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Arenilla 16

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Ejemplar de colección

® DOÑA ESTELITA,

VENTANA INFINITA

Publicación bimestral ■ Edición especial digital ■ Distribución gratuita ■ abril - mayo 2020 ■ Comitán de Domínguez, Chiapas, México


abril - mayo 2020

Edición especial digital Distribución Gratuita Alejandro Molinari Director General Roberto Carlos Espinosa Vásquez Director Comercial Carlos Antonio Rivas López Director Comercial, en Guatemala

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Dora Patricia Espinosa Vázquez Editora Ejecutiva Patricia Alcázar Relaciones Públicas Fotografía de portada: Lili Martínez. Cortesía de la familia Gordillo Figueroa.

NUESTRAS REDES facebook.com/Arenillarevista Twitter: @arenillarevista instagram.com/arenillarevista 9631266418 9631043955 arenillarevista@gmail.com Para eventos sociales, ventas y publicidad 9632365050 Este ejemplar está en tus manos gracias al patrocinio de: San Marcos, Uniksa, Crearte en Madera, Italika Refacciones, Dr. Rodolfo Pascacio, Colegio Mariano N. Ruiz, San José Clínica, Técnica Dental Avanzada, Grupo Industrial López Pérez, Brenda’s Joyería, Pillangó Café, Taquería Tres Carbones, Centro de Servicios Aguilar, Refaccionaria Rodríguez, Diagnostícate, Fundación Alexandra Del Castillo Castellanos, Grúas Castillo, Hotel Posada del Ángel, Dr. Rubén Sánchez, Óptica Mayuan, Auditivos de Comitán, Gorditas el Güerito, La comiteca, Panadería La espiga de oro, Abarrotes San Luis, HyC Servicios Comitán, Laboratorio San Francisco, Panadería La Flor de México, Dr. Mazariegos Díaz José Ramón, Notaría Núm.20, Joyería Ámbar Sáharais, Restaurante La Casa de los Cortes, La Huerta Orgánica, Taller La Rueda, The Estampante, Servicio Camacho, El Estudio – espacio fotográfico, Proveedora Cultural de Comitán, Clínica Veterinaria 2000, Churrería Porfirio, Western Grill, Plaza Las Flores Comitán, Whippet. Empresas comprometidas con el desarrollo cultural de Comitán y la región.

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EDIT ORIAL

ace apenas dos meses no teníamos proyectado este número especial. Hace dos meses preparábamos con amor el número de abril-mayo para impresión. La vida colocó al mundo en estado de emergencia. Todo mundo ha tenido que modificar su rutina y aplazar proyectos y planes. Todo ha quedado en una burbuja de suspenso. Por el momento es difícil pronosticar cuándo la vida retomará su cauce normal. Pero esta pausa no significa que permanezcamos con los brazos cruzados. El equipo de ARENILLA-Revista permanece en casa, a la hora que nos recostamos en la hamaca pensamos hacer un número especial de nuestra revista para cumplir con nuestros miles de lectores. Este número especial lo hemos preparado con el profesionalismo y amor de siempre. No podíamos permanecer indiferentes ante esta situación. El mundo empresarial ha buscado formas de seguir sirviendo a la sociedad. El mundo no puede pararse. Ahora ofrecemos a nuestros lectores un número especial que, sabemos, servirá para continuar alentando la buena lectura, llevando al mundo algo de lo mejor de Comitán. Estimado lector, como siempre, te pedimos que compartás la lectura del cuentito con tus hijos; como siempre, te pedimos que reconozcás el esfuerzo de nuestros patrocinadores, quienes permiten que este proyecto editorial llegue a tus manos. Te pedimos que valorés nuestros esfuerzos que tienen como objetivo entregarte una revista digna, de la cual te sintás chento. Porque Comitán es para siempre, siempre estamos a favor de las mejores causas de Comitán. Te enviamos un mensaje de aliento, un mensaje de esperanza. Vienen tiempos mejores. Nos preparemos para recibirlos con los brazos abiertos. Mientras ese instante llega, te invitamos a permanecer en casa. Nosotros lo estamos haciendo. Desde casa trabajamos para vos, para que un ramito de albahaca se unte en tu espíritu. ¡Ánimo! ¡Vendrán tiempos mejores!

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Zaguán

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oña Estela Figueroa Monjarás nació en Comitán, Chiapas, el 29 de enero de 1920. Sus ojos han recorrido los caminos de ¡un siglo! Doña Estelita tuvo su destino en su nombre: Estela. Ha sido una estela de luz. Sus pasos también son testigos de un camino. Ahora, desde hace cinco años, ya no sale de casa. Un día, ¡ah, traviesa!, creyéndose muchacha de quince quiso trepar un trapo sobre un cordel y cayó. La llevaron al hospital, pero ella deseaba regresar a casa, no se dejó operar, tenía fisurada la cadera. Irma, su hija, cumplió su voluntad, en una ambulancia la regresaron a casa. Hasta ahí llegó el doctor Rubén Sánchez, bien amoroso, le colocó una férula, pero Estelita, ¡ah, traviesa!, la aceptó sólo quince días. Ahora, doña Estelita permanece en su cuarto, un cuarto que está al lado de la calle, al lado de la tercera calle norte oriente. Desde hace cinco años, desde ahí, contempla y cuenta los pasos del tiempo comiteco. Los papás de doña estelita fueron don Arnulfo Figueroa Figueroa y doña Antonia Monjarás Morales, ambos oriundos de este pueblo. Sus abuelos maternos fueron doña Reinalda Monjarás y don Lorenzo Morales; y sus abuelos paternos fueron

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don Lisandro Figueroa y doña Catalina Figueroa. Doña Estelita es rama de árboles enormes. Cuenta que tuvo un hermano, Rodulfo Figueroa Monjarás, quien vivió la mayor parte de su vida en la Ciudad de México. Fue sastre. Debió ser muy buen sastre, porque atendió la vestimenta de artistas conocidos, como Tito Guízar (¡sí!, el de “Allá en el rancho grande”), y como los Hermanos Castro (grupo musical muy exitoso en los años setenta, que, con coros exquisitos y la voz de Gualberto, cantaban esa de “Cada vez que estoy a solas, triste estoy y me doy cuenta que sin ti, no hay ilusión ni amor…”). Ella se casó con don José Gordillo Álvarez. La pareja tuvo tres hijos: Rodolfo Antonio, Martha e Irma (con quien vive ahora). Rodolfo Antonio es comerciante, Martha es ama de casa e Irma es profesora. A Irma la recuerdan con mucho cariño un titipuchal de chiquitíos, ahora ya grandes, que fueron sus alumnos en la gloriosa escuela primaria del estado Fray Matías de Córdova. Doña Estelita siempre se dedicó al cuidado de su hogar, a brindarle atención a sus hijos. ¿A qué se dedica hoy? A disfrutar la presencia de su hija Irma, de su yerno, de sus nietos y de sus bisnietos. Pero hay dos actividades que la definen en la actualidad, una es el juego de barajas. ¿Juego de barajas? Sí, en su cuarto, frente a la ventana, tiene una mesita donde juega Conquian y Solitario. La baraja ya está toda ajada, por el uso a que se ve sometida todos los días. La otra actividad es ver el exterior a través de la ventana. Todo ayuda a darle vida a doña Estelita, pero su hija Irma no duda en decir que su cordón umbilical es ¡la ventana! Los nietos, bisnietos, hija y yerno están con ella, por ratos; por ratos, asimismo, ella juega solitario con sus barajas, pero la ventana está siempre a su lado. La ventana le da muchas imágenes y ruidos. Frente a ella pasa el nevero; la señora que es su amiga y va por el mandado y la saluda desde

Fotografías: Cortesía de la maestra Irma Gordillo

DOÑA ESTELITA, VENTANA INFINITA


la calle; los autos; la camioneta que reparte cilindros de gas; los perros; los novios que, abrazados, caminan despreocupados; los bolos que tataratean de un lado a otro. Sólo un cristal la separa del espectáculo de la vida que le infunde vida. Lo que ve a través de la ventana le ayuda a mantener activa su mente (además del juego de barajas y de las conversaciones). Recuerda cómo era el Comitán de antes. Su memoria tiene registro de muchos sucesos anteriores. La memoria de doña Estelita es una cajita bien ordenada. Recuerda, y cuando lo hace su carita se llena de luz, que antes la calle era empedrada y no había tantos autos como ahora, dice: “ahora hay muchos carros, nos maltratan”, y ríe. Si le preguntan por Mariano N. Ruiz, ella dice: “Sí, era un viejito, vivía enfrente de la casa de don Manuelito Pinto, y ahí estábamos nosotros mirando, como el chinito, milando.”, y vuelve a sonreír. Cuando, en 2005, se fue a vivir con Irma, su hija le dijo que tenía un cuarto acondicionado, en la planta baja de la casa nueva, que construyeron al fondo. Doña Estelita se resistió, dijo que no iría al fondo de la casa, ¡no!, ella quería estar al frente, así que Irma debió acondicionar un cuarto viejo que servía de bodega. Doña Estelita es sabia. Supo desde siempre que ella debía estar al lado de una ventana que diera a la calle, porque ahí está el aire, el aire que le da vida. Y ahora, juega baraja en su mesita, platica con su hija, yerno, nietos y bisnietos y saluda a los conocidos que pasan frente a la casa y la ven desde la banqueta. El día que cumplió cien años, el 29 de enero de 2020, su familia la celebró con un guateque. Ella estuvo feliz, riendo, siempre riendo. Si alguien llega a visitarla y le pregunta cómo está, ella ríe y responde así: “Fregándome, por haber nacido.” Cuando doña Estelita ve que quien preguntó queda sorprendido por la respuesta, ella vuelve a reír y aclara: “Así decían antes los viejitos acá en Comitán, fregándome, por haber nacido.”, y la risa vuelve a ser un pájaro en sus labios. Hace poco murió una de sus amigas, la maestra Graciela Fritz de Trujillo. La maestra Graciela tuvo Alzheimer, al grado que llegó el momento que no reconocía a sus hijos. Una vez, Hugo, hijo de la maestra Graciela, quien siempre estuvo pendiente de su mamá, llevó a la maestra a casa de doña Estelita, cuando la maestra Graciela entró al cuarto estaba seria, pero cuando vio a su amiga, algún destello de luz iluminó su cerebro y sonrió, sonrió como si reconociera a su amiga; esa luz duró apenas un instante, pero apareció. La maestra Graciela reconoció a doña Estelita, fue como si una ventana se abriera de pronto.

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Por desgracia, esa ventana se cierra de inmediato y no vuelve a abrirse. Por fortuna, la ventana de doña Estelita sí permanece abierta todo el tiempo. En la tarde, Irma llega y corre la cortina. Doña Estelita se recuesta, cierra los ojos y escucha los pasos de la gente, los ladridos, el rumor de la luna a la hora que abre los ojos. La ventana de la casa de Irma da vida a su mamá. Doña Estelita mira el mundo a través de esa ventana. Doña Estelita cumplió cien años, ¡un siglo!, ha sido una estela de luz. ¡Felicidades!

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ARENILLA PARA MÓNICA ZEPEDA

Fotografía: Cortesía

Patio

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Mónica Zepeda nació en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en 1987. Meta-NLP Master Practitioner y Meta-Coach por la International Society of Neuro-Semantics. Directora Propietaria de Docecuartos Hotel. Licenciada en Literatura y Creación Literaria por el Centro de Cultura Casa Lamm. Miembro del Seminario de Cultura Mexicana Capítulo San Cristóbal. Autora de Si miento sobre el abismo. Su obra también ha sido incluida, entre otros, en la compilación Universo Poético de Chiapas, Itinerario del Siglo XX, Coneculta Chiapas, 2017; Antología Poetas en el Cosmovitral, H. Ayuntamiento de Toluca, 2018; Antología Grito de Mujer–Chiapas 2018, Biblioteca de las Grandes Naciones, País Vasco, 2018. 1.- Tengo una amiga Mónica a quien sus amigos le dicen Mo; tengo una amiga Mónica a quien sus amigos le dicen Moni; tengo una amiga Mónica a quien sus amigos le dicen Ca. ¿Qué queda del nombre después de tanta poda?

por su neblina y su belleza.

Después de tanta poda, quedan los añicos del nombre, una tilde a la intemperie y la ventana floreciendo, con su fragilidad, en las orquídeas y en la sombra que me da la hora.

7.- ¿En dónde sobrevive el barquito de papel que, de niña, soltaste en el río de la lluvia, de la calle de tu casa?

2.- ¿Y si a la palabra Abismo le quitamos el AB (ave) y le injertamos la C de Cismo? Se observa aquella ave sobrevolando el trino que mana de la discordia del cismar. 3.- Quien siembra poemas, ¿qué cosecha? Terrenos fértiles y ávidos por las semillas del abecedario, como el autoconocimiento, donde simplemente se vuelve a sembrar. 4.- ¿Por qué cuando uno se estrella ve estrellas? Porque cuando uno da consigo mismo, a veces, la luz queda hecha trizas y la resiliencia, cual porcelana rota que se repara, resulta ser parecidísima a la gloria. 5.- ¿Cómo puede decirse un amanecer en San Cristóbal? Quizás la forma más genuina de decirlo sea agradecido /arenillarevista

6.- ¿Adónde se dirigen los sembradores de silencios? Hacia la retórica más profunda y convincente de su vida.

En las pupilas perplejas del faro que, tras la borrasca, todavía inquieren cómo le hizo ese barquito para arribar al puerto y anclarse en la memoria sonriente de una niña que se convirtió en mujer. 8.- ¿Qué diferencia al peatón que camina sobre la banqueta, del que camina sobre las nubes? El sitio que eligieron como destino. 9.- Pasos, pesos, pisos, pozos… ¿Por qué el pozo adopta la zeta? Porque el verbo posar en primera persona del singular presente ya está expuesto en un museo y no dice más: yo poso ante un artista que, hasta hace unos cuantos lienzos y colores, pintó a una anciana sacando agua del pozo para saciar la sed de sus acuarelas, mientras los pinceles sorbían el poso de su vaso hambriento. 10.- El poeta dijo: “Vamos a colocar la tarde donde quieras”, ¿en dónde colocas tus tardes? Sobre mi regazo

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Patio

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Corredor

CARTA A MARIANA,

CON UNA FOTOGRAFÍA TOMADA EN HUEHUETENANGO, GUATEMALA

Querida Mariana: Esta fotografía es de julio de 2008. La tomó Quique. Pepe, Héctor, Quique y yo viajamos a Huehuetenango, Guatemala, en ese mes y ese año, para estar en las Fiestas Julias, que, como sabés, es un festejo maravilloso que realizan en aquella ciudad. Esta vaquita (¿sí es vaca?) era parte de la escenografía de un fotógrafo, en el parque central. Cuando vi la vaca recordé una mañana, yo tendría siete años, que, al lado de mi mamá visitamos la Villa de Guadalupe. De todo lo que vi esa mañana, lo que más me impresionó fue el fotógrafo que, sobre un tripié, tenía una cámara de cajón de madera. Ofrecía fotos a los visitantes. El fondo era una manta, bien restirada, con un paisaje donde, en el extremo izquierdo, estaba pintado el templo antiguo y, en el lado derecho, estaba pintada la imagen de la Virgen de Guadalupe. Si el cliente quería podía treparse sobre un caballo de fibra de vidrio, con llantitas. Mi mamá me preguntó si quería tomarme una foto, dije que sí; luego me preguntó si quería subirme al caballo, por supuesto que dije que ¡no! La foto, en tantas mudanzas, debió perderse porque hace tiempo que no la tengo. Pero la que sí poseo es esta fotografía que Quique tomó en

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Huehuetenango. Digo que cuando vi la vaca pensé que no podía dejar ir la oportunidad de pagar la deuda que tenía conmigo mismo. Ahora sí aprovecharía, porque, además, este animal guatemalteco era más afectuoso que el animal mexicano. La vaca chapina, como se ve, estaba forrada con una especie de peluche que lo hacía muy agradable al tacto, de las manos y de las pompas. Acá estoy, con el dedo de la mano derecha en alto y con la bitácora de viaje en la mano izquierda. Estoy contento, porque sé que esta vaca chapina era más segura, no tenía llantitas, así que no corría el riesgo de desplazarme. Cuando me bajé, Quique dijo que buscáramos un lugar para presenciar el desfile, para ser testigos de ese espectáculo lleno de vida, donde los amigos guatemaltecos celebran la vida, con tambores, bandas, marimba y deslumbrantes trajes tradicionales. ¡Ah, qué hermosas las mujeres huehuetecas! ¡Qué lindas las patojitas!


Buscábamos un lugar cuando, como si fuese un alud, se me echó encima, sin darme un respiro, el edificio del palacio municipal. El palacio tiene un amplísimo portal, con arcos y columnas. Es de una planta, pero justo a la mitad, como si fuera una corona, tiene una concha acústica en el nivel superior. ¡Una concha acústica! ¿Podés imaginarlo? Me sostuve en el hombro de Quique, mientras él le preguntaba a una patojita, con un rostro de madona morena, ¿qué uso le daban a esa concha acústica? La chica rio y dijo que ahí efectuaban conciertos. Ah, qué prodigio. Entonces recordé mi pueblo, Comitán, en los años setenta. Acá nunca hemos tenido un portento arquitectónico, como sí lo poseen los amigos de Huehue, pero hubo un tiempo, cuando existía la manzana de la discordia, que la primera estación de radio comercial, la XEUI, tuvo sus estudios en la parte alta de un edificio de dos plantas. En la parte baja de ese edificio estaba Nevelandia, una cafetería, heladería y billar, cuyo propietario era don Ramiro Rojas. Como en la parte alta, donde estaba la XEUI, había una especie de terraza, reducida en ancho, pero generosa en largo, los directivos crearon un concurso llamado “La hora del aficionado”, que, como su nombre lo dice, aceptaba la participación de entusiastas del canto. Recordé este concurso, porque los comitecos se reunían frente al edificio de Nevelandia y llenaban la plaza del parque central. La patojita le explicó a Quique que cuando había conciertos en esa concha acústica, la audiencia también llenaba la plaza y escuchaba, al aire libre, la magia de la música. El viaje, como todas las experiencias vividas fuera de casa, estuvo lleno de luz y de aire. A mí me impactó la belleza de las patojitas, me sedujo el colorido de sus trajes tradicionales, me subyugó esa concha acústica; y me emocionó esta vaca fiel y afectuosa. Posdata: Los amigos que han visto esta fotografía insisten en decir que estoy sobre un toro y no una vaca, el animalito chapín es un torete. ¡Yo qué voy a saber! Recuerdo que el animal de La Villa, en la Ciudad de México, sí era un caballo y no una yegua. ¿Cómo lo supe? No sé, así me lo dijo la intuición, misma que me dice que acá, en esta fotografía, estoy trepado en una vaca amistosa. ¡Andá a saber! /arenillarevista

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Corredor

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HyC Servicios Comitรกn

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Oratorio


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LA TIENDITA DE DOÑA PIFA La tiendita de doña Pifa sigue abierta ante la contingencia.

Sabe que los productos que vende son de primera necesidad.

Ella usa cubrebocas y no permite que los clientes pasen de la baranda, que ahora está colocada.

La tiendita de doña Pifa es como la de don Santiago, que está por la esquina blanca, casi contra esquina del Diario de Comitán.

La de doña Pifa y la de don Santiago se miran chiquitas, pero ¡venden de todo! Así pues, la de doña Pifa vende ramitos de chaya (para hacer con huevo. Hmm, qué rico), albahaca, romero y ruda (que se echan en alcohol, se deja quince días, y sirve para cuando a alguien le da “aire”. Una buena frotada y ¡listo! ¿Un susto? Pues albahaca y alcohol ayudan a que regrese el espíritu). Vende rejas de papel de china. A gusto del cliente da una cinta diurex o una pella de cera cantul. 16

Vende esencia para hacer temperante; también vende los salvadillos. Los salvadillos de doña Pifa son especiales, dice, porque ya tienen hecho el hoyito.

Vende cuadernitos con oraciones católicas. Dice que la más pedida es la oración a San Caralampio, santo consentido de Comitán.

Vende plumas de pato, de gallina y de pavorreal. Cuenta que en los años sesenta vendía plumas de un ángel que pasó por su tienda y le obsequió varias que arrancó de sus alas. Se le agotaron (tal vez es cuento, tal vez las tiene en su altar).

Doña Pifa es tan generosa que, cuando pasan los testigos de Jehová, los escucha con atención, mientras atiende a su clientela; es tan generosa que les ofrece unos butaquitos para que descansen y les ofrece agua de temperante con pedazos de cazueleja, recién hecha. Cuando los testigos se retiran, se van convencidos de que conocieron a una verdadera hija de Dios.

Vende botellitas de mistela, de litro y de medio litro. Siempre ofrece de mojol un puñito de nanches que sirve en un papelito de estraza.

Su especialidad es la venta de sueños. Los


vende pesados o medidos. Así es normal escuchar la petición de una señora, con chal, que pide: “Véndame’sté un medio kilo de sueños.”, o la petición de una muchachita con tenis: “Que dice mi mamá Lolita que le mande’sté treinta centímetros de sueños y que luego pasa a pagarle.”

Doña Pifa es generosa. Ya tiró desde hace rato el letrero que decía: “Hoy no fío, mañana sí”. Da fiado a sus vecinos y conocidos y a gente de comunidades. Cuando da el producto solicitado dice: “No te lo estoy dando yo, es Dios quien te lo está dando”. Si quien recibe dice: “Gracias a Dios”, ya todo está pagado.

Sí, pero ¿quién le prepara su comidita?, le preguntan. Ella, entonces, señala con su dedo índice hacia el cielo. Nadie pregunta más.

En esta contingencia, doña Pifa no ha cerrado ni un día. Con una cuerda y una polea envía la mercancía adentro de una cajita hasta la puerta, donde la recibe el cliente. Ahí va una charolita para depositar la paga.

Vende atol de granillo, vende quiebramuelas, vende atados de güash, y, cuando es temporada, vende los mejores chulules de la región.

Vende alegrías, alegrías disfrazadas de tristeza.

Vende atardeceres, deseos bordados con flores de tenocté. Vende pomitos llenos de aire de Comitán. Abre su tiendita todos los días del año. Abre a las siete de la mañana y cierra a las cinco y media de la tarde.

Cuando le preguntan cómo le hace con el desayuno y con la comida. Señala una mesita que tiene al lado del mostrador. /arenillarevista

Pero, la verdad es que nadie sabe cómo le hace para preparar su desayuno y su comida, porque vive sola y sus clientes la ven todo el día atendiendo su tiendita.

Todos los billetes y monedas que recibe las coloca en un bol lleno de jabón. Lava los billetes y las monedas y los expone al sol. Cuando se secan los coloca en morralitos, uno para las monedas y otro para los billetes.

A las cinco y media de la tarde cierra, entra a su casa y va al oratorio. A las ocho y media cena y luego prende la radio y escucha música hasta que le llega la hora de dormir.

Al día siguiente se levanta a las cinco y media, hace sus oraciones, da de comer a las gallinas y a los conejos en el sitio, se baña, desayuna y a las siete en punto, quita la tranca de la puerta de madera, coloca la baranda, se persigna, y espera la llegada del primer cliente, con quien platica los sucesos del día en el pueblo. 17


Sala

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UN LIBRO DE DOÑA LETY Q

uerida Mariana: Doña Leticia Román de Becerril ha obsequiado varios libros a Comitán. No ha acudido a editoriales públicas, porque sabe que el camino es arduo. Ella ha sacado paga de su monedero y ha publicado libros de autor, libros muy dignos, con gran calidad. Lo ha hecho por amor a Comitán. Acá te mando la portada de uno de sus libros “Las anécdotas de papá. Cuentos para leer en familia”, libro que está dictado por el gran amor que le tuvo a su papá, don Alberto Román Aranda. Doña Lety cuenta que su papá era ingenioso, simpático y tenía una gran calidad humana. Cuando su papá falleció, doña Lety dice: “Me sentí morir, una gran parte de mi existencia se iba con él. Recordé las penas para hacer el patrimonio de sus hijos; las preciosas serenatas que con su guitarra nos daba a la luz plateada de la luna; las muchas veces que me sentí segura y protegida sobre su pecho poderoso, amparada por sus brazos honrados, por su gallarda figura; jinete sobre “El Soldado”, su rijoso alazán tostado; sus queridos ojos tristes verme sonriendo al oírme cantar.” ¿Mirás? Doña Lety es una hija amorosa, que con este libro rinde “homenaje de amor al hombre que fue mi padre y que siempre proporcionó alegría, con su inagotable ingenio y brindó amable camaradería a todos los que tuvimos la suerte de convivir con él y ser sus amigos.” Es un libro sencillo, que, como su título indica, aglutina una serie de anécdotas que contaba don Alberto. Los comitecos somos fieles salvaguardas de la anécdota. Comitán es un pueblo que gusta de la anécdota y admira y reconoce a los contadores de anécdotas. La anécdota es muy querida. Este libro de doña Lety preserva anécdotas de tiempos idos. Ya te conté en una ocasión que gozo de la amistad de doña Lety. De niño iba frecuentemente a su casa, porque fui compañero de escuela y soy amigo de Beto, el menor de sus hijos. A mí me sorprendía que a la hora de la comida,

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doña Lety, el ingeniero Becerril (su esposo) y sus tres hijos (Enrique, Rafael y Alberto) se sentaban ante la mesa donde había vino para los mayores. En mi casa sólo había agua de chía o limonada y, de vez en vez, mi papá tomaba una cerveza. El vino no se acostumbraba en mi casa, en la de doña Lety ¡sí! En los años ochenta dirigí un periódico semanal en Comitán (Ensayos) y doña Lety fue colaboradora. Fui testigo de la pasión que le ponía a cada colaboración. Doña Lety ha sido una gran cronista de este pueblo. En los últimos tiempos, doña Lety ya no sale a la calle. Antes de la contingencia por el COVID-19, ella se recluyó en su casa, por una dolencia física. Sigue tocando el piano, pero ya no sale a la calle. Digo que ha obsequiado varios libros a Comitán. Su primera contribución es una novela costumbrista “Al final del camino”, que tiene un prólogo de Jaime Sabines (1991); luego publicó el libro del que ahora hablamos: “Las anécdotas de papá” (1993); posteriormente publicó un libro que debe estar en las bibliotecas de todos los comitecos: “Comitán… un lugar para soñar. Calendario gastronómico” (1995) que contiene una rica variedad de recetas comitecas. En 1995 publicó “Chiapas. Kaleidoscopio histórico”, y en 1997 publicó “Arte y artistas”, libro en el que aparece un reportorio extenso del mundo artístico de Comitán. Tiene además una plaquete donde narra la historia de la Escuela Secundaria de Comitán; asimismo, en 1999, publicó una biografía del fundador del Colegio Mariano N. Ruiz, que tituló: “Padre Carlos”. ¿Mirás la dedicación de esta ejemplar dama comiteca? Nos ha legado un hermoso ramo de sabiduría. Con el libro de anécdotas honró a su papá y honró a la anécdota comiteca. Pienso que sí se vale que copie una de las anécdotas, para que mirés por dónde va el librito. ¿Va? Se llama El cadáver y dice así: “Nuestro personaje fue de viaje a la vecina república


de Guatemala -en aquel entonces se necesitaba hacer testamento para realizar cualquier viaje-. Los caminos eran prácticamente brechas y tardaba uno mucho en llegar a cualquier parte. “Se ausentó largo tiempo de Comitán y a su regreso, muy acicalado, se dirigió al “Casino Fronterizo”, lugar de reunión de la crema y nata de la sociedad del lugar. “Al llegar, fue rodeado de sus más allegados, acomodándose a la mitad del local y dando la espalda a la entrada. Después de los efusivos abrazos, vino la pregunta: “—¿Qué ha habido en mi ausencia? “—Vas a ver que estamos fritos, pues nos ha caído una partida militar al mando de un capitán insoportable, que nos tiene hasta el copete— respondió uno de los amigos. “El recién llegado, con su gracia de siempre, y muy pausadamente, contestó: “—¡Es que no estaba yo aquí! “—¡Mju! … ¡Mju! … —pujaron sus oyentes—, ¿qué cosa podrás hacer tú, que no hayamos intentado nosotros? “—Espérense a que yo agarre a ese capitancito, lo voy a hacer pinol. Tendré el gusto de bailar un zapateado sobre su zalea, no le va a quedar un hueco sano, ¡ya verán! —alardeaba el bienvenido. “Nadie le avisó que el dichoso capitán había llegado al lugar, y se encontraba a sus espaldas, habiéndolo oído todo. Este, enfrentándose al “bravucón” le preguntó: “—¿Con quién tengo el gusto de hablar?... ¡porque yo soy el capitancito! “Tragando saliva, el “valiente” le dice: “—¿Así… que… usted… es… el… capitancito? “—¡Sí, señor! — retumbó la voz del militar. “—Pues, si usted es el capitancito, yo, mi estimado… su seguro servidor, ¡soy cadáver! —y le alargó la mano. “El capitán, desarmado, no pudo más que reír a más no poder.” Posdata: La anécdota es testimonio histórico de tiempos idos. Acá aparece el “Casino Fronterizo” que, como dice doña Lety, era el lugar de reunión de la crema y nata de Comitán. La anécdota tiene un rostro amable, simpático, sencillo. Siempre saca una sonrisa. Con este libro, doña Lety honra los instantes donde disfrutaba la vida sencilla al lado de su papá. ¡Larga vida a doña Lety!

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Cocina

SÓLO LOS GRANDES

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odas las escuelas públicas del país se sostienen de la confluencia de dos factores esenciales: comités de padres de familia y autoridades gubernamentales.

Pero, los colegios particulares se sostienen de los padres de familia y de los fundadores. Estos últimos son hombres y mujeres visionarios que creen firmemente en la educación, que piensan que la educación es fundamental para el avance de los pueblos.

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En esta fotografía aparece, en primer plano, a mitad de la calle, un comiteco visionario, un hombre que creyó en el poder transformador de la educación y emprendió una empresa titánica: Fundar un colegio para la formación moral de los estudiantes: El Colegio Mariano N. Ruiz, en Comitán. Acá se ve al Padre Carlos J. Mandujano, una mañana de julio de 1956. Esa mañana, cientos de comitecos respondieron a su convocatoria para


celebrar el Cuarto Centenario de la llegada de los frailes dominicos a Comitán. En esa ocasión, todo mundo comprobó la capacidad de liderazgo que el sacerdote poseía. El padre Carlos, fundador de nuestro colegio, fue un líder, hombre que soñó con grandes obras. Mientras atendía su apostolado católico, se dedicó a fundar obras de beneficio colectivo. Él creó en San Cristóbal de Las Casas, una pequeña sala cinematográfica, “Vanguardia”, para exhibir cintas que contribuyeran al crecimiento del espíritu; en Comitán fue pilar fundamental para la creación del Asilo para Ancianos que, hasta la fecha, funciona en el barrio de San Sebastián; pero, sin duda, su obra máxima fue la fundación del Colegio Mariano N. Ruiz, en 1950. El padre Carlos fue alumno del maestro Mariano y honró su memoria al fundar un colegio con el nombre del maestro que, de igual manera, fundó una escuela en Comitán: “La Industrial.” De esta manera, los nombres de dos grandes hombres quedaron unidos, a través de un hilo luminoso: la educación. De esta manera, los nombres de Mariano N. Ruiz y Carlos J. Mandujano García son muestra de que sólo los grandes realizan grandes obras. La fotografía, ya se dijo, es de 1956. Está tomada desde el edificio de la presidencia municipal. Al fondo se aprecia la fachada del actual Teatro de la Ciudad. El portal de la izquierda ya no existe, era parte de la manzana que, en los años setenta, fue derruida. Antes del teatro se observa parte de la pérgola que había en el parque central, se ve una persona que baja por la escalinata. La mañana es esplendorosa. Decenas de niñas, vestidas de ángeles, forman una valla. El padre Carlos revisa que todo esté a la perfección. Quienes vivieron ese momento refieren que el festejo fue apoteósico, monumental, perfecto. El padre Carlos buscaba la perfección. Al templo de Santo Domingo lo dotó de una gran dignidad. Pensaba que la casa de Dios no debía ser cualquier casa, debía ser la casa de todos, la casa de la cual todos se sintieran orgullosos. El 5 de febrero de 1950 bendijo el primer ciclo escolar del Colegio Mariano N. Ruiz, colegio que durante muchos años (hasta ahora) muchas personas llamaron La Escuela del Padre. Hoy, la escuela del padre (del padre Carlos) es una institución que ofrece servicios de maternal, preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y universidad. La mística que cimentó su obra sigue vigente. Los actuales directivos, maestros, padres de familia y alumnos siguen construyendo el gran edificio cultural y espiritual que él sembró con pasión. Acá, en esta fotografía, se ve el instante perenne que alienta un hombre que fue ¡un grande! /arenillarevista

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FotografĂ­a: Carlos Gordillo

Setenta aĂąos de excelencia educativa: 1950 - 2020.

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Balcones

EL TOP TEN DEL TOP

El Diccionario tojolabal-español, de Carlos Lenkersdorf, dice que top significa parte trasera, trasero, posterior, tutís (comiteco). Al usar el sustantivo top pueden generarse palabras compuestas. A continuación, se presenta algunas de estas palabras, encontradas en el diccionario ya mencionado; en Glosario, de José Luis González Córdova; y Arcaísmos, regionalismos y modismos de Comitán, Chiapas, de Óscar Bonifaz.

Topaltik.- Muchas partes traseras. Chactop.- (Toj; chaktop: intestino grueso). Tripa final del aparato digestivo. Recto, ano. Tintintop:- De bruces y con la región glútea empinada. Colotop.- Adj. m. Sin cola, rabón. Parte trasera en forma de bola. Cushtop.- Trasero sucio. Güichitop: Cabeza abajo. Pactop.- s.m. Estreñimiento. Dificultad para evacuar los excrementos. Tolan-top.- Siempre uso el mismo calzón. Stopil wex.- Fondillos del calzón o pantalón. stop winik.- Trasero de un hombre.

Ratón colotop

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Sala

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Sitio

Unas cuentas de un Rosario

El poeta tuxtleco Enoch Cancino Casahonda dice que los papás de Rosario Castellanos llevaron a su hija a Comitán cuando ésta tenía tres meses de edad. Violeta Pinto señala que Rosario vivió en Comitán toda su infancia y parte de su adolescencia hasta los dieciséis años, a partir de ese instante, 1941 más o menos, Rosario se aleja de Comitán. Rosario radica en la ciudad de México mientras estudia el bachillerato y luego la licenciatura y maestría en la UNAM, y luego viaja a España en plan de estudios; gracias a las cartas que Rosario le envía a Ricardo sabemos que el 15 de diciembre de 1951 ella estaba en el rancho Chapatengo, en compañía de su hermano Raúl; es decir, Rosario vuelve a su querencia diez años después de haber dejado Comitán. En realidad no regresa a su pueblo, ella viaja, dice, de Tuxtla a La Concordia en avión, bueno esto es una exageración de ella, viajó, sin duda alguna, en avioneta, de Tuxtla a La Concordia el viaje no era en avión, era en avioneta, y de La Concordia a su rancho hizo el viaje en caballo, faltaba más. Rosario narra este viaje con su característico humor, dice: “me dieron el único caballo que sé montar, me gustaría que tuviera un nombre romántico o legendario pero se llama modesta y ridículamente Barril”. Como ella dice, el caballo no tuvo la prosapia de un Rocinante o de un bucéfalo, pero este caballo modesto tuvo su momento de gloria y ahora se repite para la historia. Barril, Barril se llamó el caballo que montó Rosario Castellanos, una tarde de diciembre de 1951. Es en este viaje cuando Rosario dice que, para entretenerse, porque en el rancho no había mucho qué hacer, se rapa; primero ella y Raúl usan unas tijeras, y luego una máquina de afeitar, dice que su cabeza quedó reluciente, pulida, lisa, dice que esto la obligaba a quedarse en Chapatengo, no podía irse aunque quisiera; lo bueno que estaba en su rancho, en Comitán, alguien, solo como juego, le hubiese dicho pelona, pelonete, cabeza de cuete. Es difícil imaginarla sin cabello, imaginarla bien rapada, pelona, pelonete, cabeza de cuete.

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Rosario no la tuvo fácil. De acuerdo a lo que escribe, su hijo Gabriel fue un niño demasiado listo, sobrado, diríamos en Comitán. En un artículo publicado en Excélsior el 23 de agosto de 1971, Rosario escribe lo siguiente: “A veces, cuando Gabriel está libre de compromisos, me concede una audiencia. Y me confía sus preocupaciones, que son de este tenor: “Si uno supiera lo que es la muerte podría escoger entre la muerte y la vida”. Pa’su mecha. Qué tipo de preocupaciones tenía Gabrielito. Parece que ni en la facultad de filosofía se aventaban este tipo de elucubraciones. Al final Rosario escribe que como Gabriel dio razones acerca de la muerte, ella le dijo al pequeño que ya, más o menos sabía qué era la muerte, entonces por qué no escogía. Nuestra paisana dice que Gabriel le respondió: “No puedo escoger porque todavía no sé lo que es la vida”. Pucha y recontrapucha. El otro día llegó Gabriel a Comitán y estuve a cinco o diez metros de él, me asomó la inquietud por acercarme y preguntarle si ya más o menos sabía lo que es la vida. Pensé que sería una respuesta interesante, que ayudaría a llenar vacíos, pero luego recordé que a Gabriel Guerra Castellanos no le gusta andar por los caminos donde anduvo su mamá, por lo que mejor elegí quedarme donde estaba. Si Rosario hubiese sabido lo que es la muerte, ¿habría elegido ésta o la vida?


Tapango

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C U E N T O

EL ESPÍRITU BUENO

E

l abuelo Elías siempre reúne a todos los nietos que viven en casa para contarles leyendas. Dice que estas leyendas las aprendió de su papá. Los niños, a las siete de la noche, se sientan en el piso del patio central de la casa y escuchan con atención. Rosa y Armando se sientan uno al lado del otro y, conforme avanza la historia del abuelo, se juntan hasta quedar hombro con hombro. Así se sienten acompañados y logran superar el miedo que siempre sienten al escuchar esas leyendas, que hablan de 32

animales y fantasmas que se aparecen en los campos justo a media noche. Los demás niños -Alicia, Andrés y Yolanda- no tienen miedo. A veces se burlan de las caras de asombro que ponen Rosa y Armando. Cuando la historia termina y se levantan para ir al comedor donde cenarán, Alicia, Andrés y Yolanda se esconden detrás de los pilares y cuando pasan Rosa y Armando salen con las manos en alto y gritan: Bu, bu, bu. Siempre es lo mismo. Rosa y Armando se asustan, corren y abrazan a la abuela, quien les pasa las manos sobre las cabezas y les dice que no teman, que nada es cierto,


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que esas historias no son más que leyendas antiguas. Alicia, Andrés y Yolanda entran al comedor, lo hacen muy serios, para que no los regañe la abuela, pero se les nota en los ojos iluminados, que disfrutan la travesura que le hacen a sus primos. El abuelo Elías les cuenta las historias de El Sombrerón, de La Llorona, de El Cadejo, de la Mano que caminaba, entre otras. La simple mención de los nombres de El Sombrerón y de El Cadejo hace que Rosa y Armando se abracen sin querer soltarse. La abuela le pidió al abuelo Elías que dejara de contarles esas historias de miedo. El abuelo rio, dijo que no les hacía daño a los niños, que era una manera de preservar las historias que desde siempre han contado /arenillarevista

los mayores. —¿Por qué no les contás historias de hadas buenas? —dijo la abuela Hermila. —¡Ah, no, esas historias se las debés contar vos! La abuela no terminó de escuchar la propuesta. Dijo que ¡sí!, que estaba bien. Lunes, miércoles y viernes le tocaría al abuelo y ella contaría cuentos los martes, jueves y sábado. —Está bien —dijo el abuelo y fue a su taller de carpintería para terminar de barnizar una silla que había terminado. Así, el martes, los niños se sorprendieron al ver que, en lugar del abuelo, estaba la abuela sentada en el butaque. Preguntaron si estaba enfermo el 33


abuelo. Ella dijo que no, y señaló hacia la cocina. El abuelo espiaba detrás de un pilar. Quería ver la reacción de los niños. Estaba seguro que la abuela no lograría atrapar la atención de los niños. Y la abuela comenzó a contar. Contó que hace muchos, muchos años, un niño, llamado Caralampio, tomó entre sus manos el espejo de su mamá y dijo que él iría a buscar al espíritu bueno del bosque. El espejo le dijo que no lo hiciera. —No vayás, en el bosque sólo hay espíritus malos, que salen a medianoche y espantan a todos los que caminan por ahí. ¿No has oído de El Cadejo, de El Sombrerón, de El hombre sin cabeza? Caralampio le dijo al espejo que esa noche irían los dos y demostrarían que también hay espíritus buenos que salen a las doce de la noche y cuidan al mundo. —¿Los dos? —preguntó el espejo—. ¿Quiénes son los dos temerarios? —Vos y yo, ¡claro! —dijo Caralampio. —No, no y ¡no! Por supuesto que no, yo no iré. Yo no soy tan valiente —y titubeó, porque le dio pena reconocer que tenía miedo—. En realidad, yo no soy tan tonto como vos. Andá, pues, si no querés hacerme caso, ¡andá!, y a ver cómo te va. Caralampio preparó su linterna de mano, una cantimplora con limonada, la chamarra de cuadros con borrega

en el cuello y, cuando dieron las once campanadas en el reloj de pared, se subió el cuello de la chamarra, tomó el espejo y salió. —Hey, hey, ¡no, no! ¿Adónde me llevás? Y como si le hablara al famoso espejo del cuento, dijo: —Espejito, espejito, iremos a ver quién es el más bonito. Y echó a caminar por un sendero de tierra, que poco a poco se fue angostando y haciendo más oscuro, más tenebroso. Caralampio caminaba como si fueran las doce del día, de un día de campo. Al llegar a la parte más arbolada comenzó a silbar y a tararear. —¡No, no, no silbés! ¡No, no, no cantés! —le pedía el espejo—. Se van a despertar los fantasmas. ¡Ay, señor! ¿Qué estoy haciendo acá? La alarma del celular de Caralampio comenzó a sonar. Caralampio se detuvo, sacó su celular y vio que eran las doce en punto de la noche, la hora en que, según la leyenda popular, salen los espíritus y aparecidos. Caralampio vio hacia todos lados, las ramas de los árboles apenas se movían. En el fondo del bosque todo era un manto oscuro, vestido con un silencio helado. La cara del espejo comenzó a empañarse, el

Las Arenillas son breves, pero las playas que forman son ¡inmensas! 34


espejo sudaba de terror. De pronto escucharon un galope lejano que se fue acercando. —¡El sombrerón! —dijo el espejo. Lo dijo en voz baja, lo dijo sin que las palabras salieran por completo de su boca. El espejo se persignó y encomendó su alma a la diosa de los espejos. Caralampio seguía sin moverse. Estaba parado con las piernas abiertas, como si estuviera en un duelo de esos que practicaban los vaqueros en el viejo Oeste. En una mano tenía la lámpara y en la otra, en la derecha, el espejo. Un silencio se tendió como una colcha, de pronto, se escuchó un relincho y una carcajada que le paró los pelos de punta a Caralampio. Frente a él estaba un caballo negro, enorme, con la crin trenzada, y sobre él un hombre corpulento, con sombrero, espuelas, ojos llameantes y bigote espeso. ¡Era el mismísimo Sombrerón! Caralampio no perdió un instante. Recordó las películas de vampiros que había visto en la televisión, levantó el brazo derecho y puso frente al Sombrerón el espejo. El Sombrerón vio su cara reflejada en el espejo y dio un grito que despertó a todos los animales del bosque, los venados y conejos saltaron, los búhos volaron, las serpientes se escondieron en sus cuevas y las hormigas se ocultaron al fondo de sus laberintos. Pero, después del grito sucedió algo fantástico, El Sombrerón y su caballo comenzaron a desintegrarse, se deshicieron y se volvieron polvo. Después de unos segundos sólo quedó un poco de ceniza sobre el camino. El espejo no daba crédito. Se asomó por su ventana y preguntó: /arenillarevista

—¿Lo vencimos? —Claro que sí. Cuando el fantasma vio reflejada su imagen casi casi le da un infarto. ¡Cómo no! ¡En realidad era muy feo! El espejo se subió al hombro de Caralampio y bailó y cantó: —¡Lo vencimos, lo vencimos! Caralampio alcanzó a ver que una mujer (sin duda era La Llorona) se echó el rebozo sobre la cara y voló hacia la montaña más alta. —Ya no volverá, seguro. Caralampio y el espejo regresaron a casa, lo hicieron bailando en uno y otro pie, tarareando la canción: —¡Lo vencimos, lo vencimos! Y cuando llegó a este punto, la abuela les preguntó a los niños si les había gustado el cuento. Todos levantaron los brazos y dijeron que sí, ¡sí!, les había gustado mucho, se tomaron de las manos y, sentados como estaban, cantaron: —¡Lo vencimos, lo vencimos! El abuelo no salía de su sorpresa. Al otro día le dijo a su esposa que a él le había gustado también el cuento. —¿En dónde lo aprendiste? La abuela cerró y abrió los ojos como si fuera una persiana automática, sonrió y dijo que en la vida hay de todo: leyendas de aparecidos y leyendas donde el sol siempre ilumina, abrazó al abuelo y le dijo: Colorín, colorado, este cuento se ha acabado. ¿Te gustó? Y el abuelo volvió a decir que sí, que sí le había gustado. Se sentaron y tomaron café con pan, antes de probar el desayuno.

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El mundo parece descompuesto. Pronto volverรก a estar como el pan de Comitรกn.

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