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¿Cuál es la cal y cuál es la arena?

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Autor: Raúl del Valle Rodríguez Diseño de portada: Marta Pagès Rufé Edición: Actuavallès Passeig Gaudí, 31 08203 Sabadell 937271900 actua@actuavalles.org www.actuavalles.org https://www.facebook.com/Actuavalles


Prólogo. ............................................................................................................................ 6 Relatos ............................................................................................................................. 7 Últimas notas de Julio Verne ........................................................................................ 9 Los panes y los peces ................................................................................................... 9 La venganza de las nubes ........................................................................................... 10 Cuando el enemigo está en casa ................................................................................. 11 El gen de la estrucioniformidad .................................................................................. 12 Goliath ........................................................................................................................ 13 Formas de cambiar una rueda ..................................................................................... 14 Las profundidades. ..................................................................................................... 15 Poemas. .......................................................................................................................... 16 Cosas de mayores ....................................................................................................... 18 La vida, instrucciones de uso...................................................................................... 18 Estrategias discursivas para vencer el desamparo ...................................................... 20 La madurez de Peter Pan ............................................................................................ 22 Querencias, esperanzas y temblores ........................................................................... 23 Relaciones cromáticas entre el alcohol, el orín y los poetas ..................................... 25 Ensoñaciones de un psicópata que ve en sueños el futuro ......................................... 26 Diccionario abreviado de jardinería o cosas que pueden hacerse amontonando restos de poda. ............................................................................................................... 27


Prólogo. En estos 20 años de actividad ininterrumpida, el barco de Actuavallés se las ha visto con todo tipo de tormentas: desde los frecuentes e inevitables fallecimientos de sus usuarios cuando no existían tratamientos eficaces para detener el avance del VIH en el organismo, hasta los recientes embates del neoliberalismo capitalista que, en su proceso de desmantelamiento del estado del bienestar, está dejando a las entidades del tercer sector en una situación más que complicada justo ahora que nuestra labor es más necesaria que nunca y cada vez para más gente. En cualquier caso, no nos queda otra que seguir tocando aunque el barco parezca hundirse, como los músicos del Titánic o como Socrates quien, condenado a muerte y a la espera de que le trajeran la cicuta, pidió que le enseñaran una nueva melodía para tocar con la flauta a pesar de que le quedaban pocas horas de vida. El filósofo rumano Emile Cioran, comentando la anécdota de Socrates, afirmaba que uno sólo debería tener derecho a aprender aquello que querría aprender incluso pocas horas antes de morir. Así que, este año, para celebrar Sant Jordi, en Actuavallés nos disfrazamos de editores y sacamos esta pequeña edición pirata con cuentos y poemas cedidos de forma desinteresada por uno de nuestros técnicos, Raúl del Valle Rodríguez, con la esperanza de que, si mañana se acaba el mundo, al menos tengamos algo que leer.

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Relatos.

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Últimas notas de Julio Verne

Al principio pensé que era cosa mía. Altibajos emocionales regidos por la lógica del péndulo. Mi leve tendencia a la depresión. Llevo dos años viviendo en este semisótano sin apenas luz natural, con el suelo como medio metro por debajo del nivel de la acera. Se agradece cuando vienes cargado del súper pero te deja el ánimo a la altura del betún.

Hace unos meses, inesperadamente, me quedé en paro y empecé a pasar mucho más tiempo en casa pero, en lugar de aprovechar las ingentes cantidades de tiempo libre que me proporcionaba mi nueva situación laboral en hacer cosas útiles, me pasaba el día tirado en el sofá, viendo programas estúpidos en la tele, acumulando latas de cerveza vacías y ceniceros llenos de colillas, sin salir a la calle más que para realizar las compras imprescindibles. Las pocas veces que lo hacía me daba la impresión de que el piso estaba cada vez más enterrado, como si se estuviese hundiendo, como si estuviese sufriendo un lento e inexplicable naufragio en seco. Pero, como ya dije antes, lo atribuí a mi estado anímico y no volví a pensar en ello.

Mi tendencia a la clausura iba a más. Cada vez hacía compras más grandes que me permitían pasarme largos periodos sin salir al exterior. Por eso no me di cuenta de que el proceso se estaba acelerando.

Hace ya unos días que se terminó la cerveza. No tengo luz ni agua. Acabo de apagar mi último cigarrillo. Sé que no aguantaré hasta ese momento, pero a veces me pregunto cuanto faltará para llegar al centro de la Tierra.

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Los panes y los peces Como cuando crees haber pasado una página y descubres que has pasado dos, al meter la cucharilla en la taza de café y efectuar el clásico movimiento circular en aras de la disolución del azúcar, me doy cuenta de que entre mis dedos hay en realidad dos cucharas. Vendrían pegadas la una a la otra, me digo para tranquilizarme tras el sobresalto inicial. Dejo las dos cucharas en el platillo donde reposa la taza y me llevo ésta a la boca para comprobar la temperatura del cortado.

Demasiado caliente, me digo, tendría que haberlo pedido con la leche natural. Y, al ir a devolver la taza al plato, el sonido de la porcelana contra la porcelana antes de lo esperado me hace comprender, horrorizado, que en el plato del que he levantado la taza, reposa otra taza exactamente igual a la que sostengo yo en mi mano.

Sin pensármelo dos veces, dejo la taza en la mesa y me levanto con la única idea en la cabeza de abandonar cuanto antes este bar. Un instante antes de alcanzar la puerta escucho mi propia voz que, desde la mesa, me llama por mi nombre.

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La venganza de las nubes Historias que me cuento las noches de tormenta, cuando la lluvia arrecia y de repente comprendo que llevamos siete días de lluvia y pareciera que ya no va a dejar de llover nunca. Que el amanecer en realidad es un monstruo mitológico en el que creían los antiguos griegos y que tiene el corazón tan duro que nunca se digna aparecer, se queda tumbado en el Olimpo sin importarle lo más mínimo que la humanidad se muera de frío. Una especie de Bartleby cósmico que ha comprendido hace ya tiempo que en realidad ya nada importa.

¿Cómo era aquello de la gota malaya? El continuo gotear sobre un mismo punto de la frente de cualquier desgraciado. Una tortura sencilla y eficaz. Una gota cada cinco segundos. Sin descanso. Por lo visto, en tres horas la erosión ya permite observar el minúsculo cráter en el cráneo, pero al torturado aún le quedan muchas gotas que soportar. Dicen que, normalmente, al tercer día, totalmente perdida la razón, fallece por paro cardiaco.

¿Cuántos días de lluvia serán necesarios para que empiecen a agujerearse los techos? ¿Cuántas gotas habrán de caernos encima antes de al fin alcanzar la muerte?

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Cuando el enemigo está en casa Mi habitación es un ser vivo que conspira contra mi persona en forma de lenta marea de ropas, libros y objetos varios; una marea que va subiendo parsimoniosa y casi imperceptiblemente, ganándole minuto a minuto centímetros al aire, apropiándose de un espacio que por jerarquía me pertenece.

De vez en cuando me levanto bravo y pongo un par de lavadoras, recojo algunos libros, despejo la mesita de noche, barro el trozo de suelo que haya quedado libre, doblo la ropa que en mi delirio considero que aún está limpia, la amontono en el armario y, a veces, si estoy especialmente inspirado, incluso cuelgo de las perchas alguna chaqueta o pantalón.

Pero es absurdo, un gasto inútil de energía. Cuantas más cosas recojo, de más espacio dispone la entropía para manifestarse en toda su intensidad. Al final un día comprendí que lo mejor era desentenderse, dejar que el desorden campe a sus anchas, permitir que llegue a su punto de saturación, al instante en el que ya no quepa nada más. ¿Qué pasaría si Sísifo se sentase en lo alto de la montaña sin importarle un carajo hacia dónde ruede la piedra que en teoría está condenado a empujar eternamente?

De momento la marea ha subida hasta la altura de mi ombligo, empieza a hacerse dificultoso avanzar a través de ella, todas las noches tengo que cavar entre los libros y la ropa para encontrar mi cama. Me da miedo alguna mañana despertar enterrado o simplemente no despertar, así que hace ya tres días que me acuesto con el snorkel en la boca.

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El gen de la estrucioniformidad La cosa empezó así, de repente, la gente se arrodillaba en una glorieta o en el jardín de su casa o en cualquier lugar donde el suelo fuese lo suficientemente blando como para poder cavar un hoyo con sus propias manos, enterraba la cabeza en el hoyo y devolvía a éste, evidentemente a ciegas, cuanta tierra fuese necesaria para no poder respirar y morían así, con la cabeza enterrada como si fuesen cebollas humanas o avestruces cansados de correr por la sabana.

La imaginería popular vio en ese comportamiento una prueba evidente de la estrucioniformidad de la especie humana; el hombre, en realidad, descendía del avestruz.

Para cuando algún zoólogo levantó la voz haciendo notar que eso de que los avestruces entierren la cabeza en el suelo es un mito creado por un dibujante americano y no un comportamiento propio del animal en cuestión, ya casi no quedaba nadie que lo pudiese escuchar.

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Goliath Al día siguiente, en el campo de batalla, cadáveres sobre el mármol y en el fregadero; pequeños cuerpos retorcidos encima de los platos, aferrados en su última agonía al cristal de un vaso con un resto de cerveza en el que flota una colilla de tabaco rubio.

Es la parte más pesada del asunto, retirar los cadáveres y fregar con esmerada minuciosidad para eliminar cualquier resto de insecticida. Las matanzas de hormigas son peligrosas en una cocina sin recoger, el insecticida coloniza tus sartenes, platos y cubiertos y, si no se toman las debidas medidas higiénicas después de la batalla, puede acabar intoxicándote en lo que constituiría una irónica venganza post mortem.

De niño me fascinaban los imanes. En verano me pasaba tardes enteras sentado en el balcón armado con un par de ellos, buscando alguna hormiga a la que tender mi trampa. La trampa consistía en sostener los dos imanes a ras de suelo, lo suficientemente cerca como para que, cuando la hormiga en cuestión cruzase entre ellos, al soltarlos saliesen disparados el uno contra el otro.

Clink.

Lasaña de hormiga, me gustaba llamarlo.

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Formas de cambiar una rueda Llevaban dos horas de camino y no habían dejado de discutir desde que se subieron al coche, así que, en cierto sentido, a los dos les vino bien el pinchazo: una tregua, un tiempo muerto, la excusa perfecta para no tener que compartir el mismo espacio.

Él bajó a cambiar la rueda entre maldiciones; ella se quedó en el interior del vehículo, fumando en silencio y observando, por el espejo retrovisor, la figura acuclillada de su marido que no acertaba a poner bien el gato hidráulico.

Entonces vio emerger, de entre los árboles, lo que parecía ser un oso pardo. Por suerte reaccionó deprisa y, después de subir las ventanillas, bajó el seguro de las puertas.

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Las profundidades. Lo malo de las profundidades es que no admiten el estatismo, uno no puede resignarse a habitar en ellas y quedarse ahí sentado en un rincón cualquiera de su pozo particular, un pozo que, por otra parte y como todo pozo que se precie, carece por completo de rincones.

En las profundidades no hay lugar para la quietud o el descanso, en el preciso instante en el que uno decide dejar de luchar por salir de ellas – total, igual no vale la pena-, en cuanto bajas los brazos admitiendo tu derrota es como si el suelo en el que te apoyas cediese bajo tus pies y otra vez te encuentras cayendo, como si el pozo no tuviese fondo o no tuviese más fondo que el de tu propia resistencia: seguirás cayendo mientras aguantes la caída, seguirás arrastrándote mientras las piernas y el vientre y los brazos te lo permitan.

Hay una leyenda judía que dice que en cada generación de hombres nacen treinta y seis hombres justos, treinta y seis almas puras destinadas a soportar sobre sus hombros todo el sufrimiento del que se hagan merecedores a lo largo de sus vidas el resto de hombres de su generación, treinta y seis desgraciados que sufrirán como perros mientras vivan.

Y cuenta la leyenda que, cada vez que uno de esos hombres muere, Dios en persona acoge el alma entre sus dedos y los frota sin descanso para hacerla entrar en calor y que, en ocasiones, es tanto el frío que el alma ha acumulado en su interior, que tarda cientos de años en conseguir que deje de temblar.

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Poemas.

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Cosas de mayores.

A veces piensa en hacerlo al revés, por delante.

Enterrar la nariz en el justo centro de la almohada y apretar los extremos con fuerza contra los oídos hasta que no le quede una brizna de aire en los pulmones para tal vez así encontrar un silencio de verdad en el que poder dormir tranquilo.

Lo piensa con los ojos clavados en el techo de la habitación y la almohada apretada contra las orejas. Lo pìensa y mientras lo piensa siente que la cabeza le va a estallar, "igual ya se han dormido", se dice antes de ir, poco a poco, aflojando la presión.

Parece que no se oye nada. El niño suelta la almohada, se incorpora en la cama, pega la oreja a la pared.

Más allá de los latidos de su propio corazón no escucha más que un ligero y acompasado ronquido de hombre y, como de muy lejos, el lento y entrecortado llanto de una mujer. 17


La vida, instrucciones de uso Escupir en la cara sólo de quien lo merezca, obedecer siempre a las tripas antes que al cerebro, someterse, de tanto en tanto, a los dictados del azar y el deseo, no caer en la tentación de reservar del mundo sólo un rincón tranquilo.

Sentarse a mirar sólo aquello que merezca ser mirado, guardarse como de la peste de la amistad de los injustos, del favor de los crueles y de la estéril protección de los cobardes; no limitarse a vivir en las miradas ajenas ni romper en vano el incómodo silencio de los ascensores.

Comprender que en la debilidad reside la fortaleza, que el azul sólo es azul porque así nosotros lo miramos, no buscar el fácil halago

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de los ignorantes ni la est煤pida admiraci贸n de los mediocres.

Conformarse con poder dormir cuando dormir bien no se pueda, aprender a distinguir la c谩scara del fruto, el dolor de la dolencia, saber que toda posesi贸n es el anticipo de una carencia.

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Estrategias discursivas para vencer el desamparo Hoy está en celo la gata de enfrente. El calor hace impensable cerrar la ventana.

Sus inquietantes maullidos se escuchan como si estuviese aquí mismo, dentro del armario.

Como si tuviese encerrado a un bebé hambriento, o a la madre que sostiene a su hijo muerto entre los brazos y que ya ha llorado tanto que no le quedan fuerzas más que para esa especie de gemido sostenido que ya ni siquiera llega a ser un grito.

Ahora se ha callado. La gata, digo. ............................. Dibujar tu mirada dibujarla como una forma de arrebatártela.

Tan cerca del abismo como de tus ojos.

Un sortilegio, una sustracción mágica. 20


Lograr a través del dibujo, gracias a la tinta, la tan anhelada extracción de tus globos oculares.

Para echárselos a los cerdos. ......................................

La vida es corta, los días estrechos. A veces aprietan tanto que hasta cuesta respirar;

Entonces, claro, me veo como un pececillo naranja boqueando bajo el sol sobre la última mancha de humedad de un charco que se evapora.

Por suerte tenemos los bares y la lluvia, Camarón y las tormentas.

Por suerte uno puede emborracharse hasta quedar sin sentido con la esperanza de que llueva y, para cuando se pase la resaca, haya subido por fin la marea.

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La madurez de Peter Pan Descubrir un día que el café, que siempre te había gustado dulce, ahora te gusta sin azúcar.

Que un canto aplazado, finalmente, quizá no llegue a cantarse nunca.

Que hay trenes que se dejan pasar sin que uno sepa que esa vez era la última.

Que no hay más verdad que tu sombra arrastrando su peso por las aceras; que cada vez es más dura la resaca y da menos risa la borrachera.

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Querencias, esperanzas y temblores Quiero dejar de escribir versos sentimentales sólo admisibles en adolescentes empachados de Bécquer y del Neruda de los versos tristes y el me gusta cuando callas. Quiero evitar –pero me cuesta- la rima fácil, los poemas de amor, los cuentos efectistas, la tendencia a salpimentar la ficción con mediocres pedacitos de mi vida.

Quiero evaporarme como un charco cuando sale el sol con fuerza, escapar como el humo acumulado en el salón al abrir el balcón una noche de fiesta. Quiero cantar –pero no sé- canciones tristes como recoger pájaros muertos de la calzada, hasta desaparecer en la melodía y reencarnarme en una lágrima.

..................................................................................

Suena feo, pero los sentimientos no son más que una determinada configuración electroquímica en tu cerebro.

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Tenemos el privilegio de ser los últimos humanos en el camino hacia la máquina.

Alrededor del 2200 los poetas se irán a vivir al subsuelo con las ratas, nuestros semejantes.

En el 2666 el mundo será un enorme cementerio en el ojo sin párpado de un nonato.

....................................................................................

El ser humano, ese bicho despreciable que de tanto repetírselo a sí mismo ha acabado por llegar a creerse la culminación de algo, el huevo del picnic, la guinda del pastel, el ajo de todas las salsas; punto álgido de un proceso que se inicia en el big bang y se proyecta hacia el infinito.

Estúpida presunción, verborrea de borrachos, delirio de científicos jugando a ser dioses, consuelo para idotas incapaces de aceptar que no son más que el conglomerado de moléculas que estúpidamente los conforman.

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Relaciones cromáticas entre el alcohol, el orín y los poetas Alcoholismo de baja intensidad. El solitario de la xibeca.

A veces me pregunto a qué se debe que beban tanto los poetas, ¿será que en el fondo del vaso habitan antes de ser escritos sus poemas?

Decía leopoldo maría panero que le gustaban, por ser del color de la orina, el whisky y la cerveza.

Claro que, cuando uno se emborracha, la orina es incolora, ¿será esto la literatura? ¿habrá que pasarse al vodka?

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Ensoñaciones de un psicópata que ve en sueños el futuro (niños corriendo descalzos por un descampado cubierto de cristales rotos y colillas encendidas)

Imágenes que te asaltan a veces en el mismo centro de la pesadilla,

(enormes extensiones de campos quemados donde aún se distingue el borboteo del tuétano entre las brasas encendidas)

cuando llega el sueño y la fiebre se dispara y en cualquier momento cualquiera puede acabar con tu vida.

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Diccionario abreviado de jardinerĂ­a o cosas que pueden hacerse amontonando restos de poda.

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Aroma.

Conservo tu olor retenido en la palma de la mano izquierda .

En alguna de mis viejas libretas juré y perjuré no volver a escribirte nunca más un poema.

Pero ahora me acuesto sin ti y descubro tu olor retenido en la palma de mi mano izquierda.

Mira qué sencillo me resulta quebrantar una promesa.

Caligrafía.

En el pupitre de delante una letra entrevista por encima del hombro de su propietaria; una caligrafía que engorda y adelgaza en ciclos que parecen naturales, como si respirara; una caligrafía que inclina los palitos de las t y de las d y de las l hacia uno y otro lado -sístole, diástole-, 28


como si, además de respirar, latiese.

Al final de la clase, camino de la puerta de salida, intento ver de reojo por última vez su letra y mis ojos se encuentran con un pezón que se eriza al contacto con la tela de la camiseta.

La chica que respira y late a través de su propia caligrafía, esta mañana vino a clase sin sujeción de ningún tipo.

Cicatriz.

Ni es muy honda ni, gracias al maquillaje, se aprecia bajo la luz de los focos, pero durante el día es perfectamente visible surcándole el rostro. Una recta perfecta que atraviesa la parte izquierda de su cara, desde la comisura de los labios hasta media mejilla, como si alguien hubiese intentado alargarle a la fuerza la sonrisa.

Confesión.

En la vida nunca se me han dado bien los finales. O son demasiado abruptos o demasiado dilatados. O se demoran hasta la náusea o son tan 29


expeditivos y eficaces que parece que nunca hubiese existido la etapa que con ellos concluye. Todo esto es por el cambio de estación, por el cambio de estado, por el curso que aún no comienza, porque no escribo, porque masturbarse dos veces al día no es ni de lejos saludable a partir de los treinta, porque tengo el piso hecho una pocilga, porque ya empiezan las alfombrillas del coche a estar otra vez llenas de colillas. A veces pienso que el mundo me queda grande, que me sobran al menos un par de tallas, que haría falta hacerle algún remiendo pero, por más que busco, no consigo encontrarle las costuras.

Economía.

Al salir a la calle me di cuenta de que iba descalzo, al parecer me habían robado los zapatos. Hacerse el dormido no es la mejor forma de dormir pero, si te lo haces con convicción, puede acabar desembocando en el sueño. Quiero decir que yo estaba despierto cuando entraron, no abrí los ojos pero estaba despierto. Creo que eran tres, supongo que los tres iban borrachos.

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Erizo.

En invierno adquiere dimensiones trágicas el amor de los erizos.

Si se abrazan, se lastiman con sus púas; si se separan, se mueren de frío.

Esperanza.

No esperar nada de nadie ni permitir que nadie espere nada de uno.

Intentar imaginar que el mundo no existe más que en tu mente, que mañana, al abrir los ojos, descubrirás que todo es mentira.

La persistente pesadilla de un borracho que por error está soñando tu cerebro.

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Funambulismo.

Una estación chiquita en medio de ninguna parte. Un atardecer lento que va tiñendo el cielo al otro lado de los cables del tendido eléctrico. Un niño que mira los pájaros posados en los cables y se imagina que, un día de estos, en lugar de volver al circo en el que trabaja, trepará por uno de aquellos postes y dará la vuelta al mundo.

Futuro.

A veces me siento triste sin venir a cuento.

Los placeres cotidianos, la comida caliente, las sábanas limpias, no consiguen causar en mí el más mínimo efecto.

Mis programadores no lo entienden, me reprograman, me reconfiguran, revisan mis circuitos.

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Grafomanía.

X es grafómano, un enfermo de la escritura. Alguien para quien las personas, los objetos y los aconteceres tanto de la vida en general como de su vida en particular, sólo cristalizan como verdadera realidad en el momento en el que los inserta en alguna de sus libretas.

X atribuye su grafomanía a la extraña propensión que existía entre sus profesores de primaria al recurso de la copia como forma de castigo; a hacer escribir n veces la misma frase ante la menor travesura o salida de tono de los alumnos.

X, que de niño era más bien revoltoso e indisciplinado, se pasó gran parte de la Educación General Básica con un bolígrafo en la mano, sentado frente a un folio que se iba llenando de palabras que, a fuerza de repetidas, dejaban de tener sentido. Frases del tipo No hablaré en clase o No insultaré a mis compañeros o No pegaré a nadie.

Curiosamente, aquella especie de suplicio medieval acabó sentándole bien a X. le relajaba el sonido del bolígrafo deslizándose sobre el papel, el breve refulgir de la tinta un instante antes de secarse, la forma en la que las letras se le iban tendiendo hacia la derecha a medida que avanzaba el proceso…

Como un monje budista dibujando un mantra, así me sentía copiando quinientas veces la misma estúpida frase, completamente solo en el aula después de que se hubieran terminado las clases; sobre todo cuando el profesor de turno, una vez acabada la faena y en un alarde de crueldad innecesario, rasgaba las hojas ante tus ojos y arrojaba los pedazos resultantes a la papelera, escribe X, ya adulto, en una de sus libretas, y es 33


un tema sobre el cual, con el paso de los a帽os, vuelve con relativa frecuencia.

Herida.

Pensar en cosas simples.

El olor de la tierra mojada cuando de repente y contra todo pron贸stico estalla un chaparr贸n.

El sonido del mar; el color del cielo.

Pensar en cosas simples.

Luchar contra la sensaci贸n de que otra vez estoy solo.

No dejar crecer las grietas, recuperar de cualquier manera algo parecido a la sonrisa.

Pensar en cosas simples.

Convencerme , pese a las apariencias, de que no te has ido. 34


Hoguera.

Los sinónimos no existen, la palabra es ante todo sonido, las frases brillan en frecuencias concretas, el párrafo debe ser correlato de esa danza.

Hay que arder mientras se escribe si se quiere ser digno de semejante privilegio.

Miedo.

Muchacho acurrucado en un rincón de la habitación a oscuras que puede escuchar perfectamente el latido que le confirma que tampoco allí está solo.

Palabras.

La palabra nace como sonido, la oralidad precede en mucho a la escritura. 35


La palabra escrito no es sino un intento de fijar la palabra hablada, de dotar del atributo de la permanencia a algo que en esencia es efĂ­mero y contingente, de fotografiar el sonido mucho antes de que existiese mĂŠtodo alguno de registro auditivo.

AhĂ­ reside la profunda paradoja de la palabra escrita, representante sobre el papel de una entidad sonora condenada al silencio.

Pienso en la literatura desde dentro, el aspecto que debe tener el interior de lo literario.

El paisaje es desolador, un desierto de silencio donde todos parecen estar hablando, el mundo visto desde el cerebro de un cantaor sordo y ciego que no deja de cantar.

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Pecera.

Un astronauta perdido por las playas de Menorca en mitad del invierno, con su escafandra de humo y su anhelo de soledad y distancia, de atardeceres vistos desde el espacio y amaneceres que han perdido su capacidad de generar significados. Un astronauta que mastica su derrota y descubre entre los pliegues de sabor que no existe la victoria, que para él, en este planeta y en este tiempo, no hay

posibilidad

alguna

de

escurrirle

el

bulto

a

la

derrota.

Un astronauta que respira en silencio e imagina que los dibujos entrecruzados que deja sobre la arena húmeda de ciertas playas el mar en retirada son en realidad una escritura secreta, un alfabeto desconocido; como si el mar fuese un inmenso poeta líquido que compone extraños poemas sobre la arena; poemas que, quizá, sólo logren entender las nubes o las aves migratorias.

Poema.

A veces las palabras se confabulan para, desde una simplicidad extrema, crear instantes de belleza sólo comparables a cosas tan simples como una puesta de sol en Gabdos o una buena tormenta sobre un techo de Uralita.

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Refugio.

Una lluvia tenue y extrañamente persistente, como la resaca de tres cervezas y dos canutos a destiempo. Un túnel bajo las vías del tren -o bajo la autopista o bajo algún edificio-; un túnel de techo abovedado bajo el que refugiarse de la lluvia. La chica joven apaga el porro mientras abre la funda de su instrumento, lo saca, lo monta, se lo lleva a la boca y empieza a soplar. El sonido dulzón y melancólico de la trompeta impregna amplificado el aire del interior del túnel, como si fuese un cuenco puesto del revés. Fuera sigue tercamente lloviendo. Por encima, quizá, está a punto de pasar un tren.

Soledad.

Dolores que se solidifican y adquieren el aspecto de alguien que se aleja, un nuevo espejismo que se disuelve en el horizonte, una retahíla de cuerpos decapitados, el anhelo de la soledad más absoluta, de ser la única persona en el mundo capaz de ver el mar.

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Tormenta.

Un mar desconcertado que no sabe quĂŠ hacer con tanta agua y se enfurece y encabrita y arroja sobre la arena de las playas el descarnado cuerpo de todos sus ahogados.

Trinchera.

Como a los golpes y sin fortuna camino por este mundo, sin encontrarle las costuras ni mucho menos el rumbo.

Como a los golpes y a malos pasos, coleccionando por los rincones ceniceros que se desbordan bajo el signo de DiĂłgenes, trastos por todas partes, meadas fuera de tiesto, platos llenos de comida fosilizada, algĂşn que otro amigo muerto.

Como a los golpes y sin remedio pero aguantando la compostura, 39


con la frente todo lo alta que se pueda sin dejar la garganta al descubierto.

No vaya a ser que alguien se anime a darme en la tráquea el golpe que sin duda me merezco.

Versos.

Los hay como disparos condenados a repetirse, te atrapan durante días y no puedes dejar de recitarlos en tu cerebro una y otra vez; como si esa conjunción de palabras concreta creara una necesidad en tus neuronas, una pequeña adición, un picor que sólo se calma repitiendo entre dientes los versos en cuestión.

El corazón, si pudiera pensar, se pararía.

El mar recordó, de pronto, el nombre de todos sus ahogados.

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El amor es mentira. La caricia es mentira. La amistad es mentira

Western.

Aprender a esperar. Saber que, en un momento dado y sólo con el clima apropiado, todo se ordena como por ensalmo, como si alguien hubiese decidido que justo en ese instante ha llegado la hora de empuñar el revólver.

Carroña putrefacta, alimento para gusanos.

La herencia de la sangre, la alegre responsabilidad de saberse parte de una estirpe de asesinos.

La mirada fría y el gesto adusto, el pulso sereno al apretar el gatillo, la clara conciencia de que todo hombre es la prefiguración de su cadáver, futura carroña putrefacta, alimento para larvas y gusanos. 41


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