CABELLO DE ÁNGEL “Els grans fem contes per als nens i les nenes” 2009
Aviparc Centre de dia
Aviparc Centre de dia, S.L. · www.aviparc.com · Tel/Fax 93 339 59 08
Este cuento ha sido escrito en colaboración por usuarios de Aviparc y el responsable del taller de creación literaria del centro: María Obiols López, Lola Villaplana Alemán, Francisca Guerrero Luque, Josefa Ortuño García, Pilar Gayán Ramón, Josefa Romero Troya, Angela Villoria Rengel, Carme Sabanés Vilaró, Josefa Ruiz Doncel, Francisco Alonso Cavero, Emilia Griñena Soler, Mateu Seguí Reynés, Enric Guillamot Almirall, Marta Samper García, Soledad Gaviria Montoy, Carmen García Leániz, María Auguet Mayoral, María Llopis Vilaltella, Carme Gros Ezquerra y Pablo Peñarroja Jolonch (animador).
Todos los derechos reservados © Pablo Peñarroja Jolonch, 2008, por el texto © Ediciones Aviparc, 2008, por esta edición
CABELLO DE ÁNGEL El estruendo de la traca que anunciaba el inicio de la fiesta mayor, la sorprendió dormida frente a la chimenea de la casa de acogida donde vivía. Hoy, día en que el barrio estaba de fiesta, cabello de ángel, una chica huérfana que desde que ingresó en la casa apenas había salido a la calle, se encontraba sola; sola en el mundo. Lo que se presentaba como un día triste con la tarea de limpiar a fondo las habitaciones y la cocina como única distracción, se transformó de repente por una inesperada visita. Estaba fregando el suelo de la cocina cuando, al levantarse para desentumecerse, lo vio de pie junto a la puerta, con ese traje antiguo; típico de los campesinos del siglo XIX (eso ella no lo sabía). —Hola, ¿Qué haces aquí sola?— preguntó la aparición. —Vivo aquí— contestó cabello de ángel. —No es día para quedarse sola en casa. —No conozco a nadie y aquí estoy bien. —Te propongo un viaje en el tiempo. —Pero, ¿tú quién eres? —Ya me conocerás. El extraño campesino desistió de utilizar palabras para convencer a la chica, que prudentemente no había aceptado la invitación de irse con un desconocido, y pasó a los hechos. Con un chasquido de dedos transformó la bata azul y blanca que vestía cabello de ángel en un precioso vestido de fiesta. El balde de fregar en un elegante bolso. Y la escoba, en un collar de piedras verdes. Ante tal evidencia, la chica aceptó ir con él. Frente a la casa de acogida, a los pies de la gran escalera, esperaba un carruaje insólito, de los que se utilizan en el barrio para dar la bienvenida a los Reyes
Magos de Oriente. Sí—pensó cabello de ángel—esto debe ser cosa de magia. Y ya en el interior aquel hombre le empezó a contar: —Hubo un tiempo en que Les Corts fue un barrio muy diferente al que ahora puedes ver. Desde esta carroza te voy a enseñar como era el barrio hace más de medio siglo, cuando tu no habías nacido y yo ya había muerto. Al escuchar esto, cabello de ángel, se desvaneció. Y al volver en sí, el barrio ya era el de otra época. Lo primero que le sorprendió fueron las fábricas. Muchas y diferentes. Químicas, textiles, de carbón, cerámica y vidrio, las mecánico-metalúrgicas, de alimentación y bebidas, editoriales y artes gráficas. — ¡Cuantas fábricas!—exclamó asombrada cabello de ángel. —Más de 200 y ahora, en tu época, sólo queda una chimenea, una portalada y dos naves industriales. Los tiempos cambian…—suspiró el hombre de otra época. También le llamó la atención la ausencia de casas y la cantidad de campos y huertos que se extendían a su paso. Y las masías y los hospitales. Al pasar junto al asilo de San Juan de Dios, pensó en el lugar donde vivía. Ante sus ojos aparecieron El Vidriol, donde sintió el fuerte olor a productos químicos, las Cristalerías Planell, donde pudo ver a niños más jóvenes que ella trabajando en los hornos de cristal, las bodegas Can Deu, La Pániker, donde vio al deslumbrante hombre del turbante que fabricaba la cola Avión, y al acercarse a la fábrica de cintas Benet Campabadal, escuchó claramente el ruido de los telares. El recorrido les llevó al canódromo del sol d’abaix, al campo de fútbol Catalunya les corts, a la colonia Castells y a otros muchos sitios que ya no existen.
A mediodía, se detuvieron en una explanada junto a la Diagonal, conocida como la Font dels Ocellets, a la que la gente solía ir a pasear. El hombre de otro tiempo extendió un mantel en el suelo, chasqueó los dedos y…, bueno ya podéis imaginar que sucedió. Después de comer se acercaron al Camp de les Sargantanes, testigo de juegos y peleas infantiles a pedrada limpia y al ponerse el sol el hombre dio una orden: Ahora a bailar. Estaban en otra época, pero el barrio celebraba su fiesta mayor igual que siempre y es que según le dijo tiene 202 años de historia, así que al caer la noche la carroza les condujo al entoldado de la Plaza de la Concordia. Al llegar, la orquesta tocaba el ball de Rams, una multitud bailaba y entre ellos un joven que llamó la atención de cabello de ángel. Con un nuevo chasquido de sus dedos, aquel hombre de otro tiempo que hacía magia, los puso a bailar en el centro de la plaza, observados por todos. Con él bailó toda la noche: el ball del fanalet, el ball robat,… Hasta que avanzada la noche el carruaje les acercó a la calle Robrenyo, donde vivía Enric, que así se llamaba el joven. Al bajar de la carroza, él le preguntó dónde vivía y ella no supo que contestar. Enric, intuyó que aquella chica no tenía adonde ir y la invitó a quedarse con su familia. Al ir a despedirse de aquel hombre tan sorprendente le volvió a preguntar: —Pero, ¿tú quién eres? —Ya me conocerás. Esas fueron sus últimas palabras antes de desaparecer en la oscuridad. La traca que anunciaba el final de la fiesta mayor, la sorprendió dormida en una de las habitaciones de la casa de Enric, el joven que conoció en el baile. Y fue como si despertará de un sueño. Al asomarse a la ventana, el barrio volvía a ser el que ella conocía y la casa no le resultaba extraña, incluso su aspecto, ya de mujer, no le sorprendió al verse en el espejo. Entonces oyó un
estrépito de voces lejanas. Abrió la puerta y vio a Enric y a dos niños que la estaban llamando: —Soledad, ven enseguida, no vas a creer lo que hemos encontrado en el huerto. Tampoco le extrañó ese nombre, Soledad, que identificó enseguida con el suyo. Sí, se llamaba Soledad. Y en el huerto recordó que hacía pocos días el Ayuntamiento les había asignado uno, y se dio cuenta que esa era su casa y aquel hombre y los niños, su familia, y que ya no estaba sola en el mundo. De la mano de sus dos hijos pequeños, se asombró al ver una enorme calabaza que ocupaba todo el huerto. El más pequeño de los niños le preguntó si podrían hacer cabello de ángel con aquella calabaza. Y ella, mirándole con ternura, le dijo que sí, que harían todo el que quisieran. Era un cálido domingo de Octubre, día en el que acababa la fiesta mayor del barrio de Les Corts, Soledad (antes cabello de ángel) salió a pasear con su familia y al llegar a la Plaza Comas, una escultura situada frente al Ayuntamiento, la dejó sin habla. Allí estaba la figura en bronce del hombre de otro tiempo vestido de campesino que había cambiado su vida. Al fin lo conocía. Se llama Pau Farinetes y desde entonces, cada domingo, se acerca a saludarle dando un paseo por el barrio. FIN