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JUANA GAMERO ÁVILA


EL LÁPIZ Y EL PAPEL MÁGICO Ocurrió hace mucho, mucho tiempo y ocurría en casi todo el mundo, que casi nadie sabía ni leer ni escribir; las personas mayores mezclaban tierra con algunas plantas de distintos colores y fabricaban pintura, con la cual hacían dibujos en las paredes de las cuevas. Pero, casi siempre eran los mismos colores y los niños no podían pintar pues, la pintura era muy escasa y no se la dejaban a los pequeños. Y ocurrió que en un pueblo tenían por costumbre comer la carne asada (ahora se come carne en casi todas las partes pero, antes no había tanta carne y conocían muy poco el fuego). Pues bien, lo que pasó fue que, después de comer, apagaban la hoguera para que no ardiese el bosque. En este pueblo vivía, entre otros, un niño que se llamaba Marcos y siempre se quedaba jugando después de comer. Se puso a jugar en el rescoldo de la hoguera apagada, cogió un trozo de palo que no se había quemado del todo y se puso a darle a una roca. Entonces, se dio cuenta de que aquel palo era mágico pues con él podía hacer lo que hacían los mayores con sus pinturas. Se puso muy contento y guardó su palo mágico. Al día siguiente fue a buscar a su amiga Paloma y le enseñó su palo con el que se podía pintar en las piedras. Estaban tan contentos que, todas las noches, después de cenar, se quedaban los últimos y guardaban todos los palos quemados que quedaban en la hoguera. Pero, la abuela de Marcos se dio cuenta de que algo


les pasaba a los dos niños y comenzó a seguirlos porque estaba preocupada por si les pasaba algo malo. Un día, la abuela le preguntó a Marcos: -Marcos, ¿qué escondéis Itziar y tú, que siempre estáis hablando en voz baja? El niño no quería decírselo, pero la abuela insistió y, al final, acabó contándoselo. Y, tras esto, la llevó a ver dónde tenían los palos guardados. La abuela también se quedó sorprendida, ya que, a ninguna persona mayor se le había ocurrido utilizar los palos de la hoguera como lápiz. La abuela guardó también el secreto y por las noches, junto con los dos niños, recogía los palos quemados. Pero una de esas noches comenzó a llover y llovía tanto que estuvieron varios días sin salir. Cuando por fin pudieron salir, la abuela se dio cuenta de que el agua había arrastrado hacia su puerta unas plantas en forma de varillas y las pisó para no mojarse los pies. ¡Cuál fue su sorpresa cuando vio que se hacían una mezcla! Y pensó: “Voy a ver qué pasa si las aplasto con una piedra”. Se puso manos a la obra y de aquellas varillas salió el papel, ya que aquella planta se llamaba “papiro”. ¡Qué contenta se puso la abuela! Hizo una prueba más antes de enseñárselo a Marcos e Itziar. Puso a secar la pasta que había conseguido y cuando estaba seca, cogió uno de los palos


quemados y pintó sobre ella. Su alegría fue muy grande, aunque no sabía que había inventado el papel y, los niños, el lápiz. Fue enseguida y se lo enseñó a los niños, que daban saltos de alegría. -Ahora sí se lo diremos a todo el pueblo, dijo la abuela, para que todos aprendan a leer, a escribir y a dibujar. Toda la gente del pueblo lo celebró con una gran fiesta y, desde ese día, le llamaron al palo quemado “lápiz mágico” y al papiro, “papel mágico”. Y todo el mundo aprendió a leer y a escribir, porque todos tenían su lápiz y su papel.


EL MIEDO IMAGINARIO Ocurrió en una aldea de Burundi donde la escasez de alimentos, agua, ropa, zapatos, medicamentos…, tiene a las personas un poco debilitadas, sobre todo por falta de alimentos, agua potable y medicinas; también hay pocos colegios, pues muchos niños se ponen enfermos de malaria, que son unas fiebres que se trasmiten a través de la picadura de un mosquito. ¿Y por qué les pica este mosquito? Pues, por falta de higiene, ya que no se pueden lavar como nosotros porque tienen muy poca agua y tampoco pueden lavar sus ropas, ni limpiar sus casas, como hacemos nosotros, que tenemos agua de sobra y además, la derrochamos. Y cuando nos ponemos enfermos tenemos médicos y medicamentos. Bueno, queridos niños, en esta aldea de Burundi se pusieron enfermitos algunos niños y los llevaron a un hospital que construyeron algunas personas buenas y donde intentaban curarlos de la fiebre, que tenían por culpa de la malaria. Y ¿sabéis que pasaba? Que por las noches tenían miedo porque veían fantasmas y monstruos, a causa de la fiebre. Pero. no había fantasmas ni monstruos, aunque ellos lloraban y lloraban, y las personas mayores, los médicos y las enfermeras, no sabían qué hacer para que los niños no tuvieran miedo. Entonces, a una de esas personas buenas, que ayudan a construir hospitales y colegios, se le ocurrió


que, tal vez, cantando una canción a los niños, se les quitaba el miedo. Y así fue. ¿Queréis saber cual es la canción con la que se va el miedo?

HAKUNA OFU WATOTO GUACHIKEI, HEI HEI HEI

HAKUNA OFU WATOTO GUACHIKEI, HEI HEI HEI (Que quiere decir: “ningún miedo niños”)

Y se aprendieron la canción. Y por las noches cada niño la cantaba bajito y, mientras cantaba se iba durmiendo y así, nunca más tuvieron miedo. Y las personas mayores, los médicos, las enfermeras, los maestros, los papás y las mamás y, hasta los abuelos y las abuelas cantaban la canción que ahuyenta el miedo. Porque tenéis que saber que el miedo no existe, que es algo que nos imaginamos nosotros, y, con esta canción, ni siquiera nos acordaremos del miedo.

¿Cuál es la canción?

HAKUNA OFU WATOTO GUACHIKEI, HEI HEI HEI

HAKUNA OFU WATOTO GUACHIKEI, HEI HEI HEI


LA JIRAFA AZUL

Había una vez una familia de jirafas que vivían en la selva: la mamá jirafa, el papá jirafa y un Jirafito que era el hijo de los dos. Un día la mamá jirafa le dijo a Jirafito: -Oye, Jirafito, ¿sabes que vas a tener un hermanito? Jirafito se puso muy contento porque pensó que tendría con quién jugar, ir al parque, al colegio… -¡Qué guay! Le dijo Jirafito a su mamá. Y nació Jirafita pero, para sorpresa de todos, Jirafita nació azul. Sabéis que las jirafas tienen manchas por todo el cuerpo, pues Jirafita nació azul. Y cuando la vio Jirafito, dijo: -¡Qué fea! Yo no quiero ir con ella al colegio, ni al parque, ni a ningún sitio, pues todos se reirán de mí. Pero no le quedaba otro remedio, porque sus padres le decían que el color no importa, lo que importa es lo buenos o malos que sean; en fin, que a Jirafito no le quedó más remedio que llevarse a Jirafita a todos lados y todos los animales se reían de ellos. -¡Mirad, mirad! Ahí tenéis las jirafas raras, decían unos y otros. A Jirafito le daba mucha vergüenza porque, además, ningún animal quería jugar con ellos.


Un día que salían del colegio, un grupo de animales empezaron a meterse con ellos y a perseguirlos y tirarles piedras. Jirafito salió corriendo y se escondió, pero Jirafita, no; se enfrentó a ellos con mucha valentía y los demás animales salieron corriendo. Jirafito, que estaba escondido, se dio cuenta de que, gracias a Jirafita, no les había pasado nada. Y desde entonces comprendió que no importaba el color de Jirafita sino, lo valiente y buena que era. Iban juntos a todas partes y a Jirafito ya nunca más le importó que Jirafita fuera azul.


Cuentos para niños