Javier Pastor
I PARTE
NÓMADA Que está en constante viaje o desplazamiento.
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ue en la Carretera 23, mientras observaba un mágico atardecer en el desierto patagónico que une la ciudad de El Calafate con el pueblo de El Chaltén, cuando decidí que tenía que escribirte. Tuve que contemplar el vasto paisaje que me rodeaba, con los Andes dibujados al final de las interminables rectas que componen esta parte de la Patagonia argentina, para darme cuenta de que debía hacerlo. Hasta entonces, habían pasado poco más de tres semanas desde que comenzó mi aventura por América Latina, esa que me iba a llevar por lugares y personas que ni en mis mejores sueños habría podido imaginar que llegaría a conocer. Durante los primeros días del viaje, cuando no tenía la certeza de que iba a narrarte todo lo que va a empezar a ocurrir, escribí varias notas en mi Cuaderno de anotar la vida (nombre copiado de La casa de los espíritus de Isabel Allende), el que
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utilizaba para intentar plasmar en palabras la cantidad de sentimientos y de emociones que experimentaba. Las notas son las que vienen a continuación: Avión de Barcelona a Buenos Aires. 2 de octubre de 2019. 07:30.
Que sea tan inconformista es uno de los mayores problemas que padezco. Nunca me basta con lo que tengo. Para mí, supone prácticamente el único modo de avanzar, crecer y aprender. No me conformo con llevar una rutina dentro de las cuatro paredes que forman mi zona de confort, siempre quiero más: viajar más, conocer a más personas, más lugares, más idiomas, más sabores, más olores; en definitiva, más culturas que me enseñen y me ayuden a ir acercándome poco a poco al Javier que quiero ser en el futuro. Ese inconformismo ha sido el motor de las experiencias que he vivido a lo largo de mis veinticinco años de existencia. Ese inconformismo, de nuevo, es el que me ha llevado a cruzar el Atlántico durante doce horas a bordo de un pájaro gigante con alas de acero, y que, por culpa del insomnio que suelo tener en estos aparatos voladores, no sepa qué hora es, o si debo desayunar, comer o cenar… Después de pasar por varios aeropuertos y de subirme a diferentes aviones, estoy a punto de iniciar uno de
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mis grandes sueños: viajar como mochilero, sin billete de vuelta alrededor del mundo y, especialmente, por mi querida América Latina, esa que en mis otros saltos al charco me ha hecho tan feliz. Que emprenda este reto en solitario y no acompañado de algunos de mis amigos, es algo que todavía no tengo del todo claro si formaba —o no— parte del sueño. Buenos Aires, mi primer destino, me va a recibir con el mismo color que tiñe mi alma ahora mismo: el gris. No es la primera vez que decido dejarlo todo, dar un cambio radical a mi vida e irme, pero lo que se queda y especialmente los que se quedan en Madrid, son los que tan feliz me hacen y me han hecho a lo largo de mi vida. Lo dicho, ser inconformista no es del todo fácil. Escaleras de la Casa Rosada. 5 de octubre de 2019. 17:15.
Mientras espero a que llegue Malena con el resto de los amigos que hemos quedado, una guía explica la historia del que, probablemente, sea el edificio más famoso de la ciudad. Hoy, por primera vez, ha salido el sol. Hoy, por primera vez, me he dado cuenta de que estoy empezando a enamorarme de Buenos Aires.
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Paseando por Buenos Aires. 9 de octubre de 2019. 10:42.
Desde que he puesto un pie en la calle, no soy capaz de borrar esa sonrisa que se dibuja cuando te das cuenta de que a tu alrededor todo gira al mismo ritmo y tú formas parte de esa melodía. Me he visto obligado a hacer una pausa en un banco del Bioparque, sacar mi libreta e intentar plasmar con palabras ese sentimiento de felicidad. Hasta ahora, gracias a las personas que he conocido y a los planes que he estado haciendo, no he tenido tiempo de narrar lo que me ha sucedido en esta maravilla de ciudad. Mientras escribo, me acabo de encontrar con Román, el chico francés de mi hostal con el que llevo varios días descubriéndola. Hasta pronto. Parque Centenario. 18 de octubre de 2019. 16:40.
Lo que me ocurrió la última vez que intenté escribir en mi Cuaderno de anotar la vida, resume lo que están siendo mis días en esta ciudad: un frenesí de planes y personas nuevas que no me han dejado ni un momento de pausa para leer o escribir. Y, qué queréis que os diga, bienvenida sea esta frenética actividad. Ya vendrán días solitarios en los que me
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canse de rellenar estas hojas, lidiando yo solo contra mis locuras. Todavía no ha llegado el momento de plasmar en palabras el amor que siento hacia esta gran urbe gracias a la cantidad de cosas que me han pasado en estas dos intensas semanas. El martes la abandono dirección a El Calafate y ahí espero tener algo de tiempo para ello. Me conformo con deciros que necesitaba como el comer sentir el calor del sol golpeándome en la cara mientras el pibe de mi izquierda toca la guitarra con su camiseta de Maradona, las chicas de mi derecha se toman unas cervezas junto a un rastafari que les ofrece un pucho1, y el resto de los grupos del Parque Centenario comparten sus mates disfrutando de esta cálida tarde primaveral. Es curioso cómo unos pocos metros de hierba alrededor de un pequeño lago bañado por una fuente, enseñan tanto de la vida y las costumbres de las personas que componen una ciudad como esta. Creo que es por eso por lo que me gusta tanto venir a este tipo de lugares (a pesar de que mientras escribía se me han acercado tres personas con diferentes motivos a pedirme dinero). Es lo que tiene Buenos Aires. PD: te puedes acostar con cualquiera, pero no te puedes levantar con cualquiera. Lo siento por la chica italiana de cuya casa he tenido que huir a las Pucho1: cigarro o porro en argentino
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siete de la mañana, pero no siempre me gusta dormir acompañado. Hostal en el Calafate. 22 de octubre de 2019. 21:45.
Intento sacar fuerzas para relatar mis aventuras en Buenos Aires, pero el sueño me invade. Han sido días muy intensos. Además, la cena que hicimos por mi despedida se nos fue de las manos y hoy me ha tocado dormir poco para volar hasta aquí. Buenos Aires se lo merece, se merece que le escriba unas palabras. Hace tiempo leí que viajar es aprender a despedirse, pero por más que lo hago, nunca me acostumbro a ello. Y menos cuando no quieres hacerlo. Tomé la decisión de emprender este viaje en solitario para tener total libertad a la hora de decidir cuándo irme de un sitio o cuándo quedarme y, una vez más, la he vuelto a cagar. Espero que, con la perspectiva del tiempo, el viaje me demuestre lo contrario: que no me he equivocado. Pero si es así, regresaré unos días más a la capital. Aunque probablemente no volverá a ser igual. Sus calles, sus museos, sus bares y sus parques serán los de siempre, pero las personas —yo mismo— habremos cambiado. Voy a echar de menos a Román, el chico francés de mi hostal al que conocí en mi segundo amanecer en la
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ciudad mientras intentaba reorganizar mi equipaje en la caótica habitación, y que ha sido mi fiel compañero estos últimos días. Él también está viajando de mochilero por América Latina, con la diferencia de que lleva diez meses y yo apenas tres semanas. Es increíble lo bien que te sientes cuando viajas solo y encuentras a alguien con quien congenias y te entiendes a la primera, a pesar de que mi francés es bastante malo y su español no sea del todo perfecto que digamos. Qué decir de Facu, mi excompañero de casa y hazañas en Ciudad de México cuando viví allí hace un par de años, y una de las personas más locas que conozco en todos los sentidos de la palabra (la mayoría, buenos). Es curioso cómo me recuerda a Dean Moriarty, el mítico personaje del libro On the road de Kerouack. El lunes puede decirte que ha encontrado un trabajo al que quiere dedicarse el resto de sus días y que va a casarse con el amor de su vida, y el martes se despierta diciendo que se va a recolectar marihuana a los Estados Unidos y que ha dejado a su mujer. Todo lo que refleja es juventud en estado puro y una energía y vitalidad absolutamente abrumadora. Belén, la «chica» de Román durante estos días y a la que conoció gracias a un amigo suyo que había estado previamente en Buenos Aires, ha salido de una película de Woody Allen: neurótica, impulsiva, transparente a más no poder, dramática, victimista, intensa, con infinitas inquietudes y sin nada claro, alocada; en definitiva, increíble. Tiene treinta y
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cuatro años y Román veintidós, pero el día después de haberse dado su primer beso, ella le dijo el clásico: ¿Querés salir conmigo?, como si de dos niños se tratara. Este tipo de locuras, cada vez más raras, es lo que la hacen tan especial. Podría seguir mencionando a cada una de las interesantes personas que me he cruzado a lo largo del camino, pero intentaré resumirlo con la felicidad que he sentido en nuestras cenas de madrugada con Ale (a quien ya conocía en España, pero que no imaginaba que el tiempo que íbamos a compartir en Argentina nos uniría tanto) y Yamay, los paseos porteños con Malena, el amor de mis últimos días con Blanca, la variopinta fiesta con Catalina (a la que llevaba más de quince años sin ver desde que nos dijimos adiós aquel lejano verano en Málaga) en la que todo el mundo iba puesto de éxtasis, las pachangas con los argentinos que acababan en sus casas tomando Quilmes y fernet, el resto de los españoles de intercambio que me han acogido como a uno más, las comilonas por Palermo, el mate en Vicente López, el frenesí de Corrientes, la paz de Puerto Madero, la pintoresca y turística Boca, las manifestaciones frente a la Casa Rosada y mi querido hostal en la calle Costa Rica donde me he sentido como en casa. Y es que creo que ese ha sido el acierto de mis días en la capital y el motivo por el que me arrepiento de haberme ido: que he encontrado un nuevo hogar. Viajando solo es difícil refugiarte en tu zona de confort, y cuando vuelves a salir de ella, la sensación de soledad puede ser terrible.
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Tampoco es del todo mi caso. Estoy bastante feliz por lo que he vivido, por la manera en la que ha comenzado mi viaje, porque probablemente pase la Navidad en Perú con mi familia y, porque, si quiero, puedo volver a Buenos Aires. De momento, la salvaje Patagonia me espera, así que… a seguir viajando y continuar aprendiendo, que para eso escribo a doce mil kilómetros del que se supone, es mi hogar. ¡Movimiento es felicidad! Glaciar Perito Moreno. 24 de octubre de 2019. 14:45.
Indescriptible la belleza del lugar que estoy observando. Desde el inicio de mi aventura, estoy sintiendo por primera vez esa nostalgia que me hace pensar que las personas que más quiero no estén viviendo este momento conmigo. Escribo sentado sobre la roca de una playa del parque nacional de los Glaciares, con un bosque de verdes pinos a izquierda y derecha; levanto la vista y a lo lejos veo una cordillera de montañas nevadas con el canal de los Témpanos protegiéndola. El canal hace honor a su nombre y son innumerables los grandes bloques de hielo que flotan en sus aguas, como barcos a la deriva, buscando su rumbo hasta que el implacable verano termine derritiéndolos. Porque la naturaleza es así, como el ser humano: capaz de construir y destruir las
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cosas más hermosas. Si hago un leve movimiento de cabeza, me doy de bruces con el majestuoso glaciar del Perito Moreno que, con sus paredes de setenta metros, y su color blanco azulado o azul blanquecino, se pierde en el horizonte hasta morir en otras estribaciones montañosas. Es, sin duda alguna, uno de los lugares más bonitos del planeta (o por lo menos de lo que hasta ahora es mi planeta). Jesús, el chico de acento colombiano y raíces mexicanas que he conocido en el autobús esta mañana, con el que he estado visitando el parque, ha conseguido paliar mi sentimiento de soledad. Pero, lo dicho, ojalá estuvieran aquí conmigo los que más quiero…
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CAPÍTULO I
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así sucedieron las cosas, mis primeros pasos en Buenos Aires fueron mágicos. Recuerdo perfectamente la manera en la que la ciudad y las personas que ahí conocí hicieron que me sintiera como en casa: Román, Facu, Belén, Ale, Malena, Blanca, Yamay, Catalina y un sinfín de amigos más. Mientras escribía estas palabras en un hostal en la ciudad de San Carlos de Bariloche en la Patagonia argentina, todavía no tenía claro si iba a volver a mi querida Buenos Aires, o si continuaría mi camino hacia el norte del país, para llegar directamente a Bolivia. Tuvieron que pasar cinco días entre el momento en el que decidí empezar a escribirte, cuando recorría esa mágica carretera, y el instante en el que de verdad lo hice, sentado en aquel hostal y con esa música melancólica de fondo. Los días anteriores habían sido de un frenesí que me desbordó por completo, pero por fin había conseguido un poco de esa paz que tanto ansiaba y que a veces tanto detesto. En el albergue donde hacía noche en El Chaltén, mientras devoraba el resto de la comida que había preparado para ir a visitar
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el glaciar Perito Moreno, conocí a Dudu, que me presentó a su amigo Matías. Lo que podía haber sido un encuentro fortuito y fugaz, en uno de los muchos albergues en los que he estado a lo largo de mi vida, no lo fue. La cantidad de cosas que compartí con Mati en los días siguientes es algo que nunca olvidaré. Al poco tiempo de conocernos, y aprovechando que él iba conduciendo desde el sur del país, unimos nuestros caminos y pusimos rumbo al norte de la Patagonia. No éramos conscientes de lo que nos depararía el viaje: hasta dónde llegaríamos, dónde dormiríamos, las carreteras que recorreríamos y, lo mejor de todo, la indescriptible belleza de los lugares por los que íbamos a pasar. Aún recuerdo el primer día de la que sería nuestra pequeña gran aventura en la carretera. Lanzamos el Nissan Tiida por las interminables rectas de la Patagonia, circulando por kilómetros y kilómetros de tramos sin asfaltar, en los que el coche temblaba como si fuera a explotar. En aquel momento, mi mayor temor era que nos quedáramos tirados en medio de aquellos inhóspitos parajes. El viento nos zarandeaba de un lado a otro de los peligrosos caminos de ripio1, y nuestros únicos acompañantes eran los grupos de guanacos y de avestruces que se asustaban al ver lo que para ellos sería un monstruo invadiendo su espacio vital. Siempre quedará en mi memoria la pequeña aldea emplazada en medio de una de esas infinitas y áridas rectas, en la que nos detuvimos buscando una gasolinera que, al ser todavía Ripio1: carreteras sin asfaltar en argentino
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finales de octubre y temporada baja, estaba cerrada. Aun así, logramos encontrar un bar que formaba parte de la casa de la familia que nos atendió. Al entrar, dos chicos jóvenes estaban jugando al FIFA en una minúscula televisión. Tal y como ocurre con casi todas las personas a las que les gusta el fútbol cuando se dan cuenta de que eres español, me preguntaron que si era seguidor del Real Madrid o del Barcelona. Mientras esperábamos a que nos sirvieran las hamburguesas que habíamos pedido, con la ansiedad de dos locos que llevan conduciendo horas y horas sin encontrar un sitio donde parar a comer, intercambiamos aspectos de la diferencia cultural que existía entre ellos y yo. Entre esa familia de aquella aldea perdida en medio de la Patagonia argentina y mi mundo. Incluso para Matías, que podía mimetizarse con ellos ya que compartían el mismo acento, ese estilo de vida era completamente ajeno al que él tenía en Buenos Aires. Difiere considerablemente la manera de vivir en la capital en comparación con el resto de las regiones del país. Todavía me pregunto cómo puede haber gente que sea capaz de nacer, vivir y morir en lugares así, tan alejados de lo que yo entiendo que es la vida y que, a pesar de ello, parezcan felices y te reciban con esa hospitalidad. Después de más de diez horas manejando (conduciendo en argentino), llegamos a la localidad de Perito Moreno. Tras preguntar a varios lugareños si existía alguna posibilidad de que, con el que coche que teníamos, fuéramos capaces de cruzar la
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frontera hacia Chile atravesando los ciento cincuenta kilómetros de caminos de tierra que separan a un país de otro, finalmente decidimos descansar y probar suerte al día siguiente. El que iba a ser nuestro segundo día viajando juntos, comenzó en la comisaría de la ciudad. Era domingo de elecciones generales y en Argentina el voto es obligatorio, por lo que Matías tuvo que ir a demostrar que se encontraba a más de quinientos kilómetros de su hogar (Buenos Aires) para evitar la multa si no acudes a votar. Gracias a ello —y a la información que nos ofreció la Policía— decidimos armarnos de paciencia, comprar comida para evitar el hambre que habíamos pasado el día anterior y probar suerte en el camino que nos guiaría hasta Chile. Nunca sabremos lo que habría ocurrido si hubiéramos seguido el consejo de la mujer que la noche anterior nos dijo que el camino estaba impracticable, en lugar de seguir los pasos de la agente de la comisaría que nos indicó que su madre lo había hecho la semana anterior, y que era relativamente transitable, pero no pudo estar más acertada: la belleza de los lugares que contemplamos aquel día permanecerá en nuestra memoria para siempre. De nuevo traqueteaba el coche mientras alcanzábamos la frontera, con el Lago Buenos Aires (el más grande de América Latina) bañando las imponentes cumbres de los Andes en esta parte de la Patagonia. Una vez en Chile, nos aventuramos a discurrir por la famosa Carretera Austral. Los kilómetros se hacían eternos, pero no nos importaba. La cantidad de animales que transitaban por ella nos impedían el paso y nos costaba mucho avanzar, no solo por nuestros
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sorprendentes compañeros de viaje, sino por las fotografías que intentábamos tomar para plasmar la exuberante belleza de todo lo que nos rodeaba. Como si una cámara fuese capaz de captar el encanto de lugares así… Tras atravesar cientos de ríos, cascadas, lagos, bosques, praderas, montañas, pelearnos con el acento chileno de los aldeanos con los que nos cruzábamos, tener problemas para pagar en las gasolineras, combatir el cansancio de conducir durante doce horas y jugarnos la vida al caer la noche por las sinuosas carreteras que atraviesan los parques nacionales del sur de Chile, llegamos al pueblo de Puyuhuapi. El objetivo era descansar e ir a visitar un pequeño glaciar que se encontraba a unos pasos de la localidad: nuestro gozo en un pozo. Aquella noche fue terrible. La cabaña donde dormimos tan solo se calentaba con una leña que duró escasas dos horas. El frío, el ruido de la lluvia al golpear la ventana y el gato que se coló y nos desveló, hicieron que al amanecer decidiéramos huir del diluvio, no ir al glaciar y poner rumbo de nuevo hacia el norte. Nuestro tercer y último día al volante fue también inolvidable. La lluvia convirtió muchos tramos de la Carretera Austral en barro y, a pesar del peligro que ello conlleva cuando no dispones de un coche preparado para esas condiciones, logramos alcanzar la frontera con Argentina. Seguimos recorriendo parques nacionales en los que las extensas lagunas y los inabarcables bosques, esta vez más lúgu-
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Nómada se trata de un canto a la libertad, no solo dedicado a los románticos que se bres apor la niebla que se quedaba atrapada en sus árboles, y la atreven vencer sus miedos y a cumplir suslluvia sueños, también aquellos que, a ser protagonistas. quesino golpeaba susa aguas, volvían graciasNuestras a su lectura, sean capaces de últimas horas juntoslanen la carretera, uniendo las zarse a la aventura y al aprendizaje del calocalidades argentinas de El Bolsón y San Carlos de Bariloche, mino. Narra la historia de Javier, un joven fueron el peor momento que he pasado a bordo de un coche. de veinticinco años que recorre durante Nosy atrapó la noche y, como noCada paraba de decir Mati, «estábameses en solitario América Latina. mos el horno». paso queen avanza en el vasto continente se convierte un cúmulo de sensaciones y El en incesable viento nos zarandeaba, la intensa lluvia comexperiencias nuevas, no exentas de múltiplicaba la visibilidad y los camiones que no quitaban las luces ples sorpresas: cuando el viaje se convierte largas cuando se cruzaban con nosotros, convirtieron los kilóen tu forma de vida, puede no ser un camimetros en algo interminable. no de rosas. Gracias a las reflexiones sobre Pordeculpa de la ytensión acumulada, el porqué la alegría la hospitalidad de las más de treinta horas lospobreza últimosque tres días por carreteras intransisusconduciendo gentes, ligadasena la asola parte de suyterritorio, Javier va de desnudando tables, mi incapacidad asimilar la belleza de todo lo que el alma y las diferentes maneras de había vivido, necesité varios díasafronpara recuperarme. tar la vida de las personas que conoce en el camino, llevando al lector a conocer de Tenía que paliar el agotamiento, así que decidí darme un primera mano las variopintas culturas que lujo: pagar un poco más de lo que estaba acostumbradanpequeño color al continente.
do y dormir en un hostal de mejor calidad, que creía cumpliría lejos de descansar de la paliza que llevaba encima, la siguiente etapa de mi aventura fue todavía más frenética. 649028
ISBN 978-84-18649-02-8
Libertad, viajar, descubrir, soñar, vencer con mis expectativas. Tanto fue así, que los miedos, aprender, crecer. Vivir.
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Cuando llegué a Bariloche, mi intención era quedarme un par de días, máximo tres, para descansar y seguir avanzando hacia el norte del país —dirección Mendoza— huyendo cuanto antes del frío que me había acompañado desde el principio del viaje y para el que no estaba preparado.