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Arenilla No.3

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Arenilla Ejemplar de colección

Revista

Publicación bimestral ■ Distribución gratuita ■ No. 3 ■ Febrero - Marzo 2018 ■ Comitán de Domínguez, Chiapas, México


Febrero - Marzo 2018

2 mil ejemplares Distribución Gratuita

Alejandro Molinari Director General Patricia Alcázar Relaciones Públicas Roberto Carlos Espinosa Vásquez Director Comercial Dora Patricia Espinosa Vázquez Editora Ejecutiva Fotografía de portada: Carlos Gordillo Modelo: Karla Gordillo NUESTRAS REDES

facebook.com/Arenillarevista @arenillarevista instagram.com/arenillarevista 9631266418 9631043955 arenillarevista@gmail.com

E D I T O R IA L Mientras la tendencia mundial es desechar los medios impresos y acoger los medios digitales (sobre todo por los costos económicos), nosotros ponemos esta revista impresa en tus manos. ¿Por qué? Sabemos que vos, en este instante, podés dar la respuesta. Porque hay un mundo de diferencia entre tener un dispositivo electrónico entre las manos y tener una revista que puede acariciarse y dar vuelta a las hojas. El tacto, uno de los grandes sentidos del ser humano, es esencial para descubrir el misterio del mundo. Cuando fuimos niños, el tacto nos servía para reconocer la tersura de la piel de un gatito y la rugosidad insana de las hojas de ortiga. Los adultos de estos tiempos saben que no es lo mismo estar con una persona y tocar su mano que ver a la misma persona a través de una pantalla. El contacto humano se extravía poco a poco y en ese extravío todo se vuelve mecánico y lejano. El mundo de estos días nos permite la maravilla de descargar un libro electrónico en pocos minutos, pero la belleza se diluye cuando la batería del dispositivo se descarga o cuando la energía eléctrica se va. Sabemos, estimado lector, que en este instante estás reconociendo el valor de esta revista impresa que llega a tus manos gracias a la generosidad de nuestros patrocinadores, quienes, como nosotros, están convencidos que el fomento a la cultura es esencial para el desarrollo integral de nuestra comunidad. ARENILLA-Revista es un ejemplar de colección; una revista para que la acariciés, para que la palpés, para que la conservés en un lugar privilegiado de tu librero y de tu corazón.

Para eventos sociales, ventas y publicidad 9632365050 Este ejemplar está en tus manos gracias al patrocinio de: San Marcos, Universidad del Sureste, Clínica San José, Estética Vanity, Academia de Fotografía Meyer, €urodental@Pepepoo, Auditivos de Comitán, Hotel La Casa del Marqués de Comillas, Librería Lalilu, Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, y MiraQuien.com E m p r e s a s comprometidas con el desarrollo cultural de Comitán y la región.

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Zaguán

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LEAMOS A ÓSCAR BONIFAZ

o leamos a través de una historia novelada que se llama “Sí, papá”. Es una historia breve. Fue publicada, inicialmente, por IMAGINARTE, empresa de Lourdes De la Vega y de Xavier González, y posteriormente la Editorial ENTRETEJAS realizó la segunda edición, en el mes de marzo de 2008.

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¿Qué cuenta “Sí, papá”? El autor usa como voz narrativa la de un niño, un mocito, que los señores Rovelo llevaron a Comitán, desde su finca Santo Tomás. Se puede decir que la historia novelada da testimonio de dos hechos, el primero narra cómo era Comitán en los inicios del siglo XX y el segundo cuenta la historia triste de Natalia Rovelo.

¿Cómo era el Comitán de inicios del siglo XX?


El mocito cuenta cuáles son los oficios que realiza en la casa de sus patrones, cuenta que baja a La Pila, con un burro, para ir por agua. Ya hay energía eléctrica, pero la cocina “sólo se alumbra con las llamas temblorosas de la leña que arde en el fogón donde hace gárgaras la olla de frijol”. En la casa de los Rovelo, don Manuel y doña Josefa, hay un ajuar de mimbre y un piano, “las cortinas son de encajes y terciopelo”. Los Rovelo son gente rica del pueblo. ¿Cuál es la historia triste de Natalia, hija de don Manuel y doña Josefa? En esta historia novelada, los lectores se enteran que el papá es un hombre severo, con “mirada de pedrada”. Cuando don Abelardo pretende a Natalia, el papá de ésta se opone y evita que el pretenso se acerque. La historia triste es la clásica historia donde la hija acepta con resignación y con docilidad las órdenes del padre. En esta historia está descrito cómo era la sumisión de las hijas y de las esposas a la decisión paterna, porque la mamá de Natalia, “como buena esposa”, es incapaz de levantar la voz en contra de las disposiciones del esposo.

La historia termina como ya los lectores imaginan: Natalia acepta su destino ingrato. El padre (dice el autor) “preparaba el premio a la obediencia de la niña (…) Don Manuel mandó construir un hermoso edificio de dos pisos: el primero que se veía en Comitán” y que es el edificio que está contra esquina del parque central de Comitán y que “después de varias transformaciones, se llama ahora Teatro de la Ciudad Junchavín”. Bonita y lamentable historia, ¿verdad? Bonita, porque Bonifaz la cuenta con su estilo narrativo y lamentable porque Natalia se encerró y un día “se negó a caminar más”, tal vez de tiricia. “Cuando los doctores amputaron su pierna en gangrenada, no desató ni un solo gemido”. Natalia “murió suavemente, quietamente”. Dice el mocito, ya al final de la historia: “La vi dentro de su ataúd, así, con su carita amoratada de labios entreabiertos.”

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Patio

CARTA A MARIANA, DONDE EL FUTURO NO ES MUY RECOMENDABLE

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uerida Mariana: ¿Ya viste la fotografía que anexé en esta carta? Sí, es una imagen espectacular. Al fondo aparece el templo de Santo Domingo, en Comitán, y en primer plano la trompa de un animal prodigioso: Una danta o tapir. Cuando vi la foto pensé que era una imagen inusual; es decir, es insólito que en un centro urbano aparezca un animal de selva. Tan insólito como que, una mañana cualquiera, un rascacielos neoyorkino apareciera al lado de un templo prehispánico en Palenque o en Yaxchilán. Estamos acostumbrados, en el centro de la ciudad, a ver chuchitos, gatos, pájaros (no todos), cuyos, peces, erizos de vez en cuando; y en la periferia: gallos y gallinas, burros (sin ofender a tu primo que nunca aprendió la tabla del ocho), borregos (que terminan

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en barbacoa), caballos y pará de contar. Bueno, en una ocasión vi el chango que doña Jacinta tenía en su casa. Doña Jacinta consentía a su chango más que a su hijo. El chango, de igual manera, correspondía al cariño, como si fuera un loro se trepaba en el hombro de doña Jacinta e iba con ella a todas partes, menos cuando era hora de ir al mercado. Doña Jacinta decía que el chango se molestaba cuando alguien quería tocarlo y ella se molestaba cuando los malcriados decían: “¡Mirá, cómo está peludo el mono de doña Jacinta.” Él sólo se dejaba acariciar por su ama, quien, todas las mañanas, le daba


pan sopeado en café. ¿Podés creerlo? ¡Un chango que tomaba pan sopeadito! Vi la danta en el parque central y pensé que sólo una vez había estado frente a un animal igual, en el zoológico de Tuxtla. Claro (¿debo decirlo?) este animal que estaba en el parque central de Comitán estaba disecado. El prodigio de la taxidermia había hecho el milagro de que quienes pasábamos por el parque central viéramos un ejemplar que, no lo sé bien, debe estar en peligro de extinción, como muchas otras especies. Y pensé que, como en viejo chiste, en el futuro los niños conocerán a los animales sólo a través de ejemplares embalsamados o en cintas de video. Pensé que, como en viejo chiste, los árboles serán de cartón y sólo servirán para enseñar cómo eran los árboles en la Tierra. Lo pensé y sentí tristeza, pero un segundo después me aterré. Me aterré porque, ya lo han dicho los ambientalistas, estamos agotando los recursos naturales. Un

día nos enteramos que uno de los Lagos de Montebello había perdido su color azul magnífico y era como una apestosa taza de café con leche; antes nos habíamos enterado de los índices brutales de deforestación del estado, por parte de taladores sin conciencia; de igual manera nos habían advertido que muchas especies animales están en peligro de extinción por la caza y captura irracional. En una ocasión, querida mía, vi cómo un camión iba repleto de loros enjaulados, en la carretera que viene de la zona de Los Lagos. Me dijeron que esos loros los venderían en el mercado negro. El camión tenía un logotipo de dependencia gubernamental en la puerta. Había disfrutado estar frente a la danta, pero poco tiempo después una nube de desaliento cubrió mis ojos. Es una pena saber que nuestro conocimiento de la naturaleza, actualmente se da a través de animales extintos, conservados, pero muertos. Volví a tener la visión atroz de que alguna mañana, en un futuro no muy lejano, los seres humanos se acerquen a vitrinas para enterarse que hubo un tiempo que la Tierra estuvo poblada por canarios, garzas, tortugas y tlacuaches (los famosos tacuatzes, de Comitán). Posdata: Ahora veo con frecuencia esta fotografía y pienso que debo cuidar, con profundo amor, a la perrita que tenemos en casa, y al gato (El Misha), porque ellos dan vida a nuestra vida, una vida que cada vez se hace más complicada y con perspectiva no muy halagüeña para quien viva en la segunda mitad del siglo XXI.

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Corredor

CUENTO Compartí la lectura con tus hijos

EL DESEO DE UN VIEJO REY

“¡Vengan! De todos los territorios ¡vengan!”. Este fue el mensaje que se difundió en la selva. Los changos, trepados en los árboles, levantaron la cabeza y oyeron el mensaje. Se descolgaron con ayuda de su cola y, dando saltos, fueron a avisar a las comadrejas que andaban entretenidas cuidando a sus hijos. —¡Apúrense! El Rey nos llama. —¿Para qué? ¿Para qué? —preguntó una comadreja que se entretenía en espulgar a su hija. —No lo sabemos —dijo el chango—, pero hay un aviso urgente. Debemos presentarnos. Igual que los changos, todos los animales de la selva se encaminaron hacia los dominios del rey. Poco a poco se fue formando una gran procesión de animales: elefantes, serpientes, caimanes, venados, guacamayas (haciendo gran alboroto), loros (compitiendo en alboroto con las guacamayas), patos, hormigas y un tacuatz trepado sobre el caparazón de una tortuga. —¿Qué será lo que quiere el rey? —preguntó el tacuatz, con las manos detrás de la nuca, como si estuviese tomando el sol en Uninajab. —Tal vez va a abdicar —dijo un zanate, que se posó sobre la carreta que jalaban dos bueyes. —¿Qué significa abdicar? —le preguntó un ratoncito a su mamá. Doña ratona vio a su hijo, le acarició la cabeza y dijo: —Significa que renuncia. Todos los animales pensaron que no, que el rey no los convocaba para eso. El rey estaba muy a gusto ejerciendo el poder. No podía dejar ese privilegio. —¡No, no! —dijo un cerdo gordísimo— A los reyes les encanta mandar. Véannos —y levantó una pata y con su pezuña abarcó a todos los animales que, levantando polvo, caminaban—. Acá vamos todos como rebaño de ovejas, digo, con perdón de mis compañeras ovejas. —¿Qué será lo que desea el poderoso rey, entonces? — dijo una araña y se rascó su cabeza con cuatro de sus patas. “¡Vengan! De todos los territorios ¡vengan!” retumbaba el mensaje por todos los rincones de la selva. Cada vez la procesión de animales era más grande. Al mediodía vieron, desde lo alto de una cima el valle donde estaba el trono del rey: ¡el león! Cientos de animales hacían un semicírculo. Soplaba un viento caliente que hacía que todos los animales buscaran una sombra. Los pavorreales movían sus colas como gigantescos abanicos y los sapos y las dantas se acercaban para recibir un poco de aire fresco. Por fin, una serpiente tocó una trompeta y un colibrí,

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con ayuda de un megáfono, anunció: —¡Atención pueblo! Con nosotros, nuestro soberano: ¡el rey! Y el león avanzó sobre la alfombra hecha con palma real y adornada con pétalos de rosa. La multitud lanzó un ¡oh! de admiración. Todos se admiraron porque el león estaba flaco. La ropa real le quedaba grande y la capa se arrastraba como si fuera la cola de un pato enfermo. Un grupo de gallos ayudó al rey a sentarse en el trono y una marmota le pasó el megáfono que había usado el colibrí. Con voz de liana torcida, el león dijo: —¡Pueblo mío! ¿Me aman? Todos levantaron los brazos y las alas y las patas y dijeron que sí, ¡sí!, amaban mucho a su rey. El tacuatz (en voz bajísima) dijo a su vecino murciélago: Si decimos lo contrario, ordena matarnos. —¿Cuánto me aman? ¡Mucho, mucho!, dijeron todos los animales y comenzaron a vitorearlo: ¡Rey, rey, rey! —¿Qué están dispuestos a hacer por mí? Un silencio se hizo. Todos sabían que el rey esperaba “¡Todo!”, como respuesta, pero los animales fueron cautelosos, sabían que no podían decir todo, porque el rey podía decir algo como: “Entonces, aviéntese todos al precipicio” y sólo las aves podrían salvarse de una muerte segura. El rey león repitió: —¿Qué están dispuestos a hacer por mí, amados súbditos? El ratoncito preguntó: —¿Qué significa súbditos? —Significa siervos —dijo la mamá ratona. —Casi esclavos —agregó un ciervo; es decir, un venado, y puso los ojos en blanco y sacó la lengua para ejemplificar que el león los mantenía temerosos a todos. —¡No los escucho! —rugió el león, pero su rugido fue como el canto de un gallo con bronquitis. Una jirafa, como si estuviera en el salón de clases, levantó una pata con timidez y, una vez que el colibrí le concedió la palabra, preguntó: —¿Cómo qué quiere, su majestad, que hagamos por usted? El león se llevó una pata a la cabeza, rascó su melena y dijo: —No tengo nada pensado todavía. Sólo pregunté: ¿Qué están dispuestos a hacer por mí? Un murmullo de asombro salió de las trompas y picos de todos los animales. ¿Así que el león no sabía qué deseaba ni para qué los había convocado? El rinoceronte dijo, con un bostezo, que estaban perdiendo su tiempo, que el rey león ya estaba viejo, que chocheaba. El cocodrilo, con su bocaza, dijo que sí, que eso era cierto, que ya era hora que el león abdicara. Al oír eso, la jirafa tomó valor y dijo: —Estamos dispuestos a hacer por usted ¡lo mismo que usted haga por nosotros! —¿Qué? —dijo el rey de la selva— No entiendo. —Es muy sencillo —dijo una oveja, ya envalentonada— lo que usted nos pida debe hacerlo primero. Si


nos pide comida, ¡debe darnos comida! El rey lanzó un rugido de protesta, pero sonó como trompetilla mal afinada. Los animales rieron, en voz baja, pero rieron. La gallina le dijo a su gallo: ¡Canta! El gallo no entendió. —¡Sí! —dijo la gallina— ¡Canta! Todos los animales verán que tu canto es más poderoso que el rugido de nuestro viejo rey. El gallo subió a una rama torcida de un árbol, infló el pecho, aleteó y aventó un estruendoso y magnífico ¡Quiquiriquí! Todos los animales, sorprendidos, fascinados, vieron al gallo y aplaudieron, aletearon, patalearon. —¡Ese sí es un grito majestuoso! —dijo un tapir. El león, en el trono, parecía hacerse pequeño. Un cuchito, para no hacerlo sentir tan mal, dijo: —¿Y qué era lo que quería pedirnos? El león cerró los ojos, en intento de recordar el motivo de su llamado. Los minutos pasaron, varios animales bajaron de

los árboles y comenzaron a retirarse. Los pájaros sobrevolaron el área, preparando su vuelo definitivo. La caravana de animales avanzaba en su retirada, cuando el león dijo: —¡Ya, ya, ya recordé! Tenía un antojo. Los animales se pararon, volvieron la mirada hacia donde estaba el león. Éste sonreía, mostraba su dentadura con colmillos faltantes y su cabellera, anteriormente soberbia, era como un trapeador. —¿Un antojo? —preguntó una serpiente coralillo, orgullosa de sus colores— ¿Antojo de qué? —No sé —dijo el león—. De cualquier cosa. Carne ¡no! Ya no puedo masticar. Eh, no sé, algún dulce. Quiebramuelas ¡tampoco! Algo suave, no sé, un turulete, puede ser. —¡Antojo! ¡Dulce! ¡Bah! —dijo una garza— Nuestro rey ya está chocho. La próxima vez que cite a reunión lo que debemos hacer es elegir a nuestro nuevo rey. —Sí, sí —dijo la gallina—. ¿Vieron la voz potente de mi gallo? Él podría ser un buen rey. —¿Un gallo? Ja, sólo eso nos faltaba —dijo molesta una rata— ¿Un gallo? ¡No! —¿Por qué no? —dijo un avestruz— Mi compadre gallo tiene buenos espolones. —Vinimos de balde —dijo un ronrón. La peregrinación había avanzado. Habían dejado solo al león. El colibrí se acercó al trono y, con pena, dejó el megáfono en las patas del rey. Levantó el vuelo y alcanzó al grupo de animales en retirada. Tenía razón la garza. Ya era hora de que eligieran a un nuevo rey, un rey joven, arrogante, fuerte. ¿Quién de todos los animales de la selva podría ser? Una tortuga, con paso lento, dijo: —¿Y si nombramos como nuevo rey al elefante? El elefante es un gran animal y tiene una memoria envidiable. —¡Sí, sí! —dijo un ratón— Nombremos al elefante como nuestro nuevo rey. La tortuga vio al ratón y pensó: Tal vez no sea buena idea, el elefante teme al ratón. Al final nos gobernará el ratón. La comitiva ya iba lejos. El rey león había quedado solo. El ratoncito, agarrado de la cola de la mamá, preguntó: —¿No le vamos a hacer su gusto a nuestro rey? ¿No le vamos a traer su antojo de turulete? —Sí —dijo la mamá—, se lo traeremos. De todos modos sigue siendo nuestro rey y ya está viejo.

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Sala

EL PRODIGIO DEL MAÍZ E

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María de Jesús Vázquez Espinosa es una mujer trabajadora. Nació en el barrio de Las Siete Esquinas, pero desde los siete años radica en Quijá. Cocina y vende tamales en el mercado Primero de Mayo, en Comitán; pero mucha gente la busca por su especialidad: Chinculguajes. ¿Desde cuándo vende en el mercado Primero de Mayo? Bajita la mano ya llevo unos cuarenta años. Nada más que primero vendía yo pozol de cacao. Empecé con los chinculguajes hace 35 años y con los tamales hace 18. He cocinado toda mi vida. Le diré que la pobreza nos hace ponernos vivos. Mi esposo es muy bueno, hemos estado juntos 46 años y ni una hebra de pelo me ha tocado; nada más que la enfermedad nos ha

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llevado a la pobreza, ¡pero no le hace! Diosito es lindo; comen las hormigas ¡cuánto más nosotros! Por eso nos pusimos a trabajar. Antes hacía yo jocoatol, atole de granillo; después comencé a vender en aquel mercado de Jesusito, pero no tenía un lugar por separado, era donde me dieran un mi rinconcito. Ahí comencé a vender bolones de pozol en hojas de guineo, de plátano, ¡ah! ahorita acababan mis bolas de pozol. De ahí mucha gente empezó a vender pozol, ¡como es más fácil para hacerlo! Ya fue que me cambié mejor y me puse a vender chinculguajes y tamalitos. ¿Dónde aprendió a hacer los chinculguajes? Desde antes lo hacían las viejitas en comal de tierra, palmeadito solo con las manos. ¡Alma bendita! La


mamá de mi esposo lo hacía y yo miraba cómo. Hacía su bolita de masa, su frijolito, lo fui viendo y aprendiendo. La idea que yo agarré de freír muy bien los frijolitos, molerlos, ponerle su cilantro, le dio otro sabor. Se hacen en fogón, que hace que tengan un sabor especial. Le doro su chile crespo ¡Salen más ricos! Nada más que para vender se gasta más y se gana menos. Desde entonces, son un éxito porque todo mundo me compra. Allá donde vivimos, no le miento, es una de las últimas casitas, nos llegan a buscar, lo encargan para novenas, cumpleaños, para convivios, ¡Para todo! Quiere gracia. Hay que buscar la forma de que gane el que va a vender como el que va a comprar; el que va a comprar le cuesta ganar su paguita y el que va a vender también. ¿Sus clientes reconocen el sabor de los chinculguajes de doña Chusita? Sí. Es que tiene su chiste para que salgan suavecitos; muchos dicen que depende de la mano. Hay muchos que hacen chinculguajes y les preguntan si son los mismos que se venden aquí y les dicen que sí. La verdad el negocio es libre, Dios quiere y ayuda a todos. Así ofrezcan en todo el mundo, no me da pena. Si quieren ver para creer que prueben aquí. Aquí le ponemos su salsita bien rica y les ha gustado mucho. Me han dicho que estos chinculguajes se han ido hasta Celaya, a México, a varias partes. Para que los lleven, los vamos preparando y tendiendo en una servilleta en la mesa, poco a poco se van enfriando, empacamos y ¡huy! llegan al fin del mundo. Sin duda, sus clientes aprecian su amabilidad y buen humor con el que los recibe: Así es. Toda mi vida he sido así. No sé si tenga problemas o no, eso queda guardado, pero al venir aquí ponemos la mejor cara. Comemos gracias a los que nos compran y entonces de ahí viene que el que va

a comprar también se fije dónde hacerlo; para vender debe uno atender bien al cliente, sea quien sea. Así les he enseñado a mis hijas, que sean amables con la gente y a hacer lo que hacemos lo más aseado posible, porque una cosa es ser pobre y otra ser cochino. Eso cuenta mucho. ¿Está contenta con lo que hace? Mucho. ¡Ay!, viera’sté en la casa, es la última, casi en el monte, pero hay domingos que llega gente de aquí de la ciudad ‘Cómo está usted, venimos a verla’, y al rato otros ‘Doña Chusita, qué milagro que la encuentro’ y llega otro carro, luego llegan mis compadres. Es un carrerío en la calle de todos los que nos llegan a visitar. La casa es humilde, la cocina pues es puro humo porque ahí trabajamos, el que llegue no va a encontrar pisos de azulejo ni paredes brillosas, pero hallará comida, bebida y lugares bonitos para mirar. Preparo comida, comemos elote asado, hervido, ¡como quieran! Somos gente humilde, pero nos gusta apreciar a la gente. Sí, estoy contenta con lo que hago. Ya me van operando los dos ojos, ya me operaron la vesícula, pero ahí estamos, hasta que meramente Dios diga: Aquí nomás. ¿Quién no ha probado un chinculguaj suave y calientito? Las manos de doña Chusita se han vuelto expertas en la elaboración de este antojito comiteco. Junto a su hija María del Tránsito Álvarez Vázquez, disfruta de la vida, de la alegría. Doña Chusita concluye: Siempre me ha gustado vender, ¡Bendito Dios, todo me ha funcionado! Lo que hago es luchar y luchar. Saqué a mis hijas adelante y les enseñé a trabajar. Si les dice a mi hijas, ¡ahorita le preparan una tanda de chinculguajes! •

Entrevista publicada el 25 de noviembre de 2012, en la Revista Digital Diez.

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Oratorio

A LA COMITECA

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UN HOMBRE DULCE

on Mario Mijangos Rosales nació en San Cristóbal de Las Casas, hace más de setenta años. Recuerda bien el día de su nacimiento (24 de mayo), pero no recuerda el año, con precisión. Vive en Comitán. Puede decirse que lleva más de cuarenta años endulzando la vida de los comitecos y de muchas personas de la región, porque en su casa (una casa modesta del barrio de Candelaria) se dedica a hacer dulces: higos, acitrones, duraznos y, sobre todo, chimbos. ¡Ah, chimbos! Él aprendió el oficio con su hermana, la famosa doña Minga, y Minga lo aprendió con su madrina Carmen, en San Cristóbal. Al principio vivieron en el barrio de Guadalupe, en una vecindad.

¿Doña Minga fue la primera dulcera que hizo los chimbos en Comitán? Don Mario cuenta que antes que ellos hicieran los chimbos, una señora, “por el rumbo de San Sebastián”, hacía estos dulces. No podía ser en otro barrio más que en San Sebastián, porque en ese barrio, doña Estelita de Martínez, “inventó” las famosas paletas de chimbo, que ahora son tan buscadas por miles de comitecos y cientos de turistas. Doña Hilda Torres cuenta que el pan del chimbo auténtico se hacía sólo con la yema de los huevos y con un poco de harina. Don Mario, para que rinda, le incluye la clara del huevo. Dice que si no no sale la cuenta. No obstante, para hacer siete moldecitos emplea siete casilleros de huevos, un casillero por cada moldecito. Don Mario es ejemplo de constancia y de disciplina. Dice: “Yo no soy flojo para trabajar. Me levanto a las cinco y prendo el horno. En la tarde anterior ya lo cargué con leña. Dejo que el horno repose y luego meto el pan. El horno recibe siete moldes. En dos horas ya está listo el pan. Lo dejo un día para que se enfríe bien. Al otro día lo empiezo a cortar en mi mesita. Mientras tanto, ya puse a hervir la miel.” Su vida ha sido moderada. Se nota que es un hombre conforme con su destino: “Que tenga yo mi frijolito, con eso me basta, aunque no haya riqueza”. Por desgracia, ninguno de

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Catalina del Carmen Mijangos Alfaro es comiteca. Actualmente radica en Ciudad del Carmen, Campeche. Ella es nieta de don Mario Mijangos Rosales. Su abuela fue doña Esperanza Cancino Cabrera, cuñada de doña Minga, quien, cuando cambió su residencia de San Cristóbal de Las Casas a Comitán, se dedicó a hacer chimbos en esta segunda ciudad. Catalina nació en el barrio de Candelaria. Ella creció viendo cómo sus mayores hacían los tradicionales dulces. Recuerda que su abuelito viajaba a San Cristóbal para comprar el chilacayote. Dice que “El chimbo es un tipo de pan que no lleva levadura ni royal, sólo crece al calor del horno y con la hechura de la mano porque se usa un molinillo de madera. Es como el marquesote, pero sin polvos de hornear. Cuando hacen el chimbo con marquesote con dulce y con polvos de hornear, al momento de revolverlo con la miel, se siente rápido el sabor de royal en la boca. El chimbo debe ser macizo porque no tiene esa levadura. La miel que se le pone al chimbo es de azúcar y lleva ocho limones partidos a la mitad, para que no se sienta el olorcito a huevo. Por un lado se sube la clara y por otro lado se sube la yema. Yo veía a mi abuelito que se pasaba una hora en cada uno. Es un trabajo arduo. Para el dulce, lo que se pone en miel es la parte de en medio del pan. Mi abuelito le cortaba las orillas y yo me las comía con leche caliente y café.” La nieta de don Mario siempre ayudaba. Si, por ejemplo, don Mario hacía manzanita en dulce, ella ayudaba a quitarle la cascarita en agua caliente. Lo mismo sucedía cuando preparaban durazno pasa, ella picaba el durazno. Recuerda con emoción el horno de la casa: “Lo recuerdo blanco, tipo bomba. Le meten leña y ya cuando la leña está suficientemente quemada se hace brasa y se extiende por todo el horno. Mi abuelito siempre me decía: “Es que falta cielo” y yo preguntaba: “¿A poco el horno tiene cielo?”. Entonces él me explicaba: Es que el calorcito empieza a subir y cuando ya tomó “cielo” está listo para usarse.” Catalina dice que añora los dulces. De pronto, lejos de Comitán, le llega una nostalgia de dulce. Entonces, en el horno de la estufa los prepara y dice que le salen muy bien, muy ricos. En la distancia continúa con la tradición de preservar los sabores más íntimos de su infancia.

Modelo: Karla Gordillo Fotografía: Carlos Gordillo

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sus hijos ni de sus nietos ha querido aprender el oficio. Él dice lo que muchos mayores dicen respecto a los oficios modestos antiguos: “Acabando mi vida, acabó el negocio”.

la tradición; le decimos que es bueno que en el pueblo haya personas como él que preservan la identidad cultural.

ARENILLA-Revista halló a Don Mario en su casa, una mañana Cuenta que, por fortuna, de diciembre de 2017. La mañana era los propietarios del restaurante “El soleada. Una luz cristalina se extendía Camino Secreto” le compran muchos generosa en el patio de tierra. Ahí, dulces, que ellos ofrecen como postre don Mario se paró al lado del fogón a sus comensales. Dicho restaurante y sonrió. Su perra, Zaira, estaba es uno más de los restaurantes que pendiente de nuestros movimientos. promueven la dulcería tradicional. Su orgullo es manifiesto. Dice que sus dulces llegan hasta Estados Unidos de Norteamérica. Dice: “No es porque yo me quiera halagar, pero lo que yo hago es original.” Lo dice con gran satisfacción. Nosotros le creemos y decimos que sí, que es un orgullo que continúe con

Clara Luz Conde Ramos, de niña, vivió en la vecindad donde doña Minga, don Margarito y don Mario elaboraban los chimbos, en Comitán. La propietaria de esa vecindad era doña Alicia Culebro, quien fue conocida con el sobrenombre de “Doña Dios se lo pague”. Clara dice: “La vecindad era una casa de las antiguas. En la entrada había una puerta de madera grande y ya se derivaba al patio que era todo empedrado. Nosotros vivíamos al lado izquierdo, en la casa que le dieron a mi mamá para que viviera y ella cobrara las rentas; vivíamos con mi abuelita, la mamá de mi mamá. De ahí salía un gran callejón, me acuerdo que era un cuarto, su cocina y su lavadero. No recuerdo cuántas familias vivían ahí, pero eran muchas. El patio era totalmente empedrado, no tenía gradas. En ese patio, adelantito de nosotros, había un cuarto mucho más grande, ahí vivía doña Alberta (una señora blanca, grande, con el cabello ya blanco, y muy activa. No tenía más que dos dientecitos). Ella tenía tres hijos: doña Minga, don Margarito y don Mario. Ellos

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ya estaban ahí cuando nosotros llegamos a vivir. Elaboraban dulces. Tenían unos peroles de cobre, de varios tamaños. Ellos elaboraban el chimbo, cuyo origen está en San Cristóbal. Además del chimbo, preparaban duraznos pasas y cocadas. Doña Minga fue la que empezó con eso y después sus hermanos. Doña Amparito fue esposa de don Margarito, hijo de doña Alberta, y es la que quedó con los dulces tradicionales, vende en el portal contra esquina de la Casa de la Cultura. Hay otra señora que vende en la esquina que va a la Jurisdicción, esposa de don Armando, si no mal recuerdo, hijo de doña Minga. Y don Mario, que todavía los prepara. Son los que quedaron de esa familia.” Siendo niña ayudaba a preparar los dulces. Dice que doña Minga les daba un clavo para picar los duraznos. Dice que lo hacía jugando pero era parte del trabajo. En la vecindad sólo había dos letrinas, una era la que usaba su familia y la otra servía para todos los demás vecinos. “El cerco era de pura hoja de ortiga y de pitayas”.


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Balcones

CUENTO

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LA TARDE QUE DUQUE VOLÓ Duque fue un perrito que logró su deseo.

pasaría. Ahora mismo estaría volando lejos, muy lejos.

Su sueño era, en lugar de tener patas, tener alas para volar y conocer muchos lugares. Soñaba con volar a lugares donde hay nieve, a lugares donde el mar se recuesta en playas tibias, a cielos donde basta extender la mano para coger una estrella.

Dos águilas que estaban sobre un árbol escucharon lo que Duque dijo y un águila preguntó:

Le encantaba ir a correr por las calles, por la plaza y por los jardines públicos; le encantaba correr detrás de los globos que jugaban los niños y que soltaban al cielo y pensaba que sería bello tener alas, como los colibríes, para que los niños, como hacían con los globos, le amarraran un hilo y jugaran con él y luego lo soltaran. Una mañana, la directora de la escuela lo halló en el jardín, con las patitas delanteras rasguñando la barda, porque pensó que así podía entrenarse para el vuelo. La directora, que era una cerda con lentes y trenza, regañó a Duque y le dijo que lo castigaría. Duque, perrito con un año de edad, se defendió: —No, maestra, le juro que no quería escaparme, sólo salí para hacer pis en este arbolito —y levantó la patita sobre el tronco— y para hacer del dos —y señaló en el piso donde había dos pelotitas de excremento.

—¿De verdad quisieras ser un pájaro?

—Sí, me gustaría volar como lo hacen ustedes.

—Ah, eso es muy fácil —dijo la otra ave—. Hacé unas alas con las hojas secas que están regadas en el jardín.

—¿Eso se puede?

—¡Claro que sí!

Y las dos águilas bajaron, con sus picos levantaron ramas secas, con sus patas hicieron un trenzado de hojas y

—¡Eres un cochino, para eso están los sanitarios! —dijo la directora. Y Duque, sonriendo, respondió:

—No, maestra, ¡usted es la cochina!

Claro, esto no molestó a la maestra, porque, ya se dijo, era una cucha, una puerca que le dijo a Duque: —Como castigo deberás levantar todas las hojas secas del jardín —y con su pezuña hizo un semicírculo para abarcar toda la extensión.

La directora se fue y Duque pensó en voz alta:

—¡Qué coraje! Si yo fuera un pájaro esto no

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formaron un bellísimo par de alas. Duque estaba emocionado, primero porque el jardín ya estaba


limpio y, segundo, porque tenía un par de alas que le serviría para volar. —Pero, ¿cómo le haré para volar? Nunca he volado.

Con pesar, Duque admitió:

—Soy un perro.

En el instante que lo dijo, las águilas cogieron las alas, se las pegaron al lomo de Duque y, entre las dos, lo tomaron de las patas y lo llevaron hasta lo más alto de un árbol. —¿Querés volar más alto? — preguntó una de las águilas.

Cuenta la leyenda que Duque voló esa tarde. Una de las águilas voló y se posó en el suelo, gritó: —¡Listo! Y la otra águila le dijo a Duque que lo aventaría para que volara. El perrito iba a decir algo, pero antes que dijera guau, guau, el águila lo empujó. El perrito tuvo miedo, pero aleteó tantito y, mientras planeaba pensó: “Estoy volando, ¡estoy volando!”.

La otra águila lo cachó en el piso y ahí lo dejó, porque vio que la directora se acercaba. —¡Sí, sí, quiero volar más alto! —gritó, emocionado el perro —Bien, bien. Veo que dejaste que ya comenzaba a sentirse pájaro. limpio el patio. Ahora ve a tirar a la basura ese montón de hojas que tienes en el lomo. Duque pensó: “Ah, si supieras que con esto volé”. Fue al tambo de basura y tiró las alas.

Ya había volado.

Estaba contento. Era uno de los pocos perros que había volado. Ahora se sentía satisfecho de ser perro.

Duque ladró, ladró.

Pensó que las águilas no podían ladrar. Tal vez algún día les enseñara a sus amigas águilas.

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Cocina

Modismos en la obra de Rosario Castellanos “Don Agustín Velasco, el comerciante, vigilaba con sus astutos y pequeños ojos (ojos de marticuil, como decía, entre mimos, su madre) desde el interior de la tienda.” 18

La escritora Rosario Castellanos nació en la Ciudad de México. Muy pichita llegó a Comitán, pueblo en el que vivían sus papás, don César Castellanos y doña Adriana Figueroa. Rosario vivió su infancia y parte de su adolescencia en el pueblo de sus padres. En Comitán escuchó los modismos, se los apropió y cuando escribió sus novelas y cuentos los usó en su narrativa, porque supo que esas palabras eran parte importante de su proceso creativo. Acá te presentamos algunos ejemplos.

¡Acá habla Rosario, habla en comiteco!

Todas las citas son del cuento La suerte de Teodoro Méndez Acubal, Ciudad Real.

Comentario: En Antigua palabra narrativa índigena ch’ol, de Jesús Morales Bermúdez, se explica que el k’üs es un insecto coleóptero de la américa tropical, cuya hembra que carece de alas despide por la noche una luz fosforescente de color verdoso. Llámese cocuyo, luciérnaga, mushk’ak o marticuil. Mushk’ak es palabra tojolabal


“¿Pero qué podía esperarse de un apulismado, de un “niño viejo”? La madre de don Agustín movía la cabeza suspirando.”

“Cuando un hombre no está en sus cabales, hace una barbaridad tras otra. Al día siguiente, cuando se le quitaba lo engazado, se asustaba de ver a Modesta llena de moretones y a los niños temblando de miedo en un rincón”.

Comentario: Engazado. Se dice de una persona que no entiende razones. El bolo que hace loco. El que empieza una cosa y ya no quiere parar. En este caso, Rosario lo emplea en la segunda acepción: El personaje, borracho, golpeaba a Modesta.

“¿Qué te hicieron, cutushito, mi consentido?”

Comentario: Apulismado es una persona que no tiene ánimos para hacer algo o que tiene apariencia dejada en su forma de ser.

Comentario: Cutushito es una palabra que Rosario emplea constantemente. ¡Quién sabe de dónde proviene! Rosario la emplea como una expresión afectuosa, cariñosa en extremo.

Comentario: Acá tenemos cuatro palabras muy comitecas. La Cargadora era una criadita que se encargaba de cuidar a los hijos de la patrona. Anteriormente era una práctica común. ¿Quién es una persona resmolida? Es una persona que está molesta, mortificada. Choya significa cabeza. Y, por último, un Coshquete es dar un golpe con la mano, un coscorrón o un zape.

“¿La cargadora?, se cercioraba la madre. Le vamos a pegar para que no te resmuela. Mira, un coshquete aquí, en la mera choya; un jalón de orejas y una nalgada.”

“Mientras el niño aprendía a leer y a contar, Modesta se ocupaba en la cocina, avivando el fogón, acarreando el agua y juntando el achigual para los puercos”.

Comentario: El Achigual es el alimento natural para puercos, está compuesto con desperdicios de comida.

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Tapango

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA ¡Una campana! No más. Esta fotografía muestra una campana pequeña, de escuela. Porque habrá que decir que hubo un tiempo en que la entrada a clases era a través de un toque de campana. Los alumnos sabían que cuando el director tocaba la campana era hora de formarse para entrar al salón; de igual manera, el toque servía para salir al recreo, para regresar al aula y, ¡momento glorioso!, para indicar que terminaban las labores del día y podíamos ir a casa, donde nos esperaban (sobre la mesa con mantel blanquísimo) los frijolitos de la olla, las tortillas recién salidas del comal y una limonada con agua natural. A mí siempre me sorprendió llegar a dos casas: la de Ismael y la de Rubén. En la casa de Ismael, que estaba por la Cruz Grande, su papá había puesto una pequeña campanita como llamador, así que cuando llegaba a ver a Ismael tocaba la campanita para que abrieran. Era infaltable: Al primer toque brincaba el ladrido de “Gris”, la mascota de la familia. Pero era en casa de Rubén donde la campana tenía similares funciones a la escolar. Cuando era hora del desayuno o era hora de comer o de cenar o de dormir, la mamá tocaba la campanita. Rubén y sus dos hermanos (como perritos de Pavlov) respondían de manera automática a los toques. Cuando el toque aparecía fuera de horario de comida o de dormir los tres hermanos corrían a la cocina (lugar donde estaba colgada la campana) para ver qué se le ofrecía a la mamá. Desde entonces jamás he vuelto a ver campanas en casas ni en escuelas. Ahora (me dicen) los toques de entrada y de salida en las escuelas funcionan a base de chicharras eléctricas; asimismo, en la mayoría de casas hay timbres eléctricos con interfono y cámaras de video. ¿Hay padres que llamen a sus hijos a través del toque de una campana? No lo creo. Ahora, si el hijo está en su cuarto, inmerso en el mundo de los videojuegos, basta que la mamá pegue un grito o mande un WhatsApp o haga una llamada por celular. Los tiempos han cambiado y con ello los

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métodos. Por eso, esta fotografía es como un rescate de un sonido entrañable. Entrañable porque, como ya se dijo, despertaba emociones extremas: Desde el desaliento porque el recreo ya había terminado y uno deseaba que el juego de canicas se prolongara, hasta el sentimiento de jolgorio al saber que las clases habían terminado y con ello se cancelaba el aburrimiento de la clase de matemáticas o de civismo. Esta fotografía tiene lo que en Comitán designamos como Mojol y que en Tuxtla le dicen Coitán y en la Ciudad de México reconocen como Pilón. Basta ver esta fotografía para escuchar el sonido, como si el aire de la mirada tocara el badajo y la campana extendiera sus alas cantarinas. Cuando vi la fotografía recordé la casa de Ismael y la casa de Rubén. Debo confesar que recordé más la última casa mencionada, porque me parecía un prodigio de orden el hecho de que Rubén y sus hermanos respondieran de manera unánime al toque de la campana. Apenas oía la campana, Rubén dejaba los juguetes, me jalaba y me decía que fuéramos a lavarnos las manos porque las quesadillas y el café ya estaban servidos en la mesa. A veces, debo confesarlo, cuando camino por alguna plaza y escucho el sonido de las campanas llamando a misa no pienso en el acto religioso, sino que recuerdo los años escolares y mi boca se ensaliva porque pienso que en casa de Rubén ya están las quesadillas bien calientitas.


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Sitio

Jugá, porque al jugar... Fotografía tomada en el parque central de Comitán. Actividad lúdica del “Carretón de la lectura”. En el juego de la recién casada, decí cuál es la opción correcta. ¿Qué es lo que la niña dice? a).- Te lo dije, ya me dejaron como novia de pueblo: vestida y alborotada. b).- ¿Dónde está mi novio? ¿Cómo? ¿Que ya se fue a jugar maquinitas? c).- No llevamos ni dos horas de casados y el Pancho ya se fue con sus amigotes. d).- ¿Y si me pongo un globo en la panza para que piensen que estoy embarazada? ¿Los cuatro? ¡Ni Dios lo permita! ¡Cuatrillizos! e).- Dijo que iba por los anillos, pero a mí se me hace que ya se “peló” con las arras. f).- Me preguntó que si sabía cocinar y cuando le dije que yo sólo jugaba a “La comidita” ¡se fue como alma que lleva el diablo!

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