Alarrota
Gema R.P. Estel
Capitulo1
El conjuro y la mancha
—¡¡Ay, qué frrrrrríííío!! —Estel cayó en un charco que las gotas incansables de lluvia habían ido llenando según iban cayendo del cielo—. ¿Dónde estoy? —Lo único que recordaba era haber dado las buenas noches a su esposo para después acostarse. Miró alrededor y sintió que el miedo atrapaba su corazón, pues la cercaban en corro unas plantas altísimas con telarañas gigantescas que parecían hilos de plata a la luz de la luna, escuchaba el arrastrarse de bichos nocturnos entre
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las hierbas silvestres y las miradas curiosas de animales escondidos entre la maleza se le clavaban en todo el cuerpo. De repente, un humo negro lo llenó todo, provocándole un fuerte ataque de tos que la hizo caer al suelo. Ella sabía lo que significaba eso: la hechicera se hallaba allí. Cuando la reina hada levantó la cabeza la vio: alta, pálida, con un rostro malévolo y con sus alas gigantescas y multicolores. —¡Bienvenida, majestad! ¡Estaba nerviosísima esperando vuestra llegada! Creo que necesitáis mis servicios, pues he sabido de vuestra desgracia. La reina se llevó las manos a la tripa. —Sí, Estel, os hace falta un heredero. Si no, ¿quién reinará después de vos? Ya sabéis cómo se pelea el pueblo por ocupar el trono cuando los reyes no... tienen... hijos —la bruja pronunció muy lentamente estas últimas palabras que se hincaron cual dardos en el corazón del hada. —¿Conocéis alguna solución a mi problema? —preguntó la llorosa Estel. —¡¿Que si conozco?! Bien sabéis que sí. La pregunta es, ¿estáis dispuesta a que use mis conjuros en vos?
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Un mar de inquietud llenó el corazón de la joven. A lo largo de los años muchas habían sido las advertencias que se le habían dado sobre recurrir a la hechicera Ilusia en busca de socorro, pues sus intenciones rara vez eran buenas. Pero también era verdad que el reino necesitaba un heredero para mantenerse en la paz y en la prosperidad y, aún más importante, los reyes suspiraban por tener un hijo. —Sí, deseo que uséis vuestros poderes sobre mí. Pero ¿cuál es el precio? —dijo Estel. —Tranquila, mi niña. Eso lo hablaremos cuando ya tengáis en vuestros brazos al bebé. Un temblor helado corrió por todo el cuerpo de la reina. Sin embargo, dijo: —Adelante, entonces. Nada más escucharla, Ilusia levantó los brazos y empezó a decir con una voz grave unas palabras extrañas que Estel no lograba comprender. Una oscuridad monstruosa tapó hasta el último resplandor de la luna y toda la naturaleza enmudeció. Solo se escuchaba el conjuro de la maga. Unas punzantes llamas negras comenzaron a envolver el cuerpo de Estel, luchando por meterse dentro de ella. La reina se doblaba de dolor, sentía que toda esperanza, todo amor que tenía
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hacia los demás se convertía en polvo y ceniza y solo aparecía en su corazón el deseo de un hijo hermoso y robusto, que pudiese llevar el pesado trabajo de reinar y de hacer crecer a su pueblo. Cuando ya la reina estaba a punto de desmayarse del dolor, Ilusia paró el hechizo y chirriando de cólera exclamó: —¡¡No puede ser, mi magia es más poderosa!! ¡¡Aaaaaaahhhggg!! —Un resplandor cegador salió del cuerpo del hada y quemó a la bruja, que huyó aullando y chillando de dolor. Lentamente, la luz desapareció y Estel, dolorida en todo su cuerpo, se tumbó en el suelo. La humedad de la tierra era para ella un bálsamo refrescante. Después se levantó y se dio cuenta de que tenía el vestido roto en la parte del vientre y que una mancha negra rodeaba todo su ombligo. —¡Es la marca de la hechicera! —dijo tapándose la cara con las manos—. ¡¿Qué es lo que he hecho?! —Un viento impetuoso se presentó sin avisar, llevando el eco de los quejidos lastimeros de la reina hada. Lo cierto es que Estel sabía que tenía que volver a palacio, pues su pueblo estaría preocupado y más aún el rey. ¡El rey! ¿Cómo le podría explicar lo que acababa de ocurrir? La vergüenza y la cul-
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pa crecieron en ella de tal forma que le oprimían el pecho, impidiéndole respirar. Mas estos sentimientos no ganaron la batalla en su corazón: pues al mirar su mano, descubrió en su dedo su alianza y recordó la promesa eterna que le había hecho Tikvá el día de la boda. Se aferró al anillo, cerró los ojos y deseó con fuerza volver a estar en casa. Las luciérnagas habían empezado ya su oficio de lámparas de la noche en el reino Nomeolvides cuando su señora llegó. Algunos nomeolvides desbordaban el rocío acumulado durante el día compartiéndolo entre ellos con un melodioso y alegre ¡chof! ¡chif! ¡chof! Otros, servían como hogar a las hadas las cuales habían puesto como tejados plumas de cisne que parecían sombreros de pico. A través de las diminutas ventanas de las casas, tímidos fuegos fatuos empezaban a encenderse cual pedacitos de rayos de sol habitando en vasijas de porcelana dorada. En el centro de todo el reino se levantaba el castillo de la Luna, vivienda de los soberanos y lugar de acogida del pueblo. Todo el palacio era un tallo lleno de nomeolvides azulados unidos entre sí con puentes aterciopelados de pétalos de rosas y margaritas que eran los toboganes
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favoritos de los juguetones niños hadas. Los tejados del palacio lucían telas de araña que sujetaban diamantes con destellos blancos. Había grandes ventanales con balcones de pétalos de margaritas atados entre sí con tela de araña en todos los nomeolvides, y de los cuales se escapaban luces cálidas y acogedoras. Desde una de las puertas del palacio, Tikvá vio a su reina y entonces, cual rayo, voló hacia ella. Una vez que los esposos se reencontraron, Estel vio en el rostro de su marido las huellas de su marcha, pues la angustia y la preocupación le habían teñido el rostro con una palidez blanquecina. El rey, con lágrimas corriendo por sus mejillas, apretó a su mujer contra su pecho y la condujo lentamente a sus habitaciones después de haber tranquilizado a los súbditos que se encontraban con él. Una vez dentro de ellas, Estel, llorando, le confesó todo y le enseñó el signo de lo que había hecho. Tikvá, cogiendo la cabeza de su mujer entre sus manos, con la mayor dulzura de la que rebosaba su corazón, le dijo: —No hay cosa en Fantasía que puedas hacer que me aleje de ti. —Y los dos se unieron en un abrazo cariñoso.
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Capitulo2
Las alas no quieren crecer
Muchas veces la nieve y el hielo abrigaron los nomeolvides de las hadas desde esa noche y, en el momento en el que toda la naturaleza estaba de fiesta por la llegada de la ansiada primavera, también el reino de Estel y Tikvá celebraba una alegría desbordante, pues sus monarcas habían concebido una niñita muy linda a la que pusieron por nombre Luz. Sus ojos eran de un azul igual al cielo del verano; sus cabellos, como la más negra de las noches; su cuerpecito, brazos y piernas eran tan blancas que podían compararse a las perlas más
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finas; pero, un momento... ¡¡LAS ALAS!!... ¡¿QUÉ LE PASABA EN LAS ALAS?! No eran como las que poseía cualquier habitante del reino de las hadas: parecía que estuvieran cortadas a la mitad y dentro de ellas se podían ver hilos blanquecinos que les daban una apariencia de rotura. Los padres de la pequeña no parecían preocuparse por esta mutación extraña pues ¡era tan grande el regocijo que la niña les había traído a su hogar que no cabía ninguna otra cosa más! Sin embargo, llegó el momento en el que los infantes hadas eran convocados a palacio para empezar sus lecciones de vuelo y las alas encogidas de la princesa parecían no querer crecer. Luz suspiraba por volar. Este anhelo la perseguía por el día, pero también por la noche. Soñaba con surcar los cielos, sentir el viento en la cara revolviendo su pelo y moviendo sus vestidos. Al día siguiente, se esforzaba por hacerlo realidad: saltaba una y otra vez, y otra y otra, para intentar alzarse del suelo, aunque solo fuera un pie. Durante uno de estos intentos, cayó en la cuenta de algo importante: cuando había observado desde el balcón de sus habitaciones las clases de vuelo, el profesor hacía coger carrerilla en los toboganes de palacio a cada uno de sus alumnos.
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Cualquier cosa puede pasar en Fantasía, incluso que la heredera al trono de las hadas nazca con las alas rotas. Esto es lo que le pasa a Luz, princesa del reino Nomeolvides. ¿Qué podrá hacer un hada que ni siquiera puede volar contra la maldición que Ilusia, el hada hechicera, ha preparado para el pueblo de Luz? ¿Cómo frenará la princesa la amenaza de fuego que se abalanza sobre Nomeolvides? Quizá sus alas rotas sean lo único que puede vencer a la bruja.
ISBN 978-84-18942-38-9
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788418
942389
Si no lo leo no lo creo