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Bajo la higuera

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Bajo la higuera Un camino hacia el despertar J.A. Ager


Capítulo primero

Un día gris

—Buenos días —dijo una voz algo más grave que aguda,

la cual consiguió apartarme por un momento de los pensamientos y reflexiones en los cuales me hallaba sumido. —Buenos días —contesté de manera casi automática, al mismo tiempo que giraba mi cabeza hacia la derecha en dirección a la vereda, con la intención de comprobar quién era mi inesperado interlocutor. Mi mirada se encontró con una figura masculina. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, más alto que bajo; de aproximadamente metro ochenta de estatura 3


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y complexión fuerte. Sus rasgos no correspondían en absoluto a los de una persona del sur de Andalucía, tierra en la que me encontraba, más bien podría decirse que eran unos rasgos anglosajones: tez clara, barba pelirroja y un pelo claro rasurado, que se vislumbraba bajo la gorra de corte inglés que llevaba puesta para cubrir su cabeza del frío invernal. Un abrigo verde oscuro que le cubría hasta las rodillas, un pantalón vaquero azur y un calzado tipo montañés, componían el resto de su indumentaria. Le acompañaba un perro de talla pequeña, aunque bastante corpulento, de color negro en su totalidad salvo por el pecho de color blanco y una pata del mismo color; la delantera izquierda. Debido a mi poco entender sobre razas caninas, no acerté a deducir de qué raza en concreto se trataba o, si por el contrario, era un mestizo vulgar y corriente. Eso era todo cuanto podía advertir desde la distancia a la que me encontraba de dicho personaje. —No merece la pena —prosiguió diciendo el hombre refiriéndose a mi persona—. Sea lo que sea, no merece la pena. —¿Cómo dice? —le respondí sin entender muy bien el porqué de la conversación y de tal afirmación. —Existe un viejo dicho, que reza así —me respondió—. «Las preocupaciones son como una mecedora, te mantienen entretenido; pero no te llevan a ningún lugar». Me quedé en ese momento un tanto extrañado y confundido con la conversación que estaba teniendo lugar. 4


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Entretanto, recomponía en mi cabeza la frase que acababa de oír de aquel extraño personaje. Con una sonrisa y levantando su mano izquierda en señal de despedida hacia mí, pronunció un saludo muy peculiar de aquellos contornos; de manera amistosa y con voz sincera, dijo: —¡Que tenga buen día y quede con Dios! Me encontraba sentado en un banco de madera bastante dañado por las inclemencias meteorológicas y por los estragos causados por el paso del tiempo. Junto al banco, había un árbol de hoja caduca; se trataba de una higuera que, en primavera y verano, debía ofrecer un agradable refugio frente al sol, a aquella persona que se sentara en el viejo banco. Enfrente de donde me hallaba sentado, discurría un pequeño arroyuelo de agua clara. En la otra orilla, una amplia zona poblada por olivos componía el resto del paisaje frente a mí. A la derecha de mi posición, un pequeño puente de piedra hacía las funciones de nexo entre ambos extremos de la discontinua vereda, la cual el arroyo, fragmentaba en dos por una sección de no más de dos metros y medio de ancho. El resto del paisaje, lo componían olivares, caminos rurales y una amplia zona situada tras de mí, que a mi parecer estaba dedicada a la plantación de algún tipo de cultivo; seguramente cereal, dado que en aquella vastedad de terreno no se apreciaba ni un solo rastrojo. Debía de ser una estampa muy bonita en épocas primaverales, verdaderamente digna de una 5


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pintura paisajística; pero era invierno. Un día frío y nublado con sus peculiares matices grises que lo impregnaban todo, e igual de nublados, tristes y sombríos se encontraban mis pensamientos y emociones. Volví a echar una mirada hacia la vereda con la intención de volver a ver al extraño interlocutor, pero tras el comentario y la posterior despedida, cruzó el viejo puentecito y se adentró por la vereda hacia los olivares lejanos, con lo cual no pude encontrarlo con la mirada. Reflexioné durante unos segundos sobre la frase que había escuchado momento atrás. «Las preocupaciones son como una mecedora, te mantienen entretenido, pero no te llevan a ningún lugar». La verdad, no conseguía entender muy bien el significado de aquella cita. «¿Cómo se supone que debemos resolver nuestros problemas entonces?», me preguntaba mentalmente a mí mismo. Es a través de darle vueltas a las cosas en nuestra cabeza, cuando conseguimos hallar la solución. Cierto es que no siempre lo conseguimos y no siempre resulta tal y como habíamos dispuesto en nuestras mentes; y en muchas ocasiones quedamos agotados mentalmente. Mientras me levantaba del viejo banco de madera para poner rumbo a casa, seguía dando vueltas a mi cabeza sobre el significado de aquella frase, que a mi parecer era incongruente, dado que los problemas se resolvían efectivamente pensando. 6


Capítulo segundo

Un rayo de sol

Al día siguiente, a eso de las cuatro de la tarde, me en-

contraba en el viejo puentecito. La tarde parecía mostrar mejor aspecto. Aunque seguía haciendo frío, no soplaba el viento y eso incidía directamente en que la sensación térmica fuese más cálida que en la tarde anterior. Además, el cielo, aunque con nubes, no se encontraba enteramente encapotado, por lo que los rayos del sol penetraban tímidamente a través de estas, proporcionando algo de calor, siempre y cuando uno tuviera la fortuna de situarse en su trayectoria. 7


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Descendí por un pequeño caminito formado por el surco que dejan las pisadas al pasar, hasta llegar al viejo banco de madera. Mi plan era muy sencillo. Permanecería sentado en el viejo banco, a la espera de ver si tenía la fortuna de volver a encontrarme con el personaje del día anterior. Quizás, podría invitarle a sentarse un rato y entablar con él algo más de conversación. De este modo, tendría la ocasión perfecta para interrogarle sobre su comentario del día anterior. Mi charloteo mental me absorbió por completo, imaginando en mi mente cómo resultaría aquella conversación. Me hizo perder la noción del tiempo y cuando miré mi reloj, con asombro comprobé que marcaba las cinco de la tarde. Había estado una hora ensimismado en mis pensamientos. —¿Perdido y a la deriva en el vasto océano de pensamientos e imaginaciones? Me sobresalté al volver a escuchar aquella familiar voz tan cerca mía. Detrás de mí, se encontraba mi misterioso interlocutor del día anterior. No me había percatado de su cercana proximidad. —Hola, buenas tardes —me apresuré a responder—. ¿Cómo está usted? —Bien —contestó mi interlocutor devolviéndome el saludo—, gracias por preguntar; pero usted, amigo mío, me da la impresión de que sigue igual que ayer. 8


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—¿Cómo dice? ¿A qué se refiere? —le interrogué. —¿Puedo sentarme un rato junto a usted? ―me respondió con otra pregunta. La verdad, no era tal como lo había planeado, pero allí se encontraba frente a mí aquel hombre ofreciéndose a sentarse a mi lado, con la aparente intención, si no me equivocaba, de sostener una conversación. —¿Puedo entonces sentarme un rato junto a usted? —Volvió a repetir su pregunta, percibiendo que mi mente había vuelto a absorber mi atención y mis pensamientos, haciéndome parecer ausente. —Sí, claro. Por supuesto —me apresuré a responder—. Disculpe, estaba… —No tiene importancia. No tiene por qué disculparse —me interrumpió—. Es más habitual de lo que pueda llegar a pensar. —¿A qué se refiere concretamente? —Quise saber. —Al hábito de perderse en los pensamientos, por supuesto. ¿O no es eso lo que le sucede? ¿Que se deja absorber constantemente por su escenario mental? Me quedé por un momento meditando sobre lo que mi acompañante acababa de afirmar. —La verdad, no me había parado a pensarlo —respondí titubeando—. Nunca se me había pasado por la cabeza que mis pensamientos me tuvieran absorbido. ¿Por qué habría de pensar así? Es lo normal, ¿no? Para 9


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eso tenemos la capacidad de pensar y razonar, por eso somos humanos, eso es lo que nos distingue del resto de las especies. Mi acompañante no separó ni por un momento su mirada de la mía, mientras yo exponía mis pobres razonamientos. Al finalizar mi exposición, su expresión era serena y se podía advertir en su mirada cierto aire condescendiente hacia mi persona. Finalmente, terminó por responderme: —Quisiera ante todo disculparme por si le molesta mi corrección —comenzó diciendo—, pero es un error muy comúnmente extendido entre los seres humanos, el creerse en posesión de una inteligencia superior a la de las demás especies. La inteligencia tan solo es inteligencia y se desarrolla en cada ser, acorde a una serie de particularidades. De este modo, ¿cómo mediría por ejemplo su inteligencia frente a la de un perro? El perro posee una inteligencia acorde a sus necesidades, al igual que todos los seres. Es un grave error, el querer comparar las inteligencias, tomando como base la humana. Y también es un error muy extendido el pensar que somos dueños de nuestros procesos mentales. —Realizó una pequeña pausa mientras miraba al arroyuelo que discurría frente a nosotros y prosiguió—: ¿Nunca se ha detenido a meditar que puede estar siendo utilizado por la mente? Aquella explicación junto con la pregunta final, me dejó 10


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un poco desconcertado. Mi acompañante se quedó en silencio mirando al arroyuelo. Parecía como si me estuviese dando tiempo para meditar y asimilar la cuestión que acababa de plantearme. Tras unos momentos de reflexión, me atreví a responderle formulando una pregunta: —¿Utilizado por la mente? —Sí, eso mismo —respondió mi acompañante. Y girando de nuevo su cabeza de forma que su mirada y la mía se encontraran de nuevo frente a frente, esperó a que le diese una respuesta convincente. Observándole, confirmé que realmente no presentaba aspecto de aquellos contornos. Sus ojos eran de color azul claro y su mirada transmitía una curiosa serenidad. Solo el acento le delataba, pero no era un acento muy marcado. —No entiendo muy bien eso de estar siendo utilizado por la mente. ¿Cómo puede ser eso posible? No, definitivamente no. ¿Cómo me va a utilizar mi mente? Mi mente me pertenece, yo soy quien la controla —respondí tras unos minutos y un poco nervioso e inseguro. —Parece ser que no está muy seguro de su afirmación —volvió a responder con una inusitada tranquilidad. Pero con esa afirmación, provocó en mí una duda. —Sí, firmemente creo que es así —apunté no del todo muy seguro, para ser sincero. Algo dentro de mí me hacía intuir que mi interlocutor era consciente de la duda que acababa de sembrar en mí. 11


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—Permíteme que te tutee, por favor —me dijo a continuación. —Sí, por supuesto —le respondí yo inmediatamente. —Gracias —dijo. Y prosiguió—: Verás, en una de mis charlas, conocí a una muchacha algo más joven que tú, de unos veinticuatro años. Era extranjera. Ella y su madre se vieron obligadas a emigrar de su país natal, Paraguay, para venir aquí, a España. Hicimos amistad día a día a través de compartir paseos y conversaciones cuando nos encontrábamos paseando a nuestros perros. En nuestras charlas, una vez tomada confianza, solía manifestar con frecuencia su temor hacia los acontecimientos futuros. Ella y su madre, tras llegar a España, habían entrado a trabajar como servicio doméstico en una casa del municipio. El caso era que sus pensamientos no dejaban de atormentarlas a ambas. Debido a las vicisitudes por las cuales habían tenido que pasar, temían que los acontecimientos pasados pudieran volver a repetirse. Venían arrastrando una carga emocional muy fuerte, a consecuencia de los hechos acaecidos en el pasado. Es algo común en todos los seres humanos experimentar la vida a través de su pasado ―me dijo, realizando una pausa en la narración―. Conjuntamente a esos temores, se sumaban las frecuentes disputas que tenían lugar en el domicilio del señor mayor, entre este y su familia. Al parecer, existían desavenencias entre ambas partes, sobre cómo afrontar los últimos años 12


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de vida. El señor mayor que las contrató como servicio doméstico, quería pasar los últimos años de su vida en la tranquilidad del hogar a los cuidados de ambas mujeres. La familia de este, por el contrario, era de la opinión que debía ingresar en un centro geriátrico especializado, en el cual lo atenderían según ellos, de una manera más profesional. Debido a estas disputas, creció en ellas un nuevo temor; perder el puesto de trabajo y el alojamiento. El salario no era muy alto, pero lo compensaba el hecho de que, viviendo en la casa junto al señor mayor, no tenían que comprar comida, pagar luz, agua, alquiler, etc. Es decir, viviendo allí mismo con el señor mayor, sus gastos eran prácticamente insignificantes. Mi interlocutor hizo una pausa y me preguntó: —¿Entiendes de qué se trataba realmente? —Sí, creo entender —respondí—. La familia quería vender la casa por asuntos económicos y para ello debían sacar primero al señor mayor de esta. —Exactamente —me respondió mi acompañante, y prosiguió con la narración—. Pues bien, charla tras charla, mes tras mes, salía a relucir ese miedo latente que iba creciendo en lo más profundo de sus mentes y apoderándose de ellas. Era, sin lugar a duda, el miedo a la incertidumbre. Como buenamente podía, trataba de sacarla de aquel torbellino de pensamientos y emociones negativas con el cual ella y su madre, retroalimentaban constante13


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mente sus temores. Observaba que la muchacha se introducía más y más en ese estado y a su vez, ese estado se estaba apoderando de ella cada vez más. —¿Eres consciente de que ese señor mayor algún día morirá? —le decía, para tratar de sacarla de ese estado—. ¿Eres consciente de que los acontecimientos se están disponiendo para un cambio sustancial tarde o temprano, no? —Sí, ya lo sé —respondía ella―, pero es que ahora el trabajo está muy mal y sobre todo para personas extranjeras como nosotras. ¿A dónde iremos, cómo nos ganaremos el sustento? Figúrese usted, no hay trabajo para la gente de por aquí; cuanto menos para dos extranjeras como nosotras. Y después está el asunto de la vivienda. ¿Quién nos va a alquilar sin papeles? Yo escuchaba a mi interlocutor con interés. Tenía la certeza de que aquella historia que me estaba narrando, poseía algún tipo de moraleja. —Pues bien —seguía narrándome mi acompañante—, todo se reducía en ella y en su madre, al temor a perder el puesto de trabajo, el techo, el permiso de residencia, etc. Temores que comparte gran parte de la población mundial. —Volvió a hacer un inciso al decir esto último—. Un día de esos que nos encontrábamos, la noté más nerviosa que de costumbre. Estaba muy alterada. Me comentó que el señor mayor había caído gravemente enfermo y que la familia había dispuesto su traslado para 14


ser ingresado en el hospital, del cual, al parecer por la gravedad del asunto, el señor mayor no saldría para volver a casa. El día temido por nuestras amigas, e inevitable, había llegado. ¿Comprendes? —me preguntó mi narrador realizando una pausa y con una pregunta más bien retórica. Seguramente para no dejarme de lado con la narración y hacerme partícipe de ella. —Sí —respondí tan solo, al mismo tiempo que asentía con la cabeza y mostraba con mi gesto interés por la narración. —Habían oído en una conversación que, tras la hospitalización del señor mayor, la familia tenía intención de vender la propiedad en cuanto fuese posible, y por supuesto las dos empleadas serían despedidas. Al día posterior de la hospitalización, les informaron que disponían de dos semanas para buscar un alquiler. Dos semanas a contar desde la fecha de ingreso del señor mayor en el hospital. Mi acompañante realizó una nueva pausa en la narración, pero esta vez fue más prolongada. Giró su cabeza volviendo su mirada hacia el arroyuelo y soltó un suspiro, esbozando una sutil sonrisa. —¿Y qué ocurrió? —me atreví a preguntar, dado que el silencio de mi acompañante se mantenía. Volvió a girar su cabeza hacia mí, de modo que nuestras miradas volvieron a encontrarse. Era una mirada serena y al mismo tiempo interrogativa. 15


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—¿Qué crees tú que ocurrió? —Quiso saber. —Pues —dudé—. ¿Que el señor mayor finalmente murió en el hospital y madre e hija se vieron en la calle? —¿Preguntas o afirmas? —me respondió mi acompañante, y antes de que pudiera volver a responderle, reanudó la narración—. Como bien supones, el señor mayor murió a causa de una complicación respiratoria a la semana de ser ingresado en el hospital. Pues bien, ya sabrás que, en asuntos referentes a la muerte, aquí en Occidente somos muy prestos a actuar, tal como reza el dicho «el muerto al hoyo y el vivo al bollo». Es algo que no termino de comprender de las culturas occidentales. —¿El qué? —me apresuré a preguntar. —Pues el hecho de que, tras morir una persona, se realice rápidamente todos los preparativos para enterrarla lo antes posible; justamente al día siguiente del fallecimiento. Antiguamente se velaba al difunto tres días. Se daba la posibilidad a la familia de llorar y despedir al ser querido. Incluso en muchos lugares de Oriente hoy en día, se vela al difunto una semana. Se come, se bebe, se baila y se celebra su paso a una vida mejor; pero aquí, al parecer, en Occidente, le tenemos miedo a la muerte y tratamos de escapar de ella y ocultarla. Hacemos todo lo más rápido posible. Casi ni se espera a que se enfríe el cadáver. Se mantuvo callado un instante, mirando hacia la arboleda de olivos situada frente a nosotros en la otra orilla 16


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del arroyuelo y tras unos segundos, volvió a suspirar con aires de comprensión. Dirigió de nuevo su mirada hacia mí y prosiguió: —Discúlpame por extenderme tanto en el relato. —No te preocupes. La verdad estoy intrigado por saber cómo termina la historia ―respondí sinceramente. —Bien, pues continuemos. Tal como bien apuntabas, el señor mayor falleció. Pero una sorpresa inesperada aguardaba a nuestras amigas extranjeras. A los tres días de enterrado el difunto, se procedió a la lectura del testamento, y cuál fue la sorpresa de la familia, al comprobar estupefactos en la lectura del mismo ante notario, que el señor mayor legaba la casa en propiedad a nuestras amigas extranjeras. —¡¿Cómo?! —pregunté con gran asombro—. Es broma, ¿no? —En absoluto —me respondió mi acompañante. —¿Y la familia del señor mayor? ¿Y esa decisión, a cuento de qué? —pregunté queriendo saber más. —Hombre, pues supongo que no se lo tomarían demasiado bien. Pero nadie puede saber las causas exactas de esa decisión. Aventurándonos a especular, puede que lo hiciera por gratitud hacia la madre e hija; o puede que lo hiciera por fastidiar a la familia; o ambas cosas. ¿Quién sabe? —¡Guauuu! —acerté a exclamar—. ¿Quién lo hubiera imaginado? 17


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—¡Exacto!, ¿quién lo hubiera imaginado? Por eso, es mejor mantenerse a salvo de suposiciones y más aún, si estas nos causan tormento. —¡Vaya suerte! —concluí. —No. La suerte no existe, amigo mío —dijo mi acompañante apresuradamente tras escuchar mi afirmación—. Al igual que las casualidades tampoco existen. —No entiendo. —Aquello a lo que llamamos suerte o desgracia, tan solo son puntos de vista minúsculos, vistos desde una perspectiva de una mente minúscula. Ambas, suerte y desgracia, son caras de una misma moneda, son parte de un todo indivisible. Son efectos de los cuales desconocemos sus causas, porque la mente minúscula no acierta a comprender la magnitud del Todo. De ahí, que veamos las cosas como buenas y malas, y a lo inesperado lo llamemos con el nombre de casualidad, suerte o desgracia. —Eso es muy profundo —respondí. —Y más cierto aún —me dijo mi acompañante mirándome fijamente a los ojos, como si quisiera que aquellas palabras que acababa de pronunciar se grabaran a fuego en mi mente—. Todo cuanto acontece en nuestras vidas tiene un propósito; aunque, muy generalmente, la mente minúscula no acierte a comprenderlo. Disculpa. —Realizó una nueva pausa mi acompañante. Y prosiguió—: Llevamos un buen rato conversando y no nos hemos pre18


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sentado, cosa muy común, por cierto, en estos contornos, dicho sea de paso. —¡Sííí!, sí, cierto —dije—. Soy Andrés. —¡Encantado, Andrés! —respondió mi acompañante, y alargando su mano derecha para realizar un saludo formal con un apretón de manos dijo—: Me puedes llamar Tomás. —Y prosiguió tras el apretón de manos—. Te contaré lo más curioso del asunto. Volví a encontrarme con la muchacha, semanas después de que ella misma me contara que eran las herederas de la casa del señor mayor. En esta ocasión, su semblante en lugar de radiar luz era de pesadumbre. Al parecer, y según la ley hereditaria sobre bienes inmuebles, debían abonar la suma de trece mil quinientos euros para poder acceder a la casa o, en su caso, el Estado la embargaría. Con gran pesar me confesó que no disponían de esa cantidad y la alegría inicial por heredar la casa, volvió a dar paso a la tristeza y desesperación por no poseer dicha suma y al miedo, en esta ocasión, a perder la propiedad. ―¡No me lo puedo creer! Parece el guion de una película. ―Para no aburrirte demasiado, concluiré diciéndote que al final, después de meses de desesperación, llegaron a un acuerdo con el banco para poder adelantar esa cantidad y finalmente pudieron quedarse con la casa. ―¡Parece todo tan surrealista y asombroso! 19


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―Es la vida misma, Andrés. Después de todas las calamidades que pasaron nuestras amigas en su país de origen, durante su periplo a un nuevo país y tras todas las angustias y desesperanzas sufridas por el temor a la nueva pérdida de todo, se encontraron con la grata sorpresa de poseer una residencia en propiedad en España. Y, con ello, poder al fin regularizar su situación en el país de forma definitiva. Volvió a suspirar y prosiguió: —De este modo, debemos prestar atención para no navegar a la deriva en el vasto océano de pensamientos e imaginaciones y cometer la mayor presunción que un ser humano pueda cometer; creer saber lo que realmente nos conviene en la vida. Las personas, muy comúnmente piden para su propio beneficio, sin pararse a meditar sobre lo que piden. —¿A qué te refieres, Tomás? —A que, ¿cómo saber con seguridad que aquello que solicitamos nos conviene? ¿Cómo saber con seguridad, que todo cuanto nuestro pensamiento e imaginación nos hace desear, no nos resultará perjudicial? Y, de igual manera, ¿cómo saber con seguridad que aquello por lo que imploramos para que no acontezca, no nos resultará beneficioso? Como en el caso de nuestras amigas extranjeras. Me quedé sin palabras al escuchar aquellas reflexiones de una persona de unos cuarenta años. ¿Cuánta profundidad y 20


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cuánta sabiduría albergaría mi nuevo amigo? Durante unos segundos permanecí en silencio, dado que no supe qué decir. Adivinando mis pensamientos, mi acompañante dijo: —No te preocupes. Cuando no se sabe qué decir, lo mejor que se puede hacer es permanecer en silencio. Me quedé allí un instante que me pareció una eternidad. No acertaba ni tan siquiera a realizar una reflexión sobre lo que acababa de oír. Me embargó cierta sensación de serenidad. Una inmensa calma se apoderó de mí, una sensación muy cálida y agradable a pesar de la temperatura. Mi acompañante rompió por un momento el inmenso mutismo en el que nos encontrábamos. —Bueno, creo que va siendo hora de que levante el campamento. Está refrescando bastante y no quisiera resfriarme. Levantándose del viejo banco de madera y tirando hacia arriba de la correa a la cual tenía atado a su perro, que había permanecido tumbado y dormitando durante toda la conversación, le hizo un chasquido a este, al cual el animalito reaccionó inmediatamente incorporándose a su lado izquierdo. —Ha sido un placer conversar contigo, Andrés —dijo—, creo que necesitas quedarte un rato a solas, de tal modo que me despido de ti por hoy. Nos veremos, insha´allah. —Igualmente —acerté tan solo a responder despidiéndome de él, sin saber qué había querido decir con esas últimas palabras. 21


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Alzó el cuello de su abrigo ajustándoselo a las mejillas y se marchó junto con su perro subiendo el pequeño sendero que conducía al viejo puentecito, y cruzándolo, puso rumbo al pueblo. Cuando el pensamiento me hizo salir de aquel extraño trance, miré mi reloj: marcaba las siete. Habíamos estado dos horas hablando o, mejor dicho, mi nuevo amigo hablando y yo escuchando. Todo a mi alrededor se había vuelto lúgubre, el sol estaba a punto de ponerse tras de mí y después de recobrar la noción de donde me encontraba sentado, comencé a percibir cómo la sensación térmica de frío se hacía más patente. Me levanté del banco y realicé el mismo recorrido que mi nuevo amigo había realizado momento atrás; dirigiéndome hacia la vereda para cruzar el viejo puentecito camino al pueblo. Llegando al asfalto de la civilización y abandonando el camino de tierra, me sentía algo extraño.

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La campiña Andaluza. Un paraje idílico y apacible digno de una pintura paisajística. Un remanso de paz, en el que dos almas se sumergirán mediante profundas conversaciones, en el sentido de la existencia humana. Una adoptará la figura de maestro, la otra, emprenderá un camino de autodescubrimiento que, poco a poco, le conducirá desde los confines tenebrosos del reino de la mente, que ofuscan su corazón; hacia lo más profundo de su ser substancial. Bajo la guía en todo momento de su mentor, Iniciará un íntimo peregrinaje con el propósito de liberar su alma cautiva. A través de la disolución de sus miedos más acérrimos y penetrando en la vastedad del silencio, conseguirá paulatinamente alcanzar la tan ansiada libertad; de este modo, hallará el camino hacia el fin del tormento y sufrimiento al que le someten

297564 9 788418

ISBN 978-84-18297-56-4

sus pensamientos y emociones.


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