

Capítulo 1
Hay dos tipos de personas, las que piensan como yo y las que están equivocadas. Mi padre, por ejemplo, es del segundo tipo de gente. Él cree que es bueno que todos seamos diferentes.
Dice que, si todos fuéramos iguales, el mundo sería demasiado aburrido, pero el pobre no tiene razón.
Él no sabe absolutamente nada de la vida. Claro, que ya tiene cuarenta años… ¡Qué va a saber él!
Para que todos podáis imaginaros cómo es mi padre os diré que tiene un teléfono muy moderno y ¡ojo! ¡Cuando digo muy moderno quiero decir
muuuuuy moderno! Pero apenas lo usa. Únicamente para llamar y leer las noticias.
Eso sí, se cree un experto informático cuando utiliza WhatsApp o Instagram y es capaz de enviar fotos a sus grupos de amigos. Pobre ingenuo.
Yo sé que hay que tener respeto por los mayores, y mi padre es uno de ellos, pero también hay que decir la verdad como es, aunque duela.
Una verdad es que los viejos, es decir, los que tienen más de treinta años, son de ese tipo de personas que están en el mundo como una maleta.
Deambulan de un lado para otro entre el trabajo, la casa y el supermercado. Tienen conversaciones sobre fútbol, el frío o la temperatura ideal para servir un vino. Se les escapan los días pensando en sus salarios, facturas y pagos, y ¿sabéis por qué?
Porque a pesar de tener los años suficientes (la experiencia, que les gusta decir a ellos para evitar llamarse viejos), no han aprendido ni a divertirse ni a ser felices.
Podríamos decir que hay dos tipos de personas, las que saben divertirse y las que no. Pues mi padre, y creo que todos los vuestros, están entre los que no.
Ya os habréis dado cuenta de que me gusta mucho clasificar todo. Las cosas blancas o las cosas negras. Los niños altos o los niños bajos. Los que son listos y los que son tontos. En fin, sin medias tintas. Y, además, me atrevo a decir que todo lo que no se puede clasificar, no existe.
Por cierto, debería haberos advertido antes de empezar a contaros mi historia, pero lo voy a hacer ahora. Este es un libro secreto. No deben leerlo vuestros padres. Si lo hacen, os lo van a arrancar de las manos, porque os voy a contar cosas que ellos no quieren que sepáis.
No es que sean cosas peligrosas, es que os voy a contar cosas que ellos no os van a decir jamás. ¿Por qué? Muy sencillo. Ya os he dicho que hay dos tipos de personas, las que saben divertirse y las que no. Pues bien, aquí la primera clave para entender a nuestros padres: Las personas mayores (los viejos, ya sabéis) no solo no quieren divertirse, sino que no entienden que tú lo hagas.
No te sorprende, ¿no? Aquí va un ejemplo: Imagínate que has salido del colegio, estás en el sillón de tu casa y, por casualidad, en mitad del
salón hay un globo hinchado que sobró del cumpleaños de tu hermana.
Lo coges, lo lanzas al aire lo más fuerte que puedes y tratas de que no toque el suelo. Al principio es fácil, pero las corrientes de aire que entran a través de la ventana te lo complican. Acaba de comenzar una batalla contra el globo en la que el viento se ha convertido en tu peor enemigo.
Saltas de un lado a otro, tropiezas, pero no llegas a caer, corres como un poseso y te lanzas sobre el suelo para golpear el globo con la punta del zapato… ¡Ufff, estuvo cerca! Pero ahí sigues tú, victorioso, logrando que el globo no caiga durante minutos.
Si en ese momento cualquiera de tus padres entrara en la habitación, ¿qué crees que haría?
Estoy seguro de que comenzaría a protestar porque has movido los cojines, has tirado el mando de la televisión o, peor aún, te has arrugado la ropa.
¿No se dan cuenta de que esos detalles son menores? ¿No ven que hay una guerra cruenta entre el globo y su hijo? ¿No son conscientes de que, en ese preciso instante, no hay nada más importante que
evitar que ese globo toque la superficie terrestre y provoque una catástrofe nuclear que acabe con la vida de cientos de miles de seres vivos?
Si nuestros padres fueran personas normales, entenderían que tienen dos opciones. La primera sería ponerse del bando de su hijo, luchando a su lado como aliados para evitar la caída del globo.
La segunda opción, la del aburrido que no quiere aprender a pasárselo bien, es regañarte.
Utilizar cualquier excusa como la ropa, el mando a distancia, los cojines, el ruido, los golpes o cualquier otra minucia para no dejarte disfrutar:
«¿Te puedes estar quieto? ¡Molestas a los vecinos!».
«Ya está bien, ¿no? ¡Acabas de llegar a casa y parece que ha pasado un terremoto!».
Os suenan esas frases, ¿verdad? A mí también.
Pero no os lo toméis como algo personal, no hay que enfadarse con ellos. Su objetivo no es evitar que te diviertas, lo hacen porque no quieren admitir que ellos, por su vejez, por su falta de atención a las cosas pequeñas, hace años que no saben pasárselo bien.
Por suerte yo sí que sé divertirme, pero me tengo que presentar porque me he dado cuenta de que el libro está avanzando y aún no me conocéis.
Me llamo Juan Alberto, pero todo el mundo me llama Nicasio. Fue una broma de mi abuelo cuando era pequeño porque decía que no hacía ni caso a nadie y, al final y para disgusto de mi madre, la broma se convirtió en mi apodo. Ni caso = Ni casio = Nicasio, así de simple.
Solo me llaman Juan Alberto mis padres cuando se enfadan y los profesores en el colegio. Para todos los demás soy Nicasio y, aunque sé que es un nombre antiguo, me gusta. No conozco a más Nicasios y, por tanto, soy único.
Tengo una hermana de cuatro años que se llama Laura. Ella no tiene mote familiar. Es Laura, a secas. Aunque yo sí que la llamo la Okupa, porque desde que nació pasó a vivir en mi habitación y no he conseguido echarla.
¡Y mira que al principio lo intenté de todas las formas posibles! Pero ya he desistido, tengo que asumir que mientras las habitaciones de nuestra casa no se multipliquen, no se va a ir.
No puedo decir mucho de ella porque todavía no la tengo muy bien catalogada. A veces me parece un ser pequeño, molesto e insoportable, pero otras veces es mi mejor compañera de juegos y mi compinche en todas las ideas extrañas que se me ocurren.
Así que, por el momento y contra mi costumbre de catalogar, dejemos a mi hermana como un ser inclasificable. Y como todo lo que no se puede clasificar no existe… Laura, de momento, no existe.
Mi vida en general es bastante corriente. Vivo en un piso de dos habitaciones con mis padres y la Okupa. Mientras ellos trabajan, mi hermana y yo pasamos las mañanas en el colegio del barrio.
La mayor parte de los días comemos allí y esperamos hasta que alguno de nuestros progenitores se digne a venir a rescatarnos, aunque ocasionalmente aparecen mis abuelos y nos recogen antes de lo previsto para ir a comer a su casa.
Me encanta pasar tiempo con mis abuelos. Al contrario que los padres, ellos sí saben divertirse. Parece que el tiempo se clasifica en tres etapas. En la primera y en la tercera te diviertes, es decir, cuando eres niño o abuelo, pero cuando eres padre, toca aburrirse.
Los abuelos tienen el inconveniente de que no están hechos para la velocidad. Con ellos toca ir caminando despacio y ayudarles en todo lo que necesiten, pero, aun así, tienen muchas cosas en común con los niños.
Los abuelos disfrutan tanto como nosotros de comer chocolate hasta sentirse enfermos, de ir a pasar el día en el parque y de comprar en las tiendas del barrio cosas absurdas que no necesitas y no volverás a usar jamás.
Gracias a esas compras, ahora tenemos un rascador de espalda, un gato dorado que mueve el brazo de forma incesante e, incluso, un cuadro con la imagen de un paisaje en el que amanece y anochece según la hora del día a la que lo mires.
¡Ah, casi me olvido! En una de esas visitas a la tienda conseguí mi posesión más preciada: una pistola de balines de plástico que es la envidia de mi grupo de amigos.
Por cierto, no he dicho nada aún sobre ellos y creo que ha llegado el momento de que los conozcáis. Son las personas con las que comparto la mayor parte del día, tanto en el colegio como en el parque y, además, son mis compañeros de aventuras.
Santiago fue el primero que conocí. Nacimos con un día de diferencia y en el mismo hospital. Es posible que coincidiéramos con la cabeza apepinada en cualquier lugar cercano a la sala de partos, pero mi primer recuerdo con él lo tengo en la escuela infantil.
Recuerdo perfectamente verle cubierto de mocos en el centro del patio mientras lloraba porque otro niño le había quitado un juguete. En ese momento nadie le hacía caso y sentí pena por él.
Pensé que golpear al niño ladrón de juguetes en la cabeza con un palo de madera era una buena idea, pero me equivoqué.
Santi, que es como le llamamos, cesó el llanto por un momento, pero cuando vio que de la cabeza del otro niño empezaba a brotar un líquido rojo, se asustó y comenzó a llorar aún con más fuerza.
Así que ahí me vi yo, en el patio, con un palo en la mano, un niño llorando y sangrando a mi izquierda y otro llorando, aunque sin sangrar, a mi derecha.
Como no se me ocurría qué hacer, levanté el palo y comencé a gritar como un loco mientras corría en círculos. Correr siempre ha sido una
buena vía para escapar de los problemas, pero aquel día no me sirvió de nada. La profesora apareció, observó la escena, y dedujo que aquel escándalo era culpa mía.
Después de un castigo, hicieron venir a mis padres. Los pobres estaban avergonzados. Me tocó pedir disculpas a Santi y al niño sangrante y, después de eso, los tres nos hicimos inseparables. Por cierto, el niño sangrante se llama Alfonso, pero todos le llamamos Rojo desde aquel día.
Santi es un niño tímido y reflexivo, a veces demasiado, y Rojo es todo lo contrario. Toma cualquier decisión en cuestión de segundos y lo que es peor, es capaz de mantenerla firmemente hasta el infinito, aunque sea consciente de que se ha equivocado. Tiene la teoría de que las decisiones, aunque sean malas, hay que mantenerlas hasta el final, porque es un niño de palabra.
El último en incorporarse al grupo lo hizo un par de años después, justo cuando comenzamos la primaria. Se llama José Andrés y nació en Madrid. Parece ser que su familia llegó desde Colombia antes de que él naciera y, aunque él dice que no es colombiano, su acento le delata.
Nos hizo mucha gracia su forma de hablar.
Siempre decía la palabra chévere. Sus padres eran chéveres, la comida estaba chévere, se encontraba chévere…
Como somos unos niños prodigio, entendimos que chévere era el equivalente colombiano a la palabra guay, así que José Andrés se convirtió en Chévere a todos los efectos.
Podría seguir contándoos cosas de mi barrio, mi vida y el resto de gente que conozco, pero yo creo que con esto ya es suficiente. Con esta información ya puedo explicaros esa sucesión de acontecimientos que nos llevó a desenmascarar el misterio del gato negro.

