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e había oído decir muchas veces al abuelo que le gustaría tener mis años, porque cuando venía a vernos y nos íbamos de paseo se cansaba antes que yo, y, por supuesto, no podía jugar al fútbol ni hacer otro tipo de actividades deportivas que requieren esfuerzo, y siempre decía: «¡quién tuviera tu edad!». Pero nunca creí que sus deseos fueran tan sinceros como aquel día que, paseando por el parque, nos repartieron unos papeles de propaganda que decían con grandes letras: 9
TEATRO PRINCIPAL. ESTA NOCHE ÚNICA FUNCIÓN DEL PROFESOR KAMS.
—¿Quieres que vayamos? —me preguntó el abuelo. —Claro que me gustaría. Más tarde, cuando estábamos cenando, el abuelo dijo a mis padres: —Me llevo el chico al teatro. Regresaremos en cuanto acabe la función. Y después de cenar, mi abuelo y yo nos dirigimos a la plaza donde se encuentra el teatro Principal, que aparecía totalmente iluminado. La parte superior de la fachada exhibía un gran cartel que representaba el rostro de un señor con una barba larga, luciendo por sombrero una especie de cucurucho todo pintado de estrellas al estilo astrónomo, y delante de él se veía una enorme bola de cristal. Frente a las ventanillas había gente haciendo cola para sacar las entradas, así que esperamos hasta que nos tocó el turno, y entonces entramos en el teatro, 10
que ya comenzaba a estar lleno. Nos sentamos en las butacas que nos indicó una chica vestida con uniforme rojo con botones dorados, y esperamos a que comenzase la función. Después de un tiempo en el que ya nos dominaba la impaciencia, se apagaron las luces de la sala y se encendieron las del escenario. Apareció entonces una chica vestida con una túnica larga que le llegaba a los pies y una capa roja que le cubría la espalda, y que, con gestos exagerados, anunció la presencia del profesor Kams. —Van ustedes a tener la ocasión de contemplar lo nunca visto hasta ahora en un escenario. Si acaso, solo algún cirujano con mucho trabajo y mucha dificultad podría lograr las proezas que, con el don que le ha sido dado es capaz de realizar el mágico, el increíble, el prodigioso profesor Kams, quien desde su Argentina natal va a ofrecerles su última actuación en este país que tanto ama. Tras sus palabras, que fueron muy aplaudidas, y con una sonrisa de bienvenida, la mu11
chacha dio paso al anunciado profesor, quien se situó en el centro del escenario, y abriendo los brazos como si quiera abrazar a todo el público y juntando las manos como si fuera a rezar, hizo una enorme reverencia que le llevó casi a tocar el suelo con la frente. La muchacha, que era su partenaire, había colocado sobre una mesita una jaula con un pájaro, y el mago fue hacia ella, tomó un pañuelo, lo pasó por encima de la mesa y en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron la mesa, la jaula y el pájaro, en tanto el mago enseñaba el pañuelo por delante y por detrás para que pudiéramos comprobar que allí no había nada. Los espectadores aplaudimos muy fuerte, sin acabar de creernos lo que habíamos visto. Pero la emoción fue en aumento hasta llegar al número más esperado en el que pedía a alguien del público que subiera y le formulara un deseo sobre un cambio físico, por ejemplo, si alguien rubio quería ser moreno, o más alto o… 12
Apenas acababa de hacer la invitación cuando mi abuelo, en dos zancadas, se plantó en el escenario entre los murmullos de un público que no debía entender lo que iba a ocurrir. —Recibamos con un aplauso de bienvenida a este caballero que se ha ofrecido, voluntariamente, al experimento más extraordinario que habrán visto jamás. —Dígame, ¿cuál es su nombre, señor? —Mi nombre es Luis Alvear. Y tengo setenta años. —Muy bien llevados. Y ¿cuál es su deseo, caballero? —Quisiera aparentar la misma edad de mi nieto, o sea quince años. —Pues muy bien, señor, sus deseos son órdenes para mí. A continuación, de los laterales del escenario comenzó a salir un humo de color azulado que envolvió totalmente la figura del abuelo y, entre tanto, por un altavoz se escuchaba una música misteriosa como las que ponen de 13
fondo en las películas de miedo, así como la voz del mago anunciando: —Por los poderes que me han sido concedidos, hágase la voluntad de este ser terrenal que invoca fuerzas extraordinarias. Cuando la nube azul se fue disipando, apareció la figura del abuelo totalmente cambiada. Tenía el pelo oscuro con un mechón que le caía sobre la frente lisa, sin ninguna arruga, y la cara con la piel tirante y sin las gafas, que habían quedado en el bolsillo del pantalón, mostrando unos ojos grandes, muy abiertos, como si también él estuviera asombrado por lo que le acababa de suceder. —Su deseo se ha realizado, jovencito —le dijo poniéndole una mano sobre el hombro; y luego, estrechándole la mano, le deseó—: Que tengas mucha suerte en la nueva vida que te espera. El abuelo le dio un abrazo muy emocionado y bajó de un salto los escalones que le separaban del público que, entusiasmado, no podía creerse lo que acababa de ver, y ocupó 14
su sitio a mi lado. Yo, que no salía de mi asombro, le pregunté: —¿Y eso va a durar mucho tiempo? —Por mí, cuanto más, mejor —me respondió riendo. Al terminar, la gente seguía mirándolo con curiosidad para comprobar si ya habían pasado los efectos de la magia, pero mi abuelo seguía conservando un aspecto juvenil increíble. Salimos a la calle y ya nos disponíamos a regresar a casa, cuando al abuelo se le ocurrió: —Creo que debemos tomar unas cervezas para celebrarlo. —Lo siento, abuelo —le dije—, pero con tu aspecto solo podrás tomar un refresco. Así fue como nos sentamos en el bar que había en la esquina de la plaza que estaba prácticamente desierta, porque lo últimos espectadores ya habían ido abandonado el lugar. —Es que hay que pensar cómo vamos a explicar esto a tus padres. 15
—De momento habrá que decirles la verdad —dije, porque no se me ocurría nada. El camarero, que tenía prisa por cerrar, retiró rápido las consumiciones. —Venga, chicos, es hora de retirarse. Y, haciéndole caso, regresamos a casa.
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ISBN 979-13-88310-3
9 791388
Suricatos
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310355