Ejemplar de colección
® Chef Sergio Caballero García
Ta’ Bonitío, el toque mágico de la gastronomía comiteca Publicación bimestral ■ Distribución gratuita ■ No. 10 ■ Abril - Mayo 2019 ■ Comitán de Domínguez, Chiapas, México
Abril - Mayo 2019
2 mil ejemplares Distribución Gratuita
Alejandro Molinari Director General Roberto Carlos Espinosa Vásquez Director Comercial Carlos Antonio Rivas López Director Comercial, en Guatemala
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Dora Patricia Espinosa Vázquez Editora Ejecutiva Patricia Alcázar Relaciones Públicas
E D I T O R IA L
legamos a la estación número 10. Este proyecto editorial es como un tren moderno, de esos que circulan por países avanzados, como Japón, como China, como Alemania. Nos sentimos orgullosos, porque es un tren comiteco, hecho ¡a la comiteca! Cuando decimos que algo está hecho a la comiteca decimos que está bien hecho, que tiene los valores de este inmenso pueblo, que obtuvo el nombramiento de Pueblo Mágico por la riqueza de sus tradiciones y porque está habitado, en su mayoría, por gente buena, por gente noble. Llegamos a la estación número 10, y llegamos con mucho ánimo, con mucho orgullo, porque cada una de las estaciones ha mostrado parte de lo mejor de Comitán y de su región. ARENILLA-Revista es una revista de colección, porque en cada estación nuestros lectores encuentran piedritas azules, ramitos de menta, nubes que son como papalotes, palabras que son como trompos, como shutas tatarateras. En cada estación, nuestros lectores, lo sabemos, nos lo han dicho, encuentran una jícara de agua limpia para saciar la sed del espíritu, tan necesaria en estos tiempos, donde a veces, tenemos una sensación de arena en la boca. Nosotros no llenamos de arena el morral de nuestros lectores, nosotros les damos un quintal de arenillas, que endulzan el camino donde todos andamos.
Fotografías de portada y contraportada: Carlos Gordillo
Llegamos a la estación número 10. Seguimos en uno de los trenes más dignos que jamás viajó por estas tierras.
NUESTRAS REDES
Llegamos, gracias al patrocinio de empresas e instituciones que le apuestan a Comitán y a la región. Llegamos, gracias a la creciente preferencia de nuestros lectores, quienes ya esperan con avidez la próxima estación.
facebook.com/Arenillarevista Twitter: @arenillarevista instagram.com/arenillarevista 9631266418 9631043955 arenillarevista@gmail.com Para eventos sociales, ventas y publicidad 9632365050
Viajamos en uno de los trenes más modernos, uno que viaja con mucho decoro, con mucha seguridad y con una higiene mental que estimula el pensamiento. Viajamos con toda la calma del mundo, para que nuestros lectores disfruten el paisaje, para que, al final, reconozcan que lo importante del viaje no es la última estación, sino el maravilloso trayecto. Llegamos a la estación número 10. Todos estamos realizando un gran viaje, el más hermoso viaje jamás pensado. ¡Salud! ¡Salud, hoy y siempre!
Este ejemplar está en tus manos gracias al patrocinio de: San Marcos, San José Clínica, Auditivos de Comitán, Hotel Posada del Ángel, Dr. Rubén Sánchez, Panadería La Espiga de Oro, Técnica Dental Avanzada, La Casa del Suéter, Moo Duk Kwan, Grúas Castillo, Tlapalería La Comiteca, Abarrotes San Luis, Restaurante La Casita, Colegio Mariano N. Ruiz, Óptica Mayuan, Villa Victoria, Estética Vanity, Studio Innova, ´Ta Bonitío restaurante, Dr. Lesther, D’amore, Sigma Tecnologías, Elegance, Creative, Grupo Industrial López Pérez, Nataly pastelerías, Natura, Laboratorio San Francisco, Lulú Gálvez, Muebliplus y Petit Comitec cafetería. Empresas comprometidas con el desarrollo cultural de Comitán y la región.
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Corredor
EL TOQUE MÁGICO DE LA
GASTRONOMÍA COMITECA
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l mundo le gusta lo bonito. En Comitán se emplea el diminutivo como una muestra de afecto extremo, por eso, lo bonito lo convertimos en bonitío. Ahora, desde hace varios años, bonitío es el toque mágico de la gastronomía comiteca, porque el chef Sergio abrió el RESTAURANTE TA’ BONITÍO, lugar que es un lujo para nuestra ciudad, porque ahí los comensales encuentran una propuesta culinaria de excelencia. El restaurante inició en el HOTEL CASA DELINA y, posteriormente, se trasladó al espacio que ahora ocupa, con un anexo delicioso que se llama CAFÉ CON PAN, porque en este pueblo mágico de Chiapas, cuando alguien ofrece una taza de café, el invitado siempre acepta y dice: “Pero, ¡con pan!” Se sabe, ya lo dijo Octavio Paz, que en la cocina de los pueblos está la síntesis de la cultura. A través de los aromas y sabores de la comida descubrimos parte esencial de la identidad cultural. Esto lo sabe Sergio, quien comenta que nació en Oaxaca, porque su papá es oaxaqueño, pero dice que “De corazón” es ¡comiteco! y lo demuestra con su apuesta empresarial en este pueblo, con su carta plena de exquisiteces regionales y con el uso permanente de productos locales (privilegiando la práctica del precio justo), y la búsqueda incansable de la innovación gastronómica. Sergio comenta que la razón de ser del
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RESTAURANTE TA’ BONITÍO es que sus comensales vivan una experiencia diferente: gastronómica, visual, auditiva, a través de todos los sentidos; con ingredientes que estimulen los recuerdos gratos de infancia, y el instante sea un nuevo recuerdo imborrable. El RESTAURANTE TA’ BONITÍO está a media cuadra del parque central, de Comitán. Está ubicado en una de las casas que Rosario Castellanos habitó. Feliz coincidencia, maravilloso mojol (en Comitán, la palabra mojol es sinónimo del coitán tuxtleco, del pilón mexicano, del plus norteamericano). Sergio cuenta: “Mis mejores amigos, con los que estudié en Puebla, son los propietarios de esta casa, en la que Rosario Castellanos vivió de niña. Con ellos he hecho muchos proyectos de manera conjunta. Ellos me dijeron que el RESTAURANTE TA’ BONITÍO tenía que hacerlo en esta casa, para que fuera un tributo hacia ella.” Por ello, todos los invitados que llegan al espacio encuentran fragmentos de poemas y obras literarias de la comiteca que está considerada una de las mejores escritoras de México del siglo XX. Actualmente, laboran en esta empresa más de veinte personas: chefs, panaderos, reposteros, cocineros, barista, gente de servicio, atención en barra, expertos en coctelería, contables y agentes publicitarios.
De izquierda a derecha: Omar, Luis Fernando, José Alfredo, María del Rosario, Sergio Mauricio, Miguel Ángel, Sergio Fernando, Daniela, Edwin Ángel, Víctor Alfonso, Juan Luis, Carlos Daniel y Jesús.
TRIBUTO, EN LA VOZ DE SERGIO
“La gastronomía es parte de nuestra cultura y nuestra esencia como destino turístico. Hemos estudiado la historia de Rosario y hemos querido hacer un tributo a su obra.” “Para satisfacer a nuestro turismo gastronómico hemos creado un par de platillos inspirados en su obra. En su novela “Balún-Canán”, Rosario menciona al tsizim, entonces ofrecemos salsas y tacos de tsizim. Nosotros compramos crudo el tsizim, lo cocinamos con ajo y una
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mantequilla de Palenque, Chiapas, lo servimos con tortillas de masa, recién hechas, y presentamos el taquito, acompañado de un puré de aguacate y chilito siete caldos.” “Tenemos una pizza que se llama “Doña Chayito”, con quesos y carnes frías, porque la comida comiteca tiene notas españolas y francesas.” “Rosario Castellanos habla de Comitán en su obra, rescata elementos de identidad. Nosotros pretendemos lograr lo mismo con la gastronomía: por la dinámica de hoy se han dejado de elaborar platillos que preparaban nuestras madres, nuestras abuelas. La tierra comiteca es muy bondadosa: tenemos mucha historia, mucha tradición. Nos hemos dedicado a investigar, a preguntar a las tías, a las abuelitas, para recuperar las recetas de antaño y las cocinamos en forma tradicional, pero también innovamos para incorporarlas al concepto gourmet.”
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LA ESENCIA DE LA CULTURA, EN EL TA’ BONITÍO Se presentan diversos actos musicales, con artistas reconocidos a nivel internacional. Por ejemplo, ha actuado un grupo del Conservatorio de México y los cantautores Edgar Oceransky y Carlos Macías, así como artistas emergentes. El objetivo es “que los comitecos levantemos la mano, todos unidos, para que nos volteen a ver en la república mexicana y en el mundo.” Se realizan actos culinarios con la presencia de destacados chefs. Por ejemplo,
han venido varios chefs que están en la lista de los ciento veinte mejores de México. “Estamos trabajando para que, dentro de poco, también la gastronomía comiteca tenga el sitio de honor que le corresponde.” “Hemos ido a Huehuetenango, Guatemala, representando a la gastronomía de esta región. Guatemala y esta región tienen ingredientes muy parecidos, somos muy similares, pero a la vez muy diferentes. Es necesario que nuestras culturas se reconozcan.” Se realizan clases de cocina y catas de bebidas, como el comiteco, mezcal y café.
LA SUGERENCIA DEL CHEF “La lengua en pebre. Este platillo es uno de los más importantes en la gastronomía comiteca. Es un platillo que hemos llevado a concursos.” “El chamorro comiteco; los taquitos de tsizim; la butifarra; un pan compuesto reinventado, que lo servimos con pulpo y lo flameamos con comiteco; el coctel Comiteco Sour, basado en el pizco sour cubano, que acá lleva comiteco; y una margarita de mango.” “Si desean tomar un café, lo ofrecemos con pan del día, en el espacio CAFÉ CON PAN, que está a cargo de otro chef, porque mi especialidad son platillos salados.” “Nuestros comensales comitecos y de la región son delicados, sibaritas. Los invitamos a que nos sigan visitando, vamos a seguir sorprendiéndolos. Este proyecto es para ellos. Todos están invitados para que se lleven un buen sabor de boca.” Chef Sergio
Sergio Caballero García Mi mamá se llama Flor de María García Flores, se casa con mi padre, Sergio Héctor Caballero Vázquez, que es oaxaqueño. Se casan aquí, y se van a vivir a Oaxaca. Yo nazco en Oaxaca, pero a los tres años ellos toman la decisión de venir a Comitán y desde entonces soy comiteco. Somos tres hermanos: Julio Iván, Héctor Eduardo y yo. Estudié en la primaria Fray Matías de Córdova; la secundaria en la ETI y la prepa en el CBTis 108. Después de la prepa me voy un año de intercambio a Berlín, Alemania; pienso que tal vez ahí surge la amistad con la cocina, porque un tanto por necesidad me pongo a trabajar en un restaurante peruano, de lavaloza. Con los pocos euros que obtenía, me alcanzaba para comprarme un par de sándwiches y un par de cervezas para el fin de semana, allá en Alemania. Regreso a México a estudiar la carrera. Estudio Administración en Empresas Internacionales Gastronómicas, Hoteleras y Turísticas, en la UVM, Puebla. Llevo un tronco común de las tres áreas y a partir del quinto semestre me especializo en gastronomía. El RESTAURANTE TA’ BONITÍO ofrece su servicio todos los días, de ocho de la mañana a once de la noche. Está ubicado en Avenida Central Norte número 5, frente al módulo de atención turística, que está en el Palacio Municipal. Teléfono: 01 963 632 8087.
Fotografías: Carlos Gordillo
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Cocina
LA TIENDITA DE DOÑA PIFA 1.- José Luis González Córdova, en su libro “Glosario. Habla popular comiteca”, dice que ¡Ay, nanita!, es una expresión que denota espanto, susto.
7.- El hijo de Rosario Castellanos (Gabriel) también tuvo nana, la misma mujer que había cuidado a su papá (Ricardo) cuando era niño.
2.- El ejemplo que aparece en el libro es el siguiente: “¡Ay, nanita, quieren que yo vaya de noche al panteón!”
8.- En realidad, nos dicen los expertos, la frase ¡Ay, nanita! es un mexicanismo, que se emplea en toda la nación.
3.- En estos tiempos de Dios y de María Santísima, aparece, a cada rato, la oportunidad de usar la frase ¡Ay, nanita!, porque hay muchas cosas que nos provocan miedo.
9.- No es por ser pesimistas, pero el ¡Ay, nanita!, se ha usado desde siempre en México.
4.- La palabra nanita es diminutivo de nana. 5.- Nana era la persona que se encargaba de cuidar a los pichitos en las casas. Pichitos, que, sin ser suyos, la nana cuidaba con gran afecto, como si fuera la mamá. 6.- Rosario Castellanos tuvo, de niña, una nana, una mujer que era de origen indígena.
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10.- Dos o tres trasnochados lo emplearon cuando se toparon con un ser ultraterreno: ¡Ay, nanita, la tisigua! 11.- La tisigua, narra la leyenda chiapaneca, es el fantasma de una mujer muy hermosa que seduce a los hombres. 12.- La tisigua, por lo regular, se aparece en la cercanía de los ríos y de las lagunas. Como si fuera la mítica sirena, de La Odisea, con su voz emboba a los hombres, quienes caen presos ante su embrujo. 13.- Se dice que cuando un hombre cae preso al embrujo de la tisigua ¡pierde la razón! ¡Ay, nanita!
14.- Por eso las esposas celosas advierten a sus maridos que no salgan de noche: “Si te topás con cualquier mujer, con horma de tisigua, no sólo vas a perder la razón sino también me vas a perder a mí, mudenco.”
15.- El actor Carlitos Espejel, quien interpretaba a Chiquidrácula, en un programa cómico televisivo, cambió la expresión popular de ¡Ay, nanita!, por la forma más simple de ¡Qué mello! 16.- Sólo los grandes superhéroes nunca han empleado la frase ¡Ay, nanita!, porque ellos, advierte la sabiduría popular, nunca tienen “mello”. 17.- Jamás se escuchó en una película de Santo, El Enmascarado de Plata, que él dijera: ¡Ay, nanita!, ante la presencia de las mujeres vampiro o de los monstruos o Drácula o los zombis. Santo les soltaba “la quebradora” y los terminaba con una “plancha”. 18.- Ahora, en 2019, muchos mexicanos ya no creen en la aparición del cadejo, pero sí dicen ¡Ay, nanita! cuando se enteran que la gasolina sigue en aumento.
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Patio Entrada de Flores, en honor a San Caralampio
CAMPANAS COMO PALOMAS
por Alejandro Molinari, Cronista Municipal de Comitán
Marzo 2019. Comitán de Domínguez, Chiapas, México.
Inconsciente, inconsciente, inconsciente…
Inconsciente es un término que puede, de vez en vez,
aplicarse a los cambios. Muchos cambios se dan de manera consciente, pero otros aparecen como aves desorientadas que hacen su nido en territorios ajenos. Un día, sin aviso previo, en una esquina aparece un sillón con los resortes por fuera y con el relleno como tripas expuestas. La inconsciencia es un delincuente que camina de puntillas. La Entrada de Flores en honor a San Caralampio ha sufrido transformaciones conforme pasa el tiempo. Algunas son conscientes, otras han aparecido sin saber a qué hora el sillón brotó como hierba. No obstante, hay elementos que se preservan. En el 2019, cuando los grupos de peregrinos comenzaron a llegar a las inmediaciones del parque, para subir al templo, los campaneros pusieron a bailar a las campanas, y el sonido del bronce inundó el cielo comiteco. Fue con la misma algarabía con que se ha hecho desde años anteriores. Mientras los peregrinos entregaban las flores; mientras un grupo de mujeres (adentro del templo) amarraban hilos al hato de flores y hacían ramos para que éstos se colocaran en el jacal y tapizaran ese cielo improvisado, las campanas fueron palomas que se creyeron chachalacas, porque volaron e hicieron una alharaca sensacional. ¡Ah, qué mezcla de sonidos, qué pachanga tan hinchada! Del campanario brotaron pájaros de bronce mientras, como en trueque prodigioso, anidaron ahí los demás sonidos que se producían a flor de tierra: cuetes, gritos de júbilo, vivas al santo, carreras de niños, zapateados de diablitos, marimba, oraciones, música de tambor y pito, música moderna que salía de bocinas, pregones, gritos de los merolicos que vendían
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colchas y cobijas: quítale ese, quítale ese, ‘ora jefa, quinientos por todo, échame uno de esos grandotes, para la jefa, qué bonito, ‘ora, jefe, voy a darle, que te pague, chaparrito, dale de ese, dale de ese, como decía el negro de Ocosingo, a mí me gusta el negro, ‘ora jefa, quinientos por todo… Esta tradición de toque de campanas es una tradición que se mantiene. Los campaneros actuales llevan mucho tiempo haciendo esta labor meritoria. Nadie les paga, ellos no cobran, todo lo hacen (como los demás participantes) por el santo, como una manda. Ellos, con sus manos, con sus cuerpos, con su entusiasmo, producen los sonidos que alegran los cielos comitecos, que anuncian la llegada de grupos de peregrinos. Los repiques festivos anuncian que el barrio está de fiesta, que hay jolgorio, que hay guateque espiritual. En una torre del templo hay una campana de badajo y una volteadora, la volteadora es la más grande y la más vieja, data de 1895; en la otra torre hay dos campanas de badajo. La volteadora sólo la tocan los expertos, para darle vuelta se necesita gran pericia y fuerza. El campanero se para sobre un pretil de poca anchura, de no más de veinticinco centímetros, y con sus dos manos impulsa la campana; cada vez que se cumple un ciclo, el campanero debe darle otro empujón, así, una y otra vez y otra más, sin perder el ritmo. Los campaneros de las de badajo hacen una labor más sencilla, pero no por ello menos importante. Todos hacen el bullicio argentino, son como enormes pájaros que cantan un gloria infinito. Bien dicen que no se puede repicar y dar misa. ¡No! Los campaneros se dedican con todos sus sentidos a repicar, sin saber bien a bien qué sucede en el interior del templo. Ellos, desde la altura de la torre, están pendientes de la calle que baja al parque, cuando ven grupos de peregrinos con flores, alertan sus sentidos, se acomodan frente a las campanas y comienzan a tocar. El campanero de la volteadora lleva la voz de mando, en cuanto la volteadora inicia su bulla, las demás le siguen: Tan, tan, tan, tan, tantan, tantan, las sílabas musicales se encaraman a los silencios y todo es un continuo. En la celebración del 2019, don Emilio Aguilar López y don Víctor Manuel Díaz fueron los encargados de tocar la volteadora, la campana más grande, la más pesada, la más difícil.
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Hacen ramos para colocar en el jacal.
—Llevo treinta y dos años, sin faltar —comentó don Emilio. Treinta y dos años de acudir puntualmente a la cita. Este año llegó, como los demás años, muy temprano, subió por una escalera lateral del templo, hasta llegar al coro y subir por los escalones de piedra (húmedos, asfixiantes, en penumbra) que conducen al campanario. Cuando asomó su cabeza, como topo al aire y a la luz, se encontró con “su” volteadora, porque ésta permanece colgada justo encima del hueco de la escalera en caracol. —Todo comenzó por mi abuelita Emilia García Pinto —contó don Emilio—. Yo participaba en la Entrada, pero un año no pude salir, entonces ella me dijo que, como manda, iría a tocar la campana. Comencé tocando las pequeñas, poco a poco, ya cuando estuve más macizo, me animé a darle a la volteadora. Los mayores me dieron permiso, me orientaron. Acá no puede uno desconcentrarse, una desconcentración provocaría un accidente fatal, una caída o un golpe de la campana. Don Emilio creció en una casa de las Siete Esquinas. Desde hace treinta y dos años no ha faltado un día de Entrada de Flores. No importa en dónde esté, a veces está en Comitán, a veces está en otra población. Cuando está lejos viaja especialmente para estar el diez de febrero en el pueblo y tocar la volteadora.
Desde quince o veinte días antes de la celebración, los
campaneros suben a preparar las campanas, engrasan las bases, checan que la madera que las sostiene esté resistente, que las cuerdas no estén podridas. —Pero ya no es como antes. Ahora somos muy pocos. Nos cansamos de más. Antes venían muchos campaneros, ahora ya casi nadie le quiere entrar. Mucha gente ya perdió la fe, ahora en Comitán hay muchas religiones, antes no, sólo la de nosotros había —dice don Emilio, mientras se limpia la frente con un pañuelo. El sol de la una de la tarde era abrasador. Nadie aplaude el esfuerzo de los campaneros. El paso de los peregrinos es festejado y aplaudido por los espectadores que se concentran en las banquetas e invaden parte del arroyo vehicular. Nadie celebra a los campaneros, nadie se fija en ellos, nadie piensa que allá arriba, en el campanario, hay personas que tocan las campanas cada vez que arriba un grupo de fieles o profanos. La gente que está a ras de piso escucha la alharaca, tal vez ve hacia arriba un tantito, pero luego su mente se llena con la ráfaga de imágenes que hay en el parque o en el templo. En el parque hay venta de elotes hervidos, pedazos de pizza, jocotes, mistela, palomitas de maíz y chicharrines con salsa roja, fresas congeladas, tacos de surtida, chocomilk en copas de cristal; en el parque hay una mezcla indescriptible de olores, desde el aroma de las flores, hasta el de los hilos de orín que bajan por detrás de los puestos. Cuando no es la feria, el parque de La Pila es un parque silencioso. Sólo se escucha el estilete del viento que pasa por los laberintos de las copas de los árboles, y el goteo permanente de los chorros. Poca gente lo visita. A veces hay un bolero y alrededor de él dos o tres amigos, más algún ocasional cliente; uno o dos empleados de limpia, del Ayuntamiento, que, con escobas de palma, barren las hojas que caen de los árboles; cuatro o cinco caminantes que buscan un rato de descanso y se sientan en las bancas; dos o tres indígenas tojolabales que lavan sus pies con el agua de los chorros; y cuatro o cinco integrantes de una familia que bajan del auto y se encaminan hacia el templo, para orar. Pero en los días de feria, la tranquilidad se va a otra esquina y la bulla y la alharaca se apoderan del parque y de las calles aledañas. Entonces, el sonido de las campanas también se contagia. El sonido cansado de los días en que hay algún acto religioso se convierte en una jauría gozosa.
Gozosa, gozosa, gozosa…
La crónica completa se puede leer en la página de facebook: @molinaricomitan /arenillarevista
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Tapango
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Oratorio
Palabras para Rosario Castellanos
Por Adolfo Ruiseñor
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ara hablar de Comitán, de esa hermosa tierra cuyo cielo esplendoroso es motivo de inolvidable paisaje, es preciso poner en alto el nombre de Rosario Castellanos, hablar de su personalidad, de su dimensión humanista. Hay que bucear al fondo de la superficie que avasalla nuestra tradición literaria, y sumergirse en otra parte, más lejos, más hondo, más adentro, quitar la cáscara del pensamiento, como quería nuestra añorada comiteca. Hablamos de una obra que ha dejado huella en la literatura nacional, y en la imperecedera universal, y que trasciende fronteras amigándola con un nutrido continente de lectores, no solamente aquí en su tierra, Chiapas, — aunque nacida en la Ciudad de México—, porque ella desde siempre nos pertenece a todos. Rosario, supo hacer suyo el compromiso y acompañamiento de una certeza implacable sobre nuestra vulnerabilidad en la intemperie del mundo. Por eso todos somos, y seremos, deudos de Rosario. Agradecidos si recorremos las páginas de sus obras, y si la anhelamos como un recuerdo feliz que nos diera ánimos para seguir ocupando un lugar en el tiempo. Hay que subrayar, que una de sus máximas motivaciones y deseos, fue crear modos más plenos y humanos de ser y de vincularse con los otros; mundos justos, solidarios, cercanos como la frazada que se ofrece a quien tiene frío y aguarda su devenir desde la intemperie. Modos, quiere decir otras realidades que están vivientes de manera imperecedera, por ejemplo, en Balún Canán (1958), en Ciudad Real (1961) y en Oficio de tinieblas (1962), por sólo mencionar a tres de sus más celebradas obras narrativas. Además de su vasta poesía, que siempre nos acompañará, reunida felizmente en la edición del Fondo de Cultura Económica bajo el título de Poesía no eres tú. Quizá su
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Rosario Castellanos. Óleo. Autor: Maestro Javier Mandujano Solórzano (Maestro Güero), amigo personal de la escritora. El cuadro está en la Biblioteca Pública Regional “Rosario Castellanos Figueroa”, en la ciudad de Comitán de Domínguez, Chiapas.
vivencia al lado de los indígenas de Chiapas, como directora del Teatro Petul, en el Centro Coordinador Tzeltal-Tzotzil del Instituto Nacional Indigenista en San Cristóbal de Las Casas, en la década de los años cincuenta, le haya conferido a su alma esa mezcla exacta de sensibilidad y de sincero espíritu de aliento para con los desposeídos, los sin voz. Hablamos de los inquilinos permanentes de la desesperanza. Por eso puede afirmarse, sin el menor asomo de duda, que no hay mujer u hombre en las letras chiapanecas que no aspiren a alcanzar su sencillez directa y sin cortapisas, su devenir estoico en los diversos campos del conocimiento y la creación. Rosario queridísima, al lado de los que poco o nada tienen.
Hablamos del ensayo, la novela, el cuento, la poesía, el teatro, la traducción, el periodismo, la pedagogía, el servicio público exterior y un inagotable etcétera, etcétera. Rosario Castellanos supo honrar la palabra, desde su doble oficio de creadora de letras, y de mujer admirable. La honró con sus actos que son libros, con sus textos que son sus hijos, descendencia que es resultado de una introspección bella y cruda que apunta a la verdad, ésa que nos da miedo pronunciar a todas horas. Y ese apetito de la verdad, es al que se adhirió siempre la autora de Lívida luz, otorgándole a sus escritos la vehemencia de su propio ser y asumiendo una vocación por la búsqueda insobornable de saciar un apetito intelectual. Porque —como ella bien sabía— no basta no mentir, sino decir la verdad. Yo soy de alguna orilla, de otra parte, soy de los que no saben ni arrebatar ni dar, gente a quien compartir es imposible. No te acerques a mí, hombre que haces el mundo, déjame, no es preciso que me mates. Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren de algo peor que vergüenza. Yo muero de mirarte y no entender, nos decía Rosario… Algo de esa búsqueda se estremece dentro de la cáscara del pensamiento, amiga y amigo lector. Algo nos sacude desde nuestro músculo central, que solemos llamar corazón. No son únicamente palabras hechas de sonido y sentido en felices nupcias, sino una lanza clavándose en nuestro costado, llamando a lo más alto de nuestra fe en el género humano. Decía nuestra querida filósofa y poeta española, María Zambrano, en el “Sueño creador”: “Heriré con luz tus oscuras cárceles”; y ésa es la tarea a la que se entregó precisamente Rosario; a arrojarnos la luz suficiente para vencer la fatalidad del nacimiento, de la tragedia y de la ignorancia. Esa luz que cegó su vida por la interpósita presencia de una lámpara… Pero que no la arrebató jamás de nuestra cercanía, sino la hizo más íntima, más allegada al lado que compartimos con ella, cuando la leemos. Rosario Castellanos es y será una viajera inmortal. Si este hermoso escenario que es Comitán, con sus bellezas geográficas y humanas, nos resulta inolvidable, imperecedero, es porque en un lejano ayer Rosario nos conmovió de manera sustantiva con su obra. Hoy, debemos seguir pensando en la ceiba que ella ubicó a la mitad del mundo, que es cada pueblo o comunidad, y que debería seguir protegiéndonos. En la intemperie del mundo que la vio venir y alejarse fatalmente, su obra nos sigue inundando de luz que es aliento, y su rostro asoma como inquieta sonrisa, acaso guiño del alma… Me gustaría, en serio, que se la leyese, que todos la leyésemos en una conversación sin término. Disponible en el Centro Cultural que lleva su nombre, en la región en que nacieron sus padres, adorada por su inteligente defensa de los derechos de las mujeres, Rosario es –a la vez que una figura emblemática de Comitán-, una personalidad que debemos frecuentar muy a menudo en sus libros, ciertamente al alcance de todos. Como chiapaneco no me cabe tanto orgullo dirigido a ella. Yo la celebro, y los invito a hacer lo mismo, leyéndola, leyéndola y leyéndola.
Sitio
En la fila posterior, de izquierda a derecha: Ireny Johana, Valentina, Valeria y Andrea Alejandra. Al frente, de izquierda a derecha: Yéssica, Paola Patricia, Pablo Francisco, Axel Harald, Alberto, Karla Cecilia y María Mayela.
TALENTOS MARIANO Hacia los setenta años de excelencia educativa, el Colegio Mariano N. Ruiz reconoce a cada uno de sus alumnos, en sus valores y en sus capacidades; asimismo, destaca a aquellos alumnos que, por su dedicación, obtienen los primeros lugares en el Cuadro de Honor. Cada una de estas historias contiene el valor agregado de la consagración familiar. Los padres de familia, del Colegio Mariano N. Ruiz, significan pieza fundamental en el desarrollo armónico de sus hijos. Con este reconocimiento a algunos de los TALENTOS MARIANO, el Colegio envía un mensaje emotivo a cada uno de sus alumnos; una felicitación a su personal docente, y brinda un homenaje al tesón y compromiso social de padres responsables. Cuando un padre de familia está pendiente de la educación de sus hijos apuntala los cimientos de la patria. El progreso de México se sustenta en una calidad de educación, ideal que ha sido el motivo de existencia del Colegio Mariano N. Ruiz, institución educativa que ha servido a la patria desde 1950.
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Yéssica Solórzano Díaz. Estudiante del sexto semestre de preparatoria, de la especialidad de Ciencias Sociales y Humanidades. Es muy amiguera. Le gusta leer, ver series de televisión y escuchar música.
Pablo Francisco Rodríguez Macal. Estudiante del sexto semestre de preparatoria, de la especialidad de Ciencias Sociales y Humanidades. Le gusta leer, escuchar música, ver películas y series de televisión, y jugar videojuegos.
Paola Patricia Ortiz Rodríguez. Estudiante del sexto semestre de preparatoria, de la especialidad de Químicos-Biólogos. Le gusta leer y dibujar. Mantiene sano su cuerpo a través del ejercicio. Le encanta elaborar postres.
Axel Harald López Trujillo. Estudiante del sexto semestre de preparatoria, de la especialidad de FísicosMatemáticos. Arreglar coches es su mayor pasión.
Andrea Alejandra Sánchez Hernández. Estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Trabajo Social. Disfruta de la música y del cine.
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Valeria Hernández Morales. Estudiante del tercer grado, grupo B, del nivel secundaria. Le gusta la música, leer y ver series de televisión.
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Ireny Johana Pérez Hernández. Estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Trabajo Social. Le gusta escuchar música y leer.
Valentina Hernández Morales. Estudiante del tercer grado, grupo B, del nivel secundaria. Le gusta la música, leer y estar con sus amigos.
Karla Cecilia Aguilar Sánchez. Estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Trabajo Social. Disfruta escuchar música y hacer ejercicio.
María Mayela Velasco Marín. Estudiante del sexto semestre de preparatoria, de la especialidad de QuímicosBiólogos. Le gusta leer, escuchar música y jugar con sus mascotas.
Alberto Ballinas Ballinas. Estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Trabajo Social. Le gusta leer, tomar fotos y estar con sus amigos. Es un activista social.
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Sala
CARTA A MARIANA, CON UN POCO DE PROPÓLEO
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uerida Mariana: Entre otras cosas, dicen los que saben, el propóleo regenera la piel. La historia de doña Margarita Molina es una gotita de propóleo para la piel de La Trinitaria, pueblo en el que vive y en el que se dedica a hacer, ¿qué creés?, ¡caramelitos de miel! El pueblo de La Trinitaria es famoso, entre otros primores, por la riqueza de sus caramelos y, sin duda, los mejores caramelos de la región son los que prepara doña Margarita, quien, como no queriendo las cosas, cumplió cincuenta años de prepararlos. Todos hemos oído acerca de las Bodas de Oro; es decir, cincuenta años de matrimonio, pero pocos hemos escuchado el término Bodas de Miel que es lo que doña Margarita está cumpliendo. ¿Quién se los festeja? ¿Quién celebra estos años en que doña Margarita ha mantenido el fuego de la tradición zapaluteca? Su oficio no es sencillo, es agotador, pero ella lo realiza con pasión, con desbordado amor. Uno no puede imaginar cuántos caramelos ha hecho a lo largo de su vida; uno no puede imaginar cuántos instantes ha endulzado. Querida niña, si pensás que doña Margarita hace, con sus manos, cada caramelo uno por uno entenderás la nobleza de su oficio. Digo que no es labor sencilla, porque cuando ella toma una porción de la miel a punto de caramelo, este amasijo está caliente, calientísimo. La labor de darle forma al caramelito debe ser precisa, rápida, infinita. Las manos de doña Margarita están llenas de callos, acostumbradas a trabajar sustancias calientes. Ella, igual que el poeta Balam Rodrigo, uno de los grandes poetas de México, nació en Villa de Comaltitlán. Su destino quedó marcado, tal vez, porque ella nació cerca de un río que se llama Zapaluta. Ella no recuerda ese río, pero el poeta Balam sí lo tiene muy cercano en
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su memoria. Doña Margarita no supo que nació en una región donde existe un río que se llama Zapaluta y no supo que, años más tarde, viviría en un poblado que tuvo ese nombre durante muchos años. Ella nació en 1942, y cuando tenía veinte años llegó a vivir a La Trinitaria. En este poblado aprendió a hacer los caramelitos, con doña Martha Álvarez: “Comencé por curiosidad. Vi cómo Martha hacía los caramelos, la vi echarle un poquito de azúcar a la miel y colocar “el pozo de miel” en el metate. Le pregunté qué hacía. “Hago dulcecitos para los chamacos, son caramelos”, dijo. Le pregunté: ¿Así se hacen los caramelos? Dijo que sí, y entonces yo me ilusioné.” Doña Margarita cuenta que comenzó a practicar. Necesitaba trabajar. Pensó que hacer caramelos era una forma digna y feliz de ganar dinero y hacer felices y dignos a los demás. Pero, los caramelitos no le salían, la miel se le extendía como tortilla. “No puedo, no puedo”, decía a cada rato, pero Martha le dijo: “Te falta encontrar el punto”. ¡Ah, qué lección! Entonces, doña Margarita se empecinó en hallar el punto y cuando lo encontró, dice que agarró gira y hasta hoy en día. La lección puede extenderse a cualquier oficio, a cualquier profesión, el chiste es encontrar ¡el punto! Doña Margarita dice que “el punto es el centro”. No es una mera frase, es la medida exacta de la esencia de la vida. ¿Cómo es la preparación de los caramelitos? Doña Margarita nos da la receta, cualquiera puede tomarla, lo que no debemos olvidar es ¡hallar el punto! El punto es esencial. Doña Margarita prepara un traste con agua, con azúcar y lo pone al fuego, luego le agrega la miel, mueve la mezcla, hasta que empieza a hervir, cuando el agua se evapora ¡queda lista! Vacía la mezcla sobre un molde, que ya tiene sobre la mesa, y deja que se enfríe tantito (si la mezcla se enfría demasiado se convierte en una marqueta, como vidrio). Doña Margarita es zurda, así que con la mano izquierda toma un pedazo de la mezcla y con la mano derecha hace el boleo sobre la palma izquierda. Ella dice que “ya la mano sabe qué tanto va a agarrar”. El trabajo es preciso, rápido. La mano izquierda toma, la otra bolea y deja el caramelito listo sobre la mesa y luego se repite, una y otra y otra vez, hasta que la mezcla termina y la mesa queda llena de riquísimos caramelos. Doña Margarita dice que al principio le daba pena salir a vender su producto. No era sencillo, “antes costaba la vendida”. Poco a poco la gente fue conociendo la calidad de su trabajo. En los primeros
tiempos vendía seis caramelitos a veinticinco centavos. Por un kilo obtenía cinco pesos. Cuando ya tuvo hijos, uno de éstos, José Alfredo Lessieur Molina, la ayudaba en la venta. En una ocasión, José Alfredo perdió las monedas de la venta, cuando llegó a su casa y dio la ingrata noticia, doña Margarita le dijo: “Hacé de cuenta que no hicimos caramelo” y todo siguió igual. Acá también hay una lección de vida, hacer que la tragedia se diluya y que todo siga fluyendo, de acuerdo a los designios de la naturaleza. Ahora, su esposo, don Benjamín Lessieur Villatoro, le ayuda a poner los caramelos en bolsas de plástico, para su venta. Ella usa un término especial, dice que en “dos horas de postura” obtiene ciento veinte caramelos. Siempre ha tenido mucho cuidado con el perol donde hierve la miel, por el riesgo que representa. Cuando estaban pequeñas sus criaturitas tenía un cuidado especial, tenía temor de que sus niños se fueran a quemar, como le sucedió en una ocasión a ella: Sin saber cómo un poco de miel hirviendo le cayó en la mano. El dolor era intensísimo, pero lo soportó: “Me retorcía, me dolía hasta el corazón, con los ojos cerrados aguanté el dolor.” Nada más hizo. Dejó que la miel se secara por completo. Esto permitió que se formara una capa como de cristal. Cuando la capa estuvo completamente seca, ella, con ligeros golpes fue desastillando el caramelo. Gracias a ello la piel de su mano quedó intacta, sin ampollas, y con el paso de los días se recuperó al ciento por ciento. Medio mundo de la región reconoce que los caramelitos que ella prepara ¡son los mejores! Ella ha contribuido a preservar esta dulce tradición, una tradición tan fuerte que, incluso, ha llevado a que muchas personas digan que el término caramelito es el gentilicio de los habitantes de esa hermosa tierra: ¡La Trinitaria! Una sugerencia muy recomendable para todos los visitantes de la región de Los Lagos de Montebello es darse una vueltita por la cabecera municipal y pasar a saludar a doña Margarita, en la 4ª. Avenida
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poniente No. 340, para comprar los caramelitos de miel, los prepara puros, con pasita o con ajonjolí. ¡Hmmm, riquísimos! Posdata: Doña Margarita es como una gotita de propóleo para la piel de La Trinitaria, es una abejita que trabaja con denuedo y entrega lo mejor de la miel. Ella tiene el color del ámbar, es una joya para esa joya llamada Zapaluta.
Doña Margarita Molina
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Balcones
EL CARINTO
CUENTO Compartí la lectura con tus hijos
E
lías nunca había visto una biblioteca tan grande. Su abuelo tenía un librero con cien o ciento veinte libros. En cambio, en la casa de su amigo Francisco, la biblioteca tenía muchos cientos de libros. Los libreros abarcaban dos paredes, de piso a techo. Sólo estaba libre el espacio de la ventana que daba al jardín, donde había árboles de durazno, de níspero, de aguacate, de jocote y muchas flores de buganvilia, platina, margaritas y lavanda. Francisco lo había invitado esa tarde. Harían juntos la tarea, luego jugarían, y más tarde la mamá de Francisco lo invitaría a cenar quesadillas con malteada de fresa, así le había dicho Francisco a la mamá de Elías a la hora de pedir permiso. Aunque las casas distaban tres cuadras, el papá de Elías debía pasar por él, porque estaría hasta las ocho de la noche. A la hora que Elías tocó el timbre, a las cuatro de la tarde, una muchacha abrió la puerta y le dijo que el niño Francisco estaba en la biblioteca, así que Elías la siguió. Era la primera vez que llegaba a la casa, que estaba construida a mitad del terreno, circundado por jardines donde Elías vio a dos pavorreales y un par de perritos poodle jugueteando en un banco de arena, al lado de una serie de columpios. El jardín de la casa era como un parque lleno de juegos infantiles. La muchacha abrió la puerta de la biblioteca y le dijo a Elías que pasara. Cuando Francisco, quien estaba sentado en el piso de madera barnizada, vio a su amigo abrió la boca como si quisiera tragarse todo el aire y soltó el libro que tenía entre las manos. Trató de pararse, pero Elías corrió hacia él, feliz por estar ahí, y vio el libro que su amigo había tenido entre manos: era un libro con páginas blancas, no tenía palabras ni dibujos.
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—¿Qué libro es? —preguntó Elías. Francisco levantó el libro y dijo que era nada. —¿Cómo nada? —dijo Elías y lo tomó, pero volvió a dejarlo sobre el piso al ver la reacción de su amigo, quien, pareció atender a una orden, porque de inmediato dijo: —Es un carinto. Elías rio. La palabra era simpática, era la primera vez que lo escuchaba. Francisco señalaba con el índice a mitad de la página que estaba en blanco. —¿Un qué? —Un carinto. ¿No sabés qué es un carinto? —No. Es la primera vez que escucho esa palabra. Francisco se hizo para atrás hasta caer por completo en el piso, pero más tardó en colocar su cuerpo sobre el parquet, que en levantarse de nuevo, como si una fuerza superior lo jalara y lo colocara en la posición que se encontraba anteriormente. Entonces puso sus manos como bocina, se acercó al oído de Elías y dijo: —Un carinto es un animal invisible, es un animal muy bonito. ¿Ya entendiste? —y le apretó el brazo, como hacía siempre que le comentaba algo que debía aceptar sin chistar. —¿Entendiste? —Sí —dijo Elías, con voz temblorosa. Elías había tenido miedo. En el libro nada había, en la biblioteca estaban solamente ellos, sin embargo, algo como un viento helado parecía haber aleteado como pájaro. ¿Había alguna presencia ahí? ¿En dónde estaba
el famoso carinto que decía su amigo? ¿De verdad era un animal invisible y estaba en la página que señalaba Francisco? —¿Me prestás tu baño? —preguntó Elías. No tenía ganas de hacer pis, lo que deseaba era salir de ese espacio. Al principio le había gustado mucho esa biblioteca, pero ahora la sentía como una manta húmeda, oscura, que comenzaba a asfixiarlo. —Sí, vonós —dijo Francisco y dejó el libro sobre un hueco que había en el librero, el lugar al que pertenecía. Una vez afuera, Francisco volvió a tomarlo del brazo y, en voz baja, como si le contara un secreto, le dijo: —Perdón, no sabía que ibas a entrar, por eso tenía el libro del carinto. Yo le dije a Esperanza que te pasara a la sala, no a la biblioteca. Perdón. Entrá —dijo, cuando estuvieron frente a la puerta del baño. —No, ya se me fueron las ganas —dijo, Elías. Estuvo a punto de decirle a Francisco que tenía que volver a su casa. No sólo se sentía mal en la biblioteca, el malestar lo estaba persiguiendo en cada uno de los pasillos de la casa de Francisco, estaba sudando frío. Pensó que (¡no, por Dios, que no fuera eso!), tal vez el carinto no se había quedado en medio del libro, pensó que bien pudo estirar una pata y pisar la duela de la biblioteca y luego la otra y estar ahora a su lado, porque escuchaba algo como una respiración agitada, ¡y no era su amigo quien hacía ese ruido de fuelle! —Bueno, entonces, vonós a jugar al jardín —dijo Francisco. Elías no se atrevió a decir que no, siguió a Francisco, pero a cada rato volvía la mirada, buscando que carinto no estuviera a su lado. Su amigo le había dicho que era un animal muy bonito, pero tal vez lo había dicho porque carinto estaba escuchando todo. Francisco no había dicho de qué tamaño era, ni de qué se alimentaba, ni si era amigable o feroz. Cuando llegaron al lugar donde estaban los columpios, Francisco se subió a uno de ellos y le pidió a Elías que lo impulsara. Elías colocó sus manos en la espalda de su amigo y lo aventó. Francisco subió los pies a la hora que estuvo en la parte más alta y luego los replegó conforme bajó. Elías volvió a impulsarlo, lo hizo con más fuerza. Francisco voló más alto. Cuando bajaba, Elías, con voz temblorosa, le preguntó si carinto tenía alas, si volaba. —Sí —dijo Francisco— carinto tiene alas como de águila —y colocó los pies sobre la tierra. Cesó el ruido de las cadenas del columpio. Todo quedó en silencio. A lo lejos, Elías vio un ave que volaba sobre los árboles. Venía hacia el jardín, hacia donde estaban ellos. —Ya tengo que irme —dijo Elías y tomó su mochila. —Sí —dijo Francisco. Elías esperaba que su amigo protestara; esperaba que Francisco le dijera que debían hacer la tarea, que faltaba la hora en que su mamá les serviría la cena, pero nada dijo. Aceptó la decisión de su amigo y lo acompañó a la puerta. Cuando le extendió la mano para despedirse, Francisco dijo: —Ya no volveré a invitarte a mi casa. Perdón. Elías sintió como si una grieta se hubiese abierto en el piso. —¿Por qué? ¿Hice algo malo? ¿Te enojaste porque ya me voy? —No, no, no es eso —dijo Francisco, abrió sus brazos y abrazó a su amigo. Elías se sorprendió. Todo estaba siendo muy complicado. No entendía bien a bien qué ocurría. Así, abrazado como lo tenía, Francisco volvió a hablarle al oído, en voz baja. —A carinto no le caíste bien. Por eso es mejor que no regresés a casa. Todo sigue igual con nosotros. Yo sí te quiero, pero carinto es muy raro. No le gustan mis amigos. Perdón, nadie avisó que entrarías a la biblioteca. Carinto nunca debió verte —Francisco soltó el abrazo, se limpió unas lágrimas que tenía en los ojos y le dijo a Elías que se fuera con cuidado. Aún era temprano. Podía ir solo a casa. Elías caminó por la banqueta. Aún había sol. La tarde era cálida, no obstante, él sentía un frío extraño. A lo lejos vio que el ave que venía en dirección a la casa de Francisco había cambiado el rumbo, ahora se dirigía hacia el oriente. Sin saber el porqué, eso lo tranquilizó. Elías sonrió. Pensó que lo mejor era no volver a casa de Francisco. Se verían sólo en la escuela y él lo invitaría a jugar a su casa. Un perrito husmeaba en el basurero de la esquina. Elías sonrió. Sí, definitivamente no volvería a casa de su amigo, no le gustaban los animales invisibles.
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¡Hacia los setenta años de excelencia académica!
Pao Ortiz Alumna del sexto semestre de preparatoria. ¡Talento Mariano!