e d n ó z a r o C
Fénix
Susana García-Vaquero Sanz
CAPÍTULO 1 NA LETHER Aunque llevaba varios años viviendo en Suzacrer junto a
los elfos, aún me asombraba ver por las mañanas cómo la niebla se divertía con los árboles y el poblado. Se extendía de un modo tan lento que, cuando me quería dar cuenta, cubría todo el suelo. Luego se desgajaba en jirones grises y ligeros, jugueteaba entre los troncos, ascendía por ellos hasta casi alcanzar las copas. Cuando se cansaba, la niebla bajaba al suelo y continuaba con su movimiento lento, ondulante. Yo quería descubrir cómo avanzaba y por eso miraba cuidadosamente los pinos que rodeaban nuestra cabaña de madera. Cuando observaba que estaba todo cubierto por la niebla, no me rendía, apoyada en la ventana pegaba mi cara al cristal para poder divisar las casas de los elfos en el centro del bosque. 3
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Veía los muros sólidos y fuertes con las ventanas abiertas hacia nuestro hogar, las chimeneas de donde surgía el humo y las terrazas de piedra con columnas que asemejaban cuerdas. Fijaba con fiereza mi mirada para que no se me escapara ningún detalle, pero la niebla impasible se tragaba las casas. Suspiré. Otra vez me lo había vuelto a perder y hasta bien entrado el mediodía la niebla no descendería y no se volverían a ver el poblado y el bosque que nos rodeaba. Había ganado la ceguera, como yo la llamaba. Me había criado en una llanura extensa donde la vista alcanzaba hasta el horizonte y pocos árboles y colinas la entorpecían, por eso no me acostumbraba a quedarme ciega, sin embargo, debía reconocer que la niebla me fascinaba. Desde el banco que teníamos junto a la ventana, miré la rendija de la puerta. —¡Ya ha vuelto a colarse! —exclamé, saltando al suelo. Cogí unos trapos del armario que había al lado de la ventana y acercándome a la puerta los coloqué en la rendija, donde unos hilos finos de niebla luchaban por introducirse en casa. —Rhianna, colócalos bien —me dijo mi madre desde el hogar. Estaba de espaldas a mí, arrodillada ante al fuego. Su cabello oscuro, tan diferente al mío, lo tenía recogido en un moño; llevaba el vestido de paño grueso varias veces remendado. Suspiré. ¿Cuándo cambiaría nuestra suerte? Aun así, mi madre hacía maravillas con lo poco que teníamos, muestra de ello era la olla que había llenado con zanahorias, en la 4
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que luego añadiría algún trozo de carne. Y junto a esta había un pequeño puchero burbujeante que mi madre retiró del fuego. Metiendo un cazo en él, vertió la leche en un tazón. —Toma. —Me alcanzó—. Recuerda que, si no ponemos bien los trapos, la casa se quedará helada. —Lo sé... Me había sentado junto a la mesa, el tazón frente a mí. Mojé el esponjoso pan en la leche. Estaba hambrienta, así que terminé de tragar el pan, antes de explicar a mi madre por qué me encontraba en casa todavía. —Naratur se fue al inicio de las fiestas. Mi madre se sentó a mi lado y fue cortando las patatas sobre un plato. Pareció sorprendida. —Ahora entiendo por qué no le había visto estos días. ¿Cuándo regresará? Me encogí de hombros. —No lo sé. Solo me dijo que se marchaba al Lago Blanco. —Entorné los ojos y le confié mi sospecha—. Creo que Elhendor le ha mandado a una misión secreta porque el último día de clase llegó el heraldo con un pergamino que tenía el sello del rey. Mi madre dejó de pelar las patatas y me miró fijamente. —No leerías el pergamino, ¿verdad? Yo jugueteé con el tazón, apartándome de su pregunta. —¿Rhianna? —Lo intenté —confesé y me justifiqué—, solo quería practicar mi lectura. Se mordió el labio y respiró profundamente. 5
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—¿Cuántas veces te he dicho que no curiosees las cosas de los demás, Rhianna? —Lo sé, mamá. —No fisgonees. Si querías leer, haber pedido a Naratur alguna tablilla suya o manuscrito o lo que leas. Yo había agachado la cabeza, intentaba observarla entre el flequillo. Mi madre seguía mirándome. —Lo siento —murmuré. —Espero que no vuelva a ocurrir, jovencita —sentenció señalándome con el mango del cuchillo. —Si te sirve de consuelo, no entendí nada. Elhendor no escribe en rúnico. Percibí un asomo de sonrisa en sus labios. —Me alegro de que no entendieras nada, así aprenderás. —Cogió de nuevo las patatas y continuó pelándolas—. Y ahora dime, ¿qué tal van las lecciones? Sonreí. Ya se le había pasado el enfado. —He mejorado tanto con el arco que me comparó con los arqueros elfos —dije sonriendo. Con una mueca mi madre arremetió contra mí: —¡Cómo te gusta presumir! Ya lo vi en las fiestas. Quedaste la segunda en la competición. Y aunque no te dieron el premio me siento muy orgullosa… Pero ¿Naratur no te ha enseñado nada nuevo? ¿Solo practicas con el arco? Antes de que pudiera criticar mi gusto por la arquería, comenté: —En la última clase, Naratur me explicó que, cuando llegaron los primeros elfos a Suzacrer, sobrevolaban el cie6
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lo unos animales extraños, pero hermosos —dije, mientras mordía un trozo de pan. Mi madre se extrañó, pero le gustó escuchar que mi mentor me enseñaba historia como a los niños elfos. —¿De verdad? Asentí y engullí. —Sí. Aquí habitó un ave grande parecida al águila, pero de color del fuego y cuando moría, resucitaba de sus cenizas —expliqué emocionada—. Se conocía como fénix. Mi madre no pudo ocultar una carcajada. —Perdona, Rhianna, pero creo que Naratur te ha tomado el pelo. —Ante mi expresión asombrada me comentó—: Cuando vivía con los humanos, lejos de Suzacrer, llamábamos corazones de fénix a unos frutos rojos. De donde venía mi madre, de su vida con los humanos y, lo que más me importaba, de su relación con mi padre, yo poco sabía y ella poco decía. Por eso, cada vez que hablaba de su vida lejos del Bosque Encantado con los humanos, yo prestaba mucha atención. Le pregunté: —¿Cómo eran esos frutos? Los ojos oscuros de mi madre brillaron al recordar y sonrió diciendo: —Procedían de unos árboles de copas anchas donde crecían unas flores blancas y de ellas surgían los frutos rojos, pequeños y muy sabrosos. Eran los primeros árboles en florecer. Cuando sus pétalos se caían, parecía que nevaba... Era una visión hermosa —se lamentó—. Es una pena que en 7
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este bosque no crezcan esos árboles. Di un respingo en la silla. Según la descripción que había dado, esos árboles se describían en un antiguo romance que me cantó mi mentor. —Creo que esos árboles como el ave fénix pertenecen a las leyendas. —Cerré los ojos, hice memoria y recité—: Un valle hermoso veía: De algunos árboles blancos los frutos rojos pendían, a sus pies el agua calmada y las aves se mecían en las somnolientas ramas. Cuando terminé, me encogí de hombros. —No recuerdo cómo sigue. Sé que Altay se internó en el Bosque Encantado, cruzó el mar de niebla hasta llegar a la montaña donde hay un río que fluye bajo ella... Así que esos árboles debían de estar dentro de una de las Montañas Nevadas, pero no sé cuál sería. —Entonces sí han existido esos árboles o, al menos, los han conocido los elfos en las leyendas. —Se había levantado a echar las patatas—. Pero ¿quién era Altay? Nunca he oído esa historia. Se sentó de nuevo. —Altay perteneció a los primeros elfos. Se enamoró de una ninfa del bosque y, desoyendo las palabras del rey Elhendor, la siguió hasta el interior de una montaña. Allí 8
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se encontraron y se casaron, aunque despertó la magia de la montaña y hubo grandes calamidades… En realidad, según me explicó Naratur, Altay desapareció en las montañas persiguiendo un sueño y seguramente lo mataran los grandes lobos mientras se sucedieron unos terremotos en Suzacrer. Mi madre se asombró. —¿Nadie lo buscó? —Sí. Elhendor mandó grupos de elfos por las montañas, pero perdieron su rastro. Así comenzó la leyenda del Romance de Altay —expliqué—. Deberías escuchar a Naratur cantarlo. Es precioso. —Vivir con los elfos es pertenecer a las leyendas —dijo mi madre con un suspiro—. Todo puede ocurrir. En aquel momento no entendí sus palabras. Así que me limité a asentir y a terminar mi desayuno, mientras mi madre se limpió las manos en el mandil y recogió el plato y el cuchillo en la pila de piedra para fregarlos. —¿Qué tal la hija de Meriel? —le pregunté a mi madre. —Es una elfita bella y muy cariñosa. No me dio ningún problema, toda la tarde estuve jugando con ella. Acercándose a la despensa, mi madre la abrió y al tiempo que rebuscaba comentó: —Fueron muy generosos. Gracias a ellos hoy vamos a comer muy bien. Torcí el gesto. —No te dieron nada que no te hubieras ganado, mamá. Cogiendo el tarro del perejil, mi madre suspiró. 9
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—No empieces, Rhianna. Me mordí el labio. —Los elfos fueron muy amables permitiéndonos vivir con ellos, construyendo esta cabaña para nosotras. Además, nos dan carne, sal y harina… —dijo mientras cortaba unas hojas de perejil y las echaba a la olla. —Sí, claro, porque trabajamos para ellos: tú les coses las ropas y cuidas a sus niños hasta altas horas de la noche — dije señalando la pila de telas que había sobre un baúl. Sin darme cuenta, comencé a elevar la voz—. Y yo limpio las chimeneas y las cuadras de sus apestosos animales. ¡Mamá, nos tratan como a esclavas! Me había levantado, desafiante. —¡Basta! —gritó mi madre—. No sabes qué es ser un esclavo, Rhianna. Así que no vuelvas a decir eso. Sus ojos oscuros se clavaron en mí. Había dolor, miedo y rabia en ellos. Me callé. Suspiró. Cuando habló, volvió a ser la misma de siempre. —Escucha, hija. Es cierto que trabajamos bastante y nos merecemos nuestro salario, pero te puedo asegurar que los elfos son muy generosos con nosotras. —No nos tratan bien —musité. Sonrió. —¿Qué pensaría Annelindë si te oyera decir eso? Ella me ayudó a traerte al mundo —me dijo apoyando las manos en mis hombros—. A tu amigo Galaor tampoco le gustaría… Y si piensas que nos tratan mal, ¿por qué te 10
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han asignado un profesor? Nada más y nada menos que al gran elfo gris. —Porque tampoco quieren a Naratur —dije con el ceño fruncido—. Le tienen miedo. Me apartó el flequillo y me besó la frente. —¡Qué hija tan terca y orgullosa tengo! —Luego me cogió de la barbilla y me miró—. Rhianna, siempre te encontrarás con gente que te quiera y gente que no, pero has de aprender a respetar a todos por igual. —Incluso a Aramir… —dije. Me soltó la barbilla y se alejó con un resoplido. —En especial a Aramir. Se agachó a recoger las telas del baúl. Al levantarse se masajeó la frente con la mano libre. —Mamá, pero Aramir no me deja en paz —Lo sé, Rhianna. —Mi madre intentó ocultar el dolor—. No quiero más peleas ni discusiones con ese elfo, ¿me has entendido? —Sí —susurré—. Odio ser una humana. —¡Ya, Rhianna! Creo que necesito descansar un poco —dijo apoyándose en la pared y las telas cayeron al suelo. —¡Mamá! —Me levanté y las recogí—. ¿Estás bien? Sonrió. —Solo tengo que dormir un poco. —Acuéstate. Yo puedo limpiar los platos y la habitación antes de ir a casa de Galaor. Agradeció mi ofrecimiento. Sus ojos oscuros estaban apagados y parecía pálida. 11
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—¿Quieres que avise al danatir? —Tranquila, se me pasará… Cuando salgas recuerda cerrar bien —comentó sin mucha convicción en su voz. Con paso lento se dirigió hacia la habitación y desapareció en ella. Yo me dediqué a recoger el tazón y a limpiar la casa intentando no hacer ruido. Cuando hube terminado me asomé a la habitación con sigilo. Mi madre estaba echada en la cama. Su respiración era suave, tenía el rostro tranquilo y sus labios estaban curvados en una sonrisa. Debía soñar con algo agradable. Me acerqué al lecho y besé su frente. —Hasta luego, mamá —susurré. Ella no se movió. Así que salí con cuidado de la habitación, cogí mi capa y, cerrando bien la puerta, dejé la cabaña. A pesar de la niebla, el bosque seguía su vida normal. A medida que andaba escuchaba el canto del ruiseñor y el tamborileo del picamaderos en los troncos de los pinos. Entre los matorrales que surgían en el linde del sendero se escabullían los conejos. La casa de Galaor estaba cerca de la mía, casi a las afueras del poblado elfo. Por eso cuando iba a verlo seguía un sendero que bordeaba el pueblo por su parte exterior. De vez en cuando surgía una senda lateral que se dirigía a una casa, se le llamaba al sendero el Camino Circular. En la tercera salida estaba la casa de Galaor. Cuando dejé atrás la segunda, escuché algo tras de mí, un paso ligero. Me giré. En el sendero únicamente se veían 12
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los árboles que tendían sus ramas hacia el suelo y la niebla estática. Cuando continué caminando, lo volví a escuchar. Me seguían y yo sabía bien quién era. Anduve más deprisa. No quería meterme en jaleos. Los pasos se hicieron más rápidos y yo eché a correr. La casa de Galaor no estaba ya lejos, veía la senda, pero antes de llegar alguien me tiró al suelo. —¿A dónde vas, na lether? —susurró en mi oído Aramir. —Déjame, Aramir. Yo intentaba levantar un poco la cabeza para no tragar el barro del sendero. —Te he hecho una pregunta, na lether. Na lether, no elfo. A Aramir le gustaba recordarme que era diferente a ellos, como también le gustaba recordarme que la primera regla del poblado no se aplicaba a los humanos: todo elfo amará a los demás elfos, sus semejantes, no levantará la mano contra ellos ni los insultará. Aramir me giró. Sus ojos azules pálidos brillaron con rabia, su cabello castaño caía sobre mi cara. Un hermoso rostro para un corazón frío. —Espero una respuesta, na lether. Yo sabía que éramos diferentes y, en momentos como aquel, daba gracias por tener más fuerza. ¡Zas! El golpe en la nariz le aturdió tanto que aproveché para quitármelo de encima. Me incorporé como pude y me preparé por si el elfo reaccionaba y me quisiera golpear, pero le sangraba la nariz. —Te vas a enterar. 13
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Yo ya había echado a correr. La senda estaba cerca, aunque había un largo tramo hasta llegar a la casa de Galaor. Quizás si gritaba me escucharían desde dentro. —¡Galaor! —comencé a llamar—. ¡Annelindë! Mis gritos sonaron ahogados por la respiración agitada. Sentía dolor en las piernas y en el costado. Pero apresuré el paso cuando escuché las zancadas de Aramir tras de mí. El elfo era más ligero que yo, por eso comenzaba a ganarme terreno. Ignorando los dolores, aumenté el ritmo y de nuevo grité. Unos ladridos en la niebla y una voz que me llamaban fueron suficientes para que Aramir dejara de seguirme, pues no volví a escuchar sus pasos. Enseguida un perro pastor marrón, Luc, saltó hacia mí meneando el rabo, pero tensó sus orejas, se quedó quieto y oí que gruñía. Yo no dejé de correr hasta chocarme con una elfa alta, de cabellos largos y oscuros, cuya mirada gris me inspeccionó preocupada. —¿Qué te ocurre, Rhianna? Me eché en sus brazos temblando. La expresión de la elfa cambió y levantó la mirada que traspasó la niebla. Aunque asustada, me giré para mirar el sendero. La niebla se abrió ante nosotras como si se tratara de una cortina. En la entrada del camino, ahora visible, estaba Aramir. Se había parado, en su rostro no había rabia, sino una sonrisa brillante. 14
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—Buenos días, Annelindë… Rhianna —pronunció mi nombre con odio. Luc no paraba de gruñir y se movía nervioso. Parecía querer ir a por él, pero una rápida mirada hacia su dueña le convenció para permanecer a nuestro lado. —¿Qué ha sucedido, Aramir? El joven elfo se encogió de hombros. —Solo estoy dando un paseo por el bosque. —Y ¿de quién está huyendo Rhianna? —Quizás se ha asustado de una liebre, los na lether son muy asustadizos —dijo inocentemente y añadió—: Si no le importa, continuaré mi paseo. La niebla se cerró tras él. —Lo imaginaba. No te preocupes, ya estás a salvo. — Me limpió la cara que tenía manchada de barro—. Vamos a casa. Galaor te está esperando. Contento por mi llegada, Luc correteó a nuestro lado. Una gran casa de piedra tallada se elevaba ante nosotras. En su frente había una terraza donde unas columnas, que imitaban delgados troncos de árboles, sostenían unos arcos redondeados; en el piso superior se abrían unas ventanas con forma de hoja. Apoyado en una de las columnas se encontraba un elfo de mi edad, de cabello revuelto y vivos ojos negros que mostraban preocupación. Sonreí. Se peinara o no, Galaor siempre llevaba el pelo enmarañado. Al vernos, se relajó y, sonriendo, dejó la terraza y con rapidez desapareció en la casa. Annelindë y yo nos dirigimos hacia un lateral donde Galaor nos esperaba con la puerta abierta. 15
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Rhianna y su madre son unas humanas que viven en el poblado de los orgullosos elfos. A pesar de que algunos elfos las quieren, hay otros que creen que por ser diferentes son inferiores. Sin embargo, una enfermedad asolará el poblado igualando a los humanos y a los elfos: la enfermedad del sueño. Según dicen los elfos, la curación se encuentra en los corazones de fénix. A diferencia de ellos, Rhianna sabe que no se trata del corazón de un animal, sino de los frutos de unos árboles que pertenecen a una leyenda élfica. Rhianna se pondrá en marcha, aunque para ello tenga que saltarse la prohibición del rey de los elfos, cruzar el cementerio argos, y enfrentarse a los temibles diyasen y a seres mitológicos. Pero ¿dejarán los elfos que una humana les ayude? ¿Serán esos frutos la salvación para el pueblo elfo? ISBN 978-84-18017-37-7
169 788418
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