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Créditos A cargo de esta edición: Ignacio Aguirre Diseño y diagramación: Paula Espina Ilustración de portada y contraportada: 40 años de Arcos: Majo Puga Reportaje: Denisse Espinoza Fotos:
Pablo Sanhueza, Héctor López, Francisco Veloso, Nicolás Miranda y archivo Arcos
Colaboración: Paloma Carrasco, Ximena Duarte y Felipe Oyarzún.
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Arcos, 40 años.
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onmemorar un ciclo histórico importante como este -¡40 años!- puede comprenderse como un movimiento de la vida en el que nos damos el tiempo para recordar (y recordarnos) juntos. Recordar no es un gesto que, dando la espalda al futuro, mire con cierta nostalgia el pasado. Se trata, más bien, de volver a habitar aquellas cuestiones que han sido para nosotros importantes y significativas, intensificando su presencia y compañía desde nuevos contextos, circunstancias y desafíos de presente y de futuro. Lo vivido no se agota ni consume; guarda posibilidades inexploradas para pensarnos siempre de otro modo. Lo vivido es una fuente inagotable para volver a situarnos en ese umbral en el que la memoria abraza lo que siempre está por venir. Antiguamente, cuando se celebraban aniversarios y natalicios, lo que se festejaba no era la «esencia» de alguna persona ni sus características o propiedades más personales. Lo que se celebraba era su genio, es decir, aquello que no puede ser planificado, manipulado ni calculado, pero que en ese permanecer siempre indisponible a nuestro arbitrio, emerge como una fuente inagotable y singular en el que se cruzan pasado, presente y futuro. Conmemorar es entonces volver a «pasar por el corazón» aquel genio que reúne a una comunidad de experiencia, la que no deja de emerger y fluir. Celebramos una singularidad que no poseemos pero que nos da vida. Nunca sabremos muy bien definir en qué consiste su presencia vibrante, la que sentimos -como si soportase nuestros pasos- en los límites de aquello que puede ser nombrado y fijado de una vez y para siempre. Celebrar ese nacimiento que no deja de venir cada año es señal de que un lugar, una persona, una Escuela, están vivos. La vida nunca es algo fijo y cerrado, nunca está presa en una identidad clausurada sobre sí misma, inmutable y congelada. Lo que deja de transfigurarse lo hace en el momento en el que la ternura de su fuego se ha extinguido con su muerte. Festejar estos 40 años de vida involucra dejarse tocar por ese genio que sostiene los ritmos de vida de una Institución que crece de cara a nuevos desafíos y propósitos, precisamente porque está viva. Implica, también, atender a los mundos en los que ha inscrito su historia, y en la que no ha dejado de ser un protagonista importante, acogiendo y propiciando la apertura de campos de posibilidades, de nuevas sensibilidades y de nuevos marcos de comprensión en los que se ha ido gestando la generación de lo radicalmente nuevo. Educación, cultura, comunicación y arte son elementos de nuestra existencia entrelazados en ese proceso en el que el mundo va deviniendo un lugar más amable, más digno de ser amado. Compartir, en este sentido, eso que nos enlaza con la historia del arte y de la cultura de nuestro país, implica provocar que eso que nos pasa y ha pasado no nos pase solos. Aquello que volvemos a pasar por el corazón revitaliza en nosotros eso que nos genera más vida, más mundo, más preguntas, más exploraciones creativas, más complicidades. Implica, también, un acontecimiento educativo por excelencia: allí re-aprendemos a relacionarnos, desde nuevos contextos, historias y futuros posibles, con lo que hemos sido, somos y deseamos llegar a ser. Conmemorar es, entonces, ese acto sencillo en el que nos disponemos a recordar unos junto a otros esa juntura que nos ha mantenido imbricados en una historia compartida. Los textos que vienen a continuación buscan convertirse, de este modo, en un tejido elaborado a manos plurales y diversas de aquellos hitos, experiencias y situaciones que han hecho de Arcos un actor relevante para la historia cultural y educativa de Chile. Queremos con ellos celebrar su nacimiento, exponiéndose sin reservas a ese latido misterioso del que continúan brotando, como si fuese un abrazo que sostiene, ese mundo de sentidos compartidos en los que muchas vidas concretas han inscrito sus deseos y pasiones. Nunca dejamos de nacer –y de morir, dicen. Nacemos cada vez sobre una base que, como un corazón tembloroso, no deja de transformarse, como esa historia que hemos sido, somos y seremos. Estos breves textos buscan ser testimonio de eso. Luis Felipe Oyarzún
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Rogelio Riquelme
Francisca Veas Carvacho
“Los caminos que se abren” el álbum de Los Jaivas de 1972, antes de la fragmentación y fractura de nuestra convivencia, luego la resistencia y la resiliencia, y el rescate de los sueños y esperanzas.
ARCOS es y ha sido, sin duda, la escuela de formación personal y profesional más importante en mi caminar. Abrió el espacio de conocer y reconocer en mí nuevos desafíos de construcción, compañerismo, multidisciplinariedad, así como lugares creativos, de apreciación y valoración de las diversidades, superando conflictos propios y en colectivo. Reconocerme en las diferentes personalidades, familias y contextos de tod@s quienes pasaron por la Escuela de Diseño me ha permitido ser más empática y transformar/me día a día, para con ello decidir cómo deseo y proyecto la sociedad en la que me gustaría vivir.
En los ochenta, inicios de la década, una pequeña pero importante puerta que se abrió como un camino a recorrer y construir en el andar, en un tránsito contracorriente, contracultura frente al estado pero a favor del viento de cambios y de futuro, vinieron las fotografías, las películas, los diseños, las canciones, con ello las y los jóvenes a recuperar los sueños, a construir nuevas esperanzas, a repensar el mundo. Hubo que atravesar aguas tempestuosas, construir los puentes donde no existían, mirarse así mismos, recuperar las fuerzas y seguir por el camino ya trazado, pavimentando los tramos inciertos, hasta alcanzar el equilibrio sólido de cuerpo y espíritu que permitió seguir caminando a paso seguro. 40 años para mirar y aprender, cuarenta vidas, cuarenta reinvenciones, cuarenta jóvenes y sus cuarenta familias, los que iniciaron el recorrido, cuarenta desafíos, cuarenta murallas para derribar, cuarenta mares para recorrer. Hay otras travesías lejanas o bíblicas, las nuestras cercanas y vividas, pero todas mirando hacia adelante reconociendo el pasado con su aprendizaje, sus certezas y extravíos. Hoy miramos hacia atrás con el espejo retrovisor del futuro, a vencer las nuevas murallas, que el cambio climático nos inunde de nuevas ideas, que los sueños y esperanzas sean los nuevos virus y sus variantes sean lo diverso y novedoso, para componer El lado Luminoso de la Luna, El Baile de los que no Sobran. Y como todo nuevo camino que se abre, no se recorre solo, así ha sido este recorrido de cuarenta años y así serán los que vienen, como dice la canción antigua pero siempre nueva: “Todos Juntos”.
Lila Calderón Conmemorar 40 años son palabras mayores, especialmente porque ha significado incidir como un colectivo en la historia del arte y la cultura de Chile. Yo viví la experiencia desde adentro. Estudié Comunicación Audiovisual en la sede de Pedro de Valdivia de ARCOS, en los años 80, y desde el año 1995 soy parte de su cuerpo docente. Siempre destaco a los extraordinarios profesores que tuve. A Francisco Brugnoli, Néstor Olhagaray, Alfonso Calderón, Vera Carneiro, Demetrio Psijas, Emilia Tijoux, Jorge Michell y tantos personajes del arte y la cultura que fueron parte de este espacio en momentos políticos muy adversos; y, sin embargo, teníamos una Galería de Arte, la revista cultural Ojo de Buey, seminarios, encuentros, festivales. Un diálogo que fluía desde diversas vertientes y lenguajes expresivos. Así comprobé que la docencia permite el intercambio de experiencias y también recuperar al narrador ancestral que llevamos en nosotros, porque esta aventura es tan natural que se inicia en el origen de los tiempos, alrededor del fuego, con la mismísima mitología. Siempre esperé que una sala de clases fuese el lugar para desplegar el ritual del vuelo, y que se cruzasen los tiempos y las épocas con historias de personajes que generan mo-
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vimientos, que se transforman y viven entrando y saliendo del tiempo como si fuera cosa de traspasar la cortina de un teatro; y a veces nos encontramos en la platea, en el balcón, o somos los músicos que ensayan la melodía para iniciar un encantamiento. La educación permite aprender a hacer ese trabajo, ya sea que nuestros intereses se muevan hacia la creación, la investigación, la acción, la reflexión, la metafísica, la política o la magia. Y qué mejor ejemplo que la experiencia de enseñanza y aprendizaje intenso que hacía el maestro Francisco Brugnoli, en Historia de los Estilos. En medio de la penumbra, con su despliegue de diapositivas y su voz en off, traía hasta la sala el barroco más festivo y teatral, con escenarios y ángeles sonrientes que resguardaban las puertas de la metafísica celeste. Brugnoli hablaba con emoción y se desplazaba como un actor. Lo admirábamos porque era capaz de responder o abrir todas las preguntas sobre la vida y más allá. Era lo que siempre había esperado, un profesor que rehiciera la historia capa a capa bajo el cielo raso de la sala, quizás esa sea la “actuación pedagógica”. Él nos motivaba a hacer ejercicios insólitos, a encontrar relaciones entre imágenes, sueños y diálogos surgidos del orden-desorden de la vida, por donde circula el flujo de la existencia. Podría narrar sobre los ingeniosos métodos de cada profesor y profesora para agradecerles su entrega, que me permitió elegir también este camino dinámico del hacer y rehacer con los materiales de la creación, la comunicación y la integración de las nuevas tecnologías y sus recursos, y, por supuesto, a adaptarse a los imprevistos con una plasticidad a toda prueba, como lo demuestra este presente de pandemia, cuarentenas y educación online. Por eso espero que el rol del profesor sea siempre considerado como la base arquitectónica de cualquier espacio de aprendizaje y la memoria permita sostener el significado del ritual “conmemorar”, para que el futuro siempre sea una puerta abierta con sentido. ¡Felices 40 años!
Jaime Valdés Venía de distintas experiencias en educación. Me había formado en la Universidad de Chile durante la década de los 70’. Primero como estudiante de ingeniería, luego las aulas del Pe-
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dagógico en el corazón de las humanidades. Bibliotecas, libros y relatos de historia comparada de sociedades, culturas y civilizaciones, colmarían mi espíritu, en contrapeso a la dictadura que nos asolaba. Así me convertí en profesor de historia y geografía, me vinculé con el afecto y aprendizajes de mis estudiantes. Descubrí la pedagogía. Profundicé estudios y conocimientos en campos afines del desarrollo humano, participando y liderando inéditos proyectos en comunidades escolares y universitarias. Mi primer acercamiento al Instituto lo hice impartiendo un diplomado de formación didáctica. Durante unos meses del año 2007, tomé contacto con un colectivo docente fascinante y de extraordinaria calidad, confirmando que el tesoro más preciado de cualquier centro educativo son sus profes. Sin entender mucho, pero intuyendo espacios nuevos que se abrían en mi mente, comencé a colocar mi curiosidad en ese mundo de las artes, la sensibilidad creativa y la comunicación. A poco andar, acepté la invitación del rector Sanfuentes de hacerme cargo de la gestión integral en la sede de Viña del Mar, iniciándome en un nuevo camino territorial y profesional. Me poseía el vértigo de la ignorancia asombrada y un deseo alegre por explorar un laberinto de oficios, cursos y talleres. ¿Qué me significó la “experiencia ARCOS”? Podría resumirla como una experiencia privilegiada de participar activamente en un espacio flexible y lúcido. Original en prácticas formativas y creadoras, conversaciones de calidad, libertad para pensar, hacer docencia responsable, proponer relatos, relaciones y encuentros enriquecedores más allá del aula y el trabajo, compartiendo tradiciones de conocimiento, comunidad, sentido de equipo y amistad. Trama propicia donde continuamente hay algo por descubrir o inventar. Con el tiempo fui percibiendo en ARCOS una institución consistente, cercana de lo que quiere ser y de lo que quiere decir. Es su búsqueda permanente. Manteniendo la tensión entre creación y comunicación: tomando la palabra y la imagen para pensarse como lugar en la sociedad. Nunca como verdad fija, sino con
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preguntas frescas, insinuando posibilidades y proyectos por venir. Sus “máquinas” secretas de saberes han sido la memoria y el taller de obra como momentos sublimes del desafío de cada persona. Ahí se puede descubrir con imaginación el destino anticipativo de quién eres. De esta manera, se me consolidaron entendimientos de la educación como transformación. Como algo que “nos pasa”, en el juego mágico de las variaciones infinitas donde se mezclaban experiencias distintas de individuos y disciplinas. No copiar lo que se ve sino proponer una nueva mirada. Recreando las tradiciones y el plagio de manera sistemática a través del uso de tecnologías digitales. No inventar ideología, sino recoger las que existen, con lecturas siempre incompletas, en la búsqueda del autor y su obra, incluso aquellas que aún no se han visto. Escuchando simultáneamente la cultura popular y la “alta cultura”, donde todo es singular. Donde nada perdura y todo es asociación de ideas e incertidumbre. Ingeniosos ejercicios con hipótesis hermenéuticas sobre el mundo, relatos desde las calles o la intimidad de la pantalla. Para mi fueron años de enorme fertilidad académica y construcción de patrimonio espiritual, colectivo y personal. Me sentí involucrado en plenitud. Al final, acepté con alegría la responsabilidad de coordinar en forma microscópica un nuevo currículo sistematizando la experiencia existente. Debates enriquecedores, lecturas y pensamiento complejo, horas y horas de precisa escritura conceptual y de fatigar viajes hacia y desde la capital. Reconocimientos y mucha satisfacción por el trabajo logrado. Siento fuerte admiración, afecto y agradecimiento por mis colegas, funcionarios y estudiantes. Hoy, ya retirado de esas contiendas, digo con cariño: larga existencia para el Instituto ARCOS…
Francisco Veloso Ferrari “Mientras el cuerpo humano esté afectado por un modo que implica la naturaleza de algún
cuerpo exterior, el alma humana considerará ese cuerpo como presente y, consiguientemente, mientras el alma humana considera como presente un cuerpo externo, esto es mientras lo imagina, el cuerpo humano está afectado por un modo que implica la naturaleza de ese cuerpo externo…” (Baruch Spinoza. Ética, parte tercera, proposición XII) El año que ARCOS se trasladó desde Ñuñoa al ex edificio de Chilectra (en calle Santo Domingo con San Antonio), vivimos un proceso complejo: veníamos de unas casas con patio y ahí vivíamos una horizontalidad espacial, donde nos encontrábamos permanentemente. Este nuevo hábitat estaba dominado por la verticalidad. Tuvimos un encuentro para reflexionar sobre lo que estábamos comenzando a vivir en este lugar. Desde el punto de vista cultural, este espacio era interesante, pero ¿qué pasaba con el alma del lugar? Lo que sucede en un lugar no desaparece, se queda pegado en las paredes, en el aire… El día 6 de noviembre de 1975, a la salida de este edificio, donde se encontraba la gerencia general de Chilectra, entidad donde trabajaba, fue detenido Juan Luis Rivera Matus, electricista, dirigente sindical. Fue secuestrado por 5 sujetos de civil no identificados que no exhibieron orden escrita, ni dieron ninguna explicación. Con destino desconocido, nunca más se supo de él. Juan Luis, sin ninguna duda, recorre estos pasillos como el fantasma del padre que ronda a Hamlet. Años después, con la llegada de Francisco Estévez a encargarse de las relaciones de ARCOS con la comunidad, se tomó contacto con las autoridades municipales y con los familiares de don Juan Luis. El día 6 de noviembre del 2015, cuarenta años después, se organizó un acto público, en las afueras del Instituto. Con su familia presente (varios viajaron desde su lugar de exilio) se recordó este doloroso hecho, se instaló una placa recordatoria en el exterior del edificio, para así hacer presente a todo transeúnte que pa-
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sara por este lugar, que la ciudad y nosotros, docentes y estudiantes, teníamos presente a Juan Luis Rivera Matus. La responsabilidad de un lugar de estudios y enseñanza es no solo la formación profesional, además estamos formando ciudadanos, ciudadanos con memoria. Luego, dejamos el centro de la ciudad, estamos frente a la cordillera de los Andes. Hoy, ella diariamente nos mira y nos pregunta, como una madre en vigilia permanente y perpetua: “Mirando recta hacia el niño, haciendo señas al Ciervo, y cerrándoseme a mí en un nudo que le entiendo, mi cordillera camina con sus carnes y sus huesos.” (Gabriela Mistral).
Ximena Duarte En ARCOS es posible creer, creer en los sueños, esperanzas, iniciativas y esfuerzos de las personas. En su imaginación, pensamiento crítico y capacidad transformadora. Se puede tomar riesgos y, por lo mismo, es un lugar donde confiar es importante. Se trabaja diariamente en la construcción de un proyecto donde la colaboración es parte de la ética y base de los mejores resultados. Aquí se pone el ojo en un futuro al que no se quiere llegar haciendo lo que en el pasado, por eso la innovación es parte del estado de ánimo.En ARCOS se sabe que el razonamiento deductivo no es el único tipo de razonamiento y que las personas ya no se dividen en inteligentes y no inteligentes; sino en las que aman lo que hacen y las que no. Acá la vida impacta y entusiasma; y la experiencia estética se reconoce como una capacidad esencial para la creatividad y el despliegue de lo humano. Por lo mismo, se aspira a ser capaces de ver en una pregunta muchas posibles respuestas. Acá
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conviven las personas que en otros lugares no encajaron, quienes mirando desde otro lado tratan de cambiar su mundo a la mano. Por ser un lugar único e indispensable que ha tenido la fortuna y el honor de congregar a varias generaciones de talentos creativxs, convencidxs y comprometidxs con la enorme oportunidad que representan para Chile, ¡ARCOS, felices 40 años!
Tirso Troncoso Mantener el ímpetu creativo en continua expansión es el desafío que una institución educativa debe sostener si quiere perdurar. Tiene razón Foucault cuando afirma que un sistema de enseñanza es una ritualización del habla, a lo que nosotros agregamos, una ritualización en continua resemantización de sus conceptos claves. En cierto modo, en constante tránsito hacia nuevas significaciones. Para nosotros el rito no es mera repetición mecánica de la trama de sus conceptos: es admitir que siempre hay un remanente de no saber por alcanzar. ARCOS ha sabido mantenerse atento a su presente. Uno de los soportes que han permitido sortear con éxito su trayectoria es contar con académicos-artistas, que han logrado articular ese doble registro de creadores y formadores al mismo tiempo. Contribuir a despertar procesos creativos, no tener miedo a lo nuevo y acompañar con afecto a las nuevas generaciones, ha sido la clave para gozar de buena salud. Imaginar es siempre problematizar el imaginario que se habita. El no renunciar a aquello ha sido nuestra opción.
Carla Möller Trabajo en ARCOS desde el año 2010, segundo semestre. Por un breve tiempo estuve en los cursos vespertinos de la carrera de Fotografía Técnica y luego pasé a la carrera de Fotografía Profesional, hasta hoy. Las carreras técnicas en Chile han sido consideradas secundarias y de bajo valor laboral, especialmente durante y después de la dictadu-
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ra cívico-militar (1973-1989), una vez instalado el sistema neoliberal. Sin embargo, el acierto de profesores de ARCOS de profesionalizar la carrera de fotografía ha sido un aporte relevante para la disciplina, por ser una de las primeras escuelas de fotografía existentes en Chile en los años 80. El programa que imparte la carrera atiende las expectativas tanto técnicas y pragmáticas de la fotografía, así como las de conocimiento teórico y estético, fundamentales para proyectar la fotografía como uno de los medios mejor dotados de expresión crítica, por su capacidad de articular arte y técnica. Creo que el aporte de ARCOS es extensible a la sociedad chilena, más que al área del arte y la cultura en particular. La formación técnico-profesional da la oportunidad a generaciones jóvenes de incorporarse y desarrollarse en la especialización, y de esta forma en la profundización de un quehacer.
Darío Burotto La primera vez que oí hablar del Instituto ARCOS fue a fines de los años 80s, en las postrimerías de la dictadura. Como estudiante de la Facultad de Artes de la U. de Chile estaba familiarizado con la resistencia cultural que se articulaba en distintos espacios como el Garage de Matucana y en otros con mayor espalda institucional, como el mítico Festival de Video Arte del Instituto Chileno-Francés de Cultura, espacio que cobijó a creadores como Carlos Flores, Carlos Altamirano, Eugenio Dittborn, Gonzalo Mezza y Néstor Olhagaray, entre otros. Fue en uno de esos festivales que el jurado tenía a dos representantes de ARCOS: la teórica Nelly Richard y el docente Iván Arellano, claro indicio de que el instituto ya era un actor relevante en la irrupción de nuevos lenguajes en el arte. En efecto, descubrí que ARCOS, pese a su pequeño tamaño, tenía una dirección, académicos y estudiantes que generaban una rica reflexión política en torno al arte y la cultura en el Chile de la época, a la vez que indagaba en las nuevas condiciones tecnológicas y su impacto en la creación artística. Fruto de ello fue la creación de la carrera de Fotografía, considerada hasta enton-
ces un oficio, y también su famoso Festival de Cortometrajes. La relación entre la tecnología, el arte y su lenguaje se convirtió en uno de los ejes de la reflexión que se dio ARCOS, articulada por teóricos y creadores como Jaime Muñoz, Néstor Olhagaray y Jorge Michel, entre otros, anticipándose al mundo hipermoderno actual, en donde las pantallas de dispositivos y su ubicuidad conforman el nuevo paisaje cultural. Finalmente, es inevitable recordar la exposición “Lonquén 10 años” de Gonzalo Díaz en la galería Ojo de Buey del mismo Instituto. Con ella (y otras) ARCOS se posicionó definitivamente como un actor relevante en la historia del arte y la cultura chilena.
Mariana Zegers I. En memoria de Teresa Izquierdo Huneeus
De chica crecida, entre niña y joven, mi mamá comenzó a trabajar en el Instituto, en los tiempos en que este se emplazaba en la sede de Campo de Deportes. Acostumbraba llevarme con ella al trabajo, de paso o por jornadas más extensas. Así fui conociendo a su gente, y pude también incursionar en la fotografía y construir mi primera cámara estenopeica. Aún guardo la memoria de ese retrato adolescente. En mis primeros tiempos en ARCOS, hace algo menos de 25 años, recuerdo ver circular la revista Ojo de Buey, una de las pocas revistas de cultura visual y de cultura considerada en su mayor amplitud; filosófica, humanista y literaria. En la casa aún conservo algunos ejemplares de Ojo de Buey; los atesoro como parte de esa memoria. También recuerdo el Festival Internacional de Cortometrajes, innovadora y diversa expresión cultural de esos tiempos. Allí ayudé a mi mamá en sus labores de productora y, a medida que yo crecía, el Festival crecía conmigo. Del teatro California nos cambiamos al Cine Hoyts de La Reina. Tengo recuerdos maravillosos del Festival; de asistir a los invitados, de los chacareros en el Tip y Tap y mi
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mamá de anfitriona del jurado internacional. Recuerdo, mientras movía pendones o atendía a personas, meterme a las salas y llenarme de una cultura que en ese Chile atomizado postdictadura no abundaba precisamente.
abrazar los avances tecnológicos que heredamos a lo largo de generaciones y hacerlos parte de nuestro proyecto académico. Hemos incorporado todas aquellas innovaciones pertinentes que la industria de las TICs ha desarrollado.
Luego, en Santo Domingo con San Antonio, tengo algunas rutinas con mi madre: los paseos a la ropa usada, al Nuria o al Ají Seco. Las idas a la peluquería en el caracol de los juegos Diana. ARCOS era nuestro punto de encuentro.
Pero si bien la tecnología ha sido tremendamente útil para nuestra comunidad, no la entiendo como un fin, sino como un medio; la tecnología por sí sola no genera valor, es la creatividad, mediante el uso de la técnica, la que lo genera. La humanidad lo ha sabido durante milenios, un ejemplo podría ser la invención de la rueda; las problemáticas que motivaron su invención estaban ahí y el ser humano intentó durante cientos o quizás miles de años resolverlas de modos más o menos eficaces; pero finalmente la observación, la reflexión, la ideación, el ensayo y el error le permitieron llegar a la solución más simple, elemental y efectiva de todas: la rueda. No es la tecnología la que ha permitido el desarrollo humano, es la CREATIVIDAD.
Pasé de niña a joven y de joven a adulta en el ARCOS, y así como todo cambia, ARCOS también ha cambiado a lo largo de su historia. Siguió creciendo, se mudó de casa dos veces en el intertanto, y hoy se aloja a los pies de la Cordillera, en el sector de Peñalolén Alto. Hoy recibe una gran cantidad de personas que estudian con gratuidad. Actualmente soy docente del Instituto, mi madre ya no está en este plano, y las cosas, las personas, los acontecimientos tienen un aire tan novedoso, o contingente quizá, como familiar. Al fin y al cabo son las relaciones humanas y con nuestro entorno las que quedan, y estoy cierta de que en algún pasillo de esa historia, mi madre se pasea con una de esas pintas singulares y elegantes que solía escoger.
Gabriel Sanfuentes
Mi vínculo con ARCOS comenzó hace muchos años. Primero como profesor de informática y luego como socio y directivo. A través de los años y en mis distintos roles, la tecnología ha llamado permanentemente mi atención, interesándome en particular en su evolución y aplicaciones en el quehacer académico. Así, he visto cómo nuestras carreras han incorporado estas tecnologías para ofrecer una mejor experiencia al usuario. Nuestras carreras son esencialmente creativas, y la mayoría de ellas ocupan soportes tecnológicos, tanto en su proceso de aprendizaje como en la generación de obras. Hemos sabido
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ARCOS se encuentra hoy en la confluencia de 4 industrias que han incorporado tecnología durante su evolución: la industria cultural, la industria del diseño, la industria del entretenimiento y la economía creativa. En estas industrias somos a la vez consumidores y productores de tecnología; prosumidores. Hemos incorporado nuevos soportes tecnológicos, lo que aplicamos en el proceso formativo de nuestros estudiantes, al tiempo que producimos nuevas experiencias para la sociedad. Hoy la humanidad está dando un nuevo paso; está construyendo la Matrix. Primero fue la internet 1.0 con la hegemonía del texto; posteriormente se incorporó el audio y el video, surgiendo así las primeras comunidades digitales; y hoy estamos asistiendo al desarrollo del metaverso. Lo que hace 20 años fue una ficción imaginada por las hermanas Wachowski, hoy se ha vuelto realidad, precisamente de la mano de distintas empresas tecnológicas, entre ellas Epic Games y Meta (ex Facebook). Esta Matrix de la que hablo, es una experiencia inmersiva y social que nos permitirá interactuar en formas totalmente nuevas. Las barreras físicas serán reinterpretadas, no pocas anuladas, en
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este universo virtual. Podremos realizar una clase de historia universal en un museo al otro lado del mundo o mirar el universo desde un observatorio ubicado en Júpiter. Las cuestiones filosóficas y sociales que esto supone son sencillamente fascinantes. La confluencia en la que ARCOS se encuentra domiciliado nos coloca en una posición potencialmente protagónica —incluso privilegiada— en la fundación de esta nueva construcción social. Nuestra obligación es adoptar una mirada institucional al respecto, ¿es este el fin de la humanidad como la conocemos o el comienzo de una experiencia híbrida que permitirá a la humanidad avanzar hacia un nuevo estado de conocimiento? Cualquiera sea el caso, la revolución está aquí; y junto con formarnos un juicio sobre sus alcances, debemos comprometernos con el futuro y reflexionar sobre el rol que nuestros egresados desempeñarán en ese mundo, como generadores de valor, de obra y de contenidos.
Claudia Celedón Ureta Venía saliendo de una terapia muy intensa. Estaba aliviada y agotada. En la tarde me llama un amigo de esa época para contarme que me iban a llamar del ARCOS para que dirija la carrera de Actuación. Plop. Al principio pensé que me estaba tomando el pelo. Es en serio, me dijo. Cortamos. Me quedé pensando A los pocos días me llamaron de ARCOS para que fuera a una reunión con los jefes. Pensé que seguía la broma, obvio. No. Me mandan dirección y hora de citación. Dudosa me fui caminando para despejarme y confiar. Al llegar miré para todos lados por si me estaban grabando. No tenía personaje definido, mi vestimenta me delataba, estaba confundida. Entro. El lugar existía y era de verdad. Doy mi nombre y me hacen pasar a una cómoda oficina. Ahí me estaban esperando dos hombres muy amables y cercanos. ¡¡¡¡Todavía sentía que
se podían abrir las puertas y encontrarme con un grupo de enfermos gritando SORPRESA!!!! ERA UNA BROMAAAAA. No ocurrió. Los hombres me contaron un poco de ellos y de la institución. Luego entre risas me dicen que me googlearon y que me parecía mucho a su hermana. ¿Qué mierda saldrá de mi en google?, ¿cómo será esa hermana? Luego me dan la pasada para que hable de mi y de mi carrera. En ese entonces yo tenía 43 años, una lola. Nunca estuve relajada, traté de ser lo más clara, honesta e idiota posible. Siempre pepe grillo detrás juzgándome. Lo que más me quedó grabado de esa primera reunión fue la frase de uno de ellos; “la dictadura fue una época maravillosa”. Me dio vueltas la cabeza. Pensé en La Vida Es Bella y en miles de cosas preciosas que yo también había vivido y que aún no podía reconocer ni menos racionalizar. Entre las más importantes, mi hija. Sabía que este era un lugar de izquierda, de lo contrario no sé si habría asistido, pero nunca se me había ocurrido ni menos aceptado que en la época de la dictadura también vivimos cosas maravillosas. Entendí de dónde lo decía y a qué se refería. Éramos del mismo bando, otra sensibilidad. Salí contenta y pensé que si no me volvían a llamar no me importaba. Ya había dado un paso importante. Atreverme a tomar un desafío como ese, aunque fuera una broma de pésimo gusto. No me llamaron más… Después de un tiempo razonable me llamó el rector de ese entonces. Educada en esta sociedad machista/patriarcal agotadora, ¿que hice?: me vestí de mina con un escote que me acuerdo y me da vergüenza. Lo más chistoso de todo es que llegué a la oficina de este señor rector que era de edad e intelectual, qué risa. Mis pequeñas pechugas apretadas, mis tacos y vestido corto le importaron 3 pepinos. Empezó con un interrogatorio minucioso del teatro y sus inicios. Yo no conocía a la mayoría de la gente que me nombraba y había leído el 20% de los libros que mencionaba. Fui muy honesta, soy. Cuando no sabía le decía, no
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lo conozco. ¿No lo conoces? me decía impactado. No. Jajaja. Se tiene que haber quedado con la peor de las impresiones, no me importó nada. La pega era mía. Y él ya estaba dejando su cargo, por suerte. Mis amigos y jefes iban a ser los primeros. Acepto, firmo contrato, estudio mallas, profesores, formaciones, me junto con mis amigxs teóricos inteligentes, etcétera. ¿Y cuál fue la premisa clave? Cómo me hubiera gustado estudiar a mi y qué escuela me hubiera gustado tener. De esas dos simples preguntas se formó nuestra actual escuela de Actuación ARCOS. Chile ha cambiado (la vida es cambiante). Ustedes queridxs alumnxs han enfrentado el despertar feminista, la revuelta, la pandemia y la gratuidad de un modo especial, adaptándose con creatividad y rigor. Esto nos llena de orgullo y da cuenta de que las herramientas que entrega la escuela son fundamentales para un escenario o sociedad donde no está nada dado y todo puede cambiar en el acto, teniendo que sacar adelante la vida con lo que se presente. Hoy me doy cuenta, que aunque no me creía capaz entonces, antes de dirigir a esta escuela, la vida ya me había preparado para esto. Hoy, 13 años después, rodeada de un maravilloso grupo de docentes, técnicos y profesionales, entiendo porqué, aunque mi vida en el teatro siempre fue sobre el escenario, hoy me toca estar detrás. Gracias, Gracias, Gracias
Andrés Waissbluth Cuando pienso en ARCOS, pienso en personas, muchas, muchísimas personas que son parte de mi vida hasta el día de hoy. Compañeras y compañeros de trabajo en la Escuela de Cine y el Instituto, que hasta el día de hoy son amigos importantes en mi vida. Funcionarios, profesores y estudiantes. Eso es ARCOS y es muy potente, porque a pesar de ser una mezcla de personas y estilos muy singular y heterogénea, comparten algo muy particular que los distingue: las personas que componen ARCOS son
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gente que le desea lo mejor a los demás. Gente de buen corazón. Sensible. Es así como sin importar la infraestructura crece y mejora a un ritmo constante; los resultados son notables. Notables no solo por los éxitos medibles en premios o acreditaciones, notables por la poderosa transformación que sufren nuestros estudiantes, quienes pueden hacer de sus talentos y sueños profesiones viables para participar de la compleja trama social y cultural de nuestro país. No puedo nombrarlos a todos, pero cuando pienso en ARCOS pienso en Michelle Bossy, Ximena Pereira y Gabriela Sobarzo, en Ruth Navarro, Daniela Gonzalez y Ernesto Araya. En Lucho Candia y Carlos Doren. En Nicole Senerman, Cristobal Valderrama, María Paz González, Alvaro Cortés. En Roberto Muñoz, Emiliano Aguayo, Tomás Albagly, Rodrigo Morales. En Claudia Celedón, Darío Burotto y Hector Lopez. En Franex Vera y en Pepe y Gabriel Sanfuentes. En Ximena Duarte, Paloma Carrasco, Roberto Guardia, Cynthia Jara y Nata de Mattos. En la señora María y en la Olguita, en todo el personal del casino. En Paula y Lia Hernandez, en Rodrigo Muñoz, Rodrigo Palacios y Mauro Catalán. Cuando pienso en ARCOS pienso en centenares de estudiantes, a varios de los cuales me los empiezo a cruzar en el mundo profesional. A todos, a los que mencionó y a los que se me quedaron en el tintero, sepan disculpar si les fallé en algún momento y sepan que de ustedes aprendí mucho y que los guardo en el corazón. ARCOS es un proyecto educativo que lleva ya 40 años, un proyecto maduro, consolidado, que sin embargo sigue pareciendo joven ya que no deja de crecer y por eso estar vivo y enfrentado a las complejidades crecientes que nuestro país y planeta tendrán en las próximas décadas. Por esto, creo que es importante reflexionar sobre qué es necesario para proyectar ARCOS otros 40 años más. En mi humilde opinión, el futuro estará marcado por la inestabilidad que la crisis medioambiental, de las instituciones, sumados los cambios tecnológicos y políticos, sin duda asegurarán. Por esto, me permito señalar que la capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias será la clave para seguir avanzando, para seguir siendo el mejor Instituto
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de Artes y Comunicación del país. Maniobrar en la tormenta requerirá de liderazgos fuertes, confiables y audaces, que tengan la autoridad suficiente para conducir en un nuevo escenario donde la transparencia en el actuar y el cuidado del medioambiente, de la naturaleza y de las personas, sean los elementos fundacionales. En ARCOS, como lo señalé al inicio, tenemos larga tradición de cuidado por los demás, por lo que tengo plena confianza que el futuro seguirá siendo esplendoroso para nuestra institución.
Tomás Albagly Para mi, el concepto de desarrollo es un concepto que nos permite realizar un barrido histórico de su evolución constantemente; no tiene una definición única. Inicialmente las teorías relacionadas con el desarrollo se interesaron principalmente por los procesos de enriquecimiento material. Sin embargo, durante los años setenta, el concepto de desarrollo pasó a entenderse como un proceso de ampliación de las capacidades de las personas. Capacidades de las personas de las cuales estoy convencido que el Instituto Profesional ARCOS ha sido un motor incansable durante estos 40 años, en el aporte para el desarrollo holístico del ser humano, destacando permanentemente el papel del arte y la cultura en nuestra vida, alimento del alma y generador de identidad en las personas y donde territorializan. En la trayectoria del instituto hemos habitado una serie de espacios, siendo todos ellos marcados por nuestro sello humano, cercano y creativo, demostrando permanentemente nuestro aprecio y respeto con los demás. Pero también por trabajar incansablemente por una sociedad desarrollada, más justa, más conocedora, empoderada y auténtica. El Instituto Profesional ARCOS tiene su hogar en el arte, la cultura y la economía creativa. Hemos tenido la fortuna de congregar en este caminar a varias generaciones de talentos creativos, convencidos y comprometidos con
la enorme oportunidad que representan para Chile. Cerca de cinco mil personas estudian, enseñan, trabajan y sueñan acá; y ya son miles nuestros egresados y centenares las empresas y proyectos con que estamos vinculados. En este sentido me pregunto, ¿cómo nos arrojamos hacia el futuro?, ¿dónde debemos poner nuestro foco para seguir trabajando por el desarrollo del ser humano y sus complejidades? Es aquí donde trazar una ruta por medio de una agenda de trabajo, basada en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Unesco, nos permitirá no solo estar en sintonía con los desafíos mundiales, sino también para preocuparnos de aquellos objetivos relevantes para una sociedad más equitativa y esperanzadora, donde el arte, la cultura y creatividad juegan un rol sumamente importante. ¿Cómo sostenemos nuestra presencia y participación en los territorios donde habitamos?, ¿cómo entregamos un resultado específico y cuantificable a los habitantes de nuestros territorios, invitándolos a ser parte de este desafío conjunto? Son interrogantes que nos deben tensionar y provocar de manera positiva, de forma que nos motive a seguir por el camino ya recorrido, pero insumando aquellos aspectos como innovación, sostenibilidad, equidad, educación de calidad, reducción de las desigualdades, la innovación y el progreso tecnológico, que son claves para descubrir soluciones duraderas para los desafíos a los que se enfrenta nuestra sociedad. Este texto viene a dar cuenta de las líneas bases que nos permiten honrar nuestro pasado, pero engrandecer nuestro futuro, el cual se ve esperanzador. Un camino desafiante que nos debe llenar de motivaciones en sintonía con un trabajo más participativo entre nosotros y la comunidad, donde el arte, la cultura y la economía creativa sirvan como motor para la construcción del Chile que queremos. Por eso, desde Peñalolén y Viña del Mar, ponemos nuestras capacidades al servicio del desafío de hacer de Chile un territorio para la creatividad.
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40 años
Isidora Stevenson El primer recuerdo que tengo de ARCOS es en mi época universitaria. Ubicado en Campo de Deportes cerca del Estado Nacional quedaba ese pequeño instituto que yo observaba como un lugar lleno de mística y profunda conciencia sobre el país que habitábamos a finales de los tristes años noventa. ¡Cuántas tardes alucinantes pasé en el Madrid escuchando conversaciones sobre fotografía! Nunca hubiera imaginado que casi veinte años después, ARCOS, en su nueva etapa en Santo Domingo, sería el primer lugar donde podría empezar este camino de la docencia. Fue la Escuela de Teatro la que me abrió las puertas, un lugar con un enfoque fresco y ajeno a los teatros de elite, un espacio abierto, diverso, pluralista, que forma actores y actrices en sus áreas particulares de interés. Luego entré a la Escuela de Cine, un lugar que cada año en Lo mejor de ARCOS, impulsa a todxs a conocer las creaciones de estudiantes que buscan sus propios lenguajes. ARCOS, hoy, es un espacio formativo y creativo que aporta, a los diferentes espacios artísticos y culturales, profesionales conscientes que dan cuenta del mundo de hoy.
Lorena Campos (Lourdes Salgado) ARCOS es un lugar educativo singular, que contiene y da visibilidad a una escena vinculada al campo artístico. Es una escena diversa que está expandida por el territorio. ARCOS de alguna forma interviene como un enlazador de estos mundos, generando un espacio para su autodesarrollo y su vinculación, sin intervenir con jerarquías unilaterales y autoritarias, y en donde los protagonistas siempre son los estudiantes y su imaginario.
Carlos Monsalve Ante la pregunta sobre el aporte de ARCOS como institución al cumplir 40 años de
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existencia en el país, yo como profesor con aproximadamente 30 años de trabajo en la carrera de Fotografía profesional, puedo dar mi testimonio desde mi hacer en esa especialidad. Cuando comencé a impartir mi docencia en el Instituto ARCOS, la Fotografía en Chile estaba posicionada dentro de las manifestaciones culturales como una disciplina con una presencia muy parcial dentro de las artes visuales. Mayoritariamente, los géneros más conocidos, eran la fotografía documental, la fotografía publicitaria y el Foto cine club. Fue en el seno de esta institución que, con varios de los docentes como los señores Jorge Aceituno, Francisco Veloso, Gabriel Uribarri y yo, Carlos Monsalve, bajo la dirección del entonces jefe de la carrera el Sr. Chris Fassnidge, comenzamos a dar otro sello a la disciplina, instaurando y promoviendo a la fotografía como una actividad de autor, con un lenguaje propio y acorde al desarrollo que esta había alcanzado en el ámbito de las artes visuales en otras latitudes, principalmente en los países más desarrollados, con grandes autores, con festivales internacionales, con publicaciones y con una historia propia; todas materias indiscutibles en los ámbitos académicos. Fue así como impulsamos la creación del Centro Nacional de la Fotografía, que funcionó algunos años apoyada por personas fuera de la institución y cuyo centro operativo estuvo en el museo de Casa Colorada, donde pudimos realizar una serie de muestras de autores extranjeros y nacionales. Posteriormente, tras el fallecimiento del Sr. Fassnidge, y asumiendo la dirección de la carrera el Sr. Héctor López, este impulso no cesó, sino al contrario, pudimos realizar festivales de fotografía, discusiones en mesas redondas y finalmente lograr que la fotografía dentro del FONDART pudiese ser considerada como una disciplina aparte, con sus propios jurados, situación que cambió definitivamente el rostro de esta disciplina en el ámbito cultural del país.
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Zaida González Mi nombre es Zaida González Ríos. Soy fotógrafa y artista visual de Santiago de Chile. Siempre quise trabajar en ARCOS como docente, pues veía un gran potencial en lxs estudiantes que egresaban de ahí. Después de varios intentos logré ser parte de la escuela. Hoy ejerzo en la sede de Santiago y Viña del Mar. Ha sido muy grato y afectivo el poder trabajar en conjunto con lxs alumnxs en estos tiempos difíciles, ir más allá de lo profesional, comunicarnos y conocer los nuevos lenguajes políticos, corporales, disidentes sexuales y verbales de todo lo que estamos viviendo. Para mi la escuela ha sido un espacio muy seguro y de construcción mutua, donde desde los estudiantes y desde mi labor como docente hemos aprendido muchas cosas, tanto viejas, como nuevas.
Emiliano Aguayo Dicen que uno no debe quedarse en un trabajo por más de 3 o 5 años, y yo, este 2012, cumplo nada menos que 10 años en ARCOS. ¿Y saben? No me siento aburrido, para nada. Y es porque ARCOS, cada día cambia, porque aquí la creatividad es lo más importante. Es más, no me di cuenta en su momento, pero llegué justo a los 30 años, a mediados del 2011. Había trabajado como redactor creativo en agencias de publicidad y llegué a hacer clases, justamente, en esa asignatura. Era todo un desafío, nunca antes lo había hecho, pero mi seguridad en haber trabajado con tremendos creativos en varias campañas publicitarias, me daba energía y confianza. Los estudiantes eran activos, preguntones, venidos de diferentes comunas, y me recordaron de inmediato mi pasado como estudiante en la Universidad ARCIS, cuya historia inicial, coincidentemente, estaba ligada a ARCOS. En estos 10 años, no sólo he mejorado como do-
cente (viene de cerca la recomendación), sino que me convertí en Director de CREATE, un Centro de Creatividad, Tendencias y Emprendimiento que busca que sus estudiantes no sólo sean los mejores fotógrafos, cineastas, ilustradores, músicos o desarrolladores de videojuegos, por ejemplo, sino que también desarrollen habilidades emprendedoras para que puedan vivir mejor de sus talentos, en base a proyectos únicos, independientes y sustentables. Tal como mi alma mater, ARCOS está estrechamente ligado al mundo contracultural, con pensamiento crítico, pero también vanguardista y de la mano de las nuevas tecnologías, lo que no siempre es una unión tan natural y asertiva. En literatura e ideas, cómo no recordar la revista “Ojo de Buey”, nacida en 1987 desde las preocupaciones literarias, filosóficas y culturales de docentes de ARCOS. Mientras, en el último tiempo, se han sucedido los ciclos “Directores de Película”, con las mejores obras de docentes de cine y sus obras, o Expo Creating Games, donde no sólo se juega, sino que se conversa y analiza la industria, o el Encuentro Internacional de Sonido y Música, que se consolida cada año. También tenemos el atractivo Festival de Ilustración Sacapuntas o el importante concurso FotoMaratón, además de los Encuentros Nacionales e Internacionales de Economía Creativa que se han sucedido en el último tiempo, entre otras importantes actividades que no sólo quedan en nuestras aulas, sino que se abren a la comunidad. Es más, termino este pequeño texto mientras comienza la actividad Día del Cine en ARCOS y la institución participa del Primer Encuentro de la Red Nacional de Territorios Creativos, porque cuando llegamos a nuestra nueva casa en 2018, creamos Territorio Peñalolén Creativa. En fin. ARCOS, desde 1981, no sólo forma nuevos profesionales, sino que difunde, exhibe y genera industria. Entonces, ¿cómo aburrirse en una institución donde la creatividad, la cultura y el arte constituyen un desafío constante, que cambia y se potencia cada día?
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Francisco Estévez Ya son cuatro décadas de arte y comunicación social reunidos en una misma historia de realidades y sueños. Mi memoria me sitúa después de Campo de Deportes y antes del Acueducto de Grecia, en una esquina donde conversan día y noche dos santos capitalinos, Antonio y Domingo. Ahí, en esas mismas coordenadas de residencia, donde en tiempos pretéritos se hallaba el interruptor de todas las luces de Santiago, me inicié en las tareas propias de lo que modernamente se denomina vinculación con el medio. Había que impulsar una estrategia de relacionamiento del Instituto con las entidades y actores socioculturales con quienes era posible coincidir en tareas comunes. Más que una extensión unilateral, lo que nos interesaba era la reciprocidad comunicativa: cómo se ligaba el quehacer profesional con un desarrollo humano creativo, justo y sostenible. Fue con esta perspectiva que se avanzó entonces en responder de modo participativo a una pregunta clave: ¿en qué podía sostenerse el aporte de ARCOS para dar cuenta de este propósito fundamental de su misión? La respuesta a esta interrogante de alguna manera podía intuirse en el diálogo formativo de las salas de clase, en los trabajos prácticos o en las encendidas conversaciones del café de las horas libres. Sí se revelaba en los ejercicios de actuación, movimiento y voz para una obra tantas veces ensayada o para la espontaneidad de un pasacalles; o en el despliegue de grabados, fotografías y dibujos, reveladores del alma y el cuerpo, por todas las galerías y balcones; o en las secuencias de cámara y montaje de una historia nueva; o en los acordes de una interpretación musical que te renueva por entero; o en la aventura de las artes visuales en redes imaginarias; o en la gestión de eventos tan planificados o en perfomances tan genialmente improvisadas. Pues bien, la clave está en la comunidad de sus profesionales, administrativos y académicos, en diálogo creativo con el conjunto de sus estudiantes. Con todo, debe destacarse en este plano el valor de su patrimonio docente. Las y los profesores de este gran espacio formador
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de profesionales del arte y la cultura hacen la diferencia. Desde luego, por la especialización académica de cada cual. Pero junto a lo anterior, por su entrega, más allá de las obligaciones, a la tarea de fortalecer un espíritu de crítica y transformación social. Precisamente lo que distingue a ARCOS de otras entidades afines son sus académicas y académicos, quienes comparten un compromiso de consecuencia y una visión renovadora de la formación en cada una de las especialidades que se imparten. Por cierto, siempre está el requerimiento de cumplir con los parámetros de la excelencia, pero más que la instrucción es la formación lo que le da sentido al encuentro motivador entre los saberes del aula y los saberes de la calle, esto es, de la vida misma.
Roberto Guardia La creatividad y la búsqueda de soluciones a problemas del medio social y cultural, ha estado siempre en el centro del modelo educativo de IP ARCOS, desde la tradición histórica de nuestras “escuelas productoras”. El taller central, en todos los semestres de nuestras carreras técnicas y profesionales, es el lugar privilegiado donde las y los estudiantes, junto a sus profesores, despliegan los aprendizajes desarrollados durante la carrera, en la implementación de proyectos, obras o productos para la resolución de problemas y preocupaciones del campo profesional; sean estos en la forma de encargos con cliente real o como respuestas autorales a búsquedas o exploraciones personales. El territorio, en particular el ámbito local en que la Institución se despliega, constituye el gran laboratorio donde la comunidad educativa del Instituto junto a las diversas comunidades que cohabitan su entorno, tiene la posibilidad de formular, prototipar, pilotar soluciones creativas para la resolución de los diferentes problemas y desafíos que enfrenta el medio social, particularmente vinculados al cambio epocal que vivimos y las diversas transformaciones y desafíos que este conlleva.
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Rafael Panteón Dedico este momento a considerar con admiración y gratitud a nuestras profesoras y profesores. A lo que nos traen y traerán. En particular pienso en su arrojo permanente a cultivar un ojo crítico y creativo sobre su propio hacer. Esto me atrae e invita a seguir aquí cada año. Y sospecho ha sido parte de ARCOS desde que nació hace 40 años y espero lo sea por otros 40 años y más. Una frase dicha, conversada y compartida con profesores del programa de tutorías de ARCOS, donde me involucré por varios años, ilustra el origen de mi ánimo. Una profesora me dice “El nombre tutoría supone tutela y ¿quién soy yo para arrogarme ese rol con un estudiante?, mi trabajo debe ser escuchar, aprender y acompañar a los estudiantes en su propio camino”. Ese día el programa, su rol, el rol de cada profesor y el de ARCOS, de hecho, cambió para siempre en mi imaginario. Los estudiantes dejaron de ser personas vulnerables y carentes a quienes enseñar y pasaron a ser personas completas, con un camino y una riqueza, y nuestra oportunidad es acompañarlos a sacar fuera lo que traen, cultivarnos y transformarnos con ellos, que nos ofrecen año a año una ventana al mundo que viene. Gracias por eso profes.
en momentos en que la interactividad multimedia era furor entre las nuevas tecnologías, algunos alumnos y ayudantes conseguimos demos de los softwares y comenzamos la autoinstrucción, con la dificultad de que ni siquiera existían los tutoriales en internet. Lo que aprendíamos lo enseñábamos a otros y así surgía la veta de la docencia. Durante estos años he realizado clases en muchas instituciones: públicas y privadas; grandes y pequeñas; técnicas, profesionales y universitarias. En ninguna he encontrado el ambiente y espíritu que se respira en ARCOS, ni en el cuerpo académico ni en los estudiantes, todos ellos diversos, creativos, críticos, profundamente libres. Es un orgullo haber sido un humilde aporte a la formación de cientos de jóvenes que han dado forma a la escena creativa chilena. Mucha gente valiosa ha pasado por la institución en estos años, algunos se quedaron, otros partieron. A todos se les recuerda con cariño, profesores y ex alumnos que pasaron a ser colegas y luego amigos... con algunos hasta una ruta de vida hemos construido en común. Aprendizaje, creación, amistad y familia, eso es ARCOS para mi.
Jorge Cantú López Este marzo se cumplen 30 años de mi llegada a ARCOS como alumno de la naciente carrera de Diseño Gráfico. En esos años, ARCOS era reconocido como algo diferente al resto de las instituciones de educación superior, ya sea por su foco exclusivo en el ámbito del arte y las comunicaciones; por el trabajo de profesores y maestros en la escena artística y cultural nacional, muchas veces desde la vereda alternativa y rupturista en los difíciles años de la dictadura; o por su vocación innovadora, al crear nuevas carreras inexistentes en el contexto formativo nacional y al apostar fuertemente al ámbito tecnológico, siendo por ejemplo pioneros en computación gráfica y diseño 3D. Recuerdo que al estar terminando la carrera,
Alejandra Rojas Como trabajo, ARCOS ha implicado para mí un crecimiento total, me ha permitido conocerme y descubrir que soy una mujer inteligente y que puedo aprender muchas cosas, cosas que creí que no eran posibles. Si pudiera decirle algo al Instituto en sus 40 años es que encarnemos la promesa de que los estudiantes sean siempre nuestra prioridad. En mis casi 12 años de trabajo siento que cada estudiante es como un hijo mío. Dar información precisa es importante, escucharlos y seguir sus necesidades es importante. Si los estudiantes son nuestra prioridad, me gustaría que seamos capaces de reflejarlo siempre y cada vez mejor.
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Eduardo Poblete Banderas
Jessica Vera
Mi primer encuentro con ARCOS se produce en los años 90, cuando fui invitado a participar como profesor en la carrera de Diseño Gráfico. Hasta entonces me había desempeñado en el campo profesional dejando un espacio muy acotado a actividades académicas en algunas instituciones de educación superior. Sin embargo, mi interés en el mundo académico se había manifestado desde mis años de estudiante en la Universidad de Chile.
Para mí ARCOS tiene mucha significancia. Primero fue una fuente de trabajo, pero después se convirtió en mi segundo hogar. Si bien mi familia muchas veces me reclama eso, porque en todas las cosas que hago me comprometo 100% e invierto tiempo, es inevitable para mí hacerlo y entregar lo mejor. Para mí ARCOS es súper importante por los lazos que he logrado con el resto de la gente, hay funcionarios que todavía están y muchos que ya no están, desde los inicios de ARCOS. Es una gran familia. Ellos me vieron desde que llegué jovencita, soltera, luego me casé, tuve mis hijas y he logrado darles educación, una ya se casó. Entonces es todo un proceso enorme en estos ya 30 años que cumplo el próximo año en ARCOS.
Al llegar a ARCOS, no tan solo me encontré con un espacio diverso y con una energía que se manifestaba en la pequeña sede que nos acogía, sino además me reencontré con excompañeros de estudio y profesores que marcaron fuertemente mi formación, quienes, con particular entusiasmo, desarrollaban un proyecto donde los espacios de participación permitían innovar y experimentar en esta disciplina. Sin abandonar mis actividades profesionales me incorporé cada vez con más entusiasmo a estas actividades de docencia, hasta que el año 2004 me propusieron llevar a cabo un plan de renovación en esta área, asumiendo la Dirección de la carrera de Diseño y el desarrollo de nuevas áreas vinculadas a esta disciplina. A partir del año 2005 se propone la formación de la Escuela de Diseño, la cual acoge disciplinas fuertemente vinculadas, pero con marcadas identidades, propuesta que dio importantes frutos e hizo sintonía con la necesidad de encontrar nuevos espacios de expresión y desarrollo. ARCOS se constituyó así no tan sólo en un espacio formativo, sino que me permitió encontrar el lugar donde me he sentido apoyado, escuchado y con la libertad necesaria para poder aportar y construir un relato con identidad reconocida. Hoy que celebramos 40 años de existencia, el proyecto se consolida lleno de energía y juventud, apuntando a marcar una forma de desarrollar el arte, la creatividad y la cultura lleno de desafíos y sueños.
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Lo que se logra ver desde fuera es una gran Institución que ha ido creciendo con el tiempo, desde que estábamos en una casa muy pequeñita ubicada en Campo de Deportes, luego tuvimos dos sucursales y luego tres. Vivir esta experiencia de ir creciendo en el tiempo, para luego irnos al centro y más tarde adquirir esta sede propia y tener un renombre importante en la comunidad y en el mundo educacional es importante para mí. Mi entorno conoce a ARCOS y uno se siente orgullosa. Cuando yo recién empecé decía: “Yo trabajo en el Instituto ARCOS” y me preguntaban ¿qué es ARCOS? ¿Dónde está y quienes son ustedes? Pero con el paso del tiempo la gente ya lo reconoce y eso es un orgullo, porque una siente que va creciendo junto con el Instituto.
Roberto Muñoz Como en casi todas las cosas de la vida, por no decir todas, no existe una única opinión sobre ellas, descripción o significado, y esto en las cosas complejas se evidencia incluso con mayor claridad. Definir en general qué es una institución de educación ya es difícil, definir una en particular lo es aún más. Por eso no intentaré hacerlo, intentaré decir lo que fue y es ARCOS para mí. Inicialmente ARCOS fue una opción laboral li-
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gada a mi quehacer profesional y a la educación, cuestiones que han sido muy importantes para mí desde joven. Al poco andar, su devenir se convirtió en un desafío personal, ya que sentía pertenencia, un involucramiento más allá de lo laboral. Como se dice popularmente, ya estaba con la camiseta puesta. Día tras día aumentaba mi compromiso, y no solo con lo declarativo (misión, visión, propósitos, etcétera), sino más bien con la comunidad, con las personas, con la tripulación de este barco que navega con su propio rumbo y que, en su interior, cuenta con miles de rumbos personales, intereses, desafíos y sueños. Podría decir que fui cautivado por esta institución, por sus seres humanos: trabajadores, docentes y estudiantes, por lo que hace y puede llegar a hacer por las personas y nuestra sociedad. Hoy ARCOS, tal cual lo hizo conmigo cuando tuve la gran suerte de que nuestros caminos se cruzaran, crea un espacio de realización único, de ser y estar en el mundo con sentido, crea un gran abanico de posibilidades y de oportunidades de transformación. Sí, de transformación; yo me transformé, no soy el mismo que cuando llegué, estoy convencido que soy mejor que antes. Y eso que tiene como objetivo primordial, “educar (transformar) a sus estudiantes”, supongo, ya que sucedió conmigo, sucede con todos quienes estamos acá, no solo con los estudiantes. Los latinos llamaban eductio o educatio a la acción de convertir una cosa menos buena en otra mejor. Y porque “educar” ocurre todo el tiempo y se da en la convivencia con otras y otros, creo que ARCOS fue, es y será para mí, un espacio educativo, que me posibilita ser cada día mejor compañero, mejor docente, mejor estudiante, mejor profesional, en síntesis, mejor persona. Que una institución sea esto (un lugar que te permite ser mejor) desgraciadamente no es algo muy común, lo digo desde mi humilde experiencia ¿Por qué ARCOS es esto entonces? No lo sé a ciencia cierta; quizás por sus orígenes, por las disciplinas, oficios y carreras que en ella se enseñan, por quienes la conducen, por sus trabajadores, por sus estudiantes y docentes, por su estructura, por sus procedimientos, por cómo hace lo que hace, por todo lo anterior amalgamado de manera compleja e indesci-
frable, quién sabe, aunque a mi parecer es sin duda esto, en un muy alto grado, por la gran calidad humana de quienes la conforman, con quienes uno se encuentra a diario, con quienes uno conversa, comparte, organiza y construye día a día en su espacio de convivencia. Cada cual puede tener su propia respuesta a esa pregunta, sin embargo, para tener una respuesta común debemos preguntarnos por lo que hacemos, es decir, debemos reflexionar. La reflexión abre el espacio de mirar qué, porqué y cómo se hace lo que se está haciendo y en eso debemos estar permanentemente, lo que implica necesariamente que podamos escoger, lo que nos hace a su vez responsables de lo que hacemos. Pero mientras esto se va dando paulatinamente, y de manera más intensa cada vez, lo que ahora sí sé sin duda alguna es que debemos “cuidar esta institución” para permitir que muchos más, como yo, puedan vivir aquí la oportunidad de ser mejores, de encontrar sentido a su quehacer y de realizarse en comunidad ¿Cómo lo hacemos? La respuesta también es parte de la reflexión. Ojalá ARCOS esté y permita, por siglos, a muchas personas ser mejores
Luis Felipe Oyarzún Jorge Michell Existe una frase del Modelo Educativo de ARCOS que afirma que «la tecnología es un dominio del pensamiento crítico». Esta frase la encontré recién llegado a la sede de Santo Domingo, y, si bien la fui repitiendo en diversos momentos y textos institucionales, su sentido ha seguido siendo para mí un misterio. No es que no se entienda de buenas a primeras, pues es bastante inteligible. Es un misterio dado que su sola enunciación sigue siendo un terreno inagotable para pensar el sentido que tiene la tecnología para nuestras vidas. Afirmar que la tecnología es un dominio del pensamiento crítico implica que pensar en y sobre ella es una cuestión urgente. Pero también implica insistir que la tecnología no se acota sólo a su uso meramente productivista e hiperindustrial. Ni que
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tampoco es una dimensión inauténtica de la existencia, en la que traicionamos nuestra «pureza» y «esencia», como podría pensar algún humanista melancólico. Afirmar que la tecnología es un dominio del pensamiento crítico implica creer, pese a todo, que existen diferentes modos de relacionarnos con ella. Y que en esa relación late siempre la posibilidad de imaginar e inventar formas más amables de habitar el mundo. ARCOS, en estos 40 años, ha mantenido este hiato abierto, explorando maneras de trabajar crítica y creativamente en y con los nuevos soportes tecnológicos que configuran nuestra vida individual y colectiva, sin reprimir las tendencias y contra-tendencias que en ellos confluyen. Y lo ha hecho a través de un quehacer reflexivo encarnado vivamente en su comunidad. Recuerdo hoy a Jorge Michell, quién no dejó de mantener viva esta inquietud, promoviéndola serenamente en las salas de clases y pasillos del Instituto. En Jorge, pensar críticamente lo que «nos» está pasando fue un gesto entrañado con la amabilidad, la cordialidad y la generosidad honesta de quién comparte elementos que para él son vitales; como si fuese un testigo que pasa, de mano en mano, aquello que hace que la llama del mundo no se apague, evitando que el infierno se transforme en la única realidad posible. Los pasos de Jorge cuidaban siempre aquella atención que surge de quién es movido por cuestiones que le atañen «de a de veras». Al pensar en estos 40 años de ARCOS no puedo sino pensar en el calor de sus palabras y consejos. También en su sonrisa, tan libre de todo resentimiento, que parecía remover los cielos con esa gratitud que sólo sabe de una amistad de las estrellas.
Cinthya Jara Dentro de los 40 años de historia del Instituto Profesional ARCOS, los temas de género y diversidad comenzaron a ser preocupación declarada en nuestra historia reciente, en un contexto donde los movimientos estudiantiles feministas y disidentes sexuales fueron el motor que puso en el centro del debate público la necesidad de transformaciones profundas, planteando desafíos in-
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eludibles para la educación del presente y futuro. En este sentido, el compromiso institucional que asumimos en promover políticas integrales para reducir brechas y barreras de género; avanzar hacia la equidad de género en órganos directivos; construir espacios seguros que garanticen el desarrollo formativo y laboral libre de violencia y discriminación género, están en directa relación con resguardar la dignidad, libertad, integridad de las personas y promover la igualdad de derechos entre quienes somos parte de la comunidad ARCOS. El rol que hoy me toca desempeñar como encargada de la Unidad de Género y Diversidad es desafiante en términos institucionales, pero también en lo profesional y esperanzador en lo personal. Anhelo contribuir a generar conversaciones transformadoras que nos implique disponernos a trabajar colectiva y decididamente con pasión desde nuestros ámbitos de desempeño en el arte, la cultura y la creatividad, en la formación de personas conscientes de las desigualdades sociales e injusticias de género. Implica reconocer(nos) la complejidad del mundo que habitamos, su diversidad y posibilidades, los cambios constantes, la incertidumbre, los contextos jerárquicos donde las relaciones de poder responden y reproducen el orden hegemónico cis-hetero-patriarcal, racista, clasista, capacitista, por mencionar algunos, que históricamente ha excluido a mujeres y disidencias sexo-genéricas. Es desafiante porque no es una tarea sencilla. No depende única y exclusivamente de una unidad orgánica y funcional al interior de la institución, más bien requiere de la potencialidad de toda la comunidad educativa, otorgándole un lugar a nuestra emocionalidad para indignarnos frente a las injusticias y desde ahí abrir diálogos amorosos, constructivos y comprometidos con el desarrollo de la humanidad en un marco de relaciones éticas, con el medio ambiente, con la educación y la democracia. Estoy convencida que la educación, el arte, la comunicación y la cultura que (re)visitamos en ARCOS, tiene mucho qué decir y aportar. Aprendí de una profesora muy querida y que
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marcó mi vida como estudiante, Lelya Troncoso Pérez, la importancia de nombrar aquello que se ha invisibilizado, pues la historia de las mujeres sigue invisibilizada. En esa urgencia no podemos ignorar el pasado para comprender y habitar el presente, y proyectar nuestro deseo de futuro en virtud de lo que queremos ser. Esas conversaciones de profunda reflexividad e invitación a la formación constante, me transformaron. Hoy me atrevo a nombrarme como trabajadora social feminista y profesora lesbiana, para cuestionar las pretensiones de neutralidad en el ejercicio profesional, laboral y en la construcción del conocimiento. Lo decido así porque me interesa explicitar mi posicionamiento como profesora feminista no como un estilo de vida y/o identidad, sino porque suscribo compromiso social, político y crítico con las prácticas de enseñanza, con lo que acontece en el aula y fuera de esta. Creo en el valor indiscutible de nuestras diferencias, y los relevantes aportes de las teorías feministas y los estudios de género en la construcción colectiva del conocimiento y de una sociedad más amable. Vivimos tiempos difíciles donde el miedo a la diferencia se ha impuesto con fuerza. Veo con preocupación los avances de sectores conservadores y el riesgo que implica para la educación que los fundamentalismos religiosos y políticos lleguen al poder. Expresión de ello ha sido la solicitud de diputados de la República a universidades públicas de cursos, programas y planes de estudios sobre “ideología de género”, detallando sus principales características e individualizado a docentes que están a cargo de ellos. Por una parte, este término busca denostar los aportes teóricos e investigativos de los estudios feministas, mientras que, por otra, la acción emprendida por las autoridades se traduce en un atentado a la libertad de cátedra, una práctica de amedrentamiento y persecución a quienes nos comprometemos con los Derechos Humanos, con la formación pluralista, con perspectiva crítica, transdisciplinaria y con el nutrido debate intelectual en nuestras aulas y en la sociedad. Es por ello que valoro profundamente el compromiso suscrito en marzo del 2019 por las autori-
dades del Instituto Profesional ARCOS, porque ha puesto en el centro la calidad de la experiencia educativa de sus estudiantes en materia de género y diversidad, en sintonía con las transformaciones educativas y sociales que Chile necesita. Me entusiasma trabajar y festejar los 40 años de vida de ARCOS, porque estamos cultivando un sueño común. El respaldo institucional, el apoyo de funcionarias/os, docentes y estudiantes en esta materia, es representación de la trama de complicidades que se requieren para ver florecer un sueño compartido; la utopía de una sociedad libre de violencia y discriminación de género que se sostiene en base al bienestar común, la solidaria interdependencia y la justicia social.
Ricardo Villarroel Recordar ante el tiempo, recordar con el cuerpo, con o ante aquello que resuena en la apertura del gesto inicial de la palabra; las imágenes guardadas nos permiten entrar en la memoria, recordar para estar en un presente significativo y que ahora posibilita su despertar y el del cuerpo que resignifica la construcción de un proceso creativo de aprendizaje, dejando el espacio para la experiencia y la experimentalidad en un cuerpo siempre presente. La apuesta a comienzos de los 90 deviene de Néstor Olhagaray, quien presenta en ARCOS una carrera nueva, e incorpora elementos del grabado y la gráfica. Para ello le solicita a Francisco Brugnoli la posibilidad de trabajar en el TAV -Taller de Artes Visuales-. Carlos Donaire, director del TAV, estaría a cargo de xilografía, y serigrafía a mi cargo. Con Donaire iniciamos la línea de grabado e impresiones gráficas de ese momento. Originalmente funcionamos en el Taller con la estructura y tecnología que el espacio brindaba. El TAV, creado el año 74, era considerado un espacio para el desarrollo del grabado, con una impronta en la reflexión respecto al hacer artístico y crítico en las artes visuales del país. El propósito inicial era que los estudiantes com-
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prendieran en la praxis las diversas formas de impresión y de experimentalidad de sus procesos, además de la posibilidad de vincularse con otros artistas o teóricos que se hacían presente en el taller. Posteriormente varios estudiantes se incorporaron a los procesos de producción y de investigación de imágenes, reconociendo en el TAV un espacio de creación y de experimentación en relación con el mundo del arte y de la cultura. La línea gráfica e impresión iniciada en esos años se desarrolla hasta el día de hoy.
Waldo Cañete ARCOS es una institución creativa, llena de contradicciones, a ratos caótica, de una extrañeza y atractivo particular, que en las décadas más oscuras de la reciente historia nacional entregó un espacio de desarrollo para algunas actividades creativas consideradas proscritas en aquel contexto. El mundo mucho ha cambiado en las últimas décadas, se han derribado grandes paradigmas sociales, se ha producido una revolución tecnológica; pero no solo eso, también han cambiado los actores culturales, los estudiantes, los profesores, el edificio mismo que nos alberga. Nuestros contextos sociales han cambiado de manera diametral desde su génesis, al igual que algunos de los ejes culturales para los cuales esta institución sirve de refugio y respuesta. Sin duda ARCOS alberga en su esencia un sin número de preguntas que plantea una y otra vez nuestra sociedad y el actual medio cultural. ARCOS ha tenido que cambiar también, se ha adecuado a los diferentes contextos del circuito cultural nacional. Se cumplen 40 años de un proyecto que, a mi manera de ver, ha calado hondo en el quehacer cultural nacional. Son más de 4 generaciones formadas en esta institución, una innumerable cantidad de proyectos relevantes se han fraguado al interior de sus aulas, pasillos y lugares de encuentro fraterno. 40 años parece toda una vida, sin embargo, es apenas un relámpago en la historia de la humanidad. 40 años, y quien sabe cuántos más, eso es difícil de saber. Solo puedo decir; aunque sea solo un breve instante, es y será siempre importante, trascendente, ese relámpago
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fugaz que a algunos nos iluminó y nos dio un pequeño suspiro de esperanza en estos extraños y oscuros tiempos en que vivimos, llenos de contradicciones, a ratos caóticos, de una extrañeza particular.
Paloma Carrasco ¿Cómo alguien se forma y se transforma? ¿Cuál es aquella especificidad, siempre móvil, siempre viva, que constituye el acto de educar? Inesperadamente llegué a ARCOS y me enredé con estas preguntas en espacios de conversaciones donde personas desconocidas se vuelven íntimas por un rato o más. Y, paradojalmente, ha sido en esos encuentros, con estos y estas docentes de formación pedagógica indómita -no heredera de los saberes propios de la academia- donde me he visto interpelada a pensar radicalmente lo educativo. Los caminos de la formación generalmente suenan a derivas, mezcla de azares y certidumbres. Así también con la experiencia de formar. La experiencia es aquello que nos pasa, nos afecta, nos mueve y conmueve a pensar el sentido de lo que vivimos. De este modo el sentido de lo educativo es el fruto también de dicha experiencia. La formación tiene una íntima relación con nuestra subjetividad y, por ende, el oficio docente se hace con uno mismo, con lo que somos y con lo que llevamos incorporado. Así, formarse como docentes es necesariamente hacer algo consigo mismo. Lo silvestre evoca a lo indómito, a lo que brota inesperadamente en cualquier momento y lugar, lo que desborda e irrumpe. Las pedagogías silvestres -de estos docentes silvestres que habitan ARCOS- se configuran como un espacio de libertad y de creación que nos apertura a imaginar y comprender nuestra relación con nosotros mismos, los otros y “lo otro”. Una invitación a arrojarse al trayecto, a las derivas, a soltar las certidumbres, a indagar en sí, a visitar el deseo que nos moviliza en este oficio.
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Cultivar la pedagogía silvestre obliga a pensar de otro modo lo formativo, fuera de las lógicas hegemónicas productivistas cuyos propósitos se despliegan en una racionalidad técnica centrada en evaluar y acentuar la calidad, la eficiencia en el control de lo educativo.
bamos frente al corazón del proceso artístico. Todos los delirios y poéticas se cristalizaban en producciones experimentales, muchas veces caóticas e incontrolables, surgidas del error y que evidenciaban los procesos de la investigación artística de una comunidad.
Implica decidir qué tipo de pedagogía queremos vivir, entramados con nuestra historia y en compromiso con nuestro presente. Y desde ahí, solo desde ahí, co-imaginar y co-crear futuros posibles.
En el devenir de todas estas experiencias, creo que mi percepción se transformó y expandió a otros conocimientos y sensibilidades estéticas. Nuestro cuerpo, al igual que el espacio que habitamos, se abre a la fusión de percepciones y de medios. En ARCOS, cada subjetividad se ve transformada por el impacto de las prácticas que se viven al interior de esta Obra de Arte Total o “Gesamtkunstwerk” que, como plantea Richard Wagner en referencia a la Ópera, actúa como dispositivo artístico que fusiona y utiliza diversos medios en el marco de una sola obra de arte, y produce una experiencia de inmersión perceptual, donde la totalidad de la experiencia estética y la imaginación son fusionadas con el espacio artístico.
En este sentido, preguntarnos por la especificidad del acto de educar hoy en ARCOS es preguntarnos cómo queremos vivir.
Camilo Pardow ARCOS siempre me pareció un lugar con una singularidad muy especial. Cuando fui estudiante de la escuela de fotografía, y luego docente en la sede de ARCOS Santo Domingo, cada vez que deambulaba por los pasillos, en las salas y rincones más inesperados y marginales del instituto solían aparecer y emerger un montón de obras y acontecimientos artísticos. Todos estos fenómenos, acoplados al cuerpo del edificio, lo hacían adquirir vida. Entre estos fenómenos puedo recordar objetos de un decorado mágico y efímero; esculturas con todo tipo de materiales, imágenes flotando en cielos y paredes. Graffitis abstractos haciendo trompe l’oeil en una esquina neoclásica. Ready mades, una botella de cerveza gigante, escenas de acción o romance en la escalera del instituto. Cualquier espacio era idóneo para la producción y exhibición artística. No faltaban tampoco proyecciones en lugares inesperados, cuerpos performáticos y personajes de escenas delirantes introduciéndose al estudio de cine. Todo este teatro irracional era acompañado con ecos, sonidos y melodías del subterráneo desde los estudios de grabación, lo que transformaba a ARCOS en una enorme caja de resonancia. Puedo añadir a lo anterior que está-
Ser parte de ARCOS es trasladarse a un Theatrum Mundi o teatro del mundo donde adoptamos roles continuamente y nos transformamos como un actor cambia de papel: somos creadores, investigadores, críticos de arte, espectadores, innovadores, tramoyas, emprendedores, artistas visuales, músicos, diseñadores, directores, extras, técnicos, filósofos, poetas, y todas las posibilidades que el arte produce. En medio de toda esta metamorfosis permanente, cabe destacar que no dejamos de ser nosotros mismos. Esa, a mi modo de ver, sería su peculiar singularidad.
César Cruz Los 40 años de ARCOS son 40 años de tesón, de mucho esfuerzo. Para mí ha significado mucho. Es la primera institución a la que llegué a trabajar desde que arribé a Chile y, la verdad, es que me ha acogido bien. 40 años de trayectoria no es fácil y me identifico con la Institución, voy a cumplir 21 años aquí. Se ha hecho un buen trabajo colectivo y tiene mucho potencial. Trabajar con los jóvenes es una
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gran oportunidad. Es un centro donde hay crítica, donde uno se puede desarrollar personal y profesionalmente. Espero que no sean sólo 40 sino que muchos, pero muchos años más.
José Sanfuentes Había dejado recién mi trabajo como vendedor en Bancard, la empresa de tarjetas de crédito que enriqueció a Piñera, y recibí la propuesta de hacer clases en un Instituto recién creado, el IACC, que lideraba Luis Torres. Hacía tres cursos del primer semestre, Método y Técnicas de investigación y otros tres el segundo semestre, Planificación de medios. Eso duró solo un año, puesto que Lucho se peleó con los que habían puesto el capital inicial, quienes se quedaron con el Instituto al cual habían sido invitados. Entonces, en 1981, hicimos nacer uno nuevo, el “Instituto de Comunicación y Diseño”. Lo formamos cinco socios, Luis Torres como Director, a cargo de lo académico, yo como subdirector, a cargo de la gestión, Fránex Vera, Jaime Muñoz y Michael Wiess (quien inventó el logo del ojo, de hecho luego seríamos conocidos como “el Instituto del ojo”). Nos fuimos a recomenzar en el primer piso de la casa de Michael, que adaptamos como salas de clase, un castillito de calle Pirineos en el barrio Pedro de Valdivia. Invertimos en muebles educacionales Hille Muzard, los mejores de entonces, equipos tecnológicos Sony e hicimos amplia publicidad; todo en base al endeudamiento, puesto que teníamos fe ciega en que todo funcionaría. Y así fue. Yo vivía en el mejor de los mundos, un buen trabajo en lo que amaba hacer: la educación, casado, con dos bellas hijas recién nacidas y a la vez comprometido activamente en la lucha de Chile por la libertad, pues eran los tiempos oscuros de Pinochet. Pero como dicen, “nada dura para siempre”, esto último me pasó la cuenta y fui hecho prisionero y enviado relegado a Corral y luego a Chaitén. Tuve que mandar una carta a la comunidad del Instituto para que mi trance no les perjudicara, pues nadie sabía de mis quehaceres clandestinos, y dejé la institución el año 1984. A poco de mi salida el Instituto se partió en dos: ARCOS y ARCIS.
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Entretanto, tuve una apasionada y algo turbulenta vida de compromiso político total y, advenida la democracia, volví a trabajar en ésta, mi otra pasión: la formación de personas. Como ViceRector de las Universidades ARCIS y Pérez Rosales, como fundador y líder del Instituto de Gestión y Liderazgo, para luego, 20 años después de mi obligada salida el año 2004, incorporarme nuevamente al Instituto ARCOS, invitado por un amigo secular, Fránex Vera, asumiendo como rector el año 2007. Estos breves 40 años hemos transitado por altos y bajos, manteniendo siempre el espíritu de un proyecto académico cultural transgresor de lo establecido, un espacio formativo crítico y creativo, un lugar para la innovación en el arte, la cultura y la economía creativa. El líder de este proyecto educacional fue el rector Jaime Muñoz, maestro muy apreciado por la comunidad y que le dio el sello académico cultural que hasta hoy perdura. Le tocaron tiempos duros, primero bajo la dictadura y luego en los inicios de la débil transición democrática. Más de 20 años conduciendo exitosamente el timón de esta pequeña embarcación, en medio de la feroz competencia que hacían las “instituciones monstruos”, que iban naciendo al alero de la expansión de la educación superior y que ofrecían nuestras carreras a precios bajos. ARCOS sólo podía competir con su calidad. Por lo tanto, apenas surgió el proceso de acreditación institucional nos incorporamos a él y el año 2006 obtuvimos nuestra primera certificación de calidad reconocida. Con la reciente acreditación avanzada obtenida, cumpliremos 19 años reconocidos por la CNA, facilitando la gratuidad para la gran mayoría de nuestros estudiantes. Hace 40 años que iniciamos esta aventura. Hemos constituido un convivir fundado en el aprecio y el respeto. Aquí se han forjado familias que han podido realizar sus sueños, tradiciones académicas significativas y, sobre todo, han participado de esta original experiencia educativa miles de jóvenes que han depositado su confianza en ARCOS para modelar sus vocaciones y construir nuevos futuros. Las profesiones que ofrece ARCOS están montadas en “la ola del futuro”: el arte, las tecnologías y la creatividad marcan tendencias sociales relevantes del mañana. Perseverando, con con-
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fianza activa en lo que hacemos y comprometidos a ser cada vez mejores, seguiremos cumpliendo sueños y contribuyendo a un mejor país y un mundo más amable para nuevas generaciones.
Rita Ferrer I.- Habían pasado nueve años desde el golpe de Estado y se creó el Instituto a finales de 1981. La puesta en escena fue en aquellos años un acontecimiento auspicioso para el mundo de las humanidades y las artes, que congregó a una masa crítica que estaba dispersa en dictadura. El Instituto convocó a muchas figuras que fueron exoneradas de las universidades de la época, que permanecieron en Chile, junto a otras que trabajábamos, en la mayoría de los casos, en rubros ajenos a nuestra formación. En 1982, Luis Torres, quien fue profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, me invitó a formar parte del cuerpo docente del Instituto, emplazado en la calle Pirineos, colindante a Pedro Valdivia, donde estuvo la casona que albergó varias instancias académicas. Ahí, me acuerdo, trabajaba Ina, la secretaria incombustible del Instituto, a quien, pasados los años, reencontré en ARCIS, donde hice de Directora de Comunicaciones y Publicaciones entre 1999 y 2006. En ese contexto, el Instituto fue un refugio, lugar de formación y trabajo; un espacio vital y cultural en el cual estuve mucho más tiempo que el que exigen las actividades académicas. En el patio y los pasillos conversé con Francisco Brugnoli, Virginia Errázuriz, Carlos Ortúzar, Nelly Richard, Ximena Prieto, Vera Carneiro o Francisco Casas, estudiante de literatura en ese entonces, entre muchas figuras destacadas. Recuerdo la galería y revista Ojo de Buey, creadas a fines de los ochenta. Destaco haber visto al menos tres exposiciones de alto impacto: “Lonquén 10 años” de Gonzalo Díaz (enero 1989), la segunda muestra individual de Arturo Duclos, “La isla de los muertos” (1989) y la exposición de Juan Domingo Dávila a propósito del Vih/Sida. Jaime Muñoz fue el Rector y Director de la publicación. A pesar de
haber hecho clases sólo un semestre, mantuve vínculos con las personas y actividades del Instituto, sobre todo proyectos desarrollados en conjunto con el Instituto Francés de Cultura, donde trabajé entre 1987 y 1992. II.- Fue en 2007, insertos en el Segundo Encuentro de Fotografía en Valparaíso, cuando Héctor López -fotógrafo, fundador de AFI, Director de la Escuela de Fotografía, a quién conozco desde los setenta- me invitó a hacer clases (hasta hoy) en la Escuela de Fotografía, emplazada entonces en San Antonio con Santo Domingo hasta 2017; y actualmente en la gran sede de Peñalolén, liderada por el Rector José Sanfuentes. Puedo afirmar que mi vida de una u otra manera ha transcurrido en un tiempo diacrónico con el del Instituto. El 2010, realicé el lanzamiento de mi segundo libro: “¿Quién es el autor de esto. Fotografía y performance”, en la galería fotográfica de la Escuela. En este devenir he conocido a grandes profesores de distintas generaciones, a los que admiro y respeto por su vocación y capacidad para adaptarse -adaptarnos- a las convulsiones y crisis de nuestro país y más allá, sin abdicar a los desafíos docentes que plantean los nuevos contextos. También, a excelentes alumnos, algunos de ellos hoy profesores.
Natassja de Mattos Corría el año 2015 cuando entré por primera vez a una casona antigua en Calle Esmeralda, en el centro de Santiago, donde me recibieron para realizar un trabajo. Recuerdo haber pensado, mientras subía una antigua y angosta escalera de madera que crujía exagerada en medio de un silencio profundo, “qué lugar tan raro”. Hoy no hay escaleras que crujen ni tampoco Calle Esmeralda, pero sigue siendo, en mi opinión, raro, en el mejor de los sentidos y significados. Aquel que versa de lo poco común, de lo escaso en su especie, y que por lo tanto despunta, pero a la vez no se entiende con completa facilidad. De existencia y de rareza, ARCOS cumple 40 años, y nos invita a conmemorar, a conectarnos
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con nuestra memoria emotiva sobre lo que hemos vivido aquí, lo que hemos aprendido y desaprendido aquí, que en mi caso es tanto. Nos invita también a conectarnos con el futuro, lo que proyectamos seguir haciendo y lo que no, en un fluir con los tiempos que corren, porque parte de la rareza de ARCOS es la forma honesta y sensible con que absorbe, cambia y se entrega a lo que está pasando fuera de sus muros. Esa historicidad situada, esa disponibilidad a transformarse y voluntad de cambio, tributan a su esencia compuesta de educación y creación en los planos de la cultura y el arte. Pero la educación no es transformar así sin más. Puede serlo y radicalmente, pero no basta una persona en calidad de estudiante y otra de docente, no bastan un aula, una pizarra y un programa. El arte tampoco transforma solo con su presencia, requiere de una fiel conciencia de haber sido vivido y, por lo tanto, de haber transformado algo. Se trata de espacios acontecimentales en tanto modifican el ser, siempre y cuando se reconozcan como tales. Y entre las rarezas de esta comunidad ocurre que lo reconocemos y tomamos en nuestras manos la inmensa responsabilidad que implica. El compromiso de ARCOS con todas y cada una de las personas que lo habitamos está en esa conciencia de cambio, ya sea en la forma de desarrollar un talento, inaugurar un modo de hacer o crear obras, soluciones y estéticas. En ese entendido, percibo y hoy festejo, que lo que entregamos es una experiencia vital transformadora a las personas que vienen aquí, lo que luego se traduce en un aporte inconmensurable al campo del arte, la cultura y la economía creativa en Chile, pues se trata de personas que lo constituyen. Personas con conciencia de aprendizaje, con talentos que reconocen la capacidad superior de la creatividad para cambiarlo todo. Y si bien esto último siempre es relevante, pareciera que hay momentos en que más lo es. Durante, por ejemplo, una ola feminista, un estallido social, una pandemia o un proceso constituyente, tal vez. Celebro con orgullo esa existencia particular
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que se deja influir con nobleza para luego entregarse como valor a las personas que lo habitamos y el campo de las artes, la cultura y la creatividad en nuestro país.
Diego Argote A veces los pasillos se volvían solitarios, había mucho qué pensar en aquel lugar. En esa época habitaba el estrés en sus múltiples significados que me agobiaba, agotaba, entristecía. No me sentía muy bien, pero ahí quería estar, deseaba estudiar allí. Pensar que antes de mi ingreso a la institución había insistido tres veces para ingresar, pero no podía porque no tenía economía ni mucho menos pensar en becas; porque no había espacio para mí en aquel tiempo y de seguro que para otres fue igual, hasta que logré inscribirme. Anhelaba aprender de voces potentes, de voces feministas, transfeministas, rebeldes. Allí en ARCOS, conocí a docentes maravillosas, increíbles y alguno que otro hombre, heterosexual. Pero fueron las docentes las que me abrieron espacios y aperturas para pensar y repensar las imágenes, a cuestionarlo todo, a cuestionarme, a pensar en profundidad, que me permitieron aflorar mi barroquismo interior, abrazar la incomodidad que siempre tuve presente, mi voz marika y seropositiva entre pasillos, entre mesas tomando el té como señora de día y noche, porque sí, estudié en ambos ciclos, diurno y vespertino. Aprendí lo latinoamericano con ardor, a visibilizar fotógrafes locales, de amar con pasión las imágenes y por supuesto a salirme del marco de estas. Estoy agradecide de las pocas mujeres de esta institución y, sueño, ansío, que estas voces se hagan visible y pertinaz con suma urgencia en la institución, para que la educación en ARCOS sea diversa, oblicua y no lineal. Hoy enseño en ARCOS, y pretendo movilizar el interior de cada estudiante, a que crean en sus propuestas, a que se animen escribir sobre sus imágenes, experiencias y a vomitar todo dolor que aquieta la existencia, que manifiesten sus biografías en este mundo tan complejo, sobre todo en este país. Insistiéndoles que, la existencia particular es a la vez colectiva, porque el futuro será colectivo, disidente o no será.
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Ruth Navarro En lo personal para mí ARCOS ha sido un espacio de crecimiento donde pude madurar a través del trabajo, del cumplimiento de metas. Me exigió como profesional y creo que eso fue impulsado por el deseo de querer ser mejores. Siento que eso está relacionado con el espíritu de autocrítica que tiene ARCOS y de entregarle al estudiante el mejor servicio. Eso significa involucrarte en lo que estás haciendo, comprometerte, tener pasión y perseverancia. ARCOS es un lugar familiar, hay mucha gente conocida de cuando yo entré y lo que me gustaría que se mantuviera en el tiempo es ese espíritu, transmitir a los que vienen llegando ese amor y compromiso de querer hacer bien las cosas, y la autocrítica, revisarse constantemente para mejorar. Uno aquí crece como persona. Siento que la diferencia de este Instituto respecto a otros es que nosotros no vemos a los estudiantes como número. Ese es el sello distintivo del Instituto, el corazón, el cariño. Y eso también lo tienen los estudiantes. De repente, ver a un chico Thrash, lleno de tatuajes, vestido de negro y que, igualmente, te pida las cosas con cariño, es como asombroso.
Fránex Vera ¿Qué es y dónde está lo preexistente, desde lo cual el Instituto cumple su Misión? ¿Está en las capacidades con que acceden sus estudiantes, su formación escolar, sus habilidades, su “inteligencia”? ¿Está en las capacidades de sus docentes, de su personal, de sus directivos y su formación y experiencia académica? ¿Está en la capacidad de gestión de sus equipos en los distintos niveles institucionales? Podríamos decir que es una combinación de todo lo anterior, junto a las condiciones materiales, financieras, inmobiliarias y la tecnología. Podríamos decir. O quizás no.
Quizás lo que existe previo, lo preexistente, es algo menos asible. Y por ello nos es más difícil reconocer; algo más alejado de nuestros raciocinios y conocimientos, de nuestros egos y de nuestras vanidades. Lo inicial, lo previo, el inicio de todo, son los sueños de nuestros estudiantes. Sí, los sueños, miles de sueños, decenas de miles, diversos, grandes o pequeños, en colores o en blanco/negro, en movimiento o en imagen fija, en 2D o 3D. Sin esos sueños, y la decisión por alcanzarlos, no habría directivos, locales, docentes, funcionarios, mallas curriculares, tecnología. ¿Y dónde están esos sueños? En verdad están en todas partes. En las salas de clase, en los talleres, bajo los pisos de nuestros locales, en sus paredes, en el equipamiento, en las bibliotecas, en los patios, rondan en cada acción, en la y el auxiliar de servicios generales que limpia y ordena, en la y el docente que prepara y realiza su clase, en la y el contador/a que registra y controla el gasto, en la y el directiva/o que lidera equipos y busca mejorar sistemáticamente el trabajo, en la vinculación con el medio, en el apoyo estudiantil, en las asambleas estudiantiles, en las conversaciones diarias, en las tocatas de la tarde, en el trabajo académico y administrativo. Cuarenta años impulsados por estos sueños, en que miles de jóvenes nos han dicho que tienen la confianza de que nosotros, sí, todos nosotros, desde nuestras limitaciones y capacidades, podemos ser un factor significativo en apoyarlos para que los puedan concretar, y así construir algo fundamental de sus vidas. Los sueños de los estudiantes: desde allí inició ARCOS su camino hace 40 años, y desde allí seguirá caminando en los 40 años siguientes.
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Karen Alzamora
Zacarías Zurita
Ya han pasado 12 años desde que llegué a trabajar en ARCOS y el tiempo ha volado. No solo ha crecido la familia ARCOS en este camino, sino también mi familia, me casé y nacieron mis dos hijos. Cuando llegué el 2009 venía saliendo recién de la universidad con muchos sueños y ganas de aplicar todo lo que había aprendido en las aulas estudiando relaciones públicas. El desafío era grande ya que llegué a un lugar que se estaba instalando como sede de la casa central en la Región de Valparaíso y no había nada tan establecido de cómo hacer las cosas y eso era algo muy complejo para mi y mí estructura. Pero acepté el desafío y comencé a dar todo de mi para sacar adelante este gran proyecto. Al principio ni escritorio tenía para trabajar, pero sí mil ideas y toda la energía para mostrar este Instituto artístico a la tradicional ciudad de Viña del Mar. Y así, de a poco, me fui adaptando y me fue gustando este lugar más relajado, a veces medio desordenado y poco estructurado pero un lugar demasiado creativo donde puedes desarrollarte, inventas, aprender a diario de cómo hacer mejor las cosas, haciendo de todo, apoyando cada cambio de sede, eligiendo el color de las salas, yendo a ferias para mostrar la oferta académica y organizando todas las actividades del instituto y, ahora mismo, su cumpleaños número 40. La verdad ha sido una tremenda experiencia, agradezco a la vida haberme puesto en este lugar, agradezco a la dirección del instituto por confiar en mi joven trabajo y espero que sigamos creciendo juntos. He reído, he llorado, pero sobre todo he aprendido en ARCOS..
Ser parte de Arcos es integrar un equipo de personas que vive la experiencia de una institución de educación superior con una mirada muy distinta al resto. Esto me ha marcado fuertemente, pues no solo permite que los estudiantes se acerquen al arte, sino que también abre las puertas para que todos los que formamos esta hermosa comunidad tengamos la oportunidad de aprender a mirar el mundo con otros ojos.
Majo Puga Poder decir que te sientes contenida por tus colegas y estudiantes, es sin duda la educación que queremos, esa es la revolución, hacer universidad es ser capaces de emocionarnos y mostrarnos como somos, con toda nuestra vulnerabilidad y fortaleza, es sentirnos parte. Miro el camino recorrido y veo el presente con esperanza. Nos queda mucho trabajo por hacer. Hasta que todo sea un lugar seguro.
Roberto Paiva La loca geografía de los 13 años de la sede, en estos bellos 40, más las formidables travesías vividas, me han estremecido, envejecido y renacido. Al mismo tiempo. Aquí, en la Región de Valparaíso, donde estamos construyendo liderazgo colectivo, en un territorio histórico de la creatividad.
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Apuntes para la memoria de Ojo de Buey,
el último reducto contracultural galerístico que nació en dictadura A fines de 1988, año clave para lo que sería la transición a la democracia, un nuevo espacio para el arte nació al alero del Instituto Profesional Arcos. En una modesta sala de clases, ubicada en su primera sede de calle Pedro de Valdivia y con mínimos requerimientos expositivos, inauguraron algunos de los artistas más importantes de la escena local: Juan Dávila, José Balmes, Paz Errázuriz, Gonzalo Díaz, Arturo Duclos y Francisco Brugnoli escribieron con sus obras un pequeño pedazo de historia olvidada, que acá se empieza a reconstruir.
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Denisse Espinoza A.
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l problema de dejar pasar demasiado tiempo para reconstruir una historia, es que los recuerdos suelen empañarse. Los hechos concretos se mezclan con los sentimientos del momento, las fechas y nombres exactos comienzan a difuminarse y una especie de espíritu de fabulación surge a punta de la nostalgia de una época pasada que hoy pareciera más brillante. Cuando es demasiado el tiempo, los protagonistas también comienzan a desaparecer o a veces a no querer hablar del pasado. Este es el caso del proyecto Ojo de Buey, revista y galería de arte homónimas, nacidas casi al mismo tiempo al alero del Instituto Profesional Arcos, con el afán de ser un reducto contracultural -el últimoa fines de los años de la dictadura en, Chile y, que con suerte pudo prolongarse en los años venideros. El artífice central fue el antropólogo e intelectual formado entre Francia y Alemania, Jaime Muñoz, uno de los socios fundadores del centro educacional quien, aunque no respondió a las solicitudes de entrevista para este reportaje, deambula en la memoria de todos como una presencia inevitable y esencial que ha marcado el espíritu de lo que es ARCOS hasta hoy. Para hablar de arte, sin embargo, es necesario aclarar un poco la historia previa. En el verano de 1981, se promulgó la Ley General de Universidades, una
de las primeras iniciativas legales enmarcadas en la nueva Constitución del 80, con la que la dictadura daba inicio a la privatización de la educación superior a través de la posibilidad de crear universidades privadas sin dependencia estatal. Ese mismo año, cinco socios y académicos, algunos expulsados de otras universidades por el régimen militar, decidieron formar su propio proyecto educativo: el periodista Luis Torres, los economistas Fránex Vera y José Sanfuentes, el diseñador y publicista Michael Weiss y el antropólogo Jaime Muñoz fundaron el Instituto Superior de Comunicación, Arte y Diseño en una antigua casa en calle Pirineos (el hogar de Weiss), con apenas tres carreras que prometían enganchar con los nuevos tiempos: comunicación audiovisual, publicidad y diseño. “Ya en ese entonces Michael Weiss inventó el ojo como ícono. Muchos le llamaban Instituto del ojo o simplemente ‘el Ojo’. No teníamos la intención de ser un foco de la resistencia a la dictadura, aunque éramos todos políticos. Lo que queríamos era un lugar para trabajar tranquilos nuestras ideas, nuestros proyectos y que nadie nos jodiera, aunque nos jodieron igual”, cuenta José Sanfuentes, uno de los fundadores y actual rector del Instituto Arcos. “Pudimos funcionar en virtud de la libre empresa, pero al principio no nos dieron autorización educacional. A pesar de eso, centenares de chiquillos nos escogieron porque éramos la alternativa de poder estudiar carreras artísticas novedosas que
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Lonquén 10 años, de Gonzalo Díaz.
no se impartían en otras instituciones, además con algunos de los mejores profesores de Chile que habían sido echados de otras universidades. En 1983 invitamos a sumarse a Pancho Brugnoli y abrimos nuestra cuarta carrera que fue Artes y que fue muy importante, quizás la escuela de arte más importante en dictadura”, agrega Sanfuentes. El artista y quien sería director del Museo de Arte Contemporáneo durante 27 años, Francisco Brugnoli, venía llegando de una estadía en Italia donde había profundizado sus conocimientos en el arte de vanguardia y estaba trabajando de forma independiente en el Taller de Artes Visuales (TAV), tras haber sido exonerado de la Universidad de Chile. “El 80 fue un año muy productivo para mí, no sólo por Italia, también estuve en Francia, dicté conferencias, conocí a Giulio Carlo Argan que me dejó boquiabierto y empecé a comprar todos sus libros. Me dediqué profundamente a estudiar. Cuando volví,
Virginia Errázuriz y Francisco Brugnoli.
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llegué a trabajar al TAV que era lo único que tenía y donde no entraba ni una chaucha, lo pasamos bastante mal con Virginia (Errázuriz, su esposa artista)”, cuenta Brungoli. Un día llega Bernardo Subercaseaux a mi casa y me cuenta que hay una gente joven que tiene un Instituto de Estudios Superiores de la Comunicación y que me había recomendado para dictar un ramo que se llamaba ‘Historia de los estilos’. Yo nunca había escuchado un ramo con ese nombre e incluso me pareció siútico. Conocí entonces a Jaime Muñoz, el que había inventado el ramo y quien me presentó los textos de Panofsky, que no conocía y que me parecieron muy interesantes, porque me permitían meterme dentro de la estructura de significación de una obra que era lo que a mi me interesaba y desarrollaba ya intuitivamente”, agrega el artista. Brugnoli inició su vínculo con el Instituto que en sus recuerdos siempre se llamó Arcis, aunque ese nombre no aparecería hasta tres años después de fundada la escuela de Artes. “El año 82 yo venía saliendo de esta preciosa casa que tenía Arcis en calle Pirineos y Lucho Torres me dice que quieren abrir una carrera artística, pero que estaba pensando en Teatro. ‘Olvídate de Teatro. Si quieres tener presencia en prensa y lucimiento entre el público, tiene que ser una carrera de artes visuales”, le dije. El arte siempre fue más críptico y menos vigilado y ya en esos años las páginas sociales se estaban llenando de arte”, cuenta Brugnoli de cómo convenció a los socios de formar la escuela que dirigió hasta 1992,
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un año antes de volver por concurso público a la Universidad de Chile. Entremedio, eso sí, se produjo el cisma entre los socios, que derivó en la creación de un nuevo Instituto. El desencuentro tuvo ribetes ideológicos. En junio de 1984, José Sanfuentes, que hasta ese momento militaba clandestinamente en el PC fue detenido, luego de que otro miembro diera su nombre “para salvarse de que lo mataran”, dice. “Me reuní con Gladys Marín y Hugo Fazio, quienes eran los que dirigían el PC en Chile y vimos las alternativas. Una era irme del país, pero yo estaba casado y con dos niñas chicas, así que imposible. Otra opción era pasar a la clandestinidad, pero menos, no sirvo para eso. Lo último era convertirme rápidamente en dirigente público, vocero del PC y eso hicimos. Di una conferencia de prensa en el Colegio de Periodistas de calle Amunátegui que salió en todos los diarios, pero ya era tarde. Al día siguiente me tomaron preso igual, me relegaron primero a Corral y luego a Chaitén”, relata el rector de Arcos. De sus acciones partidistas jamás había conversado con sus socios del Instituto. Les escribió una sentida carta donde “me disculpe por no haberlos informado, pero fue porque no quería que corrieran riesgos. Todos estuvimos de acuerdo en que lo más prudente era salirme del Instituto y así lo hice. Entre el 84 y el 90 mi vida fue totalmente dedicada a la lucha política, lo que me significó estar 8 veces presos ”, explica Sanfuentes. La presencia del PC no era trivial para los socios de Arcos, sobre todo para Jaime Muñoz, quien tenía una formación anarquista, ligada al trotskismo, que más tarde se haría notar en la forma en cómo quería llevar el Instituto, lo que terminaría por apartarlo definitivamente del proyecto educativo, pero para eso faltarían aún 23 años. En 1987, tras la salida de Sanfuentes, se produjo la primera diferencia de miradas. Luis Torres tenía la idea de transformar el Instituto en Universidad, que fuese reconocida por el Ministerio de Educación y así poder crecer en alumnos y carreras. Muñoz no estaba de acuerdo. Fue entonces que decidieron separarse en dos legalmente: el Instituto -que luego sería Universidad- Arcis y el Instituto Arcos. Una vocal dividía las visiones políticas y educativas de los hombres al mando, quienes se quedaron con
el 50% de cada proyecto. Mientras que los restantes socios, Michael Weiss y Fránex Vera se repartieron el 50% restante en 25% cada uno, quedando ambos ligados a las dos instituciones. Según Vera, economista y el hombre a cargo de la gestión y de cuadrar los números, “con el tiempo se vio que Arcis tenía una vocación de ser vista como la Universidad de la Izquierda chilena, en cambio Jaime tenía una mirada más apolítica y artística y hasta cierto punto muy lúcida de lo que se venía”. “El avizoró el tema de la posmodernidad y de que los alumnos que irían saliendo de Arcos iban a ir quedando rápidamente obsoletos de los que venían recién entrando. Él decía que estas profesiones en su propia práctica tenían que desarrollar el pensamiento crítico, entonces se sacaron los ramos de sociología y de formación de ciencias sociales de las mallas y se incorporó cómo generar en la misma práctica del estudiante esta capacidad crítica que les permitiera irse reinventando”, explica el economista. Lo cierto es que durante los primeros años, curricularmente, Arcis se abocó a consolidar carreras en las Ciencias Sociales, mientras que Arcos siguió con profesiones más “técnicas”. Brugnoli prefirió irse con Luis Torres. “Los que se fueron con Arcos eran quienes no querían la universidad, mientras que Lucho Torres la quería y le dio un impulso feroz y muy grande a esto, quizás demasiado grande, lo que le terminó creando debilidades con el tiempo”, comenta el artista. “Jaime era un tipo muy ilustrado, tenía un posgrado en la Sorbonne al igual que su esposa, Vera Carneiro, quien era parte de Arcos y hacía un ramo extraordinario de Teoría de la Imagen. Eran dos personajes muy valiosos, pero Jaime tenía un carácter difícil, siempre muy cuestionador, de un pensamiento crítico francés permanente y, porqué no decirlo, muy anticomunista”, agrega Brugnoli. Fue en ese contexto de quiebre y creación de nuevas identidades que se gestó Ojo de Buey, quizás como una forma de reemplazar la ausencia de la carrera de artes en Arcos. Primero nació la revista, con una impronta de crítica cultural que no tenía ningún otro proyecto editorial en el país y que se prolongó hasta el 2007. El comité editorial estaba conformado por Jorge Michell (dirección), Néstor Olhagaray y Jaime
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Muñoz, y sus números mezclaban la reflexión y el debate artístico con textos traducidos de autores como Michel Foucault, Jacques Lacan, Peter Sloterdijk, Georges Bataille, Bernard Stiegler y Maurice Merleau-Ponty. En tanto, la galería Ojo de Buey, con dirección del propio Jaime Muñoz, se extendió desde fines de 1988 a inicios de 1990, convirtiéndose en el último reducto contracultural galerístico que nació a fines de la dictadura. Para Arturo Duclos, uno de los artistas que expuso en Ojo de Buey, la galería “fue un respiro bastante grande, una puerta nueva luego del cierre de algunas galerías que habían sido emblemáticas como Sur, CAL y Visuala. Yo había hecho una exposición antes, La lección de Anatomía en 1985 en la galería de Enrico Bucci, pero esta que se tituló La Isla de los muertos en Ojo de Buey, vino a consolidar mi trabajo pictórico, fue muy importante para mí”, recalca el artista. Un nicho de muestras inolvidables Quizás sea por su corto periodo de vida o por el “accidentado” contexto en que se levantó la galería, que varios de los artistas que expusieron en el espacio “no se acuerdan” o bien confunden si Ojo de Buey funcionaba al alero de Arcis u Arcos. “Es factible, en el lenguaje promocional, pregonar una pronta celebración de 40 años de Arcos Insti-
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tuto, pero ello sólo se logra sumando los cinco años en que su denominación era Arcis. Justamente el primer número de Ojo de Buey corresponde al segundo semestre de 1987, cuando la marca Arcos aparece en el mercado educacional (hace 35 años). Ojo de Buey no nace con Arcis, ni fue una publicación de ella”, advierte Demetrio Psijas, docente de la carrera de Cine en Arcos. Las primeras averiguaciones sobre el calendario expositivo de Ojo de Buey apuntan a que habría abierto con una muestra de pinturas de Juan Dávila. El artista que desde 1974 vive radicado en Australia, donde ha desarrollado una brillante carrera como pintor exponiendo temprana y de forma permanente en museos como en la Galería Nacional Australiana en Canberra o la Galería Nacional de Victoria en Melbourne, estuvo siempre vinculado con artistas conceptuales de la llamada Escena de Avanzada, trabajó estrechamente con Nelly Richard e incluso fue el financista de la revista Crítica Cultural, creada por la teórica en los 90. Fránex Vera tiene recuerdos imborrables de esa primera muestra. “Recuerdo que pusimos a un sobrino mío, que en ese tiempo iba en el colegio, a cuidar la galería. Cerrábamos a las siete, mi sobrino se iba y no había ningún otro tipo de protección o seguridad. Todo era de una formalidad básica, mínima y de una precariedad absoluta. Para la inauguración Jaime me pidió que compráramos un chuico de vino. Entonces estaban estas pinturas provoca-
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doras, que valían ya cientos de dólares, de un tipo importante como Dávila, en un lugar precario y con el patio lleno de personas tomando un vino barato (ríe). Yo creo que todo eso era parte de como Jaime veía las cosas, no importaba si no había plata, lo importante era la curatoría, la obra, y el resto era accesorio”, dice uno de los dueños del Instituto.
ese arte. Pero al mismo tiempo estaba apareciendo una nueva camada de artistas sobre todo de la Universidad de Chile que estaban volviendo al formato pictórico. Muy influidos por los movimientos punk en Alemania y también el New wave, estaban retomando la gestualidad y sensualidad de la pintura, sin dobles discursos”, dice.
Sin embargo, consultado por correo sobre dicha exposición, en principio, Dávila niega acordarse, para luego en un segundo email rectificar: “Miré en la Internet y aparezco en la tapa de un número de Ojo de Buey y como parte de una muestra en Arcos. La verdad es que no tengo recuerdos. Ese grupo de la llamada avanzada de esa época cambiaron a ser burócratas ambiciosos hoy día. Leppe me atacó muchas veces a través de los años, debe ser la razón por la que lo borré de mi mente”, escribe el artista.
“Yo era muy joven cuando apareció Ojo de Buey y la verdad es que nosotros nos movíamos más por el centro, íbamos a la galería Bucci que estaba en Huérfanos y que promovía a estos artistas jóvenes, carreteábamos en el Normandie y en el garage Matucana. También íbamos a veces a las exposiciones de la Casa Larga de Carmen Waugh, que estaba en Bellavista”, cuenta Burotto. “La única muestra a la que fui en Ojo de Buey, fue a la de Gonzalo Díaz, porque teníamos una conexión con él. Había sido alumno de la escuela y era el ayudante de Adolfo Couve, querido profesor”, agrega el videoartista, quien sí sería parte de la revista Ojo de Buey, pero en los años 2000 cuando, como él recuerda, “era editada en un formato largo, de papel couché”, diferente al roneo fotocopiado con el que nació a fines de los 80.
Lo cierto es que en ese ambiente de lucha contra la dictadura, también habían rencillas personales y egos artísticos con los que bien se podría escribir una historia paralela del arte chileno. Uno de los mitos que siempre deambuló sobre la época, fue la supuesta pugna entre los artistas conceptuales de la Escena de Avanzada, quienes se cuadraron con un arte de resistencia hecho con medios experimentales, y quienes seguían fieles a la pintura, que era considerada de por sí, menos política. El docente del Instituto Arcos, Darío Burotto, quien en ese entonces era un artista veinteañero estudiante de la Universidad de Chile, confirma la teoría de la que fue testigo y parte. “Había que manejar un montón de variables conceptuales para entender
El Premio Nacional de Arte 2003, Gonzalo Díaz, recuerda muy bien su paso por Ojo de Buey. Allí expondría una de sus obras más icónicas y aplaudidas: Lonquén, 10 años, donde dio cuenta del impacto que le causaron los asesinatos de 15 campesinos de la zona de Isla de Maipo, cometidos el 7 de octubre de 1973, y conocidos en 1978, en lo que fue el primer caso público sobre los crímenes de la dictadura cívico-militar. Eso sí, Díaz, también asocia el origen de la galería con ARCIS y no con ARCOS.
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“En esa época hacía clases de pintura en la escuela de arte del ARCIS, en un taller que quedaba a pocos metros del espacio que se transformaría en la prestigiosa galería Ojo de Buey. La invitación a exponer allí fue muy informal, en un casual encuentro de pasillo con Jaime Muñoz, quien por esos años cumplía funciones de dirección superior en el ARCIS, siendo además, uno de sus fundadores”, cuenta el artista. “Esa invitación inesperada coincidió con otros hechos fortuitos –por ejemplo, el regalo que me hiciera Nury González de las Obras Completas de Freud en la edición de Amorrortu. Esas coincidencias me permitieron concebir esa obra que, sin saberlo mucho, estaba allí cocinándose a fuego muy lento desde hacía una década. Efectivamente ‘ese lugar' –ARCIS, Galería Ojo de Buey, Jaime Muñoz– terminó siendo muy importante para mí en cuanto me permitió hacer esa obra que con el tiempo fue adquiriendo una importancia crítica inimaginable para mí en ese momento”, agrega Díaz. Luego de estar años recopilando información y notas de prensa, Díaz concibió una instalación que iría más allá de la mera denuncia y que tocaba un fibra personal, en cuanto el artista -pintor de formación- se sentía cumpliendo un deber con el tema en cuestión. “Ese 'salto' de la pintura hacia otros lenguajes colindantes o limítrofes nunca tuvo un dramatismo programático. En verdad se hacía lo que se podía y las urgencias eran de todo tipo e intensidades. Fuera ilusión o no, parecía natural que esas urgencias y esas contingencias tuvieran la impronta de demandas concretas con las que me sentía, yo al menos, obligado a cumplir. La vida del pintor, que requiere
al parecer mayor silencio necesario para ejercitar un permanente distanciamiento era o parecía ser menos posible”, cuenta Díaz, consultado por el giro que dio de la pintura de caballete a la instalación. La obra consistía en 14 cuadros con la misma lectura (“En esta casa, el 12 de enero de 1989, le fue revelado a Gonzalo Díaz el secreto de los sueños”), donde cada marco tenía una repisa con un vaso de agua y una lámpara de bronce con su ampolleta encendida, del mismo tipo que las utilizadas domésticamente en la iluminación tradicional de la pintura de paisaje. En la sala también, se ubicó un andamio de madera, que albergaba gigantes rocas, sacos de tierra y una luz de neón atravesándolas. La instalación que, inscribió definitivamente a Díaz como un artista conceptual, fue reversionada dos veces: en el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid, en 2001, y en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en 2012. “Sin considerar esas apariciones fallidas –en ambos casos fallaron las piedras bolones del río Maipo que cargaban el andamio– Lonquén se ha construido su propio prestigio crítico”, comenta el artista. En términos prácticos el impacto que tuvieron estas muestras en la escena local quedan circunscritas al nicho de los colegas, los académicos, académicas y estudiantes de artes. Un círculo que no sobrepasaba las 200 personas en las inauguraciones y que sumaba algunas visitas más en los días que duraba la muestra. “Yo diría que la escena de esa época que congregaba a artistas, poetas, intelectuales, estudiantes no serían más de 400 personas. Era un grupo bastante reducido, pero afortunadamente muchas de esas personas eran escritores, entonces había mucho
Interior de un número de revista Ojo de Buey. Juan Domingo Dávila, Carlos Leppe, Manuel Cárdenas y Nelly Richard.
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material escrito, mucha documentación más que fotografías, y por eso también se daba tanto el tema del mito”, apunta Duclos. “Ahora cualquier cabro chico recién egresado hace un catálogo, pero en esa época con suerte alcanzabas a hacer una tarjeta de invitación, no había plata para hacer nada, los presupuestos de impresión eran inalcanzables para nosotros, por eso usábamos tanto el mimeógrafo y la fotocopia”, agrega.
******** Dos exposiciones de fotografía tuvieron lugar en Ojo de Buey. La otra fotografía, reunió a fines de 1988 a cinco integrantes de la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI): Patricia Alfaro, Álvaro Hoppe, Alejandro Hoppe, Héctor López y Claudio Pérez. “Fue muy importante el abrir un espacio alternativo de pensamiento crítico y poner en la conversación temas profundos sobre temas de arte y cultura”, dice Héctor López del proyecto global de galería y revista, en el que también fue parte del comité editorial. “Participé con algunas publicaciones menores y fui parte de esa muestra. El público pertenecía más bien al mundo de la cultura y el arte, pero aparte de aquellos, algo interesante, a mi parecer, es que el estudiante de Arcos la reconocía en su importancia e irradiaba aquello a sus circuitos de amistades, lo que permitía que se acercaran públicos jóvenes diversos e interesados en el arte”, plantea. La segunda muestra de foto haría historia. En octubre de 1989 se inauguró La manzana de Adán, exposición que unía las fotografías de Paz Errázuriz y los textos de la periodista Claudia Donoso.
Se trató de un proyecto totalmente inédito, tanto por su formato pionero, que ponía a la foto y al texto en un mismo nivel de importancia, como por el tema tabú que planteaba, que hasta entonces no se había abordado nunca en la escena cultural chilena. La manzana de Adán consistió en el seguimiento que hicieron las autoras a una familia de homosexuales travestis y prostitutos formada por las hermanas Evelyn, Pilar y la madre de ambas, a quienes retrataron en su cotidianidad entre 1982 y 1987, y también de otros personajes del mismo mundo que las circundaban. Para la época, el proyecto era subversivo y provocador y, como recuerda Donoso, “lo exhibimos de forma tímida porque no sabíamos qué futuro tendría”. “Para nosotras Ojo de Buey era un lugar importante, tenía el prestigio que acompañaba al Instituto Arcos y nos interesaba porque tenía un público que involucraba a los artistas, pero también a estudiantes jóvenes que deambulaban por el lugar porque estaba situado dentro del mismo Instituto”, cuenta la periodista. “Todo el mundo que hacía trabajos en esa época era muy inseguro de lo que estaba mostrando porque no había parámetros para medir, ni tampoco había crítica. Lo que hizo Ojo de buey es de una importancia infinita porque allí estuvieron las obras que se hicieron durante la dictadura, un período políticamente adverso no solo para la integridad física de las personas, sino para la producción de arte, no había editoriales, no habían galerías, y las que habían duraban poco”, agrega Donoso.
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La revista Ojo de Buey, 1987-2006.
“Se concibió como un trabajo híbrido y en ese sentido fue el primero que contempló en serio la relación foto-texto en igualdad de peso”, explica la también escritora. Con el pasar de los años y sobre todo en la última década, las fotos de Errázuriz tuvieron una vida independiente y hoy son parte de la prestigiosa colección de la Tate Gallery de Londres. También, antes de que se convirtiese en libro, La manzana de Adán fue llevada a las tablas por un entonces desconocido Alfredo Castro, quien detectó en el trabajo de Errázuriz-Donoso la potencia de una historia marginal jamás exhibida y que terminó por darle a él también un prestigio en el medio teatral local. “Alfredo Castro y Rodrigo Pérez eran parte de ese mundo marginal que frecuentaba estos espacios y fueron a nuestra muestra. Quedaron fascinados y Alfredo decidió hacer una obra de teatro que tuvo un tremendo éxito”, señala la periodista. Es con La manzana de Adán que Castro se hizo totalmente visible en la escena y lo que dio pie para su célebre Trilogía testimonial de Chile. Las otras dos piezas serían Historia de la sangre, en colaboración con la psicoanalista y ensayista Francesca Lombardo, y Los Días Tuertos, basada en textos de Claudia Donoso. Tras la exposición y la obra teatral, vendría la elaboración del libro. Publicado de forma independiente por Zona Editorial gracias al interés del editor Carlos Barros, salieron a la luz, en 1990, mil ejemplares que en ese momento muy pocos tomaron en cuenta. “El lanzamiento fue en la librería Altamira del centro; fueron nuestros entrevistados y retratados y como
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diez pelagatos. Nadie le dio bola al libro, no salió en la prensa que yo recuerde”. Con el tiempo ese libro se transformó en un clásico, un libro de culto, con un valor de mercado sólo para coleccionistas, y en una referencia insoslayable para el arte chileno. Sobre los sentimientos que generaba en los propios artistas la osadía de exhibir estas obras, en medio del yugo que significaba la dictadura, Donoso es sincera y enfática en derribar ciertos mitos. “Nadie andaba sobreexcitado o diciendo ‘oye estamos haciendo una cuestión increíble’ o ‘qué susto, esto es muy transgresor’. No hay que dramatizar tanto, porque a uno se le olvidaba que había represión, andábamos en una normalidad que, vista con la perspectiva de ahora era aterrante, pero que era la vida corriente”. “Con la Paz tuvimos mucho cuidado de que a la inauguración de la muestra fuera también el grupo de los travestis retratados en el libro, quienes se encontraron en esta sala de arte completamente ajena a su medio. La muestra fue algo muy inesperado para ellos”, recuerda la periodista. Un mes después, la periodista volvería a deambular por la sala de Ojo de buey para entrevistar al próximo artista expositor, en revista Apsi: el joven Arturo Duclos. Esa sería una exposición clave para su trayectoria, y la entrevista, sin duda, ayudó también a ponerlo en el mapa. “Hoy hay mucha gente haciendo estudios y recopilando lo que pasó en nuestra escena cultural de los 80, en la que los autores y artistas eran totalmente
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desconocidos, pero que ahora forman parte del canon cultural chileno”, señala Donoso.
mi me encantó. Luego vine yo, pedí ser el último porque tenía que romper el techo”, cuenta Brugnoli.
En diciembre de 1989, cuando el ambiente era efervescente por las elecciones presidenciales tras el triunfo del No, Arturo Duclos inauguró su muestra La isla de los muertos.
Cadáver Exquisito se tituló el ejercicio que se inauguró en enero de 1990 y que recopiló material de instalaciones anteriores a modo de ruina. Reciclaje y atesoramiento de los escombros, que se construyó iconográficamente desde la Balsa de la Medusa, obra de Gericault que motivó la reacción de Delacroix para pintar su icónica Libertad guiando al pueblo y que según el artista “era una metáfora de la situación política de Chile”.
El artista, que se caracterizó por compartir proyectos con algunos de los artistas más importantes de la llamada Avanzada -Díaz, Dittborn y Dávila- pero también por ser parte de la generación que reivindicó la vuelta de la pintura, exhibió una serie de obras que consolidaron su capacidad de combinar iconografías históricas y populares, haciendo una exitosa mezcla entre gráfica y pintura, objeto e instalación. “La isla de los muertos es una pintura de Arnold Böcklin, un pintor romántico alemán y es una isla que tiene una forma medio cadavérica, en medio se ve un bote con un personaje que es como el Caronte que lleva a los muertos al infierno. A mi me parece una metáfora bastante significativa con el país, porque siempre Chile ha sido un país isleño y por otro lado toda esta carga que siempre ha estado en mi trabajo, el arrastre de los detenidos desaparecidos en dictadura”, explica Duclos. “En 1985 yo todavía estaba muy ligado a los artistas de la Escena de Avanzada, no en términos formales pero sí de amistad, ellos fueron mis principales avales. Pero entre 1985 y 1989 empecé a indagar en la música, a contactarme con el underground de la época. Participé mucho con la escena de Matucana 19, Garage internacional, con el Trolley, con todos esos espacios alternativos. Colaboré con los Electrodomésticos, con el grupo Viena, junto a Vicente Varas hicimos las carátulas de Pequeño vicio y toda esa experiencia estuvo metida en esta exposición, al punto que no encontré nada mejor que el día de la inauguración invitar a los Anachena a tocar ahí. Fue un evento apoteósico, estaba lleno de gente que no se quería ir. Era diciembre y como en dos días más iban a ser las elecciones, era un proceso de cierre y de apertura para algo mejor. Para mí fue un evento súper significativo”, cuenta Duclos. Francisco Brugnoli, el último artista en exponer en Ojo de Buey, también recuerda con entusiasmo la muestra de Duclos. “Fue muy, muy buena, era muy precaria, muy linda, tenía pintura pero él nunca fue pintor, venía del grabado, de los talleres de Vilches en UC, tenía algo de la Lira Popular también. Había una cosa muy ingenua, entre conceptual y gráfica que a
“Ojo de buey fue importante porque se abrió en un momento en que no habían tantos espacios de arte, muchos se habían cerrado y lo interesante es que iban personas todos los días, estudiantes, gente joven, arquitectos que deambulaban por el instituto”, explica el artista. “El arte siempre ha sido de nicho en nuestro país, pero bueno esa es una discusión que incluso tenemos ahora. ¿Cuánta gente va a los museos? ¿Un millón al año? siendo que somos 6 millones sólo en Santiago. Va poca gente, sumado a que menos del 10% entiende lo que está viendo. Tenemos ese problema cultural que no hemos podido solucionar”, plantea el ex director del MAC. La revista Ojo de Buey, que funcionaba en paralelo a la galería y que tiene tres números clave, aquellos en los que hace alusión a las exposiciones -la edición del primer semestre de 1989 y la del segundo semestre de 1990 y primer semestre de 1991- en las cifras concretas tampoco tuvo tanto alcance. “La revista tenía un tiraje mucho más amplio que la distribución que tuvo. Los últimos números de los años 90 se empezaron a distribuir en los quioscos, pero era mínima la gente que los compraba. La revista no tuvo una red ni una convocatoria que hiciera que la gente comprara la revista y en la mayoría de los casos se regalaba. No creo que más de 100 ejemplares se hayan vendido por número y se regalaban otros 200, pero se editaban mil”, señala Fránex Vera. La revista estaba muy ligada a la inspiración y conducción de Jaime Muñoz, y no sobrevivieron luego del término de su período como rector y de su alejamiento del Instituto desde el 2007. La revista y galería Ojo de Buey se transformó en una referencia de culto, una suerte de trinchera, entre otras, en las que el arte y la imaginación hubo de resistir haciendo de la precariedad un discurso y medio para respirar en una época asfixiante.
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El proyecto Aguaderramada del Instituto Profesional ARCOS responde al deseo de generar un diálogo e intercambio editorial que pueda sumarse al coro plural de la mirada que emerge desde los territorios y la academia. Nos interesa colaborar en zurcir el averiado tejido colectivo instalando objetos que multipliquen los sentidos ante el avance de la instrumentalización que amenaza todas las esferas vitales. La materialidad de la mayoría de nuestros libros rescata técnicas tradicionales del grabado, lo que promueve una temporalidad reflexiva y una relación particular en nuestros procesos de publicación. Buscamos un producto estético posible gracias a la participación y el diálogo activo entre autorxs, artistas, profesorxs, editorxs, impresorxs y diagramadorxs, que genere las condiciones para el nacimiento de un objeto compartido. Aguaderramada Editorial: Ignacio Aguirre, Majo Puga, Paloma Carrasco, Tirso Troncoso, Ximena Duarte, Waldo Cañete, Un Pixel.
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