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Conéctate, número de junio de 2018: Crecer en amor

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PARA DIOS

SOY UNA

CELEBRIDAD

¡Tú también!

La práctica de la empatía

Menos muros, más amigos

Cadena de favores

El efecto dominó de la generosidad

Año 19 • Número 6

19, número 6

A NUESTROS AMIGOS

El amor que nos impulsa

Mucha gente, estoy seguro, ve a la madre Teresa o a algún héroe nacional que trabaja en las cárceles o con los más desfavorecidos y piensa: «Yo jamás podría ser como ellos. No les llegaría ni a los talones. Alcanzar ese grado de santidad o tener un efecto tan potente en la sociedad sería imposible para mí». Sin duda que hay algo de verdad en ello. Lo trágico es que, por sentirse incapaces, muchos ni siquiera se animan a hacer el intento.

Tomemos el caso de la madre Teresa: ella no se propuso convertirse en santa ni ser laureada con el premio Nobel de la paz. Tampoco empezó su misión atendiendo a multitudes de los más pobres entre los pobres. Simplemente se dedicó a ayudar, uno a uno, a los necesitados de su entorno. Dios se suele valer de gente común y corriente en circunstancias comunes y corrientes para manifestar un amor de dimensiones absolutamente fuera de lo corriente. Todo se reduce a seguir la regla de oro que Jesús expresó con distintos matices en varias ocasiones: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo1 y tratar a los demás como queremos que nos traten 2 . Si procuramos modelar nuestra vida según esos principios y aplicar esas pautas a cada decisión, cada acto y cada conversación, el mundo no se transformará de la noche a la mañana, pero sí afectaremos positivamente nuestro pequeño mundo, nuestra vida y la de las personas con las que interactuamos.

El apóstol Pablo, al explicar la vida de servicio que él y otros de los primeros cristianos habían adoptado, dijo: «El amor de Cristo nos impulsa»3. Ese mismo amor puede movernos a actuar a los cristianos de hoy. Cuanto más llevamos a la práctica el amor de Dios, más se robustece, más se hace carne en nosotros y más se refleja en nuestras acciones y reacciones. Ese era el secreto del apóstol Pablo y de la madre Teresa, y puede también ser el nuestro.

El presente número de Conéctate está dedicado a todos aquellos que se entregan desinteresadamente por amor a Cristo. Por muy inadvertido que pases hoy en día, Dios te ve y toma nota.

1. V. Mateo 22:37–40

2. V. Mateo 7:12

3. 2 Corintios 5:14 (rva-2015)

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Director Gabriel García V. Diseño Gentian Suçi Producción Samuel Keating

© Activated, 2018. Es propiedad.

A menos que se indique otra cosa, los versículos citados provienen de la versión RV, revisión de 1960, © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizados con permiso.

Un hermano mayor

Aunque nuestros sentimientos sean mudadizos, el amor de Dios no lo es. C. S. Lewis (1898–1963)

Cuando tenía nueve años, un día fui a una piscina con mi hermano mayor. Yo todavía no nadaba muy bien. Apenas sabía nadar como un perrito y flotar de espalda. Mi hermano mayor, en cambio, era un excelente nadador. Por eso mis padres lo enviaban conmigo, para que me vigilara. Aquella mañana él y yo habíamos discutido por algo que ni recuerdo; de ahí que estuviera molesta por la insistencia de mis padres en que él me acompañara. Estaba resuelta a hacer lo que me diera la gana e insistí en nadar de punta a punta por mi cuenta. Comencé en el extremo pando de la piscina. Iba flotando de espaldas cuando de golpe se me ocurrió que debía de estar llegando a la parte honda y me dio miedo que fuera a golpearme la cabeza contra el borde. Pensando que estaba a pocos

centímetros, me di la vuelta. En realidad, apenas había recorrido tres cuartas partes del largo de la piscina, pero ya no tocaba el fondo con los pies. Entré en pánico y comencé a agitar los brazos descontroladamente, lo que hizo que me entrara todavía más agua en la nariz y la boca. Estaba ahogándome y debatiéndome desesperadamente cuando sentí unos brazos que me tomaban de la cintura, me alzaban y me llevaban hacia el borde de la piscina.

—¿Estás bien? —me preguntó mi hermano.

Musité algo mientras tosía agua. Me dio vergüenza y me imaginé que me pegaría un regaño. Pero él esperó pacientemente a que me calmara y me llevó de vuelta a casa.

No recuerdo que tuviera una relación muy estrecha con mi hermano. Discutíamos por tonterías, como

a cuál de los dos le había tocado la tostada más grande para desayunar y cosas así. Con todo, el día que me rescató en la piscina se puso en evidencia la solidez de nuestro vínculo fraternal. A pesar de nuestras diferencias, en el momento en que más lo necesité, él estuvo a mi lado. El amor de mi hermano es ilustrativo de cómo Jesús —mi Hermano Mayor espiritual— es mi pronto auxilio en las tribulaciones. Aun cuando me alejo de Él por orgullo o terquedad, y discuto con Él por el modo en que obra en mi vida, mis pretensiones altaneras de independencia no le impiden rodearme con Sus brazos en los momentos de peligro y tensión.

Elsa Sichrovsky es escritora independiente. Vive con su familia en Taiwán. ■

Elsa Sichrovsky

Adaptación de un artículo de María Fontaine

TACHAS EN EL PAISAJE

Cuando me siento cada vez más abrumada por la acumulación de plazos que tengo que cumplir, me resulta muy reparador hacer una breve pausa y dejar que mi mente y mi corazón se relajen.

A veces salgo al balcón o me siento en una silla junto a las grandes puertas de vidrio para contemplar la belleza del entorno y dejar que mis ojos irritados descansen. Desde mi punto de observación se aprecian gran cantidad de árboles, campos cubiertos de maleza y montañas a lo lejos. Basta un vistazo para que la fronda verde oscuro de las arboledas tenga un efecto tranquilizador en mí.

Me imagino que los pájaros piensan lo mismo, porque alrededor de la casa hay muchos, de distintos tipos, tamaños y colores. Mis favoritos son los de color amarillo intenso. No solo son un deleite para la vista, sino que además tienen un canto alegre y sonoro.

Si centro mi atención en todo lo hermoso que se observa en la lejanía es casi imposible que no me sienta cautivada y reconfortada. Lamentablemente, como en muchos aspectos de la vida, no todo es perfecto al mirar más cerca. Gruesos cables negros y grises rasgan la belleza del paisaje a escasos metros del balcón, como rayas y tachones en un cuadro enmarcado. Bregan por captar mi atención, como queriendo estropear el encanto de ese regalo perfecto. Del otro lado de la callejuela hay una casita coronada por una enorme antena parabólica, y en medio de todo se yergue un viejo poste de luz abandonado, de concreto, ladeado, descabezado, de cuya

parte superior brotan, en todos los ángulos, varillas de reforzamiento oxidadas. No parece servir para otra cosa que para deslucir los colores y líneas de la naturaleza.

Durante una de esas pausas que acostumbro hacer, si bien mi intención era relajarme, me di cuenta de que estaba prestando demasiada atención a las tachas que afeaban el bello entorno. En esas el Señor me amonestó a Su manera, montando una pequeña obra teatral con Sus criaturas como protagonistas. Mientras distendía la vista, un poco decepcionada por aquellos parches que restaban belleza al paisaje, mi pájaro amarillo favorito se posó en un cable a pocos metros del antepecho del balcón y decidió cantarme su trino preferido. De repente aquellos cables perdieron su fealdad, pues comprendí que, de no ser por ellos, aquel pequeño animador angélico no estaría trinando para mí. Comencé a relajarme, y un par de pájaros de color rojo radiante se posaron sobre la antena parabólica. Se veían muy cómodos y tranquilos, y se quedaron allí largo rato, dándome oportunidad de disfrutar de sus interacciones. Parecían comunicarse con tanto entusiasmo que casi podía imaginarme que conversaban sobre lo ocurrido aquel día. La atención que les presté y el placer de observarlos eliminaron en cierto modo lo antiestético de la antena, que pasó a ser el escenario de aquel alegre entreacto.

El momento culminante llegó cuando rápidamente aparecieron unos nubarrones. Me figuré que ahí acabaría la pequeña función; pero no, al rato me di cuenta de que apenas comenzaba. Se puso a llover a cántaros. Enseguida todo un coro de golondrinas y gorriones, acompañados por mi animador amarillo y varios pájaros rojos, se fueron

El amor de Jesús es perfecto. Hay muchas cosas bonitas, hermosas y maravillosas, pero nada tan perfecto como Su amor. Vivimos en un mundo imperfecto, con seres humanos imperfectos y en circunstancias que dejan bastante que desear; pero Su amor nos permite sortear las dificultades de la vida.

Su amor es gratuito. Menos mal que es así, porque todos pecamos y nos equivocamos. Si tuviéramos que merecernos Su amor, ninguno lo alcanzaría.

Su amor es eterno. Nadie puede robárnoslo, nada puede privarnos de él. No se desgasta ni pasa de moda al cabo de unos años. Si bien es tradicional e histórico, es también moderno y actual. Permanece para siempre. Él nos ha amado desde los albores de los tiempos y seguirá haciéndolo por la eternidad.

congregando sobre los cables negros del tendido eléctrico. Gorjeaban dichosos bajo la lluvia, dejando que esta les lavara el polvo y la suciedad de la vida. Brincaban juguetonamente y canturreaban como si fueran un grupo de niños divirtiéndose en el jardín con el agua del aspersor.

Después de unos minutos cesó el chaparrón. Cuando el sol se asomó de nuevo por detrás de las nubes negras, vi con otros ojos aquel paisaje. Caí en la cuenta de que gran parte de lo que nos sucede en la vida —sobre todo en el corto plazo y al mirarlo de cerca en las temporadas caóticas— puede parecer horrendo, como si echara a perder nuestra vista de los sueños y esperanzas que tenemos para un futuro más lejano. No obstante, muchísimo puede cambiar si dejamos que Dios nos muestre que esas cosas que nos causan una fea impresión y que en el momento nos obstruyen la vista, a veces pueden servir para que Él llene nuestra vida de bendiciones, de belleza y de asombro, como es Su deseo. Debemos tener presente que esos son apenas los materiales con que se está montando el escenario, sobre el cual Él puede ofrecernos Sus valiosísimos tesoros de alegría y esperanza y recordarnos que hay belleza en todo lo que nos pone delante.

María Fontaine dirige juntamente con su esposo, Peter Amsterdam, el movimiento cristiano La Familia Internacional. ■

Gestos DE PERDÓN

Siempre me han impactado mucho las personas que logran perdonar. Cuando era niña, siempre había alguno que no se tomaba revancha cuando los demás se burlaban de sus rarezas o de su cara llena de granos. Más tarde yo misma tuve que aprender a perdonar cuando mi novio me dejó sin motivo aparente y sin explicación alguna. Luego vino mi matrimonio, que me ofreció un sinfín de oportunidades de perdonar y ser perdonada. El trabajo en equipo también es idóneo para practicar el perdón.

La verdad es que soy bastante acomodadiza. En general prefiero vivir y dejar vivir a entrar en discusiones y resentirme. Pero ¿sería capaz de perdonar a alguien que matara a

1. V. https://lancasterpa.com/amish/ amish-forgiveness/

2. V. http://scoopempire.com/father -boules-george-sends-incredibly -humane-message-to-terrorists/

3. http://www.perunmondomigliore.org

uno de mis seres queridos, o si me encarcelaran injustamente durante años, o si mi hogar y mi ciudad quedaran destruidos en una guerra y tuviera que huir y refugiarme en otra parte, y ser vista con recelo por la mayoría de la gente?

No estoy segura.

Hace bien saber que la humanidad ha conocido personas capaces de perdonar a tales extremos. Son como un faro de esperanza para los demás. Por ejemplo, Jesús, e incontables misioneros y activistas, y los padres amish que perdonaron y ayudaron a la familia del hombre que mató a sus hijos1, y el ejemplo más reciente del padre Boules George después de los atentados con bomba en Tanta y Alejandría (Egipto) que dejaron 44 cristianos muertos y más de 100 heridos el Domingo de Ramos de 2017. Su sermón expresó perdón por quienes habían dado muerte a esas personas e invitó a los creyentes a orar por ellos, para que vieran la luz y descubrieran el amor incondicional de Dios2

Nunca deja de asombrarme que entre gente tan cruel, que comete crímenes tan atroces, vivan personas capaces de perdonar, contrariamente a toda lógica. Si bien el odio engendra más odio, el amor engendra amor, y el amor de Dios tiene la capacidad de generar un ciclo de amor en lugar de uno de muerte. Pienso que el proceso suele iniciarse con pequeños gestos de perdón, en primer lugar dentro del círculo familiar o entre amigos y compañeros de trabajo. Aunque eso puede parecer nimio frente a los grandes problemas que aquejan al mundo, las guerras, los conflictos entre facciones políticas, etc., lo cierto es que el punto de partida es la pequeña realidad de cada uno de nosotros, las decisiones que tomamos cada día de nuestra vida.

Anna Perlini es cofundadora de Per un Mondo Migliore 3 , organización humanitaria que desde 1995 lleva a cabo labores en los Balcanes. ■

Si tus pecados te han cubierto de una capa negra, te dejaré otra vez limpiecito y reluciente. Aunque te sientas chamuscado e inservible, puedo infundirte vida nueva. Paráfrasis de Isaías 1:18

LA OLLA QUEMADA

Ni los nubarrones parecían tan sombríos, ni las ráfagas de viento helado tan frías como mi corazón. Saqué una olla del armario, medí el agua y los frijoles y la puse a calentar. Mi mente comenzó a discurrir sobre los acontecimientos de las últimas semanas y meses. Dos horas después, un tufillo procedente del pasillo captó mi atención: ¡humo! Corrí a la cocina, que estaba invadida por una humareda negra. La tapa de la olla vibraba por la presión. Apagué rápidamente el fogón, tomé la olla, la puse bajo el grifo y lo abrí. Al sacar la tapa, el agua borboteaba.

La olla se había quemado entera. Estaba negra como el carbón. Nada quedaba de los frijoles, salvo un mazacote derretido y humeante. Hasta la tapa se había chamuscado. Ya había quemado otras ollas, pero nunca tanto

como esta. «Está inservible —pensé—. No tiene caso restregarla».

Ahí mismo, rodeada de humo y vapor, no pude menos que advertir cierta semejanza con mi vida en aquel momento: una maraña negra, carbonizada. «Está echada a perder. No hay forma de recuperarla».

Aquella noche, al dejarme caer en la cama, mis pensamientos se proyectaron hacia Jesús. «Te amo —me respondió en susurros— y siempre te amaré, no importa lo que hayas hecho o dejado de hacer. Juntos siempre podemos empezar de nuevo».

Aquella olla quemada se transformó en mi fuente de inspiración. Me infundía ánimo cuando los sentimientos de culpa amenazaban con apoderarse nuevamente de mí. Me pasé horas refregándola con polvo limpiador. Lentamente, el

negro carbón fue dando paso al gris, luego al marrón claro y por último al plateado original. A medida que las zonas plateadas aumentaban de tamaño, mi fe para perseverar en mi sanación interior se iba fortaleciendo. Al fin tuve en mis manos una reluciente olla plateada, depurada de toda mancha negra.

Aprendí que cuando Dios perdona, no solo olvida, sino que también sana. Su amor imperecedero nos da valor para levantarnos de donde hemos caído, fe para dejar atrás el pasado y esperanza para caminar hacia el futuro.

Evelyn Sichrovsky es creadora de contenidos para libros y materiales didácticos infantiles. Vive en el sur de Taiwán. ■

Evelyn Sichrovsky

LO QUE ME ENSEÑÓ AGAR

Sabía a grandes rasgos

quién había sido Agar por las diversas biblias ilustradas que leí de niña. Pero este año decidí leer la Biblia de pe a pa y, al terminar el capítulo que habla de ella, cambió mi concepto del amor que Dios alberga por cada uno de nosotros.

Agar era la sirvienta egipcia de Sara, esposa de Abraham1. Al principio aparece como un personaje secundario en la crónica de Abraham y de los pactos que Dios hace con él. Dios le había prometido a Abraham una descendencia incontable como las estrellas; pero Sara —que seguía sin quedar encinta y se impacientaba al no ver cumplida la promesa de Dios— le pide a Abraham que tome a su sierva Agar por concubina. Abraham acepta, y al poco tiempo Agar queda en estado. Ahí es cuando las cosas comienzan a complicarse. Tanto la tradición judía como la musulmana concuerdan

2. Génesis 16:4 (nvi)

3. Génesis 16:13 (nvi)

en que Agar era hija de un faraón y que le había sido entregada a Abraham como ofrenda en uno de sus viajes a Egipto. Es difícil saber si fue así o no. Pero más allá de su condición, empecé a imaginarme lo aislada que debió de sentirse en medio de un pueblo y una cultura completamente distintos. Puede que entonces, al caer en la cuenta de que está embarazada, piense que las cosas para ella están repuntando. Tal vez abriga la esperanza de que eso le permita definir su identidad en medio de esa gente extraña. Quizá se regodea. Sea como sea, la Biblia dice que comienza a «mirar con desprecio a su dueña»2

Sara se queja a Abraham, y este le responde que Agar es asunto de ella y que puede hacer con ella lo que mejor le parezca. La decisión de Sara, cualquiera que fuera, motiva a Agar a huir al desierto embarazada. En la siguiente escena está junto a un manantial, aplacando su sed. Enseguida viene la parte que me encanta: Dios manda a un ángel a buscar a esa chica fugitiva

y convencerla para que regrese al campamento de Abraham. A estas alturas probablemente tiene la autoestima por los suelos y le parece que nadie la quiere. Es una chica con sus errores y sus fallos, con su ego. Una egipcia que a lo mejor sigue aferrada a sus tradiciones y adora a otros dioses. Una muchacha que ha desairado a su señora. Una joven que sin duda alguna seguirá metiendo la pata muchas veces en la vida. No obstante, en pleno desierto, cuando está sumida en la desesperación, Dios se le aparece, ya que más allá de las circunstancias, de las decisiones tomadas y los errores cometidos, late el corazón de una criatura a la que Él ha insuflado aliento de vida. Y es justamente eso lo que toma en cuenta Dios cuando envía al ángel a rescatar a esa muchacha cuya existencia concibió en Su imaginación y cuya historia consignó en Su libro.

Ese singular encuentro con el ángel en el desierto basta para animar a Agar a regresar a casa. Pero antes de volver le pone nombre a ese Dios que sale a su encuentro en el desierto y le habla. Lo llama «El Dios que me ve»3

Todos tenemos días en que no nos vemos o no nos sentimos muy bien que digamos, ¿cierto? En esos días suelo andar con el pelo feo, un suéter raído —muy cómodo pero horrible—, ropa que no combina y un intenso deseo de que nadie me vea. De la misma manera, a veces mis lacras espirituales me llevan a esconderme, como cuando me asaltan dudas sobre mi amor por Dios o caigo en actitudes que necesito desechar. O cuando descuido la oración o no cumplo bien mis obligaciones. Son cosas que hacen que me sienta bastante indigna de estar en presencia de Dios. Sin embargo, los momentos transformadores son precisamente aquellos en que nos sentimos más indignos de ser amados y aun así Dios hace algo por nosotros y nos asegura que seguimos siendo dignos. Fue justo eso lo que hizo por Agar ese día. Le demostró que la amaba, que velaba por ella y que tenía un designio para ella. Ese es el potente efecto de ser vistos por Dios. Fue lo que le dio a Agar las fuerzas para

cambiar de rumbo y regresar a una situación que apenas unos días antes se le hacía intolerable.

Hay muchos aspectos de ese relato que me gustan, pero a continuación resumo los tres principales: En primer lugar, que para Dios no hay actores secundarios. A lo mejor la narrativa bíblica comprimió lo referente a Agar en uno o dos capítulos, confiriéndole lo que

podría considerarse un papel auxiliar en el contexto de la historia de Abraham y Sara. Pero eso no quita que Dios tuviera un libro sobre Agar, en el cual ella era la protagonista: la historia de su vida. Eso se aplica a todos los que se sienten actores de reparto en la historia de otra persona.

En segundo lugar, que Dios está al tanto de tus peores momentos, los más feos, y a pesar de ello sigue creyendo en ti. Donde sea que te halles ahora mismo, sea cual sea el estado espiritual en que te encuentres, Dios te ve y cree en ti.

En tercer lugar, me encanta que Dios saliera al encuentro de Agar cuando ella huyó. Han sido tantas las ocasiones en mi vida en que he huido de las circunstancias. A lo mejor no físicamente, pero sí me escabullí emocionalmente o me cerré al sentirme abrumada. Sé que le he hecho lo mismo a Dios. Pero Él sabe con precisión dónde me encuentro —emocional, física e incluso geográficamente—, y nada puede separarme de Su amor.

Roald Watterson es editora y autora de contenido.  ■

ELAMORDE DIOS

Reflexiones

El Señor tu Dios vive en medio de ti. […] Se deleitará en ti con alegría. […] Se gozará por ti con cantos de alegría. Sofonías 3:17 (ntv) –

Estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana. Ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios. Ningún poder en las alturas ni en las profundidades, de hecho, nada en toda la creación podrá jamás separarnos del amor de Dios, que está revelado en Cristo Jesús nuestro Señor. Romanos 8:38,39 (ntv) –

Aunque estamos incompletos, Dios nos ama por completo. Aunque somos imperfectos, Él nos ama a la

perfección. Aunque nos sintamos perdidos y sin brújula, Él nos ama perdidamente. […] Él nos ama a todos, incluso a los deficientes, rechazados, torpes, apesadumbrados y quebrantados.

Dieter Uchtdorf (n. 1940) –

Dios es amor. Él no nos necesitaba, pero nos quería. Y eso es lo más extraordinario de todo.

Rick Warren (n. 1954) –

Nuestro Padre celestial nos ama, ama a cada uno de nosotros. Ese amor no es voluble. No se ve afectado por nuestro aspecto, nuestras posesiones o la cantidad de dinero que tengamos en nuestra cuenta bancaria. No se ve alterado por nuestro talento o nuestras habilidades. Simplemente ahí está. Ahí está para cuando nos sintamos tristes o contentos, desanimados

o esperanzados. El amor de Dios está a nuestra entera disposición aunque no nos consideremos merecedores de él. Sencillamente es inmutable.

Thomas Monson (n. 1927) –

El amor constante de Dios por nosotros es un hecho objetivo, reafirmado una y otra vez en las Escrituras. Ese amor es cierto, lo creamos o no. Nuestras dudas no lo destruyen, así como nuestra fe no lo crea. Se origina en la naturaleza misma de Dios, que es amor, y fluye hacia nosotros por nuestra unión con Su Hijo amado.

Jerry Bridges (1929–2016) –

El Creador de las estrellas prefirió morir por ti a vivir sin ti. Eso es un hecho. Si necesitas presumir, presume de eso.

Max Lucado (n. 1955) ■

PARA DIOS SOY UNA CELEBRIDAD

Mi hija Kristen es una celebridad. Lo ha sido desde que nació. Mi mujer y yo estamos pendientes de cada movimiento que hace y documentamos sus humores, gestos y acciones. Hablamos mucho de ella y contamos anécdotas sobre sus graciosas costumbres y sus gustos más recientes. Le brindamos apoyo, nos preocupamos de ella y nos esforzamos por que no se haga daño. Disfruta de toda nuestra atención, aun en plena noche. Cada día amanecemos ansiosos por ver qué se le ocurrirá. Su risa siempre nos hace sonreír, y sus lágrimas nos estimulan a remediar lo que sea que la está afectando. Para nosotros es sensacional.

Con todo, Kristen tiene sus malos momentos. Por ejemplo, tenemos

1. V. Proverbios 3:11,12

2. V. Lucas 12:29–31; Mateo 7:11

3. V. 2 Corintios 6:18

4. V. Gálatas 4:5–7

conflictos a la hora de comer y de dormir, y a veces toca algún objeto prohibido. Nosotros le enseñamos a expresar lo que quiere con claridad y no a gritos, la premiamos cuando hace progresos y a veces la penalizamos cuando se porta mal. No es perfecta ni mucho menos, pero es nuestra, y la adoramos.

Y ¿sabes una cosa? Yo soy una celebridad para Dios. A pesar de todos mis defectos, Su paternal corazón se goza conmigo. Está pendiente de cada movimiento mío y observa emocionado mis ocurrencias. Me envía mensajes alentadores por medio de Su Palabra y me protege cuando me enfrento a las complejidades del mundo. Es justo y me enseña por medio de las consecuencias que tienen mis decisiones1. Él se sacrificó para manifestarme amor eterno y está dispuesto a escuchar mis peticiones en todo momento y lugar2 . Las recompensas que ofrece no tienen precio y son para siempre.

Aunque parezca mentira, soy uno de Sus hijos predilectos, y tú también 3 . En un mundo en el que disponemos de múltiples opciones para permanecer en estrecha comunicación con las personas a las que queremos o en las que tenemos algún interés, es reconfortante saber que Dios no necesita redes sociales, ni una columna en una revista, ni una verificación de estado para entendernos. Nos conocía desde antes que fuéramos concebidos, y nos mantendrá siempre unidos a Él. Nos considera especiales y tiene un plan para cada uno de nosotros. Así como mi hija me derrite el corazón cada vez que me dice «papá», nuestro Padre se conmueve cuando clamamos a Él4. Poco importa que no te sientas valorado; para Él eres sensacional.

Chris Mizrany es diseñador de páginas web, fotógrafo y misionero. Colabora con la fundación Helping Hand en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. ■

Chris Mizrany
Dios lleva un retrato de ti en su billetera. Tony Campolo (n. 1935)

Cadena de favores

Últimamente he estado leyendo acerca del movimiento Pay It Forward (Cadena de favores)1. Lo que más me llama la atención de su filosofía es su sencillez. Aun así, no es fácil ser altruista y ayudar a una persona simplemente porque alguien hizo algo por nosotros o porque queremos que el ciclo continúe.

Tantas veces en la vida me he visto en apuros, he necesitado ayuda, y alguien me tendió la mano. A los 19 años me fui de la India, donde había hecho dos años de voluntariado. Estaba destrozada, pues me encantaba participar en actividades para niños desfavorecidos y personas sordas y repartir ayuda humanitaria. Tampoco me resultó fácil hacer la maleta. Durante mi estadía había acumulado cantidad de cosas, pero la línea aérea no me permitía llevar más de cierto peso. Tuve, pues, que reducir mis pertenencias a una maleta grande, un bolso de mano y mi guitarra.

Llegué al aeropuerto de Nueva Delhi con tres horas de anticipación. Sentía mucho pesar. Dejar un país del que me había encariñado me entristecía.

Al llamar previamente me habían dicho que tenía derecho a 32 kilos y que la guitarra se consideraba equipaje de mano adicional. Nada que ver: la señora que me atendió en el aeropuerto me informó que tenía

derecho a 23 kilos únicamente y que la guitarra no podía considerarse equipaje de mano. Además me dijo que mi bolso de mano se pasaba del peso permitido.

No sabía qué hacer. No tenía dinero para pagar el sobrepeso y no podía creer que me estuvieran diciendo algo distinto de lo que me habían comunicado al llamar antes a la oficina.

Pedí para hablar con el supervisor. Mientras esperaba noté que el señor parecía muy enojado: hablaba acaloradamente con tres personas a la vez. Enseguida me di cuenta de que aquel no era un buen momento para hablar con él. Me puse a orar fervorosamente y le pedí a Dios que interviniera. Los amigos que me habían llevado al aeropuerto ya se habían marchado, y yo no sabía qué hacer con la ropa y con la guitarra si los tenía que dejar atrás.

El supervisor me preguntó rápidamente qué deseaba. Le expliqué la situación lo mejor que pude y le pregunté si sería posible que no me cobraran el exceso de equipaje, pues no estaba en condiciones de pagarlo. Él se negó de plano a hacer una excepción y me dijo que, si no pagaba, mis opciones eran perder el vuelo —el tiquete no era reembolsable— o tirar a la basura lo que me sobraba .

Ya te imaginarás cómo me sentí: anonadada, indignada, irritada. No entendía por qué me estaba pasando

algo así. No era culpa mía que la oficina de la aerolínea me hubiera informado mal. Al supervisor no le habría costado nada —pensé— aceptar mi petición, especialmente después de enterarse de que había consagrado dos años de mi vida a ayudar a la gente de su país.

En esas alguien me preguntó qué pasaba. Se lo expliqué todo de principio a fin, desde la razón por la que había ido a la India hasta el aprieto en que me encontraba en ese momento. Además le comenté que había pedido ayuda al supervisor, y que este no estaba de humor para ayudar.

Resultó que el caballero era empleado de otra línea aérea y conocía al supervisor, así que se le acercó para pedirle que me dejara abordar a pesar del sobrepeso. El hombre le respondió que tenía problemas más importantes que resolver.

El caballero, luego de cavilar profundamente, me dijo:

—Yo mismo pagaré la tarifa del sobrepeso. Yo también voy a tomar ese vuelo, ¡y después de todo lo que has hecho por mi país sería una lástima que te lo perdieras!

Yo me quedé pasmada. Estaba aliviada y muy agradecida.

Durante el largo vuelo me senté junto al caballero. Me contó que cuando era más joven, más o menos de mi edad, se había encontrado en una situación similar. En esa ocasión, alguien se le acercó para preguntarle si necesitaba ayuda, él

le describió la encrucijada en que se hallaba, y el hombre le pagó el boleto de tren y le pidió que devolviera el favor ayudando a otra persona.

Me dijo que al verme caminar de un lado a otro por el aeropuerto había sentido lástima, pues él tenía tres hijas. Una de ellas viajaba al Reino Unido ese mismo día, y se imaginó cómo ella se habría sentido si hubiera estado en un apuro. Por eso había decidido ayudarme.

Se sentía satisfecho de haberme auxiliado, no solo porque a él, cuando era joven, también le habían tendido una mano y consideraba que ahora le correspondía retribuir el favor, sino también porque entendía que era lo que había que hacer. Agregó que era consciente de que Dios todo lo ve y que sabía que si alguna de sus hijas alguna vez se encontraba en un aprieto, de alguna manera Él les echaría una mano.

El gesto de aquel señor al sacarme de aquel apuro tuvo un gran efecto en mí. Desde ese día siempre he hecho lo que he podido por ayudar y ser generosa. Considero que es lo que se debe hacer, y al mismo tiempo lo hago porque alguien lo hizo por mí. Lo que damos lo damos de corazón, y tratamos a los demás con la misma gentileza con que hemos sido tratados.

Michele Roys es emprendedora social y madre de dos hijos. Vive en Irlanda. ■

LA PRÁCTICA DE LA EMPATÍA

En una entrevista que vi el domingo pasado le preguntaron al invitado:

—Actualmente, ¿cuál es la mayor necesidad que hay en el mundo?

Sin vacilar respondió:

—Empatía. El mundo necesita más empatía.

Yo probablemente habría respondido, sin pensarlo, que el mundo necesita más amor. Pero me gustó su respuesta. Fue mucho más explícito decir que el mundo necesita más empatía.

Empatizar es ponerse en el pellejo de otra persona. Es darle el beneficio de la duda. Es entender que cada uno tiene su historia. La empatía nos hace escuchar más y aconsejar menos. Nos lleva a hacer un esfuerzo por entender y no juzgar.

Luego me vino a la memoria Judy, una amiga. La primera vez que la vi en el barrio traté de ser amigable con ella. Casi ni me responde ni me habla. Luego de meses de intentar relacionarme con ella, por fin un día me habló y me explicó que tenía

graves problemas de espalda y que al caminar sentía tanto dolor que casi no podía hablar. Se operó y se ha recuperado. Ahora somos buenas amigas. Con lo que pasó con ella aprendí a no juzgar a los demás. En muchos casos no podemos ni imaginarnos lo que les pasa. Judy me enseñó a tener empatía.

En el mundo de hoy, en el que las personas son rápidas para comentar y juzgar situaciones que aparecen de pronto en la pantalla de su computadora, necesitamos más empatía. Siendo tan común censurar, intimidar y hablar mal de la gente a la que no nos molestamos en entender, necesitamos más empatía. Cuando permitimos que el temor erija muros entre nosotros, necesitamos más empatía. Si queremos que Jesús ejerza mayor control sobre nuestra vida y nuestros pensamientos, necesitamos más empatía.

Joyce Suttin es docente jubilada y escritora. Vive en San Antonio, EE. UU. ■

Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran. Romanos 12:15 (ntv)

Acuérdense de aquellos que están en prisión, como si ustedes mismos estuvieran allí.

Acuérdense también de los que son maltratados, como si ustedes mismos sintieran en carne propia el dolor de ellos. Hebreos 13:3 (ntv)

Toma la decisión de ser cariñoso con los niños, compasivo con los ancianos, comprensivo con los atribulados y tolerante con los débiles y los descaminados. A lo largo de la vida serás todo eso. Lloyd Shearer (1916–2001)

Siempre que estés a punto de hallar una falta o defecto en una persona, hazte la pregunta: ¿Qué falta o defecto mío se parece más al que estoy a punto de criticar?

Marco Aurelio (121–180)

Joyce Suttin

AMADA

VALORADA y

Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mayor de los mandamientos de Dios, respondió: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente [y] ama a tu prójimo como a ti mismo. Toda la ley y las exigencias de los profetas se basan en estos dos mandamientos»1.

Evidentemente sabía que al aprender a amar aprenderíamos lo que significa ser santos. Creo que también sabía que ese era probablemente el mandamiento más difícil de cumplir. Habríamos podido lidiar mejor con un listado de reglas. Así por lo menos sabríamos quién está dando la talla y quién no, quién se lo merece y quién no. Ahora, en cambio, estamos obligados a cumplir la imposible tarea de amar a los que nos rodean, por mucho que nos parezcan indignos de ese amor. Lo malo es que por mucho tiempo yo no entendía así Sus mandamientos.

1. Mateo 22:37–40 (ntv)

2. V. 1 Juan 4:19

3. Salmo 136:1 (ntv)

No sé por qué, pero equiparaba amor con merecimiento. Dios me amaba porque me merecía Su amor, y yo amaba a quienes eran dignos del mío.

Hasta que un día mi corazón finalmente se planteó la pregunta: «¿Qué he hecho yo para ser digna del amor de Dios? Nada. ¿Acaso he logrado, como por arte de magia, mantener mis pecados y faltas dentro del rango de “persona que se merece amor”? Nanay». Llegué a la conclusión de que Él no me ama porque yo sea digna; al contrario, soy digna porque Él me ama. Francamente me tomó un buen tiempo captarlo. Fue extremadamente liberador caer en la cuenta de que mi misión no era conseguir el mayor puntaje posible de amor. Fue además una profunda lección de humildad comprender

que Dios me ama plena y totalmente sin habérmelo merecido en absoluto. Ese concepto va a contrapelo de la cultura actual. En un mundo que equipara el valor con los logros, los puntajes y las cifras, el único motivo por el que soy valiosa para Dios es que Él me ama. Así por fin llegué a entender lo que quiso decir Juan cuando afirmó que amamos a Dios porque Él nos amó primero2 . Cuando comprendemos la profundidad del amor que Dios nos profesa y cuán inmerecido es, ¡cómo no vamos a amarlo!

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Ahora lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE. UU. ■

El «fiel amor» de Dios «perdura para siempre»1. Y está a tu disposición si lo quieres. Solo tienes que pedirlo: Buen Jesús, te ruego que entres en mi vida, me perdones las cosas malas que he hecho y me ayudes a amarte a ti y a los demás. Amén.

Marie Alvero

Me intereso por ti

Te conozco, te veo y velo por ti. Me intereso por cada uno de tus pesares, por cómo te sientes, por lo que piensas, por tus dificultades y sufrimientos, por la vida de tus hijos, por tus dolencias, por tus aprietos económicos, por tu vivienda y los bienes materiales que te hacen falta, por las necesidades de tus hijos y las reparaciones que hay que hacerle a tu vehículo, por tus batallas espirituales.

Te acojo con los brazos abiertos. Valoro mucho el amor que me transmites mediante tus oraciones y el que manifiestas a los demás. Resplandece como oro delante de Mí. Tu amor llega a Mi rostro como vapor fragante que refresca y renueva. ¡Mi tesoro, te amo entrañablemente!

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