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Alicia Navarro Mañas nació en Madrid el 18 de noviembre de 1963. Tuvo una infancia y adolescencia un tanto “serias” –excelente estudiante en todo- hasta que decidió, alrededor de los 14, que la vida había que “comérsela” en generosas porciones sin pensar jamás en las consecuencias. Estudió dos años de Filosofía Pura en la Facultad de Filosofía del País Vasco (“Zorroaga”, San Sebastián) para después, pasando por la UNED, licenciarse en Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid con un espectacular expediente académico. Aprobó, con la gorra, las oposiciones a Escuelas Oficiales de Idiomas y trabajó también como Asesora Técnica Docente en la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Pero hay dos cosas siempre presentes en el curriculum vitae de esta nueva autora: la música –ella siempre ha escrito e interpretado sus propias canciones- y la expresión escrita, que adora (poesía, narrativa, ensayo...). “Chamuscadilla” es una obra escrita, deliberadamente, en un tono económico, rápido, despojado de aditamentos innecesarios, de estilo aparentemente frívolo en ocasiones, pero muy eficaz y descriptivo. Que lo disfruten.

ALICIA NAVARRO MAÑAS

11/6/07

MI VIDA COMO CANTANTE, GUITARRISTA Y COMPOSITORA DE ROCK O...YO TAMBIIÉN RESULTÉ CHAMUSCADILLA POR EL ARDOR DE POLANSKI

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MI VIDA COMO CANTANTE,

GUITARRISTA Y COMPOSITORA

DE ROCK O

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10,00 €

Nuevos Autores

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ALICIA NAVARRO MAÑAS Malicia Cool


Para nuestro catálogo gratuito, por favor escriban a

Nuevos Autores Av, de las Cores Valencianas 41 1°G, 46015 Valencia — In extenso ©

Nuevos Autores

ISBN 84-932821-0-0 El Código de la Propiedad Intelectual prohibe la copia o la reproducción para uso público. Cualquier representación o reproducción integral o parcial por cualquier mecanismo, sin la aprobación del autor o de sus sucesores legales es ilegal y es una transgresión del derecho de propiedad intelectual, prohibida por la ley.

A Pejo, a Marino y a los amigos y amigas dibujantes que han ilustrado este libro desinteresadamente: Pejo, Sandra de Miguel, Rafael Burillo, Antonia Funes y Víctor Sequí. Con mucho cariño y agradecimiento. Foto de Portada: Iñaki Pemán Diseño: Pejo

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A Pejo, a Marino y a los amigos y amigas dibujantes que han ilustrado este libro desinteresadamente: Pejo, Sandra de Miguel, Rafael Burillo, Antonia Funes y Víctor Sequí. Con mucho cariño y agradecimiento. Foto de Portada: Iñaki Pemán Diseño: Pejo

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El libro fue publicado por:

Nuevos Autores Av, de las Cores Valencianas 41 1°G, 46015 Valencia Tél : 34 96 317 34 92 Fax : 34 96 346 59 31 e-mail. : info@nuevosautores.info www.nuevosautores.info (Impreso en Francia)

Para que se lea su obra

Todos los derechos reservados para todos los países. El 1°trimestre del 2007 ISBN 84-932821-0-0

4

C

onocí a Pejo en un concierto de Polanski y el Ardor en la discoteca Young Play de Hernani (Donosti) en el otoño de 1982. Tocaban con Derribos Arias y los No, y mi hermana Susana y yo íbamos a ver a Derribos (¿o Susana quizá a los No?: “¡Somos los No, somos los No, que somos, que somos, que somos los No...!”). Por aquel entonces, el panorama musical en Donosti, al menos para unas jóvenes madrileñas seudopunk, era desolador, desértico en lo que a imaginación y creación se refería, de modo que las mágicas branquias y vírgenes sangrantes de Derribos fueron para mí una especie de velo o manto protector contra tanta taruguez mazacota (perdón). Aparte de Derribos, yo, que por aquel entonces estudiaba Filosofía Pura en la Facultad de Zorroaga, me arrimaba a cualquier grupito de jovencitos punkis que hubiera por ahí, que los había, y hasta me eché un noviete de una banda punk (Neopunk, creo que se llamaban). Entendía muy bien y compartía la actitud punk, esa de “me cago en todo lo que se mueve”, y también su música e indumentaria. Desde los hippies, me parecía la actitud más novedosa y excitante que se pudiera encontrar y, además, las bandas punk inglesas y americanas eran excelentes, las mejores del momento (hasta sus melodías eran excelentes). 5


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Todos los derechos reservados para todos los países. El 1°trimestre del 2007 ISBN 84-932821-0-0

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C

onocí a Pejo en un concierto de Polanski y el Ardor en la discoteca Young Play de Hernani (Donosti) en el otoño de 1982. Tocaban con Derribos Arias y los No, y mi hermana Susana y yo íbamos a ver a Derribos (¿o Susana quizá a los No?: “¡Somos los No, somos los No, que somos, que somos, que somos los No...!”). Por aquel entonces, el panorama musical en Donosti, al menos para unas jóvenes madrileñas seudopunk, era desolador, desértico en lo que a imaginación y creación se refería, de modo que las mágicas branquias y vírgenes sangrantes de Derribos fueron para mí una especie de velo o manto protector contra tanta taruguez mazacota (perdón). Aparte de Derribos, yo, que por aquel entonces estudiaba Filosofía Pura en la Facultad de Zorroaga, me arrimaba a cualquier grupito de jovencitos punkis que hubiera por ahí, que los había, y hasta me eché un noviete de una banda punk (Neopunk, creo que se llamaban). Entendía muy bien y compartía la actitud punk, esa de “me cago en todo lo que se mueve”, y también su música e indumentaria. Desde los hippies, me parecía la actitud más novedosa y excitante que se pudiera encontrar y, además, las bandas punk inglesas y americanas eran excelentes, las mejores del momento (hasta sus melodías eran excelentes). 5


Todo el mundo sabe ya a estas alturas de la extraña e irrefrenable ola de creatividad que nos salpicó a todos en los 80 (antes era demasiado peque), de modo que, como miembro de hecho y de derecho de “My generation” (estoy citando, como no, a los Who), también tuve que coger una guitarra o, quizá, más bien, me cogió ella a mí, y me puse a hacer unas canciones que horrorizaban un poco a mi familia (pues iba persiguiéndolos a todos, guitarra en ristre, por toda la casa). Mi hermana, además, que era algo más oscurilla que yo, me reprochaba que quizá fueran algo “babosas” y me pedía que hiciera algo más a lo “Parálisis Permanente”, cosa que no pensaba hacer, pues me sentía más luminosa y me gustaban mucho las melodías chispeantes y alegres. Y así fue como, a través de una banda (bastante consolidada) de allí, que a mí no me entusiasmaba en lo musical pero sí respetaba en lo profesional y humano (Puskarra), grabamos tres de esas canciones (“La Promesa Racial”, “El Espía” y “Servicio Social”) en una maqueta bastante majilla que enseguida pusieron en las radios -Manrique y Ordovás también- y trajo entrevistas, reportajes y reseñas, y que la gente de allí ya me reconociera, hasta por la calle o en los trenes, como “Malicia” o “Alicia Malicia” (también por las pintas que me llevaba: cresta multicolor, ropa y complementos de “creación propia”, etc.). 6 PEJO


Todo el mundo sabe ya a estas alturas de la extraña e irrefrenable ola de creatividad que nos salpicó a todos en los 80 (antes era demasiado peque), de modo que, como miembro de hecho y de derecho de “My generation” (estoy citando, como no, a los Who), también tuve que coger una guitarra o, quizá, más bien, me cogió ella a mí, y me puse a hacer unas canciones que horrorizaban un poco a mi familia (pues iba persiguiéndolos a todos, guitarra en ristre, por toda la casa). Mi hermana, además, que era algo más oscurilla que yo, me reprochaba que quizá fueran algo “babosas” y me pedía que hiciera algo más a lo “Parálisis Permanente”, cosa que no pensaba hacer, pues me sentía más luminosa y me gustaban mucho las melodías chispeantes y alegres. Y así fue como, a través de una banda (bastante consolidada) de allí, que a mí no me entusiasmaba en lo musical pero sí respetaba en lo profesional y humano (Puskarra), grabamos tres de esas canciones (“La Promesa Racial”, “El Espía” y “Servicio Social”) en una maqueta bastante majilla que enseguida pusieron en las radios -Manrique y Ordovás también- y trajo entrevistas, reportajes y reseñas, y que la gente de allí ya me reconociera, hasta por la calle o en los trenes, como “Malicia” o “Alicia Malicia” (también por las pintas que me llevaba: cresta multicolor, ropa y complementos de “creación propia”, etc.). 6 PEJO


Aparte de estos escarceos compositores e interpretativos, entré en contacto con una banda de allí, que también ha durado bastante tiempo, contra viento y marea, llamada UHF. UHF estaba liderada por un hombre joven llamado Rafa Berrio. Los hermanos Berrio (Rafa e Iñaki, William Ex, periodista musical) significaron bastante en nuestra vida allí. Eran interesantes e inquietos. Hice voces con esa banda, junto con otra chica, y viajamos todos a Madrid para actuar en Rock-Ola. Rafa tenía -y tiene- una voz muy peculiar, grave, vibrante, masculina y atractiva, y su ídolo indiscutible era Lou Reed (y otros/as pocos/as, porque él era bastante mitómano). Una de las canciones de su banda: “Me veo en tus ojos, nena; es algo difícil de explicar, si yo te miro, tú me miras, me veo en tos ojos y me pongo a temblar...”.

tampoco cantaba nada mal, por cierto) hubiera destripado a cualquiera que me hablara de virtuosismo o preciosismo de cualquier clase (No future!). Además, se quiso acostar conmigo, pero yo pasaba como de los parquímetros. En cualquier caso, no guardo mal recuerdo de Santi; fue trabajador y sentí su muerte hace unos años.

Creo, si no me falla la memoria, que a través de esta banda fue como conocí también a Santi Ugarte (q. e. p. d.), promotor, quien, por aquel entonces, llevaba a otros grupos, entre ellos Mecano. A Santi le interesé yo y mis canciones, decía que una se parecía a Alaska (“La promesa racial”) y que otra (“El Espía”) era un “hit” incontestable. Le gustaban mucho las letras[1] también, algo por lo que se interesaban siempre allí en Donostia, pero me hablaba de la técnica vocal de la Torroja en una época en que yo (que

El ambiente para nosotras, por aquel entonces, que vivíamos en el Palacio de Justicia, junto a la calle San Bartolomé, donde estaba el famoso y fenecido “Bowie”, era interesante, pero también duro, por lo hermético y, a veces, agresivo y hasta violento. Ahora puedo hablar, con esperanza irreprimible, -puesto que todos anhelamos, con el alma en vilo, que ETA deje de matar, aunque algunos parezcan empeñarse en lo contrario- de las continuas y horrendas torturas por ambos bandos, las amenazas de bomba y desalojos, los tiros en plena calle, en nuestra calle. Mi padre era juez decano de San Sebastián; le recuerdo asomándose a la ventana, cuando lo de los tiros, y gritar: “¡Alto! ¡Yo soy la autoridad (o la Ley)!”. Tenía huevos, mi padre. Y tiene. Nosotras éramos jóvenes y adaptativas, aunque también tuvimos que hacer frente a aflicciones del ánimo... Sentía dentro de mí una energía inmensa, incontenible, pero también cierta falta de equilibrio (algo tendrían que ver, quizá, las mescalinas que nos regalaban al principio).

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Aparte de estos escarceos compositores e interpretativos, entré en contacto con una banda de allí, que también ha durado bastante tiempo, contra viento y marea, llamada UHF. UHF estaba liderada por un hombre joven llamado Rafa Berrio. Los hermanos Berrio (Rafa e Iñaki, William Ex, periodista musical) significaron bastante en nuestra vida allí. Eran interesantes e inquietos. Hice voces con esa banda, junto con otra chica, y viajamos todos a Madrid para actuar en Rock-Ola. Rafa tenía -y tiene- una voz muy peculiar, grave, vibrante, masculina y atractiva, y su ídolo indiscutible era Lou Reed (y otros/as pocos/as, porque él era bastante mitómano). Una de las canciones de su banda: “Me veo en tus ojos, nena; es algo difícil de explicar, si yo te miro, tú me miras, me veo en tos ojos y me pongo a temblar...”.

tampoco cantaba nada mal, por cierto) hubiera destripado a cualquiera que me hablara de virtuosismo o preciosismo de cualquier clase (No future!). Además, se quiso acostar conmigo, pero yo pasaba como de los parquímetros. En cualquier caso, no guardo mal recuerdo de Santi; fue trabajador y sentí su muerte hace unos años.

Creo, si no me falla la memoria, que a través de esta banda fue como conocí también a Santi Ugarte (q. e. p. d.), promotor, quien, por aquel entonces, llevaba a otros grupos, entre ellos Mecano. A Santi le interesé yo y mis canciones, decía que una se parecía a Alaska (“La promesa racial”) y que otra (“El Espía”) era un “hit” incontestable. Le gustaban mucho las letras[1] también, algo por lo que se interesaban siempre allí en Donostia, pero me hablaba de la técnica vocal de la Torroja en una época en que yo (que

El ambiente para nosotras, por aquel entonces, que vivíamos en el Palacio de Justicia, junto a la calle San Bartolomé, donde estaba el famoso y fenecido “Bowie”, era interesante, pero también duro, por lo hermético y, a veces, agresivo y hasta violento. Ahora puedo hablar, con esperanza irreprimible, -puesto que todos anhelamos, con el alma en vilo, que ETA deje de matar, aunque algunos parezcan empeñarse en lo contrario- de las continuas y horrendas torturas por ambos bandos, las amenazas de bomba y desalojos, los tiros en plena calle, en nuestra calle. Mi padre era juez decano de San Sebastián; le recuerdo asomándose a la ventana, cuando lo de los tiros, y gritar: “¡Alto! ¡Yo soy la autoridad (o la Ley)!”. Tenía huevos, mi padre. Y tiene. Nosotras éramos jóvenes y adaptativas, aunque también tuvimos que hacer frente a aflicciones del ánimo... Sentía dentro de mí una energía inmensa, incontenible, pero también cierta falta de equilibrio (algo tendrían que ver, quizá, las mescalinas que nos regalaban al principio).

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Dónde estarían nuestra luminosa Madrid, nuestra luminosa Almería... Los amigos y novietes que habíamos dejado atrás... Sniff! Pero una cosa sí puedo decir de Donostia; vivir allí te hacía sentir “superior”, ya sea por su majestuosidad, por su exuberante naturaleza, por la Concha, por sus montes, por el Peine de los Vientos, por su gente... Mirábamos por la ventana, veíamos un pequeño monte verde y yo sólo pensaba en subir, subir, subir a todas las alturas de la ciudad... Probablemente mis padres hubieran querido para nosotras sendos vascorros, piernazas y culazo (esto lo añado yo), con buenos expedientes y alguna que otra propiedad. Eso era porque ellos son signos de tierra, realistas y prácticos, en ese sentido... Pero yo, al ser de agua (mi hermana, fuego), preferí navegar, nadar y bucear. Es verdad que no encontré currículums, pero sí coral, ¡mucho coral!, y hasta perlas... Conocí allí a personas muy sustanciosas y valiosas: Gerardo, escultor, escorpión como yo (menudos dos bichos éramos), cuya amplia casa, en la que tantos ratos y experiencias pasé, estaba alfombrada de canicas de todos los colores. Miguel Serrano, compañero de la Facultad, cuya amistad es ahora, como entonces, uno de los baluartes de mi vida (¡qué paseos por los montes, madre mía, qué paseos!). Poch, a quien adoraba (no sabía entonces que estaba tan enfermo, 10 VICTOR SEQUÍ


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Alejo me riñó en más de una ocasión). Con Poch terminaría una noche loca, en Rock-Ola, él con un secador de pelo, yo con un tarro de gomina, pringando y “peinando” al personal. Alejo Alberdi, monísimo, me ponía un montón. Juan Verdera, el bajista, con quien terminé en la cama, concretamente la noche del concierto de Polanski en Hernani. Juan no me gustaba especialmente, pero fui yo quien le propuse irme con él al hotel porque no me apetecía volver a casa esa noche. Jaime Stinus, excelente guitarrista, pero antipático, al menos para mí. Un profesor mío de la Facultad, apellidado Lobo, con quien tuvimos experiencias esotéricas y psicomágicas que culminaron en la concepción del deslumbrante Borja, hijo de Maribel e Iñaki, amigos desde siempre y para siempre (pero eso lo hicieron ellos solos, ¿eh?). Y, gracias a mis padres, que solían relacionarse con intelectuales y poetas, como Gabriel Celaya, pudimos conocer (estuvo en casa) al insigne poeta José Bergamín, de quien disfrutamos su casi último hálito de vida (murió al año siguiente). Pepe Bergamín se mostró seriamente interesado, a la vez que divertido, ¡en escribirnos letras para canciones! La verdad que su forma de escribir, desnuda e irónica, tenía bastante en común con cómo éramos nosotras... Además, Bergamín, que estuvo exiliado en París muchos años, era ferviente defensor de la Segunda República, como todos nosotros, entonces y ahora...

También en San Se, y por el festival de cine, conocí brevemente a Almodóvar, quien me coló, por mi irrefrenable morro (“¡Pedro, cuélame!”), a un estreno suyo, y más adelante, en Madrid, me llamaría para pasarme invitaciones para otro (al pedírselas yo). En la fiesta posterior al estreno en San Sebastián, Pedro A. se empecinaba en poner el “Suck it to me” constantemente, y ambos nos encontramos de repente rivalizando (deportivamente) por un imponente representante de vídeo americano, de intensos y perturbadores ojos azul oscuro, hasta que, finalmente Almodóvar admitió: “Éste es para ti”. Me fui con el yanki a su hotel, el De Londres y de Inglaterra, donde, nunca lo olvidaré, no le dejaban subirme a la habitación (¡así de conservadora era Donosti entonces!). Recuerdo al americano decir todo el tiempo: “Unbelievable, unbelievable!“ (“¡Increíble, increíble...!”). Me colé de todas formas, claro está.

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En esa fiesta “conocí” también a Imanol Arias, a quien dije, tranquilamente: “Te quiero” (¡yo era una chica un poco psicodélica!), a lo que él contestó, tranquilo también: “¡Y yo también te quiero a ti!”. Hubo una vez también una fiesta en el Kú donde tocaron los Pegamoides. Sentí al verlos, luego en camerinos, que eran como mis primitos de Madrid, que tenía cosas en común con ellos. Manrique me diría eso también. Pude conocer a E. Benavente, y por eso sentiría tanto su


Alejo me riñó en más de una ocasión). Con Poch terminaría una noche loca, en Rock-Ola, él con un secador de pelo, yo con un tarro de gomina, pringando y “peinando” al personal. Alejo Alberdi, monísimo, me ponía un montón. Juan Verdera, el bajista, con quien terminé en la cama, concretamente la noche del concierto de Polanski en Hernani. Juan no me gustaba especialmente, pero fui yo quien le propuse irme con él al hotel porque no me apetecía volver a casa esa noche. Jaime Stinus, excelente guitarrista, pero antipático, al menos para mí. Un profesor mío de la Facultad, apellidado Lobo, con quien tuvimos experiencias esotéricas y psicomágicas que culminaron en la concepción del deslumbrante Borja, hijo de Maribel e Iñaki, amigos desde siempre y para siempre (pero eso lo hicieron ellos solos, ¿eh?). Y, gracias a mis padres, que solían relacionarse con intelectuales y poetas, como Gabriel Celaya, pudimos conocer (estuvo en casa) al insigne poeta José Bergamín, de quien disfrutamos su casi último hálito de vida (murió al año siguiente). Pepe Bergamín se mostró seriamente interesado, a la vez que divertido, ¡en escribirnos letras para canciones! La verdad que su forma de escribir, desnuda e irónica, tenía bastante en común con cómo éramos nosotras... Además, Bergamín, que estuvo exiliado en París muchos años, era ferviente defensor de la Segunda República, como todos nosotros, entonces y ahora...

También en San Se, y por el festival de cine, conocí brevemente a Almodóvar, quien me coló, por mi irrefrenable morro (“¡Pedro, cuélame!”), a un estreno suyo, y más adelante, en Madrid, me llamaría para pasarme invitaciones para otro (al pedírselas yo). En la fiesta posterior al estreno en San Sebastián, Pedro A. se empecinaba en poner el “Suck it to me” constantemente, y ambos nos encontramos de repente rivalizando (deportivamente) por un imponente representante de vídeo americano, de intensos y perturbadores ojos azul oscuro, hasta que, finalmente Almodóvar admitió: “Éste es para ti”. Me fui con el yanki a su hotel, el De Londres y de Inglaterra, donde, nunca lo olvidaré, no le dejaban subirme a la habitación (¡así de conservadora era Donosti entonces!). Recuerdo al americano decir todo el tiempo: “Unbelievable, unbelievable!“ (“¡Increíble, increíble...!”). Me colé de todas formas, claro está.

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En esa fiesta “conocí” también a Imanol Arias, a quien dije, tranquilamente: “Te quiero” (¡yo era una chica un poco psicodélica!), a lo que él contestó, tranquilo también: “¡Y yo también te quiero a ti!”. Hubo una vez también una fiesta en el Kú donde tocaron los Pegamoides. Sentí al verlos, luego en camerinos, que eran como mis primitos de Madrid, que tenía cosas en común con ellos. Manrique me diría eso también. Pude conocer a E. Benavente, y por eso sentiría tanto su


muerte después... Tantas muertes por el camino, eso ha sido lo peor. La que más sentí, la de Poch, aunque me dijeran que ya estaba muy enfermo. Más adelante, ya viviendo con Pejo, que también era amigo suyo, me encontré varias veces con Alejo; en el Rastro, en conciertos, y escribiéndole a su sitio web, “Gente Pez”, acerca de las canciones. Él me recomendó que hiciera algo tipo 80´s, que era lo que más privaba al personal entonces (los 90) y creo que también ahora, todavía. Así fue como me invitó a una fiesta-reunión homenaje a Poch (¡qué pena!), en la que entre otros y otras que no recuerdo, estaba también Pablito Carbonell, afligido entonces por una leve crisis de autoestima que, evidentemente, ya ha superado ampliamente.

ha sido un lince para estas cosas, para la “metafísica” de la música, podríamos decir, y para reconocer y percibir la situación de las mujeres en estos campos. Yo esto se lo agradezco mucho, porque no es habitual, y le recuerdo siempre entrañablemente. Precisamente hace unos meses me publicaron una carta en EL PAÍS SEMANAL (¡la carta de la semana!) en la que apoyaba y agradecía las notas feministas de su excelente reportaje “Curvas peligrosas”, acerca del erotismo de la guitarra (“Guitar Eros”). En una ocasión quedé con él en Londres y me llevó a una fiesta en la que pude conocer a mi admirada Siouxie, de los Banshees. ¡Y menudo susto me llevé el año pasado con lo de su ataque al corazón!

A Diego Manrique también le conocí en Donostia, y hasta subió a mi casa. También quiso lío conmigo, pero como que no.... Diego es serio, culto y trabajador, pero también un poco viciosillo, diría yo... Quien esté libre de vicio, que tire la primera piedra... Recuerdo que, al poco de radiar mis canciones y de conocernos, escribió un editorial en una revista musical de entonces (“Rock de Lux”) en el que se lamentaba de que grandes talentos femeninos patrios no terminaran nunca de salir plenamente a la luz. El panorama, según él, estaba incompleto sin ellas (¿sin nosotras?). Manrique siempre

Pero volvamos ahora a aquel concierto de Polanski y el Ardor en la discoteca Young Play (Hernani) en el otoño de 1982. Tenía, por aquel entonces, un novio en Madrid, llamado Javier Sánchez-Jimeno, guapísimo, rubio con ojos azules -a quien quise mucho- que tenía un hermano mayor, Ramón, el hombre de la eterna e incomprensible sonrisa, que le robaba impunemente los condones a Javier. Ramón era muy amigo de Pejo, y me había pedido que le diera (a Pejo) el recado de que él, y otros, que iban de camino a Donosti a ver a Polanski, se habían quedado atrapados en la nieve en Burgos. Mi tránsito de Javier a Pejo tuvo mucho que ver con el típico salto a la “banda del hermano mayor” (que también

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muerte después... Tantas muertes por el camino, eso ha sido lo peor. La que más sentí, la de Poch, aunque me dijeran que ya estaba muy enfermo. Más adelante, ya viviendo con Pejo, que también era amigo suyo, me encontré varias veces con Alejo; en el Rastro, en conciertos, y escribiéndole a su sitio web, “Gente Pez”, acerca de las canciones. Él me recomendó que hiciera algo tipo 80´s, que era lo que más privaba al personal entonces (los 90) y creo que también ahora, todavía. Así fue como me invitó a una fiesta-reunión homenaje a Poch (¡qué pena!), en la que entre otros y otras que no recuerdo, estaba también Pablito Carbonell, afligido entonces por una leve crisis de autoestima que, evidentemente, ya ha superado ampliamente.

ha sido un lince para estas cosas, para la “metafísica” de la música, podríamos decir, y para reconocer y percibir la situación de las mujeres en estos campos. Yo esto se lo agradezco mucho, porque no es habitual, y le recuerdo siempre entrañablemente. Precisamente hace unos meses me publicaron una carta en EL PAÍS SEMANAL (¡la carta de la semana!) en la que apoyaba y agradecía las notas feministas de su excelente reportaje “Curvas peligrosas”, acerca del erotismo de la guitarra (“Guitar Eros”). En una ocasión quedé con él en Londres y me llevó a una fiesta en la que pude conocer a mi admirada Siouxie, de los Banshees. ¡Y menudo susto me llevé el año pasado con lo de su ataque al corazón!

A Diego Manrique también le conocí en Donostia, y hasta subió a mi casa. También quiso lío conmigo, pero como que no.... Diego es serio, culto y trabajador, pero también un poco viciosillo, diría yo... Quien esté libre de vicio, que tire la primera piedra... Recuerdo que, al poco de radiar mis canciones y de conocernos, escribió un editorial en una revista musical de entonces (“Rock de Lux”) en el que se lamentaba de que grandes talentos femeninos patrios no terminaran nunca de salir plenamente a la luz. El panorama, según él, estaba incompleto sin ellas (¿sin nosotras?). Manrique siempre

Pero volvamos ahora a aquel concierto de Polanski y el Ardor en la discoteca Young Play (Hernani) en el otoño de 1982. Tenía, por aquel entonces, un novio en Madrid, llamado Javier Sánchez-Jimeno, guapísimo, rubio con ojos azules -a quien quise mucho- que tenía un hermano mayor, Ramón, el hombre de la eterna e incomprensible sonrisa, que le robaba impunemente los condones a Javier. Ramón era muy amigo de Pejo, y me había pedido que le diera (a Pejo) el recado de que él, y otros, que iban de camino a Donosti a ver a Polanski, se habían quedado atrapados en la nieve en Burgos. Mi tránsito de Javier a Pejo tuvo mucho que ver con el típico salto a la “banda del hermano mayor” (que también

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han dado otras amigas mías, y mi hermana). Javi y yo teníamos la misma edad y disfrutamos de experiencias increíbles, sin freno, pero ya sabéis aquello de que, a la misma edad, las chicas solemos ser más mujercitas ya... Total, que entro en los camerinos y digo, voz en grito: ¿Quién de vosotros es el batería de Polanski? Pejo, el imponente Pejo, y Carlitos –Carlos Torero-, otro imponente batera, estaban enzarzados en animada charla, pero, al verme, o al oírme, se volvieron hacia mí y se quedaron mudos, impresionados (esto me lo confirmarían después...). Yo llevaba un vestido de terciopelo fucsia, con elástico en la cadera, acerca del cuál una zorra de aquellas duras de allí me había dicho un poco antes: “¿Qué, has descolgado las cortinas de tu casa y te las has puesto? Jajajajajajajajajajaja...”. Mi pelo era exactamente del mismo color que el vestido y, en los pies, pues llevaría boogies, seguramente. Y medias negras de red, de esas de puta, sexys a más no poder... Después de aquella entrada, y viendo mudos a aquellos dos bigardos, decidí recitar mi mensaje aplicadamente: “Que-dice-Ramón-que-no-vaa-poder-llegar-a-tiempo-porque-están-atrapados-por-la-nieve-e n-Burgos”, y me giré como para pirarme. A lo que Pejo replicó, raudo: “Gracias. ¿Por qué no te pasas a tomar una copa luego?”. “Quizá”, le dije yo, que entonces, como ahora, era un rato borde. 18 PEJO


han dado otras amigas mías, y mi hermana). Javi y yo teníamos la misma edad y disfrutamos de experiencias increíbles, sin freno, pero ya sabéis aquello de que, a la misma edad, las chicas solemos ser más mujercitas ya... Total, que entro en los camerinos y digo, voz en grito: ¿Quién de vosotros es el batería de Polanski? Pejo, el imponente Pejo, y Carlitos –Carlos Torero-, otro imponente batera, estaban enzarzados en animada charla, pero, al verme, o al oírme, se volvieron hacia mí y se quedaron mudos, impresionados (esto me lo confirmarían después...). Yo llevaba un vestido de terciopelo fucsia, con elástico en la cadera, acerca del cuál una zorra de aquellas duras de allí me había dicho un poco antes: “¿Qué, has descolgado las cortinas de tu casa y te las has puesto? Jajajajajajajajajajaja...”. Mi pelo era exactamente del mismo color que el vestido y, en los pies, pues llevaría boogies, seguramente. Y medias negras de red, de esas de puta, sexys a más no poder... Después de aquella entrada, y viendo mudos a aquellos dos bigardos, decidí recitar mi mensaje aplicadamente: “Que-dice-Ramón-que-no-vaa-poder-llegar-a-tiempo-porque-están-atrapados-por-la-nieve-e n-Burgos”, y me giré como para pirarme. A lo que Pejo replicó, raudo: “Gracias. ¿Por qué no te pasas a tomar una copa luego?”. “Quizá”, le dije yo, que entonces, como ahora, era un rato borde. 18 PEJO


Mi intención, porque soy de ideas fijas, era irme con un Derribos, concretamente Alejo, a quien me he intentado tirar un montón de veces y nunca ha podido ser, lo cual no hacía más que acrecentar mi deseo. Incluso una vez que estuvimos juntos en la cama (¡oh, milagro!) tampoco pudo ser, por un asunto de curvaturas del colchón, o algo así... Pero, fíjate, terminé (no sé cómo ni por qué) subiéndome al coche de Jaime Stinus, con Borja Zulueta y Juan Verdera, mientras Pejo, por lo visto, me buscaba por toda la sala y, al encontrarse con mi hermana (nos parecemos), se preguntaba: “¿Es ella? El caso es que se ha cambiado de ropa...”. Los Polanski se volvieron a Madrid, pero nos esperaba una coincidencia asombrosa. La siguiente Semana Santa, Fredi, un amigo de Pejo (luego también mío), invitó a Pejo, Ramón, Javi, una pareja de amigos de Javi y a mi hermana y a mí (no se sabía bien quién invitaba a quién), a su chalet en Alicante. A Susana y a mí nuestros padres nos habían prohibido taxativamente que fuéramos allí, a lo que nosotras respondimos como siempre: escapándonos. Teníamos además unas estrafalarias fiebres, las fiebres Q, que no parecían graves pero te hacían sentir una inquietante ola de calor de la cabeza a los pies y viceversa. A mi hermana y a mí, al principio, todos nos parecieron un poco mariconcillos (con perdón, es una forma de hablar), pues nosotras, vestidas un poco de gó20

ticas, éramos ¡las más! Con decir que hasta les hicimos una escenita de flagelación de Semana Santa... (con cinturones). Me enamoré de Pejo comiendo una paella, aunque no suene muy romántico. Todos al sol, a la mesa, bajo un chamizo -él llevaba unas gafas oscuras- y, charlando todos, y mirándole y mirándole, me fui poniendo caliente, hirviendo más bien, hasta casi perder el poco conocimiento que me quedaba. Ya no podía ni tragar un solo grano de arroz... Después, lo vi ir solo hacia la playa, con una toalla al hombro, y pensé: mmmmmmmmmmmmmmmmm. Pero cuando ya caí rendida fue cuando le dije que tenía que subir a la farmacia; enseguida se subió a un autobús y, desde arriba, me tendió la mano: “¡Vamos!”. Al subir, me di cuenta de que ya no me bajaría jamás. No sería ésta la primera vez que Pejo me ayudaría a contener mi sangre (lo que necesitaba eran compresas...). En Alicante, conocí a otro insigne Polanski: Carlos Álvarez Coto, Carlino, el saxofonista (y teclista, a veces). Casualidades de la vida, Pejo se lo encontró allí. Carlos, geólogo, estaba trabajando e iba con una compañera de trabajo, Fiona, me parece recordar. Esa chica me llamó la atención 21


Mi intención, porque soy de ideas fijas, era irme con un Derribos, concretamente Alejo, a quien me he intentado tirar un montón de veces y nunca ha podido ser, lo cual no hacía más que acrecentar mi deseo. Incluso una vez que estuvimos juntos en la cama (¡oh, milagro!) tampoco pudo ser, por un asunto de curvaturas del colchón, o algo así... Pero, fíjate, terminé (no sé cómo ni por qué) subiéndome al coche de Jaime Stinus, con Borja Zulueta y Juan Verdera, mientras Pejo, por lo visto, me buscaba por toda la sala y, al encontrarse con mi hermana (nos parecemos), se preguntaba: “¿Es ella? El caso es que se ha cambiado de ropa...”. Los Polanski se volvieron a Madrid, pero nos esperaba una coincidencia asombrosa. La siguiente Semana Santa, Fredi, un amigo de Pejo (luego también mío), invitó a Pejo, Ramón, Javi, una pareja de amigos de Javi y a mi hermana y a mí (no se sabía bien quién invitaba a quién), a su chalet en Alicante. A Susana y a mí nuestros padres nos habían prohibido taxativamente que fuéramos allí, a lo que nosotras respondimos como siempre: escapándonos. Teníamos además unas estrafalarias fiebres, las fiebres Q, que no parecían graves pero te hacían sentir una inquietante ola de calor de la cabeza a los pies y viceversa. A mi hermana y a mí, al principio, todos nos parecieron un poco mariconcillos (con perdón, es una forma de hablar), pues nosotras, vestidas un poco de gó20

ticas, éramos ¡las más! Con decir que hasta les hicimos una escenita de flagelación de Semana Santa... (con cinturones). Me enamoré de Pejo comiendo una paella, aunque no suene muy romántico. Todos al sol, a la mesa, bajo un chamizo -él llevaba unas gafas oscuras- y, charlando todos, y mirándole y mirándole, me fui poniendo caliente, hirviendo más bien, hasta casi perder el poco conocimiento que me quedaba. Ya no podía ni tragar un solo grano de arroz... Después, lo vi ir solo hacia la playa, con una toalla al hombro, y pensé: mmmmmmmmmmmmmmmmm. Pero cuando ya caí rendida fue cuando le dije que tenía que subir a la farmacia; enseguida se subió a un autobús y, desde arriba, me tendió la mano: “¡Vamos!”. Al subir, me di cuenta de que ya no me bajaría jamás. No sería ésta la primera vez que Pejo me ayudaría a contener mi sangre (lo que necesitaba eran compresas...). En Alicante, conocí a otro insigne Polanski: Carlos Álvarez Coto, Carlino, el saxofonista (y teclista, a veces). Casualidades de la vida, Pejo se lo encontró allí. Carlos, geólogo, estaba trabajando e iba con una compañera de trabajo, Fiona, me parece recordar. Esa chica me llamó la atención 21


porque era simpática y también porque no se depilaba; llevaba unos pelazos en las piernas, rubios, eso sí, que pa´ qué. Me hizo pensar en lo automortificantes que siempre hemos sido las españolas para esas cosas... Cualquiera que vea a Pejo y a Carlos juntos, entonces y también ahora, se da cuenta de que son dos pedazos de tíos que están, los dos, para comérselos a bocados, literalmente. Están muy bien hechos, asenderados, experimentados, viriles, capaces y con un torrente de feronomonas que llegan al Nepal. De modo que yo entré en un pub en el que estaban ambos (se llevaban muy bien, además), me quedé flipada con esos dos especímenes de la raza humana masculina y, no sé cómo lo hice –al agacharme a por algo, supongo-, pero ¡me pisé la minifalda!, una minifalda skatalítica con un poco de vuelo... Conseguí recomponerme (¡me había quedado en bragas, prácticamente!) y me dispuse a hacer lo único que se podía y se debía hacer: intentar comerme tanto al uno como al otro. Creo que me dirigí primero a Carlos por su ubicación en ese pub y porque era algo más rubio. Charlie me dijo, extremadamente simpático, eso sí, que tenía una novia muy guapa en Madrid (Angelita; ¿acaso me estaba llamando fea?). Sin embargo, me consta que esa misma noche se lió con mi hermana, o mi hermana con él, que eso nunca se sabe. Más adelante PEJO

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porque era simpática y también porque no se depilaba; llevaba unos pelazos en las piernas, rubios, eso sí, que pa´ qué. Me hizo pensar en lo automortificantes que siempre hemos sido las españolas para esas cosas... Cualquiera que vea a Pejo y a Carlos juntos, entonces y también ahora, se da cuenta de que son dos pedazos de tíos que están, los dos, para comérselos a bocados, literalmente. Están muy bien hechos, asenderados, experimentados, viriles, capaces y con un torrente de feronomonas que llegan al Nepal. De modo que yo entré en un pub en el que estaban ambos (se llevaban muy bien, además), me quedé flipada con esos dos especímenes de la raza humana masculina y, no sé cómo lo hice –al agacharme a por algo, supongo-, pero ¡me pisé la minifalda!, una minifalda skatalítica con un poco de vuelo... Conseguí recomponerme (¡me había quedado en bragas, prácticamente!) y me dispuse a hacer lo único que se podía y se debía hacer: intentar comerme tanto al uno como al otro. Creo que me dirigí primero a Carlos por su ubicación en ese pub y porque era algo más rubio. Charlie me dijo, extremadamente simpático, eso sí, que tenía una novia muy guapa en Madrid (Angelita; ¿acaso me estaba llamando fea?). Sin embargo, me consta que esa misma noche se lió con mi hermana, o mi hermana con él, que eso nunca se sabe. Más adelante PEJO

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me diría también que yo era la número uno en sus fantasías sexuales; ¿se lo diría a todas? Él era, desde luego, el número uno en las mías, y yo esto no se lo digo a todos... (para quien le molesten estas cosas, le aconsejo que piense que es fabulación, o que no recuerdo bien.... Hace tantos años ya, de todas formas...). Carlino fue siempre en nuestras vidas una presencia simpática, amable y muy cariñosa a la que adorábamos tanto Pejo como yo, un tipo viajero, talentoso y emprendedor. Lo primero que me privó de Pejo, en esta aproximación (mordisco salvaje en su cuello, firme agarre de nalgas), fue el olor y el tacto de su cuero, que me transportaba a exóticas aventuras sin fin.... Aquella noche, después de discotecas y marcha sin límite, terminé en una tesitura muy mía: en medio del pasillo de la planta de arriba del chalet de Fredi, a oscuras, con la espalda contra la pared, las piernas recogidas, el cuarto de Javi a la izquierda, el de Pejo a la derecha... Finalmente, me fui con Pejo y, después de estar juntos en la cama, también supo él que ya no se bajaría de ese autobús jamás. Lo que más me impresionó y enamoró a mí entonces fue su forma de decir “tranquila”, “tranquila, cariño”, mientras hacíamos el amor. Supe que había encontrado al hombre libertario, sólido, sensual, inteligente y artístico que había estado buscando siempre. RAFAEL BURILLO

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me diría también que yo era la número uno en sus fantasías sexuales; ¿se lo diría a todas? Él era, desde luego, el número uno en las mías, y yo esto no se lo digo a todos... (para quien le molesten estas cosas, le aconsejo que piense que es fabulación, o que no recuerdo bien.... Hace tantos años ya, de todas formas...). Carlino fue siempre en nuestras vidas una presencia simpática, amable y muy cariñosa a la que adorábamos tanto Pejo como yo, un tipo viajero, talentoso y emprendedor. Lo primero que me privó de Pejo, en esta aproximación (mordisco salvaje en su cuello, firme agarre de nalgas), fue el olor y el tacto de su cuero, que me transportaba a exóticas aventuras sin fin.... Aquella noche, después de discotecas y marcha sin límite, terminé en una tesitura muy mía: en medio del pasillo de la planta de arriba del chalet de Fredi, a oscuras, con la espalda contra la pared, las piernas recogidas, el cuarto de Javi a la izquierda, el de Pejo a la derecha... Finalmente, me fui con Pejo y, después de estar juntos en la cama, también supo él que ya no se bajaría de ese autobús jamás. Lo que más me impresionó y enamoró a mí entonces fue su forma de decir “tranquila”, “tranquila, cariño”, mientras hacíamos el amor. Supe que había encontrado al hombre libertario, sólido, sensual, inteligente y artístico que había estado buscando siempre. RAFAEL BURILLO

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Terminaron esas vacaciones y cada mochuelo volvió a su olivo, ellos a Madrid y nosotras a Sanse, pero algo había cambiado irremisiblemente. Pejo empezó a llamarme y, sobre todo, a mandarme unas cartas, auténticas obras de arte, plagadas de dibujitos, viñetas, montajes, y procaces palabras de amor... Allí, en el Palacio de Justicia, el teléfono estaba intervenido y también se interceptaba cualquier tipo de envío que llegara, así que una de estas cartas, un poquito subida de tono, cayó en manos de mi abuela y luego de mi madre. Ambas me riñeron amargamente afirmando: “Ese chico no te respeta”. No sabían ellas cuánto me respetaba y me respetaría ese chico siempre... Más que ellas, desde luego... Yo ya tenía pensado y decidido volverme a Madrid, pero mi padre se adelantó y pidió el traslado. Nos fuimos a una suntuosa casa en el 68 de la calle Alcalá. Por aquel entonces, y aun ahora, los lujos me la refanfinflaban, concedía más importancia a otras cosas: el amor, el desarrollo personal, la creatividad, la amistad verdadera, los viajes... Entonces (1984), recuerdo haber conocido a Sebas, Sebastián Durán Limas, filólogo de árabe, traductor, un gran talento a la pluma y al bajo (bajista de Polanski). Le recuerdo en esa casa una madrugada, haciendo travesuras de las nuestras. Volveré a hablar de Sebas más adelante, pues ha sido una persona importante en mi vida. Siempre le he sentido como de mi familia, como 26

un hermano de lujo. Por eso, en el “chat”, ¡nos llamábamos frecuentemente “bro” y “sis”! Por otro lado, y como desarrollo normal de los acontecimientos, Pejo me propuso que nos fuéramos a vivir juntos en Madrid. Acepté. Nos fuimos a un apartamento pequeño, pero agradable, en la Prospe, y nos dedicamos a demostrarle al mundo y a nosotros mismos que nos las arreglábamos perfectamente por nuestra cuenta (siempre hemos estado muy orgullosos de eso). Él trabajaba, de diseñador gráfico, en una revista médica, y yo seguía mis estudios, sólo que me pasé de la Filosofía a la Filología Inglesa, que es lo que siempre había querido hacer (por aquel entonces, no había en San Sebastián). Hice dos cursos en uno, por las convalidaciones y, como ya sabía mucho inglés, también me puse a dar clases particulares, en casa y a domicilio. Éramos jóvenes, y la verdad que lo pasábamos de escándalo, salvo alguna crisis o bronca que otra. Nuestra unión prosperaba (en la Prospe), y prueba de ello es que él pasaba de una publicación a otra, de las mejores del país (El Independiente, Época, Dinero, Hombre de Hoy, Cambio 16..., e ilustrando -dibujando- para muchas editoriales) y yo sacaba mis estudios con notas muy altas, simultaneándolos además con trabajos cada vez más interesantes, 27


Terminaron esas vacaciones y cada mochuelo volvió a su olivo, ellos a Madrid y nosotras a Sanse, pero algo había cambiado irremisiblemente. Pejo empezó a llamarme y, sobre todo, a mandarme unas cartas, auténticas obras de arte, plagadas de dibujitos, viñetas, montajes, y procaces palabras de amor... Allí, en el Palacio de Justicia, el teléfono estaba intervenido y también se interceptaba cualquier tipo de envío que llegara, así que una de estas cartas, un poquito subida de tono, cayó en manos de mi abuela y luego de mi madre. Ambas me riñeron amargamente afirmando: “Ese chico no te respeta”. No sabían ellas cuánto me respetaba y me respetaría ese chico siempre... Más que ellas, desde luego... Yo ya tenía pensado y decidido volverme a Madrid, pero mi padre se adelantó y pidió el traslado. Nos fuimos a una suntuosa casa en el 68 de la calle Alcalá. Por aquel entonces, y aun ahora, los lujos me la refanfinflaban, concedía más importancia a otras cosas: el amor, el desarrollo personal, la creatividad, la amistad verdadera, los viajes... Entonces (1984), recuerdo haber conocido a Sebas, Sebastián Durán Limas, filólogo de árabe, traductor, un gran talento a la pluma y al bajo (bajista de Polanski). Le recuerdo en esa casa una madrugada, haciendo travesuras de las nuestras. Volveré a hablar de Sebas más adelante, pues ha sido una persona importante en mi vida. Siempre le he sentido como de mi familia, como 26

un hermano de lujo. Por eso, en el “chat”, ¡nos llamábamos frecuentemente “bro” y “sis”! Por otro lado, y como desarrollo normal de los acontecimientos, Pejo me propuso que nos fuéramos a vivir juntos en Madrid. Acepté. Nos fuimos a un apartamento pequeño, pero agradable, en la Prospe, y nos dedicamos a demostrarle al mundo y a nosotros mismos que nos las arreglábamos perfectamente por nuestra cuenta (siempre hemos estado muy orgullosos de eso). Él trabajaba, de diseñador gráfico, en una revista médica, y yo seguía mis estudios, sólo que me pasé de la Filosofía a la Filología Inglesa, que es lo que siempre había querido hacer (por aquel entonces, no había en San Sebastián). Hice dos cursos en uno, por las convalidaciones y, como ya sabía mucho inglés, también me puse a dar clases particulares, en casa y a domicilio. Éramos jóvenes, y la verdad que lo pasábamos de escándalo, salvo alguna crisis o bronca que otra. Nuestra unión prosperaba (en la Prospe), y prueba de ello es que él pasaba de una publicación a otra, de las mejores del país (El Independiente, Época, Dinero, Hombre de Hoy, Cambio 16..., e ilustrando -dibujando- para muchas editoriales) y yo sacaba mis estudios con notas muy altas, simultaneándolos además con trabajos cada vez más interesantes, 27


también: el colegio Estilo, de la escritora Josefina Aldecoa, traducciones muy estimulantes (nunca las olvidaré) para Amnistía Internacional, de la que ya era socia (también de Greenpeace). Algunos de mis amigos se reían de mí por esto, por mi “ingenuidad”. Carlino y Ángeles me advertían que a Greenpeace se la untaba muy bien en las empresas contaminantes. Recuerdo una vez que yo iba con unas hojas de recogida de firmas contra la pena de muerte y Javier Lobato Solana, también batería (de los Trastos) y dibujante (un tipo interesante), me espetó, bromista y burlón: “¡A mí dame un fusil, o algo, y déjame de firmas! ¡Acción!” ¡No sé a quién o a qué pensaba disparar exactamente...! Lo que en otros países sin “transición franquista” era algo normal y civilizado (en mi querida Inglaterra, por ejemplo, y en los países nórdicos), en España, todavía, al menos entonces, se veía como una “pavada”, hasta ¡sospechoso de algo! Todavía había otro amigo, Máximo Ron Álvarez, escritor y editor (quién luego se revelaría como un auténtico rufián de tres al cuarto), que me hablaba de ¡expiación de culpas, llagas sangrantes y no sé qué delirios más! Yo había visto trabajar a Amnistía de cerca, desde dentro, y me parecía que hacían un trabajo magnífico, encomiable y, lo que es mejor, sólo a golpe de pluma. Pejo, por su parte, seguía tocando con bandas como “Decadencia” y “¿Qué es el optimismo?”. SANDRA DE MIGUEL

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también: el colegio Estilo, de la escritora Josefina Aldecoa, traducciones muy estimulantes (nunca las olvidaré) para Amnistía Internacional, de la que ya era socia (también de Greenpeace). Algunos de mis amigos se reían de mí por esto, por mi “ingenuidad”. Carlino y Ángeles me advertían que a Greenpeace se la untaba muy bien en las empresas contaminantes. Recuerdo una vez que yo iba con unas hojas de recogida de firmas contra la pena de muerte y Javier Lobato Solana, también batería (de los Trastos) y dibujante (un tipo interesante), me espetó, bromista y burlón: “¡A mí dame un fusil, o algo, y déjame de firmas! ¡Acción!” ¡No sé a quién o a qué pensaba disparar exactamente...! Lo que en otros países sin “transición franquista” era algo normal y civilizado (en mi querida Inglaterra, por ejemplo, y en los países nórdicos), en España, todavía, al menos entonces, se veía como una “pavada”, hasta ¡sospechoso de algo! Todavía había otro amigo, Máximo Ron Álvarez, escritor y editor (quién luego se revelaría como un auténtico rufián de tres al cuarto), que me hablaba de ¡expiación de culpas, llagas sangrantes y no sé qué delirios más! Yo había visto trabajar a Amnistía de cerca, desde dentro, y me parecía que hacían un trabajo magnífico, encomiable y, lo que es mejor, sólo a golpe de pluma. Pejo, por su parte, seguía tocando con bandas como “Decadencia” y “¿Qué es el optimismo?”. SANDRA DE MIGUEL

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En ese apartamento de la calle Sánchez Pacheco del barrio de Prosperidad conocí a Víctor M. -Polanski- Muñoz Vázquez, cantante, guitarrista y mayor compositor de la banda. Víctor se había marchado a EEUU, Philadelphia, con una americana, en el punto álgido del grupo, cuando estaban cosechando bastante éxito y además tenían material de sobra, y espléndido, para un segundo trabajo. Sus colegas de banda se habían quedado un poco escocidos por esto. Este material salió por fin a la luz, en mayo del año pasado, en la excelente caja editada por el sello Everlasting. Yo había oído esas cintas con Pejo muchas veces, y la verdad que canciones como “Dama Blanca” (de Sebastián Durán), “No hay ninguna reacción”, “Las venas de mi amigo están ardiendo”, “Ella me pedía garantías”, “Frank el mercenario”, todas éstas de Víctor, y tantas otras, me parecían de lo mejorcito que había escuchado antes, y precisamente por escucharlas así, inéditas, con Pejo, la cosa era aun más única y misteriosa. Me recordaban a mis idolatrados “The Cure”, “Killing Joke”, “Psychedelic Furs”, “The Sound”, y tantas excelsas bandas inglesas de ese tipo, pero con completa y total originalidad propias. Así que Víctor, un sujeto un tanto antipático, pelín borde, pero interesante y con innegable talento, se ganó mi respeto desde el principio aunque solo fuera por las canciones que había escrito y su forma de tocar la guitarra, hipnotizante y electrizante. Estuvo en casa con una amiga suya, Sorne, e intentamos, a sugerencia de Pejo, tocar unas cancioPEJO

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En ese apartamento de la calle Sánchez Pacheco del barrio de Prosperidad conocí a Víctor M. -Polanski- Muñoz Vázquez, cantante, guitarrista y mayor compositor de la banda. Víctor se había marchado a EEUU, Philadelphia, con una americana, en el punto álgido del grupo, cuando estaban cosechando bastante éxito y además tenían material de sobra, y espléndido, para un segundo trabajo. Sus colegas de banda se habían quedado un poco escocidos por esto. Este material salió por fin a la luz, en mayo del año pasado, en la excelente caja editada por el sello Everlasting. Yo había oído esas cintas con Pejo muchas veces, y la verdad que canciones como “Dama Blanca” (de Sebastián Durán), “No hay ninguna reacción”, “Las venas de mi amigo están ardiendo”, “Ella me pedía garantías”, “Frank el mercenario”, todas éstas de Víctor, y tantas otras, me parecían de lo mejorcito que había escuchado antes, y precisamente por escucharlas así, inéditas, con Pejo, la cosa era aun más única y misteriosa. Me recordaban a mis idolatrados “The Cure”, “Killing Joke”, “Psychedelic Furs”, “The Sound”, y tantas excelsas bandas inglesas de ese tipo, pero con completa y total originalidad propias. Así que Víctor, un sujeto un tanto antipático, pelín borde, pero interesante y con innegable talento, se ganó mi respeto desde el principio aunque solo fuera por las canciones que había escrito y su forma de tocar la guitarra, hipnotizante y electrizante. Estuvo en casa con una amiga suya, Sorne, e intentamos, a sugerencia de Pejo, tocar unas cancioPEJO

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nes mías en una carpintería de enfrente de casa: terminamos tocando “La Bamba”, con Víctor “despreciando” mis temas con su ácido comentario: “¡Por algo será!”. Víctor puede parecer un tanto hermético y reservado, pero también se puede intuir en él un rico mundo interior que quizá sólo puedan vislumbrar en toda su amplitud sus novias o amantes. Una de ellas Fionnuala, una de nuestras mejores amigas entonces, y también ahora (gracias a Víctor por eso), es una mujer muy especial, sensible, inteligente y libre como la que más. Después de la experiencia Polanski, Víctor ha tenido otras, con Clónicos (Justo Bagüeste, Marcus Breus , Pelayo y Txeles Albitzu) y otras bandas experimentales y vanguardistas. Pejo y Víctor siempre han sido amigos, a su manera, pero también se ponen mutuamente de los nervios por diferencias de carácter, básicamente. Para quien crea en esto de los astros, baste con decir que Víctor y Fionnuala son cangrejos (cáncer), duros por fuera y tiernos y jugosos por dentro, mientras que Pejo es un centauro (sagitario), siempre al trote y disparando flechas hacia el cielo... Esto puede parecer una simplificación, pero es bastante orientativo. Sea como sea Víctor, nosotros siempre le hemos considerado nuestro amigo, aunque él se comporte a veces como si yo sólo fuera “la novia de su amigo”, lo cual, como feminista, y como persona, me raya un poco, la verdad... 32

Yo, por mi parte, seguía escribiendo canciones y de todo, pero he de reconocer que estaba básicamente centrada en autoabastecerme económicamente. Estaba hasta un poco “obsesionada” con no depender económicamente ni de mis padres ni de Pejo, aunque, claro, todos me ayudaban porque yo era menor y estaba aún terminando de estudiar. Pero tenía claro clarete clarísimo que necesitaba un empleo que me gustara, que no tuviera un horario demencial, que estuviera razonablemente bien pagado y en el que no tuviera que chupársela a nadie. Lo conseguí, al final, pero, a cambio, Pejo y yo sacrificamos cosas como... ¡los hijos! Nos quedamos embarazados; él hasta le pidió consejo a Víctor, quien le aconsejó que lo tuviéramos. Me parece que era yo quien tenía más claro que no podía ser; hubiéramos tenido que cortar en seco nuestro crecimiento y desarrollo personales, y creo que un hijo no se merece eso. De esa “interrupción voluntaria del embarazo” salió, a cambio, una de mis canciones favoritas: “Extraño”. Unos mueren, otros nacen y se quedan para siempre. Muchos años después llegaría mi pequeño Marino, tal y como lo quiso el destino. Nos trasladamos a una casa antigua, pequeña pero con una enorme terraza, dos calles más allá, y se inauguró la temporada de fiestas. Nuestras fiestas fueron pronto una institución. La verdad es que les poníamos mucho mimo, no faltaba 33


nes mías en una carpintería de enfrente de casa: terminamos tocando “La Bamba”, con Víctor “despreciando” mis temas con su ácido comentario: “¡Por algo será!”. Víctor puede parecer un tanto hermético y reservado, pero también se puede intuir en él un rico mundo interior que quizá sólo puedan vislumbrar en toda su amplitud sus novias o amantes. Una de ellas Fionnuala, una de nuestras mejores amigas entonces, y también ahora (gracias a Víctor por eso), es una mujer muy especial, sensible, inteligente y libre como la que más. Después de la experiencia Polanski, Víctor ha tenido otras, con Clónicos (Justo Bagüeste, Marcus Breus , Pelayo y Txeles Albitzu) y otras bandas experimentales y vanguardistas. Pejo y Víctor siempre han sido amigos, a su manera, pero también se ponen mutuamente de los nervios por diferencias de carácter, básicamente. Para quien crea en esto de los astros, baste con decir que Víctor y Fionnuala son cangrejos (cáncer), duros por fuera y tiernos y jugosos por dentro, mientras que Pejo es un centauro (sagitario), siempre al trote y disparando flechas hacia el cielo... Esto puede parecer una simplificación, pero es bastante orientativo. Sea como sea Víctor, nosotros siempre le hemos considerado nuestro amigo, aunque él se comporte a veces como si yo sólo fuera “la novia de su amigo”, lo cual, como feminista, y como persona, me raya un poco, la verdad... 32

Yo, por mi parte, seguía escribiendo canciones y de todo, pero he de reconocer que estaba básicamente centrada en autoabastecerme económicamente. Estaba hasta un poco “obsesionada” con no depender económicamente ni de mis padres ni de Pejo, aunque, claro, todos me ayudaban porque yo era menor y estaba aún terminando de estudiar. Pero tenía claro clarete clarísimo que necesitaba un empleo que me gustara, que no tuviera un horario demencial, que estuviera razonablemente bien pagado y en el que no tuviera que chupársela a nadie. Lo conseguí, al final, pero, a cambio, Pejo y yo sacrificamos cosas como... ¡los hijos! Nos quedamos embarazados; él hasta le pidió consejo a Víctor, quien le aconsejó que lo tuviéramos. Me parece que era yo quien tenía más claro que no podía ser; hubiéramos tenido que cortar en seco nuestro crecimiento y desarrollo personales, y creo que un hijo no se merece eso. De esa “interrupción voluntaria del embarazo” salió, a cambio, una de mis canciones favoritas: “Extraño”. Unos mueren, otros nacen y se quedan para siempre. Muchos años después llegaría mi pequeño Marino, tal y como lo quiso el destino. Nos trasladamos a una casa antigua, pequeña pero con una enorme terraza, dos calles más allá, y se inauguró la temporada de fiestas. Nuestras fiestas fueron pronto una institución. La verdad es que les poníamos mucho mimo, no faltaba 33


de nada, la música era magnífica (Pejo y yo casi nos peleábamos por pinchar), y la selección de invitados inmejorable. Algunas, varias, terminaron con la autoridad mandando a parar, pero eso no nos desanimaba; más bien al contrario. Y de fiesta en fiesta, y tiro porque me toca, cada una (y cada viaje: Rusia, Estambul, Cuba, Nueva Orleans, Londres...) nos iba cambiando un poquito la vida. Ya fuera de la Prospe, en la calle Jorge Juan, convoqué una “fiesta” que era más bien una performance. Estaba, por aquel entonces (1998, fin de siglo total) un tanto o bastante tocada por una serie de acontecimientos, siendo el más importante de ellos el suicidio de mi abuela materna, que se había tirado por una ventana. Aquel suceso me impactó de tal forma que alteró totalmente mi noción de la vida. De modo que, no sé bien porqué, les pedí a mis amigos, al invitarlos, que trajeran una planta llena de significado; lo que durara la planta marcaría también la duración de nuestra relación. Regarla, cuidarla, iban a ser un símil de cómo cuidar nuestra amistad (¿lo que creía no haber hecho suficientemente con mi abuela, quizá, y por eso se me había matado...?). La reacción de los amigos fue, claro, de lo más variopinta; muchos no la trajeron, otros sí, otros trajeron marihuana, otros se pusieron a hacer rayas kilométricas y en serie, y otros pocos, los peores, entraron a saco y en plan apisonadora quejándose de que aquello pareSANDRA DE MIGUEL

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de nada, la música era magnífica (Pejo y yo casi nos peleábamos por pinchar), y la selección de invitados inmejorable. Algunas, varias, terminaron con la autoridad mandando a parar, pero eso no nos desanimaba; más bien al contrario. Y de fiesta en fiesta, y tiro porque me toca, cada una (y cada viaje: Rusia, Estambul, Cuba, Nueva Orleans, Londres...) nos iba cambiando un poquito la vida. Ya fuera de la Prospe, en la calle Jorge Juan, convoqué una “fiesta” que era más bien una performance. Estaba, por aquel entonces (1998, fin de siglo total) un tanto o bastante tocada por una serie de acontecimientos, siendo el más importante de ellos el suicidio de mi abuela materna, que se había tirado por una ventana. Aquel suceso me impactó de tal forma que alteró totalmente mi noción de la vida. De modo que, no sé bien porqué, les pedí a mis amigos, al invitarlos, que trajeran una planta llena de significado; lo que durara la planta marcaría también la duración de nuestra relación. Regarla, cuidarla, iban a ser un símil de cómo cuidar nuestra amistad (¿lo que creía no haber hecho suficientemente con mi abuela, quizá, y por eso se me había matado...?). La reacción de los amigos fue, claro, de lo más variopinta; muchos no la trajeron, otros sí, otros trajeron marihuana, otros se pusieron a hacer rayas kilométricas y en serie, y otros pocos, los peores, entraron a saco y en plan apisonadora quejándose de que aquello pareSANDRA DE MIGUEL

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cía un entierro, o una broma pesada... A todo esto, me puse un poco psicótica y veía lecturas siniestras por doquier: un bonito ciprés que trajo una compañera de trabajo me pareció un mensaje de muerte, unas enormes velas que trajo otra se me asemejaban a amenazantes falos (¿me estaba llamando puta?). Total, que estaban todos alucinados (“¿te has comido un ácido?”) y, al día siguiente por la mañana, Carlino estaba llamando para decirme que tenía un buen amigo psiquiatra que además no me iba a cobrar... Terminé en el hospital, ingresada casi un mes, con anorexia nerviosa y una depresión paralizante. Pero todo lo malo tiene su lado bueno, como todo el mundo sabe, y, en esa fiesta, también, estaban Sebastián Durán y su esposa, Mar Santos, quienes, por cierto, trajeron una planta bastante resistente. Antes del asunto de la fiesta, yo había conseguido componer unas catorce o dieciséis canciones que me gustaban bastante, y a Pejo también. Se me había ocurrido que quizá pudiera arreglarlas y grabarlas, y llamé para eso a Miguel Ángel Lobato, ex Trastos, de quien sabía a través de su hermano Javier y de Carlos y Ángeles. Miguel vino a casa, las escuchó, me aconsejó acerca de cuáles hacer y las hicimos -ellos, Miguel y Tores Crespo, también ex “Trasto”, la mayor parte; yo puse la voz y las composicionesen su estudio Go! de la calle Bailén (co-propiedad, o propie36

dad principal, de Mario, de La Unión). Carlos Carlino tocó el saxofón en “Sentir”, un saxofón espléndido que se fundía maravillosamente bien con mi voz ahí. Esa fue la maqueta (“Sentir”, “La Promesa“, “Ruido” y “Humo, cenizas y brasas”) que le pasamos Pejo y yo a Sebas esa noche propusiéndole tocar juntos. Sebastián nos dijo que no le gustaban mucho los arreglos, pero sí las canciones, y se mostró encantado de tocar con nosotros. Hubo otras reacciones a la maquetilla; Javier Lobato me felicitó (“Enhorabuena; sabía que componías, pero no que también interpretabas”), Carlino me dijo que le recordaban a “Smithereens” y a Manrique le debió gustar “Ruido” porque fue la que puso en su espacio. Ordovás, amigo de Pejo, nos llevó a su programa y las puso todas, pero yo recuerdo aquello como de pesadilla, pues aún no estaba ni mucho menos recuperada y encima estaba en el medio de un triángulo amoroso altamente tóxico. Víctor Vázquez, muy en su línea, replicó: “A mí no me gusta el pop” (¡toma ya!) y Máximo Ron, co-compositor de la letra de “Humo, cenizas y brasas”, aseguró que había hecho una maqueta excelente. Sebastián, Pejo y yo nos metimos en el local (Rock Palace). Al principio, estaba tan débil por el tratamiento que no podía ni sostener la guitarra. Recuerdo a Sebas diciéndome: 37


cía un entierro, o una broma pesada... A todo esto, me puse un poco psicótica y veía lecturas siniestras por doquier: un bonito ciprés que trajo una compañera de trabajo me pareció un mensaje de muerte, unas enormes velas que trajo otra se me asemejaban a amenazantes falos (¿me estaba llamando puta?). Total, que estaban todos alucinados (“¿te has comido un ácido?”) y, al día siguiente por la mañana, Carlino estaba llamando para decirme que tenía un buen amigo psiquiatra que además no me iba a cobrar... Terminé en el hospital, ingresada casi un mes, con anorexia nerviosa y una depresión paralizante. Pero todo lo malo tiene su lado bueno, como todo el mundo sabe, y, en esa fiesta, también, estaban Sebastián Durán y su esposa, Mar Santos, quienes, por cierto, trajeron una planta bastante resistente. Antes del asunto de la fiesta, yo había conseguido componer unas catorce o dieciséis canciones que me gustaban bastante, y a Pejo también. Se me había ocurrido que quizá pudiera arreglarlas y grabarlas, y llamé para eso a Miguel Ángel Lobato, ex Trastos, de quien sabía a través de su hermano Javier y de Carlos y Ángeles. Miguel vino a casa, las escuchó, me aconsejó acerca de cuáles hacer y las hicimos -ellos, Miguel y Tores Crespo, también ex “Trasto”, la mayor parte; yo puse la voz y las composicionesen su estudio Go! de la calle Bailén (co-propiedad, o propie36

dad principal, de Mario, de La Unión). Carlos Carlino tocó el saxofón en “Sentir”, un saxofón espléndido que se fundía maravillosamente bien con mi voz ahí. Esa fue la maqueta (“Sentir”, “La Promesa“, “Ruido” y “Humo, cenizas y brasas”) que le pasamos Pejo y yo a Sebas esa noche propusiéndole tocar juntos. Sebastián nos dijo que no le gustaban mucho los arreglos, pero sí las canciones, y se mostró encantado de tocar con nosotros. Hubo otras reacciones a la maquetilla; Javier Lobato me felicitó (“Enhorabuena; sabía que componías, pero no que también interpretabas”), Carlino me dijo que le recordaban a “Smithereens” y a Manrique le debió gustar “Ruido” porque fue la que puso en su espacio. Ordovás, amigo de Pejo, nos llevó a su programa y las puso todas, pero yo recuerdo aquello como de pesadilla, pues aún no estaba ni mucho menos recuperada y encima estaba en el medio de un triángulo amoroso altamente tóxico. Víctor Vázquez, muy en su línea, replicó: “A mí no me gusta el pop” (¡toma ya!) y Máximo Ron, co-compositor de la letra de “Humo, cenizas y brasas”, aseguró que había hecho una maqueta excelente. Sebastián, Pejo y yo nos metimos en el local (Rock Palace). Al principio, estaba tan débil por el tratamiento que no podía ni sostener la guitarra. Recuerdo a Sebas diciéndome: 37


“¡Levántate y anda!” (con mucho cariño, ¿eh?). Además, estaba impresionada; yo había admirado profundamente a los Polanski y ahora estaba ¡tocando con la mitad de ellos, con su legendaria base rítmica! La guitarra, mi querida entrañable adorada guitarra eléctrica, fue tan agradecida que casi iba sola, podríamos decir. Ellos estaban imponentes. Lográbamos momentos de clímax inenarrables. Pero necesitábamos otra guitarra, una guitarra solista, eso estaba claro (la mía era rítmica). Al terminar los ensayos, solíamos tomarla en los bares de los alrededores. En uno de ellos, nos entró un camarero joven, moreno, de piel clara y un poco cejijunto, guapo también, que se llamaba Javier, Sid Berú. Javi era gallego, de Santiago, y estaba en Madrid un poco buscándose la vida en lo que pudiera. Al ver nuestros instrumentos, comentó que él era guitarrista, así que fue dicho y hecho; le probamos y se unió a nosotros. Javier hizo unas guitarras preciosas, creativas, misteriosas, sugerentes, de otro mundo, como la del “Depredador”. Yo estaba tan interesada en que la cosa funcionara que le alojé en mi casa, conmigo, lo que provocó más de un cotilleo del tipo especulativo-ferial... Con “Malicia Cool” (que así nos llamábamos, ya sé que el nombre no es muy allá, probamos decenas) grabamos aún dos 38 RAFAEL BURILLO


“¡Levántate y anda!” (con mucho cariño, ¿eh?). Además, estaba impresionada; yo había admirado profundamente a los Polanski y ahora estaba ¡tocando con la mitad de ellos, con su legendaria base rítmica! La guitarra, mi querida entrañable adorada guitarra eléctrica, fue tan agradecida que casi iba sola, podríamos decir. Ellos estaban imponentes. Lográbamos momentos de clímax inenarrables. Pero necesitábamos otra guitarra, una guitarra solista, eso estaba claro (la mía era rítmica). Al terminar los ensayos, solíamos tomarla en los bares de los alrededores. En uno de ellos, nos entró un camarero joven, moreno, de piel clara y un poco cejijunto, guapo también, que se llamaba Javier, Sid Berú. Javi era gallego, de Santiago, y estaba en Madrid un poco buscándose la vida en lo que pudiera. Al ver nuestros instrumentos, comentó que él era guitarrista, así que fue dicho y hecho; le probamos y se unió a nosotros. Javier hizo unas guitarras preciosas, creativas, misteriosas, sugerentes, de otro mundo, como la del “Depredador”. Yo estaba tan interesada en que la cosa funcionara que le alojé en mi casa, conmigo, lo que provocó más de un cotilleo del tipo especulativo-ferial... Con “Malicia Cool” (que así nos llamábamos, ya sé que el nombre no es muy allá, probamos decenas) grabamos aún dos 38 RAFAEL BURILLO


maquetas más; ¡con razón me llamó Alejo Alberdi “la niña de las maquetas”! Lo de grabar no tenía para nosotros ninguna intención promocional ni de éxito (Carlino no entendía esto, porque es un aries), sino que era sólo una manera de ver cómo sonaban, de darle cierto carpetazo al trabajo. Un virgo, Sebas, un sagitario, Pejo, y yo, una escorpio, obteníamos suficiente satisfacción y pasión tocando, y sólo con vernos y tratarnos, como para tener que demostrarle nada al mundo; eso nos parecía una “impureza” y hasta una debilidad del ámbito de lo puramente social, no de lo psicomágico y musculoso que nos interesaba a nosotros.

en un concurso, y estuvimos a punto en los estudios de Radio 3, con Ordovás. Allí a mí me dio una pájara paranoide y me negué a tocar, porque no me gustaba cómo sonaba la batería (alquilada) y por otras cosas.

La primera de las maquetas ("Mentira" y "Las Motos") las grabamos en Rock & Soul con nuestro gran amigo Carlos Torero. Carlos, además de no querer cobrarnos, captó muy bien la naturaleza desnuda y desgarrada de lo que hacíamos. La segunda, en los estudios Attack!, de Lagarto, en el mismo Rock Palace. Ahí hicimos de nuevo un “Sentir” más rockero y guitarrero que el de Go! (los dos son estupendos, según yo lo veo), el “Depredador”, sencillamente maravilloso (el propio autor, Víctor, así lo reconoció) y un “Extraño” quizá algo más flojo, para lo buena que es la canción y lo bien que suena en directo. Tocamos en varios sitios: en Rock Palace, en el Silicona, en la galería de arte Salvador Díaz en una performance del número uno mundial del arte Rickrit Tiravanija, en el Eneva, en el Sol

Rafa y yo nos enamoramos. Creo que él se enamoró de mi música y de mi sensibilidad, y yo, por mi parte, al verlo mirar fijamente mi mano izquierda en el mástil de la guitarra para aprenderse los acordes. Como casi todos los acuarios, era quizá menos rotundamente “tío” que los otros, y se veía claramente que también estaba pasando por una crisis vital. Quizá no he mencionado antes que Pejo y yo estábamos separados por aquel entonces, desde mi crisis hospitalaria. Visto en la distancia, podríamos decir que aquel alejamiento formó parte de una depuración y renovación totales, en todos los ámbitos, y cuando nos hemos vuelto a unir después, es indudable que ese crecimiento fue bueno y necesario, pues ahora nos queremos más que nunca, mejor que nunca y somos más capaces y mejores personas ambos.

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41

En los concursos, quedábamos siempre en muy buen número, el ocho de 360 y cosas por el estilo. Por aquel entonces, Sid Berú ya se había vuelto a su tierra y teníamos otro guitarrista: el acuático, vanguardista e imaginativo acuario Rafael Burillo Salvador, artista polifacético.


maquetas más; ¡con razón me llamó Alejo Alberdi “la niña de las maquetas”! Lo de grabar no tenía para nosotros ninguna intención promocional ni de éxito (Carlino no entendía esto, porque es un aries), sino que era sólo una manera de ver cómo sonaban, de darle cierto carpetazo al trabajo. Un virgo, Sebas, un sagitario, Pejo, y yo, una escorpio, obteníamos suficiente satisfacción y pasión tocando, y sólo con vernos y tratarnos, como para tener que demostrarle nada al mundo; eso nos parecía una “impureza” y hasta una debilidad del ámbito de lo puramente social, no de lo psicomágico y musculoso que nos interesaba a nosotros.

en un concurso, y estuvimos a punto en los estudios de Radio 3, con Ordovás. Allí a mí me dio una pájara paranoide y me negué a tocar, porque no me gustaba cómo sonaba la batería (alquilada) y por otras cosas.

La primera de las maquetas ("Mentira" y "Las Motos") las grabamos en Rock & Soul con nuestro gran amigo Carlos Torero. Carlos, además de no querer cobrarnos, captó muy bien la naturaleza desnuda y desgarrada de lo que hacíamos. La segunda, en los estudios Attack!, de Lagarto, en el mismo Rock Palace. Ahí hicimos de nuevo un “Sentir” más rockero y guitarrero que el de Go! (los dos son estupendos, según yo lo veo), el “Depredador”, sencillamente maravilloso (el propio autor, Víctor, así lo reconoció) y un “Extraño” quizá algo más flojo, para lo buena que es la canción y lo bien que suena en directo. Tocamos en varios sitios: en Rock Palace, en el Silicona, en la galería de arte Salvador Díaz en una performance del número uno mundial del arte Rickrit Tiravanija, en el Eneva, en el Sol

Rafa y yo nos enamoramos. Creo que él se enamoró de mi música y de mi sensibilidad, y yo, por mi parte, al verlo mirar fijamente mi mano izquierda en el mástil de la guitarra para aprenderse los acordes. Como casi todos los acuarios, era quizá menos rotundamente “tío” que los otros, y se veía claramente que también estaba pasando por una crisis vital. Quizá no he mencionado antes que Pejo y yo estábamos separados por aquel entonces, desde mi crisis hospitalaria. Visto en la distancia, podríamos decir que aquel alejamiento formó parte de una depuración y renovación totales, en todos los ámbitos, y cuando nos hemos vuelto a unir después, es indudable que ese crecimiento fue bueno y necesario, pues ahora nos queremos más que nunca, mejor que nunca y somos más capaces y mejores personas ambos.

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En los concursos, quedábamos siempre en muy buen número, el ocho de 360 y cosas por el estilo. Por aquel entonces, Sid Berú ya se había vuelto a su tierra y teníamos otro guitarrista: el acuático, vanguardista e imaginativo acuario Rafael Burillo Salvador, artista polifacético.


Me quedé embarazada (de Rafa). Ya tenía unos 38 años y es lo típico, el casi último tren biológico. El embarazo fue difícil y tuve que dejar la banda. Seguía a tratamiento antidepresivo y el resultado de eso era para mí una lotería. Lo pasé tirando a fatal, creyendo que la medicación o el tabaco o el miedo o la ansiedad o la tristeza iban a dañar a mi niño. Estaba sola entonces, pues tampoco vivía con Rafa, por nuestras cosas. Contra todo pronóstico, el nene, Marino (del mar) nació fantástico, perfecto. Y así sigue, hoy a sus cinco años: un sol reluciente, simpático, gracioso, cariñoso, inteligente y artístico que se levanta cada día en nuestra casa y también se pone por la noche, como el astro rey. Somos una familia feliz (Pejo, Marino y yo). Gracias a la diosa por esto. Pejo, Sebas y yo hemos tocado más veces desde entonces, y lo seguiremos haciendo, al menos Pejo y yo, y otros/as. Alguna vez ha venido también Víctor al local con su fulminante guitarra eléctrica. A diferencia de algunas personas un tanto obtusas, nosotros sabemos que la edad no tiene por qué ser un obstáculo para tocar y crear, sino más bien al contrario. Seguiremos tocando y creando, a nuestra manera, sin buscar el éxito ni el reconocimiento social, hasta en el otro barrio. El día ocho de mayo salió a las tiendas el doble CD, más ANTONIA FUNES

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Me quedé embarazada (de Rafa). Ya tenía unos 38 años y es lo típico, el casi último tren biológico. El embarazo fue difícil y tuve que dejar la banda. Seguía a tratamiento antidepresivo y el resultado de eso era para mí una lotería. Lo pasé tirando a fatal, creyendo que la medicación o el tabaco o el miedo o la ansiedad o la tristeza iban a dañar a mi niño. Estaba sola entonces, pues tampoco vivía con Rafa, por nuestras cosas. Contra todo pronóstico, el nene, Marino (del mar) nació fantástico, perfecto. Y así sigue, hoy a sus cinco años: un sol reluciente, simpático, gracioso, cariñoso, inteligente y artístico que se levanta cada día en nuestra casa y también se pone por la noche, como el astro rey. Somos una familia feliz (Pejo, Marino y yo). Gracias a la diosa por esto. Pejo, Sebas y yo hemos tocado más veces desde entonces, y lo seguiremos haciendo, al menos Pejo y yo, y otros/as. Alguna vez ha venido también Víctor al local con su fulminante guitarra eléctrica. A diferencia de algunas personas un tanto obtusas, nosotros sabemos que la edad no tiene por qué ser un obstáculo para tocar y crear, sino más bien al contrario. Seguiremos tocando y creando, a nuestra manera, sin buscar el éxito ni el reconocimiento social, hasta en el otro barrio. El día ocho de mayo salió a las tiendas el doble CD, más ANTONIA FUNES

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DVD, más libreto de Polanski y el Ardor, llamado “Bailando en el alambre”. Esto es lo que me ha animado a escribir esta historia al hacerme recordar aquellos maravillosos tiempos, en cualquier caso, siempre menos maravillosos que los actuales y que los futuros. Amor y prosperidad a todos y a todas. Por Alicia Navarro Mañas Madrid, 3 de mayo de 2006 alicn@arrakis.es / http://embrujomarino.blogspot.com http://www.myspace.com/maliciacool

[1] El Espía: “Esta es la historia de un matón / que me seguía hasta Japón / vigilando a través de las cortinas / se paraba detrás de cada esquina... / Era un mafioso encantador, profesional, devastador / no podía pasar inadvertido, pues su mirada nublaba mi sentido... / Y me enamoré, de su forma de espiar / incluso le condené, a una lucha emocional / oh, Tony, qué estupidez, mi pasión acribillar / pudiendo poseer mil y una noches de placer, mil y una noche de placer... Yo fui testigo presencial de su trastorno demencial / el calor derretía su sistema / y la sangre era parte del esquema... / Era la eterna indecisión, un muerto frío o el amor / dinero fresco, trabajo a comisión / o ir los domingos a bailar un rock´n´roll... / Y me enamoré... (BIS

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Alicia Navarro Mañas nació en Madrid el 18 de noviembre de 1963. Tuvo una infancia y adolescencia un tanto “serias” –excelente estudiante en todo- hasta que decidió, alrededor de los 14, que la vida había que “comérsela” en generosas porciones sin pensar jamás en las consecuencias. Estudió dos años de Filosofía Pura en la Facultad de Filosofía del País Vasco (“Zorroaga”, San Sebastián) para después, pasando por la UNED, licenciarse en Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid con un espectacular expediente académico. Aprobó, con la gorra, las oposiciones a Escuelas Oficiales de Idiomas y trabajó también como Asesora Técnica Docente en la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Pero hay dos cosas siempre presentes en el curriculum vitae de esta nueva autora: la música –ella siempre ha escrito e interpretado sus propias canciones- y la expresión escrita, que adora (poesía, narrativa, ensayo...). “Chamuscadilla” es una obra escrita, deliberadamente, en un tono económico, rápido, despojado de aditamentos innecesarios, de estilo aparentemente frívolo en ocasiones, pero muy eficaz y descriptivo. Que lo disfruten.

ALICIA NAVARRO MAÑAS

11/6/07

MI VIDA COMO CANTANTE, GUITARRISTA Y COMPOSITORA DE ROCK O...YO TAMBIIÉN RESULTÉ CHAMUSCADILLA POR EL ARDOR DE POLANSKI

gabari couv .QXD

MI VIDA COMO CANTANTE,

GUITARRISTA Y COMPOSITORA

DE ROCK O

YO TAMBIÉN

RESULTÉ

A L L I D A C CHAPORMELUARDSOR DE POL ANS KI

10,00 €

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ALICIA NAVARRO MAÑAS Malicia Cool

Malicia Cool - Chamuscadilla por el ardor de Polanski  

Repaso autográfico de ágil y desenfadado estilo a cargo de Alicia Navarro Mañas (aka Malicia Cool) a la (intra)historia musical en la España...