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Guillermo Cabrera Infante

El actor como político y el político como actor

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s transparente como una película que voy a decir dos o tres cosas sobre Ronald Reagan, antiguo actor, actual presidente de los Estados Unidos. Pero no es tan aparente, objeto opaco, que hablaré de los dos, del actor y del político -y de alguien más. Durante la campaña electoral se repitió hasta la saciedad (la mía, no la de Jimmy Carter) que Ronald Reagan fue un mal actor de películas B, doble pecado político aparentemente. (Para atenuar la especie con un chiste se dice que Reagan dijo: “Fui el Errol Flynn de las películas B”.) Como se verá enseguida nada de ello es cierto. Reagan fue un buen actor y no precisamente de película B. No siempre en todo caso. Al final de los años treinta, al principio de su carrera, compartió el reparto de Dark Victory con Bette Davis y Humphrey Bogart. No hay nada que objetar a su compañía, me parece. A comienzo de los cuarenta estuvo en Santa Fe Trail, que, como Amarga victoria, era todo menos una película B y Reagan, no casualmente por cierto, tenía por cowboy compañero a Errol Flynn precisamente. Dirigida por el as de los directores de la Warner, Michael Curtiz (Casablanca), su heroína era la niña linda del estudio, Olivia de Havilland -sí es que Olivia de Havilland fue alguna vez linda. Después Reagan hizo Cumbres de pasión, en la que era el segundo galán pero llevaba todo el peso dramático de una historia a veces trágica. Cumbres de pasión (King’s Row) fue una de las grandes producciones de la Warner en los años cuarenta y estaba destinada a competir con la Metro-Goldwyn-Mayer en elegancia formal y perfección técnica, doble dominio exclusivo de la Metro, hasta entonces artífices de las grandes producciones. Es en esta película que Reagan pierde ambas piernas en una innecesaria amputación que es una venganza médica y al despertar de la anestesia y descubrir que le falta casi medio cuerpo, exclama entre sorprendido y aterrado: “¿Dónde está el resto?” (Que también se puede entender como “¿Dónde está lo que me falta?“) Durante años este bocadillo se hizo venenoso en los labios de ciertos. fanaticos del cine y del humor cruel. Reagan, en gesto típico de irreverencia íntima (como lo muestran sus últimos chistes que son partes médicos), tituló su autobiografía ¿Dónde está el resto?, no del personaje sino de su persona. Luego Reagan hizo películas importantes, como La voz de la tórtola, en la que tuvo la tarea grata de enamorar a la hermosa Eleanor Parker y donde se reveló como come-

diante considerable. Para sorpresa última Reagan actuó en Storm Warning, en que compartía el reparto con estrellas como Ginger Rogers y Doris Day, la nueva rubia estelar del estudio. Pero lo inusitado no está en la compañía que tuvo Reagan sino en que esta película fue un eficaz alegato contra el Ku Klux Klan. Ronald Reagan por otra parte se había casado por entonces con Jane Wyman, que fue una gran estrella, ganadora del Oscar en 1948 -y ya se sabe que en la estricta jerarquía de Hollywood jamás una estrella en su apogeo se casa con un aspirante al fracaso, ni siquiera en la ficción f´ílmica de Nace una estrella. (Greta Garbo nunca se casó con su descubridor Mauritz Stiller, pero Ingrid Bergman sí se casó con Roberto Rossellini en la cumbre de Stromboli). El último film de Reagan, por cierto, sí fue una película B, Los asesinos, basada no en el cuento de Hemingway sino en la versión anterior del cuento. En ella, frente al noble por incauto gangster de Lee Marvin, Reagan interpreta un cauto capitalista que financia emboscado un robo sangriento y trama un doble engaño. Los asesinos es de 1964 y sorprende saber que nunca se ha hecho un paralelo entre la ficción y la vida política. Todo el hincapié negativo estuvo siempre en que Ronald Reagan era actor -y peor aún, actor de películas B. Como si actuar ayer en una película barata abaratara su calidad de presidente ahora. Hay que aclarar que las películas B suelen ser a veces mucho mejores que las superproducciones, la imaginación triunfando sobre el dinero. Si se les reprocha su bajo costo, ¿por qué entonces maldecir con el mismo aliento a Hollywood por gastar fortunas en una sola película mayores que el presupuesto de países pobres? Como el infierno, el cine esta empedrado de costosas buenas intenciones y así una de las películas que ha derrochado más dinero en la historia de Hollywood es Apocalpsis ahora!

Vi y oí a Ronald Reagan en su debate con el presidente Carter, aparición que costó ella sola la presidencia a los demócratas. En este caso Carter se mostró nervioso, vacilante, indeciso. En una palabra, fue histriónicamente ineficaz. Carter es, ya se sabe, un pésimo actor por inseguro, tanto que con una imagen presidencial ya hecha decidió cambiarse la raya del pelo, tomando la cabeza por el cerebro. Al mismo tiempo trató de desprenderse de su acento de campesino atrasado de Georgia para parecer un político sureño que puede leer sin mover los labios. El resultado fue una apariencia ridícula y uno de los deliveries más atroces que recuerda la escena y la tribuna


americana. El delivery es algo más que una pronunciación, es una proyección dramática de la voz que manejan (O deben manejar) actores y políticos. Carter ahora hacía pausas indebidas o inusitadas que no correspondían con el orden gramático o lógico del idioma inglés y siempre se le oía tan forzado como falso se le veía. Esa noche Reagan habló con extrema naturalidad, proyectando calma, seguridad, benevolencia y, muy importante cualidad en un presidente americano, mostró autoridad sin autoritarismo. Estuvo, cosa curiosa, muy cerca del John Kennedy que derrotó a Richard Nixon en un debate similar en 1960. Aunque los edecanes de Carter gritaron al final audibles “¡Ganamos! ¡Hemos ganado esta noche!“, era obvio, para los espectadores y las encuestas, que Reagan no sólo había ganado el debate sino las elecciones desde ya. Sin duda debió su triunfo a su calidad de actor. Ha habido otra elección importante últimamente que ha ganado un actor diferente. No es una elección de relevancia internacional ni siquiera es una elección nacional -pero tal vez resulte tan decisiva para Europa como lo es para Inglaterra. Me refiero a la elección dentro del partido laborista británico para escoger su jefe -o líder- político. La elección se llevó a cabo sólo entre los miembros laboristas del parlamento. Nadie más tenía derecho al voto. No puede haber elección más restringida en el Reino Unido, si se exceptua, claro, la admisión como miembro de un club para caballeros en Londres, que es un tanto más democrática que la antigua elección del Dalai Lama entre tres monjes tibetanos en comunión con lo oculto. La elección del líder laborista la ganó Michael Foot, fácil fracasado. Su único opositor era Denis Healey, favorito de apostadores y políticos puros. Healey había sido, en el último gabinete laborista, canciller del Exchequer, equivalente inglés del ministro de Hacienda en países menos esotéricos. Pero es en realidad el puesto público más importante después del primer ministro en 10 Downing Street: el canciller controla vidas y haciendas. Healey es un buen actor de carácter a la antigua y en una película de John Ford, por ejemplo, habría sido encarnado por Thomas Mitchell, el buen médico ebrio y sobrio, según bebiera whisky o café, de La diligencia. Healey, afable, optimista, capaz de irradiar confianza ilimitada en medio del caos inglés, con cejas tan generosas que parecen postizas y una buena sonrisa fácil, era el padre natural del laborismo. Escondiendo su rara erudición (o su erudición de lo raro: es uno de los lectores que más sabe de novela policial en Inglaterra, lo que es mucho decir en estas islas en que no existe el crimen pasional sino la pasión por el crimen) detrás de una bonhomía jocunda, Healey debió ganar pero no ganó. ¿Azares de la política? No, tretas del teatro. Lo venció la desganada oratoria partidaria de Foot, que es una extraña mezcla de un cierto tono melifluo sin ser untuoso, en discordia distante, que a la vez ejerce un perentorio poder encantatorio, con registros propios de un bajo cantante que se sabe el repertorio operático de Lenin. Sus gestos son tan incisivos como su palabra, en una combinación de amenaza tan inevitable como la historia y un libre albedrío fatal derivado de la lectura de la pasión según Marx. Como lo definió un articulista político que lo COnoce de oídas, es un hombre que sabe ennoblecer el resentimiento, antifaz necesario para el baile de disfraces en un país de clases y de castas que bailan al compás de

un vals gentil -mientras la orquesta de los tiempos toca un frenético ritmo punk. Healey, en su vals calmo, jugó el papel de padre bonachón, Santa Claus malvenido en la estación violenta. Foot fue un abuelo ácido ahora, puro punk, pero benigno posible (“Resérvame el vals, please”), ese que sabe más por viejo político que por intelectual. Esa personalidad punzante la escondió bien Foot por un tiempo, pero la deja ver a menudo a través de las tupidas canas venerables y las gafas de abuelita miope ante el lobo estepario. Foot se presentó en efecto como alternativa audaz a la extrema izquierda del partido pero permaneció dentro de la izquierda ortodoxa a que siempre ha pertenecido. Su posición era de centro excéntrico -y no hay nada que guste mas a los ingleses, aún a esos ingleses internacionalistas en teoría y práctica proletaria que son los laboristas, que un excéntrico en la familia. Michael Foot era además el excéntrico predecible: su balanza siempre se inclinaría al platillo que lleva a la izquierda la diosa justicia encima del Old Bailey -sin la venda convencional sobre los ojos. Foot, claro, quiere decir pie en inglés y su apellido resulta políticamente tan cómico a veces como el de Marcelino Oreja, el ministro español. Tal vez más. El vocabulario inglés esta lleno de frases hechas con un pie forzado. My foot! No es un grito partidario sino una admiración de descreimiento. To put a foot wrong es meter la pata pero se la mete mejor si uno puts one’s foot in one's mouth, que es lo que hacen todos los políticos. Mientras que to put one’s best foot forward no es adelantar el mejor pie sino tratar de hacer las cosas como se debe. Finalmente ta foot the bill es cargar con la cuenta que es la más fea. No bien ganó Foot, se partió un tobillo. Como en una metáfora anatómica fue el pie derecho que metió mal. No hace falta que se tome esta fractura derechista como señal para predecir de que pie cojeará Foot en su nueva carrera política que empieza casi al cumplir los setenta años. Se inclinará sin duda al ala izquierda del partido, donde milita, y todavía más allá, donde los laboristas apenas se distinguen de los comunistas infiltrados, esa tenue frontera política que es para Denis Healey un espejismo y una amenaza. En esta elección que es más bien unaselección no ganó el mejor candidato sino el mejor orador. Michael Foot, canas blancas como el azogue y de carácter volátil en apariencia, como todo político, como todo actor, es un camaleón histriónico cuya máscara -lentes gruesos, mueca en metamorfosis fósil- esconde lo que ningún político puede enseñar, inteligencia. (Trotsky fue un ejemplo extremo de este riesgo.) Denis Healey fue más franco que Foot y mostró su verdadera cara de graduado eminente de Oxford por debajo de las cejas de médico de aldea, y perdió. Tenía que perder. Labour no quiere decir élite sino trabajo y aunque también quiere decir parto, Healey no era Thomas Mitchell en La diligencia sino un aspirante a líder parlamentario. Perdió Healey por no saber ocultar su inteligencia histriónica. Los actores nunca deben parecer más inteligentes que su papel. Los cronistas electorales americanos hacían, antes de las elecciones, un gran ruido rudo recordando el pasado de actor de Ronald Reagan y señalaron cuántos actores son ahora políticos, pero nunca revelaron que los políticos son siempre actores. Están los actores insólitos convertidos en políticos que son grandes actores, como

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Chou En-lai, con su doble pasado de actor y actriz. Chou era aparentemente tan bello cuando joven que llego a encarnar heroínas del teatro tradicional chino. Todavía de primer ministro extraordinario, segundo sólo de Mao, Chou era un estadista con buena cara, que conocía el valor de sus facciones inescrutables y el uso del acento circunflejo que ponián a su conversación sus cejas adustas. Eva Duarte fue una actriz de cine argentino tan mediocre que no le quedó otro recurso para acceder a la fama que usar su notoriedad para convertirse en Eva Perón, y en un salto de calidad dramática hacerse Evita, política implacable, heroína de ese intercambiable mito político -¿o es poético?- que va de la extrema derecha en los años cincuenta a la extrema izquierda ahora, reinando dos veces después de morir. Eva Duarte de Perón ha sido hecha libros, exaltada a la tragicomedia música1 pop y finalmente vuelta de la materia que están hechos el ensueño y el cine -encarnada esta vez por Faye Dunaway, la forajida Bonnie de Bonnie y Clyde-, es un ejemplo eminente de actriz, amante, figura pública devenida diosa política y en un destino grotesco que jamás nadie pudo predecir (aunque tal vez la Eva primaria lo soñara) convertida en la momia de una santa del siglo. No hay otra personalidad política en América Latina que la iguale ni siquiera la de su desesperado paisano Che Guevara, el guerrillero que parecía un actor. Es en el otro extremo del globo, en China, casi en un paralelo exacto, que se puede encontrar la rival de Evita. Se llamaba Chung Chien, era también actriz de películas pobres, ambiciosas y audaz como la Dama del Dragón y casi tan terrible y es esa que todos conocemos ahora como la aliteretante Madam Mao. La actriz fallida pronto se convirtio en partidaria política, groupie del eximio líder de Hunan, soldadera junto al ejecutor de la Gran Marcha, amante y finalmente esposa del mismo Mao. ¿No parecen vidas paralelas para Plutarco, una china, otra argentina? Chung Chien tuvo más éxito que Evita pero a la vez fue mayor su fracaso. Subió más alto tal vez pero cayó con más estrépito. A la muerte de Mao esta actriz que amaba el cine como espectadora tanto como el poder activo, casi se convirtió en la más poderosa mujer de la historia China -singularmente casi tanto como Tz’u- shi, la legendaria y cruel emperatriz viuda que reinó implacable en Peking hace apenas cien años. Pero Madam Mao, viva en prisión hoy, no es un mito sino su opuesto, el mito muerto. Que el Che Guevara no supiera actuar (era un hombre condenado por su virtud, la franqueza) lo descalificó como líder político en Cuba y lo forzó al exilio suicida. ¡Si solamente hubiera sabido desprenderse de su acento argentino! ¡Si no hubiera seguido al pie de la letra SUS instrucciones para una guerra de guerrillas! Nunca un héroe tan magnífico (para la izquierda ingenua) tuvo tan pocos seguidores reales. Sólo cuando se convirtió en mártir surgieron prosélitos, pero eran realmente fascímiles cosméticos que copiaban su atuendo puesto de moda, su barba errática y sus actitudes de partisan terrible. Sin embargo su compañero de viaje (hasta la mitad, como la amistad), Fidel Castro, no sólo es un orador considerable, tan efectivo en mover multitudes hasta hacerlas masas móviles como Adolfo Hitler, sino también un consumado actor y su tribuna es la escena de interminables monólogos políticos. (Aun en la televisión, tribuna mínima, consigue esa capacidad. de persuasión sin sutileza

que sólo dominan los grandes actores, sin miedo al ridículo escénico.) Si todos los políticos actúan, los tiranos no son necesariamente los peores actores. Todo lo contrario. Hitler y Stalin, por ejemplo, podrían darles lecciones a los actores del Berliner Ensemble o del Teatro de Arte de Moscú. No hay más que ver viejos noticiarios nazis para enfrentarse a un actor voluntariamente wagneriano, ario apocalíptico, que ofrece el milenio milagroso o el crepúsculo de los dioses germanos con sólo mover la boca vociferante bajo un bigote chaplinesco siempre pero nunca cómico. Stalin, en sus conversaciones con H. G. Wells y luego en reuniones con Roosevelt y Churchill, aparece como un hombre humanitario o un estadista razonable y a veces es hasta un totalitario tímido. (Este es el tipo de tirano taimado, en tono bajo si se le compara con el exaltado Hitler.) Sin embargo todos sabemos cómo era Stalin -y quién no lo sepa que hojee cualquiera de los tres tomos gigantes del Archipiélago Gulag, que contienen parte de la obra magna staliniana. Fidel Castro es tal vez el mejor actor de televisión del mundo, con un dominio del medio y un control absoluto no sólo de su voz y sus gestos sino de su temperamento. Recuerdo haberlo visto un día en la antesala de un estudio de televisión a punto de perifonear y mientras, mataba el tiempo bromeando, paseando tranquilo a la par que fumaba lentamente su puro perenne, hablando de vacas y pastos y producción de leche, sonriendo satisfecho. Pero no bien lo introdujeron al estudio iluminado y lo enfocó la cámara, salió al aire convertido en un verdadero Zeus televisivo, tronando terribles traumas contra una oposición invisible. No era el Marx mayor, sino el joven Júpiter. Eva Perón era una profesional pero Perón aprendió sólo un histrionismo argentino que debía tanto a Mussolini (¡que gran actor operático perdió Italia!) Me parece verlo en la cartelera milanesa de La Scala: “Questa Sera -Mussolini in Laforza deldestino- Benvenuto, Benito!” Ah la ópera, ah II Duce!) como a Carlos Gardel, el mártir del tango. Perón lo sabía, claro. Suya es la frase famosa: “El argentino que pueda reír al pueblo desde la tribuna como Gardel en la pantalla, tendrá Argentina en un puño”. La metáfora es una mala mezcla pero el sentimiento político era preciso, directo. Hay, como siempre, una excepción a la regla. Sólo Franco entre los dictadores modernos era un pobre actor. Subido a su balcón de El Pardo parecía más un espectador de la historia vista como una tragedia que ocurre en otra parte del gran teatro del mundo. Franco fue un pequeño dictador. Las veces que lo vi se veía diminuto y remoto, incapaz de dominar la escena y cuando hablaba su voz no era el bramido del enano de la venta que amenaza terrible desde su alta ventana, sino un falsete monótono y, para mí, visita breve, bastante decepcionante como espectáculo político. Pero queda una duda -tal vez Francisco Franco fuera un actor soberano encarnando a un mal actor. Charles de Gaulle es quizás el más grande actor que ha tenido Francia desde Moliere. Por lo menos es el más grandioso. Como Moliere, de Gaulle escribía sus monólogos y componía sus parlamentos. De Gaulle fue un Moliere que se creyo Luis XIV y pudo casi repetir, con mayor resonancia la voz: “Antes de mí el diluvio”, como un Noé de la Liberación. Pero después de De Gaulle ha venido, para Francia, el carvanal de los animales políticos.


Richard Nixon fue lo contrario de un dictador: los tiranos jamás renuncian. O se dan a sí mismos un golpe de estado perpetuo o se pegan un tiro en la sien derecha. Pero Richard Nixon comparte con Ronald Reagan, además del mismo partido, un pasado común y lejano de aspirante a actor juvenil. Nixon trató (todavía trata) de-pisar las tablas y las únicas que ha pisado, no muy firme, fueron las de la tribuna electoral. Winston Churchill, por su parte, fue un político con éxito total pero un actor fracasado. Laurence Olivier cuenta cómo era de difícil hacer de Hamlet cuando Churchill estaba en el público -que era siempre que daban Hamler en Londres. Churchill se sentaba invariablemente en la primera fila y no sólo repetía en alta voz cada parlamento del dudoso danés, sino que con su voz gangosa por el whiskey declamaba los monólogos: “Sher o no sher, he ahí la cueshtión”. Churchill y Nixon eran atroces hams. Un ham no es un jamón como parece a simple vista. En la jerga teatral anglosajona un ham es un actor viciado por sus virtudes o que disfraza sus faltas con una entonación engolada y florida y falsa -y dicen que viene de Hamlet. Pero hay una leve diferencia entre ambos actores atroces. Churchill era un gran ham y lo sabía. Así cuando en medio de la guerra ofreció por radio a los ingleses sólo sangre, sudor y lágrimas, lo hizo en la mejor tradición estoica inglesa de un Nelson en Trafalgar, pero a la vez heroica como de falso Falstaff en la escena. Esa falsedad estaba compensada por el arte del engaño absoluto. No fue Churchill quien improvisó el discurso histórico sino que el texto fue leído por un actor que imitaba a ese actor que actuaba el papel de primer ministro! Nixon, pobre ham, jamás se hubiera salido con tal treta del doble perfecto porque es un triple. Al contrario. En sus últimos días en la Casa Blanca al mostrar por televisión su cara que sudaba, sus ojos furtivos y su necesidad de proyectar veracidad a toda costa de costa a costa (“Amigos”, prometía, “voy a ser de cristal claro”), uno veía en la pantalla al actor más malo del mundo interpretando a un político en quiebra absoluta que se negaba a reconocerlo. Ted Kennedy, otro ejemplo, perdió las primicias frente a Carter porque se ha convertido en un ham joven. Detrás de su discurso liberal se oye ahora el político marrullero, al falso apóstol y al demagogo, capaz de decir no importa qué mentira -por ejemplo, de ocultar al oscuro accidente de Chappaquidick hasta hacerlo tenebrosopara ser presidente. Pero sus palabras huecas no pueden nunca tapar con su resonancia el Watergate de Kennedy. Su hermano John Kennedy era todo lo contrario: un excelente actor que nació con ese halo que tienen las estrellas. Bobby Kennedy, por su parte, era el actor como perdedor nato y al revés de John, cuya muerte fue un espectáculo público casi grandioso, Bobby murió con una cocina al fondo. Mientras Lincoln, ese gran actor de carácter, cayo en el teatro, a la vez espectador y actor, como los trágicos. Ronald Reagan viene de otra tradición dramática, el naturalismo americano, originada en el cine por Gary Cooper y que consiste en seguir la regla de oro: el actor actúa tan poco que no se puedever la actuación sino sólo al personaje cubierto apenas con la máscara transparente del histrión. En su debate ahora histórico con Jimmy Carter Reagan se vio sencillo, sincero y amable, contrastando favorablemente con la tensión, la vacilación ye1 pobre dominio de su personaje -nada menos que el pre-

sidente de la nación más poderosa de la tierra- de Carter. Ese contraste nos hizo perder de vista que Reagan& taba actuando con eficaz pericia, no para dominar su medio -la televisión después de todo no es más que el cine por radio- sino para hacernos olvidar que teníamos en la pequeña pantalla no a un actor consumado sino al único presidente posible de los Estados Unidos. Esta ha sido la mejor actuación de la carrera de un político que sus enemigos tildaban de mal actor de películas baratas y sus seguidores y publicistas querían hacernos olvidar precisamente que jamás había actuado: Ronald Reagan era solamente un americano sincero, patriota, el padre (pero nunca el abuelo) de todos y el Salvador de lo que queda de aquello que fue el Siglo Americano. Reagan mereció por su brillante actuación esa noche memorable el Oscar y ya ven, sólo le dieron como consuelo la presidencia de los Estados Unidos de por vida. Casi todos los acontecimientos ocurridos alrededor de Reagan, protagonista o no, ya instalado en la Casa Blanca denuncian más que anuncian al actor nato. Inauguró, por ejemplo, la Noche de los Oscares por control remoto, fue víctima de un atentado fallido filmado con los medios de una ínfima película B y la eficacia visual de una gran producción al último estilo, su frustrado asesino parecía motivado por la visión en la pantalla de la imagen nada virtual de una Lolita prostituida más grande que la realidad y el contacto escrito con la estrella juvenil que la encarnara -y todavía en el hospital, herido de bala grave, Ronald Reagan no tiene un último mensaje para la humanidad o la nación sino que no hacía otra cosa que imitar a un cómico de la televisión y el cine, Bob Hope lleno de esperanza, o a ese gran iconoclasta que fue W. C. Fields! “Con todo”, fue lo primero y casi lo último que dijo, “estaría mejor en Filadelfia”. Hay una frase ritual que se entona siempre al comenzar la campaña electoral para elegir al presidente americano y que parece una exhortación a la carrera de obstáculos: May the best man win. Que gane el mejor dice esa frase de arrancada pero debe decir. “Que gane el mejor actor”. Así al sentirse herido de bala y creyendo que moría, Ronald Reagan pudo haber exhalado una frase fina1 apropiada pero ajena -dirigida al micrófono y a la camára de televisión ubicuos: Qualis histrio pereo!.


CABRERA INFANTE EL ACTOR COMO POLITICO Y EL POLITICO COMO ACTROR