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Evelia. Testimonio de Guerrero

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Evelia


“Yo existía como él quería que yo existiera”

Nos separa una mesa de madera. Coloco mi cámara. Rec. Mi grabadora. Rec. Hago claqueta y me siento frente a ella. “Me inicié en apoyo de mi papá, porque la lucha la empezó él”, dice Evelia de sus primeros pasos en el activismo social en Guerrero, que le ha llevado a forjar su actual notoriedad dentro de su comunidad. Nació en Iguala hace treinta y nueve años y creció en Cocula, pero con apenas dos años cruzó la frontera norte de manera ilegal con sus progenitores, sus hermanas —Indira Jazmín y Seija, que tenían seis y cuatro años, respectivamente—, y su hermano Jeese, de siete meses. Su papá, Evelio, había decidido llevarse a toda la familia a Houston. Buscaba, como tantos mexicanos, una mejor vida en Texas. Allí se gestó otra hermana: Virginia. Después de dos años en Houston y otros tantos en Chicago, la familia regresó a México para instalarse en Tamaulipas, donde vivían varios hermanos del papá. Algunos de éstos abusaron durante años de una de sus hermanas. Cuando aquello se descubrió, la pasividad de Evelio llevó a una traumática separación. La mamá, Eduwiges, se llevó a todos sus hijos de vuelta a Cocula. Evelia estaba por cumplir diez años. Su padre se fue a Estados Unidos una vez más hasta que, un año más tarde, volvió para reconciliarse con su mujer. “Ahí viene mi hermana la más chiquita: Blanca Amy. Después de eso, mi papá se fue otra vez al Norte y ya no volvió”. La señora Eduwiges, una vez que la familia paterna no reconoció a los hijos, tuvo que hacerse cargo en solitario de ellos. El esfuerzo fue titánico “porque las costumbres de los pueblos, con una mujer dejada o viuda… ¡Se tiene casi que encerrar para que no la prostituyan!”, dice Evelia con una sonrisa cargada de pesar. Y así su madre se encerró con la abuelita en su panadería, quien le dio treinta pesos diarios por el trabajo. Esos eran todos sus ingresos para

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educar, vestir y alimentar a sus chicos. Sin espacio en la cama, donde sus seis hijos se hacinaban en hilera para poder dormir, la mujer pasaba las noches fumando y escuchando música, esperando a que la mañana trajera un día más. Y el pan hacía que los días llegaran temprano, y así pasó los meses y los años, encerrada para que no hablaran mal de ella. Para ayudar a su mamá, Evelia empezó a trabajar al acabar la primaria, con apenas doce años. Durante el primer año de secundaria comenzó a cuidar un bebé. Siguió trabajando toda la secundaria y preparatoria, “cuidando viejitos, haciendo aseo… Lo que se atravesara”, ríe. A los dieciséis años conoció a Bulmaro. Él tenía veinte años y estaba en el XXI Batallón de Infantería de Cuernavaca, al tiempo que acababa la preparatoria en Cocula. “A los dieciocho años salí embarazada y me casé”. Nació José Rodrigo. Pero con el matrimonio llegarían los golpes, una violencia que se extendería por doce años. Por cuestiones laborales se mudaron a Iguala, donde, años más tarde, después de tres abortos espontáneos y un embarazo muy complicado, tendría a su segundo hijo: Jesús Alejandro. Ambos niños nacerían con extraños tipos de epilepsia. Con Jesús Alejandro cumpliendo siete meses, el señor Evelio, ya mayor, regresó a México. Había ahorrado un buen dinero en el Norte, tenido otras mujeres, otros hijos. Su viejo amigo, Jacobo Guadarrama, había lanzado su candidatura a la presidencia municipal de Cocula. “Le pidió que lo acompañara a las comunidades a hacer campaña y mi papá fue a dar a Fundación y Real de Limón, donde se hizo un mitin”. Al presentar Guadarrama a Evelio como amigo de la infancia que venía desde Estados Unidos, la gente se desentendió del acto: querían saber si Evelio hablaba inglés. Y lo hablaba. Entonces le pidieron ayuda: los ingenieros de la minera Media Luna, subsidiaria de la canadiense Torex Gold Resources Inc., les obligaban a trabajar trece horas seguidas sin siquiera descanso para la comida. “Ya que los ingenieros decían que no hablaban español, querían que interviniera para tener al menos media hora”. Evelio, al que su hija recuerda como “candil de la calle y oscuridad de la casa”, se acompañó de los habitantes de la comunidad para hablar con los ingenieros canadienses, y entonces notó las risas

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burlonas y la atención en sus miradas cuando hablaba con los trabajadores. Al percatarse de que aquellos tipos realmente sí hablaban español, les censuró la mofa. Después, además de la parada para comer, les exigió el respeto a las jornadas laborales de ocho horas. Pensionado y delicado de salud, Evelio debía ir a menudo a Houston a hacerse chequeos médicos. Allí habló de la situación con algunos amigos activistas, quienes comenzaron a investigar los proyectos de Media Luna. “Mi papá regresó, pero ahora para explicar lo que realmente estaba pasando en las comunidades. Y la gente decidió defender sus tierras, porque la minera se las dañaba y se las pagaba a veintitrés pesos, haciendo lo que querían con los ejidatarios”. Guadarrama ganó las elecciones y prometió que ayudaría a las comunidades. Evelio confió en la palabra de su amigo. Era 2007 y ya se había logrado parar la actividad de la empresa, lo que había desencadenado las amenazas oficiales, enviadas con el Ejército y la policía. Obligado por su salud a salir con frecuencia del país, y ante el apoyo urgente que necesitaban las comunidades, Evelio pidió a su hija que le ayudara. Ella, además de seguir resentida con su progenitor, estaba absorbida por el ambiente violento en que sobrellevaba su matrimonio, por lo que apenas hablaba con su familia. Su vida se reducía a llevar el cibercafé con el que mantenía a sus hijos enfermos, cuidar de éstos y aguantar los gritos y golpes en casa. “Para mi marido yo era su propiedad y no podía salir del círculo que él me marcaba”. Evelia detiene su relato, observa sus manos quietas sobre la mesa, una sobre la otra, levanta su mirada y frunce el ceño. Entonces reflexiona: las mujeres maltratadas son criticadas y juzgadas constantemente, se les pregunta “por qué no los dejan” a cada instante. “Es difícil de entender si no vives aquello y pasas por todas las fases”, dice antes de pasar a enumerarlas. La primera, el amor: “me pegó, es cierto, pero no se pudo controlar; no lo hará más”. Después, el miedo: “Híjole, ¿y si me defiendo y lo denuncio y donde quiera que vaya me vuelve a pegar?”. Luego llega la vergüenza: “¿Cómo voy a reconocer que me pega? ¿Qué va a decir la gente de mí?”. Por último, el terror: “¿Y si realmente me mata a mí y a mis

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hijos?”. Y ahí habita la razón final por la que la relación continúa y se prolonga, arrastrada por ese mismo terror: “porque ese hombre ha cambiado la mujer que eras completamente”, concluye Evelia. “Y de una mujer alegre, una muchacha alegre que yo era, joven y delgada, terminé siendo la más callada, la que a nadie le hablaba de nada”. Bulmaro le decía, con creciente regularidad y agresividad, que era la mujer más fea y asquerosa del mundo. Cada vez más posesivo, a todo aquel que volteara a mirarla, lo retaba a golpes. “Nadie me podía ver ni hablar, ni siquiera mi familia”. A cada instante le recordaba a su mujer que debía agradecerle “que me fijé en ti, con tantas mujeres que se mueren por mí, porque yo soy un hombre demasiado guapo para ti y nadie se fijaría en ti. Me das asco y le darías asco a cualquier hombre”. Y Evelia se mordía la lengua. “¡Pues te regalo! ¡Ojalá y otra viva contigo! Esa belleza que dices que tienes por fuera y lo horrible que eres por dentro”, pensaba aterrorizada mientras tragaba saliva. Pero su autoestima se hundía cada día más, “porque entre la violencia física y psicológica, la psicológica te marca mucho más”, y al final, al mirarse al espejo, sí, ella se había convencido también: estaba fea, estaba gorda. “Yo misma me daba asco”. Sólo una idea conseguía mantenerla en pie: aun “no siendo mujer”, era madre. “Aunque esté fea, gorda, asquerosa, no me importa que los hombres no me quieran, pero tengo que atender a mis hijos”, se decía. “Eso fue lo que me hizo seguir, el creerme más mamá que mujer. El papel de mujer lo ignoré”. Cuando su padre le pidió ayuda, fue su madre la que la alentó a dejar a un lado su rencor hacia él. Entonces Evelia se comprometió, y el señor Evelio pudo retirarse a Houston a tener su atención médica y buscar ayuda en otras organizaciones. “No sé cómo me llamó la atención irme a la montaña, pero me gustó. Me sentí viva, porque con tantos años de violencia casi dejas de existir como mujer. A mí me veían con unas playerotas abajo de la rodilla, el pelo enredado y no salía más que a atender a los hijos a la escuela… Existía nada más la mamá, pero no la mujer, porque yo existía como él quería que yo existiera”. Aquello trajo aún más discusiones y palizas en casa. Pero Evelia había llegado a una conclusión que no tenía marcha atrás: “si

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me van a matar en casa de un mal golpe, prefiero morir en el monte luchando con mi gente”. Aprendió en los otros y se hizo fuerte enfrentando su realidad con otra mirada. “En el momento en el que empecé a andar en la lucha, volví a sentir que vivía. Cuando empecé a defender la vida de otra gente, aprendí sobre todo a defender mi vida, a defender a mis hijos y a ser mujer nuevamente, a sonreír, a disfrutar”. Evelia ya no era la mujer introvertida y controlada que esperaba su marido al llegar a casa, y comenzó a defenderse de las palizas. Aquella transformación no salió gratis. La regularidad y la fuerza de la violencia se incrementaron, golpes duros, de militar entrenado para darlos. “No sé pelear, pero sí sé aguantar los golpes, y así él supo que el control que tenía, aquello que sentía que yo era para él, lo había perdido por completo”. De pronto, a las luchas contra la minera, Evelia tuvo que agregar su lucha por defenderse de un matrimonio enfermizo. Además, apenas unos meses antes, a su hijo pequeño, Alejandro, le habían diagnosticado un daño cerebral irreversible por una epilepsia de difícil control. Los médicos habían concluido que no podría hablar ni caminar sin ayuda hasta pasados los diez u once años. Para ella, todo esto confluía en un gran reto indivisible: ayudar a sus hijos a superar sus crisis de salud, que se reproducían cada vez con más asiduidad. “Eso me motivó a salir adelante: ya no luchaba sólo por mí, sino también para mejorar la calidad de vida de mis hijos, que era lo que más me importaba”. Al mirar atrás, Evelia no duda un instante al señalar el motor que la ha mantenido en marcha: “Mis hijos son lo que me ha ayudado a superar todo lo que he tenido que vivir; ellos son los que me hacen sentir que vale la pena la vida”. Y así, al tiempo que se involucraba de lleno con las comunidades y la delicada salud de sus dos niños, llegaría el momento de separarse de Bulmaro. Evelia indaga cómo fue aquel cambio que le daría la vuelta de arriba abajo, porque “mis emociones cambiaron de la noche a la mañana”. Hoy confiesa sus dudas unos días antes, cuando aún sentía o se decía que lo seguía amando; “¿y si lo dejo y lo extraño? ¿y si lo dejo y él nunca vuelve conmigo?”, se preguntaba. Sin embargo, hubo un acontecimiento, algo imprevisto que provocó el

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giro decisivo en la trama monótona que todos le habían asignado a Evelia. “Su mamá también sufrió la violencia y el desamor de su familia. Sus hijos no se hacían cargo de ella y, en cambio, yo la cuidaba”. Bulmaro juraba adorar a su madre, era todo en su vida. Pero cuando ésta enfermó y quedó postrada en la cama, lo único que hizo fue darle una pequeña ayuda económica a su padre para que cuidara de ella. “Él se desentendió primero, y luego, junto a otros familiares, la maltrataron. Unos vecinos me buscaron para que me hiciera yo cargo de mi suegra”. Evelia se enfrentó una vez más a su marido, esta vez para poder ayudar a su suegra. Con una poliartritis aguda que afectaba todas sus articulaciones deformándola y provocándole dolores insoportables, la mujer se encontraba en fase terminal. “Ese día, yo me acuerdo bien, él había llegado de trabajar. Trabajaba en la Panamericana, en traslado de valores. Yo estaba muy cansada. Atendía el cíber, iba a la montaña, tenía mis reuniones, cuidaba la casa, a mis hijos y a mi suegra. Era sábado de Box en Azteca”. Cuando Bulmaro llegó, Evelia le dijo que cuidara un rato a su madre mientras ella descansaba. Aquello truncó el plan de noche de su marido, que no era otro que ver el combate de boxeo por televisión. Acostada en la cama, Evelia empezó a escuchar primero los gritos marciales de su marido, y luego una serie de golpes secos. Se levantó de un respingo y corrió a la habitación, donde su suegra sollozaba atemorizada. Evelia se interpuso y le exigió a su marido que parara, que, en ese estado, su madre no merecía semejante injusticia, y le recordó que, apenas unos días antes, el médico les había pedido que le dieran el mejor cuidado y comprensión. Aquello encendió aún más los ánimos de Bulmaro y su furia transformó los gritos en puñetazos contra su esposa. Evelia logró zafarse y esquivar un ventilador que él le lanzó. “Comencé a defenderme y perdí otra vez la noción. De repente, tenía un cuchillo en la mano”. “¡O mueres tú o muero yo! ¡O llora tu familia o llora la mía!”, le gritó a Bulmaro. “Sentí que él quería matarme y yo quería matarle a él”. Un reflejo en el filo, un instante de lucidez, y Evelia se vio a sí misma desde fuera, desde la mirada de sus hijos y su suegra, que tenían los ojos envueltos en pánico. Se detuvo. El cuchillo golpeó el suelo. Y cuando recuperó el aire, le dijo a su marido que le entristecía no

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haber visto nunca al hijo amoroso que decía ser, “que ni él ni sus hermanos merecían una mamá como ella”. Bulmaro, inyectado de ira, cargó a su madre y se la llevó. “Me dijo que nunca la iba a volver a ver. Me la quitó porque sabía que yo quería mucho a su mamá, y ella me quería mucho a mí”. Ese día Evelia le dijo a su marido que no quería saber nada más de él, que se marchara. Y él se marchó. Dos días más tarde sería el bautizo de Alejandro. “Ese niño… cómo ha tenido mala suerte”, lamenta Evelia. “Su papá decía que no sabía dividir su amor y que no lo quería, que sólo quería al mayor, y lo golpeaba”. Bulmaro estaba convencido de que, con el pasar de los días, Evelia volvería con él, como tantas veces antes. Pero para Evelia, haberlo visto maltratando a su propia madre y a ella por defenderla lo había cambiado todo. “De ahí, para mí él ya era un desconocido”. Y rezaba porque no se presentara por el bautizo. “Ese día falleció su mamá”. Evelia se detiene y respira hondo. Sorbe su limonada y se mira la punta de los dedos. Rasca la uña del pulgar con la del índice. “Él pedía consuelo y yo no se lo quise dar”, prosigue, “ya no entendía qué clase de ser humano era”. Así, de pronto, se evaporaron para siempre todos sus sentimientos hacia Bulmaro como pareja. “Ya sólo era el padre de mis hijos, nada más”. A partir de ese momento, a Evelia no le importó más lo que pudieran decir de ella. Sólo quería trazar su camino y transitarlo. Y ese camino la llevaba inexorablemente a la montaña. “Comencé a esforzarme por entender las complejidades de las situaciones sociales”. Y en la acción, empezó a abrumarle no poder cambiarlas, “porque las luchas son largas, pesadas, desgastantes física, emocional y económicamente, porque a veces tienes que aportar tu economía para seguir, porque no siempre las organizaciones tienen la capacidad para llevar las cosas adelante”. Con sus compañeros, empezó a estudiar las cuestiones sociales y psicológicas de las comunidades, así como las estrategias que siguen las empresas extractivas para convencer u obligar a la gente a aceptar los acuerdos. Para ella, como mujer, el reto era aún mayor: “Es muy difícil llegar a comunidades con usos y costumbres machistas, acostumbradas a que los hombres manden y que las mujeres no opinen”. El primer obstáculo que tuvo que salvar fue hacer comprender a los

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Índice

Prólogo .......................................................................................................

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Evelia. Testimonio de guerrero “Yo existía como él quería que yo existiera”................................................

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“En los momentos más difíciles, siendo mujeres, no te escuchan como nos escuchábamos entre nosotras”...............................................................

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“Porque no peleas nada más por ti, sino por tu familia, por tus vecinos, por mucha gente que ni conoces. Porque eres madre, eres padre…”.........

39

“Y que no duele estar abajo, sino no saberte levantar”................................

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Epílogo.........................................................................................................

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Breve nota sobre las fuentes, y algunas pequeñas consideraciones al respecto...............................................................................................

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Agradecimientos...........................................................................................

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Apéndices Mujer militante, Elvira Concheiro Bórquez.....................................................................

81

Mujeres en re-existencia, defendiendo contra las mineras, Letizia Silva............................................................................................

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Minería a sangre abierta: el capital sobre el objeto , Violeta R. Núñez Rodríguez..................................................................

97

En Guerrero, la guerra sucia no terminó, Luis Hernández Navarro.......................................................................

111

Acerca de los autores....................................................................................

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Evelia. Testimonio de Guerrero by Aristegui Noticias - Issuu