Ejemplar de colección
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“...esa hormiga con alas que dicen tzisim...” Rosario Castellanos. Publicación bimestral ■ Edición especial digital ■ Distribución gratuita ■ junio - julio 2020 ■ Comitán de Domínguez, Chiapas, México
junio - julio 2020
Edición especial digital Distribución Gratuita Alejandro Molinari Director General Roberto Carlos Espinosa Vásquez Director Comercial Carlos Antonio Rivas López Director Comercial, en Guatemala
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Dora Patricia Espinosa Vázquez Editora Ejecutiva Patricia Alcázar Relaciones Públicas Fotografía de portada: Archivo Arenilla-revista
NUESTRAS REDES facebook.com/Arenillarevista Twitter: @arenillarevista instagram.com/arenillarevista 9631266418 9631043955 arenillarevista@gmail.com Para eventos sociales, ventas y publicidad 9632365050 Este ejemplar está en tus manos gracias al patrocinio de: San Marcos, Uniksa, Crearte en Madera, Vanity, Italika Refacciones, Dr. Rodolfo Pascacio, Colegio Mariano N. Ruiz, San José Clínica, Técnica Dental Avanzada, Grupo Industrial López Pérez, Brenda’s Joyería, Pillangó Café, Taquería Tres Carbones, Centro de Servicios Aguilar, Refaccionaria Rodríguez, Diagnostícate, Fundación Alexandra Del Castillo Castellanos, Grúas Castillo, Hotel Posada del Ángel, Dr. Rubén Sánchez, Óptica Mayuan, Auditivos de Comitán, Gorditas el Güerito, La comiteca, Panadería La espiga de oro, Abarrotes San Luis, HyC Servicios Comitán, Laboratorio San Francisco, Panadería La Flor de México, Dr. Mazariegos Díaz José Ramón, Notaría Núm.20, Joyería Ámbar Sáharais, Restaurante La Casa de los Cortes, La Huerta Orgánica, Taller La Rueda, The Estampante, Servicio Camacho, El Estudio – espacio fotográfico, Proveedora Cultural de Comitán, Clínica Veterinaria 2000, Churrería Porfirio, Plaza Las Flores Comitán, Whippet y Café Bella Vista. Empresas comprometidas con el desarrollo cultural de Comitán y la región.
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EDIT ORIAL
eguimos en casa. Desde casa trabajamos para nuestros lectores y patrocinadores, porque nuestra prioridad es servir a la comunidad. Abonamos a la esperanza. Llevamos excelentes contenidos hasta los dispositivos electrónicos de nuestros lectores. Sabemos que la palabra es como una compresa para el espíritu. En estos tiempos de incertidumbre sembramos un gajito de amor. Como en cada número de ARENILLA-Revista mostramos un poco de lo mejor que tenemos. Comitán y la región son nuestra prioridad. Llegamos hasta Guatemala, gracias a la diligencia de nuestro Director Comercial. Tendemos un puente en esas orillas que, desde siempre, son hermanas. Estos tiempos son tiempos difíciles, para todos. Sólo unidos podremos brincar este vacío que llegó sin que lo advirtiéramos. De la noche a la mañana, la pandemia nos cambió todos los esquemas de libertad, nos evitó salir a la calle con la tranquilidad que lo hacíamos antaño. Pero ¡eso sí!, nada nos cortará las alas para el vuelo. Acá seguimos tendiendo puentes, volando papalotes en los cielos más altos. Acá estamos. Nuestra misión es brindar un poco de aire limpio. Ustedes son nuestra vocación más nítida. Reciban un abrazo tan ancho como el río Grijalva y tan fuerte como las raíces de una ceiba, nuestro árbol tutelar. ¡Salud! ¡Salud, siempre!
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Zaguรกn
ARENILLA PARA EL
POETA JOSร FALCONI
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1.- Al halcón de tu estirpe, ¿por qué cielos le gusta volar? JF: Por los cielos nublados, a veces tormentosos, de la condición humana; pero entre las nubes se abren huecos de serenidad. A través de estos huecos se filtran rayos de luz solar que alumbran y calientan la inquietud aguda, casi delirante, de ofrecer a los otros los zumos de un tesoro psíquico y emocional que nos pertenece a todos. 2.- Cuando te volvés José, el soñador, ¿cómo le das forma a tus sueños? JF: Primero me dejo llevar por la ensoñación; soy un vagabundo errante por el sueño (o los sueños), que va atento para “cazar imágenes” que puedan acrecer mi asombro. Imágenes que entre las relaciones insólitas de lo que hemos dado en llamar “la realidad”, encuentren más rarezas. Metáforas que introduzcan, con una cínica serenidad, la duda en el seno de lo confiado. 3.- ¿A qué hora sabés que el poema ya está a la misma temperatura de la cerveza perfecta? JF: Cuando las palabras se me empiezan a volver antipáticas. Cuando las siento afiladas como un cuchillo que ya está cortando la emoción. Y me voy poniendo insensible, incoherente, y siento que el poema ya me ve con cierta desconfianza.
un crack. Los tamales y la sopa de chipilín con bolita y el cochito y los maravillosos frutos del trópico. Las gratas sensaciones epidérmicas de las caricias de mis padres cuando fingía quedarme dormido en un sillón, en medio de ellos: el encanto irresistible de sus figuras maravillosamente intactas en mi recuerdo. Más tarde, perdido el paraíso de la infancia, las reuniones poéticas en el Quin’s, cafetería de la Avenida Central, que ya no existe. Sobre esas tertulias literarias, escribí este poema: Raúl Garduño extendíamos la noche sobre una mesa del quin’s y la diseccionábamos con habilidad de cirujano en el café no hay nadie excepto raúl sergio octavio y yo y la noche que raúl lleva a sus labios y la hace rolar y la aspiramos a las diez las calles de tuxtla están solas otro golpe de alcohol otro golpe de noche de otra que no ésta y que nos hemos sentado a construir “los cabellos de la selva a caballo” raúl dice sergio escribe con un trozo de vidrio un nombre en la madera graba este con las iniciales s y c y una flecha que lo hiere octavio guarda la noche en el bolsillo de su saco cerca del corazón cada uno coloca su pedazo de noche sobre la mesa mientras un hombre fantasmal dentro de mi taza de café se decapita
5.- Todo mundo dice que debemos sembrar un 4.- ¿Cuáles son los atributos de tu ciudad íntima, árbol y escribir un libro. Vos escribiste un árbol la que se llama Tuxtla Falconi? para sembrar un libro, ¿verdad? JF: La casa de mis abuelos maternos, Papá Óscar JF: Escribo un árbol es un poemario que me y Mamá Boya; una casa –lo digo en un cuento sigue gustando. Hace muchos años, cuando de mi libro Escala roja— tan llena de presencias escribí los poemas de este libro, me ponía a terrenales y fantasmales. Las excursiones a esa contemplar la copa de un árbol que se asomaba selva infantil que para mí fue el Parque Madero. por la ventana del cuarto en que escribía. Las fiestas familiares en que escuché decir sus Observaba la quietud de sus ramas, o sus lentos poemas a Daniel Robles Sasso, de magnífica voz. movimientos cuando el viento las mecía, o La biblioteca de mi tío Arturo Arévalo, donde sus arrebatos un tanto huracanados cuando aprendí a leer poesía. La figura y la voz de Papá era golpeado por la lluvia o zarandeado por el Lindo, mi bisabuelo, hablando del terrestre ventarrón. Escuché también el viento ulular caballero de la ilusoria Dulcinea. La mistela que entre sus ramas. Veía su presencia tan concreta bebí de niño, el pozol del mediodía, el futbol y terrenal, a veces, y tan fantasmal en otras callejero en que mi primo Arturo se lucía como ocasiones. Este árbol me provocó muchas /arenillarevista
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ensoñaciones y me recordó ciertos árboles de Tuxtla y un almendro que vi en Palenque. La poeta Andrea Montiel escribió, sobre este libro, entre otros comentarios, lo siguiente, definiendo al árbol: “Pone también en comunicación diferentes niveles del cosmos: el subterráneo, a través de sus raíces que se hunden en la tierra; la superficie, de la cual surge su tronco y sus primeras ramas, y las alturas, hacia las cuales aspiran sus ramas superiores y su cima que es atraída por la luz que el cielo nos otorga. Los árboles reúnen todos los elementos: el agua que circula con su savia, la tierra que se integra a su cuerpo, el aire que alimenta sus hojas y el fuego que nace de su frotamiento”. 6.- Cuando al año 68 le diste la vuelta, te hallaste en el año 86, ¿cuál fue el cambio histórico que te marcó más? JF: Un hecho que me marcó, en mi historia personal, pero que también forma parte de la historia contemporánea de México, fue la muerte de mi padre en el accidente, que nunca quedó plenamente aclarado del Cerrón del Mesón, en las proximidades del aeropuerto de Poza Rica, Veracruz. El 25 de enero de 1970 se desplomó (¿o fue derribado?) el avión en que viajaban un grupo de periodistas que cubrían la campaña de Luis Echeverría, candidato del PRI a la presidencia de la República. El otro hecho histórico que me marcó profundamente fue el asesinato de Raúl Ramos Zavala, dirigente nacional de la guerrilla urbana, el 6 de febrero de 1972, en el Parque México. Ese mismo día fui detenido en compañía de varios compañeros. Cito un breve fragmento de un documento del Centro de Documentación de los Movimientos Armados (www.CEDEMA.ORG): “… nos torturaron toda la noche y ahí estaba en la tortura Nazar Haro, él estaba torturando en persona. De nuestro grupo fuimos como seis los que recibimos tortura: Rocío, Falconi, Víctor…” De estos dos hechos históricos hablo en mi novela Fragmentaciones. 7.- ¿Qué descuelga el poeta en el árbol del aire? 6
JF: Angustias y trastornos de todo género, pero también un fruto de azúcar y de luz: el jazmín y la escama del deseo. 8.- Tu apellido materno es Oliva, ¿para qué guisos del espíritu es preciso emplear tu aceite? JF: Para aquellos en que el tiempo hace y deshace la vida. 9.- Si sobre la mesa del comedor de tu casa hallás El Libro de Los Justos, ¿qué pensás? JF: Que alguien quiere llenarme de tristeza. 10.- Cuando estabas con el poeta chiapaneco Quincho Vázquez, además de palmeras ¿qué otras sustancias hallabas en su mirada? JF: Mi respuesta es un poema que escribí cuando me enteré de la muerte de Joaquín. El poema se publicó en La Jornada, cuando la sección cultural de este periódico estaba coordinada por Braulio Peralta: JOAQUÍN VÁSQUEZ AGUILAR (+) Creíste que las palabras fluirían inagotables y derramaste gotas y gotas sobre la yerba de lorquísimas lunas. Litros, un río de palabras, mientras tu cuerpo deseaba germinar en el mar y las aves de Cabeza de Toro. Tierra y agua natal. (Las nubes de tu pueblo desolladas se desangran en silencio.) Frutas de temporada rodarán otra vez bajo mi mesa y copas de licores salvajes que regaron tu rabia, tu dulzura. Pero tú ya no aparecerás. Extraña belleza en tus poemas de armonía arrancada a la angustia. En tus versos acamparon mis sueños, porque soy lo que fuiste :un perro ciego que busca el filtro de la muerte.
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Patio
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CARTA A MARIANA, CON UN HILO DE ORO
uerida Mariana: Se habla mucho de la tradición. La tradición es fundamental para la identidad de los pueblos, en Comitán, la tradición musical es uno más de los hilos de oro de nuestra cultura. 8
Permití que diga, orgulloso, que conozco de cerca a uno de esos hilos de oro. Enrique Penagos, es heredero de la gran tradición musical comiteca. Enrique y yo fuimos compañeros en la escuela preparatoria, en diferentes áreas, pero de la misma
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generación. Enrique, ya te he contado, formó parte del trío que amenizaba la misa de juventud, en El Calvario, los domingos. Enrique Penagos, Roberto González y Fernando Escárcega (que en paz descanse) fueron chavos que, en los años setenta, lograron el prodigio de que multitudes de jóvenes acudieran a misa, sólo por escucharlos tocar música sacra a ritmo de rock. Los comitecos de todos los tiempos reconocemos cuando alguien triunfa fuera de la parcela local. Digo que Enrique es parte importante de la tradición musical comiteca, porque su papá fue el director de un grupo de marimba de gran calidad en el pueblo. En Comitán, como en muchos otros lugares del mundo, existen grandes talentos musicales, quienes, por supuesto, tienen el reconocimiento de sus paisanos, pero su fama no ha pasado de la antigua garita de celadores. En cambio, hay otros, como Enrique, que volaron con brío y lograron triunfar en escenarios a nivel nacional. Un día, Comitán se enteró que Enrique, nuestro paisano, era integrante del grupo Fresa Salvaje, grupo que nació en los años setenta en Perú; y luego fue parte de Los Pasteles Verdes. Estos dos grupos, querida mía, eran famosos en esa época. Nosotros, sus amigos y compañeros, nos sentimos chentos, disfrutamos como nuestro su éxito. Enrique creció musical y familiarmente al lado de su papá. Tengo amigos rancheros que me dicen que ellos crecieron en medio de las patas de los caballos. Bueno, Enrique creció en medio de las patas de la marimba de su papá; creció escuchando bolillazos y baquetazos, sobre la marimba y sobre la batería, y llegó a ser un gran ejecutante de la batería. Fernando Escárcega me confesó una mañana en los corredores de la Casa de la Cultura, que el éxito del trío que tocaba en el templo (Santa Fe) mucho se debió al conocimiento musical que Enrique poseía. Insisto, pocos músicos han tenido un lugar de relevancia nacional. Ahora, Enrique 10
es director musical de una agrupación que se llama “La fiesta musical” y que tiene su sede en la Ciudad de México. La fiesta musical está formada por músicos profesionales que ameniza eventos sociales. Enrique viaja a su pueblo de vez en vez. Cuando viaja va a la casa donde creció al lado de sus papás; va al parque del barrio de su infancia: El parque de San Sebastián. Lo he visto sentado en una banca, comiendo una paleta de chimbo, escuchando el sonido del viento enredado en el follaje de los árboles y el ritmo singular y parlanchín de los pajaritos que ahí juegan. Enrique nació con el don de la música. Cada tarde de ensayo del grupo de su papá (el maestro Penaguitos), Enrique alzaba la mano y pepenaba sonidos. En la Ciudad de México, gracias a ese talento, logró ser aceptado en grupos famosos de entonces. Los que nos quedamos en Comitán escuchábamos y comprábamos los discos de Los Pasteles Verdes; sabíamos que la batería era comandada por el jefe Penagos. Posdata: Se habla mucho de la tradición. Hay seres humanos que siguen la línea de oro trazada por sus padres y abuelos. Mis amigos rancheros, los que crecieron entre las patas de los caballos, siguen “bajando” a sus ranchos, propiedades que heredaron de sus padres y abuelos; Enrique continuó con la tradición de su papá, lo único que hizo fue cambiar el bolillo por la baqueta y luego por la batuta de director. Ahora dirige el grupo La Fiesta Musical, que ameniza bodas, bautizos y demás actos celebratorios, con gran calidad y profesionalismo. ¡Bien, por Enrique, bien!
EL AÑO VEINTE VEINTE ES EL AÑO 40 DE LA FLOR DE MÉXICO.
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CUENTO:
EL VELADOR Autor: Enrique Robles Solís
1 Caminaba por todas las subidas y bajadas de Comitán. Incansable, con los pies más grandes de lo normal porque nunca usó zapatos, una franela roja, vieja y sucia colgada al hombro y un balde de lámina que llevaba dentro una bolsita de jabón en polvo. No tenía nombre y apellidos ni nadie sabía su origen. Era simplemente el “Janush”. ¿Dónde está su tubo?, preguntaba al mismo tiempo que enseñaba sus escasos dientes bien distribuidos a todo lo largo de su boca. Sacaba el agua del tubo y lavaba el carro sin reparar en ningún detalle, al franelazo. Tenía que hacerlo con rapidez porque le
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esperaban otros tantos para sacar la comida del día. El carro quedaba lavado, escurriendo agua, muchas veces con residuos de jabón sobre el cofre, la cajuela y las puertas, pero nadie le negaba el trabajo, en el pueblo era conocido y querido. “Janush” era apellido, la familia del que lavaba los carros apareció un día en el pueblo y se sabe que vinieron de muy lejos, de un país desconocido. Eso les platicaba Manuel a sus hijos, quienes atentos lo escuchaban mientras desayunaban sus chinculguajes. Desaparecieron todos, así como llegaron y solo quedó el “Janush”; se quedó para lavar carros, actividad que sin duda le gustaba y le servía para comer y mantener
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a su familia. Lo bueno que contaba con la aceptación de todos, era un cae bien. Concluyó la plática, mientras Manuel se limpiaba la boca con una servilleta de cuadritos. 2 El “Janush” tenía su familia. Sin darse cuenta, como a todos se le fue el tiempo y, cuando vino a ver, Toñito, el mayor de sus hijos, ya estaba en edad de entrar a la secundaria. Rosita “Janush”, la mamá del Toñito, “el janushito”, trabajaba de sirvienta en la casa de los Castellanos. La trataban bien, le pagaban por semana y después de un arduo día de labores, regresaba a su casa a planchar la ropa de los vecinos. Era invencible, trabajaba de sol a sol. —No va alcanzar el dinero, vos mujer, para meter al Toñito a la escuela. Aunque no tengo competencia no me dan las horas para lavar todos los carros que yo quisiera. —Yo le pedí aumento a doña Sara pero me dijo que estoy loca. ¡Que qué me estoy creyendo!, que en Yalumá sobran las muchachas que quieren trabajar y hasta saben hacer tostadas. Que yo me ponga a pensar que ya estoy vieja. —Fijate que Don Luis, el de la licorera el “Cairo”, me ofreció trabajo de velador. Me dijo que yo vele un rato en su bodega y luego en la calle. De la esquina de la casa de doña Leonor Pulido, pasando por todo lo largo de la iglesia grande hasta la esquina de la casa de su hermano Óscar. Yo creo que le voy a ir a hablar. No fueron necesarias mayores explicaciones. En un ambiente de verdadera camaradería don Luis y el “Janush” cerraron el trato. Ambos sabían que no era necesario tener un velador, el pueblo era seguro, no existían delincuentes y las puertas de las casas se cerraban solo con una llave; sin embargo, para don Luis era importante que el “Janush” tuviera chamba y, además, no estaba de más que la gente del pueblo supiera que tenía su velador; éste fue armado con un silbato, de esos que usan los árbitros de fútbol y que su protector lo adquirió en la tienda de deportes de su hermano Roberto. Velar en la bodega de la licorera no tenía mayores implicaciones, más que estar pendiente que no se metieran ladrones, que eran inexistentes;
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debía cuidar que ningún ratón aventurero decidiera comerse los quesos secos que don Luis guardaba en la bodega. 3 Los tres primeros días fueron exitosos, el velador hacía su recorrido de acuerdo con el plan trazado y por todos los rincones del pueblo se escuchaban, a diferentes horas de la noche, los fuertes y prolongados silbatazos, que solo competían, de vez en vez, con el grito desaforado de algún bolo que a todo pulmón gritaba ¡cotz con los marimberos! De repente, dejaron de escucharse las evidencias de que el velador estaba cumpliendo con su trabajo. Llegaba puntual a la bodega, pero de ahí no salía y cuando amanecía lo veían salir tambaleante y caminar por las calles con rumbo a su casa. Don Luis se dispuso a indagar y encontró que todas las noches su velador se embolaba tomándose el trago que tenía en la bodega, y por esas razones se olvidó de su compromiso de caminar de ida y vuelta, varias veces, por las calles señaladas, anunciando su camino. —No es posible seguirte pagando si te estás tomando mi trago y ya no caminás por las noches tocando el silbato. Ese no fue el trato y aunque lo hago con todas las buenas intenciones de apoyarte no podré seguir haciéndolo porque vos no cumplís y lejos de ayudarte te estoy haciendo un daño —fueron las palabras de don Luis que resonaron en lo más íntimo de la humanidad del “Janush”. Después de ese día, el largo, fuerte y prolongado sonido del silbato sorprendió de nuevo a los habitantes de las calles comprometidas. Don Luis y Doña Elenita se asomaron a su balcón y con sorpresa vieron que con determinación, entre la oscuridad, Rosita “janush” caminaba por delante tocando el silbato y jalaba con un lazo amarrado a su cintura a su marido, quien se balanceaba bien bolo, como barquito de papel, cumpliendo con su chamba.
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HyC Servicios Comitรกn
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Corredor
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Cuentas de un Rosario
as costumbres se modifican. En el Comitán de los años cuarenta, por ejemplo, en muchas casas habitaba una persona necesaria: la nana. La nana era la mujer encargada de cuidar a los chiquitíos, mientras la mamá dedicaba su tiempo a otras labores. Rosario Castellanos creció bajo el resguardo de una nana y su hijo Gabriel estuvo bajo el cuidado de una nana, la nana que también cuidó a su esposo Ricardo. En su colaboración del 7 de febrero de 1973, en el periódico Excélsior, Rosario da cuenta de la
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importancia de la nana en su vida personal: “Herlinda Bolaños, la nana de Gabriel, ha sido, desde hace once años, el as en mi manga, el arma secreta, la que me ha hecho posible sentarme a escribir estos artículos y otros textos, trabajar fuera de mi casa, realizar viajes, ser libre, en fin (…) Cuando yo tuve ante mí la opción de venir a Israel por una larga temporada naturalmente sabía yo que, para decidir, tenía que contar con la anuencia de Herlinda”. En el fragmento apreciamos que Rosario dejó
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el cuidado y atención de su hijo en manos de la
nana Herlinda. Gracias al trabajo de la nana, ella logró hacer todo lo que hacía. Basta escucharla decir que pudo ser libre para entender hasta qué grado dependía de la nana. Rosario escribía, escribía mucho; trabajaba fuera de casa, lo que significa que pasaba muchas horas del día fuera de su hogar, fuera de la cercanía con el hijo; viajaba constantemente, y en estos viajes se separaba de Gabriel. No es aventurado asegurar que el hijo Gabriel, durante su infancia, creció más tiempo al lado de la nana que de la propia madre. Las nanas fueron fundamentales en el proceso vital de la escritora. La nana que la cuidó de niña le enseñó mucho del mundo indígena
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í, Rosario Castellanos fue gran lectora, atenta lectora, lectora inteligente. Los escritores escriben reseñas acerca de los libros que leen. A diferencia de los lectores comunes, los escritores no se guardan sus comentarios ni los hacen sólo en la charla de café o en la sobremesa familiar. ¡No! Los escritores comparten, a través de sus textos, sus opiniones acerca de los libros leídos. Ellos son lectores profesionales. Rosario Castellanos asumió ese compromiso. Comentaba los libros que leía y, a través de sus ensayos, los lectores de estos tiempos podemos ver cuál era su mirada acerca de la obra de escritores de todo el mundo. Su tono, como siempre, es cercano, muy lejos de la pedantería intelectual que abrazó a muchos de sus contemporáneos y que sigue asfixiando a los pedantes de este siglo. Por ejemplo, en el ensayo que tituló: “Pedro Páramo, el rencor vivo”, ella inicia su texto con las siguientes palabras: “En vista de todas las cosas que usted
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que luego volcó en sus novelas y cuentos; y la nana que cuidó a su hijo le permitió volcar ese conocimiento adquirido en la niñez. Sin las nanas Rosario no hubiera sido lo que fue, no hubiera sido. Las costumbres se modifican. En las casas comitecas de hoy es difícil hallar a esas mujeres que cumplían la función de cuidar y proteger a las criaturas. Hoy, las mamás que, igual que Rosario deben trabajar fuera de casa, llevan a sus hijos a las guarderías, donde reciben atención durante algunas horas. La vocación de nana está en peligro de extinción.
sabe y de las muchísimas más que yo ignoro, ¿no le parece que lo más oportuno es que nos pongamos a platicar ahora de literatura?” Hay una gran cercanía con el lector. Ella sugiere “en vista de todas las cosas que ignora” platicar de literatura. ¡Platicar! Ella no da cátedra, ni se asume como poseedora de la verdad. ¡No! Ella lee y platica con el lector, porque (dice) el lector sabe muchas cosas. ¡Claro que así es! Ella no peca de falsa modestia, ¡no!, reconoce que nadie puede poseer el conocimiento total. Por esto, ella propone una plática y en sus ensayos no hace otra cosa. Rosario fue grande porque siempre platica con nosotros, sus lectores, y como cualquier charlista lo hace alejada de frases pedantes, solemnes. Platica con la cercanía y afecto con que, desde siempre, platican los habitantes de Comitán, reunidos en la sala, sentados en sillas de mimbre, bebiendo una copita de comiteco. Su propuesta siempre fue una propuesta amistosa: ¿Por qué no platicamos ahora de literatura? ¿De la palabra, lluvia del verbo?
25 de mayo de 2020: Cumpleaños 95 de la escritora comiteca.
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Sala
TZ ISIM
Rosario Castellanos, en su libro Balún Canán, dice: “(…) Anoche llovió el primer aguacero, el que hace brotar esa hormiga con alas que llaman tzisim”. Tzisim, es el nombre con que se conoce a este animalito en Comitán; en otras partes de Chiapas lo conocen como nucú, chicatana o zompope. En Huehuetenango, Guatemala, estas hormigas son llamadas “macashes”. No importa cómo le llamen, es un platillo de lujo, deseado por muchos. A continuación compartimos algunos conceptos, tomados del libro Glosario, de José Luis González Córdova, que debés conocer si sos fan del tzisim. Tzisim:- Hormiga grande, comestible, aparece en las primeras lluvias. Boljocosh.- (Toj. Wo’ol jokox: hacen nido las hormigas). Promontorio de tierra en el nido de las hormigas. “Los tzisimes salen del bojocosh en busca de la luz”. Candela.- Vela de parafina o cebo. “Los atrapa-tzisim usan candelas para llamar la atención de las hormigas”. Culipandear.- Mover con gracia las caderas al caminar. “Miralo aquella, se culipandea como si tuviera culito de tzisim”. Engazado.- Que no entiende razones. El bolo que hace loco. El que empieza una cosa y ya no quiere parar. “Se levantó muy engazado porque se quedó dormido y no agarró ni un tzisim”. Mercar: Comprar. “¿Merca´sté tzisimes? ¡Bien doraditos!” Ocote: Pino. Raja resinosa del pino que arde fácilmente. “Los atrapa-tzisim usan ocotes que colocan sobre el boljocosh para atraer a los tzisimes a la luz”. Penco: Lento. Que no hace rápido las cosas. “Si sos penco mejor no te metás a agarrar tzisim, aquí se requiere de habilidad y destreza”. Sulup: Insecto alado que aparece con las primeras lluvias. “Hay bastante sulup volando, ¡mañana sale tzisim!” Tutís: Culo. “El tutís más sabroso es el del tzisim”.
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Los tzisimes
Cuando es temporada de tzisim, ¡son días de fiesta!
¡Brotan! Como si la tierra fuese una fuente, fluyen como chorros de agua alada.
Cuando inicia la temporada de lluvias, los tzisimes salen del boljocosh ¡y vuelan!
Los tzisimes se asan en comales, se ponen en tortillas recién hechas, se sueltan gotas de limón y se disfrutan en tacos. ¡Delicioso!
Cuando las primeras lluvias aparecen, los tzisimes salen y vuelan en busca de la luz.
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Cocina
LA TIENDITA DE DOÑA PIFA 1
Mi mamá nació en Huixtla, Chiapas, y vivió varios años en la Ciudad de México.
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Cuando llegó a Comitán se sorprendió al oír que una sirvienta le decía: “¿Qué piensa usted?”
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Mi mamá se sorprendió y la ignoró. ¿Por qué debía decirle su pensamiento a la sirvienta?
Pasado el tiempo se dio cuenta que era la introducción obligada para comentar algo.
¿Han escuchado que ahora los jóvenes comienzan todos sus comentarios con un “Lo que pasa es que…”?
Bueno, pues el “Lo que pasa es que…” de entonces, era el “¿Qué piensa usted?”
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Los comitecos de antes así comenzaban cualquier historia, cualquier comentario, cualquier chisme.
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“¿Qué piensa usted?, la Martita, hija de doña Lola, ya tuvo pichito.”
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Mi mamá se
acostumbró. Cuando la sirvienta le decía: “¿Qué piensa usted?”, ya esperaba el chisme que traía del mercado.
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Porque, la sirvienta pepenaba en el mercado todos los chismes del día anterior.
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Era costumbre que en el mismo canasto donde llevaba las tostadas, los ejotes, el chile en vinagre, los chiles siete caldos, los chulules, la medida de tzisim, el queso, la butifarra, la acelga, el perejil, los guineos, las tortillas, el atol de granillo, las rosquillas y el chicharrón de hebra, llevara también las anécdotas del día.
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65 años de vivir en Comitán (salvo un lapso de ocho años, tiempo que radicó en Puebla.)
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Conoció los ruidos característicos de Comitán: el sonido de los cascos de los burritos sobre las calles empedradas.
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Los burritos llevaban los barriles de agua, que los aguadores cargaban en los chorros de La Pila.
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Los burritos llevaban las gaseositas de la fábrica de don Jorge Soto. Las más solicitadas eran las verdes.
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Así, mi mamá iba conociendo lo que le pasaba a la señora de la carnicería, lo que le ocurría a la que cuidaba el templo, y lo que le acontecía a don Jaime, el velador.
La gaseosita (nombre con que los comitecos designaban al refresco que fabricaba el señor Soto) era conocida por colores y no por sabores. Ya dije que la verde era la preferida.
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Comenzó a conocer la ciudad y sus costumbres. Mi mamá llegó a Comitán en 1955.
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Ahora, la gaseosita ya no existe. Desapareció ante la llegada de los refrescos industrializados.
Este año cumplió /arenillarevista
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En San Cristóbal de Las Casas aún venden el refresco Sidral y la cervecita dulce. Los compas de San Cristóbal lograron sostener empresas tradicionales, siguen consumiendo lo local.
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Acá, y esto es una pena, se extravió la industria del comiteco, bebida de gran tradición.
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Por fortuna varios empresarios han revivido ese arbolito que se había secado, y ahora ofrecen el famoso comiteco a todo el mundo.
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Basta una campaña intensa, inteligente, para volver a posicionar al comiteco en el lugar de privilegio que le corresponde.
a ofrecer una copita de comiteco a los amigos de mi papá que llegaban a casa.
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Mi mamá cumplió noventa años de vida en este 2020. De esos noventa, sesenta y cinco los ha vivido en Comitán; es decir, más de la mitad de su vida. Es una comiteca más, es más comiteca. Aprendió muchas de las costumbres del pueblo.¨
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Ahora, cuando alguna de sus comadres le quiere contar algo y comienza diciendo: “¿Qué pensás, comadrita?”, sabe que el chisme está por comenzar.
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El qué pensás es como la introducción, como el buenos días de la historia por contar.
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Ya no se empieza de cero, el comiteco está en la memoria colectiva. Todo mundo reconoce que era una bebida de gran calidad.
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Mi mamá, acostumbrada a ofrecer cocteles en la Ciudad de México, se acostumbró
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Balcones
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POR LOS SETENTA
n la fotografía aparecen Geny Figueroa y Gloria Ruiz Albores, en ese momento, estudiantes del Colegio Mariano N. Ruiz. Ellas recibieron el honor de encabezar el contingente en el desfile, de llevar el banderín. La fotografía corresponde a los años setenta. Por eso, ahora, es la foto que encabeza el festejo de los setenta años del Colegio; es la foto que porta el banderín de presentación. Es la fotografía que habla del orgullo de ser Mariano, institución que tiene como lema el siguiente: “Communia non communiter” (Hacer lo ordinario de manera extraordinaria). La institución que fundó el padre Carlos J. Mandujano García en el año 1950, llega en este 2020 con el mismo ideal de excelencia. Cientos de alumnos egresados y que hoy son personas de bien son la mejor carta de presentación del Colegio Mariano N. Ruiz. Geny y Gloria portan el banderín con orgullo, con la cadencia exacta y el paso parejo. Portan con gran distinción el elegante uniforme de entonces. Los muchachos, detrás del maestro Roberto Cruz De la Vega (director de la banda de guerra), portan también el uniforme de gala y rematan con un quepí. En los setenta años del Colegio, muchas personas ilustres del pueblo han estado íntimamente ligadas a la institución. Por ejemplo, el maestro Guillermo Villatoro (mítico torero y excelente sastre) era el encargado de la
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factura de uniformes de alumnos del Colegio Mariano N. Ruiz. El padre Carlos exigía que todos los alumnos acudieran al taller del maestro Villatoro, esto garantizaba que todos portaran uniformes de gran calidad y con las mismas características. De igual manera, las fotografías para certificados debían ser del estudio de don Enrique Cancino, quien era un excelso fotógrafo. El padre Carlos siempre estaba pendiente del mínimo detalle para avalar el prestigio de su institución, la llamada “Escuela del Padre”. En el festejo de los setenta años de la institución, los actuales directivos, personal docente, administrativo y padres de familia, continúan cimentando esa herencia. Todo en beneficio de los cientos de alumnos que reciben la flama del conocimiento y de los valores supremos. En la fotografía se advierte que el banderín ostenta el nombre del Colegio Mariano N. Ruiz y un escudo. El nombre, con letras blancas, sobresalía de un fondo rojo. Además, el banderín contenía el escudo que tenía los tres colores de la bandera de México. En el centro una antorcha encendida simbolizaba el ideal que hasta hoy es la esencia: El fuego del espíritu ilumina al mundo entero. Con emoción, el Colegio Mariano N. Ruiz celebra setenta años de existencia. Esta imagen de los años setenta encabeza la serie interminable de imágenes maravillosas que forman el álbum infinito de la gran familia de Marianitos.
FotografĂa: Carlos Gordillo
Setenta aĂąos de excelencia educativa: 1950 - 2020.
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LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE APARECE UN ORGULLO DE CHIAPAS 30
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sta fotografía es de la portada de un libro especializado en gastronomía. Es una publicación de la prestigiada editorial Larousse; es decir, es una edición que garantiza la calidad, tanto en su presentación como en su contenido.
pesar de que los chefs tienen las manos abrazadas a sus brazos o las tienen entrelazadas, los lectores saben que esas manos son las que realizan el prodigio de cada día, de cada fruto, de cada vegetal, de cada pedazo de carne, de cada hilo de luz concentrado en todos sus sabores.
La imagen que resalta es la de un grupo de chefs mexicanos que están de pie en un terreno sembrado de nopales. Todos visten de blanco, con filipinas que hacen el perfecto contraste con el verde oro de una tarde iluminada (bueno, hay una chef que viste una blusa blanca con bordados, es como el arco iris que adorna el cuadro.)
El sembradío de nopales también habla de la vocación de las manos. La mano es la que, como niña de escuela, se levanta para decir: ¡Soy la que introduce la pala de madera en la olla, soy la que amasa, soy la que espolvorea la sal, la que mueve el tejolote en el molcajete, la que corta la cebolla en julianas, la que coloca una ramita de cilantro en el remate del plato gourmet!
13 hombres y 9 mujeres integran este selecto Acá están 22 chefs mexicanos que merecieron grupo, que los une una denominación vocacional: ¡Son la distinción de ser reconocidos como grandes, grandes chefs mexicanos! cumbre del buen hacer, del sabor exquisito, de la tradición culinaria llevada a las mesas más refinadas. Y El fondo del título (color de tuna en su punto) acá, en este grupo de veintidós selectos chefs, aparece es un tejido de palma que nos habla de un trabajo uno de los orgullos de Chiapas, la chef Marta Zepeda, profesional hecho con las manos. hija predilecta del pueblo predilecto, de nombre bendito: San Cristóbal de Las Casas. Las manos son como el eje de la imagen. A
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Marta, en enero de 2007, abrió su restaurante “Tierra y Cielo”, en la antigua casa de sus abuelos: Fernando y Zoilita. En su restaurante sirve una inédita y exquisita comida regional de Chiapas. “Tierra y Cielo” ha obtenido amplios reconocimientos, como el Premio Nacional de Calidad y el reconocimiento del Conservatorio de la Cultura Gastronómica. Marta ha logrado, con sus manos hechas de tierra buena, modelar un cielo que, como polvorón, se deshace con gratitud en la boca. La portada de este maravilloso libro se complementa con cuatro fotografías en la parte inferior. En la primera, hay un muestrario de chiles mexicanos; en la segunda, un sope que aspira a alcanzar las nubes del sabor; en la tercera, un haz de
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mazorcas; y en la cuarta, un guiso de pollo y cerdo que, en Oaxaca, sirven envuelto en totomoxtle. Libro excepcional que es una medalla de honor para veintidós chefs mexicanos, y, a la vez, un diploma permanente para la tradicional cocina mexicana, que, en manos de estos genios del fogón, alcanza la altura suprema del sabor. Sí, ahí, en este grupo de chefs mexicanos aparece un orgullo de Chiapas: Marta Zepeda, hilo de luz que une la tierra con el cielo.
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Tapango
Una muestra de la gastronomía de Guatemala Carlos Rivas Ya sea en los EEUU, Roma, Japón... o en cualquier parte del mundo donde se encuentre un compatriota, la nostalgia por la tierra amada estará presente. Así que, para reforzar ese sentido de pertenencia e identidad ante otras culturas, las comidas típicas vienen a ser ese aliciente que mitiga el vacío. Huehuetenango cuenta con una exquisita variedad de platillos típicos, producto de esa herencia ancestral, y que con el paso del tiempo han alcanzado fama internacional, entre estos, el pepián, jocón, entre otros. Sin embargo, hay uno en especial que nos une y hermana con aquellas regiones donde el maíz continúa siendo la base principal de la alimentación, el “tamal colorado de maíz”. Antiguamente los granos de maíz se molían en piedra, hoy gracias a la industrialización se procesa más rápido y en mayor cantidad. Luego de obtener la masa, esta se mezcla con recado colorado que ha sido elaborado con tomate, chiles y especias que se tuestan en comal y licúan. Al tamal se le inserta una pieza de carne de cerdo o pollo y pasas; para envolverlos se utilizan hojas de plátano o de maxán y se amarran con correas de cibaque. Se introducen en una olla o tonel que contiene cierta cantidad de agua, para que se cuezan al vapor. Así también, se elaboran tamales de masa de arroz, en lugar de maíz. Se sirven acompañados con pan francés de sal, y de una exquisita taza del mejor café de altura, el que se cultiva y cosecha en esta tierra.
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FotografĂas: CortesĂa del autor.
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CUENTO
EL PESCADITO DE ORO
E
sta historia me la contó mi abuelo Enrique. Mi abuelo, siendo un muchacho de dieciocho años, trabajaba en la casa de un señor muy rico, don Esteban, que había nacido en España y llegó a México en su juventud. Mi abuelo hacía de todo, podaba los árboles del jardín, lavaba los autos, recibía la despensa semanal que enviaban desde las bodegas de la central de abasto y, una vez a la semana, limpiaba los
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libros de la biblioteca. La biblioteca era tan grande que mi abuelo entraba a las siete de la mañana y salía a las siete de la noche y sólo había limpiado los libros de un estante. La biblioteca tenía muchos estantes, tantos que, parecía que, en lugar de paredes, el techo estaba sostenido por los libreros. ¿Leías mucho?, le preguntaba a mi abuelo. Él reía y confesaba que no sabía leer ni escribir. Pero, sí, la
¿El pescadito de oro? Sí, decía mi abuelo y contaba que don Esteban siempre le recomendaba que tuviera cuidado con los pececitos de plata, si hallaba alguno debía matarlo. Mi abuelo Enrique no supo a qué se refería su patrón, hasta que éste abrió un libro viejo que estaba en la bodega y le mostró un bicho que comía el papel de los libros. En su tono español, con ceceos, le dijo: “¡Hombre, estos bichos se comen los libros! ¡Son una plaga!”, y, con una servilleta destripó al pescadito de plata. Por esto, cuando mi abuelo Enrique limpiaba los libros, los abría y revisaba con cuidado para que no tuvieran pescaditos de plata, pero un día, en el interior de un libro gordo, con tapas de cuero, halló uno y estaba a punto de tomarlo con una servilleta de papel para despanzurrarlo, cuando escuchó que el pescadito le decía que no, que no lo matara. ¿Qué no sabía que él era un pescadito sabio, que él no era un simple pescadito de plata? ¡No!, él era de oro y mostró sus antenas y patas y, en efecto, mi abuelo vio que el pececillo brillaba con el mismo brillo de los aretes de la ama Alicia. A partir de ese día, mi abuelo apartó el libro gordo y lo colocó en lo más alto de un librero. Todos los días que le tocaba limpiar los libros, echaba seguro a la puerta, movía la escalera y bajaba el libro donde estaba el pescadito de oro. Así se hicieron amigos. Mi abuelo ponía el libro sobre sus muslos, el pescadito salía del laberinto que había formado y que cada vez era más grande, porque el pececillo se alimentaba de las páginas y, cada vez que comía, era como si abriera caminos. ¡Ah!, mi abuelo contaba que el pececillo le contó muchas historias donde había pájaros dorados; lámparas maravillosas que con sólo frotarlas hacía aparecer genios que cumplían deseos; alfombras mágicas que volaban por encima de las ciudades; muchachas que tenían muchos colores de piel; tortugas gigantescas que tenían alas; y flores que se convertían en mariposas los días que había sol. Mi abuelo disfrutaba la compañía del pescadito y llenaba su imaginación con historias fantásticas. Cuando mi abuelo le preguntaba al pececillo si tenía nombre, él respondía Nada, me llamo Nada, soy la Nada Infinita, y sonreía; cuando mi abuelo le preguntaba al pececillo Nada, cómo había logrado conocer tantas historias bonitas, él respondía: ¿Qué clase de pregunta es esa? Todo el día como palabras, y las palabras me cuentan las historias que yo te cuento y que tú contarás a tus nietos. Y así, mi abuelo Enrique, cumpliendo el designio del pececillo me contaba historias, y yo, cumpliendo el /arenillarevista
designio de mi abuelo les cuento esta historia que él me contó. Cuando yo le preguntaba a mi abuelo si todas las historias que me contaba se las había contado el pececillo, mi abuelo, negaba con la cabeza, y decía que cuando su patrón murió, él perdió su empleo y se dedicó a trabajar en una veterinaria, trabajaba de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, salía corriendo e iba a la escuela. Se había inscrito en la nocturna. Ahí aprendió a leer, ahí comenzó a leer Las mil y una noches, que era el libro donde vivía el pececillo de oro. Cuando le preguntaba a mi abuelo ¿qué había pasado con el pececillo de oro?, mi abuelo reía y me mostraba un diente de oro que tenía en la prótesis dental. La primera vez me alarmé, le pregunté si se lo había comido. No, dijo, ¿cómo crees? Y contó que cuando, al día siguiente del entierro de su patrón, sacó adentro de su mochila el libro donde vivía el pececillo dorado, éste le dijo que su sueño era conocer la biblioteca pública, ¿podía dejarlo en algún estante de la biblioteca del pueblo? Mi abuelo Enrique, con tristeza, cumplió el deseo de su amigo, entró a la biblioteca, dejó la mochila en el estante de la entrada, abrió su mochila y, con mucho cuidado, dejó que el pececillo se posara en la palma de su mano, preguntó a un empleado en dónde estaba el área de cuentos y subió al segundo nivel del edificio y dejó a su amigo en un estante donde había muchos libros con lomos de muchos colores. La despedida fue sencilla. Mi abuelo le dio las gracias por todas las historias contadas y el pececillo de oro le dijo que agradecía su amistad. Mi abuelo Enrique bajó las escaleras, quiso volver la mirada, pero no lo hizo, al llegar al lugar donde había dejado su mochila, con rabia, se limpió los ojos y salió para no volver jamás. Cuando le preguntaba por qué no había regresado a la biblioteca, para saludar a su amigo, mi abuelo Enrique sonreía y contaba que no habría sabido dónde buscarlo. En la biblioteca, decía mi abuelo, y abría los brazos como si abrazara una gran pelota, había muchos, muchos libros, muchos más que en la biblioteca de mi patrón Esteban. Esta historia me la contó mi abuelo Enrique y ahora se las cuento a ustedes.
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Este cuentito llega a tus manos gracias al apoyo de la Fundación Alexandra Del Castillo Castellanos.
encomienda que más le gustaba era limpiar libros, en lugar de lavar patios o autos, en lugar de podar árboles o el césped del jardín. Ahí, me contaba, tenía un amiguito maravilloso: El pescadito de oro.
El mundo parece descompuesto. Pronto volverรก a estar como el pan de Comitรกn.
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