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Ricitos de oro minúscula

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Érase una vez tres osos que vivían en una casita en el bosque. Un oso era muy grande, otro oso era de tamaño mediano y el tercer oso era pequeño. Cada mañana los tres osos salían a dar un paseo.


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Cierta maĂąana, mientras los tres osos estaban de paseo, una niĂąa llamada Rizos de Oro llegĂł hasta su casa.


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La comida de los tres osos olía tan bien que Rizos de Oro probó la papilla del plato grande y se quemó la lengua. La papilla del plato mediano estaba tan helada que sintió escalofríos; pero la papilla del plato pequeño estaba justo como a ella le gustaba y se la comió toda.


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Rizos de Oro se sintió cansada, así que buscó donde sentarse. Primero probó el gran sillón. Era muy alto y el asiento era durísimo.


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Entonces Rizos de Oro probó la butaca mediana. El asiento era tan blando que se hundió totalmente en él. Y por último se dejó caer en la silla pequeña con tan poco cuidado que la rompió en pedazos y se cayó al suelo.


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Rizos de Oro fue entonces a probar las camas. La cama grande era demasiado alta, la cama mediana era demasiado baja. La cama pequeña era justamente del tamaño que le iba bien. Se acostó en ella y se quedó dormida. Entonces los tres osos volvieron a casa.


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-Alguien ha probado mi papilladijo el oso grande. -Alguien ha probado mi papilladijo el oso mediano. -Alguien ha probado mi papilladijo el oso pequeĂąo. -ÂĄY se la ha comido toda!


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Los tres osos fueron a sentarse. -Alguien se ha sentado en mi sillón- rugió oso grande. -Alguien se ha sentado en mi butaca- gruñó el oso mediano. -Alguien se ha sentado en mi sillagimió el oso pequeño- y me la ha roto en mil pedazos.


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Los tres osos fueron a sus camas. -Alguien se ha tumbado en mi cama- bramó oso grande. -Alguien se ha tumbado en mi cama- gritó el oso mediano. -Alguien se ha tumbado en mi cama- chilló oso pequeño. -¡Y todavía está allí!


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La vocecita era tan aguda que Rizos de Oro se despertó inmediatamente. Cuando vio a los tres osos se tiró de la cama asustadísima. Salió corriendo y no paró hasta llegar a su casa.


11 Sus padres estaban preocupados, pero Rizos de Oro al menos habĂ­a aprendido una lecciĂłn. A partir de aquel dĂ­a nunca ha vuelto a alejarse de su casa, ni a curiosear en casa de nadie... sin haber pedido permiso antes.


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Ricitos de oro minúscula by angelbolli - Issuu