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Las mil y una tardes

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LAS MIL Y UNA TARDES “Els grans fem contes per als nens i les nenes” 2012

Aviparc Centre de dia

Aviparc Centre de dia, S.L. · www.aviparc.com · Tel/Fax 93 339 59 08


Este cuento ha sido escrito en colaboración por usuarios de Aviparc y el responsable del taller de creación literaria del centro: Angela Villoria Rengel, Carme Sabanés Vilaró, Marta Samper García, Rosa Alvarez, Magdalena Vela Franco, Maria Molins Giralt, Maria Badia Viñals, Elías Pérez Ripoll, y Pablo Peñarroja Jolonch (animador).

Todos los derechos reservados © Pablo Peñarroja Jolonch, 2012, por el texto © Ediciones Aviparc, 2012, por esta edición © Edmund Dulac, por las ilustarciones


LAS MIL Y UNA TARDES

A vosotr@s que viviréis cien años

Como el emperador Kublai Kan ante Marco Polo. Igual que el sultán Shahriyar frente a Sherezade. Cada martes por la tarde, abro la tienda de recuerdos, y, después de más de trece años, sigo escuchando con creciente curiosidad y atención a las personas que al final de sus vidas quieren transmitirme sus historias, y así, dejar constancia de su pasado. No somos más que comunidades de memoria, y yo sé muy bien que el día que ya nadie quiera explicarme sus vivencias desapareceré. Formado el círculo, sea verano o invierno, filtrándose por los ventanales los rayos del sol o en la tenue penumbra de la luz crepuscular, fluyen los recuerdos de los que estamos hechos. Sentado frente a las cientos de personas que se han ido sucediendo a lo largo de estos años en nuestro particular círculo de contadores de cuentos, intento registrar cada detalle, aprender y tomar nota: María, casi centenaria, recuerda como si fuese hoy el día que, llevando en brazos a su hijo casi recién nacido, se vio sorprendida por una terrible tormenta de granizo. Eran las doce del mediodía. Habían pasado la mañana en casa de unos familiares en Balaguer. Tomó el viejo sendero de tierra para regresar a su casa en las afueras del pueblo. De camino, ya lejos de la protección de casas y personas, nubes y más nubes se fueron acumulando en un cielo cada vez más aterrador. María apretó a su hijo contra su pecho, protegiéndolo. A lo


lejos, un árbol. Aceleró el paso. De pronto, una tromba de agua dio paso a una insólita descarga de granizo. Estruendosa. Devastadora. María no pensó más que en su pequeño. Lo envolvió con su cuerpo y aguantó los embates del granizo, que como piedras caídas del cielo, la golpearon durante unos interminables minutos. No quiso acercarse al árbol. Aguantó por su hijo. Ahora, lo explica y todos nos sentimos emocionados. Ella aún recuerda el miedo que pasó. Otro recuerdo se deja ver, éste es, sin embrago, un recuerdo reciente. En una visita a la población de Vallgorguina, el pasado se hizo visible

con

una

fuerza

conmovedora.

Adentrándose por las calles del pueblo, nuestra protagonista,

llamada también María, sufrió

una fuerte impresión. Su expresión alertó a sus familiares. Y ante la pregunta: ¿te encuentras bien, madre? Ella contestó: acabo de ver a vuestro abuelo. Me he vuelto a ver a mí misma a la edad de 7 años. Gracias a esas calles, se había asomado a su memoria el vivo recuerdo de cuando a esa temprana edad acompañaba aquí a su padre que afinaba pianos. Verse otra vez. Reencontrase con los que ya no están. Para eso están los recuerdos. Un ladrón, un ladrón de oro. El recuerdo de una vivencia digna de las mil y una noches se abre paso entre el círculo. Pero éste viene riendo. Es también un recuerdo claro aunque ha tardado en hacerse visible. Hace muchos años existía un taller de joyas frente a la casa de Angela. En ella se trabajaba el oro. Una pequeña ventana hacía las funciones de respiradero. Una noche, esta mínima obertura quedo sin cerrar. El ladrón vio la oportunidad servida en bandeja de plata. Pero el cálculo de dimensiones no era su fuerte.


Pasó la cabeza y los hombros por la ventana, pero hasta ahí llegó su trayecto. Quedó atrapado sin poder avanzar ni retroceder. Sus gritos desesperados alertaron a los vecinos, entre ellos a Angela, que al salir al balcón pudo ver unas piernas agitándose en la ventana del taller. La policía llegó. Y aún escucha las risas de todos los vecinos. Y la del policía con bigote, también. La niebla se adentra en el círculo. El tiempo avanza. Se acumulan las tardes. Pero antes, como un chispazo, se filtra un recuerdo fugaz: Elías, haciéndose pasar por hijo de alguno de los asistentes, colándose en el Molino; el cabaret más famoso de la época. Pero volvamos a la niebla. Rosa, recuerda lo mal que lo pasó una tarde que viajando con su familia en coche, en pleno puerto de pajares, les sorprendió una densa niebla que les impedía la visión. Bordeando el precipicio, avanzaban a paso de tortuga intentando no perder de vista la línea de la carretera. No se atrevían a parar por si un coche les envestía por detrás. La niebla lo envolvía todo. Bajó del coche para guiarlo. Y caminando, envuelta en la niebla húmeda, unos pasos por delante del coche, consiguieron superar el puerto. No lo olvidará. Inesperadamente, el fantasma de una serpiente recorre el círculo. Otro recuerdo. Otra historia de vida. Ocurrió en el bosque. Carme fue a buscar setas. Llevaba un cesto. Se detuvo frente a un árbol. Notó un cosquilleo que le subía por la pierna. Al mirar, distraída, vio la cara de una culebra que se le enroscaba. Soltó el cesto lleno de setas. Gritó. Y salió corriendo, dejando atrás a la serpiente. Un escalofrío nos estremece.


El tren. Lo mal que me lo hizo pasar mi madre en aquel tren. Es lo que Magdalena nos cuenta. Tenía siete años. Pero el billete para menores de cinco era más barato. Así que su madre le pidió que si le preguntaban dijese que tenía cinco años. Subieron al tren. El sonido de la locomotora se percibe claramente. Entonces Magdalena cayó en la cuenta que le faltaban varios dientes. Pensó que si el revisor lo veía pensaría que era mayor y delataría a su madre. Decidió estarse todo el viaje sin abrir la boca. Y la gente le decía: qué niña más guapa, que rica. ¿No habla? Parece tonta, pobrecilla. Y ella aguantando por no descubrir a su madre. Al bajar del tren casi se la come. Se van sumando las tardes, acumulándose recuerdos en forma de cuento o cuentos que nos proporcionan los recuerdos con los que se tejen las ciudades invisibles que Marco Polo, pacientemente, le describía al emperador. Muy cerca de alcanzar las mil y una tardes, levanto la sesión a la espera de más historias, de más recuerdos. Para seguir siendo. Para no desparecer jamás.

FIN


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