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JACULATORIA BREVE PARA UNA POLILLA Joder, la luz tampoco ha querido venir, ya andaba rumiando el cortejo, como con amargura. Mira que estaba nublado, coño, para un funeral como éste. Y ya se sabe y qué vamos a hacerle y me tienes para lo que sea y no somos nadie y estas cosas pasan... Uno por uno, los negros volvían a encajarse las gorras de visera y a soplar, los que tenían algo que soplar. Había muchas mocitas guapas; debajo de sus pamelas negras, parecían flores que brotaban entre los restos de un antiguo jardín botánico. No estábamos tú ni yo, como para mirar sus medias, pero me apuesto que sugerirían encantos geométricos y laberínticos, trepando quién sabe adónde, como la misma melancolía de los negros, cuando ya, por fin, las dos sogas atravesadas descolgaban el peso de la caja hacia el agujero infinito de la incertidumbre. No hace ni dos días que tu chica dejaba de bailar. Se la encontró la asistenta, dicen, mientras le sacaba el lustre a la barra dorada, eje de la pista que tantas noches de gloria le había dado. Un poeta, uno de esos tantos poetas sin gracia ni suerte que la frecuentaban, dijo que parecía una polilla ahogada en un charco de sangre. Con retórica más fiel y menos patatera, el último recepcionista aseguró haber visto unos tipos de negro que salían del local; unos tipos de negro que en otro tiempo reían, que te sonreían y que te daban palmaditas en la espalda, con cierto ritmo también de condolencia. Hallándose el cadáver entre almohadones, ya habían tenido que echarle tripas para acusarte directamente a ti, Monty. Pero así somos todos en este cementerio de

los vivos, mucho más malolientes y

corrompidos que en el de los muertos. Qué voy yo a contarte de estos cementerios nocturnos. Y de los muertos... Todavía menos. Ya nos habías jurado que jamás volverías a hablar de la luz, que ni una puta palabra más, pero mira que, justo lo estábamos recordando los colegas, cuando se abrió una candilada que empapó de sol a todo el cortejo. En ese momento (como me contarías meses después) reparaste en los grises cálidos de la estampa, donde los únicos alaridos de color eran el paraguas de una arrugada singer y el dorado chirriante de los trombones. Con los ojos todavía brillantes, ¿te acuerdas?, arrebataste la soga a uno de


los mozos – ostias, qué cara pusieron – , sí, y comenzaste a tirar hacia arriba gritando: “¡Aquí no pasa nada! ¡Aquí no pasa nada!” El reverendo se abrió de un chispazo, cuando ya te adivinaba las intenciones de rescatar a la difunta valiéndote de la misma pala con que iban a enterrarla. Abierto el ataúd, la recogiste con suma delicadeza y te la echaste al hombro, como tantas otras tardes, extenuada después de horas y horas bailando y dejándose las curvas en el lustre de la barra dorada. Y la música volvió a escucharse,

como

quizá

nunca

hubiera

sonado en

esta

mierda de

cementerio; las chicas guapas se quitaron sus amplias pamelas y bailaron, sonrieron y bailaron. En el rubor de la tarde quedaron un instante suspendidos los sombreros, como vuelan los buitres cuando los lobos entran en la escena de la oveja muerta. No sé si estarás para recordarlo, pero solo se podían ver caras sonrientes y aliviadas. Así que volvimos a desfilar frente a ti, Me alegro, Monty, Enhorabuena, maestro, Con dos huevos o Así se hace, según el grado de confianza, los que no hacía ni dos minutos habíamos hecho el gesto cateto de agachar la chola. Colgada del cuello, tu difunta también bailaba, con la misma sensualidad, con la sensualidad innata y animal que la hizo famosa, mirando como loca a todas partes. Pero quédate con mi cara, maestro, si no salen pronto de su escondite los tipos de negro, si no llegas a verlos fichando en el local para hacerse la boca agua con las delicias de tu chica. Quién sabe, lo mismo hasta se te acercan a sacudirte la chepa.

José Luis Fernández – Badajoz, 2010


Jaculatoria breve para una polilla