —¡¿No eran diez?! —¡No tengo ni idea! Con dos planetas en la mano y tres dados por perdidos, nos quedamos paralizados cuando oímos pasos por el pasillo. Alguien se acercaba. Muy despacio, los dos nos miramos. —Dani… ¡CORRE! Dejamos los planetas en la mesa y salimos disparados por la otra puerta. Detrás oímos cómo las maquetas rodaban y cómo un guardia entraba en la sala y exclamaba: —¡¿Pero qué?! Estábamos aterrorizados, pero no pudimos evitar soltar una carcajada. De repente, como un milagro, oímos la aguda voz de Lidia, una niña de nuestra clase que siempre chillaba. ¡Jamás me había alegrado tanto de oírla! Seguimos su voz y encontramos a nuestra clase. ¡Iban a entrar en la cúpula blanca! Llegamos con la respiración agitada, pero fingimos haber estado ahí todo el rato. El guía nos dio unas 12


gafas 3D a cada uno y, al entrar en la cúpula, ¡descubrimos que era un planetario! Una vez sentados, empezó el documental Maravillas del Espacio. Intentando memorizar todo lo que veía, me quedé sin pestañear por lo menos durante dos minutos seguidos. Cuando acabó me giré hacia Daniel, ¡pero se había quedado dormido! ¡Anda qué! ¡¿Cómo se podía quedar dormido después del miedo que habíamos pasado antes?! El momento más especial de toda la excursión sucedió al final: —¿Sabéis lo que es esto? —dijo Marcos enseñándonos una misteriosa cajita. Era muy pequeña, cuadrada y con un estampado de estrellas. No tengo claro quién, pero alguien preguntó si dentro había un anillo de boda para nuestra profesora. Cristina se puso colorada, pero Marcos explicó: —Esto es un regalo que el museo entregará a uno de vosotros. Solo a uno. Todos nos miramos entusiasmados, pero antes de que nos pusiéramos a hablar otra vez, él continuó: —¡Haremos un sorteo para decidir el ganador! Todos lleváis puesta vuestra tarjeta de identificación, ¿verdad? —Llevé mi mano a mi camiseta y, efectivamente, ahí estaba el carnet que nos habían dado—. Escuchad bien: en cada tarjeta hay un número diferente. En la bolsa que tiene vuestra profesora están todos apuntados en pape13


litos… así que los mezclaremos y sacaremos solo uno. ¡Quien tenga el mismo número se llevará el premio! —¡¿Estáis listos?! —preguntó Cristina sacudiendo la bolsa. Como nuestras enormes sonrisas hablaban por sí solas, nos dijo—: ¿Quién quiere ser la mano inocente? Mis compañeros empezaron a levantar la mano y a gritar sus nombres. Yo miré a Daniel: —¿Qué es «la mano inocente»? —¡No tengo ni idea! Levantó la mano para preguntarlo, pero, para su sorpresa, la profesora exclamó: —¡Perfecto, Daniel! ¡Ven aquí, tú serás la mano inocente! Recuerdo que se giró hacia mí lleno de pánico, aunque al final se acercó hasta los adultos y murmuró: —Qué… ¿qué tengo que hacer? —¡Tú mete la mano en la bolsa, saca el papelito que quieras y lee el número! Daniel afirmó con la cabeza y entendió la responsabilidad que conllevaba esa tarea: él sería quien decidiría el ganador del sorteo. Cogió aire y metió la mano hasta el fondo de la bolsa. Con los ojos cerrados, tocó cada papeleta hasta llegar a la más lejana. Decidió que esa sería la elegida, así que abrió los ojos, la sacó y se la enseñó al guía, quien dijo: —Venga: ¡dinos quién es el ganador! 14


Toda la clase contuvo el aliento sin apartar la mirada de las manos de mi amigo. ¡Jamás habíamos estado tanto tiempo seguido en silencio! Lentamente, Daniel desdobló el papel y, esforzándose para no equivocarse, anunció: —Aquí pone… uno… cero… ocho… cero… ¡El ganador es el uno-cero-ocho-cero! Inmediatamente después, todos miramos nuestras tarjetas y muchos empezaron a soltar suspiros decepcionados. Yo, temblando de la emoción, leí el mío en voz baja: —Uno… cero… ocho… cero… Abrí los ojos de par en par. No me lo podía creer, así que lo volví a leer: —Uno, cero, ocho, cero… ¡No puede ser! —¿El uno-cero-ocho-cero? —preguntó el guía—. ¿Quién tiene el mil ochenta? ¿Sabíais que ese número multiplicado seis veces por diez son los kilómetros que recorre la luz en una hora? —¡Marcos! —se rio Cristina—. ¡Si apenas saben sumar! Por enésima vez, comprobé que mi cifra coincidía con los kilómetros que recorre la luz en una hora. Solo entonces, grité: —¡SOY YO! Marcos sonrió y el resto de alumnos aplaudieron coreando mi nombre. Me levanté de un salto y corrí hasta los adultos, que miraron si me había equivocado. 15


—¡¡¡Ya tenemos ganador!!! Oficialmente, 1080 multiplicado seis veces por diez es mi número favorito. —Y el premio es… —dijo Marcos con tono misterioso—. ¡Una piedra lunar! Abrió la cajita y, en el centro, encontré un colgante de una piedrecita. Mi madre me dijo que seguramente no era una piedra de la luna de verdad y que solo sería una imitación… pero a mí me hizo mucha ilusión. En el bus de vuelta al colegio, Daniel me dijo que no se había comprado nada en la tienda de regalos. —¡Si había un montón de cosas chulas! —¡Ya! —me cortó él—. Pero ¿a que no tenían uno de estos? Comprobó que Cristina no miraba y sacó una pequeña esfera de su bolsillo. Se parecía a la Tierra y, cuando entendí lo que era, grité: —¡¿Te has quedado la maqueta de la Tierra?! —¡¡¡Shhhhh!!! ¡Pero no grites tanto! Empecé a reírme y él se guardó su planeta. No tardó en quedarse dormido de nuevo y yo, con una sonrisa de oreja a oreja, miré la pequeña piedra grisácea de mi collar. Desde aquel día jamás me lo quité. Bueno, menos para ducharme y hacer educación física, ya me entiendes. Los de mi clase se compraron recuerdos parecidos o incluso collares igualitos al mío, pero a los dos días los 16


perdieron o los dejaron olvidados en un rincón de su cuarto. Para mí, ese regalo fue muy especial. Desde entonces, soy el fan número uno del universo y algún día pienso visitarlo.

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GINK G

ILOBA OB

ISBN 979-13-88436-2

3-9

9 A partir de 1o años

791388

436239


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