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La extraña herencia

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LA EXTRAÑA HERENCIA “Els grans fem contes per als nens i les nenes” 2013

Aviparc Centre de dia

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Este cuento ha sido escrito en colaboración por los usuarios y usuarias de Aviparc Centre de dia y el responsable del taller de creación literaria del centro

Todos los derechos reservados © Pablo Peñarroja Jolonch, 2013, por el texto © Ediciones Aviparc, 2013, por esta edición


LA EXTRAÑA HERENCIA

Al recibir un guante como única herencia de un desconocido y misterioso familiar de América, Luís pensó que ese hombre que emigró a Méjico para salvar la vida, siendo él un recién nacido, y al que toda la familia consideraba un caso perdido era, efectivamente, un loco. Durante su juventud, Luís apenas había oído hablar de aquel Tío de América. Sólo algunos comentarios confusos sobre su afición a realizar extraños inventos que a punto estuvieron de costarle la vida. Después, un manto de silencio cayó sobre él y nunca más se supo. Luís, guardó el guante en el fondo de un armario y se olvidó de él. Pasaron los años y Luís se hizo mayor. Muy mayor. Su cuerpo fatigado no le dejaba descansar y la desesperación se iba apoderando de él. Una noche de tormenta, en que el dolor le impedía dormir, cansado de tantas noches en vela recostado en el sillón, ya que en la cama le era imposible estar más de una hora sin sentir una molestia insoportable en los hombros que se extendía por todos los brazos hasta paralizarle por completo las manos, Luís rabiaba de dolor. Desesperado abrió el cajón de los medicamentos en busca de un calmante, pero sólo encontró cajas vacías. Pensó en salir a la calle en busca de una farmacia de guardia, pero la lluvia era muy intensa y caía acompañada de relámpagos, rayos y truenos. Además su movilidad era ya la de un anciano, un hombre mayor, al que cada vez le costaba más desenvolverse sin la ayuda de los demás. Caminaba con dificultad con la ayuda de un bastón. Salir aquella noche de tormenta hubiese sido un suicidio. Pero el dolor le hacía rabiar. Se dejó ir sobre el sillón, a punto de llorar. Se levantó y con los ojos inyectados en sangre empezó a buscar como un loco por toda la habitación una píldora que calmase su insoportable dolor. Abrió y vació todos los cajones. Buscó bajo la cama. En las estanterías y, finalmente, se dirigió hacia el armario. Lo abrió y empezó a buscar entre la ropa, en los bolsillos, entre las mantas. Las prendas iban saliendo del armario para


amontonarse en el suelo de la habitación. En medio de tal alboroto, se fue la luz. La fuerza de la tormenta había conseguido averiar el suministro de electricidad. Con la luz, se fue también el calor que el pequeño radiador eléctrico daba a la habitación. Luís, entonces, pensó que aquello era el final. Dejó de buscar. Estuvo a un paso de rendirse. Su último pensamiento fue de agradecimiento a su hija y a sus nietos. Entonces, en el rincón más oculto del armario le pareció ver un pequeño destello dorado. Una luz muy tenue en la oscuridad total. Alargó el brazo y con la mano extrajo el guante de piel con una cremallera dorada que hacía muchos años había recibido como herencia de un lejano y desconocido familiar y del que ya ni se acordaba. Con el guante en la mano, los ojos llorosos, la habitación en penumbra y observando, a través de la ventana, la cortina de lluvia que estaba cayendo junto al resplandor de los relámpagos y escuchando el estruendo de los truenos, Luís se sentó en el sofá. La situación era insólita. Pero lo que estaba a punto de suceder todavía lo sería más. La culminación de todos los sueños. Algo totalmente inesperado. Sin nada que aliviase su dolor, Luís decidió probarse el guante heredado. En el preciso instante que el guante quedó perfectamente encajado en su mano, un resplandor muy intenso empezó a crecer desde el interior del armario hasta inundar toda la habitación que parecía haber recuperado la luz. Un calor muy agradable se instaló en el cuerpo de Luís. De repente, un hombre apareció en la habitación. Llevaba puesto un guante igual que el de Luís. Su pareja. Pero, ¿quién era ese hombre? Luís no tardó en conocer la respuesta. Era su tío de América que al volver a la vida después de tantos años encerrado en el guante que dejó en herencia a Luís, le concedió tres deseos en agradecimiento por haber realizado el sortilegio que él había preparado. Si el familiar que recibía el guante en herencia, se lo ponía y le encajaba, él volvería a la vida y le concedería tres deseos. El truco había funcionado. Era realmente un inventor mágico. Y ahora se había podido demostrar. Luís no salía de su asombro. Lo que más le preocupaba era el dolor. Ese fue el primer deseo concedido. A


partir de ese mismo momento, Luís descubre en su cuerpo cansado y dolorido síntomas de un rejuvenecimiento maravilloso. Luís no podía creer lo que sentía. El dolor desaparecía y sus brazos, manos y piernas recuperaban una fuerza ya olvidada. Una energía de otros tiempos. El segundo deseo, tuvo que ver con la época del año. Estábamos en Navidad, la lluvia torrencial de hacía una horas, se había convertido en nieve que caía suavemente sobre la ciudad. Me haría mucha ilusión ganar la lotería de Navidad, susurró medio avergonzado. Luís, no pensaba sólo en él, al pedirle este deseo. Su hija y sus nietos no estaban pasando un buen momento y el dinero les iría muy bien. Y el tercer y último deseo fue quedarse con él, volverlo a ver, saber más de su vida. Para eso, el tío de América, le pidió una condición. Te quedarás el guante, le dijo, y siempre que quieras podrás verme, sólo tienes que ponértelo, pero para poder quedártelo has de prometer que el guante no se perderá y, sin desvelar su secreto, cuando tu faltes deberás haberlo dejado en herencia al familiar más joven. De él dependerá que el talismán de los tres deseos ayude a nuestra familia para siempre. Y acabó diciendo; la culminación de todos los sueños se hará realidad si no nos rendimos jamás y nuestro corazón es más grande que nuestro egoísmo y si, al final del camino, nuestro último pensamiento es de agradecimiento a los demás.

FIN

Todos los derechos reservados © Pablo Peñarroja Jolonch, 2013, por el texto © Ediciones Aviparc, 2013, por esta edición


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