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Caos adolescente

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EL DESAYUNO EXPLOSIVO (Edición: Mery sobrevive a su familia... por ahora)

Hoy he decidido empezar este diario porque,

sinceramente, si no escribo lo que pasa en mi casa, un día voy a olvidarlo… o bloquearlo por trauma. Y si algo merece ser recordado —o estudiado científicamente— es mi familia. Todo empezó esta mañana. Yo solo quería desayunar tranquila. Eso era lo único que pedía. Pero, claro, pedir paz en mi casa es como pedirle a un gato que pague impuestos: imposible. Entré a la cocina medio zombi, esperando que no hubiera gritos. Error mío por tener esperanzas. Mi madre, Olivia, ya estaba ahí con cara dramática. 3


Cabe aclarar: mi madre puede convertir un estornudo en una tragedia nacional. Le das una noticia mínima y ella te responde como si estuviera en una telenovela. —¡Mery! —gritó apenas me vio—. Te escuché moverte esta madrugada. A las 3:17, exacto. Yo solo la miré. Ni siquiera tenía energía para decirle que sí, las personas normales se mueven cuando duermen. —Mamá, solo me di la vuelta —respondí. —¿Seguro que no fue un calambre, un susto, un ataque, un sueño raro o un espíritu chocarrero? —Mamá… —dije despacio—. No. Mi padre estaba sentado leyendo el periódico, como si todo fuera perfectamente normal. Él vive en su propio mundo, donde todo tiene lógica, aunque no la tenga. —Si la niña se moviera menos —dijo sin mirarme— gastaríamos menos en sábanas. No tengo ni idea de cómo funciona la mente de mi padre, pero estoy segura de que ahí dentro hay gremlins. Y en ese maravilloso ambiente entró Will, mi hermano. 4


Will es… bueno, Will. Si mi madre es drama, Will es caos con piernas. —¿Habéis visto mis zapatillas? —preguntó, como si fuera algo superurgente—. Las blancas. O negras. No sé. Yo parpadeé. —¿Dónde las dejaste? —En mis pies —respondió muy convencido—. Pero ya no están. A lo mejor se fueron. Mi madre abrió la boca como si Will acabara de anunciar el apocalipsis. —¡Un ladrón de zapatillas! ¡Dentro de casa! ¡Mery, llama a la policía! —Mamá, nadie quiere robar zapatillas de adolescente —dije mientras servía café—. Huelen como si hubieran estado en la guerra. Mi padre, sin levantar la mirada, añadió: —A mí no me extrañaría que las zapatillas se fueran solas. Yo me iría también. Will lo miró con cara de «¿insinúas algo?». Pero mi madre estaba demasiado ocupada entrando en pánico. —¿Y si el ladrón sigue dentro de casa? ¿Y si se esconde detrás de una puerta? ¿Y si nos observa? 5


—Pues que mire —dije—. Hoy no tengo energía para darle un buen susto. Me llevé la taza a los labios y tomé un sorbo. Error. Olivia entró en modo alarma nuclear N.º 27. —¡No bebas tan rápido, Mery! ¡Así empezó tu tía Clara y acabó fatal! Suspiré. —¿Fatal cómo, mamá? Mi padre contestó: —Casada con tu tío. No necesitó decir más. Mientras tanto, Will decidió que era el momento perfecto para buscar sus zapatillas en los lugares menos lógicos del universo: dentro de los armarios, debajo de los cojines (que ni siquiera usan), detrás de las cortinas, dentro de un jarrón, debajo de la mesa, encima de la mesa, dentro de un táper vacío y en el lavavajillas. Mi madre inspeccionaba la cocina como si fuera una detective profesional. Mi padre seguía leyendo como si la búsqueda de las zapatillas perdidas fuera un deporte extremo que no pensaba practicar. 6


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Y yo… yo solo quería mi tostada. De pronto, Will pegó un grito que casi nos deja sordos. —¡LAS ENCONTRÉ! Todos corrimos hacia él. Bueno, mi madre corrió, yo fui caminando y mi padre ni se levantó. Will levantó las zapatillas como si acabara de descubrir un tesoro antiguo. —Estaban en el congelador. Yo me quedé en blanco. —Will… —pregunté—, ¿por qué estaban tus zapatillas en el congelador? Él se encogió de hombros. —Es que ayer tenía calor. Y ahí lo entendí. Mi familia no es normal. Ni siquiera está cerca de serlo. Pero supongo que eso hace mi vida más… interesante. O traumática. Todavía no lo he decidido.

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EL INSTITUTO Bienvenida al instituto (la selva)

Si creía que el desayuno con mi familia ya era

demasiado, el instituto se encarga todos los días de recordarme que siempre se puede caer más bajo. El instituto es como una jungla, pero sin animales bonitos: solo estudiantes con sueño y profesores con ganas de amargarte la existencia. Entré por la puerta con mi mochila medio rota, la camiseta arrugada y ojeras que parecían un diseño artístico. Vamos, lo normal. PRIMERA HORA: LENGUA

Profesor: Serafín

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Serafín es ese típico profesor que parece que nació con un libro debajo del brazo y que piensa que leer 300 páginas en una tarde «no es para tanto». Siempre habla como si estuviéramos en el Siglo de Oro. —Chicos, hoy analizaremos la complejidad emocional del personaje principal —dice con voz de narrador de documental. Y todos nosotros pensando en qué pedir para comer en el recreo. A mí Serafín me cae bien, no voy a mentir. Es de los pocos que no me dan ganas de saltar por la ventana del aula. Pero cuando empieza a recitar poemas dramáticos a las ocho de la mañana… ¿podemos hablar de tortura psicológica? SEGUNDA HORA: MATEMÁTICAS

Profesor: Juan José (a.k.a. El Jefe Final del Infierno) No voy a endulzarlo: Juan José es un villano. Un jefe final. 11


Ese profesor que aparece en las pesadillas, apuntándote con un compás afilado mientras te pregunta cuánto es 2x + 7. No solo me suspende SIEMPRE, aunque estudie, aunque lo intente, aunque haga sacrificios emocionales; encima tiene una habilidad especial para hacer sentir mal a la gente. Y lo peor no es eso: el muy borde les habló mal a mis padres en una tutoría. Mis padres. A LOS DOS. Todavía no sé cómo sigue vivo. A mí me mira como si hubiera destruido su carrera académica. —Mery —dice siempre con su tono de «te voy a fastidiar el día»—, tu examen ha sido… curioso. Curioso = suspenso. —Pero profe, he sacado un 4,9… —Efectivamente. Suspenso. Es decir, para él un alumno que saca un 4,9 merece la cárcel. TERCERA HORA: MÚSICA

Profesora: Eva 12


Gracias al cielo llega música, la única clase donde NO quiero escapar corriendo. Eva es un amor. De verdad. Es la única profe que parece feliz de vernos. —¡Buenos días, chicos! —dice siempre alegre, como si realmente creyera que somos simpáticos. La música con Eva es como un descanso emocional después de sobrevivir a Juan José. Aunque a veces nos hace cantar y ahí… bueno. Hay gente en mi clase que canta como si tuviera un gato dentro de la garganta. Aun así, Eva sonríe. No sé cómo lo hace. Yo no tendría tanta fuerza espiritual. CUARTA HORA: EDUCACIÓN FÍSICA

Profesora: Gemma Gemma es esa persona que cree que todos tenemos pulmones de recambio. Ella puede correr una maratón mientras come una manzana, pero nosotros somos adolescentes normales que subimos las escaleras y ya estamos a punto de desmayarnos. 13


—¡Vamos, chicos! ¡Solo quedan otras doce vueltas al campo! DOCE. Gemma, por favor, tengo rodillas humanas. Y lo peor: Siempre, SIEMPRE existe esa persona en la clase que corre como si quisiera huir del país, dejándonos al resto respirando como peces fuera del agua. Pero Gemma cree en nosotros. Demasiado. Con fe excesiva. QUINTA HORA: BIOLOGÍA

Profesora: Sara A Sara le encantan los órganos. Así de simple. Demuestra una felicidad casi sospechosa cuando habla del sistema digestivo. —Hoy veremos cómo la bilis emulsiona las grasas —dice sonriendo como si eso fuera emocionante. Spoiler: No lo es. Pero he de admitirlo: explica bien. 14


Eso sí, cuando saca videos de operaciones… yo ya estoy rezando en cinco idiomas. SEXTA HORA: LATÍN

Profesora: Lara Lara es tranquila. Muy tranquila. TAN tranquila que a veces pienso que habla más despacio que el funcionamiento de mi wifi cuando hay tormenta. Pero me cae bien. Tiene esa vibra de «me importáis, pero también estoy cansada de la vida». —Chicos, repetid conmigo: rosa, rosae, rosae, rosam, rosa… A veces me pregunto si aprender declinaciones servirá para algo o si es otra forma de tortura escolar histórica. RECREO:

El respiro que no dura nada Y así, después de sobrevivir a media mañana, salimos al recreo como si fuéramos presos bajo 15


libertad vigilada. Nos comemos lo que encontramos en la mochila (o lo que no está aplastado), cotilleamos media vida de todo el mundo y antes de que te dé tiempo a respirar… Riiiiiing. Otra vez a clase. Mi instituto debería tener un cartel en la entrada que dijera: «Bienvenido: abandona toda esperanza y guarda tu bocadillo».

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Caos adolescente by BABIDI-BÚ - Issuu