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Arenilla 4

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Arenilla Ejemplar de colección

Revista

Orgullo comiteco: Grupo ALTOVA Publicación bimestral ■ Distribución gratuita ■ No. 4 ■ Abril - Mayo 2018 ■ Comitán de Domínguez, Chiapas, México


Abril - Mayo 2018

2 mil ejemplares Distribución Gratuita Alejandro Molinari Director General Patricia Alcázar Relaciones Públicas Roberto Carlos Espinosa Vásquez Director Comercial Dora Patricia Espinosa Vázquez Editora Ejecutiva Fotografía de portada: Carlos Gordillo NUESTRAS REDES

E D I T O R IA L ¡Estamos sembrando! Gracias al patrocinio de comitecos comprometidos con la sociedad llegamos al número cuatro de ARENILLA-Revista. Nuestros fieles lectores, quienes han seguido la continuidad de esta propuesta editorial, han comprobado que, a pesar de los pocos números que llevamos publicados, el abanico de textos presentados ya significa un archivo valioso para la identidad comiteca y de la región. En tiempos en que la globalización altera las identidades culturales de todos los pueblos del mundo, nosotros estamos empecinados en salvaguardar el tesoro que nos legaron nuestros mayores. La tarea no es sencilla, porque es como remar contracorriente, pero es satisfactoria cuando pensamos que nuestros jóvenes y niños deben conocer nuestra cultura para que se sientan orgullosos de sus raíces. Es necesario que más personas se integren a este proyecto. Quienes piensan que no podemos cruzarnos de brazos, sino, por el contrario, debemos unir esfuerzos para regar la plantita que nos otorga sentido de pertenencia, deben apostar por los actos que nos reafirman. ¡Estamos sembrando! Lo hacemos en buena tierra. Lo hacemos para que los frutos sean aprovechados por todos los que amamos a esta tierra bendita de Dios. ¡Estamos sembrando! Lo hacemos por Comitán y por la región.

facebook.com/Arenillarevista @arenillarevista instagram.com/arenillarevista 9631266418 9631043955 arenillarevista@gmail.com Para eventos sociales, ventas y publicidad 9632365050 Este ejemplar está en tus manos gracias al patrocinio de: San Marcos, San José Clínica, Librería Lalilu, Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, Crearte en Madera, Auditivos de Comitán, Hotel La Casa del Marqués de Comillas, Hotel Posada del Ángel, Yaaxan, Dr. Rubén Sánchez, Panadería La Espiga de Oro, Grupo Altova, Ipesa Pinturas, AEC Computación, Universidad del Sureste, Restaurante La María, Miraquién.com, Estética Vanity, Academia de fotografía Meyer, Técnica Dental Avanzada. Empresas comprometidas con el desarrollo cultural de Comitán y la región.

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Zaguán A LA COMITECA

Dr. Luis Carlos Sánchez, Dr. Hernán Esquinca Carpio y Dr. Juan José Becerril Coronado. Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional La Raza.

HERNÁN ESQUINCA CARPIO: UNA VOCACIÓN HUMANISTA

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i alguien le pregunta al doctor Hernán Esquinca Carpio cuál ha sido la etapa más importante de su vida, él dirá que su etapa universitaria. ¿Por qué? Porque (asegura) él tenía muchas carencias, pero estaba muy cercano a lo que quería hacer en la vida. En ese momento él deseaba hacer una especialidad. Cuando el doctor Esquinca lo platica emplea una figura literaria muy bonita: “Todo eso iba ligado con la suerte, pero a la suerte hay que arrinconarla, para que no pueda escapar y uno logre tomarla”. ¡Ah!, es una maravillosa descripción de cómo se debe tomar a la vida para tener éxito. Hernán nació en Comitán, el 10 de septiembre de 1958, en el barrio de San Sebastián, por lo que se considera bataneco “por definición y convicción”. Define a su barrio como un espacio inspirador, donde, en ese tiempo, vivía “una clase media baja, pujante, con ganas de salir adelante con base en el estudio”. Es hijo de don Hernán Esquinca Rodríguez y de doña Estela Carpio Cancino. Su vocación por la medicina comenzó, parodiando al poeta Enoch Cancino: “…con el beso primario en que mi madre / marcó el punto inicial del

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sentimiento…”, porque su mamá fue enfermera y Hernán, siendo niño, recorrió todos los pasillos del hospital. Hernán recuerda que su mamá tenía la vocación del servicio, por lo que atendía a gente en su casa sin cobrarles. Doña Estela era muy hábil, hidrataba y canalizaba a los enfermos. Era tan hábil que, en una ocasión, cuando Hernán tuvo una herida en el párpado, ella lo atendió, le puso anestesia y diciéndole: “Acuéstate, no vayas a llorar.”, lo suturó con tal pericia que no tiene huella de esa herida. Hernán recuerda con emoción a su mamá: “A ella la llamaban a cualquier hora para atender partos y ella atendía a las parturientas en la casa o en sus propios domicilios. Esa vocación de servicio influyó mucho en mí.” En la preparatoria, Hernán descolló en oratoria, declamación y teatro. Por ello, sus maestros ubicaban su vocación en el área de Sociales. Él reflexionaba y decía que su vocación era la medicina. Al final nadie se equivocó, él logró su cometido de ser un médico (un excelente médico) y tal profesión la ha volcado con servicio hacia la sociedad. Cuando grupos de comitecos lo impulsan para contender por un puesto público (la presidencia municipal, por ejemplo) él


(hasta el momento) ha privilegiado servir al pueblo desde la trinchera que ha sido su mejor eslabón: la medicina. En sus años de estudiante cimentaba su vocación con el siguiente pensamiento: “La medicina es un área que me permite ser más benévolo y generoso con la gente más necesitada y que me permite ser más justo en mis acciones.” A la fecha sigue pensando igual. Desde la preparatoria hizo labor social con los presidiarios, y luego, en la Ciudad de México, él y un grupo de amigos abrieron consultorios médicos llamados “dispensarios”. En la unidad habitacional donde vivió dio cursos de primeros auxilios y, además, formó un grupo de lectura de poesía. Sanaba el cuerpo y también el espíritu. En la actualidad preside la Fundación Comitán Unido, institución que ofrece consultas y desayunos gratuitos, cirugías a bajo costo y campañas de salud para hombres, mujeres y niños. Ha apoyado de manera decidida a la Casa Hogar San Martín: “En diciembre los dotamos de un refrigerador, construimos un dormitorio y estamos en la edificación de baños, gimnasio y una biblioteca.” Dicha Fundación, además, reconoce la labor de personas destacadas. Ha dado reconocimientos al escultor Luis Aguilar Castañeda, a la doctora en derecho Leticia Bonifaz, a don Roberto Pulido, a doña Rosita Cristiani, a la maestra María Antonieta González y a doña Lety Román de

Becerril, entre otros. Insiste en que su Fundación no persigue objetivos políticos o personales, su objetivo principal es ayudar a los que menos tienen, en una labor discreta y callada. La riqueza de Hernán está en el disfrute de las cosas sencillas y bellas. Es un lector apasionado, gusta de ir a museos y galerías, y goza del jazz y del cine. Cuenta que cuando era joven disfrutó mucho pedir libros a la Ciudad de México, libros que le llegaban por correo: “Me causaba mucha emoción ir al correo, destapar el paquete y encontrar el libro.” En su espacio de trabajo (San José Clínica) hay un mural pintado por Aurora Argüello, pintora comiteca. Es muestra del reconocimiento que hace a los artistas plásticos locales. Se asume bataneco por convicción y admite que no le hubiera gustado nacer en otra ciudad. A cada instante da gracias por haber nacido en Comitán, ciudad en la que se empeña en dar lo mejor de sí, porque, asegura, “Me he dejado sorprender por la vida. Todo lo que tengo se me ha dado por añadidura, no lo he buscado, no ha sido mi objetivo principal. Mi objetivo principal ha sido trasmitir ánimo a la gente. La gente deposita su confianza en mí y eso es una magia inspiradora. Cuando logro que algún paciente ría, sé que ya lo estoy empezando a curar.”

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Patio

LAS NUEVE ESTRELLAS DE LA MANZANA DE LA DISCORDIA

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on Límbano Moreno Ruiz fue maestro de primaria y trabajó de bracero en los Estados Unidos de Norteamérica; doña Angelina Domínguez Aguilar, desde chica, se dedicó a ayudar a su mamá, en el negocio que ella tenía. Ambos nacieron en Comitán. Con el tiempo se casaron y formaron una familia. Los comitecos que vivieron el Comitán de los años sesenta ya los conocieron como pareja y con el negocio que juntos iniciaron e hicieron crecer: El supermercado “Las nueve estrellas”, nombre legendario. Este supermercado estuvo instalado en la “Manzana de la Discordia”, que estaba frente al parque y fue derruida para dar paso a la ampliación del parque central. El supermercado de doña Angelina y de don Límbano tuvo, además de la gentil atención de sus propietarios, la bendición del nombre. En estos tiempos en que nuestra ciudad -como muchos otros pueblos de México- está plagada de las llamadas “tiendas de conveniencia”, con nombres tan raros como Oxxo, el nombre del súper de don Límbano y de doña Angelina se vuelve entrañable, nostálgico. Eran tiempos en que los comitecos salvaguardaban la identidad cultural y empleaban nombres que abonaban a la cultura local. La maestra Rosa Eugenia Moreno Domínguez -hija de don Límbano y de doña Angelina- cuenta que su abuela Materna, que se llamó Aurora, pero todo mundo le decía Lolita, se dedicaba a hacer “curtidos”, mismos que

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vendía en su tienda, y su abuelito materno, trabajaba en la fábrica de aguardiente, empresa que daba trabajo a muchos comitecos. Su abuelo paterno, don Antonio Moreno Trujillo, fue maestro (de ahí la profesión inicial de don Límbano) y su abuelita, mera comiteca, se dedicaba a “oficios del hogar”, que es una profesión maravillosa, pero que no tiene mucha compensación económica. Don Límbano y doña Angelina se casaron en diciembre de 1946 y vivieron en la casa donde ahora está la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez. Doña Angelina, por Domínguez, era pariente de la familia de don Belisario, así que doña Milita Domínguez de Castellanos (hija del héroe comiteco) le dio rentada la casa. Ahí, doña Angelina daba de comer a los trabajadores que, en 1950, construían la carretera internacional; don Límbano puso unos billares, así que cerraron el círculo: los constructores comían en el comedor de doña Angelina y luego pasaban a jugar pul en el billar de don Límbano. Los ahorros los guardaron muy bien y eso les permitió comprar el local en la manzana y ahí abrieron una tienda pequeña que, poco a poco, creció, hasta convertirse en el flamante Supermercado “Las nueve estrellas”. El negocio lo tenían al frente y su casa al fondo del local. Luego, conforme creció el negocio, se pasaron a vivir en la planta alta y destinaron la parte de abajo para el supermercado, que fue una innovación en el Comitán de 1960, porque era de estantería abierta: las personas


pasaban por un torniquete y tenían la posibilidad de elegir los productos que estaban colocados en estantes. Los demás negocios seguían vendiendo a la antigüita: los compradores se paraban frente a un mostrador y el dueño les pasaba los productos solicitados. El negocio de don Límbano y de doña Angelina fue muy próspero. Doña Angelina era buenísima para el negocio y don Límbano era quien se encargaba de hacer los pedidos, pero otro factor influyó: Fue un negocio familiar. Las cinco hijas colaboraban sin descanso. En la mañana iban a la escuela y en la tarde se integraban a las labores de limpieza de estantes y de productos y en la atención a clientes. Las hermanas Moreno Domínguez crecieron al amparo de “Las nueve estrellas” y gozaron la cercanía del parque central. Al lado del Súper estaba “La casa Rubio”. Las empleadas escuchaban las radionovelas en la mañana y cuando las hermanas llegaban en la tarde para tejer, las empleadas les contaban el capítulo del día. Cuando era la feria de agosto, colocaban los puestos y los juegos mecánicos en las calles perimetrales del parque central y el negocio estaba asegurado, todo mundo de acá pasaba a comprar en el supermercado, que abría de ocho de la mañana a ocho de la noche. Cuenta la maestra Rosa Eugenia que: “En la entrada mandaron

a hacer unos fruteros grandes de fierro, en los que se exhibían dulces, pulpa de tamarindo, pipas de chocolate y todas las novedades para que los clientes pudieran tomar lo que quisieran. Asimismo, acondicionaron unos pomos de cristal llenos de chocolate con almendra, galletas y más. En el supermercado, los clientes encontraban los productos de la canasta básica, jabones, detergentes, escobas, peltres, además de bolis y roscas de mantequilla que preparaban mis hermanas en forma artesanal.” Pero toda historia tiene un final. En 1978 tiraron la famosa manzana para ampliar el parque central. El supermercado “Las nueve estrellas” lo pasaron a un local que la familia había adquirido en la primera avenida norte poniente. La casa era muy grande, doña Angelina y don Límbano acondicionaron el local para el negocio con las mismas medidas que tenía el local de la manzana del centro. Pero la distancia hizo que los clientes comenzaran a escasear, por lo que tomaron la decisión de cerrar el negocio y en 1979 se cerró el ciclo del primer supermercado “moderno” de Comitán. Las luces de las nueve estrellas se eclipsaron. Don Límbano falleció en 1982 y doña Angelina le sobrevivió veinticuatro años, ella falleció en 2006.

Doña Angelina Domínguez y don Límbano Moreno

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Corredor

¿A CÓMO EL KILO DE AGUAYÓN? J

osé Emilio Pacheco dice en su novela “Las batallas en el desierto” que en ese tiempo, en la Ciudad de México, ya había “Supermercados”. La novela, todo mundo lo sabe, está ambientada en tiempos que Miguel Alemán Valdés era presidente de México. El supermercado era un símbolo de la modernidad que ya había llegado al país. ¿Y en Comitán, cuándo llegó la modernidad? Llegó mucho tiempo después. Hay personas que piensan que aún no ha llegado. En 1970, muchos aficionados al fútbol soccer debieron conformarse con escuchar en radio la transmisión de los partidos del Mundial celebrado en México, porque los aparatos de televisión en blanco y negro eran escasos, muy escasos. La televisión había llegado a la Ciudad de México, precisamente en tiempos de Alemán Valdés, en 1950. Llevábamos entonces veinte años de rezago tecnológico. En el Comitán de los años cincuenta no había supermercados. Es materia de cronistas aportar los datos precisos de cuándo apareció el primer supermercado en esta ciudad. Nosotros, en este número, contaremos que en 1953 llegó a Comitán, procedente de Puebla, don José Agustín González Sánchez, quien en los años setenta abrió un supermercado en el pueblo. ¡No fue el primero! En los años sesenta ya existía el famoso supermercado de don Límbano Moreno y de su esposa doña Angelina Domínguez, supermercado que estaba en la manzana que hoy es conocida como la Manzana de la Discordia y que fue derruida en tiempos que el licenciado Jorge De la Vega Domínguez fue gobernador del estado de Chiapas y el profesor Roberto Bonifaz Caballero fue presidente municipal de Comitán. ¿Cuál es la historia de don Agustín, comerciante recordado en Comitán? Don Agustín llegó procedente de Puebla para trabajar en la carnicería que su jefe, también procedente de Puebla, instaló en el Mercado Primero de Mayo. Dos días después de llegar ya quería regresar. No le gustó lo que denominó como “pueblito”. Su jefe le prometió que en cuanto llegara el próximo

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embarque de Puebla (dos meses después) vendría su sustituto y él podía abandonar Comitán. Con tal promesa, don Agustín se quedó, pero dos meses después, su jefe le dijo que no había llegado el sustituto y le pidió que esperara dos meses más. En el próximo embarque sí llegaría el otro empleado. Don Agustín aceptó de mala gana, pero en ese lapso sucedió que una muchacha llegó a comprar carne y don Agustín recibió el flechazo (como dice Bautista: “Hubo cambio de luces”), así que don Agustín dejó de pensar en el regreso y comenzó a pensar cómo acercarse a María Elena Ruiz Figueroa, quien era una bella comiteca de diecisiete años. Don Agustín tenía un don: Sabía y le gustaba tocar la guitarra, así que se incorporó a un trío y comenzó a llevarle serenata a María Elena. En ese tiempo, don Agustín tenía diecinueve años de edad. La familia de María Elena no vio con buenos ojos la presencia del enamorado: Era muy joven y era fuereño. Pero, la joven cayó en las redes y una tarde hizo su “maletía” y el novio “la robó”. Este robo propició que, con los años, procrearan cinco hijos. La familia creció con la misma intensidad con que creció el afán de prosperar, así que cuando inauguraron el mercado, al lado del templo de Jesusito, don Agustín se independizó, compró un local y abrió la carnicería “Flor de la Sierra”. Muchos de los clientes que lo habían conocido en el mercado Primero de Mayo llegaron a la “Flor de la Sierra” y se hicieron clientes frecuentes. Así fue como dejó de comprar carne en canal y comenzó a adquirir ganado en pie, con algunos de los rancheros más prestigiados de Comitán: don Jorge Pérez, don Mario Kánter y don Ramiro De la Vega. Víctor Manuel, hijo de don Agustín, cuenta que su papá alquiló un potrero, propiedad de doña Elvira de Gordillo, allá por el rumbo de La Tapadera. Víctor -ya muchacho de catorce añostenía dos encomiendas: llevar el ganado del potrero al rastro y pasar a pagar los derechos en la oficina “de fiscales”, que, en ese tiempo, estaba frente al templo de Santo Domingo (en la ya mencionada y famosa Manzana de la Discordia). Víctor recuerda


Familia González Ruiz: Martha, Víctor, doña María Elena, Elizabeth (la más pequeña), don Agustín, Amalia y Lupita.

que la primera vez entró con cierto temor, porque en la oficina de fiscales había un mueble de madera recargado en la pared que servía para detener una serie de rifles un tanto viejos y oxidados. A pesar del éxito de la carnicería, don Agustín deseaba crecer más. ¿Abrir sucursales? ¡No! Tenía el sueño de ofrecer más, así se le ocurrió abrir un supermercado, donde, además de vender carne, las personas pudieran comprar todo lo del mandado. Ya había estado en dos mercados, ¡ahora abriría su propio mercado pequeño! Su hijo Víctor dice que su papá vendió el local del mercado y abrió su primer supermercado en un local que rentó, al lado de donde ahora está la cerrajería de Absalón Pulido, y ahí ofreció lácteos, latería, frutas, verduras y lo más necesario para el ama de casa, así como filete miñón con tocino y milanesas preparadas. Las señoras ya sólo llegaban a su casa y ponían a freír las milanesas. ¡Eso fue un paso importante en la mercadotecnia comiteca! Medio mundo de Comitán vio a don Agustín, muy satisfecho, despachando en su “Mini Súper González”. Para este tiempo, el supermercado de don Límbano y de doña Angelina ya no existía. El súper creció. Una tarde, don Agustín cambió de ubicación, rentó un local más amplio, en un edificio propiedad de la

química Ruth Verónica García, a una cuadra de la escuela Fray Matías de Córdova, lugar donde ahora está la oficina de FEDEX. Ahí vendía verduras que compraba en Teopisca. Acondicionó cámaras frigoríficas y sierras eléctricas y se llamó, ¡por fin!, “Súper González”. Pero, más tarde, cerró ese súper y acondicionó un local en su casa, en el barrio de San Sebastián, y el súper volvió a ser mini. Un día notó que, como en la canción, perdía fuerza “en la mano izquierda”, luego fue la derecha y una visita al médico diagnosticó que don Agustín padecía esclerosis múltiple. Cuando él, muy joven, llegó a Comitán, pidió regresar de inmediato a Puebla, no le había gustado “el pueblito”, estaba acostumbrado a la urbe. Tiempo después, cuando llegaron unos familiares poblanos y le dijeron que regresara a Puebla, don Agustín dijo: “De aquí yo no salgo”, ya se había enamorado de Comitán, lugar en el que vivió más de cincuenta años y donde formó una familia y formó parte de la historia local con sus carnicerías y sus supermercados.

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Sala

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA ¿C

uánto de tierra hay en esta fotografía? ¿Cuánto de barro? ¿Cuánto de piedra? En primer plano hay un techo sembrado de tejas. Las tejas que, tal vez un día, formaron filas como las que hacían los alumnos de primaria a la hora del homenaje a la bandera, ahora son gusanos artríticos. Estas tejas forman filas todas chuecas, como si el tiempo, con su bota inclemente, las hubiera desarreglado. ¿Ya vieron que en lo alto de la portada del templo hay una cruz? Apenas se ve. Domitila dice que es signo de estos tiempos donde el mensaje divino está desapareciendo. Así lo dice. En fin, lo que quiero decir es que cuando Mario vio esta fotografía preguntó qué lugar era y dijo que su próximo reto sería llegar hasta la cruz. Quienes conocen a Mario saben que él es montañista. Sí, es de esos tipos maravillosos que, en fin de semana, toman cuerdas, ganchos, zapatos especiales, mochilas, casas de campaña, botiquín de primeros auxilios, y abandonan la ciudad y caminan por senderos llenos de lodo y de matas que golpean sus rostros, con el objetivo de subir a las cimas de montañas elevadas o de bajar a lo más profundo de grietas y cuevas. Le dije que el techo del primer plano era un techo vecino del templo del Calvario, en Comitán; dije -porque pensé que era mi responsabilidad- que ese techo no está junto al costado del templo. ¡No! Al llegar a la cima hay un vacío, porque existe un traspatio. Mario se emocionó. Dijo que de niño siempre imaginó que era el Hombre Araña y podía brincar de un techo a otro. Dijo que esta era su oportunidad y luego dijo algo que me llamó la atención, dijo que haría montañismo en la ciudad. Yo pensé que era un contrasentido, pero luego pensé que sí, que podía ser, porque estas tejas son montones de barro recocido, montañas hechas por la mano del hombre. Y nada le dije a Mario, porque podía burlarse, ya que sabe que no soy un tipo intrépido, pero pensé (al ver la fotografía) que era posible hacer el juego sensacional que él proponía: Caminar, con las manos extendidas para conservar el equilibrio, sobre ese gusano que sube, y al llegar a lo más alto del techo, esperar que Mario (experto), me instruyera sobre cómo colgarme de la canastilla que, con anterioridad, había tendido para salvar el vacío existente entre la cima del techo y el pretil del techo mayor del templo, y yo podría controlar la garrucha, movería mis manos (protegidas con guantes de carnaza) para avanzar poco a poco. Mario (experto) me habría instruido a no ver hacia abajo, ¡por nada del mundo mirés hacia abajo!, para no marearme. Y llegaría hasta la orilla del techo grande y Mario me ayudaría a subir y luego (así se ve en esta fotografía) todo sería más

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fácil. Bastaría con apoyarse, como gato, sobre las tejas y caminar sobre ellas para alcanzar la corona del techo. Una vez ahí, me pararía, y, con los brazos extendidos para conservar el equilibrio, caminaría hasta llegar a la pared que contiene tres campanas. Claro, medio metro antes de llegar correría, como lo hacen los campeones al llegar a la meta, extendería los brazos y con mis manos tocaría la pared fresca, húmeda y me pensaría dueño de la medalla de oro. Nada de esto le dije a Mario, porque sabe que no soy intrépido, sabe que soy un hombre temeroso; además, tengo sesenta años, ya no estoy en edad de hacer imprudencias. Sin embargo, él tiene la misma edad que yo y, todos los fines de semana, toma las cuerdas, los ganchos y se pone los zapatos especiales y va a escalar montañas, porque dice que no hay instante más sublime en la vida que el momento en que alcanza la cima de una montaña y se siente pájaro.


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Oratorio

Orgullo comiteco: Grupo ALTOVA ALTOVA, PROYECTOS Y CONSTRUCCIONES ya es referente de la arquitectura contemporánea en el estado.

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sta empresa tiene ocho años de servir a la sociedad chiapaneca. Fundada por el arquitecto Roberto Álvarez Torres Valle y el ingeniero Luis Álvarez Torres Valle ha obtenido la aprobación de la sociedad de la región, y el reconocimiento en recientes Bienales de la Arquitectura Chiapaneca. Ambos reconocimientos son la reafirmación de la excelencia en la propuesta arquitectónica del despacho profesional ALTOVA. T r e s obras del grupo ALTOVA han sido galardonadas en las Bienales Chiapanecas: “Culturalia” -Primer lugar en el Área Educación-, “Casa Hacienda” -Mención honorífica en el Área de Casa Habitación-, y “Casa Tenam” -primer lugar en el Área de Remodelación-.

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T e n a m , hacienda y Culturalia remiten a nombres muy íntimos de la historia de la región. De manera providencial, las tres obras premiadas sintetizan una triada de identidad: La palabra Tenam alude al nombre de la región arqueológica prehispánica, la palabra hacienda remite al florecimiento de esa entidad productiva que está representada en la novela “Balún-Canán”, de Rosario Castellanos; y Culturalia es nombre de una prestigiada institución educativa, de los tiempos actuales. ¡Ah, qué feliz coincidencia! En estos tres reconocimientos está representada la identidad cultural de Chiapas: Los tiempos prehispánicos, los tiempos coloniales y la modernidad. Por esto, el grupo ALTOVA siempre conjuga la tradición con la innovación, consciente de que la herencia arquitectónica es la síntesis de los tiempos. El trabajo profesional del grupo ALTOVA ha puesto en un lugar de privilegio a la arquitectura de Comitán y ha honrado el nombre de la ciudad en el plano internacional, ya que fue nominado a obtener el “Building of the Year 2018”, en la novena edición de “Building of the year Awards”, de Archdaily.


CONCEPTOS ESENCIALES El arquitecto Roberto Álvarez Torres Valle (egresado de la Facultad de Arquitectura, de la UNACH, y ex presidente del Colegio de Arquitectos, delegación Comitán), en entrevista, reveló los conceptos esenciales de la filosofía de este grupo profesional, que los conduce por el camino del éxito, a través de un trabajo ético y responsable.

Tradición:

al confort humano para brindar espacios atractivos y dignos. En cuanto al uso de los materiales, revaloramos, por ejemplo, el uso del ladrillo, porque es un material cálido, fresco y ad hoc a la vista. El ladrillo posee el color de la tierra y es un símbolo de identidad. Cada proyecto que realizamos es único, porque sabemos que cada usuario tiene necesidades diferentes. Nosotros las satisfacemos y las llevamos al nivel de lo óptimo.”

“Reinterpretamos los conceptos tradicionales y le damos un enfoque más funcional y vanguardista”.

“Reinterpretamos los conceptos tradicionales y le damos un enfoque más funcional y vanguardista. Somos ciento por ciento sensoriales, sensitivos al espacio. No es lo mismo un espacio cerrado a uno que tenga una vista bonita, un olor agradable, una buena ventilación y una buena iluminación. Concedemos una importancia fundamental

La familia:

“El arraigo familiar es una formación que tenemos desde pequeños. Hemos crecido en un ambiente donde se considera a la familia como el núcleo esencial. Esto no sólo nos dio dignidad sino también nos sembró el gusto por la arquitectura, ya que a mi papá (el odontólogo

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Roberto Antonio Álvarez Solís) siempre le ha gustado remodelar la casa. Cuando veníamos a ver ya había tirado muros y levantado otros. Cuando llegaban las visitas se extrañaban por los cambios. Mi papá considera que la casa, igual que los seres humanos, se modifica y se transforma.”

El éxito:

“Picamos piedra, día a día. Nuestro afán es conseguir la confianza de nuestros clientes que, gracias a Dios, nos vuelven a buscar. A veces comenzamos trabajando una cocina y concluimos con la construcción de una casa. Muchas de las obras que hemos hecho han empezado desde lo pequeño. Nuestros usuarios ven el cambio y se van enamorando de su espacio. Nuestros proyectos ayudan a crear espacios para vivir bien.”

Reconocimiento:

“Los maestros de obra comitecos son muy buenos constructores, pero llega el momento en que nuestros usuarios nos llaman porque los albañiles ya no pueden satisfacer sus deseos. Los arquitectos hemos sido instruidos en el arte del espacio. Nosotros, prácticamente de la nada, creamos los espacios, considerando diversos factores, como clima, asoleamiento, ventilación y luz; es decir, los elementos fundamentales de la sustentabilidad. La arquitectura no es solo acomodar muros, los muros nos ayudan a crear los espacios donde las personas viven plenamente. Nosotros ejecutamos un Plan Master, donde nuestros usuarios pueden ver el crecimiento del plan general de su obra.” ALTOVA PROYECTOS Y CONSTRUCCIONES

Comitán:

“Queremos mucho a Comitán. Hemos decidido vivir acá, de acá es nuestra familia, por varias generaciones. Comitán es una ciudad con un buen clima, con gente buena. Por esto, pensamos que es necesario trabajar muchísimo a la ciudad, es como un diamante en bruto, que, por desgracia, si no abrimos los ojos a tiempo podemos echar a perder su grandeza. Comitán posee riquezas magníficas que debemos conservar. En preservación de patrimonio arquitectónico mucho tiene que ver el INAH, sin embargo, no sólo el INAH debería estar inscrito en esa labor, sería necesario que existiera un patronato, o algo más fortalecido, para que se trabaje conjuntamente en cuidar nuestra historia arquitectónica. Es lamentable constatar que cada vez hay más ambulantaje, cada vez más comercio improvisado; cada vez hay más contaminación visual y auditiva. Hace falta normar y aplicar normas.”

Sueños:

“A veces nos ven como soñadores, pero nosotros decimos que vemos realidades. No hay sueño que no se pueda cumplir. Todo es posible, la arquitectura es infinita. Trabajamos en ello. Es una disciplina que se construye día a día, no son casualidades, son contextualidades para llegar a un punto determinado.” Fotografías: Carlos Gordillo

@ROBERTALTOVA

01 (963) 110 7915 / OFICINA 963 103 2809 / CELULAR

@ALTOVAPROYECTOS

GRUPOALTOVA@HOTMAIL.COM

Despacho Altova, Proyectos y Construcciones. 9ª Avenida Poniente Norte No. 19. Barrio de Candelaria.Comitán de Domínguez, Chiapas.

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publicidad sociales

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FotografĂ­a: Carlos Gordillo Modelo: Karla Gordillo


Sitio

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN AUTOS Y LIBROS Querida Mariana: Paco me envió esta fotografía por WhatsApp. Me dijo que no creería en dónde estaba: En el servicio de lavado y lubricación 4:40, en Comitán. Le llamó la atención que en la sala de espera había esta propuesta: ¡Leer! Leer mientras el auto está listo. Al lado de revistas, tres libros (ediciones de la Universidad Veracruzana) esperaban la atención de los clientes. Los libros tenían mensajes pegados en las portadas: “Las lecturas son para compartirse. Cuida los libros”. Pensé en las estadísticas: ¿Cuántas manos tomarían los libros en lugar de las revistas? ¿Cuántos clientes tomarían los libros en lugar de revisar su celular? ¿Quién puede saber? ¡Nadie! Pero la propuesta es generosa, con aire limpio. Recordé que un día, Hugo me envió una fotografía tomada en la calle de una ciudad canadiense. En la foto aparecía una casita llena de libros, expuesta a la vista de todos. Hugo me explicó que allá, las personas pueden tomar un libro y llevárselo a su casa para leerlo. Cuando concluyen la lectura lo regresan. ¿Era posible hacer algo similar en Comitán? A Hugo le comenté que en el Centro Cultural Rosario Castellanos, Luis Armando colocó un librero en el pasillo exterior. Las personas pueden tomar los libros y las revistas sin más restricción que la sugerencia de regresarlos en cuanto termine la lectura. Lo mismo que en el Centro Cultural (que tiene la responsabilidad moral y ética de propiciar tales espacios), en este servicio de lavado de autos también está la propuesta de acercarse a los libros. ¡Bien! ¿De veras bien? ¡Claro!, es un paso para promover la

lectura. Pensé en la posibilidad (utópica) de llenar los espacios comitecos con tal propuesta. Que los libros estuvieran a disposición de los lectores en los corredores de la Plaza Las Flores, en los restaurantes, en las oficinas, en los consultorios, en los parques y en todos los demás lugares públicos. Pero luego pensé que la solución es más sencilla y está más cerca que en la esquina; pensé en lo que Borges dijo: “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y a nadie se le puede obligar a ser feliz”. Quienes opinan que los libros son aburridos lo dicen porque de niños no conocieron la belleza de la lectura. Está bien que los espacios públicos abran estas ventanas donde corre el aire libre de la lectura, pero lo ideal es que en cada casa comiteca haya libros para niños, libros con ilustraciones y con cuentos bien bonitos. Cuando esto suceda (y esto es muy simple, basta con querer un mundo mejor para los hijos) las personas se volverán lectoras y no habrá necesidad de presentar propuestas sugerentes, porque así como los niños buscan los dulces o persiguen los juegos de pelota irán detrás de la magia de la literatura. ¡Que se siembren más árboles llenos de libros en los patios de las casas comitecas! ¡Que la imaginación sea como el pan nuestro de cada día! ¡Que así sea! Posdata: A Paco le llamó la atención que en esta sala de espera hubiera libros. Por lo regular esto no sucede con mucha frecuencia. Vos sos una gran lectora, porque de niña tus papás tuvieron libros con ilustraciones y, todas las noches, te leyeron un cuentito. Es el mejor método para hacer lectores voraces, para hacer personas más felices, sin obligaciones, sólo por el mero placer.

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Balcones

La Espiga de Oro Panadería

UNA TRADICIÓN AUTÉNTICA

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n Comitán, como en muchos pueblos del mundo, existe la costumbre de tomar café. Pero en Comitán, el ritual va más allá. Cuando la anfitriona pregunta si quiere una taza de café, el invitado siempre dice: “Sí, pero con pan”. Y muchos podrían agregar: “Pero con pan de La Espiga de Oro”. Porque la panadería LA ESPIGA DE ORO tiene una tradición de más de treinta años. Esta empresa panificadora auténticamente comiteca la comenzó (siendo un negocio muy pequeño) doña Carmen Espinosa Albores, mamá de la actual propietaria: doña Cruz del Carmen Alfaro Espinosa. Doña Cruz del Carmen cuenta que su mamá aprendió a hacer el pan con una señora que se llamaba Rosario, en el tradicional barrio de la Pilita Seca. Doña Carmen Espinosa hacía el pan y sus hijas: Guadalupe, Leticia y Cruz del Carmen salían a vender. Cargaban sus canastos con pan recién hecho y lo ofrecían de casa en casa, donde los compradores apreciaban tal actividad. Este noble oficio hizo que las hijas comprendieran el valor del trabajo y de la continuidad en la actividad laboral a tal grado que hoy lo que comenzó la abuela es

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Cruz del Carmen Alfaro Espinosa

una empresa que da trabajo a muchas familias. El camino ha sido largo y fructífero. Doña Cruz del Carmen trabajó en la Fábrica de Triplay que existía en la Colonia Miguel Alemán. Los dueños de la fábrica implementaron una tortillería y una panadería para dar servicio a los empleados que laboraban en tres turnos. Ahí Doña Cruz del Carmen trabajó durante tres años. Luego se casó y comenzó a hacer pan en su casa. Como lo había aprendido de niña ofrecía el pan en canastas, hasta que adquirió un local en la Central de Abasto, lugar donde tiene más de treinta años de vender pan. Todos los que acuden al mercado la conocen y saben de la calidad del pan que prepara. ¿Por qué pan de LA ESPIGA DE ORO? Porque es un pan que, como dice doña Cruz del Carmen “no tiene conservador ni mejorador. Aquí usamos harina, huevos, azúcar y manteca vegetal. Hacemos el pan como se hacía antes. Elaboramos rosquillas chujas, regañadas, mantecadas, salvadillos, tortas y riquísimo pan de queso. Ese es nuestro estilo.”


Es un estilo único, el estilo del buen pan comiteco. Y para seguir la tradición, Rocío del Carmen, Gabriela, Carolina y Sonia (hijas de doña Cruz del Carmen) trabajan con ella y siguen fomentando el amor a este oficio maravilloso. En Comitán ofrecemos una tacita de café, pero con pan, con pan de LA ESPIGA DE ORO. Empresa panadera que cada día crece más, porque su propietaria hace su trabajo con mucho gusto, por eso no se cansa de repetir: “¡Bendito trabajo! Me ha dado para sacar a mis hijas adelante”. Doña Cruz del Carmen dice que muy pronto abrirá un nuevo local en la colonia Belisario Domínguez. Ya muy pronto, mientras tanto, todo mundo sigue comprando en su local de la Central de Abasto, que está al lado de donde venden jocoatol y atol de granillo. Por esto, ahí en la Central, quien toma un vaso de atol lo toma, pero con pan.

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Cocina

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C U E N T O

EL PATO QUE ENCONTRÓ SU ESTANQUE DORADO Jonás, el pato consentido de la casa, tenía dos gustos: bañarse en el estanque del patio de la casa y salir todas las mañanas a la orilla de la carretera. Su mamá le decía que no hiciera esto último, porque era peligroso: —¿Qué no ves que ahí pasan muchos carros? Te pueden atropellar. ¿Qué haría yo sin mi Jonacito?”, —le recordaba siempre y lo amenazaba: ¡Nunca vayas a desobedecerme, porque tu cola se caerá! A Jonás le daba mucho miedo quedarse sin cola, porque estaba seguro que entonces dejaría de ser pato y sería un simple pollo con pico de pato. Jonás le explicaba a su mamá que siempre tenía mucho cuidado, que no se acercaba a la carpeta donde pasan los autos de manera veloz. Él siempre subía a una roca que está a dos metros de la orilla y desde ahí veía los autos. —¿Qué es lo que ves? —preguntaba mamá pata, mientras le preparaba una papilla de avena. —Veo a todos los autos que pasan llenos de personas que van en busca del lago dorado. —¿El lago dorado? —preguntaba la mamá—¿Qué es eso? Y Jonás platicaba que, una vez, el abuelo Arkal le contó que existe un lago de oro. Los patos nadan ahí y al salir tienen las

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plumas doradas, para siempre. Jonás preguntó al abuelo si en los dos extremos de la carretera había lagos, y el abuelo, picoteando la tierra en busca de gusanos para llenar su buche, dijo: —¡No, no!, jovencito, ¿cómo crees? El lago de oro sólo está en un extremo del camino. Ese es el chiste de la vida: Caminar hacia donde está el lado correcto. —dijo el abuelo y ya nada más dijo. —Te prohíbo que vayas a buscar ese lago dorado. Tu abuelo siempre cuenta historias fuera de la realidad —dijo la mamá, levantando una pata, en forma amenazante. —Sí —respondió Jonás, sentado frente a la mesa, comiendo su papilla de avena—. Sí, mamita. Jonás se paró, dio las gracias y, corriendo, moviendo su colita de un lado para otro, fue hacia la roca, subió y desde ahí vio a los autos que iban de un lado y de otro. Pensó: “Esto de la vida es sencillo, ya lo dijo el abuelo: No hay más que dos caminos, uno de ida y otro de vuelta. Basta estar atento para descubrir cuál es el bueno”. Y se dijo que si ponía atención podía descubrir en cuál de los dos lados estaba el lago. Pensó: “Veré a las personas que van en los autos y los que estén dorados serán los que hallaron el lago”. Tomó unos binoculares y vio con atención: las personas


que viajaban en autos que iban de izquierda a derecha parecían normales, pero las personas que viajaban en autos que iban de derecha a izquierda tenían una piel bronceada. —¡Claro! —dijo, dando saltos de felicidad—. ¡Yo tenía razón! Los que van de derecha a izquierda regresan del lago dorado. Cuando pensó eso también pensó que debía realizar el gran viaje. Había descubierto el misterio. A su regreso, iría a casa del abuelo y le contaría su aventura. Esperó que su mamá tomara su bolso para ir al mercado a comprar medio kilo de moscas y cien gramos de maíz para la comida, se puso el suéter que le había regalado su abuela Irlan y, con mucho cuidado, comenzó a caminar por la orilla de la carretera, con rumbo a donde, estaba seguro, hallaría el lago dorado. Sentía cómo sus plumas se pegaban a su cuerpo cada vez que un auto pasaba velozmente a su lado. No había caminado ni cien metros cuando escuchó un rechinido de llantas y vio que un auto se detuvo metros adelante. Del auto bajaron dos niños. —¡Está perdido, mamá! ¿Podemos llevarlo? —preguntó la niña, mientras el niño, con bermudas y chanclas de plástico, atrapaba a Jonás. Jonás nada dijo (se sabe que los patos hablan un lenguaje diferente al de las personas) pero, en su interior, saltaba de gusto y decía: “Sí, sí, llévenme con ustedes”. Así se ahorraría el esfuerzo de caminar hacia el lago dorado. La mamá dijo que estaba bien. Podían llevarlo. Ya verían cómo resolver el problema de la estancia en el hotel de la playa. En menos que canta un pato llegaron a la playa. Jonás se quitó el suéter, sus plumas estaban llenas de sudor. La familia se instaló en el hotel. El gerente dijo que no se preocuparan, el hotel contaba con un pequeño aviario, ahí podía estar el pato durante el tiempo de su estancia. Un empleado del hotel cargó a Jonás y lo llevó al aviario, abrió la puerta y lo dejó en compañía de guacamayas, loros y un faisán dorado que estaba trepado en la rama más alta. —¡Qué bonito, qué bonito! —dijo Jonás cuando vio al faisán—. ¡Usted tiene las plumas doradas más bonitas que he visto en mi vida!—. Jonás se acercó y pidió permiso para acariciar el plumaje. El faisán se esponjó como guajolote (no, no, en realidad se esponjó como faisán) y abrió su plumaje como si fuera un pavo real. Jonás preguntó: —¿Usted se bañó en el lago de oro? ¿Puedo hacerlo yo? —¿El lago de oro? ¿De qué hablas, niño? —De aquel lago —y Jonás levantó una de sus patas y señaló el horizonte, donde el mar parecía una alfombra dorada, porque ya el sol estaba ocultándose y provocaba destellos de miel en la superficie del mar. —¿Tú crees que…? —Sí, mi abuelo Arkal me dijo que si nado en el lago de oro mi plumaje será tan bonito como el de usted. El faisán soltó la carcajada y los loros y las guacamayas se unieron y provocaron un rebumbio monumental, como si mil piedras cayeran sobre mil campanas. —¡No, no! ¿Cómo crees? Tu abuelo es un mentirosillo. —Lo único que va a lograr el pato es morir ahogado —, dijo uno de los loros, el que tenía derechas las garras de la pata izquierda, y no podía sostenerse bien de la rama —. El mar es como dos mil lagos juntos, enojados. Jonás se reclinó sobre la malla, puso una cara de gelatina desinflada y dijo:

—¿Por qué mi abuelo me engañó? —No te engañó —dijo el faisán—. Jamás te dijo que el mar fuera un lago de oro. —Entonces, ¿en dónde está el lago de oro? —¿En dónde dijo tu abuelo que estaba? Jonás levantó una pata, la colocó debajo de su pico, y pensó un buen rato: —Mi abuelo sólo dijo que en algún lugar existe el lago de oro. —Bueno, pues ahí está. El mar no es un lago y no es de oro, y si te metes a nadar puedes morir, como dice el loro, porque es muy peligroso. Así que mejor si regresas a tu casa, donde tus papás deben estar preocupados por ti. A propósito, esa señora pata que viene ahí ¿no es tu conocida? Jonás vio hacia donde indicaba el faisán y descubrió a su mamá. Su carita se iluminó. La mamá pata llegó hasta la reja y, viendo a su hijo, dijo: —Jonacito de mi vida, ¿por qué te encarcelaron? ¿Qué hiciste? —No se preocupe, señora pata —dijo una de las guacamayas—, su hijito sólo pasa la noche con nosotras, pero si usted quiere ahora mismo abro para que se vaya con usted —y usando una de sus garras como ganzúa abrió el candado. Jonás abrazó a su mamá y pidió perdón. —Todo está bien, hijito, todo está bien. Ahora volveremos a casa —dijo la mamá y agradeció a las guacamayas, a los loros y al faisán dorado todas las atenciones que tuvieron con su hijo. Al otro día, el gerente del hotel, muy alarmado, dio la noticia que el pato había escapado. La familia no se molestó. La señora dijo que tal vez había escapado por algún hueco de la malla y había regresado a su hogar: “Los animales buscan su querencia”. En la tarde de ese mismo día, Jonás estaba de vuelta en casa, su mamá lo había bañado en el estanque. El abuelo lo esperaba con inquietud. El abuelo abrazó a su nieto y, en voz baja, preguntó: —¿No dijiste nada a tu mamá, verdad, de lo que te conté? —Sí —aceptó, Jonás, apenado. —Bueno, bueno, no importa. Lo que veo es que sí hallaste el lago de oro. ¡Cuéntame cómo es! —No, abuelo, no hallé el lago de oro. —¡Cómo no! ¡Mírate! Tus plumas y tu piel tienen otro color. Jonás se miró en un espejo y vio que su abuelo no mentía: ¡Estaba bronceado! Iba a decirle al abuelo que el sol de la playa había puesto esa tonalidad en su cuerpo, pero vio hacia el estanque y descubrió que, como el sol ya se ocultaba, los reflejos formaban una imagen dorada. El agua del estanque tenía miles de destellos de oro. —¡Abuelo, abuelo, mira! El estanque es el lago de oro. El viejo Arkal volvió la mirada y vio lo que su nieto señalaba, abrió el pico como si fuera un pozo de luz y dijo: —Tienes razón. Lo hemos tenido tan cerca y no lo habíamos advertido. Jonás caminó hacia el estanque y dijo: —Nuestra casa es una casa de oro. No volveré a buscar afuera. FIN

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Tapango

PRESENTIMIENTO

Mirtha Luz Pérez Robledo

E

(Para Nadia Dominique Vera, mi hija, en el aniversario de su nacimiento)

n los alrededores de la casa de mi padre, crecía abundante la hiedra con sus flores blancas y olorosas. Las niñas de entonces cortábamos las hojas y con una corcholata que nos servía de moldecito las convertíamos en tortillitas. Las apilábamos interminablemente, hasta que la tarde serena y clara se volvía crepúsculo y el tiempo se nos iba sin pensar en otra cosa que en repetir el juego de cortar las hojas de la hiedra y convertirlas en tortillitas, con ayuda de nuestra imaginación.

y particulares, con nuestras pequeñas manos, esa materia que transformábamos en pastelitos de lodo. Cuidadosamente los formábamos sobre una tabla sin pensar en otra cosa, hasta que la tarde se volvía crepúsculo; y así el tiempo se nos iba en repetir el juego interminable de amasar la tierra y convertirla, con ayuda de nuestra imaginación, en pastelitos.

A la tarde siguiente, caminábamos juntas por las veredas copadas de plantas y buscábamos las hojas largas, verdes y carnosas de los lirios que crecían libres en Al día siguiente, y a la misma hora, juntábamos esas calles; cortábamos sus hojas, las hacíamos en tiras un buen montón de tierra y lo mezclábamos con agua. y las convertíamos con ayuda de nuestra imaginación Amasábamos y moldeábamos de maneras diferentes en carne seca y salada. Colgábamos cuidadosamente la

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“carne salada” en las cercas y en esa tarea se nos iba la tarde hasta que se volvía crepúsculo y el tiempo se nos iba en repetir el juego de cortar en tiras las hojas largas de los lirios para convertirlas, con ayuda de nuestra imaginación, en “carne salada”. Así transcurría una y otra y otra tarde de primavera o de verano. Cuando llegaba el otoño, en los días fríos nos daba por armar casitas con las sábanas que a escondidas de mis padres, y la complicidad de mi abuela, sacábamos de nuestras camas. Del armario de mi padre furtivamente tomábamos los títeres de papel que él fabricaba en sus clases de manualidades, dos veces a la semana, en la escuela donde trabajaba. Una vez armada la casita con las sábanas, inventábamos historias en directo, improvisábamos, pues, al tiempo que los títeres nos ayudaban a escenificar esas historias. Nos turnábamos para hacer de titiriteras y de público. Así, sin pensar en otra cosa que en inventar historias y reírnos, se nos iba el tiempo hasta que la tarde se volvía crepúsculo y todas, con la risa todavía en el rostro, volvíamos a nuestras casas.

mamá encendía la luz, entonces a alguien se le ocurría apagarla y gritábamos y reíamos y revoloteábamos con tal algarabía, como pajarillos asustados; y corriendo nos dispersábamos hasta llegar cada una a su casa. Cada noche, cuando todas las niñas volvían a sus hogares, y la casa se quedaba en silencio, no sé por qué a mí me entraba una tristeza infinita y me soltaba a llorar. Mamá me decía: “No llorés, hijita, si mañana van a venir otra vez a jugar”, y pasaba tiernamente sus manos sobre mis cabellos. Era verdad, a la tarde siguiente, volvían todas para jugar. Pero cada vez que se iban, yo cambiaba de la risa al llanto y mamá volvía a acariciarme el pelo y a decirme: “No llorés, hijita, ya vas a ver que mañana van a volver”.

Entonces ella cantaba para mí y para mis hermanas, coplas de los poemas que leía en nuestros libros de primaria. Crecimos así sin pensar en otra cosa que en jugar, se nos iban las tardes hasta que se hacían noches, sin pensar que la vida era finita y efímera. Cada una de nosotras tenía en sus ojos un lago tranquilo, una Cuando la lluvia alcanzaba nuestro pueblo, risa confiada, y una algarabía que contrastaba con el frente a la calle de la casa de mi padre, se formaban canto monocorde de algunas ranas que se oían en la arroyuelos que pasaban arrastrando piedras; mis hierba. hermanas y yo nos asomábamos a la puerta y cuando la lluvia iba amainando, hacíamos barquitos de papel Ahora que tú, mi niña, te has ido de mi casa y con las hojas de los cuadernos ya usados. Mojadas del no escucho tus juegos ni tu risa, tampoco está mi madre cabello hasta los pies y sin pensar en otra cosa, se nos para cantarme las coplas de mis libros de primaria, y iba el tiempo hasta que la tarde se volvía crepúsculo. pasar sobre mis cabellos sus manos con un gesto de ternura. No está para decirme: “No llorés, hijita, ya Había tardes de esas lluviosas en que se nos verás que mañana va a venir otra vez.” ocurría sentarnos en el corredor de la casa y alguien comenzaba a contar un cuento de espantos. Entre caritas Ahora y aquí he venido a saberlo, que la vida es asustadas y risas nerviosas sintiendo un miedo inocente finita y efímera y que durante muchos años me seguiste, y sin pensar en otra cosa, se nos iba la tarde hasta que antes de conocerte y conocerme.

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