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Arenilla 5

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Arenilla Ejemplar de colección

Revista

Comitecos de tradición

Juan Carlos Gómez Aranda

Mauricio Cordero Rodríguez

Publicación bimestral ■ Distribución gratuita ■ No. 5 ■ Junio - Julio 2018 ■ Comitán de Domínguez, Chiapas, México


Junio - Julio 2018

2 mil ejemplares Distribución Gratuita Alejandro Molinari Director General Patricia Alcázar Relaciones Públicas Roberto Carlos Espinosa Vásquez Director Comercial Dora Patricia Espinosa Vázquez Editora Ejecutiva Fotografía de portada: Carlos Gordillo NUESTRAS REDES

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E D I T O R IA L

o hay misterio alguno: Lo que vivimos hoy será la historia que se revisará en el futuro. Algún día por venir se estudiará, en clase de Historia de México, los sucesos del 2018.

En el futuro se hablará, de manera privilegiada, de lo que sucedió en las elecciones de este año, porque este año será decisivo para el avance de la patria. En 2018 se realizan elecciones para elegir al presidente de la república. En Chiapas, además, se elige al gobernador y, de igual manera, se elige a senadores, diputados federales, diputados locales y presidentes municipales. Se sabe que nuestro estado tiene múltiples rezagos. Las administraciones anteriores no han logrado subsanar las carencias ancestrales que Chiapas tiene. ¿Es 2018 oportunidad para elegir a los hombres y mujeres que comiencen a revertir el rezago histórico? ¡Sí es! Por esto, los ciudadanos deben razonar su voto y comprometerlo con Chiapas. Lo ideal sería que, a la hora de votar, el elector anteponga el interés común sobre los demás intereses y vote por los candidatos que, a su buen entender, puedan convertir a México, a Chiapas y a los municipios de la región, en los territorios de luz que les corresponde por su grandeza cultural.

facebook.com/Arenillarevista @arenillarevista instagram.com/arenillarevista 9631266418 9631043955 arenillarevista@gmail.com

En este 2018 hay una gran oportunidad para hacer que un nuevo tiempo germine. Ojalá que los electores tengan la suficiente capacidad para elegir de manera adecuada y tengan la suficiente fuerza para obligar a los nuevos gobernantes a hacer de este presente un mejor futuro para todos los que vivimos en esta nación.

Para eventos sociales, ventas y publicidad 9632365050 Este ejemplar está en tus manos gracias al patrocinio de: San Marcos, San José Clínica, Librería Lalilu, Crearte en Madera, Auditivos de Comitán, Hotel La Casa del Marqués de Comillas, Hotel Posada del Ángel, Yaaxan, Dr. Rubén Sánchez, Panadería La Espiga de Oro, Ipesa Pinturas, Estética Vanity, Academia de fotografía Meyer, Técnica Dental Avanzada, Sabores de Comitán, Proveedora Cultural de Comitán, Ideas PC, Funerales Figueroa, La Moderna S.A., Villa Victoria, Nataly Pastelerías, La Casa del Suéter, MiraQuien Magazine. Empresas comprometidas con el desarrollo cultural de Comitán y la región.

Fotografía: Ángel Obed López

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Zaguán

Fotografía: Juan José Vázquez Méndez

LA RIQUEZA DEL VOSEO

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José Luis González Córdova

os que por estas tierras nacimos, crecimos hablándonos de vos; de vos nos hablaban nuestras madres y de vos nos cantaban para arrullarnos y convidarnos a dulces sueños: el vos sonaba a intimidad en labios frescos, cuando al amor del rescoldito que quedaba en el fogón, cantaban las criadas sus consejas memorables; de vos nos peleábamos unos con otros y de vos, finalmente, nos amábamos los de anteayer y los de ayer; los de hoy, lamentablemente, ya usan otro lenguaje. El vos era el sustituto completo del tú, y tan necesario, que normalmente en un día se le empleaba, por lo menos, en mil ocasiones, y estaba tan arraigado, que cuando una persona pretendía eliminarlo y sustituirlo por el tú, incurría a cada paso en equivocaciones, quedando una graciosísima mezcolanza que

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desesperaría al más acertado gramático. Hay algo carísimo a nuestros oídos en esta música del lenguaje familiar, del habla de nuestro terruño (amén del cantadito), triste es decirlo, especie de recuerdo, nostálgicamente conservado del suelo en que rodó nuestra cuna y en el que dejamos enterrado nuestro ombligo. Actualmente al escuchar ese modo de hablar, parece que respiramos perfumes del Comitán que ya se fue, revivir días de nuestra infancia, entrever visiones ya casi esfumadas en los meandros recónditos de nuestra memoria. Cómo olvidar cuando mi nana Paula me cantaba “Dormite mi niño, que tengo quehacer, lavar tus pañales, sentarme a coser...” Otra del mismo género: “Dormite pichito,


cabeza de ayote, si no te dormís, te come el coyote”. Y la clásica canción de cuna: “Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?, por una manzana que se le ha perdido. Si es por eso que llora, yo te daré dos, una para el niño y otra para vos”. De este mismo modo recuerdo casi con nítida perfección, lo que una familiar mía le dijo a su hijo, cuando éste, aspirante a centauro, insistió en montar un brioso caballo: “¡Cómo sos de jodón, vos!, si eso querés, montate y matate”. Bajo ese tenor, ustedes amigos lectores podrán recordar infinidad de situaciones chuscas; como yo recuerdo la siguiente anécdota: Todos sabemos que aquí en Comitán no es muy común que se sientan temblores, estos fenómenos físicos se presentan, a Dios gracias, de manera muy esporádica. Pero cuentan por ahí, que a un señor muy conocido por estos lares, la vida le había regalado cuatro hijas y él quería tener un su chiquitío varón, por lo que acudió a ver a su compadre el médico, para decirle: —Oíte, vos compa, fijate que la gallina ya está echada, y vos sabés que lo que más quiero es abrazar un mi indizuelo. El padre tiempo hizo de las suyas y por fin llegó el momento del parto. Eran como las nueve de la noche, todo estaba listo, como salido de un script: La parturienta y el partero, el agua caliente, las toallas, los quejidos, los sudores; cuando de pronto se sintió un fuerte temblor que dejó a oscuras toda la ciudad. Se utilizaron velas y quinqués para continuar con el trabajo de parto. Por fin, salió todo bien; el médico fue a donde estaba el nervioso

padre y le dijo: “Ora sí, compadrito, le atinaste, ya sos papá de un tu hermoso pichito, machito como querías”. El feliz papá corrió a comprobar con sus propios ojos lo que su compa le dijo, en ese momento regresó la luz y se comprobó que el recién nacido no era niño sino niña. Muy molesto por la broma tan pesada, la recriminación no se hizo esperar: —Oíte, compadre, ¡cómo serás!, no jugués así con mis sentimientos, es niña. Y el médico, con cara de susto, sólo atinó a decir: “Ay, compadrito, te doy mi palabra de honor que era varón, vos sabés que soy muy acertado, cuando nació ¡era muchachito!, a lo mejor con el temblor se cuarteó.” Así es, queridos amigos, no nos queda más que aceptar que nuestra peculiar forma de hablar va quedando en el pasado. Dicen los que saben, que las lenguas son organismos que nacen, crecen, se desarrollan, sufren de tiempo en tiempo enfermedades y decadencias y al fin mueren, bien por exceso de vitalidad, ora por estancamiento y falta de cultivo. Hay en efecto una lengua consagrada por la academia, podríamos decir, fina (con esto no podemos dejar de recordar con enorme cariño al Maestro Bernardo Villatoro), pero hay una lengua que habla el pueblo, que es la que se enseña a los niños, con la que se transmiten los quereres, los penares y los saberes.

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Patio

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO PAU TUVO UN DOMINGO DIVERTIDO

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uerida Mariana: Tengo muchos amigos que no soportan el domingo, les parece un día aburrido y no saben cómo llenar vacíos. Yo disfruto los domingos, porque tengo más tiempo para escribir, leer y pintar.

Pero, a veces, salgo a caminar o voy al campo. El domingo pasado, mi prima Martha y su hija Pau llegaron a casa y me invitaron a ir a comer. Martha dijo: “¿Celebramos la Independencia?” ¿En junio? “Sí —dijo ella— todos los días se puede celebrar la Independencia”. Bueno, dije, está bien. Luego entendí a qué se refería. Subimos a su auto y enfiló con rumbo a Las Margaritas, se desvió por el camino de San José Obrero, pasamos por Cajcam y llegamos a ¡La Independencia!

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Comimos en uno de los famosos restaurantes de ahí. Pau se sobó el estómago y dijo que estaba “Jipata”, siempre dice esta palabra cuando está satisfecha. Hace más de diez años nadie iba ex profeso a comer a La Independencia. Ahora, muchas personas de la región visitan ese poblado, porque se come muy rico. Cuando mi amigo Héctor Cortés Mandujano, destacado escritor chiapaneco, y su Güera, vienen a Comitán se dan una vueltita a La Independencia para disfrutar de los deliciosos platillos que ahí preparan. Cuando terminamos de comer, Martha dijo que fuéramos a conocer el parque central de la población. “Bueno —dijo Pau— pero lo vemos desde el carro, ¿va?” Subimos al auto y seis o siete cuadras adelante hallamos el parque. La tarde del domingo era espléndida. El parque a esa hora (tres y media


o cuatro de la tarde) estaba casi vacío. Sólo una pareja estaba sentada en una banca de hierro forjado. Platicaban. Todo era armonía. Mi prima bajó y yo hice lo mismo, Pau se quedó en el carro. Cuando llegamos al parque me di cuenta que tenía muchos niveles. Le grité a Pau: “Vení, vení, hay muchos lugares para jugar”. “¡No!”, respondió ella. “Tiene más de seis niveles”, volví a gritar. Mi insistencia hincó la duda. Mi sobrina pegó su carita al cristal y alzó su cabeza como si fuera uno de esos animales que se paran para ver el horizonte y que se llaman suricatos. Como el techo no le permitía ver bien, tuvo que bajarse del auto. Crucé la calle y le dije que viera esa maravilla de parque. “¡Guau!”, dijo, cuando estuvo en el parque y vio la serie de terrazas que lo conforman. “Acá se puede jugar a las escondidas”, dijo. “Juguemos”, propuse. Ambas, mamá e hija, me quedaron viendo y me dijeron que tenía hasta veinte para esconderme y comenzaron a contar, con los ojos cerrados: “Uno, dos, tres…” El parque está construido en la cima de un cerrillo, esta conformación topográfica le permite tener una serie de terrazas en las cuales hay un kiosco, una pérgola y una cancha de básquetbol. No sé, la verdad, si existe un parque similar en el estado de Chiapas. Cuando menos en Comitán no existe un parque con tantos niveles y con tantas escalinatas. Pensé que el parque es un parque muy divertido. Pau y su mamá subieron y bajaron varias

veces en mi busca. Yo me había escondido detrás de una columna de la pérgola; es decir, no bajé porque pensé que mi edad ya no me permite andar de arriba para abajo. Ellas pensaron que yo había bajado y corrieron a los niveles inferiores. Pensé que los abuelos que lleguen a conocer el parque deben estar sosegados en el primer nivel superior y desde ahí apreciar parte del valle que se extiende en el horizonte. Pensé que éste es un parque muy divertido. Pau así lo manifestó cuando su mamá dijo que ya era hora de regresar a Comitán: “Mamá, vengamos el próximo domingo de nuevo. Invitemos a Memo y a Chayito (sus primos)”. Posdata: Hace muchos años pocas personas viajaban a La Independencia con el propósito exclusivo de comer. Hoy, gracias a los restaurantes de prestigio que ahí existen, mucha gente acude. No habíamos descubierto que el mojol de lujo es el parque con tantos niveles, parque que recuerda los centros ceremoniales prehispánicos, porque hasta un juego de pelota tiene integrado. Sí, cuando regresamos a Comitán, los tres coincidimos que había sido un domingo sensacional. Supimos que en nuestra región es posible celebrar La Independencia cualquier día del año.

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Corredor

LA CHISPA DE LA VIDA, EN COMITÁN

A

sí como los conquistadores llegaron a América e impusieron sus culturas, de igual manera, una tarde, la Coca Cola llegó a Comitán. El pueblo tomaba limonadas, agua de chía, agua de temperante y las “gaseositas” de don Jorge Soto. Hoy, como en todo el mundo occidental, la Coca Cola domina el mercado de las bebidas; hoy, la empresa FEMSA es la que distribuye el producto de manera directa en toda la república, pero hubo un tiempo en que la empresa otorgaba concesiones a distribuidores particulares. Don Jorge Penagos Guillén (chofer) platica su testimonio, ya que él fue vendedor del famoso refresco durante muchos años. Don Jorge cuenta: “Comencé a trabajar con don Arturo Gómez, el de “El Río Escondido” -quien fue el que inició con la Coca Cola acá en Comitán-. Don Arturo recibía el

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producto que llegaba de Tuxtla. El restaurante y cantina estaba donde ahora está Elektra. Luego, el distribuidor fue don Humberto Córdova, posteriormente don Augusto Molinari, y, al final, don Mario Pinto.”

Don Jorge dice: “Empecé como ayudante. Don Arturo tenía una camionetita Ford, modelo 36. Comencé haciendo mis pinitos con ese carro. Ya luego con don Humberto me hice chofer. Para ese tiempo tenía dieciséis años. Como no tenía todavía la edad suficiente, don Humberto le dio una lanita al delegado para que me diera la licencia. Desde entonces comencé a manejar con confianza, porque antes, como me veían muy joven, me En la foto: Jorge Penagos Guillén paraban los de tránsito. Y ya y Cristina Alfonzo Figueroa.


no paré. Cuando dejé de trabajar en la Coca, don Mario me dio el camión que ahora tengo, me lo dio a pagos. He sido chofer toda mi vida y lo seguiré siendo, mientras Dios me dé fuerzas”. Cuando comenzó a trabajar con don Humberto, don Jorge iba a Tuxtla por el producto: “Diario nos íbamos a las diez de la noche de aquí, llegábamos como a las dos de la mañana a Tuxtla; me subía yo a dormir en el envase. A las seis de la mañana ya me despertaban, para descargar los envases vacíos y cargar las rejas con producto lleno. A veces me daba váguido por el hambre. Cuando pasábamos por Navenchauc le decía a mi compañero Joselino que compráramos algo para comer. Ahí me bajaba a comprar unas tortillonas grandes con frijol. Llegando aquí a Comitán volvíamos a descargar el camión y a volverlo a cargar de envase vacío para salir otra vez en la noche.

Así era, era duro el trabajo. Ya luego me dediqué al reparto acá en Comitán. Ya comía a mis horas y me dormía temprano. Así fue la vida.” Don Jorge habla de los años sesenta y setenta. En ese tiempo, Comitán era una ciudad más afectuosa y, por supuesto, más pequeña. ¿Cómo era la ruta para el reparto? “Bueno, en ese tiempo, solo yo ‘trapeaba’ todo Comitán. Primero hacía yo avenidas, y después agarraba yo desde la primera a la última calle. Repartía en las tiendas. Salía yo a Margaritas también. Don Augusto me dio un camión de cinco toneladas, modelo 52, me dio la oportunidad de que yo se lo pagara a plazos. Con ese camioncito comencé a abrir nuevas rutas, me iba a El Triunfo, a Margaritas y a El Progreso, cruzando ocotales. Como el camioncito ya era viejo, a veces me quedaba yo tirado.”

Don Jorge trabajó con los

“Esta fotografía es más o menos como del 70, yo acababa de recibir el camión, se ve nuevecito todavía”. En la foto: Lupe, Mario y Jorge.

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cuatro distribuidores que hubo en la ciudad, antes que la empresa cambiara los esquemas de venta. Ya luego se puso

María Hermila Castellanos Escandón y Carmelino Avendaño López

a trabajar de chofer en la cervecera Superior, con el mismo ahínco con el que siempre lo ha hecho: “Fui vendedor durante once años, surtiendo bodegas en Comalapa, en Motozintla. Viajaba diario, a veces alcanzaba a hacer dos viajes de cerveza de Comitán a Motozintla. Salía yo a las cuatro de la mañana, entraba yo a las siete u ocho en Motozintla, me descargaban, me cargaban envase y a las once de la mañana salía yo de Motozintla y entraba yo aquí a la una y media o dos de la tarde, me descargaban, salíamos a comer, me cargaban y a las cinco ya iba rumbo a Motozintla.” Don Jorge tiene ahora setenta y ocho años de edad, y, como él dice, no le ha “aflojado”. Reparte carga acá en la ciudad, con el camioncito que le dio don Mario y al cual logró conseguirle una concesión. Pertenece a una asociación que se llama BalúnCanán. Se casó con doña Cristina Alfonzo Figueroa, con quien procreó seis hijos: dos hombres y cuatro mujeres. Ella, desde hace cuarenta y nueve años, atiende su

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taquería, donde vende tacos suaves de res, de longaniza y de maciza. Cuando se le pregunta qué ha sido para él el oficio de chofer, su rostro se ilumina y dice: “Mi delirio es estar arriba del camión. Ni hambre me da cuando estoy arriba. No le paro a la chamba. Comencé a trabajar de muy chico, con don Rubén Solís, enfrente de la gasolinera de don Ulises. Me acuerdo que me pagaba dos pesos mensuales. El primer día, mi mamá me fue a dejar, cobró veinticuatro pesos y me dijo: ‘Nos vemos de aquí a un año’. Hubo una temporada que hasta taxista fui. Yo moví, con mi camioncito, a todos los grupos de música. Yo era el mero macizaso de todos los grupos que había. Los recogía yo donde estaba la “Nevelandia”. Diario me hablaban a las diez, once de la noche. Nos íbamos con mi hijo, un carro cada uno, regresábamos como a las cuatro o cinco de la mañana, cuando terminaban todas las serenatas, porque en ese tiempo se acostumbraban las serenatas para las muchachonas, ahí ganábamos la lanita. Había partes donde daban cinco serenatas, pero en ese tiempo acostumbraba yo dejarlos en la calle, así repartía yo cinco serenatas, y el primero

que llevaba yo era el primero que iba a dejar, y Jorge, mi hijo, por otro lado chambeando también. Llegué a tener el camioncito de tres, la camioneta y un camión de seis toneladas, con ese moví al Águilas de Chiapas.”

Don Carmelino Avendaño López Igual que don Jorge Penagos, don Carmelino también trabajó en la Coca Cola. Comenzó trabajando con don Humberto Córdova y luego con don Augusto Molinari. Fue encargado de bodega y chofer, oficio que continuó con don Eduardo L. Tovar y con don Guillermo Trujillo, en la zapatería. Se casó con doña María Hermila Castellanos Escandón. Don Carmelino y doña María Hermila tuvieron ocho hijos: seis hombres y dos mujeres. Doña María Hermila abrió una taquería para ayudar con los gastos. Muchas personas acudían a cenar los taquitos, en el barrio de Guadalupe. Don Carmelino ya falleció. Era diabético. Sobrellevó la enfermedad más de diez años. Lupita, una de sus hijas, dice que no se cuidaba: “Nunca dejó de tomar la Coca Cola. La Coca era su almuerzo, su comida y su cena. Decía que se iba a morir, pero con su refresco”. No cabe duda que fue fiel al refresco de la empresa donde trabajó durante tantos años.


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FotografĂ­a: Carlos Gordillo Modelo: Karla Gordillo

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Sitio

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Oratorio

RÍOS DE AGUA CLARA ¿Qué ha hecho grande a Comitán? ¡Su gente! Nuestra ciudad apuntala su fortaleza en la tradición familiar. En tiempos de globalización y de transformaciones radicales, hay un elemento que los comitecos conservamos con gran decoro: ¡el legado cultural que nos dejaron los padres!, quienes, a su vez, lo recibieron de los mayores, ¡los abuelos! Esto es así, porque los habitantes de esta tierra reconocemos que la preservación y difusión de esa herencia harán que Comitán siga siendo una de las ciudades con gran riqueza cultural, en todo el mundo. Comitán es un gran árbol, una inmensa ceiba. De ahí, de ese tronco, provienen las ramas más fuertes. ARENILLA-Revista hace un homenaje a esos hombres y mujeres que, con su tesón y su voluntad, han hecho que nuestra tierra siga siendo un espacio lleno de luz y de aire limpio. En nuestra portada aparecen Juan Carlos Gómez Aranda y Mauricio Cordero Rodríguez, dos comitecos que han optado por el camino de la política, senda que tiene como objetivo principal el servir a la sociedad desde las más altas tribunas. Pero, ¿quiénes son ellos? Dice un adagio popular: “Al árbol bueno se le conoce por sus raíces”. Juan Carlos Gómez Aranda es hijo de doña Romelia Aranda y de don Roberto Gómez; Mauricio Cordero Rodríguez es hijo de doña Ana Elena Rodríguez Tovar y de don Arnulfo Cordero Alfonzo. Padres que, como ya se dijo, descienden, de igual manera, de familias de bien. ¿Se puede decir que doña Romelia Aranda y don Roberto Gómez dedicaron su vida, como en sentencia cristiana, a dar agua al sediento? Sí. Con gran respeto y cariño se dedicaron a servir al prójimo. En Comitán, todo mundo recuerda a don Roberto en su trabajo de impresor y a doña Romelia en la atención de restaurantes. Don Roberto

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aprendió, junto con don Armando Suárez y don Chinto Naciff, la profesión de impresor, labor que ejerció durante muchos años. Doña Romelia, en los años setenta, atendió el restaurante “Bonampak” (que estuvo frente al parque central, el antiguo) y, de regreso de la ciudad de México, abrió “Las Cabañas”, un negocio a la orilla de la carretera que va de Comitán a La Trinitaria. ¿Quién, de esos tiempos, no saboreó la carne adobada y los quesos asados? La sazón de doña Romelia estaba hecha del mismo ingrediente con que don Roberto elegía los tipos de imprenta: el respeto hacia el servicio de los demás. Porque, ellos, los papás de Juan Carlos, vivieron de servir al prójimo, y lo hicieron con un gran respeto y con un gran cariño, lo que les valió el reconocimiento sincero de toda la sociedad comiteca. Muchísimos estudiantes recuerdan con emoción la casa de huéspedes que don Roberto y doña Rome abrieron en la ciudad de México, en los años setenta. Ahí pasaron decenas y decenas de jóvenes comitecos que convirtieron a esa casa como su hogar favorito, porque era como el patio de Comitán: lleno de sol y de aire con aroma a albahaca cortada en el jardín. El trabajo de años de don Roberto y de doña Romelia pueden sintetizarse en un concepto: Servicio respetuoso hacia los demás. Don Arnulfo Cordero Alfonzo y doña Ana Elena Rodríguez Tovar, de igual manera, son gajos de árboles que han dado sombra y buen aire a Comitán. Los papás de Mauricio, de igual manera que en el caso de Juan Carlos, han servido al pueblo, por elección. Don Arnulfo, prominente hombre de trabajo, empresario exitoso, decidió -hace años- incursionar en la política y llegó a ser presidente municipal de Comitán y diputado federal por la circunscripción. Doña Ana Elena vio, sobre todo en el primer espacio, la oportunidad de extender la mano


a tanta gente necesitada y, desde su posición de esposa de la primera heredada de esas familias que han dado fortaleza a nuestra comunidad. autoridad del pueblo, se dedicó al servicio de la comunidad a través del ¿Qué ha hecho grande a Comitán? ¡Su gente! Comitán y la DIF. Cuando los comitecos pronuncian el nombre de don Arnulfo, una región son grandes por el trabajo sostenido de sus hijos más preclaros. mayoría coincide en nombrarlo como el mejor presidente municipal que Por fortuna hay muchos comitecos que aman a su pueblo y que, en sus ha tenido el pueblo, en la época contemporánea. No resulta gratuita tal parcelas, siembran árboles que nos proveen sombra y son nubes donde designación, don Arnulfo, con idea y un plan bien concebido, se dedicó los pájaros hacen sus nidos para honra de la gloria infinita de la región. a honrar los apellidos honorables que el destino le prodigó. Cualquiera podría mencionar que don Arnulfo y doña Elena no tenían necesidad de entrar a los salones de la política, pues son -como ya se dijo- empresarios exitosos que, en el plano económico, tienen satisfechas sus necesidades. Pero, ya lo han dicho los sabios, el sentido de la vida no se sacia con la simple acumulación, el sentido pleno de la existencia va más allá, precisa de entregarse al servicio del otro para hacer una sociedad más justa e igualitaria. Doña Romelia, don Roberto, don Arnulfo y doña Ana Elena, con su trabajo responsable, han permitido que los cielos comitecos sigan preservando la sencilla sonrisa azul de siempre. De esas ramas proceden Juan Carlos y Mauricio, honra de apellidos ilustres, gajos de enormísimas ceibas. Arnulfo Elías Cordero Alfonzo, Mauricio Cordero Rodríguez, Romelia Aranda León y Roberto Gómez López, En estos tiempos, Juan Carlos y Mauricio son Anabel Soto Barceló y Ana Elena Rodríguez Tovar. papás de Juan Carlos Gómez Aranda. los hilos de luz que continúan la tradición y la virtud

MAURICIO CORDERO, EN SU PROPIA VOZ Lazos indisolubles

Nací en Comitán, el 22 de octubre de 1988. Mis papás son Arnulfo Elías Cordero Alfonzo y Ana Elena Rodríguez Tovar. Tengo cuatro hermanos: Arnulfo, Carlos, Sergio y Alejandro. Estoy casado con Anabel Soto Barceló, ella es de Hermosillo, Sonora; es mercadóloga y tiene una maestría en educación.

Estudios

Mis primeros años, hasta la secundaria, los estudié en el IMCO, en Comitán. Tengo un gran recuerdo de los maestros que tuve en mi educación inicial. Maestros que ejercen con gran cariño su vocación. La preparatoria y la profesional las realicé en el Tec de Monterrey. Soy licenciado en Administración Financiera.

Experiencia profesional

Inicialmente trabajé en las empresas Actimel y Cemex y, posteriormente, me integré a las empresas de mi papá. He sido diputado local. Los diputados tienen como primera función debatir acerca de cambios o creaciones o desapariciones de leyes, pensando en que se beneficie a la sociedad. Además son el vínculo con los presidentes municipales en la gestión de recursos. En la cámara hay diferentes comisiones. A mí me tocó estar en la Comisión de Hacienda. Esto me permitió conocer de manera amplia las finanzas del estado, así como las de cada municipio, para encauzar el presupuesto hacia obras de impacto social. Entré a la política porque es el legado de servicio que me inculcó mi papá.

Comitán

Para mí, Comitán es mi orgullo. Cuando me preguntan de dónde soy, siempre digo: ¡De Comitán! Casi nunca digo que soy de Chiapas, a menos que no sepan dónde está Comitán. Para mí es un motivo

de orgullo y de emoción hablar de mi tierra, soy un apasionado de Comitán. Lo recorrí desde muy pequeño, cuando mi papá hizo su primera campaña para presidente municipal. Eso fue en 1998, yo tenía diez años. Desde pequeño aprendí a ver las carencias de nuestro Comitán y también a reconocer las bondades y los lugares tan maravillosos que tiene nuestra región.

Afición

Me gusta el fútbol sóccer. Soy un apasionado a la mayoría de deportes, pero, sobre todo, al sóccer. He practicado el tenis, la natación y el taekwondo. Siempre he sido muy deportista. Pienso que el deporte hace juventudes sanas.

Legado familiar

De mi mamá aprendí la bondad y la paciencia que tiene con las personas en general. De mi papá llevo la herencia del servicio a la gente. Independientemente de una vida empresarial importante, siempre se ha dado el tiempo de preocuparse por la gente de la ciudad, del municipio y del estado, porque no puede ser ajeno a los problemas de la comunidad. Me platica que esto lo tuvo muy presente cuando fue diputado federal. Mis abuelos maternos son Guillermo Rodríguez, cirujano dentista, egresado de la UNAM, y María Elena, ama de casa. De ellos he aprendido el gusto por reconocer la importancia del valor familiar. Disfruto mucho cuando me cuentan historias de tiempos pasados. Mi abuelo estuvo en el Pentatlón Militarizado. Como en casa de ellos casi todos los días, acá en Comitán. Es una gran bendición contar con sus consejos y con su guía. Ellos le dan mucha templanza a mis decisiones y a mi vida. Muchas personas tienen un gran recuerdo de mi bisabuelo Elías. La gente me identifica rápido, me dice: “Usted es bisnieto de don Elías” o “Usted es nieto de don Arnulfo”. Pero, cuando me siento más orgulloso es cuando las personas me dicen que mi papá está considerado como el mejor presidente que ha tenido Comitán.

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JUAN CARLOS GÓMEZ ARANDA, EN SU PROPIA VOZ Raíces de árbol enormísimo

Mi abuelo, el padre de mi padre, era don Arturo Gómez Valdez, de la familia Gómez y Valdez. Mi abuelo fue electricista, trabajador de la Compañía de Luz, y durante una gran época de su vida fue proyeccionista en el cine. Mi abuela fue Catalina López Irecta, oriunda del barrio de San Sebastián, fue una empresaria muy exitosa que ponía restaurantes y bares enormes. Fue muy famosa, ella fue quien impulsó en Comitán lo que hoy es una práctica cotidiana: las botanas múltiples, que por una cerveza te dan muchas botanas. Comenzó con unas mesas y sillas en el patio de su casa y llegó a tener un restaurante muy acreditado que se llamó “Río Escondido”. Conocí a mi bisabuela Mercedes Irecta, porque recuerdo muy claramente cuando, un diez de mayo de los años sesenta, le hicieron un homenaje en el cine Comitán porque cumplió cien años. Mis abuelos maternos fueron Manuel Aranda Pinto y María León. Mi abuelo fue un ranchero que perdió sus propiedades en la revolución y trabajó el resto de su vida como agente aduanal, lo recuerdo sobre un caballo, uniformado, yendo a las garitas de la zona fronteriza. Mi abuela se dedicó siempre a las labores de su hogar. Soy hijo de Roberto Gómez López y Romelia Aranda León. Nací en el barrio de La Pila, en la casa de mis abuelos. Mis hermanos son: José Luis, que ya falleció, era economista; Roberto, que es dentista, vive acá en Comitán, es muy activo en su gremio; mi hermana Lourdes, es médica cirujana, bariatra, vive en Tlaxcala, está casada con un arquitecto; Gabriel, el más joven de mis hermanos, durante muchos años fue director del Conalep de Comitán. Estoy casado con Amparo Macal Cancino, tenemos dos hijas: Gabriela María e Isabel María Romelia, y un nieto: Daniel.

Alejandro Molinari y Juan Carlos Gómez Aranda

Ramas para colgar columpios

Nací en La Pila, pero me desarrollé en el centro. Mi madre tenía un pequeño restaurante, llamado “Bonampak”, frente a la plaza central. Mi papá, a una cuadra, en lo que era el “Río Escondido”, tenía una imprenta. De tal manera que nuestro patio de juego era el parque central de Comitán y el patio de mi casa, el de la casa de mi abuela y de la casa donde ahora está el Museo Belisario Domínguez. Ahí jugábamos los hijos de todos los comerciantes del centro, éramos una palomilla de amigos muy estimados. También bajábamos a jugar fútbol en un lote baldío en lo que ahora es el barrio de Microondas. Pero, el lugar preferido era el ex campo de aviación, donde ahora se construyen magníficas instalaciones de una Unidad Deportiva. Donde ahora están los edificios de la secundaria, de la

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preparatoria y del Conalep eran campos abiertos donde jugábamos y volábamos papalotes. En esa zona por donde ahora está el restaurante “Comitán Lindo y Qué Rico” era un llano donde aterrizó el primer helicóptero que vino a Comitán. Esa mañana fue día de fiesta. De igual manera que cuando se inauguró la Carretera Panamericana, todas las familias fueron a comer paquitos y quesadillas, para ver el descenso del helicóptero. Cuando escuchamos el zumbido de las aspas, nos acercamos para ver al piloto, con su casco y chamarra de cuero, y sus botas altas. Dijo que por ochenta pesos la gente podía dar una vuelta por el cielo de Comitán. El primer cliente fue don Elías Cordero (bisabuelo de Mauricio), sacó su cartera, pagó ochenta pesos y le dieron una vuelta. Fui un niño feliz, porque ir al Río Grande era toda una aventura, era muy fácil ir a nadar a la poza del soldado que había ahí. Disfrutábamos ir en palomilla a caminar al Junchavín o la Piedra de la Ametralladora; íbamos caminando a Tzimol o a Uninajab. Era toda una aventura. Ese era nuestro campo de acción, en cada salida confirmábamos que Comitán era el paraíso terrenal. Desde ese tiempo supe que Comitán es todo para mí. Es el lugar donde nací y el lugar donde voy a morir y voy a descansar. Aprendí a valorar a Comitán desde muy joven, no solo por las historias orales de mis padres, abuelos y maestros, que nos acreditaron el orgullo tan grande que tenemos por Comitán, que no es un falso orgullo, porque Comitán es un pueblo que ha jugado un papel relevante en la historia de la región y en la historia de nuestro país.

Estudios

Estudié la primaria en la Fray Matías de Córdova, la antigua, la que estaba en Jesusito, frente a la casa y


zapatería de don Homero Trujillo. Justo al año que salimos de sexto, al año siguiente se pasó la Matías al actual edificio, que era un edificio moderno que se construyó por un patronato muy activo. El director era mi tío Víctor Manuel Aranda y el presidente de los padres de familia era don Humberto Pedrero. El licenciado Jorge de La Vega Domínguez, que quería mucho a los maestros de la Matías, porque habían sido sus maestros, impulsó el presupuesto y se construyó la Matías de Córdova donde la conocemos ahora. Después hice la secundaria y preparatoria en la histórica escuela que funcionaba en lo que ahora es el Centro Cultural Rosario Castellanos. Muchos de mis maestros fueron los fundadores de la escuela, como el doctor Elías Macal, el maestro Reinaldo Avendaño, el maestro Bernardo Villatoro y el maestro Güero Mandujano. Luego me trasladé a la ciudad de México, donde estudié Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad Nacional Autónoma de México. En ese tiempo la mayoría de estudiantes íbamos a la Ciudad de México. Las estadísticas demuestran que éramos más de mil estudiantes comitecos en la gran ciudad. El Distrito Federal era la Meca educativa. Durante ese periodo estudiantil llegué a ser presidente de la Asociación de Estudiantes Comitecos Radicados en el Distrito Federal. Fue una época muy bonita, de mucho activismo político y social. Como presidente de la Asociación tuve trato con presidentes municipales y conocí a muchos funcionarios del gobierno federal que, en su momento, ayudaron a Comitán por petición y gestiones nuestras.

Servicio público

Desde 1974 he desempeñado diversos cargos en los gobiernos federal y estatal, en los cuales he privilegiado servir a mi patria, a mi estado, a mi región y a mi municipio. Trabajé en CONASUPO, en SECOFI y en SARH; asimismo fui integrante de la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA), lo que me permitió participar en los diálogos con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que condujeron a la firma de los Acuerdos de Paz y Reconciliación. Fui diputado federal durante la LVII legislatura, donde presidí la Comisión de la Frontera Sur. En el presente periodo gubernamental estatal fui Secretario de Planeación y, recientemente, Secretario General de Gobierno del estado de Chiapas.

Legado familiar

Tengo muy claro el legado de mis padres. De mi madre aprendí los valores del trabajo y de la perseverancia. Mi madre era una convencida de que la educación es el camino ideal para la superación. Mi madre, fue una mujer muy pragmática, desde muy chiquitos nos pagó clases particulares de inglés y de mecanografía. Ella quería que sus hijos fueran como el doctor Pérez Matus -ese era su ejemplo de vida. Ella creía que el doctor Pérez Matus era un hombre de bien, porque era un profesionista exitoso que, además, hacía el bien. Mi padre fue constructor de muchas cosas positivas de mi vida. Él me introdujo a la lectura desde los cuatro años. Cuando entré a la primaria a los cinco años ya sabía leer gracias a mi padre. Él era impresor, nosotros jugábamos con las letras, con los tipos; la lectura era su pasión, de tal manera que mi papá siempre hacía un esfuerzo extra para suscribirme a las revistas y las ponía a mi nombre: “Life, en español” llegaba a mi nombre, me buscaba el cartero para entregármela. En “Jueves de Excélsior” tuve mis primeras lecciones de política. Todos los sábados yo iba por el periódico a la “Proveedora Cultural” para llevárselo a mi abuelo; entonces mi abuelo me sentaba en sus piernas y le dábamos una hojeada al periódico. Tengo muy claro cuál fue la influencia positiva de quienes me formaron.

Fotografías: Carlos Gordillo

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Sala

JORGE EFRÉN LÓPEZ MORALES, UN EMPRESARIO EXITOSO

En la región, don Efrén es reconocido por ser un hombre exitoso. Es el creador de “Nataly Pastelerías”. Su visión empresarial lo ha llevado a posicionar su marca en Comitán y en diversos municipios del estado de Chiapas.

Fotografías: Carlos Gordillo

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Él nació en La Independencia. Allí estudió la primaria en la escuela Francisco González Bocanegra y la secundaria en la escuela Margarita Maza de Juárez; su bachillerato en el CBTis 108, en Comitán. Tiene un recuerdo muy grato de sus maestros y maestras. Es casado. Su esposa se llama Martha Araceli Solís Guillén y ella ha venido a ser un pilar fundamental en el desarrollo de “Nataly pastelerías”. Don Efrén dice: “Admiro a mi esposa, porque ella le ha dado otro enfoque al negocio. Su participación ha sido un elemento importante, en el crecimiento de la empresa.”

Don Efrén aprendió el oficio de la pastelería cuando viajó a la Ciudad de


México. Con esa experiencia, don Efrén regresa a La Independencia y comienza a desarrollarse en el ámbito administrativo municipal. Posteriormente se plantea la pregunta: “Si sé hacer muy buenos pasteles, ¿por qué no hago pasteles?”, y comienza a hacer pasteles en su casa. Muy pronto, los amigos y degustadores de sus productos, le dicen que, como son tan ricos sus pasteles, debe intentar crecer y le proponen abrir una pastelería en Comitán, pero él duda tantito, piensa que las rentas deben ser muy caras, pero de nuevo aparece la luz y piensa que debe arriesgarse, porque sabe que sus pasteles son de una calidad que puede ser apreciada en cualquier parte del mundo. Así decide abrir la primera pastelería en Comitán y comienza el negocio con uno de sus hermanos. Ese es el inicio de una gran historia de éxito. Don Efrén dice: “El éxito se debe al trabajo. En alta gastronomía, todas las recetas son parecidas, el éxito es la calidad de la materia prima. Si no tenemos calidad simplemente no funciona. Eso lo aprendí en

la ciudad de México, pero sobre todo lo aprendí en la práctica. Nosotros, cuando íbamos teniendo éxito nos esforzábamos más en tener mejor calidad en la materia prima.” ¿Por qué sus pastelerías se llaman Nataly? Es en homenaje a su mamá, quien se llama Natalia. Don Efrén cuenta que ella fue fundamental para la consolidación del negocio. La cadena de pastelerías “Nataly” es una empresa que crea fuentes de trabajo. En la actualidad muchas familias dependen de ella. La empresa “Nataly” reconoce el trabajo de sus empleados, los hacen sentir parte importante del negocio, y ellos portan la camiseta con mucho orgullo; todo eso se ve reflejado en la atención que le brindan a los clientes. Reconoce el trabajo de los chefs que, en su pueblo, han abierto restaurantes. Esos restaurantes son reconocidos en muchas partes, generan empleos en La Independencia y permiten una derrama económica en

Dora Patricia Espinosa, Efrén López Morales y Alejandro Molinari.

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el municipio. El empresario manifiesta que le tiene un gran amor a Comitán, porque en este pueblo mágico nació su esposa y acá creció su negocio. Pero, su corazón está regado con la luz de La Independencia: “La Independencia significa mucho para mí, porque es el lugar donde nací, donde crecí, donde viven mis padres y donde están mis amigos.” Don Efrén dice que tiene dos grandes sueños por cristalizar: Que su empresa tenga presencia en otras regiones y que su pueblo natal, La independencia, tenga el desarrollo que se merece: “Sueño con que mi municipio tenga mejores oportunidades de crecimiento. Me gustaría impulsar la educación para que los niños y jóvenes de La Independencia puedan abrirse caminos y saber que pueden, también, ser hombres y mujeres

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de bien, seres humanos exitosos. Falta abrir espacios para que los jóvenes crezcan sin necesidad de emigrar a los Estados Unidos. Hace falta generar fuentes de empleo. La Independencia es un municipio muy rico. Tenemos un área donde se produce flor de calidad, hay otra área donde se produce café de mucha calidad, producimos plátano, productos orgánicos y eso no lo hemos sabido aprovechar. Tenemos un río precioso y nadie sabe que existe porque no se le da difusión. Tenemos muchas riquezas, si le damos un buen enfoque podemos atraer mucha inversión.” Don Efrén es un sembrador de éxitos, es un conquistador. Una mañana llegó a Comitán y, con visión de servicio, conquistó los paladares de muchos comitecos. Ahora, enfoca sus capacidades y dones al cumplimiento de sus sueños.


Sitio

L

LEAMOS A JUAN CARLOS GÓMEZ ARANDA

o leamos a través del libro “Comitán. Su apasionante historia”. Libro gráfico, escrito por Juan Carlos Gómez Aranda e ilustrado por Enrique Chávez Esparza.

“Comitán. Su apasionante historia” es un libro que narra, mediante dibujos, la historia de este apasionante pueblo. La pretensión de Juan Carlos es la de que, mediante una historia contada a través de monitos (los llamados cómics), los lectores tengan un acercamiento a lo más relevante de la identidad comiteca. ¿Por qué Juan Carlos decidió contar la historia de Comitán a través de un libro con ilustraciones? En primer lugar, porque las historias ilustradas son un fabuloso medio de comunicación, y, en segundo lugar, porque de niño él fue un gran consumidor de revistas con “monitos”. La leyenda cuenta que él “vivía” los personajes que leía en los

llamados “cuentos”. Cuando su mamá Rome lo mandaba a hacer un mandado le decía: “Llanero Solitario, ¡vení!” y le daba la relación de cosas por comprar. Juan Carlos trepaba a su caballo y, al mítico grito de ¡Arre, plata, arre!, salía con rumbo al mercado Primero de Mayo. El narrador de la historia de este maravilloso libro es un personaje que honra la memoria del maestro Víctor Manuel Aranda, reconocido maestro de Comitán y tío apreciado del autor. El maestro Víctor cuenta, de manera agradable, los momentos más importantes de la historia del entrañable pueblo chiapaneco. Con este libro, Juan Carlos revivió sus recuerdos de niño, de cuando su mamá le decía “Llanero solitario” y él cumplía el encargo cabalgando sobre el caballo “Plata”. Con este libro, Juan Carlos demuestra su amor a la tierra que lo vio nacer.

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Balcones

Compartí la lectura con tus hijos

C U E N T O

UNA PALABRA DESAPARECIDA El rumor corrió por toda la ciudad: ¡Una palabra había desaparecido del diccionario! Muchos no le dieron importancia. Tío Arsenio dijo: —¿Qué les preocupa? El diccionario tiene más de ochenta mil palabras, ¡ochenta mil! Una más o una menos, ¡no importa!

Pero la maestra Azucena, en la clase, dijo:

—El problema es que cuando una palabra desaparece también desaparece lo que nombra. ¿Imaginan si la palabra desaparecida fuera mar?

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Los niños se vieron entre sí. Aurorita dijo:

—Si desapareciera el mar los barcos ya no podrían navegar. —Sí —dijo la maestra—. Las ballenas quedarían varadas en el fondo del mar, que sería como un desierto, y morirían.

Todos los niños se alarmaron.

Luis, con cara de ardilla despistada, se paró y preguntó:


— ¿Y si la palabra desaparecida fuera Cielo, qué pasaría?

Todos los niños se alarmaron, comenzaron a decir que la luna y el sol desaparecerían, también, y las estrellas. Luis, cara de ardilla despistada, volvió a preguntar: — ¿Al ver hacia arriba sería como ver hacia el fondo de un pozo?

¡Oh!, exclamaron todos los niños.

— ¡No, no! —dijo Elena— No quiero que desaparezca el cielo ni el mar, no quiero que desaparezcan las ballenas, ni los peces, ni los caballitos de mar, ni las estrellas, ni las nubes, ni el azul del cielo. Rodrigo pensó que si el cielo desaparecía también desaparecería la lluvia y sin el agua de lluvia el maíz no podría crecer y la humanidad se moriría de hambre.

palabra guerra! —Entonces —dijo Armando—, ¿ya no jugaremos a la guerra de las galaxias? Todos hicieron silencio. Sólo se oyó el ruido de una mosca que volaba sobre las cabezas de los niños.

Linda, como si fuese su mamá en la cocina, dijo:

—Las moscas son las que deberían desaparecer.

—¿Y qué podemos hacer, maestra, para saber cuál es la palabra que desapareció? —preguntó Elías. — ¿Y cómo podemos restituirla? —se preguntó la maestra.

— ¡Eso! —dijo Alfonso.

Todos los niños estaban ya reunidos alrededor del escritorio de la maestra y, preocupados, preguntaban qué pasaría si la palabra desaparecida era Paz o Ave o Papá o Mamá o Hijo.

— ¡Claro! —agregó Roselia— Si todas las personas del mundo decimos las palabras en voz alta no desaparecerán. Si ahora decimos Comitán, Comitán vivirá por siempre.

Francisco, comiendo chicle, dijo:

— ¡Sí, sí! Digamos las palabras a coro.

—Ojalá que la palabra desaparecida sea Escuela. Así ya no tendremos tarea.

Y así, cada niño gritó una palabra y los demás la corearon.

Pero, luego pensó que había dicho algo malo, porque entonces tendría que estar todo el día en casa, aburriéndose, sin jugar con sus amigos y sin jugar fútbol en el patio de la escuela y sin escuchar los cuentos bien bonitos que la maestra Azucena les contaba. Entonces dijo:

— ¡Agua! ¡Agua!

— ¡Luz! ¡Luz!

—No, no, que no desaparezca la palabra Escuela, mejor que desaparezca la palabra… eh… Y, por más que pensó, no supo qué palabra sería bueno que desapareciera.

Aurorita dijo:

—Sería bueno que desapareciera la palabra Guerra.

¡Sí, sí, sí!, dijo la mayoría de niños: ¡Que desaparezca la

Así estuvieron de acuerdo que, aun cuando no supieran con precisión cuál era la palabra desaparecida, si la pronunciaban volvería a aparecer en el diccionario. Vos, ¿tenés idea de cuál pudo ser la palabra desaparecida? ¡Decila en voz alta, gritala, para que regrese!

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Cocina

ARENILLA

CARTA A MARIANA, DONDE SE PLANTEA EL SENTIDO DE LA VIDA

Q

Papa le preguntaría; si estuviera frente a Donald Trump le preguntaría; y si estuviera frente a mi abuela Esperanza le preguntaría. Las tres respuestas serían diametralmente opuestas. El sentido de la vida para el Dalai Lama es uno muy diferente al de Carlos Slim.

Un minuto antes que el mundo acabe, alguien, en algún lugar, todavía seguirá preguntándose acerca del sentido de la vida. Es, querida Mariana, una pregunta imposible de responder. Si yo estuviera frente al

Cuando nos planteábamos tal pregunta, ya en la tercera caguama, en el Camechín, Enrique se aventaba un choro filosófico impresionante, que tenía que ver con el compromiso social. Su ejemplo de entonces era la revolución cubana. Él (estudiante de derecho, en la UAM) recién había leído libros de Marta Harnecker, una comunista chilena, experta en movimientos obreros, por lo que aseguraba que el

uerida Mariana: El otro día, en el noticiario cultural del canal 22 de la televisión, alguien, con cara de libro deshojado, preguntaba acerca del sentido de la vida.

¡Ay, padre, esta pregunta la hacíamos nosotros en la preparatoria, cuando bebíamos cerveza en el Camechín! Todo mundo, en algún instante se la plantea: ¿Para qué estamos en esta vida?

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sentido de la vida era luchar por brindar oportunidades igualitarias para el desarrollo de la sociedad. Nosotros, que estudiábamos otras disciplinas, pero que también veíamos con agrado la figura del Che, nos deslumbrábamos con las explicaciones de Enrique y para motivarnos más, alzábamos la mano (como si estuviéramos en clase) y pedíamos ya la botella de ron. Pedro, cuya familia era casi fanática del catolicismo, decía que no había que buscarle mucho, que el sentido de la vida estaba sintetizado en la frase cristiana que nos estimulaba a amar a nuestro prójimo con la misma intensidad con que nos amábamos a nosotros. Debíamos hacer caridad, decía Pedro. Jorge, haciendo caso a la sugerencia de Pedro, tomaba el vaso de éste y, caritativamente, le servía un pitutazo de ron, bien generoso. Todos alzábamos los vasos y, de manera irreverente, pero graciosa, decíamos: “Ésta no es la sangre de Cristo, pero la bebemos en conmemoración de Él” y rematábamos con un “¡Va güitz!” y bebíamos el trago hasta ver el fondo del vaso. El remate de nuestras disquisiciones filosóficas terminaba cuando Miguel, muy serio, decía: “Todo lo que digan está bien. Lo único que estaría jodido sería que el sentido de la vida fuera el destino del tsizim.”, y entonces explicaba la vida de esas hormigas y llegaba a la conclusión de que era el único animal sobre la tierra que nacía sólo para ser dorado en un comal. ¡Ah, cuánta razón tenía Miguel! La vida de los tsizimes sí parece una vida sin sentido. No sé bien, querida Mariana, cuál es el proceso de vida de esas hormigas, pero el otro día vi un video donde las hormigas salían del agujero y, de inmediato, eran atrapadas por muchachos que las metían en cubetas llenas de agua. Algunos amigos me dicen que las hormigas mueren ahogadas en cuanto las meten en las cubetas, otros amigos me dicen que hay sobrevivientes y que éstas mueren cuando son aventadas al comal que está como cofre de tráiler en carretera de Tonalá. ¿Cuál es el sentido de la vida para un chango? ¿Cuál para un cenzontle? ¿Cuál para la mascota de la casa? ¿Cuál para el ser humano? ¿Cuál para el tsizim? Juan, quien siempre fue muy bromista, a Carmen le puso de apodo “La tsizim”, porque (decía) apenas salió del agujero todo mundo se dedicó a comerle su culito. Porque parece que el destino del tsizim es ingrato: Sale del agujero (donde, asumo, ha crecido), es atrapado, ahogado y dorado para ser comido en las mesas comitecas. Muchos come-tsizim comen a las hormigas en forma completa, otros ¡no! Los más exquisitos sólo comen el culito (por eso el apodo que Juan le puso a Carmen). ¿Eso es todo? Pues en el caso del tsizim parece que sí. No hacen algo más en la vida. Imagino a las hormigas (en el interior de su cueva) sentadas frente a una mesa, tomando una cerveza, y dilucidando acerca del sentido de su vida. Cuando concluyen que el sentido de su vida no es otro que el de servir para satisfacer el gusto culinario de los comitecos, deben (igual que lo hacíamos nosotros) pedir una botella de ron para emborracharse y así olvidar su triste destino. Ya comenzó la temporada de lluvias en la región. Un día de éstos saldrá tsizim. Mi mamá dice que, antes, el mero día de San Isidro Labrador brotaba tsizim. Ahora, con esto del cambio climático ya se ha modificado el calendario de aparición. Los pobres tsizimes no están conscientes de que el sentido de su vida es muy limitado, muy jodidito. Ni siquiera saben que muchos dicen que el tsizim es el caviar comiteco, porque tiene el color oscuro, sabe bien y es ya muy caro; los tsizimes no saben que muchos compradores se quejan del alto costo de la medida, que en muchas ocasiones es apenas más grande que una corcholata. Se quejan: ¿Por qué es tan caro? Ah, pues los que levantan el tsizim dicen que tampoco es

una actividad muy sencilla. Las personas que están en los hormigueros tienen que protegerse de las mordidas de las arrieras. Algunos amigos me cuentan que los experimentados utilizan botas para evitar, en lo posible, las picaduras. El otro día, un amigo me mostró unas ronchas en el cuello; otro amigo bromeó: “Pucha, qué golosa es tu mujer”. El de las ronchas explicó que eran piquetes de arrieras, hasta ahí se le habían subido cuando estaba en la faena de la recolección de las hormigas. Mientras más le pienso, menos hallo a algún animal que tenga la vida tan limitada. ¿Existe otro animal que, apenas sale “a la luz”, es atrapado y ahogado? Parece un contrasentido que un animal con alas termine atrapado al ras del suelo. Cuando estudié la primaria pensé que algunos de mis compañeros eran crueles, porque en esta temporada, mientras el maestro llenaba el pizarrón con operaciones matemáticas, ellos se dedicaban a sacar los tsizimes de unas cajitas de cartón y organizaban (como si fuera un circo romano) peleas entre hormigas. Me sentía muy mal cuando veía a las hormigas trenzarse en una fatal pelea. Sus tenazas eran potentes y con ellas lastimaban a sus supuestos enemigos. Tal actitud guerrera tal vez respondía a un instinto de conservación. Los tsizimes se comportaban como se comportan los perros de pelea. Era cruel. Ahora pienso que mis compañeros de la primaria eran sabios, les daban oportunidad de sobrevivencia a esos animales. Los tsizimes peleadores eran como esos judíos que sobrevivieron a las cámaras de gases en los campos de concentración. Los papás y hermanos tsizimes habían acabado con los culos tatemados, envueltos en una tortilla a la hora de la comida. Ellos, los sobrevivientes, se habían salvado porque un niño, a la hora que caminaba con rumbo a la escuela lo vio al lado de un poste, solitario, huérfano. Cuando menos esas hormigas guerreras tuvieron más tiempo de vida, gozaron (aunque fuera por un instante) de la luz y del aire que nos alimenta a los humanos. Humanos que, de vez en vez, nos hacemos la pregunta: “¿Cuál es el sentido de la vida?”. Por fortuna, los seres humanos no somos tsizimes. Tenemos un destino diferente. El sentido de nuestra existencia es superior, tiene más que ver con el espíritu que con cuestiones materiales (bueno, salvo que don Carlos Slim nos demuestre lo contrario). Me encanta el sentido de vida del cenzontle, veo que disfruta cuando canta y nos hace disfrutar a nosotros, es como si su sentido de vida fuera casi el mismo de don Juan Sebastián Bach; me encanta el sentido de vida de esas mujeres que, al lado de la vía del tren, se encargan de aventar bolsas con víveres a los migrantes que, trepados en el tren llamado La Bestia, van en busca del sueño americano, que es un poco como decir que van en busca de un mejor sentido de vida para sus vidas; me encanta el sentido de vida de mi bisabuela Nana Mía, quien dedicó todas las tardes de su vida, a sentarse a la sombra de platanares para leer novelas y con ello me dio un legado inmarcesible (palabrita medio mamila cuyo sinónimo es eterno). Posdata: Voy al mercado y miro los canastos negreando con tanto tsizim. Pienso en su destino jodido: crecen debajo de la tierra y en cuanto asoman sus alas los caza-hormigas los atrapan y los meten en cubetas llenas de agua y hasta ahí alcanza su cuerda de vida. ¿Nacieron y crecieron debajo de la tierra sólo para morir al ver la luz? ¿Esa es la clave? ¿Ser lo contrario de la existencia de los seres humanos? Por eso, Javier, a la hora de la caguama, sugería: “Mejor hablemos de viejas”. Y hablábamos de nuestros amores platónicos y concluíamos que el sentido de la vida era ¡vivirla! Echar cerveza, echar novia, echar desmadrito. ¿Hay acaso algo mejor? Uf. A veces es mejor vivir sin hacerse muchas preguntas, procurando, por supuesto, no ser como tsizim.

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Tapango

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Auditivos de Comitán

a maestra Martha Aurora Avendaño Román, quien tiene una maestría en Audición y Lenguaje y es gerente y audioprotesista de Auditivos de Comitán, coordina un programa auditivo que tiene como objetivo ayudar a niños de bajos recursos económicos y que tienen problemas de audición. La maestra Avendaño comenta que es un programa auspiciado por una pareja de holandeses, Hebert Coe y Luisa. Ellos envían, desde Europa, auxiliares auditivos de segunda mano, y, acá, ella se encarga de revisarlos, darles limpieza y mantenimiento externo, para que sean útiles a

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las personas que los necesitan. La campaña es sencilla: los holandeses envían los aparatos y la maestra Martha Aurora se encarga de ubicar a los niños que necesitan la ayuda y hacerles la audiometría. Como los aparatos son de segunda mano tienen una duración máxima entre cinco y siete años. Auditivos de Comitán tiene un programa de descuentos para beneficiar a la población. La maestra Avendaño Román se compromete a dar puntual seguimiento, porque (dice) hay instituciones públicas que otorgan aparatos a las personas necesitadas, pero los beneficiarios tienen que contratar los servicios de


un audiólogo para que se los ponga. Explica que cada persona requiere un trato especial. Una persona que está en su hogar mucho tiempo, necesita un trato diferente a la persona que trabaja en una oficina y necesita hacer negocios por teléfono. Cada ambiente exige una regulación especial. La maestra abunda: “Yo trabajé en educación especial y me tocó fundar el primer servicio de educación en Comitán. Pasamos muchas situaciones con los niños que tenían problemas de sordera, en ese tiempo se tenían que ir a la ciudad de México, estamos hablando de 1976. A los papás de los niños con los que trabajábamos nosotros y queríamos enseñarles el lenguaje oral, les preguntábamos por los auxiliares auditivos de sus hijos. Como no lo tenían se trasladaban a la ciudad de México, con la consiguiente inversión de tiempo y de dinero. Durante ese tiempo se perdía un tiempo valioso del proceso de aprendizaje con los niños. Yo me preguntaba por qué no teníamos ese servicio en Comitán. Fue cuando decidí introducirme más en el proceso de adaptación de auxiliares auditivos. Trabajo en esto desde 1991; es decir, llevo más de veintisiete años dedicándome a esto. Invito a que si alguien conoce a un niño de escasos recursos económicos que tenga problema de audición se ponga en contacto con nosotros. Siempre he tratado de dar un descuento a los niños que van a los servicios de educación. La invitación es para personas de escasos recursos y que necesiten un auxiliar auditivo. Todavía tenemos aparatos. Mi intención, la de Hebert y Luisa, es apoyar lo más que se pueda.”

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Revista Digital de C h i a p a s

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EFRÉN LÓPEZ MORALES, UN EMPRESARIO

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