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Filius hominis (Α). Un estudio hermenéutico de las figuras metafóricas de Jesús

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Filius hominis (Α). Un estudio hermenéutico de las figuras metafóricas de Jesús* José de Jesús Cruz Santana**

Resumen. Este artículo es la primera de dos partes de un estudio en que interpreto las distintas figuras metafóricas de Jesús referidas en los evangelios a partir de la teoría hermenéutica de Ricœur, el análisis simbólico y la etimología de las palabras, pero manteniendo un diálogo con el estructuralismo de Lévi-Strauss, debido a que este método fue insuficiente para entender el “excedente de sentido” que subyace en ellas, el cual solo puede entenderse a través de una “torsión” semántica. Sin embargo, el significado no existe por sí mismo, sino que es necesario una interpretación. Al hacer esto, irremediablemente se genera una saturación de significados que giran alrededor de Cristo, pues Él es en sí mismo un signo de contradicción debido a su naturaleza anfibológica de hombre-dios. Palabras clave: Análisis de mitos bíblicos, Jesucristo, Ricœur - teoría hermenéutica, simbolismos en los evangelios

Filius hominis (Α). A hermeneutics of metaphorical figures of Jesus Abstract. This article is the first of two parts of a study in which I interpret the various metaphorical figures of Jesus referred to in the Gospels on the basis of Ricœur’s hermeneutic theory, symbolic analysis and the etymology of words but in dialogue with the structuralism Lévi-Strauss, because this method was insufficient to understand the “surplus of meaning” that underlies them, which can only be accessed through a semantic “twisting”. However, meaning does not exist by itself, but an interpretation is necessary. In doing so, a saturation of meanings resolving around Christ is irremediably generated, for He is himself a sign of contradiction due to his amphibological God-man nature. Key words: Analysis of biblical myths, Jesus Christ, Ricœur - hermeneutic theory, symbolisms in the Gospels

Filius hominis (Α). Une étude herméneutique des figures métaphoriques de Jésus Résumé. Cet article est la première des deux parties d’une étude dans laquelle j’interprète les différentes figures métaphoriques de Jésus dont il est question dans les Évangiles sur la base de la théorie herméneutique de Ricœur, de l’analyse symbolique et de l’étymologie des mots, mais en dialogue avec le structuralisme de Lévi-Strauss, car cette méthode était insuffisante pour comprendre le “surplus de sens” qui les sous-tend, qui ne peut être compris qu’à travers une “torsion” sémantique. Or, le sens n’existe pas en soi, mais une interprétation est nécessaire. Ce faisant, une saturation de sens autour du Christ est irrémédiablement générée, car il est lui-même un signe de contradiction de par sa nature amphibologique de Dieu-homme. Mots-clés. Analyse des mythes bibliques, Jésus-Christ, Ricœur - théorie herméneutique, symbolisme dans les évangiles Sumario. 1. Confiteor 2. Agua y fuego, dos principios cósmicos 3. El esposo fiel y el eunuco espiritual 4. La piedra angular y el arquitecto divino 5. El Rey de los judíos y el Siervo de Dios 6. El jornalero y el Señor misericordioso 7. El Redentor y el esclavo 8. Epístola sobre lo absurdo de lo sagrado 9. Referencias bibliográficas * **

In memoriam a mi padre Santiago Cruz Núñez. † Investigador independiente, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa (México). E-mail: <studia.humanitatis@outlook.com>.

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JOSÉ DE JESÚS CRUZ SANTANA

“Οὐ πάντες χωϱοῦσι τὸν λόγον τοῦτον ἀλλ᾽ οἷς δέδοται” (Mateo 19:11).

1. Confiteor Este artículo es la primera de dos partes de un estudio en que interpreto las distintas figuras metafóricas de Jesús referidas en los evangelios. He de confesar que, para su estudio, inicialmente partí de un análisis estructuralista, y si bien el método de Lévi-Strauss explica de manera asertiva los mitos, éste no fue suficiente para entenderlos a cabalidad debido a la equivocidad de los mismos, pues se centra en la univocidad de estos, causando una pérdida de resonancia significativa. Desde luego, reconozco en su metodología el análisis de las unidades constitutivas del mito, que no son relaciones aisladas, sino haces de relaciones, y que solo en forma de combinaciones las unidades constitutivas (mitemas) adquieren una función significante (Lévi-Strauss, 1987: 234). Sin embargo, debido al nivel de complejidad que guardan las figuras resultó imposible interrelacionarlas conforme a los postulados del estructuralismo. Relaciones de parentesco patológicas

Relaciones de parentesco sanas

Persistencia de la autoctonía del hombre

Negación de la autoctonía del hombre

Layo es embriagado por su mujer Yocasta para yacer con ella1 Layo hiere los pies de su hijo Edipo y le abandona a en el bosque2 Por las heridas infligidas en sus pies es nombrado Edipo, que significa “pie hinchado”3 Edipo abandona Tebas tras ser llevado a Corinto4 Pólibo y Mérope, reyes de Corintio, adoptan a Edipo y le crían como hijo propio5 Edipo se horroriza del destino contra sus padres (adoptivos) tras conocer la profecía del Oráculo de Delfos6 Edipo decide emprender un viaje sin retorno para nunca volver a Corinto7 El pie de Edipo es mallugado por el carruaje de Layo8 Edipo mata a su padre Layo9 Tras acabar con la Esfinge, regresa a Tebas y es proclamado rey10 Edipo desposa a Yocasta, su madre; y engendra cuatro hijoshermanos11 Yocasta, al saber la verdad, se suicida12 Edipo, por no haber podido ver sus crímenes, se ciega al pincharse los ojos13 Polinices y Eteocles abandonan a Edipo a su suerte14 Edipo se expatria de Tebas como castigo, y vaga de país en país15 Antígona, la hija-hermana de Edipo, acompaña a su padrehermano en su exilio16

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Cuadro 1. Haces de relaciones del mito de Edipo (Cfr. Lévi-Strauss, 1987: 236-237).


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Advierto que de ninguna manera busco superar el estructuralismo, aunque sí criticarlo, para mostrar los puntos endebles y con ello hacer una pequeña contribución al estudio de los mitos a partir de la hermenéutica. Para ello que interpreto el análisis estructuralista del mito de Edipo, solamente con las unidades constitutivas del mito (mitemas) de éste, excluyendo las de los mitos de Cadmo y Los siete contra Tebas (Cfr. Lévi-Strauss, 1987: 235-237). Las primeras dos columnas difieren a las planteadas por Lévi-Strauss, las cuales divide en Relaciones de parentesco sobreestimadas y Relaciones de parentesco subestimadas. Por mi parte, las contrasto como Relaciones de parentesco patológicas frente a Relaciones de parentesco sanas. De modo que los mitemas 2, 9 y 14 —en que Layo abandonó a su hijo; Edipo asesinó a Layo, quien no sabía que es su padre; Polinices y Eteocles, los hijos-hermanos de Edipo, abandonaron a su padre-hermano a su suerte, ganándose la maldición de éste— se oponen al 5, 6 y 16, en que los reyes de Corinto, dos extraños adoptaron a un bebé ajeno convirtiéndose en padres; y éste —desconociendo que eran sus padres adoptivos— les amó al punto que decidió no volver a verles jamás con tal no perjudicarles tras escuchar su trágico destino. En otras palabras, esto pone en tela de juicio si los lazos de parentesco solo existen por tener lazos de sangre.1 Asimismo, la devoción y el cuidado de Antígona a Edipo después de quedar ciego y ser desterrado de Tebas, pues a pesar de la relación de parentesco sobrevalorada entre ellos: de hija-hermana y de padre-hermano, se veían como padre e hija. Aunado al primer grupo de mitemas, se halla el 11, en que Edipo desposó a Yocasta, al no saber que eran hijo y madre respectivamente. Y ésta engendró dos pares de gemelos: uno de varones, Polinices y Eteocles; y otro de mujeres, Antígona e Ismene. Sin embargo, lo he apartado para contrastarlo con el 12, el suicidio de Yocasta, el cual situé en la columna de Relaciones de parentesco sanas —a diferencia de Lévi-Strauss (1987: 239), quien lo habría colocado en la columna de Negación de la autoctonía, de acuerdo con el criterio de “autodestrucción”. En cambio, Yocasta, a pesar de haber cometido incesto, no continuó su vida con normalidad, signo de padecer una patología; por el contrario, al percatarse de las atrocidades cometidas con su hijo decidió ahorcarse. Asimismo, Edipo, tras descubrir quién era realmente y al hallar muerta a su madre, se pincha los ojos y queda ciego por no haber sido capaz de ver sus crímenes (parricidio e incesto), como un signo de arrepentimiento, expresado en el mitema 13. Lo he colocado entre dos columnas, su castigo, a pesar de lo horrendo de sus crímenes, señala su cordura pues supo que actuó mal al tratar de escapar de su destino, y al mismo tiempo reitera una dificultad de caminar erguido. Sin embargo, la “autodestrucción” no debería entenderse solo en sentido negativo, sino también positivo, porque la muerte cívica, en beneficio del bien común, es una muerte heroica.2 Tal es el caso del suicidio de Meneceo, padre de Yocasta, uno de los hombres que surgieron de los dientes de la serpiente cultivados por Cadmo, quien no dudó en arrojarse desde lo alto de las murallas para acabar con la peste que asolaba a Tebas tras escuchar la profecía de Tiresias. Del mismo modo, en el mito Los siete contra Tebas, Meneceo, hijo de Creonte, se arrojó desde lo alto de las murallas de la ciudad como lo hiciera su abuelo homónimo con el propósito que los tebanos obtuvieran la victoria. En otro ámbito, la muerte de Antígona no ocurrió por estar enamorada de Polinices, sino por desobedecer el edicto de Creonte de no enterrar el cuerpo de su hermano para que fuese devorado por las fieras al considerarle un invasor de Tebas. Antígona, aun sabiendo que sería condenada a pena de muerte, decidió darle sepultura celebrando los ritos funerarios. Nuevamente surge un planteamiento irresoluble: ¿qué ley debe obedecerse: la de los hombres o la de los dioses, y a qué precio? Por otro lado, la tercera y cuarta columnas, si bien conservan los mismos títulos del cuadro original —Negación de la autoctonía y Persistencia de la autoctonía— les he dado otro sentido. Al tomar en cuenta el significado de autoctonía, según el diccionario de la Real Academia Española, se refiere a ser originario del país en que se vive. Los mitemas 1, 8 y 13 situados en la tercera columna señalan la dificultad para caminar erguido (Cfr. Lévi-Strauss, 1987: 237); junto con el 3 que aborda la etimología 1

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He aquí un símil entre Jesús y José, pues a pesar de no ser su padre al no engendrarlo y al mismo tiempo serlo porque era necesario que descendiera de la casa de David, de la que provendría el Mesías. Lo mismo sucede con Jesús, quien fue crucificado para cumplir su destino: con su muerte redimió a los hombres.

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del nombre de Edipo (pie hinchado). Y de haber incluido los mitemas con los nombres de Lábdaco (cojo) y Layo (torcido), estos no habrían alterado la estructura (Lévi-Strauss, 1987: 236; 239). Asimismo, en el mitema 10 persiste la pertenencia a su patria, al retornar a Tebas tras acabar con la Esfinge; y éste se opone al 4, 7 y 15 que expresan la negación de pertenencia a un país: Edipo, siendo un bebé, es llevado de Tebas a Corinto al rescatarle de morir abandonado; tras conocer su terrible destino, decide emprender un largo viaje a pie para nunca volver a Corinto, país al que considera su patria; y a causa de sus propias maldiciones contra el asesino de Layo, Edipo se expatria de Tebas, abandonando su país de origen por segunda vez. Para no romper el modelo estructuralista presenté cuatro columnas. Sin embargo, yo habría incluido otro haz de relaciones para plantear la cuestión del destino: ¿si uno va trazando su camino en la vida con base en las decisiones que toma o si el destino de todo hombre ya está trazado, siendo imposible escapar de él? He de mencionar que no incluí el mitema del suicidio de la Esfinge porque no pude relacionarlo con otro —aunque Lévi-Strauss (1987: 237-238) lo considere para la columna de Negación de la autoctonía, al incluir a los monstruos de la tierra o seres tectónicos y su destrucción. No por ello resto importancia al acertijo planteado por la Esfinge en que muestra, de manera velada, cómo se desplaza el hombre en cierto momento de su vida. En este aspecto, por otra parte, el Oráculo de Delfos juega un papel muy importante: profetizó a Layo que su hijo le asesinaría; y a Edipo que mataría a su padre y desposaría a su madre. Ambos tratan de escapar de su destino, y al hacerlo lo sellan. Si la vida del hombre fuera una travesía, el oráculo hace mención de la meta (el hecho consumado), pero no cómo se llegará a ésta. Es por ello que el hombre debe tomar decisiones que van afectando su vida, para bien o para mal. Verbi gratia, tras resolver el acertijo de la Esfinge y regresar a Tebas fue proclamado rey. Hecho que de haber permanecido en esa ciudad criado por sus padres, habría sido el gobernante porque era el legítimo heredero al trono, al ser hijo de Layo. Nuevamente surge un cuestionamiento irresoluble: si Edipo, antes de nacer, ya tenía su destino trazado, esto ¿le convertía en culpable de tan horrendos crímenes? En contraparte, ¿haber cometido parricidio e incesto de manera involuntaria le eximía de sus actos? Como podrá ver el lector, reposicionar y reformular las unidades constitutivas del mito de Edipo me permitió darle otra lectura. En el caso de Cristo, un personaje enigmático e ininteligible, es complejo de estudiar porque las figuras metafóricas guardan un “exceso de sentido”. Por desgracia, el método estructuralista resulta limitado para analizarlas porque al formar haces de relaciones, solo es posible una alternativa entre dos mitemas. En cambio, desde la hermenéutica propuesta por Ricœur éstas pueden interrelacionarse en un sinfín de posibilidades. Desde luego, al emplear su metodología puedo estar “equivocado, pero es precisamente lo que busco para generar debate y no solo permanecer “univocado”, teniendo una perspectiva única.

“Este mundo” (hic et nunc) Experiencia temporal

“Otro mundo” (Reino de los Cielos) Experiencia atemporal

Zona liminal, unión hipostática A y no A a la vez “espacio sagrado”

Figura 1. Mandorla vertical (inspirada en Leach, 1978: 113).

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Jesús, por su unión hipostática, su condición anfibológica de un hombre-dios, es un mediador y un transgresor, al transitar dentro de una zona liminal en la que confluyen lo temporal (lo efímero) y lo atemporal (la eternidad), representada con la intersección de dos circunferencias (mandorla vertical), nombrada en el arte sacro Maiestas Domini o Cristo en Majestad.


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Leach (1978: 112) afirma que la unión de “este mundo” (hic et nunc), habitado por hombres mortales, impotentes, que viven su vida de manera secuencial, cuyo desenlace desde el momento de su nacimiento es la muerte; y el “otro mundo” (el Reino de los Cielos), habitado por dioses inmortales, omnipotentes, que existen eternamente en un mismo tiempo en el que confluyen pasado, presente y futuro, da lugar a un “espacio sagrado” (liminal) en que actúa la persona metafísica, reafirmando la coexistencia de normalidad y anomalía. Es decir, los seres del otro mundo son “anómalos” cuando actúan como seres normales de este mundo; y los hombres normales son “anómalos” cuando se comportan como dioses. Asimismo, los seres de la zona liminal se vuelven “anormales” cuando pierden su ambigüedad (Leach, 1976: 83). Por su parte, Eliade (1958: 14-15) asevera que: “La ambivalencia de lo sagrado no es solo de orden psicológico (en cuanto atrae o repele), sino que obedece también a un orden de valores; lo sagrado es al mismo tiempo ‘sagrado’ y ‘profano’”. Pero al estudiar historias míticas, Leach (1976: 83; 1980: 2) sostiene que éstas no aparecen aisladas, sino que forman conjuntos; pues el mensaje del mito se crea de manera indirecta mediante referencias repetidas, pero opuestas al poseer un aspecto binario. Yo difiero de su postura, pues esta ambivalencia no crea únicamente relaciones binarias opuestas, sino contradictorias, complementarias, procesuales y redundantes. Varias de ellas se forman a partir de la antonimia, que relaciona figuras marcadas en una oposición de significados. De modo que Jesús, en distintos momentos, se presenta con cualidades opuestas: el hambriento-sediento y el saciado; el ajusticiado y el resucitado; el restaurador y el destructor. Existen aquellas que aparte de ser contrarias forman relaciones complementarias, pues una no sería sin la otra: la piedra labrada y el arquitecto; el guía y el camino; el cordero y el pastor; el redentor y el esclavo; el jornalero y el señor; el rey y el siervo; el juez y el sentenciado. Junto a éstas, hay figuras que en sí mismas concentran propiedades contradictorias. Verbi gratia, la luz alumbra y ciega; el verbo encarnado cuyo mensaje no se entiende porque está cifrado en parábolas. La correlación del esposo y el eunuco, a quien fue posible casarse frente al imposibilitado para el matrimonio. En cuanto a las figuras procesuales, éstas atraviesan por un proceso, como la simiente y la vid que pasan por el filtro de la cultura, al ser cultivadas, cosechadas y procesadas en pan y vino. Las relaciones redundantes pueden formarse al interrelacionar las anteriores figuras; y a partir de dos relaciones. Una, la sinonimia que vincula un único concepto mental que puede expresarse con dos imágenes totalmente diferentes en una misma lengua (Leach, 1978: 25). Verbi gratia, el agua y el fuego, dos figuras contrarias, producen el mismo efecto: purificar o destruir. O el concepto levantar aglutina las figuras del cordero, el asno, la edificación, la crucifixión y la resurrección. O en la frase: “Yo soy la Luz del mundo” (Ἐγώ εἰμι τὸ φῶς τοῦ κόσμου), la palabra κόσμος no solo significa mundo, sino orden o cuerpo, similar a macrocosmos y microcosmos, dos conceptos contrapuestos que unen al universo y al hombre; es decir, el universo correspondería a un hombre infinito, y el hombre a un universo en miniatura3 (Manzanedo, 1979: 62). La frase anterior se relee: “Yo soy la luz del cuerpo”; semejante a: “La lámpara del cuerpo es el ojo” o la teofanía de la transfiguración. Como podrá vislumbrarse, el problema es gigantesco al considerar que toda versión de la Biblia es una traducción, pues de acuerdo al dicho: “traduttore, traditore”, toda traducción es una traición al no poder expresar fielmente lo escrito en un texto. Es por ello que he considerado el significado etimológico de las palabras. Otra, la homonimia que vincula imágenes idénticas pero que representan clases de objetos disímiles (Leach, 1978: 24). En primera instancia, podría situarse en el tipo (τυπος) del Antiguo Testamento (AT) y el antitipo (αντίτυπος) del Nuevo Testamento (NT). Verbi gratia, el Jordán relaciona a Moisés, Juan y Jesús. Cuando Yahvé prohibió a Moisés cruzarlo para llegar a la tierra de Canaán, solo le permitió contemplarla desde lo alto del monte Nebo en Moab antes de morir. En cambio, Juan inició su ministerio en el desierto a orillas del río, predicando el bautismo del arrepentimiento y el perdón de los pecados. Y Jesús, al ser bautizado, emergió de sus aguas como un ser restaurado, un “renacido”. Además, entran en juego la metonimia, la parte que representa a un todo, cuyo indicador funciona como signo al ser contiguo a lo significado y forma parte de ello (Leach, 1978: 20, 21); y la metáfora que, a diferencia de señales, indicadores naturales y signos, opera al emplearse la imaginación para 3

Cfr. Génesis 1:27: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó”.

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reagrupar dos entidades, o conjuntos de entidades materiales o abstractas, presentes en contextos diferentes (Leach, 1978: 54). La interacción de ambas crea la dualidad metonimia/metáfora: la metonimia se vuelve metáfora, y la metáfora en metonimia (Leach 1978: 37). Aunque enfatiza el distingo en cualquier sistema humano portador de mensajes al menos de tres clases de elementos: señal, signo y símbolo; pero en la práctica siempre surge la confusión. Los signos se convierten en símbolos, los símbolos en signos, los signos y los símbolos en señales y así sucesivamente (Leach, 1978: 62). Este proceso continuo crea cadenas sintagmáticas y asociaciones paradigmáticas. Las primeras se comparan a letras que forman una palabra, palabras que constituyen un enunciado, y enunciados que conforman un texto; del mismo modo, la sucesión de notas musicales escritas en una partitura estructura una obra musical. Las segundas son transposiciones simultáneas que aparecen cuando una serie de notas musicales se leen como una sucesión de movimientos de dedos en un instrumento musical, provocando una pauta secuencial de ondas sonoras que llegan al oído del oyente. Siendo paradigmática la relación entre la partitura escrita, los movimientos de los dedos y las ondas sonoras (Leach, 1978: 22). Por su parte, Ricœur (1972: 104) comparte esta visión al afirmar que la lectura se parece más a la interpretación de una pieza musical regulada por las notaciones escritas de la partitura. De hecho, un texto es un espacio autónomo de significado que ya no anima la intención de su autor; la autonomía del texto, sin el recurso de este apoyo esencial, entrega solo la palabra escrita interpretación del lector. Por mi parte, siguiendo ambas analogías, advierto que la perspectiva hermenéutica se compara a la interpretación de un músico que en cierto momento jamás será igual a otra que ejecute después, debido a las pequeñas variaciones, así como sus ejecuciones tendrán un sello particular que las distingan de las de otros músicos. De la misma forma, mi exégesis de las figuras es una de varias posibles. En este sentido, desde la hermenéutica, Maceiras (2000: 15) afirma que el análisis del lenguaje simbólico siempre es indirecto, al estar cifrado en metáforas y símbolos, esto supone un problema lingüístico y exegético, aunque la verdad se oculte a simple vista, se vuelve inaccesibles al ojo inexperto. Respecto al concepto “símbolo”, Geertz (2003: 89-90) expresa que: […] como el término “cultura”, la palabra “símbolo” se utiliza para designar una gran variedad de cosas, con frecuencia muchas al mismo tiempo. […] En otros casos, la significación se limita a expresar algo de manera oblicua y figurada que no puede enunciarse de una manera directa y literal […] En otros casos, empero, se usa el término para designar cualquier objeto, acto, hecho, cualidad o relación que sirva como vehículo de una concepción —la concepción es el “significado” del símbolo— […]

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En cuanto a la metáfora, Geertz (2003: 184) considera que el poder del lenguaje, inclusive con un vocabulario reducido, que logra abarcar millones de cosas; debido a que ésta posee una estratificación de significaciones en la cual una incongruencia de sentido en cierto nivel produce una afluencia de significaciones en otro. Además, su fuerza proviene de la interacción entre las significaciones discordantes que ella simbólicamente tensa dentro de un marco conceptual unitario y el ímpetu de esa fuerza depende del grado en que esa coacción logre superar la resistencia psíquica que semejante tensión semántica genera en quien está en condiciones de percibirla (Geertz, 2003: 184-185). Por su parte, Ricœur (1975: 145) afirma que la metáfora es: “[…] aquella en la cual la semejanza sirve de motivo para la sustitución de una palabra figurativa a una palabra literal desaparecida o simplemente ausente”. Pero reitera que la metáfora no existe por sí misma, sino dentro y a través de una interpretación metafórica. Y ésta consiste en transformar una contradicción, que se destruye a sí misma, en una contradicción significativa. Esta transformación impone a la palabra una “torsión” semántica que obliga a dar un nuevo significado a la palabra, una extensión del significado, gracias a que se puede “dar sentido”. En cambio, la interpretación literal en sí es absurda (Ricœur, 1975: 146). Aunque la significación simbólica está constituida de tal forma que solo alcanza la significación secundaria por medio de la significación primaria que es el único medio de acceso al excedente de sentido. En efecto, la significación primaria aporta la secundaria, como el sentido de un sentido (Ricœur, 2011: 68). Por lo tanto, una metáfora llama a otra y cada una permanece viva al conservar su poder para evocar a toda una red. Esta red engendra metáforas de raíz, que pueden unir metáforas parciales, y una diversidad conceptual, es decir, un número ilimitado de interpretaciones potenciales en el nivel conceptual.


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Además, las metáforas de raíz reúnen imágenes subordinadas y esparcen conceptos en un nivel más elevado. Por otro lado, las metáforas dominantes son capaces de generar y organizar una red que articula el nivel simbólico, con su lenta evolución, y el más volátil nivel metafórico (Ricœur, 2011: 77). Dicho en otros términos, las unidades constitutivas del mito de cada imago Christi presentes a lo largo de todo el estudio se reinterpretan gracias a la hermenéutica, el análisis simbólico y la etimología de las palabras. Esto permite ordenarlas y reacomodarlas en un sinfín de interrelaciones posibles, gracias a su “plasticidad”, cualidad que las vuelve “intercambiables”, al permanecer momentáneamente en un campo semántico, para después reagruparse o formar parte de otro campo con otras figuras metafóricas y conceptos —remarcadas en cursivas para identificarlos con facilidad. 2. Agua y fuego, dos principios místicos A lo largo de los evangelios el misterio (μυστήϱιον) envuelve tanto a Jesús como a Juan. Si bien, Leach (1976: 84, 86) considera a ambos héroes como opuestos por sus rasgos antitéticos: Juan un hombre de la naturaleza y Jesús un hombre de la cultura; yo sostengo que en determinados momentos también son complementarios y la misma persona.4 De modo que por las grandes similitudes existentes entre ambos héroes, en términos simbólicos, puede hablarse de “gemelos”. Al respecto, Lévi-Strauss (2007: 56-57, 58-60) afirma que el nacimiento de gemelos “verdaderos”, aunque sean de padres distintos o de hijos nacidos de dos hermanas (primos), tiene una estrecha relación con los niños que nacen con los pies por delante, por la creencia que los gemelos luchan dentro del vientre para tener el honor de nacer primero, provocando la muerte heroica de su madre; o con las personas con labios partidos, pues si la partición se consumara, daría por resultado dos individuos idénticos. A pesar de los paralelismos, sostengo que Juan no es el único gemelo de Jesús, aunque sí el más significativo. Para empezar, ambos fueron concebidos de manera preternatural. El caso del anuncio del nacimiento de Juan5 recuerda el de Isaac, cuando Yahvé se apareció a Abrahán, un hombre centenario, para decirle que Sara, su nonagenaria esposa, pariría un hijo (Génesis 17:1-19). Igualmente, Zacarías, un hombre entrado en años, tuvo la aparición del ángel de Dios para anunciarle que Isabel, su anciana esposa, daría a luz un hijo (Lucas 1:11-13). De hecho, existe un paralelismo entre Sara e Isabel ya que ambas eran estériles; pero, con una diferencia: la esterilidad de Sara fue causada por haber cometido incesto, pues era media hermana de Abrahán: “[…] es cierto que es hermana mía, hija de mi padre, aunque no de mi madre, y la tomé por mujer” (Génesis 20:12). Pero al final su falta fue perdonada, dando a luz gracias al favor de Yahvé (Leach, 1980: 10). En cambio, a Isabel, mujer estéril pero fiel a los ojos de Dios, puede atribuírsele una fecundidad espiritual, según Sabiduría 3:13: “Dichosa la estéril intachable, la que no conoce lecho nupcial de pecado; pues obtendrá fruto en el juicio de los justos” (Cfr. Salmo 113:9). Respecto a Abrahán, el arquetipo de la santidad patriarcal representa otra paradoja: ser fecundo (en un símil al desenfreno sexual) y estar sometido a Dios (un hombre santo, análogo al ascetismo sexual) (Leach, 1978: 101-102), pues Yahvé había sellado su alianza con él, prometiendo que un hijo salido de sus entrañas le heredaría, sería padre de muchas naciones, y su descendencia sería incalculable como las estrellas (Génesis 15:1-5, 17:4-7). Pero para poder tener progenie, Abrahán y Sara debían sobrepasar la edad (natural) de la fecundidad hasta llegar a una edad extremadamente avanzada; de lo contrario, prevalecería su esterilidad (Leach, 1978: 102). En cuanto a la anunciación del nacimiento de Jesús, en el libro del profeta Isaías (7:14) se lee: “[…] He aquí que una doncella [‫ ]עלמה‬está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel [‫]עמנואל‬, que traducido es: Dios con nosotros”. En la profecía citada en el Evangelio según San Mateo (1:23), existe una ligera variación: “Ved que la virgen [παϱϑένος] concebirá y dará luz a un hijo […]” (Cfr. Lucas 1:27). A primera vista, las palabras doncella6 y virgen podrían considerarse “sinónimos”, 4

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Bartolomé Esteban Murillo, verbi gratia, tuvo la sensibilidad de percatarse de esta condición y lo plasmó en obras como San Juan presenta a Jesús o El Bautismo de Cristo en que ambos tienen el mismo rostro. Por la similitud, compárese con el anuncio del nacimiento de Sansón (Jueces 13:2-7). La palabra hebrea para virgen es ‫בתולה‬.

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que no lo son, pero conlleven la idea de una mujer de corta edad que aún no ha conocido varón.7 A esto, Campbell (2005: 268) señala que una [esposa] virgen que da a luz encierra un sentido profundo, pues su marido es “lo Desconocido”. Además, ella misma es una revelación del Absoluto autoengendrado, porque al concebir sin la intervención de varón —partenogénesis— realiza el acto de creación [divina]. De modo que Jesús, al ser engendrado por gracia del Espíritu Santo, se convirtió en el “nuevo Adán”, pues al igual que Adán tampoco tuvo un padre terrenal. Por otro lado, María no era célibe, pues ya estaba desposada8 con José cuando descendió el Espíritu Santo sobre ella. Por tal motivo, él pensó que había cometido “adulterio”, por lo que resolvió repudiarla en privado para no infamarla (Mateo 1:18-19). Sin embargo, José al ser uno con María antes de quedar encinta, le convirtió en “padre biológico”, y no solo padre legal, de Jesús, según Génesis 2:24: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Cfr. Mateo 19:4-6; Marcos 10:6-8). De modo que ambas genealogías marcan su paradójica filiación, al ser hijo de José se justifica su pertenencia a la estirpe de la casa de David: una desde Abrahán hasta Jesús (Mateo 1:1-17) en la que se muestra como el Mesías, el hijo de David; y otra de Jesús hasta Adán (Lucas 3:2338), en la que se muestra como el Hijo de Dios. Respecto al día en que nacieron Jesús y Juan no hay ningún indicio en los evangelios, salvo que hubo seis meses de diferencia entre ambas concepciones, en el Evangelio según San Lucas (1:36) se lee: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril”. En este punto, Frazer (2003: 414) menciona que en un principio la Iglesia no celebraba su nacimiento. Por su parte, los cristianos en Egipto optaron por establecer el 6 de enero como fecha del nacimiento de Cristo, y esta costumbre se extendió por todo el Oriente. Por su parte, la Iglesia occidental no reconoció esta fecha, sino hasta finales del siglo III o principios del IV en la que solemnizó la Navidad el 25 de diciembre, y la Epifanía el 6 de enero. Además, tal parece que la Iglesia cristiana eligió esta celebración con el propósito de transferir la devoción de los gentiles al sol. Tampoco era una coincidencia el establecimiento de la misma fecha del nacimiento del dios persa Mitra, llamado Sol invictus por los romanos, cuya celebración se extendió por todo el imperio romano (Frazer, 2003: 414, 415). De modo que la natividad de Jesús paulatinamente sustituyó el nacimiento del sol, estableciéndose en el calendario juliano el solsticio hiemal, el día más corto del año; y la de Juan en el solsticio estival, el día más largo del año.9 La razón era bastante lógica: a partir del solsticio hiemal, los días subsecuentes se volvían más largos hasta llegar al solsticio estival (Frazer, 2003: 416). Este talante pareciera estar expresado en el Evangelio según San Juan (3:30) cuando el Bautista dijo: “Es preciso que él crezca y que yo decrezca”, si bien se refería a que poco a poco cobraría importancia el ministerio de Jesús con respecto al suyo; también podría equipararse a un ser solar que gradualmente alcanzaría su plenitud. Además, ambos vivieron una vida oculta desde temprana edad. En el caso del pequeño Juan, en Lucas 1:80 se narra: “El niño crecía y su espíritu se fortalecía y vivió en lugares desiertos hasta el día de su manifestación en Israel”. A la par, en Lucas 2:40 se lee: “El niño [Jesús] crecía, se fortalecía e iba llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Cfr. Lucas 2:51-52). Otra manifestación de arcano era hablar en parábolas para mantener la verdad subyacente. En cierta ocasión, el Bautista se refirió a Jesús: “Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo” (Juan 1:30). De manera semejante Jesús se expresó de Juan: “Os aseguro que, entre los nacidos de mujer, no se ha levantado uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mateo 11:11). Esta misteriosa condición era signo de su divinidad, manifestada en el caso de Jesús al pronunciar las palabras: “Yo soy” (Ἐγώ εἰμι). Esta manera de presentarse recuerda la enunciación hecha por Yahvé, en Éxodo 3:14 para desvelar a Moisés su nombre divino: Yo soy el que soy (‫)אהיה אשר אהיה‬.10 Estas 7 8 9

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“Conocer a” equivale a “descubrir la desnudez de”; es decir, tener relaciones sexuales (Levítico 18:1-23). El desposorio judío es tan serio entre los contrayentes que ya se consideran esposos. Sin embargo se ha reservado el 24 de junio para celebrar a San Juan Bautista, exactamente a seis meses de la Navidad. El nombre secreto de Dios estaba reservado al pueblo elegido. Véase Oseas 1:9, cuyo nombre del tercer hijo del profeta era No-mi-pueblo, pues Yahvé sentenció: “[…] porque vosotros no sois mi pueblo ni yo soy para vosotros El-Que-Soy”.


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mismas palabras aparecen en Apocalipsis 1:8: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, dice el Señor Dios, ‘Aquel que es, el que era y el que ha de venir’, el Todopoderoso”. O en Isaías 44:6: “Yo soy el primero y el último, fuera de mí no hay ningún dios”. Cabe señalar que jamás utilizó para sí el título mesiánico “Hijo de David” (υἱὲ Δαυίδ), el cual solo era dicho por la gente que se dirigía a él en señal de respeto, pero nunca permitió que se le nombrara o reconociera en público, mucho menos como el “Hijo (unigénito) de Dios” (ὁ [μονογενής] υἱός τοῦ Θεού). Por el contrario, se refería a sí mismo como el Hijo del hombre (ὁ υἱὸς τοῦ ἀνϑϱώπου), título que poseía dos sentidos: uno ordinario, equivalente a yo; y otro subrepticio, cuya circunlocución remitía a un ser divino y trascendental. En cuanto al Bautista, existe también un carácter divino soterrado. En Juan 1:19-22 se relata que los sacerdotes y levitas de Jerusalén le inquirieron: “¿Quién eres tú?”, pregunta que buscaba desvelar su enigmática naturaleza. Al reiterarles que no era el Cristo, Elías o algún otro profeta, insistieron en que confesara su verdadera identidad, a lo que les respondió: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor” (Juan 1:23). Quién podría ser la voz se vislumbra: “Éste vino por testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (Juan 1:7-8). En Mateo 3:3 y Lucas 3:4-6 se cita la profecía de Isaías (40:3-5): “Una voz clama: ‘En el desierto abrid camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahvé, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahvé ha hablado’”. Esta frase podría referirse un profeta como el portavoz de Dios, pero al declarar Juan: “Yo soy la voz” (Ἐγώ φωνὴ), yace un halo de misterio en estas palabras. Esta misteriosa condición también se manifestaba en algo aparentemente insignificante como llevar un vestido de piel de camello y un cinturón de cuero a sus lomos y alimentarse de langostas y miel silvestre (Mateo 3:4. Cfr. Marcos 1:6). En esencia, un ser cuasisalvaje que responde a tres cuestiones. Primero, su vestimenta al no estar curtida ni confeccionada no hacía referencia a un hombre feral (homme nu) que no articulara palabra, sino evoca las túnicas hechas por Dios a Adán y Eva después de comer del árbol de la ciencia del bien y mal, según Génesis 3:21: “Yahvé hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió”. Su falta fue tan grave que podía velarse no con hojas (de higuera), sino con la sangre de un animal inmolado. De manera similar, el vestido de piel de un animal impuro, no apto para el holocausto, tenía el propósito de cubrir su enigmática desnudez. Segundo, comer alimentos crudos en el estado silvestre es relevante no solo por no estar cocinados, sino porque no proceden de la labranza de la tierra ni de la crianza de animales, actividades humanas, o mejor dicho poiéticas —palabra procedente de ποίησις que significa creación o producción—, pues éstas conllevan una transformación, ya sea porque se abandona un estado de naturaleza al pasar por el filtro de la cultura y lograr una domesticación. O en el proceso de elaboración de alguna manufactura o producto interviene en todo momento la mano del hombre. Por su parte, Lévi-Strauss (2002a: 162) menciona que existen: […] tres regímenes alimenticios, igual que hay tres inmortalidades, o, si se prefiere y para atenerse a la materia misma del mito, dos inmortalidades, una simple (la de los humanos hechos inmortales) y la otra ambigua (la de los insectos que cambian de piel), y dos regímenes alimenticios (uno simple pero inhumano: el alimento crudo; el otro humano y hasta sagrado, pero ambiguo: el alimento que no puede fermentar sin podrirse).

De acuerdo a esto, Juan poseería una inmortalidad ambigua, expresada en las langostas, insectos alados de cuatro patas y zancas para saltar sobre el suelo, “buenos para comer” (Levítico 11:22). No obstante, éstas fueron la octava plaga de Egipto (Éxodo 10:1-20). Por lo que al “devorarlas”, Juan sería alguien que podría destruir a través de la palabra, tal como se lee en Oseas 6:5: “[…] los he castigado con las palabras de mi boca, y mi juicio surgirá como la luz”. Tercero, respecto a la miel silvestre, el régimen alimenticio inhumano, Lévi-Strauss (2002b: 13) advierte que las abejas, no las personas, la elaboran lista para ser consumida. En los mitos se expresa su consumo; verbi gratia, en Éxodo 3:7-8: “Yahvé le dijo: ‘He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto; he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus angustias. He bajado para librarlo de la mano

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de los egipcios y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel’” (Cfr. Éxodo 3:17). Por su parte, Vázquez Hoys (1991: 61) asevera que la miel pasó, de ser un alimento humano, a convertirse en una sustancia divina, manjar de los dioses que cuando se daba a los hombres los acercaba a la divinidad. De modo que la miel silvestre, se equipara al vino preparado, porque no necesitan de la cocción (pasar por el fuego) ni se pudren (evocando a la eternidad). Otro rasgo compartido era su condición de nazireo. En Números 6:1-21 se dan las bases del nazireato, como las referentes a la prohibición de consumir el fruto de la vid: “Si un hombre o una mujer se decide a hacer voto de nazireo, consagrándose a Yahvé, se abstendrá de vino y de bebidas embriagantes. No beberá vinagre de vino ni de bebida embriagante; tampoco beberá zumo de uvas, ni comerá uvas, frescas o pasas. En todos los días de su voto de su nazireato no tomará nada de lo que se obtiene de la vid, desde el agraz hasta el orujo” (Números 6:2-4). Referente a Juan, en Lucas 1:15 se lee: “porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre”. Por su parte, Jesús, si bien nació en Belén, después de su regreso de Egipto, vivió en Nazaret (‫)נצרת‬. En Mateo 2:23 se narra: “y fue a residir en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliese lo dicho por los profetas: Será llamado Nazoreo [Nazareno]”. He aquí un juego de palabras con nazireo y nazoreo, ambas provienen de ‫ נצר‬que significa brote, según Isaías 11:1: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará”. Pero también consagrado; o Números 6:5 y 8: “En todos los días de su voto de nazireato no pasará navaja por su cabeza […] será sagrado y se dejará crecer la cabellera […] Todos los días de su nazireato es un consagrado a Yahvé”. Otro vínculo entre ellos era el bautismo por su poder de purificar y restaurar. Juan afirmaba: “Yo os bautizo con agua en señal de conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11. Cfr. Marcos 1:7-8; Lucas 3:16; Juan 1:26-27, 33). Si bien tiene un estrecho vínculo con el agua, Jesús lo tiene con el agua y el fuego. Eliade (2014: 99-100) afirma que el bautismo le convirtió en el “nuevo Noé”; pues como Noé, quien se enfrentó con el Mar de la Muerte, en donde la humanidad pecadora fue aniquilada, salió victorioso y se erigió padre de la humanidad, convertido en un “nuevo hombre”. De modo que el Diluvio y el bautismo representan un “renacer”, de acuerdo a la “estructura del simbolismo acuático”, en que: Las aguas simbolizan la suma universal de las virtualidades; son fons et origo, el depósito de todas las posibilidades de existencia; preceden a toda forma y soportan toda creación. […] la inmersión simboliza la regresión a lo preformal, la reintegración al modo indiferenciado de la preexistencia. La emersión repite el gesto cosmogónico de la manifestación formal; la inmersión equivale a una disolución de las formas. Por ello, el simbolismo de las aguas implica tanto la muerte como el renacer. El contacto con el agua implica siempre una regeneración: no solo porque la disolución va seguida de un “nuevo nacimiento”, sino también porque la inmersión fertiliza y multiplica el potencial de vida (Eliade 2014: 97).

Otra relación con el agua se encuentra en el Evangelio según San Marcos (1:17), al decir a sus futuros discípulos: “[…] Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres” (Cfr. Lucas 5:10). O cuando “[…] vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: ‘Es un fantasma’, y de miedo gritaron. Pero al instante exclamó: ‘¡Ánimo!, soy yo; no temáis’” (Mateo 14:25-27. Cfr. Juan 6:19-20); en clara alusión a su emersión de las aguas bautismales.

ΙΧΘΥΣ Figura 2. Ictus (Mandorla horizontal).

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Aunado a esto, los primeros cristianos asociaron la imagen de un pez estilizado, cuyas siglas forman el acrónimo ΙΧΘΥΣ que significa pez, y a la vez Ἰησοῦς Χϱιστὸς Θεοῦ Υἱὸς Σωτήϱ (Jesús Cristo de Dios Hijo Salvador). Este símbolo paleocristiano se forma a partir de dos arcos que se intersecan a manera de una mandorla horizontal o vesica piscis. Además, su grafía se asemeja a las letras α y Ω.


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A la vez, el fuego no solo purifica, según el libro del profeta Zacarías (13:9): “La haré pasar por el fuego, y la purificaré como se purifica la plata, y la acrisolaré como es acrisolado el oro […]” (Cfr. Isaías 48:10), sino que es la expresión del poder de Dios y su presencia divina. Verbi gratia, la teofanía de la zarza ardiendo, cuando Moisés se cubrió el rostro por temor a ver a Dios (Éxodo 3:1-6). Además, posee otras dos cualidades: su poder transformador permite dejar atrás una condición previa para renacer como un nuevo ser; y su poder destructor en la figura del Fuego eterno (αἰώνιος πυϱ). O al hablar sobre la ejecución de Juan y Jesús, Leach, quien se enfoca en sus muertes y en el contexto en que se dieron, no hace ningún señalamiento acerca de cómo fueron apresados ni si fueron justamente sentenciados. En Mateo 14:3-4 se narra que el Bautista fue arrestado por orden de Herodes Antipas, por recriminarle constantemente que no era lícito cohabitar con Herodías, ya que no había sido repudiada por Filipo, hermano de éste; a su vez, Herodes, no había repudiado a su primera esposa. Por lo tanto, ambos estaban cometiendo adulterio (Cfr. Mateo 5:32). Su reproche constante de mancillar la alianza matrimonial, le asemejaba al “esposo fiel”, aun cuando nunca contrajo nupcias. Respecto a la muerte de Juan, ésta ocurrió dentro del palacio de Herodes, cuando Salomé, instigada por su madre, pidió al tetrarca que le trajeran la cabeza del Bautista en una bandeja de plata, 11 después que éste le prometió cualquier cosa que ella deseara (Mateo 14:6-11. Cfr. Marcos 6:22-28). Leach (1976: 85; 84) sostiene que al ser presentada durante un banquete (συμπόσιον) se equiparaba a Cristo como el “verdadero alimento” servido durante la cena pascual. Asimismo, señala que su decapitación, cuya pena de muerte reservada a los monarcas, le igualaba a un rey. En cuanto a la crucifixión de Jesús, Leach (1976: 84, 86) afirma que la pena capital impuesta por los romanos, empleada para ejecutar a ladrones y asesinos, aconteció poco antes de la pascua judía (banquete), exhibido como un “rey de mofa”. Y al morir en el Gólgota, a las afueras de la ciudad, cerró el ciclo iniciado con el ministerio del Bautista, quien predicaba en el desierto, “afuera de la ciudad” (Leach, 1976: 84). Sin embargo, pasa por alto que ambos fueron apresados, privados de su libertad. Aunque Jesús, vendido como un esclavo y ejecutado como un ladrón, paradójicamente, redimió a los hombres del cautiverio del pecado, convirtiéndose en un “nuevo Moisés”. He de señalar que la ejecución de Juan fue injusta, pues en ningún momento se le juzgó ni se le dictó sentencia, sino que se efectuó sin previo aviso por órdenes de Herodes para cumplir a su palabra. Por el contrario, Jesús sí llevó un proceso en el que fue enjuiciado y sentenciado a muerte. Falta por responder es si fue o no merecedor de morir crucificado. Por tal motivo, Barrabás cobra relevancia como “otro gemelo” de Jesús en el juicio ante Poncio Pilato. 3. El esposo fiel y el eunuco espiritual El título de esposo puede causar confusión, pues en ninguna parte de los evangelios se menciona de manera explícita que Jesús hubiera casado. Aun así, resulta desconcertante que en las bodas de Canaán el maestresala, después de probar el agua transformada en vino, mandara a llamar de inmediato al enigmático novio (Juan 2:9), quien pudiera haber sido Jesús, a pesar de haber sido uno de los invitados. Por otro lado, bajo la figura del esposo fiel encarna la restauración de la alianza matrimonial de Dios con su pueblo, al tratar recuperar el amor no correspondido de su esposa adúltera. Lo que sí muestran los evangelios es su celibato, condición que lo hacía apto para contraer nupcias. A la par, el célibe y el casado se oponen al eunuco (εὐνοῦχος) espiritual, por estar imposibilitado para casarse, pues al castrarse simbólicamente, hecho que explicó de manera velada a sus discípulos que cuestionaban si era o no conveniente casarse: “Porque hay eunucos que nacieron así desde el seno de su madre, y hay eunucos que fueron hechos tales por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos a causa del Reino de los Cielos […]” (Mateo 19:12. Cfr. Sabiduría 3:14). Por otro lado, al haber mantenido su castidad, por no yacer con mujer alguna y por ende, no tener descendencia, inclusive bajo la figura del desposado, generando una contradicción necesaria de su 11

En una analogía, Frazer (2003: 274) advierte que muchos pueblos consideran sagrada la cabeza, dado que la santidad atribuida yace en la creencia de poseer un espíritu sensible al daño o la profanación.

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liminalidad. En este sentido, Leach (1978: 102) sostiene que la abstinencia sexual —frente al desenfreno sexual—, asemeja al hombre a un dios, o alcanzar la santidad; máxime al considerar su relación con las mujeres. Inclusive hacía acompañarse por aquellas que habían sido curadas de espíritus malignos y malestares, entre ellas se hallaban María Magdalena, Juana y Susana (Lucas 8:1-3). Dicha situación lo colocaba en una suerte de “concubinato virtuoso”, al mantener la continencia sexual (Leach, 1976: 85). En contraparte, de camino al Gólgota le seguía una gran multitud y mujeres que se lamentaban por Él. Para mitigar su dolor les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no amamantaron!” (Lucas 23:27-29. Cfr. Marcos 13:17). Similar a Sabiduría 4:1; 3: “Más vale no tener hijos y tener virtud […] En cambio, la familia numerosa de los impíos será inútil; sus retoños bastardos no echarán raíces profundas ni tendrá base sólida”. Aunque estas mujeres habrían representado a futuras “viudas” por estar a punto de perder a su “marido”. Esto se compagina con la cuestión de la resurrección, narrada en Marcos 12:18-27, en la que no creían los saduceos. De acuerdo a la ley del levirato (Deuteronomio 25:5-10), plantearon la situación hipotética: si un hombre casado muriere y dejare esposa, pero sin hijos, el hermano de éste debía tomar a la viuda como mujer para darle descendencia a su hermano, pero también murió, y lo mismo ocurrió con los otros hermanos. De suerte que los siete hermanos fallecieron al igual que la mujer. Entonces preguntaron a Jesús: “En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer” (Cfr. Mateo 22:23-33; Lucas 20:27-40). Él les respondió: ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios? Porque cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés como le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos; así que vosotros muchos erráis.

Por otra parte, como esposo fiel se oponía a las mujeres promiscuas. En una ocasión, le presentaron una mujer sorprendida en adulterio para que la juzgara, pues según la tradición mosaica debía ser lapidada. Dada su insistencia, les respondió: “Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que le arroje la primera piedra”. Al oír esto, uno a uno iba retirándose, hasta quedarse solo con ella, y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Él le respondió: “Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más” (Juan 8:3-11). O en su encuentro con la samaritana junto al pozo, Jesús le dijo: “Vete, llama a tu marido y vuelve acá”. Ella le respondió: “No tengo marido”. Él le contestó: “Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco, y el que ahora tienes no es marido tuyo. En eso has dicho la verdad” (Juan 4:16-18). Al vivir en amasiato —estar bajo el mismo techo sin mediar un vínculo conyugal— la mujer era concubina, y por ende no existía fidelidad marital. A saber, los cinco exmaridos personificaban a cinco dioses asirios de la región de Samaria, nombrados en el libro II de los Reyes (17:24-41): El rey de Asiria hizo venir gente de Babilonia, de Cutá, de Avá, de Jamat y de Sefarváin, y los estableció en las poblaciones de Samaria en lugar de los israelitas […] Uno de los sacerdotes […] les enseñó cómo dar culto a Yahvé. Sin embargo, aquellos pueblos paganos continuaban fabricando sus propios dioses […] La gente de Babilonia hacía unos Sucot Benot, la de Cutá un Nergal, la de Jamat un Asimá, los avitas un Nibjaz y un Tartac, y los sefarvitas quemaban a sus hijos en honor de sus dioses Adramélec y Anamélec.

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Respecto al hombre que cohabitaba con ella, éste simbolizaba al dios cananeo Baal, palabra habitual para referirse a los falsos dioses que también significa marido. En el AT, la promiscuidad se contrapone a la fidelidad a Yahvé, expresada en los mandamientos del Decálogo: “No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás esculturas ni imagen alguna […] No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso […]” (Éxodo 20:35. Cfr. Deuteronomio 6:14). Sobre todo reiteró a Moisés (Éxodo 34:14-16): “No te postres ante un dios extraño, pues Yahvé es un Dios celoso. No hagas alianza con los habitantes del país, pues cuando se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, te invitarán a participar en ellos. No tomes a sus hijas para tus hijos, pues sus hijas se prostituirán con sus dioses y prostituirán a tus hijos con sus dioses”.


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En el libro del profeta Oseas (1:2) se menciona que el pueblo de Israel en diversas ocasiones había sido infiel a Dios, por lo que Él ordenó a Oseas: “Ve tómate una mujer dada a la prostitución e hijos de prostitución, porque el país se está prostituyendo por completo, apartándose de Yahvé”. Su unión con la prostituta simboliza la unión conyugal de Yahvé con su pueblo desde la alianza del Sinaí; y así como Oseas amó a una mujer sin ser correspondido, de igual forma Yahvé ama sin condiciones a Israel, su mujer adúltera. De modo que su traición idolátrica se consideraba “fornicación”. Pero para que “ella” (Israel) vuelva con su marido (Yahvé), es necesario que sufra una serie de castigos para hacerle recapacitar (probarla) para finalmente volver a aceptarla (Oseas 2:8-10; 2:18; y 2:21-22): Yo cerraré su camino con espinos, la cercaré con seto y no encontrará más sus senderos; perseguirá a sus amantes y no los alcanzará, les buscará y no les hallará. Para que diga: “Volveré con mi primer marido, que entonces me iba mejor que ahora”. No sabía ella que era yo […] Y sucederá aquel día […] que ella me llamará: “Marido mío”, y no me llamará más “Baal mío” […] Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré en justicia y en derecho, en amor, en compasión y en fidelidad, y tú conocerás a Yahvé.

Empero, en el NT, la era mesiánica y el establecimiento definitivo del reino celestial se simbolizan con un banquete nupcial, presentándose como el novio —ya casado— que desposará de nuevo a su mujer, arrepentida de su adulterio. En Apocalipsis 19:7 se lee: “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado”. En aquel día, Jesús suprimirá en su totalidad el pasado adúltero de los elegidos al banquete, convirtiéndoles en seres restaurados. Asimismo, será la irremediable perdición de Babilonia, ciudad idólatra por antonomasia, personificada en la imagen de la célebre “prostituta” (Apocalipsis 17:1-18). 4. La piedra angular y el arquitecto divino Tradicionalmente se ha considerado a Jesús como un “carpintero”, pero cuya palabra ξυλουϱγός no aparece en la versión en griego del NT. En Marcos 6:3 se lee: “¿No es éste el carpintero […]?”, οὐχ οὗτός ἐστιν ὁ τέκτων, pero ὁ τέκτων significa el constructor, o mejor dicho el mampostero, aquel que coloca y cincela las piedras para una edificación. O en Mateo 13:55 se lee: “¿No es éste el hijo del carpintero? […]”, lo escrito es ὁ τοῦ τέκτονος υἱός, cuya traducción es el hijo del constructor. En sentido literal, podría referirse a Jesús como hijo de José (el constructor), aunque en sentido metafórico podría entenderse como el hijo del “arquitecto divino”, inclusive el arquitecto mismo. Aparece como constructor al comparar la observancia de sus preceptos con la cimentación bien calculada, expuesta en la parábola del “buen y mal constructor” (Mateo 7:24-27. Cfr. Lucas 6:47-49): […] todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre la roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue su gran ruina.

Y como el arquitecto divino con la frase: “[…] y puso su Morada [σκῆνος] entre nosotros” (Juan 1:14), evocando el Tabernáculo en el desierto, el Sancta Sanctorum, la Casa de Yahvé, descrito en Éxodo 26:1-30. O en la ocasión en que dos de sus futuros discípulos le preguntaron: “Rabbí, ¿dónde vives?”. Él les contestó: “Venid y lo veréis”. Al ir a dónde vivía y quedarse con Él aquel día (Juan 1:3839), dio cuenta de su misteriosa vivienda. Contradictoriamente, en su ministerio daba a entender que no tenía un lugar donde vivir: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mateo 8:20. Cfr. Salmo 84:4). Pero su casa es el Santuario. En Lucas 2:46-49 se narra que al cabo de tres días sus padres le encontraron en el templo sentado entre los doctores, por lo que su madre le increpó, y Él respondió: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la Casa de mi Padre?”. O al estar en el templo de Jerusalén se indignó por la actividad de los cambistas y exclamó, citando a Isaías (56:7): “[…] Porque mi Casa será llamada Casa de oración [‫ ]בית תפילה‬para todos los pueblos”. “¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones!” (Lucas 19:46. Cfr. Mateo 21:13; Marcos 11:17; Juan 2:16). Y vociferó, citando el Salmo 69:10: “[…]

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el celo de tu casa me devora, y si te insultan sufro el insulto” (Cfr. Juan 2:17). Además, reprendió a escribas y fariseos: “[…] ¡Si uno jura por el Santuario, no es nada; más si jura por el oro del Santuario es deudor! ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el Santuario que consagra el oro? […] Quien jura por el Santuario, jura por él y por Aquel que lo habita” (Mateo 23:16-17, 21). En Isaías 28:16-17, Dios aparece como el arquitecto divino: “Así dice el Señor Yahvé: ‘He aquí que yo pongo por fundamento en Sion una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella no vacilará. Pondré la equidad como medida y la justicia como nivel’” (Cfr. Zacarías 12:3). Lo anterior guarda un sentido oculto. En comparación, Eliade (1958: 54) afirma que los objetos caídos del cielo, como los meteoritos, son venerados porque están envueltos de santidad. Asimismo, una piedra colocada por un ser celestial o un mediador entre el cielo y la tierra la convierte en sagrada. Del mismo modo, Jesús se manifestó como el arquitecto divino al preguntar a sus discípulos quién creían que era el Hijo del hombre. Ellos contestaron: “Unos, Juan el Bautista; otros Elías, Jeremías o alguno de los profetas”. No obstante, Pedro respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”; Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra [πέτϱᾳ] edificaré mi Iglesia […]” (Mateo 16:13-18). En Juan 1:42 se enfatiza con el cambio de nombre: “‘tú te llamarás Cefas [Κηφᾶς]’, que quiere decir: Piedra [Πέτϱος]”. Es de extrañar que le haya escogido como el pilar de su iglesia dado que era el discípulo más suspicaz de los doce, un pasaje en particular que narra su incredulidad fue cuando Pedro, al ver a Jesús caminar sobre las aguas, suplicó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas”. Él le dijo: “¡Ven!”, y éste descendió de la barca y caminó hacia Él, pero al ver la fuerza del viento, entró en pánico y comenzó a hundirse [como una piedra] y gritó: “¡Señor, sálvame!”. Él le tendió la mano y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mateo 14:28-31). Por otro lado, Jesús no solo es el arquitecto, sino la piedra cincelada. Al estar en el templo, cuestionó a los sacerdotes y ancianos si nunca habían leído: “La piedra que desecharon los constructores, se ha convertido en piedra angular [κεφαλήν γωνίας]; esto ha sido obra de Yahvé, nos ha parecido un milagro” (Salmo 118:22-23. Cfr. Mateo 21:42; Marcos 12:10-11). Y les advirtió: “Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere, le desmenuzará” (Mateo 21:44). Esto se equipara a la interpretación del sueño de Nabucodonosor: “[…] una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó los pies de hierro y barro de la estatua y los hizo pedazos. Entonces todo se hizo polvo […] Pero la piedra que había golpeado la estatua se convirtió en una gran montaña que lleno toda la tierra” (Daniel 2:34-35). Este sueño marca un paralelismo con la proclamación del Reino de los Cielos; en el que grandes imperios históricos, cuyas edades se simbolizan con el valor decreciente de metales, al final habrán de caer con el advenimiento de un reino (mesiánico) definitivo (nuevo y eterno) “que nunca será destruido, ni cederá su soberanía a otro pueblo. Que pulverizará y aniquilará a todos los otros reinos y subsistirá por siempre” (Daniel 2:44). Por su parte, al terminar de increpar a los escribas y fariseos, Jesús vociferó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas y no has querido! He aquí que vuestra casa os es dejada desierta” (Mateo 23:37-38). Bajo esta sentencia subyace su capacidad de destruir. En otro momento, se puso a maldecir a Corazín, Betsaida y Cafarnaúm ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían arrepentido, y llegado aquel día su castigo será peor que el de Tiro y Sidón o Sodoma (Lucas 10:13-15. Cfr. Mateo 11:20-24). Asimismo, al salir del templo sentenció su destrucción: “¿Veis todo esto? Yo os aseguro que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruida” (Mateo 24:2. Cfr. Marcos 13:1-2; Lucas 21:5-6). Al morir en la cruz, se dio una señal: “[…] el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron” (Mateo 27:51. Cfr. Marcos 15:38; Lucas 23:45). Esta ruina también la declaró contra sí mismo: “Destruid este santuario y en tres días lo edificaré” (Juan 2:19. Cfr. Mateo 26:61). Lo anterior hacía referencia al templo de su cuerpo el cual fue destruido por los hombres sin que tuvieran conciencia al ser escarnecido, azotado y clavado en la cruz; pero al resucitar al tercer día restauró su “santuario”.


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El discurso escatológico anuncia la ruina de Jerusalén (ciudad terrenal) para permitirá la restauración (αποκατάστασις) de la “nueva Jerusalén” (ciudad celestial) a manos del arquitecto divino que habrá de asentar la justicia y el derecho en una “piedra elegida”. Jesús encarna esta figura, cuyo cuerpo consagrado, inmolado y restaurado habrá de ser el nuevo “Santuario” para el culto espiritual; según Juan 14:2-3: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros”. Inclusive en Apocalipsis 21:22 se lee: “Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario”. 5. El Rey de los judíos y el Siervo de Dios La magnificencia de Cristo, se vaticinó con su anuncio del ángel de Dios a María: “Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:32-33). Asimismo, según la tradición del AT, el Mesías (‫ )משיח‬debía descender de la casa de David y nacer en Belén. En Miqueas 5:1-3 se lee: “En cuanto a ti, Belén Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel […] Pastoreará firme con la fuerza de Yahvé, la majestad del nombre de Yahvé su Dios. Vivirán bien, porque entonces él crecerá hasta los confines de la tierra” (Cfr. Mateo 2:6). La adoración de unos magos provenientes de Oriente al Rey de los judíos marca la epifanía (Mateo 2:1-2). Al encontrarse con el niño, se llenaron de gozo, se postraron y le adoraron ofreciendo presentes de oro, incienso y mirra (Mateo 2:11). Así se cumplían las profecías sobre el homenaje de las naciones al Dios de Israel; según el Salmo 72:11: “Todos los reyes se postrarán ante él; todas las naciones le servirán”; en Zacarías 14:9: “El Señor será el rey de toda la Tierra; en aquel tiempo el Señor será el único; ni habrá más nombre que el suyo”; en Isaías 49:23: “[…] con el rostro en la tierra se postrarán ante ti, y el polvo de tus pies lamerán. Entonces sabrás que Yo soy Yahvé […]”. Respecto a su mansedumbre a Dios, ésta se manifestó en la tercera de las tentaciones, cuando el diablo al llevar consigo a Jesús a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Él le respondió, citando Deuteronomio 6:13: “Apártate, Satanás, porque está escrito: A Yahvé tu Dios temerás, a él servirás y por su nombre jurarás”. Después de esto, el diablo finalmente desistió. Y entonces se acercaron unos ángeles y se pusieron a su servicio (Mateo 4:11. Cfr. Lucas 4:5-8). Diel (1994: 148-150) define la montaña elevada para ver todos los reinos del mundo y la promesa de poseerlos con ayuda del diablo como un exceso de la “elevación imaginativa” llevada al absurdo. Sin embargo, fue capaz de hacer a un lado toda clase de promesas banales, al vencer su propia vanidad recuperó sus fuerzas positivas (los ángeles) y aceptó primero la muerte del cuerpo que la muerte del alma. Esto significa el vaciamiento (κένωσις) de su voluntad al someterse a los designios de Dios, al grado de “circuncidarse el corazón” (Deuteronomio 10:12-16). En otras palabras, si la circuncisión de la carne del prepucio es el signo por excelencia de la pertenencia al pueblo de Yahvé (Génesis 17:10-11); la circuncisión del corazón es amar y abandonarse por completo a la voluntad de Dios. Inclusive en su agonía en el huerto de Getsemaní se mantuvo fiel: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42. Cfr. Mateo 26:39; Marcos 14:36). En cuanto al estricto cumplimiento de la voluntad, Jesús lo explicó con la parábola de los dos hijos, en que un padre le dijo a un hijo que fuera a trabajar en su viña. Éste respondió: “No quiero”, mas luego se arrepintió y fue. Le dijo lo mismo al otro hijo y éste respondió: “Voy, Señor”, pero no fue (Mateo 21:28-31). Por lo tanto, sentenció: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Asimismo, reprochaba la infidelidad a Dios, al afirmar: “Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y desdeñara al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón [riquezas]” (Lucas 16:13. Cfr. Mateo 6:24), como sucedió con el joven rico que preguntó qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le respondió que debía guardar

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los mandamientos; y éste contestó que todo aquello lo había hecho; pero Jesús señaló que le faltaba una cosa: que vendiera todo lo que poseía y diera ese dinero a los pobres, así tendría un tesoro en el cielo. Esta respuesta lo abatió y se marchó entristecido porque era muy rico. A esto, Él sentenció: “¡Hijos qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello [κάμηλος] pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Marcos 10:17-25. Cfr. Mateo 19:16-24; Lucas 18:18-25). Por otra parte, Jesús, a pesar de haber nacido rey, declaró: “[…] el Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mateo 20:28. Cfr. Marcos 10:45; Lucas 22:27). Inclusive increpó a sus discípulos con una pregunta retórica: “¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lucas 22:27). La misma idea se lee en Mateo 20:26-28: “Sabéis que los que son tenidos como reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su potestad. No ha de ser entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros debe ser vuestro siervo, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo” (Cfr. Marcos 10:4244; Lucas 22:24-27). Por lo tanto, reiteraba servir con humildad, tal como señala en la parábola de la elección de asientos (Lucas 14:8-9): Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú y, viniendo el que os invitó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste” y tengas que ir, avergonzado a sentarte en el último puesto. Al contrario, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa.

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O en la moraleja de la parábola del fariseo y el publicano: “Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado” (Lucas 14:11. Cfr. Lucas 18:14). O en la frase: “[…] los últimos serán primeros y los primeros, últimos” (Mateo 20:16; 19:30. Cfr.; Marcos 10:31; Lucas 13:30). De hecho, enfatizando la disposición de servir en todo momento, les preguntó de manera retórica: “¿Quién de vosotros que tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: “Pasa al momento y ponte a la mesa”? ¿No le dirá más bien: Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme y luego que yo haya comido y bebido comerás y beberás tú? ¿Acaso tiene que dar las gracias al siervo porque hizo lo que le mandaron? Pienso que no. Por lo tanto, concluyó diciendo: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os mandaron, decid: Siervos inútiles somos; porque solo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lucas 17:7-10). En cuanto hacer más allá de los deberes, lo ilustró con el pago de tributo de los didracmas, reservado solo a los extranjeros estando exentos los hijos. Pero para no ofenderles, mandó a Pedro a echar el anzuelo, y el primer pez que atrapara en la boca tendría un estatero, suficiente para pagar el tributo de ambos (Mateo 17:24-27). A pesar de su disposición de servir, su condición real permanecía subyacente, cuya autoridad se reveló en varias ocasiones. Una de éstas fue en las Bodas de Canaán cuando su madre [María] dijo a los sirvientes: “Haced todo lo que él os diga” (Juan 2:5). En otra, le fue presentado un paralítico, postrado en una camilla, a quien Jesús dijo: “Hombre, tus pecados te son perdonados”; escandalizando a escribas y fariseos, que se dijeron: “¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?”. Entonces les reprochó: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o: ‘Levántate y anda’?” Para manifestar su potestad de perdonar pecados lo hizo a través de un portento: ordenó al hombre que se levantara, y éste obedeció, al tomar su camilla e irse. (Lucas 5:18-25. Cfr. Mateo 9:2-7; Marcos 2:3-12). En otra ocasión, de manera indirecta su autoridad se ostentó al entrar en Cafarnaúm, cuando un centurión le rogó que curara a su criado: “Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles dolores”. Él de buena gana le dijo: “Yo iré a curarle”. Pero el centurión replicó: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta con tu palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy súbdito, tengo soldados a mis órdenes, y si digo a éste: “Vete” y va; y a otro: “Ven” y viene; y a mi siervo: “Haz esto” y lo hace”. Al oír esto Jesús se maravilló de este gentil y dijo a los que le seguían: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande […]”. Y dijo al centurión: “Anda que te suceda como


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has creído”. Y en aquella hora sanó el criado (Mateo 8:5-13. Cfr. Lucas 7:1-10). El centurión al no llamarle por su nombre ni decirle Nazareo, Maestro o Rabbí, sino Señor, y que no era digno de que entrara en su casa, pues el “poder mágico” de su palabra era suficiente para que sucediera el portento; por metonimia, al ser un romano, de manera implícita, demostraba que Roma reconocía la majestad de Jesús en el mundo. Además, era juez (‫)שופט‬, teniendo facultades de gobernante y jefe militar como los jueces del AT. Pero contrariamente no emitía juicios: “Vosotros juzgáis según la carne, pero yo no juzgo a nadie; y si juzgo, mi juicio es verdadero,12 porque no soy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre” (Juan 8:15-16). Exhortaba a la gente a no hacer juicios: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37. Cfr. Mateo 7:1); a menos que se juzgara para discernir entre lo justo e lo injusto: “¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, el juez te entregue ante el alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo” (Lucas 12:57-59). Sin embargo, era enfático en cumplir a cabalidad la ley: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolirlos, sino a darles cumplimiento” (Mateo 5:17). Y declaró: “Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mateo 5:20). De hecho, una vez, uno de los escribas le cuestionó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le respondió que dos, el primero: “El Señor [ὁ Κύϱιος], nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”; el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:29-31. Cfr. Mateo 22:36-40; Lucas 10:25-28). Y antes de ser entregado, les dio un nuevo mandamiento: “[…] Que os améis los unos a los otros, así como yo os he amado” (Juan 13:34), para llegar a ser verdaderamente discípulos suyos. En cambio, llegado aquel día, Jesús, como juez mesiánico, juzgará a vivos y muertos: “[…] el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mateo 16:27. Cfr. 2 Timoteo 4:1; Apocalipsis 20:12). Otra expresión de su boato ocurrió cuando Jesús entró en Jerusalén (‫)ירושלים‬, la “Ciudad de la Paz”, para que se cumpliera la profecía de Zacarías 9:9: “Que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un pollino, en una cría de asna” (Cfr. Isaías 62:11). Al entrar a la ciudad la gente extendió sus mantos y otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino y le gritaban: “¡Hosanna al Hijo de David!”; citando el Salmo 118:26: “¡Bendito el que entra en nombre de Yahvé! Os bendecimos desde la Casa de Yahvé” (Mateo 21:1-11. Cfr. Marcos 11:1-11; Lucas 19:28-38; Juan 12:12-16). Al entrar montado sobre un asno, en lugar de un caballo —asociado a la guerra—, se mostró como “rey de paz” y no un jefe militar, montado en un asno, un animal mansueto, que no solo enfatiza un carácter pacífico, sino por ser una bestia de carga se equipara a la función del Cordero de Dios. A pesar de ser un rey de paz traería la discordia al declarar: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mateo 10:34. Cfr. Lucas 12:51-53). Pero mientras era arrestado en el monte de los Olivos, contravino esta afirmación: “[…] porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52. Cfr. Apocalipsis 13:10). En esos momentos, vislumbró su omnipotencia como el Hijo de Dios cuando regañó a uno de los suyos por haber sacado una espada y herido al siervo del Sumo Sacerdote: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Asimismo, llegado aquel día, Jesús se presentará en la figura del Todopoderoso (παντοκϱάτωϱ), según Mateo 25:31-33: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. 12

Salvo en la ocasión en que afrentó a escribas y fariseos por su hipocresía y vacuidad (Mateo 23:13-36).

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Pero para ser “rey” —porque nació como tal— debía ser ungido. Dicha acción podría situarse en su estadía en Betania, al hallarse en la casa de Simón el leproso, cuando se acercó a Él una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume de nardo y lo derramó sobre su cabeza, valiéndole críticas por parte de algunos, mas Él les reprendió, pues ella obró bien al haberse anticipado al embalsamamiento de su cuerpo para la sepultura (Marcos 14:3-9. Cfr. Mateo 26:6-13; Juan 12:1-8). Esto podría considerarse una unción para su posterior “consagración real”. Situación semejante a la relatada en el libro I de Samuel (16:1-13), cuando Yahvé envió a Samuel a Belén para encontrarse con Jesé, pues había visto entre sus hijos un rey para Israel, y eligiendo a David, dijo Yahvé: “‘Levántate y úngelo, porque éste es’. Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el Espíritu de Yahvé”. Desde el momento en que el elegido recibía la unción, el Espíritu de Yahvé descendía sobre él, señal de haber sido consagrado. Sin embargo, tras “ser ungido” por la mujer no aconteció nada, indicando que su acción solo objetivó su consagración previa, ocurrida al ser bautizado, cuya presencia de Dios se manifestó en forma de paloma, y abriéndose los cielos una voz celestial exclamó: “Tú eres mi hijo, Yo hoy te he engendrado” (Lucas 3:21-22. Cfr. Salmo 2:7; Mateo 3:16-17; Marcos 1:10-11; Juan 1:32-34). Ésta fue una de las dos máximas revelaciones como el Siervo de Dios (‫)משרתו של האל‬. De acuerdo a Isaías (42:1-2): “He aquí mi Siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él para que dicte la ley a las naciones” (Cfr. Mateo 12:18). Asimismo, al volver a Nazaret, estando en la sinagoga, leyó una profecía de Isaías (61:1-2. Cfr. Lucas 4:18-19): “El Espíritu de Yahvé reposa sobre mí, por cuanto me ha ungido. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones quebrantados; a proclamar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia de Yahvé, día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran”. Vinculada a la unción estaba su “coronación” como rey, realizada por los soldados romanos que le llevaron al pretorio reuniendo una cohorte. Ahí, le desnudaron y le echaron una capa roja —en alusión del manto púrpura real—; le ciñeron una corona de espinas y en la mano derecha una caña como cetro. Haciendo una genuflexión delante de Jesús, se burlaban diciéndole: “¡Salve, Rey de los judíos!”, le escupían y le golpeaban en la cabeza con la caña (Mateo 27:27-30. Cfr. Marcos 15:16-19; Juan 19:23). En Lucas 23:8-11 no hay referencia del escarnio de los soldados; pero sí del de Herodes, quien, junto con su guardia, le puso ropas suntuosas en señal de vilipendio. En ambos casos, si bien fue escarnecido, en términos simbólicos le reconocieron como un rey. A su vez, Pilato no pudo reconocerle como rey mesiánico cuando le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos [ὁ Βασιλεὺς τῶν Ἰουδαίων]?”, Jesús le respondió: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos […]”. Entonces Pilato le cuestionó: “¿Luego tú eres rey?”. Él le contestó: “Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo […]” (Juan 18:29-37. Cfr. Mateo 27:11; Marcos 15:2; Lucas 23:3). En cambio, el “buen ladrón” sí le reconoció cuando le dijo: “[…] acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, a lo que Él respondió: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23:42-43). Al no poder librarse de condenarlo a muerte Pilato dijo a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey […] ¿A vuestro rey voy a crucificar?”; a lo que respondieron: “No tenemos más rey que el César” (Juan 19:14-15). Enfatizo que los sacerdotes le culparon de haberse autoproclamado “rey”; cuando el injurio era haberse autoproclamado el “mesías” anunciado por los profetas e “Hijo de Dios”. Y en su desespero Pilato le preguntó: “¿No sabes que tengo la potestad para soltarte o crucificarte?”. Jesús le respondió: “No tendrías potestad alguna sobre mí, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti, mayor pecado tiene” (Juan 19:10-11), dando a entender que Él ostenta un poder celestial que está por encima del poder terrenal (de Roma). Inclusive después de estregarlo para que fuera crucificado, Pilato, no reconoció su potestad cuando mandó escribir la inscripción de la causa de su condena: “Jesús Nazareno Rey de los judíos” en hebreo, latín y griego colocada sobre la cruz para que todos pudieran leerla (Juan 19:19. Cfr. Mateo 27:37; Marcos 15:26; Lucas 23:38). Hecho que evidenciaron los sumos sacerdotes al recriminarle: “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Este ha


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dicho: Yo soy Rey de los judíos’” (Juan 19:21). La corrección en tono de burla, manifestaba de manera velada el reconocimiento a su majestad divina. Por otro lado, en su inscripción, la advocación de Rey se reconocía como el Ungido del Señor (ὁ Χϱιστός Κυϱίου) (Lucas 2:26); y en el apelativo nazoreo su sometimiento a Dios, revelándose por segunda vez como el Siervo, y con ello consumar su consagración definitiva, al declarar antes de morir: “Todo está cumplido” (Juan 19:30). 6. El jornalero y el Señor misericordioso Durante su ministerio, Jesús distinguía dos tipos de trabajo: uno renumerado para ganarse la vida; y otro sin paga para ganarse la vida eterna, lo cual no significa que uno esté separado del otro. Esto se explica cuando los fariseos, con la intención de sorprenderle en alguna palabra, le preguntaron: “¿Es lícito pagar tributo al César o no?”. Él, conociendo su malicia, exclamó: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo”. Ellos le presentaron un denario, a lo que Él les preguntó: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?”. Respondieron: “Del César”. Entonces les dijo: “Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:16-21. Cfr. Marcos 12:14-17; Lucas 20:21-25). Es decir, las obligaciones de este mundo no son un pretexto para no hacer las cosas de Dios. Por lo tanto, les exhortaba a que no se preocuparan por su vida o con qué vestirían su cuerpo, ni se inquirieran: ¿qué habrían de comer o beber?, pues Dios proveerá, porque sabe que los hombres tienen necesidades. En cambio, les ordenó que buscaran primero el Reino de los Cielos y su justicia; y todas esas cosas se les serían dadas por añadidura; que no se preocuparan del mañana, porque cada día tiene bastante con su propio mal (Mateo 6:25-34. Cfr. Lucas 12:22-31). Ni imitaran los actos de los fariseos: “Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” (Mateo 23:3-4. Cfr. Lucas 11:46). En este sentido, Jesús se distinguía de los fariseos, quienes actuaban como policías (‫ )שוטדים‬por el celo de la observancia de la ley mosaica, al haber descuidado lo más importante de la Ley que es la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23:23). En cuanto al trabajo remunerado, éste incentiva a hacer las cosas dado que hay un salario de por medio, exceptuando al siervo o al esclavo quienes están obligados a hacerlas, pero de ninguna manera serán hechas de buena voluntad, como se observa en la parábola de los labradores: cuando un dueño salió a primera hora a contratar jornaleros, y habiendo acordado con ellos en un denario al día, los envío a su viña. Salió luego hacia la hora tercia, sexta, nona y undécima. Al atardecer, el dueño hizo llamar a los jornaleros para pagarles, empezando por los últimos, quienes cobraron un denario cada uno y al pasar los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos cobraron un denario cada uno. Esto les pareció injusto. Entonces el dueño contestó a cada uno: “Amigo no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Deseo dar lo mismo a todos. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?” (Mateo 20:1-16). Asimismo, en la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30) un señor dejó su hacienda encargada a sus siervos en su ausencia. Al cabo de mucho tiempo regresó para ajustar cuentas con ellos. Dos de ellos recibieron lo suyo tras haber entregado lo que les fue encomendado con ganancias, pero el tercero entregó tal cual lo que había recibido. Debido a esto, el señor pronunció: “Porque todo aquel que tiene, le será dado y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Mateo 25:29). Es decir, el trabajo como metáfora representa a quien se esfuerza tanto como un jornalero per sin esperar recibir paga alguna al hacer una buena obra, inclusive a sus enemigos, y llegado aquel día recibirá su paga correspondiente de acuerdo al “fruto de su trabajo”. Lo anterior contrasta con el óbolo de la viuda, la acción de buena voluntad que realizó al haber echado en el arca del Tesoro las dos moneditas, a diferencia de los ricos que echaban fuertes cantidades. Por lo que Jesús expresó: “Os digo en verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza, echó todo cuanto poseía, todo lo que tenía para su sustento” (Marcos 12:41-44. Cfr. Lucas 21:1-4). Por lo tanto, prescribía: “No

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os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde la polilla ni el orín corrompen, ni donde los ladrones minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:19-21. Cfr. Lucas 12:33-34). Es por ello que hacer el bien no es un trabajo fácil, pues: “[…] si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?” (Mateo 5:46-47. Cfr. Lucas 6:32-34). Máxime exigía realizar acciones (casi) imposibles de cumplir: “Amad a los enemigos, bendecid a quienes os maldicen, haced el bien a quienes os aborrezcan, y orar por quienes os ultrajen y os persiga” (Mateo 5:44. Cfr. Lucas 6:35). Además, insistía en el perdón de corazón, la conciliación y el arrepentimiento como vías para evitar el castigo eterno. Esto lo expresó en la parábola del siervo sin entrañas (Mateo 18:23-35), se narra que un siervo que debía diez mil talentos fue llamado para ajustar cuentas, y al no tener forma de pagarle, su señor ordenó que fuese vendido él, su mujer, sus hijos y cuanto poseía para saldar la deuda. Entonces el siervo se echó a sus pies y le rogó que tuviera paciencia. Su señor movido a compasión le perdonó su deuda. Sin embargo, al toparse con uno de sus congéneres que le debía cien denarios le exigió que le pagara, y éste le suplicó que le tuviera paciencia pero él no quiso y le envió a la cárcel. Esto llegó a oídos de su señor y encolerizado por no perdonarle la deuda de su compañero, le entregó a sus verdugos hasta que pagase todo lo que debía. En esto, cobra sentido la pregunta de Pedro: “Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano que ha pecado contra mí? ¿Hasta siete?”; y Él le respondió: “No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22). En otra ocasión, mientras comía en la casa de un fariseo llamado Simón, una mujer se acercó a Jesús postrándose a sus pies y comenzó a llorar, con sus lágrimas mojaba sus pies y con sus cabellos los enjugaba, a la vez que los ungía en perfume, lo cual el fariseo no vio con buenos ojos porque era una pecadora”. Al percatarse de esto, Jesús le dijo: “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos”. Por lo que le preguntó: “¿Quién de ellos le amará más?”. Y Simón respondió: “Pienso que aquél a quien perdonó más”, por lo que le dijo: “Has juzgado bien”. De inmediato se volvió hacia la mujer reiterando ante los presentes lo que había hecho por Él, por lo que dijo: “[…] sus muchos pecados son perdonados porque amó mucho; mas al que perdona poco, poco ama”. Al final dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”; “Tu fe te ha salvado. Vete en paz” (Lucas 7:36-50). A la par, pedía tener compasión: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6:36); semejante a: “[…] yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Yahvé, no holocaustos” (Oseas 6:6. Cfr.Mateo 9:13; 12:7). Esto se expresaba en dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; hospedar al forastero; vestir al desnudo; cuidar al enfermo; y visitar al preso (Mateo 25:35-36. Cfr. Isaías 58:6-8); poniendo especial atención a los pobres, pues: “[…] siempre los tendréis con vosotros, y podréis ayudarlos cuando queráis; pero a mí no me vais a tener siempre” (Marcos 14:7. Cfr. Mateo 26:11; Juan 12:8). O en la parábola de la elección de invitados a un banquete, pedía que los comensales no fueran parientes, amigos o vecinos ricos, sino a pobres, cojos, ciegos o lisiados (Lucas 14:12-14); es decir, personas que no pudieran retribuirle y así su recompensa sería grande. Así, tener compasión con el prójimo se expresó en la parábola del buen samaritano, cuya moraleja se resolvió con la pregunta hecha al doctor de la ley: “¿Quién […] fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones?”. Él respondió: “El que practicó la misericordia con él”. Entonces Jesús le ordenó: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:29-37); de acuerdo a la máxima: “[…] todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas” (Mateo 7:12. Cfr. Lucas 6:31). De este modo, los hombres serán perfectos, como el Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:48). De hecho, Él simboliza la máxima expresión de perdón, al proferir mientras estaba clavado en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Pedía que fueran perdonados por crucificar al hombre, aunque en realidad estaban profanando al Hijo de Dios, porque desconocían su misteriosa naturaleza.


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Respecto al ámbito del trabajo arduo, Jesús sentenció: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” (Juan 5:17), asumiéndose como el “siervo que no descansa”, ni tampoco su Padre descansa porque es eterno. Asimismo, la exigencia de trabajar sin descanso la hizo evidente al curar a la gente, inclusive durante el día de reposo, quebrantando la ley mosaica (Cfr. Éxodo 20:8-12). Verbi gratia, cuando curó a un hombre hidrópico mientras comía con uno de los fariseos (Lucas 14:1-6); o al entrar en una sinagoga, se encontró allí un hombre que tenía la mano paralizada (Mateo 12:9-13. Cfr. Marcos 3:1-4; Lucas 6:6-10); y en otra a una mujer enferma desde hacía dieciocho años por un espíritu y que no podía enderezarse (Lucas 13:10-17). En cada caso, antes de sanarles, preguntó a los judíos si era lícito, en el día de reposo, hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla. Aunque he de resaltar que el verdadero trabajo era realizado por los creyentes, para ser salvados por su fe, como la del centurión que rogó por su criado (Lucas 7:1-10. Cfr. Mateo 8:5-13); la cananea que suplicó por su hija (Mateo 15:21-28. Cfr. Marcos 7:24-30); o la mujer que padecía flujo de sangre (Marcos 5:25-34. Cfr. Mateo 9:20-22; Lucas 8:43-48). Por ello les recriminaba su hipocresía al desatar en sábado a su buey o asno para que bebiera (Lucas 13:15); o de bajar a rescatar una oveja que hubiera caído en una fosa, porque: “¿cuánto más vale un hombre que una oveja?” (Mateo 12:11-12). Por lo tanto, es lícito hacer el bien en el día de descanso obligatorio: “Porque el Hijo del hombre es Señor del día de reposo” (Mateo 12:8); ligándose al “rey de paz”, al declarar: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mateo 11:28-30). 7. El Redentor y el esclavo El tema de la liberación del cautiverio muestra varios paralelismos con Moisés. De hecho, es el héroe del AT con quien tiene mayor similitud. Una de ellas es la muerte de inocentes, En la historia de Moisés, el nuevo rey de Egipto ordenó a las comadronas que mataran a todo varón nacido de hebrea; pero éstas temerosas de Dios dejaban con vida a los niños; por lo que el faraón ordenó a su pueblo: “A todo niño recién nacido arrojadlo al Río; pero a las niñas, dejadlas con vida” (Éxodo 1:15-22). Para evitar la muerte de Moisés, su madre le colocó dentro de una cesta a orillas del Nilo, la cual fue encontrada por la hija del faraón, al abrirla vio le vio y se compadeció; por lo tanto llamó a una nodriza, que resultó ser su propia madre, para criarlo y cuando creció la hija del faraón lo adoptó (Éxodo 2:1-9). De modo que al ser adoptado por ésta le convirtió también en hijo del faraón a pesar de ser hijo de esclavos hebreos (Éxodo 2:10). En Mateo 2:16 se relata que: “Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo […]”.13 Jesús, junto con su madre María y José huyeron a Egipto, hecho que dio cumplimiento a la profecía: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mateo 2:15. Cfr. Éxodo 4:22; Oseas 11:1). Después de la muerte de Herodes, un ángel de Dios se apareció en sueños a José y le ordenó regresar a la tierra de Israel, pero al ver que Arquelao reinaba en Judea, tuvo miedo y se establecieron en la región de Galilea, en Nazaret (Mateo 2:19-23).14 Asimismo, ambos héroes salieron del agua en distintos contextos: Moisés, cuyo nombre significa: “Del agua lo he sacado” fue rescatado del Nilo (Éxodo 1:10); Jesús recibió el Espíritu Santo tras emerger de las aguas bautismales. En cierta ocasión, al discutir Jesús con los judíos sobre la libertad, les dijo: “Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Al no comprender sus palabras, le refutaron: “Nosotros somos descendencia de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?” Él les respondió: “todo el que comete pecado es 13

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Al final de los tiempos el mesías correrá la misma suerte cuando un dragón, con siete cabezas y diez cuernos, se detenga frente a una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas, esté encinta y gritando con dolores de parto para devorar a su hijo varón (Apocalipsis 12:1-4). El hecho de haber nacido en Belén, regresar de Egipto y establecerse en Nazaret, marca una redundancia en torno al mesías prometido, al aglutinar las figuras del rey, el libertador y el nazireo.

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esclavo del pecado” (Juan 8:31-36). Su encomienda de liberar a los hombres del cautiverio del pecado, emulaba a la de Moisés de liberar al pueblo de Israel del cautiverio de Egipto. No obstante, la liberación definitiva ocurriría con su muerte. Para que esto sucediera era ineludible apresarle y sentenciarlo a morir crucificado. Pero esto no habría sido posible si Judas Iscariote no se hubiera reunido en secreto con los sacerdotes para acordar la entrega de su maestro a cambio de treinta monedas de plata (Mateo 26:1416. Cfr. Marcos 14:10-11; Lucas 22:3-6), cuya cantidad era el precio de un esclavo. Esta escena es comparable a lo narrado en Zacarías 11:12: “‘Si os parece bien, dadme mi jornal; si no dejadlo’. Ellos pesaron mi jornal: treinta siclos de plata” (Cfr. Éxodo 21:32;). Al pagar los dirigentes una cantidad irrisoria al profeta, quien simboliza a Yahvé, mostraron una mofa a Yahvé. Asimismo, los sacerdotes se burlaron de la divinidad de Jesús al pagar ese monto, cuya figura se reiteraría al ser azotado, marcando su cuerpo como un esclavo. Estando Jesús con sus discípulos en el huerto de Getsemaní, Judas se acercó a Él y le besó, a lo que dijo: “¡Judas, con un beso [φίλημα] entregas al Hijo del hombre!” (Lucas 22:48. Cfr. Mateo 26:49; Marcos 14:45). Y agregó: “¿Cómo contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos?” (Mateo 26:55. Cfr. Marcos 14:48; Lucas 22:52). Pero quienes lo apresaron le preguntaron si era Jesús el Nazoreo, a lo que respondió: “Yo soy”; de inmediato retrocedieron y cayeron con la cara al suelo (Juan 18:4-8) —en alusión a su naturaleza divina. Más tarde fue llevado a juicio ante el Sanedrín, cuyos miembros le interrogaban para encontrar falso testimonio contra Él con el ánimo de darle muerte; hasta que Caifás, el Sumo Sacerdote, le preguntó: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”; Jesús le respondió: “Sí, Yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes”. Al escuchar esto, Caifás rasgó sus vestiduras en señal de desaprobación (luto), y dijo: “¿Qué necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia”. A lo que todos respondieron: “Es reo de muerte” (Marcos 14:61-64. Cfr. Mateo 26:57-66; Lucas 22:6671). Esta forma de proceder ante el justo se expresa en Sabiduría 2:13-20: Presume de conocer a Dios y se presenta como hijo del Señor. Es un reproche contra nuestras convicciones y su sola presencia nos resulta insoportable, pues lleva una vida distinta a los demás y va por caminos diferentes. Nos considera moneda falsa y nos evita como a apestados; celebra el destino de los justos y presume que Dios es su padre. Ya veremos si lleva razón, comprobando cuál es su desenlace: pues si el justo es hijo de Dios, él lo rescatará y lo librará del poder de sus adversarios. Lo someteremos a humillaciones y torturas para conocer su temple y comprobar su entereza. Lo condenaremos a una muerte humillante, pues, según dice, Dios lo protegerá.

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Anteriormente, Caifás había declarado: “conviene que muera un solo hombre por pueblo y no perezca toda la nación” (Juan 11:50). Sin embargo, al no permitírseles ajusticiar a nadie, Jesús fue llevado ante Pilato quien le interrogó; pero al no encontrar culpa en Él, evitaba dictar sentencia contra quien consideraba inocente. He aquí una paradoja a resolver: ¿cómo condenar a un inocente que a la vez estaba destinado a morir ajusticiado? En este sentido, Barrabás es quien resuelve la aporía al ser “otro gemelo” de Jesús. Una semejanza entre ellos fue su encarcelamiento. Hay discrepancia entre los evangelistas sobre la condición de este último. En Mateo 27:16 aparece como un preso famoso; en Marcos 15:7 y Lucas 23:19 como un asesino; y en Juan 18:40 como un salteador. Pero cualquiera que fuese el motivo de su aprehensión, era merecedor de morir crucificado. ¿Pero quién era Barrabás? A saber, el nombre arameo ‫אבא‬-‫ בר‬significa hijo del padre. Por su parte, Olivares (2020: 816-817) identifica que Barrabás es nombrado Ἰησοῦν τὸν Βαϱαββᾶν (Jesús Barrabás) en el Códice Vaticano —a diferencia de Mateo 27:17. De modo que este nombre podría traducirse como Jesús el hijo del Padre (celestial); es decir, el Hijo de Dios. A su vez, Jesús empleaba la palabra Abbá (‫ )אבא‬para nombrar a Dios con familiaridad —tal como lo haría un hijo con su padre. Esto lo reveló en varias ocasiones: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; mas no sea lo que yo quiero, sino lo que tú” (Marcos 14:36); “Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace […]” (Juan 5:20); “Mi copa, si la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre” (Mateo 20:23); “Ahora voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre […]” (Lucas 24:49).


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Cuando Jesús fue llevado ante Pilato, y éste al no hallar motivos para condenarle; recordó entonces que, según la costumbre, en cada Fiesta, podía otorgarse la libertad a un reo que el pueblo deseara, por lo que preguntó a los judíos: “¿A quién queréis que suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?”15 (Mateo 27:15, 17. Cfr. Marcos 15:9; Juan 18:39). La gente, incitada por los sacerdotes del templo, pedía la liberación de Barrabás, y que Jesús fuera crucificado. Sorprendido por su respuesta, volvió a preguntar: “Pero, ¿qué mal ha hecho? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte […]” (Lucas 23:22. Cfr. Marcos 15:14). No obstante, fue tal su insistencia que Pilato no tuvo más remedio que soltar a Barrabás (Marcos 15:15. Cfr. Mateo 27:26; Lucas 23:24-25; Juan 18:39-40). Entonces, Pilato, con tal de tener algún argumento a favor para liberar a Jesús, le preguntó: “¿De dónde eres tú?”; con esta pregunta no buscaba saber de qué región provenía, sino desvelar su misterioso origen (Juan 19:9). Caso contrario en Lucas 23:6-7, cuando Pilato preguntó si era galileo para enviarlo con Herodes. Al ver que nada pudo hacer para evitar su condena, se vio obligado a sentenciarlo a morir en la cruz por sedición, para que se cumpliera lo escrito: “Ha sido contado entre los malhechores” (Lucas 22:37. Cfr. Isaías 53:12). Para limpiarse de toda culpa, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente y dijo: “Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis”; y la gente le respondió: “¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mateo 27:24-25). Una mención similar aparece en el libro II de Samuel (1:16), cuando David sentenció: “Tu sangre sobre tu cabeza”; estas palabras dichas al ejecutado evitaban que la sangre derramada clamara venganza, pues su ejecución había sido justa. Asimismo, los judíos aceptaron la total responsabilidad de derramar la sangre inocente de un condenado a muerte. La decisión de liberar a uno de los reos y condenar a otro adquiere otro sentido si se considera sus nombres y no su culpabilidad. Es decir, en términos simbólicos, la elección entre (Jesús) Barrabás y Jesús el Nazireo no era entre un criminal y un inocente, sino entre Jesús “el Hijo del Padre” —entendido como el Hijo de Dios— y Jesús “el Hijo del hombre”, el consagrado para el holocausto. De modo que al pedir los judíos la liberación de un criminal cautivo que merecía la muerte, y la condena de un reo inocente —cuyo destino de morir en la cruz logró la redención (ἀπολύτϱοσις) de los hombres—, paradójicamente evitaron atentar contra el Espíritu al pedir la condena de un hombre de carne y hueso. Esto concuerda con lo dicho en Mateo 12:31-32: “[…] Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará en este mundo ni en el otro” (Cfr. Marcos 3:28-29; Lucas 12:10; Levítico 24:10-23). 8. Epístola sobre lo absurdo de lo sagrado La frase: “prorsus est credibile, quia ineptum est”, en la obra De Carne Christi de Quintus Septimius Florens Tertullianus (Tertuliano), engloba la vorágine de sentidos que subyacen en las figuras y que confluyen en la persona de Jesús. Bajo esta premisa, Leach (1978: 95) asevera que la “incoherencia” de lo sagrado no puede estudiarse bajo los postulados de la lógica aristotélica, sino de la mito-lógica (la no-lógica). Como expuse desde el inicio, las figuras metafóricas forman relaciones opuestas, contradictorias, bajo la antonimia, complementarias y procesuales, y junto con la sinonimia y la homonimia producen relaciones más complejas y redundantes; en lo que Ricœur (2011:77) define como una red de metáforas de raíz, en la que continuamente se reúnen y se dispersan. Además, cuando una metáfora es tomada y aceptada por una comunidad lingüística, tiende a confundirse con una extensión polisémica de las palabras. Primero se convierte en una metáfora trivial, después en una metáfora muerta. En contraste, los símbolos, debido a que tienen sus raíces en las constelaciones permanentes de la vida, el sentimiento y el universo, y una estabilidad increíble, nos llevan a pensar que no mueren nunca que solo se transforman. Los símbolos deben ser metáforas muertas (Ricœur 2011: 77). 15

Puesto que ambos personajes se llaman Jesús, Olivares (2020: 819) se percata que en Mateo 27:15 Pilato nombra al nazoreo “el Cristo”. En cambio, en Marcos 15:9 y Juan 18:39 se refiere a Él como “el Rey de los judíos”. En cualquier caso, ambos nombres se emplearon antes de la “coronación” y se vinculaban a la misma figura: “El Siervo de Dios”.

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Es decir, las distintas figuras que se encuentran a lo largo de los evangelios, aunque varias de ellas ocultas, equivaldrían a las metáforas muertas; pero al ponerlas en operación, al relacionarlas, éstas cobrarán vida, llamándose unas a otras continuamente para evocar una red. En contraparte, para que el lector alcance a vislumbrar lo complejo que puede llegar a ser el análisis si se optara por un modelo “rígido”, he interrelacionado cuatro figuras entre sí. En primera instancia, la Última Cena es la intersección entre el taumaturgo y el banquete nupcial, en la que Cristo ofrece en el pan y el vino su carne y su sangre; la reconstrucción del templo de su cuerpo después de ser destruido es la del taumaturgo con el arquitecto; en que ambos eventos son posibles a través de portentos. O las Bodas de Cordero es la intersección entre el esposo fiel y el banquete. Pero la del esposo con el arquitecto no ofrece un resultado. En cambio, las Bodas de Canaán es intersección entre el esposo, el banquete y el taumaturgo, en que el invitado convierte el agua en vino y contrae nupcias el enigmático novio. En cambio, en la otra surge la misteriosa Morada, aunque su inclusión es un poco forzada. Y la intersección de todas ellas desemboca en Jesús.

Esposo fiel Bodas del Cordero Banquete nupcial

Bodas de Canaán

Jesús

Morada enigmática

Arquitecto divino

Reconstruir el templo

Última Cena Taumaturgo

Figura 3. Intersección de figuras metafóricas.

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El problema de este modelo “estático” es que solo permite una posición sin la posibilidad de cambio, pues si recolocara o cambiara una figura por otra, toda la estructura se vendría abajo, sin mencionar lo ininteligible que sería si incluyera absolutamente todas las figuras. Para sortear este inconveniente, opté por una estructura “plástica” o, como la define Ricœur (1982: 345), una estructura de incrustación de una narración dentro de otra que articula las metáforas y cuyo efecto es doble: 1) La narración incrustada toma prestada la estructura de interpretación de la narración englobante, permitiendo metaforizar el sentido. 2) El intérprete es reinterpretado por el contragolpe de la narración metaforizada. Dicho en otras palabras, parto de que todas las figuras metafóricas se interrelacionan en un sinfín de posibilidades, cuya redundancia contribuye al “excedente de sentido”. Aunque para hacer mi lectura inteligible agrupé algunas de éstas en un mismo campo semántico, como lo es cada uno de los apartados. Para justificar mi argumento, he agrupado distintas unidades constitutivas del mito, pertenecientes a otros campos, para conformar este último apartado, lo cual no significa que sea el único lugar en el que puedan estar, sino que por el momento deseo formar determinadas relaciones para generar una lectura. Además, cierro parcialmente este escrito como un interludio, dado que hay elementos que no expliqué, pero esto lo he hecho adrede para tener un desenlace al final de todo el estudio; pues si bien los dos artículos que lo componen son independientes entre sí, de alguna forma aluden a Mythologiques pero sin llegar a ser una calca de esta obra, sino que al interrelacionarlas genere controversia al ser leídas y (re)interpretadas por cada lector. Al inicio de este trabajo presenté las distintas figuras con una relación en particular, aunque ésta no es la única, sino una de tantas que al ir floreciendo se complejizan. Verbo gratia, bajo el concepto de castidad se da una relación de sinonimia entre tres figuras: el célibe, el desposado y el eunuco. El célibe no vive en amasiato a pesar de cohabitar con mujeres; el desposado se mantiene casto aun teniendo cónyuge; y el eunuco se ha imposibilitado espiritualmente para tener relaciones sexuales. Además, estas relaciones son asimétricas: el célibe y el desposado existen dentro de la posibilidad del matrimonio y


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el eunuco en la imposibilidad. El célibe aún no pasa por el proceso del matrimonio para volver marido, a pesar de poder hacerlo; y el desposado se mantiene fiel a su mujer adúltera a quien no repudia (Véase Mateo 5:31-32). No debe olvidarse que la castidad o abstinencia sexual se contrapone al desenfreno sexual (Leach, 1978: 101-102). En concordancia, Bettelheim (2004: 195) distingue, con otras palabras, la potencia sexual del autocontrol sexual, pues el primero está íntimamente relacionado con la potestad de los dioses y el segundo ayuda a que no se pierda ese poder. Aunado a la castidad está la fidelidad, si bien ambos conceptos no son sinónimos, se oponen por igual en una relación de antonimia a la promiscuidad de la samaritana, quien tuvo cinco maridos y se amancebó con un hombre; al adulterio de la mujer a punto de ser lapidada; y a la prostitución, aunque no existe mención alguna en los evangelios de una relación en concreto con una prostituta; no así en el AT, cuando Oseas contrajo nupcias con una. En este caso se da una relación de homonimia. Y el punto en común de las tres mujeres es su comportamiento, pues no existe en ninguna la fidelidad. En el caso de la piedra angular y el arquitecto divino comparten una relación complementaria dado que la piedra es una metonimia del arquitecto, y a la vez es una metáfora (imago Christi), por lo que no existe una única relación. Verbi gratia, al considerar a Juan que exhortaba a dar fruto de conversión a los doctores de la ley, les recriminaba a no limitarse a decir: “‘Tenemos por padre a Abrahán’; porque os digo que de estas piedras Dios puede suscitar hijos a Abrahán” (Mateo 3:9. Cfr. Lucas 3:8). Es decir, las piedras de las que pueden nacer hombres, como una nueva estirpe, gracias al poder de Dios, se equiparaba al barro con el que Yahvé creó a Adán y Eva; quien a su vez es capaz de exterminar a los hombres, inclusive al pueblo elegido, y crear una nueva estirpe, como en la ocasión en que Yahvé, producto del furor contra los israelitas por haber fundido un becerro, dijo a Moisés: “Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo” (Éxodo 32:10). Por otro lado, la piedra contiene la ley: “Después de hablar [Yahvé] con Moisés en el monte Sinaí, le dio las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios” (Éxodo 31:18); y “Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas” (Éxodo 32:16). Sin embargo, Moisés las rompió al bajar del monte Sinaí al ver la idolatría de Israel. Por tal motivo, Yahvé ordenó a Moisés tallar dos tablas de piedra como las primeras para que Dios escribiera en ellas (Éxodo 34:1-5). Por otro lado, las Tablas de la Ley se equiparan a la piedra angular, pues al ser labrada se transforma de un objeto de la naturaleza a uno de la cultura, sirviendo de guía para la buena cimentación. Es decir, Jesús, como juez, ha dado la nueva ley y es el ejemplo a seguir, al mostrar el camino. Es por ello, quien no cumpla sus preceptos será como el “mal constructor”. Además cumple una doble función, pues al igual que una piedra arrojada a una estatua con los pies de barro de la romperá, del mismo modo despedazará a quien cayera sobre ella. Por otro lado, aniquilará a quien le cayera encima, o mejor dicho será destruido por el fuego de la Gehenna. Jesús Juan Agua Restauración

Fuego Purificación Destrucción

Transformación

Proceso

Cuadro 2. Relación tripartita.

A falta de exponer las restantes figuras y relaciones asimétricas entre ambos héroes, reafirmo de manera parcial, que Juan —el más significativo de los “tres gemelos”—, en distintos momentos, es su igual, su contrario, y su complementario. A su vez Jesús, en sus distintas advocaciones, concentra las relaciones identificadas con anterioridad, las cuales se complejizan conforme se interrelacionan entre sí; mismas que adquieren mayor sentido al interactuar, en este caso, con Juan.

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En una de las primeras premisas, señalé que el Bautista posee un vínculo con el agua y Cristo con el agua y el fuego, gracias a su condición anfibológica. Ambas sustancias, metafóricamente hablando, poseen tres cualidades, de las cuales comparten dos: purificar y destruir, produciéndose una relación tripartita de sinonimia entre ellas. Juan purificaba a través del bautismo. Jesús en la figura del Cordero de Dios. Sin embargo, otras figuras, en ciertos momentos, también lo hacen. Verbi gratia, el arquitecto divino que purificó el Templo al expulsar a los cambistas; el Rey de los judíos con potestad de perdonar pecados; el Siervo de Dios que lavó los pies de sus discípulos. En cuanto a su capacidad de destruir, ambos llaman al arrepentimiento, aunque Jesús exhortaba al perdón y a la misericordia hacia el prójimo para dejar atrás (destruir) una vida en pecado y estar presto a una vida nueva. Respecto a la tercera cualidad, Juan restaura después de bautizar a los hombres para que renacieran como nuevos seres, prestos a escuchar la buena nueva. Aunque también tuvo la encomienda de “allanar y rectificar los caminos del Señor” (Cfr. Malaquías 3:1; Isaías 40:3-5; Mateo 3:3; 11:10; Marcos 1:23), En Jesús se manifestó en su inmersión en las aguas bautismales que simbolizaban tanto la muerte como el renacimiento (Eliade, 2014: 97). Pero existen otras figuras con la misma función; verbi gratia, el esposo encargado de restaurar la alianza con su mujer adúltera; el arquitecto el Templo de su cuerpo; el dador de vida en la Última Cena al derramar su sangre para el perdón de los pecados (Mateo 26:2628. Cfr. Marcos 14:22-24; Lucas 22:19-20). La cualidad de Jesús de transformar se dio a través de un proceso: primero restauró su cuerpo al ser bautizado, como una primera muerte; y purificó sus pecados con antelación, al transgredir de manera constante la Ley durante su ministerio. Y en el desierto fue puesto a prueba en tres ocasiones por el diablo. Cumplido todo lo anterior, pudo presentarse como la Luz del mundo —por su relación con el fuego— al tener la facultad transitar de un estado a otro; como también la tiene la puerta de las ovejas, el dador de vida y el redentor. Por contradictorio que parezca, Juan, a pesar de su condición cuasisalvaje, también realizó un trabajo, aunque no estuviera unido al fuego transformador, al preparar el camino del Señor llamando al arrepentimiento: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios es cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Marcos 1:15 Cfr. Mateo 3:2). O el caso de la potestad de Jesús, a quien preguntaron los sumos sacerdotes y ancianos al llegar al templo: “¿Con qué autoridad haces estas cosas?, o ¿quién te ha otorgado tal autoridad para hacerlas?”. Él —con la intención de no responder— les expresó: “También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad las hago. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?”. Ellos discurrían entre sí: “Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Y si decimos: ‘De los hombres’, tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta”. Por lo que respondieron: “No sabemos”. Entonces Él les replicó: “Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas” (Marcos 11:27-33. Cfr. Mateo 21:23-27; Lucas 20:1-8). La respuesta a esta pregunta ambigua yacía en el propósito de bautizar, dado que Juan proclamaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados (Marcos 1:4. Cfr. Lucas 3:3); hecho que lo iguala en majestuosidad a Jesús, quien tiene la potestad de perdonarlos. Asimismo, un talante que vincula al potentado y al sometido es que Jesús al convertirse en eunuco a través de un proceso de autocastración (simbólica), a diferencia de Juan, quien posiblemente haya sido eunuco desde el vientre de su madre,16 sin necesidad de castrarse, afirma Burkert (2017: 92), es el hombre que renuncia “por voluntad propia” a procrear se mantiene fuera de la vorágine de la vida y la muerte —y de manera implícita renuncia a contraer nupcias. Por lo tanto, el castrado, y por ende casto, se somete al poderoso —Jesús como Siervo de Dios y Juan en su genuflexión hacia Jesús, al no sentirse ni siquiera digno de desatarle la correa de sus sandalias— y ser impotente, siendo una de sus labores cuidar a la esposa de su amo (Burkert, 2017: 94) —semejante al esposo fiel, quien debe restaurar la alianza matrimonial con su esposa infiel y, llegado aquel día, celebrar un banquete nupcial. Además, su autocastración merma su masculinidad —así como su potencia sexual— y por ende su agresividad (Burkert, 2017: 92); pero esto le permite ser “rey de paz”.

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Siendo eunuco mas no asexuado, en Lucas 1:59 se relata que al octavo día fue circuncidado.


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Por otra parte, debido a que no fueron capaces de responder de dónde provenía la autoridad de Juan, simbolizada en su bautismo, la potestad divina de Jesús se mantuvo velada, tal como ocurrió al ordenar a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Cristo (Mateo 16:20). De igual forma, cuando Pilato mandó traerle después de ser azotado, ataviado con una capa roja y la corona de espinas, y escarnecerle, pronunció la frase: “He aquí el hombre [Ἰδοὺ ὁ ἂνϑρωπος]” (Juan 19:4-5), para mostrar que no encontraba delito en Él, aunque en realidad, al presentarlo como un hombre finito ocultaba su majestuosidad infinita. Semejante a Moisés, quien deseó ver la gloria de Yahvé. Entonces le dijo: “Mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida” (Éxodo 33:20); pues ésta debía mantenerse oculta porque es incomprensible. Para tener noción de la dimensión infinita de Dios, se habla en alegorías: “Los cielos son mi trono y la tierra estrado de mis pies” (Isaías 66:1. Cfr. Mateo 5:34-35). O en Deuteronomio 33:27 se lee: “El Dios de antaño es tu refugio, debajo de ti están sus brazos eternos”. Esta parte del cuerpo (metonimia) manifiesta su poder omnímodo. Además, Juan al vivir en el desierto —sin una morada—, simboliza tanto la presencia como el poder de Dios, una fuerza imposible de domesticar. Verbi gratia, en Números 23:22 se lee: “Yahvé los sacó de Egipto; tiene fuerzas como las de un búfalo17”; pues, al igual que un animal salvaje e indomable, “[…] lo sagrado representa ante todo una energía peligrosa, incomprensible, imposible de manejar, eminentemente eficaz. Todo el problema consiste en captarla y utilizarla a favor de los propios intereses protegiéndose de los riesgos inherentes al empleo de una fuerza tan difícil de dominar […] No se la domestica; no se diluye ni se fracciona” (Caillois, 1996: 15). En cambio, Jesús es capaz de domesticar la naturaleza, como la ocasión en que detuvo la tempestad estando en la barca con sus discípulos, al grado de preguntarse con asombro: “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?” (Marcos 4:35-41. Cfr. Mateo 8:23-27; Lucas 8:22-25). Asimismo, en el capítulo XVIII del evangelio de Pseudo Mateo se lee: “No temáis ni os fijéis en mi corta edad, pues yo siempre he sido y soy varón18 perfecto y es preciso que todas las fieras se amansen ante mí”. En otro aspecto de Juan, hay un significado oculto en las palabras dichas por Jesús a sus discípulos: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta” (Mateo 11:7-9). La respuesta a esta pregunta puede hallarse en algo tan insignificante como su vestido de piel de camello, dado que este animal se considera impuro, según Levítico 11:26: “Todo animal que no tiene pezuña hendida ni rumia, lo consideraréis inmundo. Y cualquiera que lo toque será inmundo”. La prohibición no se limita a su ingesta, sino inclusive a tocarlo. Ya sea que inmolara al camello a pesar de no ser apto para el holocausto, o al encontrarlo muerto lo desollara para aprovechar su piel, y con ello contraer su impureza. De acuerdo al tabú de tocar cadáveres de animales (Levítico 11:24-28). En ambos casos fue una transgresión; porque al llevar puesto la piel de camello, le convertía en un ser impuro, encargado de bautizar (limpiar con agua) a quienes se hubieran arrepentido. En el momento en que vio venir a Jesús, el Bautista anunció: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El verbo αἴρω significa levantar o cargar, no solo quitar; equivalente a ‫נשא‬, que entre sus acepciones se encuentra limpiar. Aunado al significado de la palabra κόσμος, la frase anterior podría quedar: “He aquí el Cordero de Dios que limpia el pecado del cuerpo”. Esto adquiere otro sentido al vincularlo en el momento que Juan al estar frente a Él, antes de bautizarle, le dijo: “Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mateo 3:14-15). Cuya frase podría releerse: “Yo, un impuro, necesito que limpies mi cuerpo, ¿y quieres que te purifique?”. No obstante, la purificación de Juan ocurrió en el momento de su decapitación, pues ésta emulaba el degüello de los animales puros aptos para su consumo (Deuteronomio 12:20-21); lo que plantea un problema: ¿cómo consumir un animal considerado inmundo? O en el caso de Juan: ¿cómo un ser impuro puede volverse puro? Dado que en Deuteronomio 14:21 se expresa el tabú de comer animales muertos 17 18

El búfalo como animal salvaje se contrapone al buey, un animal domesticado y castrado. En este sentido, en el arte sacro bizantino el niño Jesús en compañía de su madre María no es representado como un bebé o un niño pequeño, sino como un hombre en miniatura.

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por causa naturales: “Ninguna cosa mortecina comeréis […] porque tú eres un pueblo consagrado a Yahvé tu Dios […]”; quizás, la respuesta se encuentre en el instrumento para el degüello de los animales destinados para el sacrificio ritual, cuyo nombre del cuchillo, chalaf )‫(חלף‬, derivado del verbo hebreo “cambiar”, provoca un cambio en el estado del animal: de ser prohibido como alimento mientras está vivo a permitir su consumo después del Shejitá (‫( )שחיטה‬Rosen, 2004: 259). De manera análoga, la decapitación19 purificó al Bautista, permitiendo servir su cabeza en una bandeja de plata, a pesar de estar crudo; aun así, esto le equipara a Jesús como el “alimento verdadero” preparado. Jesús, por su parte, en la Última Cena (μυστικός δείπνος), contravino el tabú de no comer la sangre al dar de comer su carne y beber su sangre, de acuerdo a Deuteronomio 12:23: “[…] cuidado con comer la sangre, porque la sangre es la vida, y no has de comer la vida con la carne”. Pero incumplir esta regla le permitió derramarla para el perdón de los pecados y establecer una nueva alianza. Además, en este banquete, al consagrar el pan y el vino, símbolos de la carne y la sangre de Cristo, se consagró a Dios, para ello debía permanecer inmaculado, pues al ser nazireo desde su bautismo estaba obligado a permanecer fuera de lo mundano. Sin embargo, en su ministerio, era inevitable no transgredir la ley mosaica —no lavarse las manos antes de comer, convivir con personas “impuras”, no guardar el sábado, tocar el cadáver de las personas para resucitarles—, cuyas violaciones son consideradas “pecados”. De modo que debía expiarse antes de consagrarse a Dios, pero esto ocurrió antes de iniciar su prédica, cuando recibió el bautismo quedó purificado (καϑαϱός), renació como un nuevo ser, lo que le permitió limpiar el pecado. Además, esto lo reveló como el Hijo Unigénito del Señor (segundo nacimiento) y el Siervo de Dios (sometido a la voluntad de Dios). Por otro lado, como nazireo simbólicamente presentó en el rito de nazireato el segundo de los tres holocaustos a Yahvé, para limpiar su pecado, llamado el sacrificio expiatorio, en el que se inmola una oveja de un año, sin defecto (Números 6:14); personificado por Juan el Bautista —nazireo desde el vientre de su madre quien se mantuvo santo toda su vida—, la víctima inmolada por decapitación, cuya cabeza presentada en una bandeja como un “platillo” crudo; es decir, un alimento sin procesar. Los casos por analizar son innumerables, porque no existe un único tipo de relación, sino varios que van recomponiéndose continuamente. Como habrá observado el lector, al no emplear al pie de la letra los postulados del método estructuralista, he dado un giro al combinarlos con la hermenéutica propuesta por Ricœur, el análisis simbólico y la etimología de las palabras. A manera de analogía, las unidades constitutivas del mito pueden compararse con piezas de Lego, imposibles de modificar al tener un diseño preestablecido, pero el hermeneuta que interpreta los mitos se equipara a la imaginación y la habilidad de un niño para construir con ellas un sinnúmero de estructuras. 9. Referencias bibliográficas Bettelheim, Bruno (2004). Psicoanálisis de los cuentos de hadas, 5ª ed., Crítica, Barcelona (Biblioteca de Bolsillo, 3). Burkert, Walter (2017). La creación de lo sagrado: La huella de la biología en las religiones antiguas, 2ª reimpr., Acantilado, Barcelona (El Acantilado, 184). Caillois, Roger (1996). El hombre y lo sagrado, 2ª reimpr., Fondo de Cultura Económica, México (Sección de Obras de Sociología). Campbell, Joseph (2005). El héroe de las mil caras: Psicoanálisis del mito, 9ª reimpr., Fondo de Cultura Económica, México (Biblioteca de Psicología, Psiquiatría y Psicoanálisis). Diel, Paul (1994). Los símbolos de la Biblia: La universalidad del lenguaje simbólico y su significación psicológica, 1ª reimpr., Fondo de Cultura Económica, México (Colección Popular, 423). Eliade, Mircea (1958). Patterns in Comparative Religion, Sheed &Ward, Nueva York. __________ (2014). Lo sagrado y lo profano, Paidós, Barcelona (Paidós Orientalia).

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Esto hizo que la muerte de Juan fuera benévola, a diferencia de la de Jesús que fue cruenta. Además la manera en que murió le equipara con el Cordero degollado (Apocalipsis 13:8).


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