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Misha

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Misha ¡Un a de

! s a mis 7 vid

Genoveva Pellicer


1. Misha Me llamo Misha y tengo 13 años.

Llegué a casa de Veva una noche fría de primavera con los huesos congelados de miedo. Me había encontrado Maja en el recinto de la Escuela Industrial de Barcelona. Por aquel entonces (ahora no lo sé porque nunca más he vuelto a ver aquel paisaje), vivían allí muchos gatos a la buena de Dios. Yo no sé si soy un gato abandonado o escapado de casa. No lo sé porque, por mucho que lo intento, no logro recordar nada de mi existencia anterior. Lo que sí 3


sé es que mi pelo olía a hogar, a ropa limpia, según comentó alguien. Quizás esa amnesia se deba al trauma que me produjo la metamorfosis de gato pijo a gato callejero: un «shock». Eso del trauma y del shock son cosas que he oído decir, y pienso yo que algo así pudo haberme ocurrido... En fin, la verdad es que no me importa demasiado porque yo no me permito el lujo de mirar hacia atrás. Aquel día, cuando Maja me cogió en sus brazos, pasé la primera página del libro de mi vida. Me llevó a una casa que, según deduje, estaba cerca de allí porque el trayecto fue corto. No me atrevía a mover un solo músculo de mi cuerpo aterido, ni hice ningún intento de zafarme de los brazos que me cobijaban. Subió cuatro pisos y llamó al timbre, ella también con miedo de que su amiga pensara que 4


era inoportuno presentarse a semejantes horas de la noche, y encima, acompañada de un felino; posiblemente le caería como una bomba. Apenas tuvo tiempo de disculparse por la intromisión. —No sé si he hecho bien en recogerlo... Es que es igual que tu gatito. Recuerdo perfectamente que aquellas fueron sus primeras palabras. Gato era el siamés de Veva que había muerto atropellado en El Run unos pocos meses antes. Apenas mediaron algunas palabras más. —¡Gracias! —susurró Veva, totalmente sorprendida —mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas y me cogió en sus brazos. —¿Cómo se dice «gatito» en tu idioma?... ¡Pronúncialo otra vez! ¿Cómo es ? —Macka… Micka 5


—Bueno, pues Misha. A mi nueva ama le resultaba difícil pronunciar aquel sonido del serbo-croata, y ese fue el resultado que encontró más parecido, como en inglés. Así conocí a Veva. Supe desde ese primer momento que había encontrado una buena compañía al meter mi cabeza junto a su cuello para sentir la tibieza de su bienvenida. Desde entonces la quiero, y me quiere... Soy silencioso. Casi nunca maúllo y mi cualidad principal es la paciencia: espero tranquilamente saboreando el tiempo que pasa, sin ponerme nervioso. Solo se me oye cuando tengo hambre y no hay comida en el plato, o cuando llega Pepiño a casa. Pepiño es el gato de Zoe, la sobrina de Veva, y es un chulo. Cuando lo trae, sale de su trasportín 6


como un relámpago invadiendo nuestro territorio sin ningún pudor ni vergüenza. Digo nuestro territorio porque yo lo comparto con Lolita, que ha sido mi compañera hasta hoy...

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2. Lolita Loli es pesadita la pobre, pero me gus-

ta mucho. Tiene unos ojos azules preciosos, y es blanca con manchas grises y algún reflejo tostado. Se incorporó a nuestra vida cuando yo tenía 4 años. Nació en Castejón, en casa Caballera, y allí estuvo hasta que dejó de mamar, que como mínimo es un mes. La dejaron en la bodega de la casa de El Run. Tenía que vivir allí y controlar el territorio defendiéndolo de ratones y otros bichos. Pasó hasta los cinco meses en aquel caserón, y mi ama se la llevó a Barcelo9


na para que el veterinario la esterilizara. Una vez operada, no quiso dejarla sola allí, todavía un poco débil, con la única compañía de los asilvestrados gatos del pueblo. Así que volvió para Barcelona, pero esta vez para quedarse.

Lolita y un servidor

Lolita tiene mal genio y es caprichosa. Se queja por todo y es muy inquieta. No puede parar… Veva a veces la llama «Entra/sale», o también «Dentro/fuera». Y 10


yo la observo sin alterar ni tan solo uno de mis bigotes. «¡Bah! Es joven, y además está hecha al campo. Este piso le debe de resultar muy pequeño», pienso. Pero a mí me gusta Lolita —creo que ya lo he dicho—. Su pelo es más suave que el mío y me da mucha caña al anochecer. Pues bien, cuando llegó Lolita, acababan de venir a vivir con nosotros Dani y Zoe (los sobrinos de Veva). Ellos la mimaban y la adoptaron como su gatita, a pesar de que les arañaba los pies por la noche hasta dejarlos como «un Cristo». Yo no tuve nunca celos porque el amor de ella era incuestionable, e incluso a veces oí que decía «el mío» para referirse a mí. No sé si Lolita lo oiría alguna vez, no obstante, era la gatita de los okupas, y a ellos sí les dejaba que la achuchasen. Dani la cogía en brazos fuertemente y se 11


quedaba quieta e hipnotizada. Le iba la marcha y que la trataran con cierta «autoridad». ¡Hay que ver! —¡A mí no me aguanta quieta cuando la cojo en brazos! —decía Veva. Pero aprendió a tratarla. La agarraba fuerte, y entonces no se movía. Parece ser que así se sentía más segura. A veces la acariciaba y, poco a poco, las caricias se convertían en una especie de cachetitos, empezaba a ronronear, y si bajaba la intensidad, se quejaba y gruñía pidiendo más. ¡Qué pesada! Un día la estaba acariciando de esa manera tan peculiar, y Toni, que también fue sobrino okupa varios años, le dijo entre sorprendido e indignado: —¡Ostras! ¿Qué haces? —Oye, ¡que no le pego!... ¡Es que le gusta!... ¿No ves cómo ronronea? 12


Y se quedó callado sin saber qué responder. Toni era su principal defensor y reprendía a su tía si oía que la llamaba «idiota». —¿Pero es que no ves que es estúpida? ¡Mecachis en la mar!... ¡Todo el día está «roñando»! «Roñar» quería decir «quejarse y lloriquear», es decir, maullar por todo. Y era verdad. Subía a una silla y roñaba; le llevabas la contraria y roñaba; le de-

LOLITA

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cías «pase usted», y roñaba; pedía no se sabe qué, y roñaba. El veterinario decía «que hablaba mucho». Y cuando dormía, roncaba, ¡je, je, je!; creo que no sabía permanecer silenciosa como yo, que así es, entre otras cualidades, como me gané el corazón de mi ama, a la que le encanta el silencio. Lolita era también la preferida de Dani y Zoe (me repito…, será la edad…). Yo creo que a los cuatro (los tres okupas y ella) les iba la marcha de la atolondrada juventud, y por eso se entendían, claro. A mí me llamaban «Buda», «Gordo», y alguna otra cosa nada agradable. Es cierto que me había echado encima algún gramo de más, debido al sedentarismo, pero exageraban para fastidiar. Mira si exageraban que Horacio, un amigo de Veva, me rebautizó con el nombre de Arturo, por14


que dijo que era tan esbelto y elegante al caminar como Arturo Fernández, aquel famoso actor galán de la época del teatro de tresillo que decía mucho «tontina»… En fin, dicho esto, he de reconocer que pocas cosas me alteran, entre ellas, y también ya lo he dicho, Pepiño. Es superior a mis fuerzas. Cuando irrumpe en el piso como Atila, me pongo tan nervioso que tengo una crisis parecida a un ataque de asma. Las primeras ve-

Pepiño, alias «Pepinillo»

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ISBN 978-84-18649-58-5

9 788418

649585

El protagonista, Misha, un gato encontrado en la calle, cuenta con sentido del humor su propia historia desde que fue adoptado hasta el día de su muerte. Al explicar sus experiencias, van aflorando las emociones y sentimientos que comparte con su ama y con otros gatos con quienes convive. Se establecen lazos afectivos profundos que no desaparecerán con el paso del tiempo, porque Misha dice «adiós», sí, pero ese adiós no significará, en absoluto, una despedida…Los personajes que aparecen en esta historia son reales. También las anécdotas y los lugares donde transcurre la acción (Barcelona y valle de Benasque, en el Pirineo aragonés).

LIBROS DIFERENTES para noches cortas de invierno y largas de verano, ¿o es al contrario?


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Misha by BABIDI-BÚ - Issuu