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Martín y la gota mágica

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Ariadna Rodríguez Collmalivern

Ilustraciones de

Laura Camila Vargas Laiton


Capítulo 1 LA LLUVIA

A

ños atrás, Martín y la lluvia habían sido grandes amigos. Regaba sus campos, hacía florecer los árboles y ayudaba a los frutos a crecer. Pero últimamente… solo le traía problemas. Con el tiempo, había cambiado. Ahora era diferente: más fuerte, más imprevisible. Cada vez que llegaba una gran tormenta, los cultivos se iban al traste. El esfuerzo de meses desaparecía en un instante. Y entonces, tenía que pasar días y días arreglando los desperfectos que el aguacero había provocado. 9


Por eso, hace unos meses, Martín decidió construir un invernadero. Lo hizo con maderas, plásticos gruesos y mucho ingenio. Intentaba salvar aquello que más quería: su trabajo, el campo y el negocio que había pasado de su abuelo a su padre, y de su padre a él. Ahora, con muchos años a sus espaldas, todavía se dejaba la piel para proteger lo que consideraba su tesoro. Pero ni siquiera aquel refugio improvisado parecía resistir las nuevas lluvias. Aquel sábado del mes de abril, otra tormenta había llegado sin avisar. Y, una vez más, estaba volviendo a ganar. Dentro del invernadero, el agua resbalaba por el techo, las gotas bajaban por las paredes y las hileras de fresas quedaban inundadas en charcos. Martín ya estaba harto. Resoplando, cogió las herramientas y se puso a arreglar todo aquel desastre. Su hijo Marc, que había salido a ver qué hacía su padre, lo observaba con el ceño fruncido. 10


—Papá, pero ¿qué haces? ¿Otra vez con esto? Martín apretó la mandíbula y siguió trabajando, fingiendo no escucharlo. —No sé si vale la pena… —añadió Marc, dejando escapar un suspiro. —¡No quiero que entre nunca más ni una sola gota de agua aquí! —bufó con fuerza—. ¿Lo entiendes? ¡Nunca más! Pasó horas tapando y sellando cada agujero, pero la lluvia seguía cayendo con fuerza. Y, por más que lo intentara, siempre quedaba una pequeña rendija que no conseguía cerrar. Cada vez que colocaba bien el plástico en aquel punto, se desajustaba al cabo de pocos segundos. Era desesperante. Se apartó un momento, respiró hondo y volvió a acercarse despacio. Estaba decidido a examinar con detalle aquel pequeño trozo de techo que, a pesar de todos sus esfuerzos, parecía burlarse de él, abriéndose una y otra vez. Cuando, de repente… 11


¡Ploc! Una gota pasó por el agujero y le cayó directamente en la cabeza. ¡Ploc! ¡Ploc! Otra. Y otra más. Siempre por el mismo camino, acertándole de lleno en la coronilla. Martín apretó los dientes. Se quedó quieto, con los hombros tensos, mientras las gotas le resbalaban por la nuca. La paciencia le pendía de un hilo. Dio un paso atrás, con la mirada clavada en aquella grieta obstinada, y decidió ponerle fin de una vez por todas. Con los puños cerrados, se secó las manos llenas de barro y agua, cogió las herramientas y una lámina de madera y, con paso firme, subió por la escalera. Estaba a punto de colocarla cuando… ¡Ploc! Otra gota. Esta vez, directamente en el ojo. —¡Uf! ¡Ya basta! —gritó, girando la cabeza y apartando la gota de un manotazo brusco. La gota salió volando y cayó de golpe al suelo, estrellándose contra una pequeña piedra. 12


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—¡Ay! ¡Qué daño! —exclamó. Martín se quedó paralizado. ¿Había oído… una voz? Miró hacia el suelo. Solo veía plantas, barro y algún charco. Nada fuera de lo normal. —¡Ten cuidado! —susurró una vocecilla—. ¡No vuelvas a hacer eso nunca más! Desconcertado, bajó de la escalera mirando a su alrededor. No había nadie. —¿Quién habla…? ¿Quién ha dicho eso? —preguntó, sorprendido, mirando a un lado y a otro. No veía a nadie. Pero, de repente, notó un pequeño tirón en el borde del pantalón. —¡Eh, tú! ¡Aquí abajo! Dirigió la mirada hacia allí y se quedó helado. ¿Una gota de agua… que hablaba? Debía de estar soñando. Se frotó los ojos, pero cuando los volvió a abrir, la gota seguía allí. —¿Qué miras tanto? ¡He dicho que me pi14


das perdón! —dijo la gota, con una ceja levantada y los labios bien fruncidos. Martín se agachó lentamente. Antes de decir nada, miró de reojo a un lado y a otro para asegurarse de que nadie lo veía. Dudó un momento, pero finalmente se atrevió a hablar. —Pero… ¿y tú quién eres? La gota resopló; parecía dolida por lo que aquel hombre le había hecho. —Me han enviado para regar tus plantas, ¡no para que me aplastes como a un mosquito! Martín hizo una mueca. —La lluvia no me ayuda con las plantas. Las destroza. Yo ya tengo mi propio sistema de riego. No la necesito. La gota lo miró con el ceño fruncido y observó el entorno: las cubiertas, los plásticos y la madera que él había colocado para hacerle frente. —Mire, señor —dijo ella—, estoy segura de que la lluvia no quiere hacer daño a sus cultivos. De verdad que he venido a ayudar… 15


Pero Martín, que hacía rato que se había quedado sin paciencia, no hizo caso de lo que decía la gota. Se puso de pie y decidió poner fin a aquella situación. —Ya estoy harto. ¡Fuera de aquí! —gritó, aplastándola con una fuerte pisotada. Durante un segundo, sintió una sensación extraña. Quizá un poco de culpa. Levantó el pie despacio y miró fijamente al suelo. La gota ya no estaba. ¡Había funcionado! Suspiró satisfecho, se abrochó el abrigo, se colocó el sombrero y se dirigió hacia la salida del invernadero. No pensaba permitir que ni una sola gota de lluvia le tocara la piel. Unos segundos después, en el mismo rinconcito… ¡Ploc! La gota mágica volvió a aparecer. Se sacudió el barro, recuperó el equilibrio y, refunfuñando, cruzó los brazos. —¡Será posible! ¿Pero qué se ha creído? ¡Qué señor tan maleducado! —murmuró, clavándole la mirada a Martín, que ya salía por la puerta. 16


La gota mágica quería salir corriendo de aquel lugar. Pero sabía que no podía. Si había caído justo allí, era porque tenía una misión. Miró a su alrededor. Llovía con fuerza, el suelo estaba bien mojado y las plantas, bien verdes. No parecía que faltara agua ni que hubiera sequía. Entonces… ¿por qué estaba allí? Justo en ese momento, oyó una voz que gritaba desde el jardín. —¡Pol! ¡Deja de jugar bajo la lluvia! ¡Entra ahora mismo! Era Martín, que regañaba a su nieto mientras este saltaba en los charcos riendo, completamente empapado. La gota mágica lo observó en silencio. Se fijó en lo abrigado que iba, en cómo se escondía bajo el sombrero —que le llegaba hasta las cejas— y en cómo fruncía la nariz cada vez que una gota le tocaba la piel. De repente, tuvo una sospecha. No sabía por qué había ido a parar allí, pero algo le decía que aquel hombre gruñón tenía mucho 17


que ver con ello. Tal vez odiaba la lluvia. O quizá el agua en general… No lo sabía con certeza. Pero una cosa estaba clara: si quería descubrirlo, tendría que encontrar la manera de acercarse a él. ¿El problema? Aquel hombre no parecía muy dispuesto a escucharla. Pero, por suerte, tenía una idea. Mientras Martín caminaba deprisa hacia la masía, situada a unos metros del invernadero, la pequeña gota corrió decidida y dio un salto hasta su zapato. A continuación, empezó a trepar por su abrigo. De reojo, vio una etiqueta cosida al abrigo: «Martín». ¡Perfecto! Ahora ya sabía cómo se llamaba aquel abuelo malhumorado. Al entrar en la masía, Martín se quitó el abrigo y lo sacudió para quitarle toda el agua. La gota mágica dio un último salto… y aterrizó en su hombro. ¡Justo a tiempo! Martín, agotado de todo el día arreglando el campo, se preparó una taza de té bien ca18


liente para recuperarse del frío y del ajetreo. Mientras tanto, la gota mágica seguía aferrada a su hombro, sin moverse ni lo más mínimo. Y cuando él cogió la taza para beber el té… ¡Chof! Saltó dentro. Martín dio un sorbo. Y luego, otro. Y, con el tercero… ¡se la tragó! De repente, notó una vibración extraña. Un cosquilleo le recorrió todo el cuerpo… y los ojos se le abrieron de par en par. Se apoyó con una mano en la mesa, mientras sentía que todo empezaba a dar vueltas y que sus pies dejaban de tocar el suelo. Su cuerpo pesaba menos… cada vez menos. —Pero… ¿qué…? ¡¿Qué me está pasando?! —dijo con voz temblorosa, completamente desconcertado. Las piernas, los brazos… se le fundieron de golpe. La taza de té se le resbaló de las manos y cayó al suelo, haciéndose añicos. Y antes de que pudiera entender qué le estaba 19


ocurriendo… Martín ya se había convertido en otra gota de agua y descendía a toda velocidad hacia el charco que se había formado a sus pies. ¡Plaf! Aterrizó de lleno, resbalando y revolcándose entre las hojas de té y el agua caliente. —¡Au! —exclamó, dolorido y desorientado. Y justo en ese momento… ¡Blup! Martín escupió la gota mágica y esta salió disparada. Dio una pequeña pirueta en el aire y cayó a su lado. —¡Señor Martín, bienvenido a mi mundo! —exclamó, estallando en carcajadas. Martín se quedó boquiabierto. —¿Qué… qué es todo esto? ¿Qué me has hecho? —preguntó, preocupado, mientras observaba su nuevo cuerpo. —¿De verdad pensabas que aplastarme iba a funcionar? Martín intentó moverse, pero no podía. Se tambaleaba, resbalaba y rodaba por el agua. 20


—¡Esto es ridículo! ¡Devuélveme a mi cuerpo inmediatamente! —exigió, furioso. —¡No tenemos tiempo para discutir! —gritó la gota mágica, señalando la chimenea con urgencia. Martín lo notó enseguida. El aire estaba caliente. Demasiado caliente. La taza de té había caído muy cerca de las llamas, y si no se marchaban deprisa… ¡se evaporarían! Tenían que escapar. Y rápido. La gota mágica miró a su alrededor y recordó el arroyo que había visto cuando corría por los campos. —¡Rápido, sígueme! —gritó, mientras salía disparada hacia la puerta. Martín no se lo pensó dos veces y la siguió sin mirar atrás. Corría detrás de ella, con el aire caliente del fuego quemándole la espalda a cada paso.

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Martín es un agricultor testarudo que últimamente vive enfadado con la lluvia porque, cuando cae, lo hace con mucha fuerza y le destroza los campos. Un día, mientras arregla su invernadero, se encuentra con una gota mágica que lo empuja a vivir una aventura inesperada por el ciclo del agua. Juntos recorrerán ríos, mares y nubes en un viaje lleno de sorpresas. Por el camino, Martín descubrirá la magia de la naturaleza y aprenderá a fluir con los cambios en lugar de resistirse a ellos. Una historia llena de humor, ternura y emoción.

Valores implícitos

La historia transmite valores como la confianza, la capacidad de adaptación, el respeto por la naturaleza y la reconciliación. A través del viaje de Martín por el ciclo del agua, los lectores descubren que la vida está en movimiento constante y que aprender a fluir con los cambios implica saber escuchar, dejarse sorprender y abrirse a lo imprevisto. El relato también invita a reflexionar sobre el cuidado del planeta, la relación entre generaciones y la necesidad de vivir con más empatía hacia todo lo que nos rodea.

ISBN 979-13-88436-3

9 791388

Suricatos

7-6

436376


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Martín y la gota mágica by BABIDI-BÚ - Issuu