
Año 27 • Número 7

![]()

Año 27 • Número 7

La certeza de las promesas de Dios
Licencia para intentarlo
La espera vale la pena
Nuestra ancla, nuestra esperanza
Jesús siempre está ahí

27, número 7

el sendero de la oración
Durante varios años trabajé de payasita visitando los pabellones infantiles de hospitales. Era interesante ver cómo reaccionaba cada familia ante las dificultades que se le presentaban al cuidado y custodia de sus hijos internados en el hospital. Para algunas familias era un trauma, una angustia, y hasta se resistían a creerlo. Otras, por lo visto, tenían más recursos interiores para transitar por terreno pedregoso. Esto además se evidenciaba en la paz que transmitían sus hijos y su capacidad de adaptarse a un nuevo entorno.
Me pregunté, si cualquiera de nosotros supiera de antemano que se vería arrojado súbitamente a un escenario así, ¿trataría de estar bien preparado? La trampa, por supuesto, es que no sabemos. Leí un relato que arroja cierta luz sobre cómo estar más predispuestos para afrontar cualquier situación difícil en la que nos encontremos. Dice así:
En cierta región de África los primeros conversos al cristianismo eran muy diligentes en cuanto a la oración, tanto es así que los creyentes tenían cada uno su rincón particular fuera de la aldea al que se retiraban para orar a solas. Los aldeanos llegaban a sus recámaras de oración siguiendo cada uno el sendero que con sus pasos había abierto entre los matorrales. Cuando la hierba empezaba a cubrir uno de los senderos, era evidente que su dueño, la persona que lo había trazado, estaba flaqueando en la oración. Preocupados por el bienestar espiritual de sus compañeros, surgió entre aquellos flamantes cristianos una singular costumbre. Cuando alguien notaba que la maleza ya cubría uno de los senderos de oración, él o ella acudía a su dueño y con cariño le advertía: «Amigo, crece maleza en tu sendero». Henry G. Bosch Podemos plantearnos: ¿en qué condición está nuestro sendero de oración? ¿Se encuentra bien gastado, bien pisado, por la práctica diaria? ¿O lo invadieron las espinas de otros intereses? En tiempos de necesidad, como esas familias en el hospital infantil, ¿hallaremos rápidamente nuestro sendero de oración? ¿O tendremos que desenvainar machetes para despejar la maleza de nuestro sendero?
El Señor quiere formar parte de nuestra vida, acompañándonos, así en los momentos fáciles como en los difíciles. Si cultivamos una estrecha relación con Él, nos nacerá espontáneamente acudir de prisa a Él en momentos de apuro. No vacilaremos: el sendero estará despejado.
Nuestro número de Conéctate de este mes habla de las muchas pruebas que nos presenta la vida y cómo encararlas con fe, esperanza y perseverancia. Oramos que nunca olvides que «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Salmo 46:1).
Sally y Gabriel García Redacción
Si deseas información sobre Conéctate , visita nuestro sitio web o comunícate con nosotros.
Sitio web: activated.org/es/ E-mail: activated@activated.org
Chile:
E-mail: gabrielconectate@gmail.com
España:
E-mail: conectate@esfuturo.com
Tel: (34) 658 64 09 48 www.esfuturo.com
México:
E-mail: conectate@conectateac.com
Tel: (01-800) 714 4790 (nº gratuito) +52 (81) 8123 0605
© Activated, 2026. Es propiedad. Diseñado por Gentian Suçi.
Traducción: Gabriel García V. y Felipe Mathews
A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995; de la versión Reina-Valera Actualizada 2015 (RVA-2015), © Casa Bautista de Publicaciones/Editorial Mundo Hispano, utilizados con permiso, y de la Nueva Biblia de las Américas™ NBLA™ © 2005 por The Lockman Foundation.
Kind

Todos sabemos que lo ideal es ser agradecidos, mantener una actitud positiva y demostrar aprecio a las personas que nos rodean. No es tan difícil cuando todo va bien, o cuando te despiertas con el canto de los pájaros y ves un amanecer precioso, como me pasó a mí esta mañana.
Pero ¿qué pasa cuando nada sale bien y todo sale al revés, cuando estás pasando por una ruptura sentimental, una decepción, una enfermedad o alguna experiencia traumática?
Justo el otro día estaba hablando con un querido amigo sobre este tema y le pregunté cómo lidia él con el lado más oscuro de la vida. Su respuesta, simple pero sorprendente, fue:
—Me encanta el invierno tanto como el verano.
Vaya, breve y conciso.
En realidad, hasta las cosas más bonitas tienen su sombra, de lo contrario no serían reales. El momento más oscuro del día, justo antes que salga el sol, contiene las semillas de una nueva vida y un renacimiento.
En verdad no puedo decir que me alegre cuando las cosas van mal, a pesar de mi compostura aparentemente tranquila. Me cuesta un tiempo apreciar los momentos oscuros, los inviernos y las decepciones. Aunque preferiría que todo fuera siempre claro y soleado para mí, para mis seres queridos y para toda la humanidad, olvido que hasta las nubes aportan belleza a un cielo perfectamente azul.
El poeta Percy Bysshe Shelley escribió: «Nuestra risa más clara se mezcla con suspiros; da los más dulces cantos nuestro pesar más triste». Sin duda, muchas canciones famosas y conmovedoras se han compuesto durante o después de momentos de angustia; se han pintado obras maestras entre lágrimas, y son innumerables los poemas que nos llegan al alma gracias a los mensajes y emociones agridulces que transmiten al lector.
Para mí eso dice mucho sobre la importancia y la fecundidad de los «inviernos». Y encuentro un gran consuelo en estas hermosas promesas de la Biblia: «Alégrense profundamente, hermanos míos, cuando se sientan cercados por toda clase de dificultades. Es señal de que su fe, al pasar por el crisol de la prueba, está dando frutos de perseverancia. Pero es preciso que la perseverancia lleve a feliz término su empeño, para que ustedes sean perfectos, cabales e intachables» (Santiago 1:2–4 blph). «Luego de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables» (1 Pedro 5:10 nvi).
Cada etapa de la vida tiene su belleza y su valor. Solo depende de nosotros darnos cuenta y apreciarlo.
Josephine Kind ha participado activamente durante las últimas tres décadas en labores humanitarias en países del sur de Europa. ■

¿Has enfrentado alguna vez en la vida algo que parecía sin remedio, alguna dificultad para la que no veías salida y te daba la impresión de que todo estaba perdido? O tal vez ahora mismo te encuentras en una circunstancia de cariz imposible para la que no se perfila ninguna esperanza. Dudas de que Dios esté escuchando tus oraciones, pues no se hacen patentes el consuelo y la tranquilidad que brindan Su presencia y no te imaginas cómo podrían cambiar tus circunstancias. Quizá te inclinas a pensar que nadie experimenta dificultades tan tenaces y susceptibles de poner a prueba tu fe. Es importante que en momentos así hagamos memoria de las promesas de la Biblia relativas a la esperanza que poseemos los cristianos. La Biblia alude a Dios como el Dios de toda esperanza. «Que el Dios de
esperanza los llene de todo gozo y paz en el creer, para que abunden en la esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15:13).
El sentido de la palabra esperanza en la Biblia difiere del que tiene actualmente. Hoy en día la esperanza está más ligada a un anhelo o una aspiración, pero sin ninguna certeza de que se concretará. En cambio, cuando la Biblia habla de esperanza, está asociada a nuestra fe —nuestra certeza— de que lo que Dios ha prometido ocurrirá.
En Hebreos 11:1 encontramos la definición bíblica de la fe: «La fe es la constancia de las cosas que se esperan, la comprobación de los hechos que no se ven». La fe es la garantía o la certidumbre, y está cimentada en la vida, muerte y resurrección de Jesús, que con Su sufrimiento adquirió nuestra salvación y reina ahora para siempre.

Eso nos otorga la fe para sobrellevar las dificultades, pruebas y tragedias que afrontamos en esta vida mientras aguardamos «la esperanza bienaventurada, la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tito 2:13).
Nuestra fe también se puede reforzar si tenemos presente que destacados personajes bíblicos experimentaron grandes adversidades y si reflexionamos sobre cómo lograron atravesar «el valle más oscuro» de su vida (Salmo 23:4 ntv). No salieron de su peregrinaje ilesos, con corazón victorioso y una dicha a toda prueba. Así y todo, se aferraron a la esperanza y se negaron a rendirse.
A continuación daré unos ejemplos de hombres de la Biblia que enfrentaron durísimos apuros. Las cosas por las que pasaron nos infunden esperanza. «Tales cosas se escribieron hace tiempo en las Escrituras para que nos sirvan de enseñanza. Y las Escrituras nos dan esperanza y ánimo mientras esperamos con paciencia hasta que se cumplan las promesas de Dios» (Romanos 15:4).
Muchos conocemos el caso de Job en el Antiguo Testamento. La Biblia narra gráficamente todo lo que padeció. Pasó por rigurosas pruebas en las que perdió a su familia, sus riquezas y su salud. La angustia y aflicción de Job fueron tan grandes que hasta maldijo el día en que había nacido ( Job 3:1–3) y rogó a Dios que le quitara la vida ( Job 6:8,9 ntv). Sin embargo, aun mientras bregaba por entender por qué estaba experimentando esos infortunios, asumió una postura de fe, declarando: «He aquí, aunque él me mate en él he de esperar» ( Job
13:15). Con el tiempo Job volvió a experimentar el favor de Dios, solo que con un alcance mucho más amplio de la Providencia y de Su amor.
El rey David perdió varios hijos, su reino, su salud y toda una serie de batallas contra sus enemigos. Es difícil imaginarse el choque emocional que debió de soportar en esos momentos. Sus sentimientos de amargura y desesperación tiñeron sus escritos plasmados en los Salmos. «¿Nos rechazará el Señor para siempre? ¿No volverá a mostrarnos su buena voluntad? ¿Se habrá agotado para siempre su gran amor?» (Véase el Salmo 77:7–9 nvi.)
Por lo visto, a esas alturas David ya había tocado fondo; sin embargo, se aferró a su esperanza, lo que sale a relucir a través de los Salmos: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera a Dios, porque aún le he de alabar. ¡Él es la salvación de mi ser, y mi Dios!» (Salmo 43:5.)
Es dable imaginarse la angustia y el desaliento que debió de sufrir el apóstol Pedro después que negó a Jesús previo a la crucifixión (Mateo 26:69–75). Tras desmentir que conociera a su Salvador —no solo una, sino tres veces—, ¿cómo podría presentarse de nuevo en público y menos aún ganarse la confianza de los discípulos como dirigente de la iglesia primitiva? Pese a ello, días después Pedro dio la cara con denuedo en la plaza pública proclamando a Jesús, lo cual derivó en que miles de personas llegaran a conocer a Cristo y que de paso se lo llevaran preso. (Véase Hechos 2 y 3.) Pedro declararía luego: «Según su grande misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1 Pedro 1:3).
Incluso el apóstol Pablo, que desempeñó un papel primordial en la iglesia primitiva y transmitió tantas palabras de aliento a las iglesias, a veces se sintió desesperanzado y abatido. Expresó lo siguiente cuando escribió: «No queremos que ignoren, hermanos, en cuanto a la tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, hasta perder aun la esperanza de vivir» (2 Corintios 1:8). Sin embargo, a lo largo de sus epístolas, subraya constantemente la esperanza que tenemos en Cristo y nos anima a regocijarnos «en la esperanza de la gloria de Dios» (Romanos 5:2 rvc). Todavía podemos abrigar fe en Jesús
y aferrarnos a la esperanza, aun cuando la situación que enfrentamos nos parezca dificultosa, desesperada y hasta imposible.
Si estos grandes hombres de Dios pasaron por semejantes momentos de angustia espiritual, pérdida y tragedia, ¿es de extrañarnos que nosotros —Sus hijos de la actualidad— experimentemos también épocas de desolación y hasta de desesperanza? En épocas así no siempre
fortalecidos. «Pasando por el valle de Baca lo convierten en manantial. […] Van de poder en poder, cada uno de ellos comparece ante Dios en Sión» (Salmo 84:6,7 nbla).
¡Qué hermosa imagen y promesa! Lo principal es que atravesemos ese valle; y al hacerlo podemos cambiarlo en fuente (rvr1960). Un valle árido y desolado puede llegar a ser un lugar donde nos refrescamos y donde de paso nuestra fe se puede hacer más fuerte.

podemos ver las recompensas por nuestra fidelidad ni el cumplimiento de Sus promesas. Pero la Biblia nos enseña que cuando nuestra fe es puesta a prueba podemos alegrarnos «de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también sea inmensa [nuestra] alegría cuando se revele la gloria de Cristo» (1 Pedro 4:12,13 nvi).
Todos, en algún punto de nuestra vida, pasamos por oscuros valles. Un salmo lo describe como «el valle de Baca», una hondonada de llanto y lamentaciones. Pero el salmista también se refiere a la esperanza que existe para quienes pasan por esos valles y en el proceso salen
Algo que tienen en común todos esos hombres de fe de la Biblia es que no dejaron de alabar a Dios en medio de sus valles más tenebrosos y de sus momentos de desesperación y sufrimiento (Salmo 84:4,5). Por eso, a medida que atravesamos el valle de lágrimas, sufrimiento o penalidad, si no dejamos de alabar al Señor, lo podemos convertir en un refrescante manantial. Nuestra travesía por la vida puede llegar a ser una dicha y nuestro lamento convertirse en baile. Él nos ceñirá de alegría y nos dará la fuerza de Su gozo (Salmo 30:11).
Una vez que hayamos cruzado ese valle podemos mirar atrás con gratitud, conscientes de que las arduas experiencias que hemos soportado nos han enriquecido y ayudado a crecer espiritualmente. El Señor nos habrá envuelto en Su amor y nos habrá otorgado la inapreciable bendición de llegar a comprenderlo más profundamente, amén de concedernos un corazón que se asemeje cada vez más al Suyo (2 Corintios 3:18).
María Fontaine es una autora cristiana y codirectora retirada de La Familia Internacional, una red cristiana en línea. ■
Amy Joy Mizrany
Mi amiga me llamó por teléfono, rebosante de alegría. Por fin había aprobado el examen de conducir. Perseveró a pesar de haber estado a punto de suspender varias veces y de tener instructores muy exigentes. Así y todo, al final había conseguido el carné. Cuando estuvo lidiando con los «fracasos», mi madre la animó diciéndole: «Nadie te pregunta cuántas veces has tenido que presentarte al examen de conducir. Da igual cuántas veces lo intentes; una vez que tienes el carné, lo tienes». Nunca había pensado en la perseverancia desde esa perspectiva. Pero es cierto: nadie te preguntará cuántos pasteles se te quemaron antes de lograr el delicioso que les estás sirviendo. Si llegas a la cima del Everest, has llegado a la cima. Los fracasos a lo largo del camino no restan mérito al éxito final. Es un pensamiento muy reconfortante. Me vino a la mente cuando pensaba en el poema de E. A. Guest, «¿Que no se podía?»
Se lanzó a trabajar sin pensárselo más; si vaciló, demostrarlo no quiso.
Se puso a cantar y emprendió con afán lo que no se podía, ¡y lo hizo!
Me di cuenta por primera vez de que no dice que lo hiciera enseguida. Yo siempre me lo había imaginado como una especie de cuento rápido: «Un hombre ve una montaña; todos dicen que es imposible; él se pone manos a la obra, y ¡voilà! ¡La victoria es suya!» Esa era la imagen mental que siempre me había hecho del poema. Pero ahora lo veo de otra manera. Quizás esa empresa difícil le llevó semanas, meses o años. Pero nada de eso influyó en el resultado final: ¡Lo consiguió! ¡Eso lo dice todo!
A veces, cuando me veo enfrentada a muchos obstáculos y fracasos, no veo el valor de volver a intentarlo. El éxito y lo que nos puede aportar pueden parecer una fantasía a la que es mejor renunciar. Cada vez que mi amiga se quedaba a las puertas de aprobar el examen de conducir, sentía que no merecía la pena. Pese a ello, no cejó en sus intentos. Una y otra vez. Hasta que finalmente consiguió el carné de conducir. Entonces supo que había merecido la pena.
Podemos fallar o decepcionarnos de nosotros mismos; otras personas pueden fallarnos o tratar de detenernos. Pero siempre podemos volver a intentarlo. Tenemos el derecho concedido por Dios de seguir probando. «Siete veces cae el justo y se vuelve a levantar» (Proverbios 24:16). Se nos ha concedido el privilegio de decidir. Siempre podemos optar por probar una vez más. Tenemos licencia para intentarlo.
Amy Joy Mizrany se dedica de lleno a labores misioneras en Sudáfrica con la organización Helping Hand. En su tiempo libre enseña el violín. ■


Gabriel García Valdivieso
No perder la paciencia en circunstancias de todos los días ya de por sí es difícil; otra cosa muy distinta es mantener la paciencia en épocas de enfermedad y dolor.
La mayoría no estamos particularmente dotados para ejercitar la paciencia. Pareciera que es una de esas virtudes que nos ponen a prueba y nos acercan a Dios, una que debemos practicar continuamente, tanto en situaciones de poco fuste como en las de gran magnitud.
Durante los últimos 7 meses he estado que entro y salgo de hospitales. La última vez la estadía se alargó y estuve internado dos meses. Quienes han vivido hospitalizaciones saben bien que dos meses pueden
llegar a ser agotadores: enfermeras que entran y salen a cada rato para examinarte y que te despiertan en plena noche o a las 5 de la mañana; comida bastante insulsa que no apetece; largas horas que se hacen eternas; médicos que no te dan mucha información; jóvenes estudiantes de medicina que te piden tu historial médico una y otra vez; compañeros de cuarto no siempre agradables y muchas otras situaciones que uno preferiría eludir.
Se ha dicho que «la paciencia es quedarse donde uno está y no moverse, aunque tenga ganas de salir corriendo». Lo cierto es que después de aguantar tanto tiempo en el hospital ya se imaginarán las ganas que

tenía yo de salir corriendo. Sin embargo, no tenía más remedio que quedarme allí.
Me dije para mis adentros: O me dejo abatir por esto o, como dicen en inglés, de este limón hago una limonada. Así que me propuse hacer amistad con mis compañeros de cuarto y con los doctores, enfermeras y auxiliares. Hablamos de distintos temas, incluida la Biblia, y llevé a algunos a conocer al Señor. Resolví que en lugar de quejarme de la comida, procuraría tomarle gusto. Disfrutaría de los ejercicios que me recomendaban los kinesiólogos. Claro que en ciertos momentos eran tan intensas las ganas de salir de allí lo antes posible que me ponía ansioso por el futuro. Mas como reza el dicho: «La paciencia no debe ser ni un centímetro más corta que la aflicción».
La naturaleza humana nos lleva a querer alcanzar la Tierra Prometida sin pasar por el desierto. Pero Dios sabe que necesitamos esas travesías por los yermos para aprender a esperar en Él, lo que constituye un acto de confianza y fe. «Espera en el Señor. Esfuérzate y aliéntese tu corazón. ¡Sí, espera en el Señor!» (Salmo 27:14.)
Oí la voz apacible y delicada de Dios que me decía una y otra vez: «Espera en Mí. Ten paciencia. Estoy obrando a tu favor». Así y todo, era fácil olvidarme y recaer en mi ánimo impaciente. Con dulzura y comprensión el Señor me recordaba reiteradamente que Sus tiempos no coinciden con los míos (Isaías 55:8).
Ahí entra a tallar la fe, pues como dijo Calvino: «No hay espacio para la fe si exigimos que Dios cumpla en el acto lo que promete».
Llegué entonces al punto en que comprendí que mi nerviosismo no me llevaría a ninguna parte y decidí confiar en Dios y no afanarme por que me dieran el alta. Me di cuenta de la importancia de afrontar un día a la vez o inclusive una hora a la vez y vivir el presente.
Día a día he aprendido y aplicado ciertas estrategias que quizá te sirvan por si acaso te llegas a ver en una situación parecida:
—Lee la Biblia. Particularmente los Evangelios y los Salmos son fuente de ánimo y fortaleza. Apréndete de memoria uno o dos de tus pasajes predilectos, sobre todo aquellos que te inyecten fe e inspiración en tu hora de aflicción. La Palabra de Dios obra maravillas para calmar un espíritu inquieto.
—Háblale a la gente de las cosas excepcionales que Dios ha hecho por ti o de la vida tan agraciada que has llevado pese a tus circunstancias actuales. Relata testimonios de pasados milagros o de casos en que Dios se manifestó claramente en tu vida.
—Ponte al día en un libro que tenías ganas de terminar pero no habías tenido el tiempo de hacerlo.
—Ensaya con tus visitas un juego de preguntas y respuestas de la Biblia u otros juegos interactivos. Son una buena distracción y te apartan la atención de esos angustiosos pensamientos sobre el futuro.
—Siempre que las fuerzas te lo permitan, envía mensajes a tus familiares y amigos y ponte al día con tus comunicaciones. Un par de llamadas a tus amigos ayudan muchísimo a aliviar la desazón.
—Busca una buena película para ver en tu celular, computador portátil o en la tele del hospital, si la tienen.
—Hagas lo que hagas, no te pases el tiempo mirando el cielo raso y caigas en depresión. Idéate alguna actividad interesante o pasatiempo que te levante el ánimo.
Al final, cuando me resigné a esperar dos semanas más para que me dieran el alta, el doctor llegó con la noticia de que me dejarían salir antes. ¡Aleluya!
Alguien me enseñó una vez: «No te rindas antes de tiempo. No pierdas el curso por marcharte antes que suene la campana en la escuela de Dios, justo cuando estaba por ascenderte al siguiente curso».
«Bienaventurado el hombre que persevera bajo la prueba porque, cuando haya sido probado, recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que lo aman» (Santiago 1:12).
Gabriel García Valdivieso forma parte del cuerpo de redacción de la revista Conéctate. Es traductor, escritor y locutor. Vive en Chile con su esposa Sally. ■
G.L. Ellens
A mis setenta y cinco años sonrío ante los giros inesperados que ha dado mi vida. Cuando llegué al campo de misión hace cinco décadas, imaginaba una vida dedicada a criar una familia, servir al Señor y pastorear a las personas. Lo que no imaginaba era lo rápido que pasarían esos años ni lo silencioso que se volvería mi hogar algún día.
Crié a cinco hijos en el sudeste asiático. Los vi crecer entre arrozales, caminos rurales y vecinos amables. Luego, uno por uno, los vi partir, regresar a Occidente para estudiar en la universidad, emprender sus carreras y finalmente casarse. Cada partida era una mezcla de alegría y tristeza, el orgullo de madre envuelto en el dolor de la misma. Con el tiempo me pregunté qué me depararía el siguiente capítulo de mi vida.
Cuando pensaba que mis años más fructíferos habían quedado atrás, Dios me abrió puertas nuevas que nunca hubiera imaginado. «Sus misericordias […] nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:22,23). Su llamado también se renueva cada mañana.
Hoy me siento junto a niños con cáncer que necesitan mucho apoyo y junto a huérfanos que anhelan que alguien les recuerde que son importantes. Visito a niños pobres de aldeas cuyas risas llenan habitaciones sin electricidad, pero rebosan de alegría. Me doy cuenta de que Dios todavía tiene trabajo para mí.
Cuando digo «nunca es demasiado tarde para volver a comenzar», hablo desde una vida transformada por la fidelidad de Dios. Isaías 46:4 es muy especial para mí: «Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo los sostendré […] y los libraré» (nvi).
Moisés tenía 80 años cuando Dios lo llamó para enfrentar al faraón (Éxodo 7:7). Caleb tenía 85 años cuando pidió la montaña que Dios le había prometido ( Josué 14:10–12). Ana, la profetisa, pasó sus últimos años proclamando al Mesías (Lucas 2:36–38). Las Escrituras

nunca describen la vejez como una etapa de declive, sino como de una fe madura que no deja de proclamar: «Heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6:8).
Volver a empezar significa abrazar todo lo que Dios ponga ante ti, creyendo que los justos «aun en la vejez fructificarán» (Salmo 92:14).
Antes me daba miedo envejecer sola. Ahora veo que nunca estoy sola ni carezco de un propósito. Cada vez que entro en una sala de hospital con niños que luchan por su vida, o me siento en un suelo de bambú con familias de un pueblo, o consuelo a un huérfano, oigo que el Señor me susurra: «Este es tu nuevo comienzo».
Tengamos la edad que tengamos, la historia de Dios en nuestra vida no termina nunca.
G.L. Ellens ha sido misionera en el Sureste Asiático desde hace cuatro décadas. Realiza voluntariado con niños menesterosos y ha venido explorando su veta de escribir. ■

Cuando era joven me estresaba cada vez que se me interponía un obstáculo o tenía un contratiempo, sobre todo cuando se trataba de problemas graves. Mi marido siempre era el optimista y a menudo me recordaba la famosa frase de Mark Twain que dice algo así: «He tenido muchos problemas en mi vida, ¡pero la mayoría de ellos nunca se presentaron!»
Hace un tiempo obtuve algo de dinero por la venta de la propiedad de mis padres. Me alcanzaba para comprar una casa pequeña. Sin embargo, después de buscar dos meses, no encontré nada en el vecindario que me gustara por el dinero que tenía. A instancias de mi hijo mayor decidí más bien comprar un terreno para poder construir la casa que quería. Poco después, un viernes, encontré una parcela que me gustó y acordé con el propietario cerrar el trato el lunes.
Lamentablemente, me llamó el domingo para decirme que la parcela se había vendido. Se disculpó y me dijo que también había anunciado el terreno en una agencia inmobiliaria pero no había habido ningún interesado durante meses, hasta que la empresa la vendió ese sábado. Aunque me quedé muy decepcionada, no dejé de confiar en el Señor. Una semana después me volvió a llamar para decirme que alguien que iba a comprar un terreno similar al final de la calle se había echado atrás y que yo podía comprarlo al mismo precio que el anterior.
Compré ese terreno y actualmente vivo feliz en la casa que construí. Pero ahí no termina el cuento. Resultó que la primera parcela que había visto daba a una inmensa propiedad que comenzó a alquilarse para fiestas que duraban toda la noche. La familia que compró esa parcela se vio obligada a mudarse y venderla con pérdidas. Lo que en ese momento me pareció una mala noticia resultó ser providencial: Dios traía algo bajo la manga.
Al pensar en eso se me ocurrió que la vida se puede comparar con las vías férreas: el tren necesita ambos rieles para avanzar. Uno representa los momentos fáciles y felices; el otro las dificultades y las penas que nos ayudan a crecer y madurar. Ambas son necesarias para progresar y sentirnos realizados. El tren debe atravesar valles y montañas, puentes y túneles, desiertos y oasis, hasta llegar a su destino final.
Seguir avanzando no es una opción, sino una necesidad. A veces no podemos ver claramente el camino que tenemos por delante y nos toca confiar en que el Señor nos guíe; pero el viaje bien vale la pena.
Rosane Cordoba vive en Brasil. Es escritora independiente, traductora y productora de textos didácticos para niños basados en la fe y orientados a la formación del carácter. ■
Mi padre me contó una vez la leyenda de un rey que jugaba al ajedrez. Quizás la hayan oído.
Érase una vez un rey que retó a un sabio viajero a una partida de ajedrez. El monarca prometió al sabio cualquier recompensa que deseara si le ganaba. El sabio le dijo al rey que tenía una petición muy modesta y que, como era un hombre con pocas necesidades materiales, lo único que deseaba era un poco de arroz, cuya cantidad se determinaría utilizando el tablero de ajedrez de la siguiente manera: un grano de arroz en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta, dieciséis en la quinta y así sucesivamente, duplicando el número de granos en cada casilla consecutiva.

El rey se alegró mucho de tan sencilla petición y comenzó el juego. Como era de esperar, el rey perdió. Total que, para cumplir su palabra, ordenó que trajeran un saco de arroz y empezó a hacer cálculos y a contar los granos. Sin embargo, a la larga descubrió que la cantidad final de arroz que le debía al ganador sería mayor que todo el arroz de su reino.
Hay varias versiones y finales de esta historia, así como enseñanzas que se pueden extraer de ella, además de la lección matemática del crecimiento exponencial. Pero lo que me hizo recordar esta anécdota fue lo siguiente: al igual que hay 64 casillas en un tablero de ajedrez, hay 365 días en un año. Cada uno de ellos encierra la posibilidad de crecer, pero —y aquí está la parte difícil— tenemos que estar comprometidos y ser constantes y persistentes. Un grano de arroz es casi nada, y aun si se duplicara con cada nueva casilla, después de 14 casillas no sumaría más de una libra o medio kilo. No parece mucho. Por eso, cuando nos comprometemos con algo —un nuevo hábito positivo, aprender una nueva destreza, iniciar un nuevo negocio— es probable que nos desanimemos si queremos ver progresos demasiado rápido o no vemos cambios de un momento a otro.
La Biblia enseña la importancia de una buena administración y de invertir para incrementar lo que recibimos. En la parábola de los talentos vemos que cada persona recibe cierta cantidad para invertir: «A uno dio cinco mil monedas, a otro dos mil, y a otro mil. A cada uno dio conforme a su capacidad» (Mateo 25:15).
Cuando el señor regresó, recompensó a cada uno de los dos mayordomos que invirtieron y multiplicaron sus talentos, diciéndoles: «Bien, siervo bueno y fiel. Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:23). En cambio, al que escondió su talento en la tierra y no lo dejó multiplicarse se lo consideró un siervo indigno (Mateo 25:14–30).
¡No subestimemos el efecto acumulativo de los avances que parecen pequeños! Tengamos paciencia, seamos buenos administradores de lo que Dios nos ha confiado y veremos cómo crece.
Simon Bishop realiza obras misioneras y humanitarias en las Filipinas. ■

Curtis Peter van Gorder
Estaba esperando a que un amigo viniera a recogerme y decidí matar el tiempo en un restaurante tranquilo. Allí, en el vidrio de una ventana, había una abeja intentando escapar de su prisión transparente. Volaba contra el cristal hasta que se cansaba tanto que caía, solo para repetir el mismo esfuerzo una y otra vez. Lo curioso era que estaba a escasos centímetros de una puerta abierta a su derecha. Simplemente no la veía. Quizás nunca se le ocurrió escapar volando en horizontal. Desde su perspectiva, el mundo exterior y la libertad parecían muy reales, pero inaccesibles.
No fue hasta después de diez minutos de vuelos frenéticos y caídas que la abeja por fin escapó. ¿Cómo lo hizo? Fue producto del miedo. Alguien desde fuera golpeó el vidrio y la abeja se sintió amenazada. No sabía que el vidrio la separaba de su enemigo. Intentando evitar lo que percibía como un depredador, rompió su rutina, despegó y salió volando por la puerta.
¿Alguna vez te has sentido como esa abeja? ¿Como si estuvieras atrapado en una rutina de la que no puedes escapar? ¿Como si la respuesta que buscas pareciera tan simple, pero tan inalcanzable?
A veces Dios puede permitir o enviar situaciones que parecen muy complicadas —u obstáculos difíciles de soslayar—; no obstante, tal vez esté cerrando una puerta para guiarnos hacia otra que nos llevará por el camino indicado.
Curtis Peter van Gorder es guionista y mimo. Desde 1971 ha participado en actividades misioneras en 10 países. Él y su esposa Pauline viven actualmente en Alemania. ■
Si aún no has reconocido en Jesús a tu Salvador, puedes hacerlo mediante la siguiente oración: Jesús, creo sinceramente que eres el Hijo de Dios y que moriste en la cruz por mí para que, a través de tu muerte y resurrección, pueda vivir para siempre contigo en el Cielo. Te pido que perdones mis pecados. Te abro la puerta de mi corazón y te ruego que me llenes de tu Espíritu Santo y me ayudes a vivir de tal manera que te glorifique. Guía mi vida y dame fuerzas para seguirte. En tu nombre te lo pido. Amén.
Marie Alvero
«Tenemos la esperanza como ancla de la vida, segura y firme, y que penetra aun dentro del velo» (Hebreos 6:19).
A veces me sorprende lo hermosa que es la Biblia. Mi alma se serena cada vez que leo ese versículo. Se apacigua la turbación, sea grande o pequeña. Piénsalo. El objeto de un ancla es sujetar a un barco para evitar que se desplace debido al viento o la corriente. La función del ancla no es detener la tempestad, sino mantener el barco estable mientras dura el temporal o cuando el mar está agitado. Espiritualmente, nuestra esperanza nos sostiene y nos mantiene firmes. Pase lo que pase en el mundo o en nuestra vida, nos aferramos a la esperanza puesta en Jesús. Nuestra «esperanza» no consiste en que Jesús detenga las tormentas de la vida, sino que nos mantenga firmes. El sanctasanctórum (detrás del velo) era la parte interior y más sagrada del templo a la que solo podían acceder los sumos sacerdotes, y eso después de extensos rituales. Ahí ofrecían un sacrificio por ellos mismos y por el pueblo, y luego intercedían por el pueblo ante Dios.

Jesús es el Sumo Sacerdote por excelencia. A eso se refiere Hebreos 7:27 cuando dice: «Él no tiene cada día la necesidad, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo, porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo». Este mismo capítulo de Hebreos también dice que Jesús «puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, puesto que vive para siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).
Conectemos todo eso y podemos estar seguros de que Jesús está siempre presente, delante del trono de Dios, intercediendo por nosotros. Además, podemos poner nuestra esperanza en eso, todo el día, todos los días.
Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE.UU. ■


Marie Knight
Después de un día muy ajetreado, quedé exhausta y me metí en la cama. Le eché una ojeada a mi teléfono y me di cuenta de que ya era pasada la medianoche; al otro día tenía que madrugar. Era imperioso que durmiera bien esa noche. Me entró entonces la preocupación de que dormiría tan profundamente que no me enteraría cuando sonara el despertador y no alcanzaría a hacer las cosas que tenía programadas para el día siguiente. Cuanto más me preocupaba, menos dormía. Fue tal mi nerviosismo que llegó el amanecer y pasé en vela toda la noche.
Reza un proverbio sueco: «Sobre algo pequeño, la preocupación proyecta una enorme sombra». Gran verdad. La preocupación agranda las cosas en nuestro cerebro: se tornan tan lóbregas y amenazadoras ante nosotros que nos convencemos de que tarde o temprano sucederán cosas terribles.
El mejor medio al que podemos recurrir para hallar fe y consuelo es la Palabra de Dios. La Biblia nos previene acerca de la preocupación. «Por nada estén afanosos; más bien, presenten sus peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6,7).
La oración es un valioso recurso para vencer el temor y la preocupación. Dios es el único capaz de infundir paz y tranquilidad a nuestro espíritu; no obstante, debemos tener la humildad para pedirle ayuda. «Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios. Echen sobre él toda su ansiedad porque él tiene cuidado de ustedes» (1 Pedro 5:6,7).
Dios ha prometido cuidar de nosotros, pero debemos darle la oportunidad: «Echa tu carga sobre el Señor, y él te sostendrá. Jamás dejará caído al justo» (Salmo 55:22).
Dejarse dominar por el miedo y la intranquilidad es perder fe en las promesas de Dios. «¿No te he mandado que te esfuerces y seas valiente? No temas ni desmayes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas» ( Josué 1:9).
Si de veras creemos que Dios es soberano, sabemos que Él puede ayudarnos a superar cualquier situación de apuro en que nos veamos. De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi socorro, y no temeré. ¿Qué me podrá hacer el hombre? (Hebreos 13:6.)
Marie Knight es misionera voluntaria en los Estados Unidos. ■

De Jesús, con cariño
En los tiempos que se viven la gente muchas veces está acostumbrada a los cambios rápidos y a los resultados inmediatos. Lo que ayer era suficiente, hoy rara vez lo es, y es fácil hacerse la expectativa de que los problemas de la vida deben resolverse rápidamente y sin complicaciones. La realidad, sin embargo, es que muchas cosas en la vida simplemente llevan tiempo. La mayoría de los reveses que se presentan en el trabajo, con la salud, las relaciones o la economía no se pueden resolver con un clic del ratón o pulsando un botón.
Algunas situaciones en la vida son difíciles y pueden seguir siéndolo durante un tiempo o una temporada (Eclesiastés 3:1–8). En esos periodos tu fe puede ser puesta a prueba; entretanto aprendes a ser paciente y aumenta tu resistencia (Santiago 1:3,4). Cuando las situaciones difíciles o complejas se prolongan y te sientes mentalmente agotado o emocionalmente agobiado, recuerda que estoy contigo. Ven a mí; renovaré tu espíritu y te concederé la paciencia y la perseverancia que necesitas.
No te prometí una vida sin contratiempos. En este mundo enfrentarás pruebas y apuros, pero cobra ánimo, que yo he vencido al mundo ( Juan 16:33). No resolveré instantáneamente todos tus problemas y adversidades, pero te entrego Mi paz y Mi gracia para que enfrentes las tormentas de la vida y salgas fortalecido en la fe y mejor preparado para el próximo reto. Confía en que haré que todas las cosas obren para tu bien (Romanos 8:28).