Dilla y Drillo Maxi Carchenilla Ilustrado por:
Manuel Jiménez Vargas-Machuca
Para empezar Muchas veces, y de muchas maneras, los animales han sido auténticos protagonistas de hechos reales acaecidos en nuestro mundo. Frecuentemente los animales, seres irracionales, suelen darnos las mejores lecciones a las personas, animales racionales. Lecciones de cariño, de generosidad, de fidelidad. ¡Cuántas veces hemos dado importancia al hecho de ser racionales, hasta el punto de olvidar que también somos animales! Esta historia entrañable entre una ardilla («DILLA») y Alejandro (Alejandrillo, «DRILLO»), relata, 3
con sencillez y ternura, todo lo que son capaces de vivir, sentir, soñar y gozar esta pareja de amigos. Es un relato en el que la ardilla toma apariencia humana y parece pensar, hablar, sentir y actuar como si lo fuera. Así se hace más cercana y querida a su amigo. También quiere ser una llamada a despertar, dentro de nosotros, el corazón de niño del que somos portadores, y gozar ilusionados con sus sentimientos y vivencias. Es un relato para todos aquellos que aún tienen ilusiones o intentan tenerlas. ¡Pon una ardilla en tu vida, y serás un poco más feliz! Esta podría ser la moraleja de este relato. El autor.
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La poción mágica La primavera había despertado con fuerza y el paisaje se adornaba con los colores más frescos que uno podía imaginar. El parque era todo verdor, salpicado por pequeñas florecillas, en donde pinos, chopos, sauces y plataneros, elevaban sus ramas hacia el azul, como queriéndose abrazar con el sol. Hacía mucho, mucho tiempo que eran amigos. Una vez más, hoy, habían sido fieles a su vieja cita semanal. Ella le esperaba. 7
Él acudía apresuradamente en su bici. Llegó al punto de encuentro, apoyó su bicicleta sobre el viejo pino y miró hacia arriba. —¡Hola, Dilla! ¡Vamos, baja ya! —voceó él, colocándose las manos alrededor de su boca. Era Drillo, un chaval de once años recién estrenados, risueño, de ojos azules, de flequillo sobre la frente, avispado, intrépido y aventurero. Dilla fue bajando lentamente por el tronco del árbol, hasta situarse a la altura de los ojos del muchacho. —¡Hola, Drillo! —dijo moviendo con rapidez sus blancos y cortantes dientes—. ¿Has traído…? —¡Síííí, sí! Mira, aquí lo traigo. Y del bolsillo derecho de su cazadora, sacó un pequeño frasco, en cuyo interior se adivinaba una mezcla espesa hecha con hojas de trébol, avellanas y miel. Era como un jarabe mágico que permitía a Drillo adentrarse en el mundo de Dilla, y a esta en la fantasía del pequeño soñador. Desde el día feliz de su encuentro, la ardilla Dilla le había regalado a Drillo la posibilidad de 8
viajar y soñar con ella, cada vez que se tomara la «poción mágica». Unas veces era Drillo el que, introduciendo a su amiga en su cazadora entreabierta, la había llevado a conocer la civilización: las calles, los grandes almacenes, los coches, los semáforos, su casa, su habitación, sus juegos, su ordenador, sus cuentos, sus vídeos… Hasta había intentado, más de una vez y de mil maneras diferentes, convencerla para que se quedara en su casa. Pero no había forma de que eso fuera posible, por ahora. Hoy le tocaba a él. —Vamos, tómatelo ya —dijo Dilla con impaciencia. Con mucho cuidado, Drillo abrió el diminuto frasco y tomó un pequeño sorbo de su contenido. Lo cerró y se lo volvió a introducir en el bolsillo derecho de su cazadora de color granate. Segundos después, empezaba a sentir los efectos del mágico jarabe. El invento de la «cosa» mágica había sido de Dilla. Bueno… ¡tanto como inventora…! Ella lo había heredado de sus papás, estos de los suyos y así vuelta atrás por muchas generaciones. 9
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Para disfrutar de sus poderes maravillosos, había que hacer la mezcla con sumo cuidado. La receta era: •
Diez avellanas, sin cáscara, trituradas y machacadas.
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Tres hojitas de trébol.
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Dos cucharaditas de miel.
Drillo se había convertido en depositario de la «herencia», y era el encargado de hacer esta riquísima mezcla. Pero antes le dijo, con insistencia, que las propiedades fantásticas de la misma, solo tendrían lugar entre una ardilla y un niño o niña. Dilla aportaba siempre las diez avellanas que recogía de su almacén alimenticio. Drillo se encargaba de las tres hojas de trébol y de las dos cucharaditas de miel. —¡Dilla… esto ya funciona! —dijo Drillo suavemente, mientras empezaba a notar los efectos de la pócima. Todo su cuerpo estaba empezando a transformarse. En pocos segundos, el cambio fue total. ¡Quién lo diría! 11
—¡Bienvenido a mi mundo! —dijo Dilla con alegría, mientras con sus manitas cogía el diminuto cuerpecito en que se había quedado convertido su amigo Drillo. Ahora, cerquísima, quería aprovechar para contemplar toda la anatomía de Dilla. Sus dientes blancos parecían enormes puertas, su boca semejaba como la entrada a una gran gruta, sus ojos eran como unas grandes lunas de escaparates, sus orejillas… Pero, sin duda, lo que más curiosidad despertaba en Drillo eran sus bigotes, esos bigotes que Dilla acercaba a la cara de su amigo, haciéndole cosquillas en su nariz. —¡Aaaaaaatchís! —Se oyó. Y casi a la vez, una risa entrecortada acompañó el sonoro estornudo. Lo había conseguido, una vez más. Las cosquillas eran debilidad en Drillo, y Dilla solía aprovecharse de ello para pasárselo «pipa». Además, le salían unos resoplidos tan vivos que todo parecía estremecerse con el estruendo que producía. —Oye, Dilla, ¿dónde me llevas hoy de viaje? —preguntó. —Pues, había pensado llevarte al país de «Risquirrasca». 12
—¿Al país de «Risquiquéeee…»? —cuestionó Drillo, abriendo sus ojos llenos de sorpresa. —¡«Ris-qui-rras-ca»! —silabeó clarísimamente Dilla, entremezclando un poco de burla con un poco de gracia. —Ah, «Ris-qui-rras-ca» —repitió el muchacho, sin comprender nada de nada. Era el país de «Risquirrasca» un sitio apartado del parque, repleto de matorrales medianos y en donde solo podían entrar las ardillas y a quienes estas quisieran invitar, previo control. En la entrada había un rótulo que así lo indicaba: País de RISQUIRRASCA. Prohibido el paso a elementos ajenos al país. Reservado el derecho de admisión.
Drillo no tendría dificultades en adentrarse en «Risquirrasca», debido a su tamaño, aunque debería extremar sus precauciones para pasar totalmente desapercibido. —Oye, Drillo, no levantes la voz, no chilles y no te separes de mí —advirtió Dilla a su amigo. 13
—¡Lleva cuidado! —dijo Drillo dando tranquilidad a su amiga—. Es más, te hablaré al oído y prometo, por nuestra amistad, que no me separaré de ti. —Pues, sube, que nos vamos —dijo con autoridad la ardilla. Drillo trepó ágilmente hasta el cuello de Dilla, se agarró fuertemente y se dispuso a empezar el viaje que les conduciría a «Risquirrasca». Las sensaciones que Drillo experimentaba al cuello de Dilla eran fantásticas: galopar ágilmente y con suavidad; saltar de árbol en árbol; caminar por las ramas con perfecto equilibrio y rapidez; contemplar las personas y las cosas desde la altura; dejarse besar por el aire… Todo iba quedando anotado en la mente de Drillo, a la vez que disfrutaba de esta maravillosa experiencia. —¿Cómo vas, Drillo? —preguntaba, de vez en cuando, mientras le miraba de reojo. —¡Fenomenal! ¡Esto es fantástico! —respondía, mientras se restregaba los ojos para eliminar unas pequeñas lágrimas producidas por el efecto del aire de la velocidad del viaje. 14
De repente, Dilla se paró en lo más alto de la copa del árbol. Se colocó, sentada, sobre sus patas traseras. Lamió sus pequeñas manecitas, mientras indicaba: —¿Ves, Drillo? Mira a tu derecha, aquel montículo repleto de matorrales ¡Allí se encuentra «Risquirrasca»! —¿Ya hemos llegado? —Dentro de breves instantes, tomaremos tierra en las inmediaciones de «Risquirrasca» —respondió Dilla, como queriendo imitar con su voz las indicaciones que hacen las azafatas en los aviones. A un gesto de Dilla, Drillo se aferró nuevamente al suave pelo de su amiga. Era la señal de que el viaje continuaba. Esta vez el recorrido sería mucho más breve que el realizado hasta ahora. Llegaron al matorral que servía de puerta de entrada. Dilla se sentó, nuevamente, sobre sus patas traseras, mientras recitaba sus datos personales de identificación, con voz de robot: DILLA ARBOLEDA. Residente en la zona sur del «PARQUE TRES PINOS». 15
Dilla y Drillo se meten en tu vida, y quieren hacerte vivir experiencias que, desde la sencillez y la imaginación, han sido capaces de vivir juntos. Desean que participes en sus “locuras”, de sus idas y venidas y de su ilusión por vivir la vida de una manera diferente. Entra en el mundo de Dilla y Drillo. Con ellos te lo vas a pasar “bomba”, trasladándote a otro mundo en el que es posible la fantasía, la aventura y la amistad. Vuela en busca de aventuras desconocidas
ISBN 978-84-18499-98-2
A partir de 12 años 9
788418
499982
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