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Alitas de papel

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Alitas

de papel Maylin Rojas

Ilustrado por: Lucelys Carrillo


Campamento de invierno

E

n el campamento, el constante suspiro invernal agitaba los árboles. Aby los observaba desde el portal. Aquel ramillete de cocos se movía de vez en cuando con determinación. Al principio, deseó que alguno cayera, comenzar una pelea por los trozos de masa y terminar empapada con aquel líquido tan codiciado. Luego comenzó a preocuparle el techo de su cabaña, pero ahora, por más que lo deseara, era posible que nunca más volviera a comer de esos frutos. Llevaba una semana en aquel lugar, y un grupo de niños escogidos correteaba por la playa desde la salida del sol. También el animal que derribaba los castillos de derecha a izquierda con su paso. Unas veces, los aguijo3


nes vencían su frágil costillar, otras, el sonido del cuero chocaba con el pelaje cobrizo, pero siempre mostraba un jinete diferente. Le había observado, los otros contemplaban su carrera desenfrenada, pero Aby se adentraba en los ojos de la bestia, en el humo que salía por los huecos en su hocico, los dientes desgastados que dejaban entrever la lengua sofocada y sedienta, mientras las monedas tintineaban en las manos de aquel hombre barrigón que sostenía un tabaco humeante entre la masa de labios. Al oscurecer, el animal guiaba una carreta con un montón de luces. La guitarra los acompañaba entre risas para luego traerlos de vuelta. Aby no podía verlos, pero escuchaba el llanto de los hierros gastados, le robaban el sueño mucho antes de oír al gallo a través de la ventana. Ella, aprovechaba el desvelo para escaparse a la cocina por un poco de azúcar. Al amanecer, cuando nadie la observaba, corría a la bestia amarrada al cocotero que besaba sus manitas con cada grano. Aby acariciaba el escaso pelaje, el huesudo cráneo que mostraba un naciente bulto en la frente, y luego de fundirlo en un abrazo lo dejaba disfrutar del aquel dulce sabor. Ese día se levantó más tarde que nunca, era tiempo de regresar a casa, al salir de la cocina, el cuchicheo que se adentraba en la madera le resultó un poco extraño, pero no desistió, siguió su camino en dirección al portal. Abrió la puerta, y muchas caras desconocidas 4


se posaron en ella, luego se voltearon indiferentes para alejarse cada quien a lo suyo. Buscó el animal con la mirada, pero en la arena, un surco se perdía en dirección a la playa, la soga seguía amarrada al tronco y a unos cuantos pasos descansaban los cocos. El autobús pitó en la entrada luego del desayuno. Ella, aún parada en el portal, miraba a los demás pelearse por los cocos. ¡Nadie se fijó en la soga! Los vencedores corrieron desenfadados, mostrando orgullosos los verdes trofeos, y a lo lejos, un tabaco airoso sonreía; detrás, otra bestia caminaba reluciente. —No llores, cariño, eres una excelente estudiante, volverás en otro momento —le dijo la maestra, que daba por sentado que aquellas lágrimas eran por la partida, y mientras la conducía en dirección al autobús, con cada paso caía un turrón de azúcar. El vehículo salió directo al terraplén. Al rato, del campamento solo quedaba el recuerdo y las lágrimas de Aby. De pronto, un estruendo comenzó a retumbar en los asientos, unos a otros se miraron asustados, pero unos segundos después, una manada de cascos retozaba a ambos lados del camino. Muchos vieron una estampida de hermosos corceles, pero Aby pudo ver entre ellos, la libertad de un hermoso unicornio cobrizo.

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Zapatillas

C

laudia esperó tanto su primer día de clases. Soñó muchas veces con ese momento, entrar al patio grande donde vio correr cada tarde a niños uniformados, con zapatos brillantes y mochilas a la espalda. Imaginó su primera lección, regresar a casa con deberes, que tal vez tendrían que volver a explicarle. Pero no importaba, ella solo quería estar allí y aprender. Pondría en una hoja todas aquellas historias que salían de su cabeza y que recreaba en sus juegos una y otra vez para no olvidarlas. Tendría un montón de libros llenos de imágenes, que leería a sus hijos algún día, como hacían con ella cada noche. Posó su vista nuevamente en el ropero, el uniforme planchado esperaba. A la izquierda, en la mesita, su primer libro de texto escolar, las medias blancas de ocasiones especiales y los zapatos, aquellos zapatos que trajo 7


el anciano Andrés la semana pasada. Los había puesto en sus manos como un tesoro muy preciado, algo de lo que nunca hubiera querido desprenderse. «Muchos caminos debieron haber visto estos zapatos», pensó Claudia. Pero eran los mismos que ahora le robaban toda la emoción del día siguiente. Corrió a la cama, una noche más y saldría puerta afuera. Pero su tristeza se había vuelto tan grande como el océano, ¿cómo podría llevar unos zapatos gastados? ¡Sería el hazme reír en la fila! La niña nueva a la que todos tirarían papelitos a la hora del recreo. Con seguridad, entraría de última para que nadie la viera. Se sentaría todo el día en su pupitre con tal de no mostrar sus vergonzosos pies. El día llegó, abrió los ojitos y allí estaba su madre, como cada mañana desde hacía algún tiempo, remendando ropas o lavando algún tejido del vecino. Era todo lo que podía hacer para ponerle al menos una vez al día un plato de sopa a la mesa. La tienda en la que trabajaba seguía en reparación, el ciclón había barrido con muchos establecimientos, y un montón de viviendas trataban de arrancarse el salitre que dejaron las enormes olas a su paso. Claudia estuvo retardando la partida mucho rato, dio volteretas en la cama, y disimuló una pereza que había dejado atrás en el primer canto del gallo. Lista ya, se dispuso a salir con paso lento. Hacía unos minutos 8


el timbre de la escuela había sonado. En el patio, no quedaba más que la bandera, firme, ondeada por los vientos, recordándole a Claudia que había perdido la primera ocasión de saludarla, con la mano en la frente. Así como hizo su padre en respuesta al auxilio de pueblitos cercanos, donde numerosos pescadores habían perdido con el embate del mar mucho más que un par de zapatos, por los cuales estaba entrando casi de puntillas a la escuela. En todo esto pensaba mientras avanzaba por el largo pasillo que la llevó directo a su primera clase. Al abrir la puerta, se hizo un silencio rotundo, ella solo podía mirar los pies descalzos de sus nuevos compañeros. Levantó su mirada, y muchas caras saludaron sonrientes. —¡Buenos días, Claudia! —exclamó la maestra. Pero Claudia no pronunció palabra, de su pecho solo salió un llanto desconsolado.

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¿Crimen o castigo?

A

Pedrito, sus amigos lo llaman Mariquita porque no se escapa del colegio, ni hace competencias de escupidas o eructos intempestuosos. José Carlos, alguna vez, le lanzó picúas a la hora del recreo, y el gordo de los gemelos le puso una zancadilla ayer cuando iba a la pizarra. Pero hoy la maestra lo ha castigado. —¡Espera en la dirección! —le dijo después de armar un escándalo. Y en toda la escuela se corrió la voz. «¡A Pedrito lo cogieron in fraganti!». Al escuchar la noticia, los varones cuchichearon risueños al pasar por su lado, no le dijeron Mariquita, le palmotearon el hombro mostrando su orgullo varonil. 11


Aunque alguno pensó que pudo haber escogido a una niña más bonita para mirarla en el baño. Las niñas lo miraron con recelo, hicieron gestos con la boca, o le viraron los moños, y por si no se dio cuenta del reproche femenino, le lanzaron palabrotas. Solo Martica no dijo nada al pasar por su lado. Lo miró con ojos de sapo, apretó un papelito en la mano y sonrió. ¡Ahora sí estaba en aprietos! ¿Qué explicación podía darle a la directora para aquella indisciplina? ¿O a sus amigos? Que ya lo creían muy macho y hasta le hacían señitas. Si les decía, volvería a ser juguete de los niños en la escuela, y si no, cargaría todo el curso con la culpa de un delito que no había cometido. Luego de pensarlo un rato, se dio cuenta de que seguiría castigado de cualquier forma. Pero si decía la verdad, era posible que Martica, devolviera el papelito que llevaba un corazón con sus nombres enlazados, y esta, aunque no dijo nada al pasar por su lado, ya le había sonreído, y eso era algo. Así que prefirió quedarse en silencio y esperar el castigo.

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CUENTOS PA

ALARGAR -LA

RA

«Alitas de papel» es una aventura de catorce cuentos, donde encontrarás un Mayito que consigue salvar el mundo con un simple deseo; una niña que da vida a un espantapájaros acariciando un corazón de papel; y muchos otros personajes más… Catorce aventuras increíbles sin grandes artilugios narrativos, más allá de la sinceridad con la que son abordadas las historias, acompañando a vendedores de sueños o ladrones de promesas, y donde las alas de la abuela Teté te llenarán de amor y esperanza para volar más allá de las nubes de papel. Valores implícitos: A través de estos relatos, se pretende trasmitir una serie de valores humanos en los niños, como el respeto y el cuidado de los mayores, el amor a la naturaleza, la amistad, la familia. Pero también educar a los adultos, que al dejar de ser infantes han olvidado lo hermoso y frágil que es la niñez. Así como un ala rota frustra el vuelo, o en una página malgastada se pierde una historia, una mala enseñanza puede lastimar una vida, y los valores inculcados a temprana edad también pueden salvarla. Este libro pretende ayudar, en lo posible, a elevar el vuelo de nuestros futuros gigantes, con una importante dosis de realismo que se enmascara tras el mundo maravilloso que divisa la niñez.

babidibulibros.com

ISBN 978-84-18499-71-5

9 788418

499715


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